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Camino a la gloria

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En la Pasión, en el camino a la gloria, Jesús tiene la compañía de personas muy diferentes. El sacerdote y profesor de los Centros Teológicos de la Diócesis de Málaga, Gabriel Leal, ayuda a adentrarnos en cada uno de ellos.

José de Arimatea, el generoso

José de Arimatea y Nicodemo tuvieron un papel decisivo en la sepultura de Jesús. El primero era vecino de Jerusalén, rico, bueno y María Magdalena, natural de Magdala, aldea cercana a Cafarnaún, había sido curada por Jesús, echando de ella siete demonios, según Marcos y Lucas. María formaba parte del grupo de discípulas que acompañó a Jesús y sus discípulos durante su predicación en Galilea, ayudándolos con sus bienes.

Los cuatro evangelios la mencionan con el grupo de mujeres que, junto a la madre de Jesús, estaba presente recto, miembro noble del Sanedrín, donde intervino en defensa de Jesús. Nicodemo era fariseo y jefe judío. José de Arimatea esperaba el reino de Dios. Nicodemo había ido de noche a ver a Jesús, que le invitó a nacer de nuevo, es decir, a nacer del agua y del Espíritu. Ambos eran discípulos vergonzantes de Jesús, que no manifestaron abiertamente su relación con Jesús por temor a los judíos. Tras la muerte de Jesús, José de Arimatea solicitó a Pilato permiso para hacerse cargo del cuerpo de Jesús y enterrarlo. Obtenido el permiso, lo bajó de la cruz y, siguiendo la costumbre judía, lo envolvió en una sábana. Ayudado por Nicodemo, lo enterró en un sepulcro nuevo, cavado en la roca, dando así una sepultura digna a Jesús.

María Magdalena, la apóstol

María Magdalena, natural de Magdala, aldea cercana a Cafarnaún, había sido curada por Jesús, echando de ella siete demonios, según Marcos y Lucas. María formaba parte del grupo de discípulas que acompañó a Jesús y sus discípulos durante su predicación en Galilea, ayudándolos con sus bienes.

Los cuatro evangelios la mencionan con el grupo de mujeres que, junto a la madre de Jesús, estaba presente en la crucifixión y, con la otra María, en la sepultura de Jesús.

La Magdalena fue la primera de las mujeres que fueron al sepulcro de Jesús la mañana de Pascua. Un ángel les anunció la Resurrección y les encargó comunicar a los discípulos que había resucitado y que fuesen a Galilea, donde lo verían. Ella comunicó a Pedro y al discípulo amado que se habían llevado el cuerpo del Señor. Después de que los dos discípulos visitaran el sepulcro, María vio a Jesús, de pie, confundiéndolo con el hortelano. Cuando Jesús pronunció su nombre, María, lo reconoció: “¡Rabboni!”. Jesús le encargó anunciar a los discípulos su subida al Padre.

Cleofás de Emaús, el discípulo

Cleofás es uno de los dos discípulos a los que Jesús se acercó mientras caminaban a Emaús. Aunque no lo reconocieron, Jesús los interpeló. La respuesta de Cleofás muestra que conocían bien todo lo ocurrido con Jesús: su crucifixión y el anuncio de la Resurrección, todo el kerigma; lo que no les impidió volver a lo de antes, tristes y decepcionados.

Jesús les hace ver su torpeza para creer lo que dijeron los profetas y les explicó lo que se refería a Él en todas las Escrituras. Acogido por los dos caminantes y sentados a la mesa, Jesús “partió el pan y se lo iba dando” con palabras y gestos que evocan la Eucaristía. A ellos “se les abrieron los ojos y lo reconocieron”. Desaparecido Jesús, de inmediato, volvieron a Jerusalén donde confirmaron su experiencia con el testimonio de los apóstoles: “verdaderamente ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón”.

María de Cleofás, la servicial

Entre las mujeres que estaban al pie de la cruz de Jesús, san Juan menciona, después de la madre de Jesús y antes de María Magdalena, a María la (mujer) de Cleofás. Es probable que lo que le precede inmediatamente, «y la hermana de su madre», se refiera a esta María, que sería una pariente cercana de la madre de Jesús, más que una hermana carnal.

Al pie de la cruz, fue testigo de la entrega de la madre al discípulo amado, que la acogió en su casa, después de que ella lo recibiera como hijo por indicación de Jesús.

Juan, el sensible

El apóstol Juan, hijo de Zebedeo y Salomé, y hermano de Santiago el Mayor, era pescador, como su padre y hermanos. Juan era uno de los Doce y, junto a su hermano Santiago y Simón Pedro, formaban el círculo de los amigos más íntimos de Jesús, testigos singulares de los momentos más importantes de su ministerio. Juan, junto con Pedro y Santiago, fueron testigos de la transfiguración de Jesús, anticipo glorioso de la Resurrección anunciada por Jesús. El evangelio de Juan se refiere a él con la expresión: «el discípulo a quien Jesús amaba».

Éste se reclinó sobre el pecho de Jesús en la última cena. Y fue el único de los apóstoles que estuvo al pie de la cruz, junto a la madre de Jesús y las mujeres que lo acompañaban. Desde la cruz, Jesús ofreció al discípulo amado a su madre como hijo, y a éste le pidió que la acogiera como madre. Y, desde aquella hora, el discípulo la acogió como algo propio.

Pedro, el honesto

Pedro es el sobrenombre que Jesús dio a Simón. Éste era de Betsaida y vivía en Cafarnaún, dedicado a la pesca con su hermano Andrés. Fue el primer apóstol llamado por Jesús a seguirle, y el primer elegido para formar parte de los Doce; con Santiago y Juan pertenecía a los más íntimos de Jesús. Portavoz de los discípulos, confesó la fe en Jesús como Mesías. Y, cuando los discípulos empezaron a abandonar a Jesús y éste pregunto a los Doce “¿También vosotros queréis marcharos?”, le respondió: “Señor, ¿a quién vamos a acudir? (…); nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios”, profesando su fe en Jesús.

Pedro fue también un discípulo frágil y pretencioso: imprecó a Jesús tras el anuncio de su pasión; no entendió lo vivido en la transfiguración; cuando Jesús anunció que todos le abandonarían. Replicó que no lo abandonaría aunque todos le abandonaran y que estaba dispuesto a dar su vida por Él, a morir antes que negarlo. A pesar de tan generosos deseos, lo negó tres veces y lo abandonó como los demás apóstoles, menos el discípulo amado. Pedro es el primer invitado a ir a Galilea para ver al Resucitado, el primero al que el Señor se le apareció y el primero en anunciar la Resurrección.

Pedro ha aprendido mucho de sus debilidades. Por eso, cuando el Resucitado le pregunta tres veces: “Pedro, ¿me amas más que estos?”, le responde: “Sí, Señor, tú sabes que te quiero”, sin afirmar que lo quiere más que otros discípulos. A Pedro, que ha aprendido tanto de su debilidad, el Señor le confía apacentar ovejas, cuidar de su Iglesia.

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Camino a la cruz

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Los personajes secundarios de la Pasión, en el camino de Jesús hasta la cruz, son muchos y diferentes. El sacerdote y delegado de Medios de Comunicación de la Diócesis de Málaga, Rafael Pérez Pallarés, ayuda a adentrarnos en cada uno de ellos.

Claudia Prócula, la valiente

Claudia Prócula es el nombre que se atribuye, según la tradición, a la mujer de Poncio Pilato, el gobernador de Judea en tiempos de Cristo. En el Evangelio de San Mateo leemos que mandó decir a su marido: «No te metas con ese justo, porque esta noche he tenido pesadillas horribles por su causa» (Mt 26, 19). Esta referencia también aparece en la literatura apócrifa, concretamente en las Actas de Pilato.

Claudia fue la única defensora en el juicio contra Jesús. Sus padres, Selene y Marco, estaban emparentados con la nobleza más importante del Imperio. Era sagaz, culta y crítica con las normas establecidas. Jerusalén, en una época tan convulsa, le parecería una ciudad peligrosa. Conoció el temperamento caprichoso y cruel de Calígula, fue testigo de las conspiraciones de Tiberio.

Claudia, reconocida como santa por la Iglesia Ortodoxa oriental y etíope, pretendió influir en la decisión fatal de su esposo. Buscó liberar a Jesús, convertir la noche en un camino transitable y el oleaje de la ira del pueblo en una llanura verdeante (cfr Sb 19, 7).

Simón de Cirene, el sorprendido

Leemos en el relato de la Pasión de Cristo que «cuando salían encontraron a un hombre de Cirene llamado Simón y le obligaron a llevar la cruz de Jesús» (Mt 27, 32).

Simón de Cirene venía del campo a media mañana y se encontró con Jesús de Nazaret en la comitiva de reos. Era común cruzarse con ese dantesco espectáculo: condenados a muerte camino del Gólgota. No lo era tanto que oficiales romanos requiriesen a alguien para ayudar a un ajusticiado a llevar el travesaño de la cruz. Pero a Simón le ocurrió.

El Nazareno estaría exhausto después de la tortura de la flagelación. Lo refieren tres de los cuatro evangelistas: Mateo, Marcos y Lucas. El evangelista Marcos nos dice que era el padre de Alejandro y Rufo y hay quien asegura que eran conocidos entre los cristianos. Es posible que del encuentro involuntario brotara la fe. A veces, la vida sorprende. Y hasta el mismo sufrimiento propio o ajeno puede llegar a convertirse en una oportunidad de encontrarse con Dios.

Judas Iscariote, el traidor

Judas, el Iscariote, entrega con un beso a su amigo. Un beso de paz y saludo se convierte, trágica e irremediablemente, en un beso traidor, de muerte.  El Iscariote imaginó algo diferente; se sintió defraudado. Esperaba del Nazareno otra manera de enfocar las cosas y se deshace de Él vilmente por un puñado de monedas de plata.

Traiciona a su amigo. El desgarro interno del Nazareno ante aquel beso traidor provocaría un escalofrío interior incapaz de ser controlado. La traición es cobarde, delata de qué naturaleza está hecho el corazón del hombre. Las pasiones humanas son así: contradictorias y decisorias a la vez. La traición de Judas desencadena dos muertes: la de su maestro y la suya propia.

Juana de Cusa, la testigo

Juana es el nombre de una de las mujeres mencionadas en los evangelios. El evangelista san Lucas la refiere como miembro del grupo de mujeres que acompañaba a Jesús: «Iban con Él los doce y algunas mujeres que había liberado de malos espíritus y curado de enfermedades: María, llamada Magdalena, de la que había expulsado siete demonios; Juana, mujer de Cusa, administrador de Herodes; Susana y otras muchas que le asistían con sus bienes». (Lc 8, 1-3)

Cusa administraba la casa del rey Herodes Antipas, por lo que varios de los acontecimientos sucedidos en la corte herodiana, como el asesinato de Juan Bautista o el encuentro de Cristo con Herodes, pudieron ser narrados al evangelista Lucas de primera mano por ella.

Juana fue una mujer que tendría una postura difícil por la implicación política y religiosa de Herodes con los judíos practicantes. Lucas, en el capítulo 24, también cuenta en referencia a Juana que las primeras en enterarse de la Resurrección de Jesús son las mujeres y se menciona a Juana.

Es venerada como santa en las iglesias cristianas católica, anglicana, luterana y ortodoxa.

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El obispo de Huelva, Santiago Gómez, señala que la Misa Crismal “es una fiesta de la unidad de la Iglesia”

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El obispo de Huelva, Santiago Gómez, señala que la Misa Crismal “es una fiesta de la unidad de la Iglesia”

El Espíritu del señor está sobre mí, porque él me ha ungido. Me ha enviado a evangelizar a los pobres (Lc 4,18).” “Cristo, el ungido por el Espíritu Santo, realiza su misión. La gracia y la misericordia del Señor se hacen presentes en Él. Nosotros, cristianos, hemos sido ungidos (Bautismo, Confirmación, Orden…), así como participamos de esta Unción de Jesús, y debemos actuar como Él: sanar, curar, consolar, fortalecer… En esta Eucaristía consagramos el óleo de los catecúmenos, de los enfermos y el óleo con aromas, el santo crisma que, utilizados en los Sacramentos del Bautismo, Confirmación, Unción de los enfermos y Orden sacerdotal en toda la Diócesis, hacen partícipes al pueblo de Dios de la Unción de Cristo y de su misión.”

Así comenzaba su homilía Mons. Santiago Gómez Sierra, obispo de Huelva, esta mañana de Martes Santo, 4 de abril, en la Santa Iglesia Catedral, donde ha presidido la Misa Crismal de consagración del Santo Crisma y bendición de los Óleos de los Catecúmenos y de los Enfermos.

“Así somos constituidos testigos de la redención en el mundo. Es decir, frente a todos los poderes que destruyen -la degradación del espíritu, el odio, la codicia, la corrupción moral y física y la misma muerte- estamos fortalecidos y esperanzados con el poder del Espíritu de Dios.

También, la experiencia de la unción con el óleo que penetra en el cuerpo se convierte en símbolo de la belleza de la paz entre los hermanos: “Ved qué dulzura, qué delicia, convivir los hermanos unidos. Es ungüento precioso en la cabeza” (Sal 133, 1-2). El Espíritu Santo, del que el óleo es símbolo es el amor, que es el vínculo de la comunidad fraterna de la Iglesia, como consecuencia de los sacramentos que la conforman.”

Del mismo modo, Mons. Santiago Gómez ha recordado que “desde esta perspectiva esta Misa de los Santos Óleos es una fiesta de la unidad de la Iglesia. Estamos reunidos en torno al altar de la Catedral expresión de nuestra Iglesia particular de Huelva, altar que al mismo tiempo es referente de Jesucristo, Altar vivo, Sacerdote y Víctima. Aquí consagramos los santos Óleos, que llegarán a toda la Diócesis, de modo que los sacramentos que se imparten proceden de este único centro. Se cumplen así las palabras del salmo citado: el fluir del santo Óleo que va bajando desde la cabeza que es Cristo, sobre su cuerpo que es la Iglesia.”

El Obispo ha subrayado su mensaje dirigido a los sacerdotes a los que les ha transmitido el servicio de la unidad de la Iglesia. “Queridos sacerdotes, que vais a usar estos Óleos, somos servidores de la vida que nace de la Muerte y Resurrección de Cristo y, además, estamos puestos al servicio de la unidad de la Iglesia. Sabemos cuáles son los vínculos visibles de la unidad: 1) la profesión de una misma fe recibida de los Apóstoles; 2) la celebración común de los sacramentos; 3) la sucesión apostólica por el sacramento del orden, que conserva la concordia fraterna de la familia de Dios (C.E.C. 815). Así, como decimos en las Orientaciones Pastorales Diocesanas, n° 24: La unidad no tiene que ser fruto de una autoridad rigorista, sino fruto espontáneo de la fe, del amor, de la fidelidad y la responsabilidad de cada uno. El premio a este amor y a esta disciplina será la eficacia apostólica.

Queridos sacerdotes, vais a renovar las promesas de la ordenación, así manifestamos que queremos proseguir en la misión de extender el Óleo que hace revivir en nosotros la alegría de la victoria de Cristo sobre el pecado y sobre la muerte y alimenta la unidad de la Iglesia. Hacemos esto ante el pueblo de Dios, aquí congregado y representado, porque los sacerdotes sostenemos a los fieles, y también ellos nos sostienen a nosotros. Recemos unos por otros al Señor, que es el único que puede sustentarnos a todos”, finalizaba.

Desde la Delegación Diocesana para la Liturgia se explica que la Misa Crismal es una celebración propia del Jueves Santo que, en nuestra diócesis, al igual que sucede en muchas otras, se ha trasladado de día para facilitar la asistencia de todos los sacerdotes. Así el Martes Santo en la Misa Crismal concelebra el Obispo y su presbiterio. Es una de las celebraciones en las que se pone de relieve la plenitud sacerdotal del Obispo, que es tenido como gran sacerdote de su grey y como signo y garante de la unión de sus presbíteros con él.

Los sacerdotes renuevan ante el Obispo las promesas que hicieron el día de su ordenación, se lleva a cabo la bendición de los óleos y se consagra el crisma. El óleo es aceite de oliva. En cambio, el crisma es una mezcla de aceite de oliva y perfume. La consagración es competencia exclusiva del Obispo. Dentro del rito de consagración destaca el momento en el que el Obispo sopla en el interior del recipiente que contiene el Crisma (crismera) como signo de la efusión del Espíritu Santo.

El santo crisma y los óleos serán llevados a todas las parroquias donde, de un modo solemne y expreso, son presentados, como expresión de unidad, en la Misa Vespertina del Jueves Santo en la que se conmemora la Cena del Señor.

Semana Santa 2023: celebraciones litúrgicas en la Santa Iglesia Catedral

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Mons. Saiz en la Misa Crismal: “Le pedimos al Señor que nos ayude a estrenar cada día nuestro sacerdocio”

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Mons. Saiz en la Misa Crismal: “Le pedimos al Señor que nos ayude a estrenar cada día nuestro sacerdocio”

La Catedral de Sevilla acogió la mañana de este Martes Santo la Misa Crismal, presidida por monseñor José Ángel Saiz Meneses, arzobispo de Sevilla y concelebrada por monseñor Juan José Asenjo, arzobispo emérito y sacerdotes del clero sevillano.

“Dios es el verdadero fundamento de la vida del sacerdote, la raíz de su existencia, la tierra de su vida”. En palabras de mons. Saiz, ésta es la explicación de lo que significa la vida sacerdotal, “en comunión con Cristo mismo”.

“También nosotros decimos – continuó don José Ángel – que el Señor es nuestra porción y nuestra heredad, que el fundamento de nuestra existencia es Dios. Ésta es nuestra vida, este es el testimonio que estamos llamando a ofrecer en una sociedad tan materialista y utilitarista”.

En este sentido, destacó durante su homilía que la misión del sacerdote es “llevar a Cristo a todos los hombres y mujeres de nuestro tiempo; para ello, hemos de ser hombres de Dios, de profunda espiritualidad, porque solo podemos cumplir esta misión si vivimos arraigados en Él, cimentados en Él, éste es el servicio que la humanidad necesita hoy”.

Centralidad de Dios

El arzobispo de Sevilla recordó al clero sevillano que, si la vida sacerdotal pierde la centralidad de Dios, “si Él deja de ser nuestra heredad, nuestro auténtico tesoro, corre el peligro de vaciarse de contenido y de sentido y, no habrá cargo, ni nóminas, ni honores capaces de llenar ese vacío”. Por tanto, “O Cristo llena mi corazón y Cristo está presente en todos los lugares en los que Él planta el grano de mi vida a través de la Iglesia o, no hay nada que pueda llenar ese vacío. Estamos llamados a ser hombres de Dios, amigos del Señor Jesús que aman a la Iglesia y que se entregan hasta dar la vida por la salvación de los hermanos”, expresó.

Mons. Saiz también dirigió palabras de gratitud a Dios por el ministerio sacerdotal “por la entrega generosa, la fidelidad incondicional y la alegría que llena la vida de los sacerdotes en medio de situaciones no siempre fáciles”.

Por ello, “cada sacerdote que vive intensamente su vocación, que se gasta y se desgasta por Cristo y que permanece ofreciendo alegría y esperanza a los hombres y mujeres de este tiempo son un milagro sostenido… Le pedimos al Señor que nos ayude a estrenar cada día nuestro sacerdocio, con ardor nuevo”.

Bendición del santo crisma

Durante la ceremonia, el arzobispo hispalense bendijo los aceites que se utilizarán para la unción, símbolo de la efusión del Espíritu Santo: el santo crisma, el óleo de los catecúmenos y el óleo de los enfermos, es decir, el óleo que servirá para ungir a los catecúmenos en el bautismo, los bautizados que reciban la confirmación, los enfermos en su dolor, y finalmente, los candidatos al sacerdocio. “Esta acción salvadora se lleva a cabo a lo largo del espacio y del tiempo a través de la Iglesia, que administra los sacramentos, signos de gracia y salvación”.

 

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«Pongamos a Cristo en el centro», homilía en el aniversario del fallecimiento de la fundadora de Hogar de Nazaret, en Albolote

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Homilía del arzobispo de Granada, Mons. José María Gil Tamayo, en la Eucaristía en el aniversario del fallecimiento de la fundadora de Hogar de Nazaret. María del Prado, celebrada en Albolote, el 4 de marzo de 2023.

Queridos hermanos, sacerdotes concelebrantes;
querida Directora General del Hogar de Nazaret, y todos y todas las que estáis en esta gran familia nacida de María del Prado;
queridos hermanos y hermanas de Albololote:

Me da mucha alegría tener esta celebración para dar gracias a Dios y, al mismo tiempo, pedir, porque es un deber de justicia y es una obra de misericordia rezar por los difuntos. Un día quizá -y sin quizá, seguro-, veremos a María del Prado presentada por la Iglesia como modelo para el Pueblo de Dios. (…). Pero, hay un texto en la Sagrada Escritura, en la Carta a los Hebreos, en el capítulo 13, que dice: “Acordaos de aquellos superiores vuestros que os expusieron la Palabra de Dios. Fijaos en el desenlace de su vida. Imitad su fe. Jesucristo es el mismo ayer, hoy y siempre”.

Esas palabras de la Sagrada Escritura pueden servirnos en este, ya segundo domingo de Cuaresma, para hacer memoria de María del Prado. Fijaos, hacemos memoria: “Acordaos de aquellos que os expusieron la Palabra de Dios”. Claro que en la memoria de la Iglesia, que es la memoria del martirologio, en definitiva, que es la memoria de las intervenciones de Dios en nuestra vida y en la historia de la Salvación, ¿cómo no vamos a hacer memoria de quienes nos han propuesto y nos han acercado a Dios? Los que pertenecéis al Hogar de Nazaret, pues, ciertamente, esto lo tenéis grabado, porque Dios se ha servido de María del Prado, para abrir un camino en la Iglesia, con la propuesta de un carisma que tiene el sentido de familia del Hogar de Nazaret, como propuesta especialmente para los jóvenes y los jóvenes acogidos, pero también para los matrimonios, para la vida consagrada y para los sacerdotes. Ese espíritu de imitación, que primero se ha encarnado y se hace vida en una mujer sencilla, de Ciudad Real, de un pueblo de Ciudad Real; que hace también un itinerario en su vida, como Abraham, movido por la fe y por la inquietud por Dios. Esa mujer va dejándose llevar con el consejo oportuno, con el discernimiento, con la ayuda espiritual de sacerdotes santos y sabios, va discerniendo lo que el Señor espera en su vida. No ha dejado pasar su existencia como una más.

Y esto es importante, porque, en la vida, queridos hermanos y hermanas, no estamos arrojados a una existencia sin sentido. No somos, como decía un no creyente, “un personaje absurdo de una novela idiota”. La vida tiene sentido. Estamos en la vida no por casualidad, por “carambola”. No. Estamos porque Dios ha querido. Y estamos con una misión. Estamos con un porqué. Un porqué de amor en nuestros padres, pero, al mismo tiempo, con una tarea, con una misión para la que Dios nos ha dado talentos. Nos habla así el Evangelio. Incluso, esa moneda ha quedado como expresión de dones que hemos recibido y que, como nos dice Jesús en el Evangelio, no podemos esconderlos, guardarlos, meterlos bajo tierra, sino que tenemos que reconocerlos y ponerlos al servicio de los demás. Es lo que hizo esta mujer buena. Lo que de Dios habéis recibido, no lo acogió de manera posesiva, como si fuera sólo para su triunfo personal, sino para ponerlo al servicio de los demás, con esos dones que Dios suscitó en su corazón. Por tanto, hacemos memoria de María del Prado. Y ella hace, como os decía, ese itinerario también de fe, porque, al mismo tiempo, de un lugar a otro (a Valdepeñas, a Chiclana), a tantos sitios donde ha ido sembrando lo que Dios había suscitado en su corazón y ha suscitado también, con la intervención de Dios, el seguimiento de mujeres también entregadas al servicio de los demás, especialmente de las más jóvenes, haciendo, precisamente, de sus casas, hogar, y hogar de Nazaret, como lo nombra, porque toma pie de ese sentido del Evangelio profundo, de ese espíritu de familia, de esas virtudes domésticas que pide la Iglesia precisamente el día de la Sagrada Familia. Ese sentido de que ya san Pablo VI hablaba en la homilía, precisamente en Nazaret, en su visita, del silencio, de la escucha, de la precisión, del cariño, hechos juicio.

Ese itinerario de fe culmina con su llamada a la eternidad, su llamada al Encuentro con Dios. Y por justicia y por caridad, rezamos por ella, porque participa de nuestra condición humana, que tiene debilidad también. Los santos tenían defectos. Los vemos en los propios apóstoles, con defectos innegables. Y el Evangelio no los calla, nos los muestra. Y nosotros tenemos defectos como ellos también. Pero no se nos ahorra el deseo de la santidad, esa llamada a la santidad que hoy el apóstol Pablo reclama a su discípulo Timoteo; le dice que tome parte en los trabajos del Evangelio según las fuerzas que Dios le dé. Es esa llamada a la santidad, que antes de la constitución del mundo, nos dirá también San Pablo, estamos llamados a parecernos a Jesús. Y eso es lo que hizo esta mujer. Y todos tenemos que recordarla. Hacemos memoria: “Acordaos de aquellos superiores vuestros que os expusieron la Palabra de Dios. Fijaos en el desenlace de su vida”. ¿Cuál ha sido el desenlace de la vida de esta mujer? Pues, su obra. Ha dejado tras de sí no tierras, no cartillas en el banco, no una herencia material, no sus hijos humanos, de descendencia. Ha dejado de su generosidad una fecundidad que se muestra en sus hogares y que ha llegado y se ha multiplicado a tantas personas, y de la que también es beneficiaria esta parroquia de Albolote.

Luego, queridos hermanos, fijaos en el desenlace de su vida. Es una vida que merece la pena, que es imitable y, sobre todo, es imitable para quienes siguen su carisma. “Fijaos en el desenlace de su vida -dice la Carta a los Hebreos-. Imitad su fe”. Tenemos que redoblar y pedirLe al Señor por nuestra fe: “Señor, auméntanos la fe”. En un mundo descreído como el nuestro, en un mundo secularizado, que sólo pone el corazón en las cosas, en estar mejor, en tener más (“tanto tienes, tanto vales) y que vemos que Dios se le queda en el olvido (Dios parece un “sin papeles” en la sociedad nuestra). La gente se avergüenza, incluso de nuestras cruces, que están en nuestras calles o en nuestros caminos, y parece como que molestamos o se molesta por ser cristiano. De tal manera que muchos se acomplejan y piensan que ser cristiano es una cosa privada, sólo para puertas adentro de su casa o de su conciencia. Y viven un cristianismo tan privado, tan privado, que no se atreven ni imponérsela a sí mismo. “Imitad su fe”. Si María del Prado se hubiese guardando su fe ella solita, no se hubiese complicado la vida y hubiese pensado sólo en sí, pues ahora no tendríamos hoy esta obra, que nace de la fe de una mujer que se fió de Dios.

Cuando nos fiamos de Dios, cuando tenemos confianza en Dios, Dios no se deja ganar en generosidad. Dios nunca llega tarde. Eso no nos ahorra los problemas y las dificultades de la vida. Esa fe que Jesús hoy reclama a sus apóstoles en el Monte Tabor. Esos apóstoles que contemplan a Jesús, cumpliendo en Su Persona las profecías del Antiguo Testamento. Ese encuentro con Moisés y con Elías. Pero, al mismo tiempo, a ellos, que van a ser testigos de su sufrimiento, les muestra de que el sufrimiento es un camino para la Gloria.

No se queda todo en el sufrir, queridos hermanos. Pasamos por el sufrir, que forma parte de la vida, pero por la cruz llegamos a la luz como Jesús. Y esa es la gran lección que nos da hoy, en este itinerario cuaresmal, que tiene un fuerte marchamo bautismal, después de las tentaciones, a las que se le muestra a los catecúmenos de Jesús, se les muestra también que el camino cristiano es un camino que no termina con la muerte, con la cruz, termina con la Resurrección, con la victoria de Cristo que se anticipa y que imitemos su fe. Y nos dice también la Carta a los Hebreos lo más importante. María del Prado no hace una imitación de un líder que se pierde en la noche de los tiempos, o de una idea o de una ideología. Imita a Alguien: a Cristo, que está vivo. Jesucristo no es un muerto ilustre. Jesucristo está vivo. “Jesucristo ayer, hoy y siempre”, nos dice la Carta a los Hebreos.

Pues, que nosotros también como ella, pongamos a Cristo en el centro, porque eso es lo que han hecho los santos. Los santos son muy distintos unos de otros, de época distinta, de edad, de condición social, de países, de culturas, pero todos tienen un numerador común: todos intentan parecerse a Jesús y en eso está la santidad, en parecerse a Jesús. Ojalá nosotros también, como esta mujer buena, nos parezcamos cada día un poquito a Jesús, porque, en definitiva, eso es ser cristiano: ser discípulos de Cristo. Pues, vamos a intentarlo. Y no son excusas, nuestra pequeñez, nuestras debilidades, porque si ellos pudieron, ¿por qué no nosotros con la ayuda de Dios?

Que Santa María, Madre de Dios, os bendiga a quienes seguís a esta mujer buena y nos bendiga a todos y bendecimos. Y yo, como arzobispo de Granada, doy gracias por vuestra presencia en nuestra diócesis, por vuestro servicio a la Iglesia y a la sociedad de Granada. Que así sea.

+ José María Gil Tamayo
Arzobispo de Granada

Monseñor José Rico Pavés : “El Papa Francisco nos recuerda con insistencia que la tarea evangelizadora en el momento presente requiere de la audacia de salir al encuentro de las heridas de nuestros contemporáneos”

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El primer templo de la Diócesis ha acogido esta mañana la celebración de la Misa Crismal presidida por Monseñor José Rico Pavés, Obispo de Asidonia-Jerez.

En la jornada de hoy, la Santa Iglesia Catedral ha acogido la celebración de la Misa Crismal, presidida por Monseñor José Rico Pavés, Obispo de Asidonia-Jerez. En esta Eucaristía se han vivido diversos momentos especiales, como la consagración del Santo Crisma y la bendición del Óleo de los enfermos y el Óleo de los catecúmenos, además de la renovación de las promesas sacerdotales de los miembros del presbiterio de nuestra Diócesis. Cabe mencionar, como curiosidad, que la consagración del Santo Crisma y bendición del Óleo de los enfermos y de los catecúmenos solamente la puede realizar un Obispo.

En la homilía, el Sr. Obispo de Asidonia-Jerez, ha recordado que estamos a las puertas del Triduo Santo, llegando al final del tiempo de Cuaresma en el que nos hemos venido preparando para un encuentro renovado con Cristo resucitado. Asimismo, se realiza acciones extraordinarias cuyo efecto nos acompañaran todo el año, la renovación de las promesas sacerdotales y la bendición de los Óleos y consagración del Santo Crisma que nos muestran la cercanía del Señor y la eficacia tangible de su amor a nosotros.

Por otro lado, el prelado ha mencionado que esta celebración se podría resumir en torno a tres expresiones:

La primera de ellas es saber que los cristianos somos ungidos por Cristo, para en segundo lugar tener presente una tarea que nos lleva a la tercera idea que es ser en el mundo testigos de la redención, es decir, ser enviados para anunciar la Buena Nueva. Todo esto se produce porque destacamos dos momentos en el que entramos en el tiempo del Señor, primero la unción del Bautismo y después la unción de la Confirmación.

En otro orden de ideas, Monseñor Rico Pavés, ha destacado que ahora que estamos a las puertas del Triduo Pascual, momento que tenemos que aprovechar para vivir lo que la liturgia nos presenta, ya que escuchando la Palabra de Dios seremos testigos de Él, siendo la luz de la esperanza en medio de tanta oscuridad, y de esta forma ensanchar nuestro corazón al unirnos con Cristo siendo coherentes con nuestra vida.

Asimismo, el prelado, ha destacado también dos expresiones que la Iglesia nos pide en el mundo actual, la curación y la liberación. La primera de ellas, es saber que vivimos en un mundo herido donde las personas buscan ser curadas, pero una cura que sólo Cristo es capaz de dar derramando su amor. De la misma forma, siendo testigos de Él se nos pide a los cristianos ser bálsamo de esa misericordia siendo portadores de su gracia. Y tras esta curación llega la liberación, que es saber que con Cristo llegaremos a plenitud siguiendo su voluntad porque sólo Él nos libera de las esclavitudes de este mundo.

Por último, el Sr. Obispo de Asidonia-Jerez, ha recordado que estas dos expresiones que hemos mencionado en el párrafo anterior toma mayor significado en la Misa Crismal con la renovación de las promesas sacerdotales. Recordando la importancia de la comunión del presbiterio, siendo también necesitados de curación para así ser portadores de esa curación hacía los demás derramando el amor de Cristo.

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Más de 100 sacerdotes renuevan sus promesas en la Misa Crismal: «No nos pertenecemos, le pertenecemos solo a Él»

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Como cada Martes Santo, esta mañana se celebraba en la Catedral la Misa Crismal. 

Minutos antes de las 11 de la mañana han comenzado a repicar las campanas de la Catedral de Jaén. Una llamada a participar en esta celebración eucarística, presidida por el Obispo diocesano, Don Sebastián Chico Martínez. Asimismo, alrededor de 120 sacerdotes, llegados de todos los puntos de la geografía diocesana, han querido participar y renovar, un año más, sus promesas sacerdotales.

Junto al Obispo, han concelebrado el Obispo emérito Don Ramón del Hoyo López; el Vicario General, D. Juan Ignacio Damas; el Provicario General, D. José Antonio Sánchez Ortiz; así como otros Vicarios Episcopales y algunos miembros del Cabildo Catedral. También, ha estado presente Monseñor D. Fernando Chica Arellano, Observador permanente Santa Sede en la FAO, el FIDA y el PDA.

Del mismo modo, han participado los Seminaristas, los Diáconos permanentes de la Diócesis y multitud de religiosas y fieles.

Los semanaritas y miembros de la Cofradía de la Buena Muerte han sido los encargados de las lecturas. El Evangelio ha sido proclamado por el Diácono Permanente Don Andrés Borrego.  

Homilía

El Prelado jiennense ha querido comenzar su predicación saludando a Don Ramón y dedicando unas palabras de cariño a nuestro otro Obispo emérito, Don Amadeo, que no ha podido estar presente este año. Además, ha querido agradecer a todos los sacerdotes, seminaristas y religiosos su presencia en esta mañana en la que «el centro de nuestra atención y de nuestros corazones es Jesucristo el Señor, que vivió y murió por nosotros, para ser camino viviente de humanidad redimida y santificada».

Así, Don Sebastián ha querido alentar a los sacerdotes a venerar con agradecimiento y amor la grandeza del sacerdocio y el sacrificio de Jesús. «Él vino a anunciar el año de gracia de Dios, vino a anunciar a los pobres la Buena Noticia; la Buena Nueva de la inmensa bondad de un Dios cercano y misericordioso; la Buena Nueva de un Dios hermano que se acerca a nosotros lleno de misericordia y derrama en nuestros corazones, como un bálsamo perfumado, el don y la riqueza de su Espíritu. Él es el único “que ha bajado del cielo” (Cfr. Jn 3, 31) para hacernos partícipes de la santidad divina: “por ellos me santifico a mí mismo, para que ellos también sean santificados en la verdad” (Jn 17, 19)”. Para continuar: “Hoy, al bendecir los óleos y consagrar el santo Crisma, evocamos la misericordia que nos alivia, nos consuela y nos santifica con el don admirable de su Espíritu que empapa y transforma nuestra vida».

Igualmente, el Pastor diocesano ha manifestado que «hoy miramos y renovamos la belleza de nuestro ministerio. No son nuestras palabras, ni nuestros métodos, ni nuestras muchas reuniones, ni nuestras conversiones pastorales, las que van a convertir el mundo. La fuerza vendrá del Espíritu de Jesús, de la verdad profunda de Su palabra que llega hasta lo más hondo del corazón y cambia las vidas desde dentro, con tal de que nosotros seamos instrumentos dóciles, fieles y diligentes, instrumentos útiles de su misericordia». Para continuar animando a los presbíteros a hacer una renovación generosa, ilusionada y con unidad «Hagamos hoy, hermanos sacerdotes, un esfuerzo de renovación, de rejuvenecimiento espiritual. Recuperemos nuestra primera ilusión, nuestro “primer amor”, nuestra disponibilidad, la entrega exigente de nuestra vida, de cada día, de cada hora, de cada minuto de nuestro tiempo».

Asimismo, Don Sebastián ha querido agradecer a los sacerdotes su entrega y ha tenido unas palabras de recuerdo para los presbíteros fallecidos en el último año.  «Queridos hermanos sacerdotes, gracias en nombre del Señor y de toda nuestra Iglesia Jienense por vuestra entrega y fidelidad, por vuestro ser sacerdote. Agradezcamos la vida entregada hasta la muerte de nuestros hermanos que en este año han pasado a la presencia del Padre: Nuestro querido D. Antonio Ceballos Ob, D. Joaquín Tuñón, D. Félix Martínez, D. Manuel Peña, D. Valentín Anguita, D. Reyes Castaño y D. Diego Moreno».

Finalmente, Monseñor Chico Martínez ha pedido oraciones por todo el presbiterio diocesano para “que renovemos verdaderamente, de corazón, las promesas sacerdotales, y pidamos a Dios que nunca falten en nuestra Iglesia jóvenes dispuestos a ofrecer su vida en este servicio santo del ministerio sacerdotal y apostólico”. Para culminar: “Que Santa María, Madre de Jesús y Madre nuestra, Madre de los Apóstoles y Madre de la Iglesia, nos conceda la gracia de responder con fidelidad y con alegría a la vocación que cada uno hemos recibido del Señor para servicio de los hermanos y edificación del Reino de Dios en nuestro mundo”.

Renovación de las promesas y bendición de los santos óleos

Tras la homilía, el clero diocesano ha renovado sus promesas sacerdotales ante el Obispo de Jaén.

Después, se ha llevado a cabo el rito de la bendición de los santos óleos y la consagración del santo crisma, que servirán a lo largo de todo el año para ungir a los enfermos y a los que recibirán los Sacramentos del Bautismo, la Confirmación o el Orden Sacerdotal.

Los seminaristas y los diáconos permanentes han presentado ante el Prelado las tres ánforas de aceite. Primero el óleo de los enfermos y, después, el de los catecúmenos, han sido bendecidos. La última ánfora ha sido la del óleo para el santo crisma. El Obispo ha hecho la mezcla del aceite con las esencias y perfumes y ha insuflado sobre él, para finalizar con la oración de la consagración. Posteriormente, los tres recipientes se han situado en un pedestal, junto al altar, donde han permanecido durante toda la celebración.

Tras la bendición final, Don Sebastián ha querido felicitar a los sacerdotes y darles las gracias. Además, los ha animado a seguir mostrando la belleza de su ministerio, «para que nuestro Seminario se embellezca». Finalmente, les ha deseado un feliz día y una feliz Pascua. Ya en la Sacristía, le ha exhortado a salir de sí mismos para entregarse por completo a los demás, verdadera misión de su ministerio. «No nos pertenecemos, somos totalmente del Señor. Yo no quiero guardarme nada para mí, que sea todo para Él. No os guardéis nada. Yo siento que cuanto más me despropio, me siento más feliz».

Este año, los 65 litros de aceite de oliva virgen extra bendecidos han sido donados por la Cooperativa Santa Ana – San Isidro de Torredelcampo. Al finalizar la celebración se han repartido entre todos los párrocos de la Diócesis.

Galería fotográfica: «Misa Crismal»

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Homilía del Obispo de Jaén en la Misa Crismal

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Querido Don Ramón, que junto a D. Amadeo y conmigo, como último estabón, formamos parte de la hermosa sucesión Apostólica de esta Diócesis de Jaén. Gracias por su presencia.

Os saludo hermanos sacerdotes que formáis nuestro gran presbiterio. Doy gracias al Señor por este regalo, por esta gran familia que lo formamos. Agradezco la presencia de todos los sacerdotes que sois de otras Diócesis y que unidos a este presbiterio estáis colaborando en el servicio a nuestra Iglesia jienense. Bienvenidos los que estáis fuera, prestando otras tares y que hoy, reunidos en esta hermosa celebración, sentimos el calor de la fraternidad. Tengamos, también, presente a nuestros misioneros y a todos los sacerdotes enfermos que no pueden estar junto a nosotros, pero lo están en nuestra oración.    

Estimados diáconos permanentes, religiosos y seminaristas. Hermanos todos en el Señor.

De nuevo, la Misa Crismal nos reúne fraternalmente en torno al Altar de Dios, en una celebración que es a la vez un acto de gratitud, de renovación espiritual y de aliento apostólico y misionero.

En esta mañana, el centro de nuestra atención y de nuestros corazones es Jesucristo el Señor, que vivió y murió por nosotros, para ser camino viviente de humanidad redimida y santificada.

La lectura del Evangelio nos invita a reconocerlo presente en medio de nosotros, como Sacerdote único y eterno, siempre vivo para interceder por nosotros, puerta abierta desde este mundo a la vida eterna y a la gloria de Dios, nuestro Padre.

Jesucristo es sacerdote no según la tradición judía, sino según el rito de Melquisedec. Nos dice el Papa Benedicto XVI: “nos lo recuerda precisamente la Eucaristía: ofreció pan y vino, y en ese gesto se resumió totalmente a sí mismo y resumió toda su misión. En ese acto, en la oración que lo precede y en las palabras que lo acompañan radican todo el sentido del misterio de Cristo… anticipo de lo que sucedería a continuación, donde la pasión de Cristo se presenta como una oración y como una ofrenda… Oración y ofrenda, escuchada y aceptada por el Padre quien le confiere este sacerdocio en el momento mismo en que Jesús cruza el paso de su muerte y resurrección”. (Cfr. Hom. 3 – 6 – 2010)

Ese sacerdocio de Jesús, que se realiza y se consuma en su vida, en su muerte y resurrección, nos dignificó a la humanidad entera, haciéndonos un pueblo de sacerdotes, es decir, un pueblo en comunicación y alianza con Dios, enriquecido por los bienes del Espíritu Santo.

Queridos hermanos, que estáis presentes en esta celebración, veneremos con agradecimiento y amor la grandeza del sacerdocio y el sacrificio de Jesús. Él vino a anunciar el año de gracia de Dios, vino a anunciar a los pobres la Buena Noticia; la Buena Nueva de la inmensa bondad de un Dios cercano y misericordioso; la Buena Nueva de un Dios hermano que se acerca a nosotros lleno de misericordia y derrama en nuestros corazones, como un bálsamo perfumado, el don y la riqueza de su Espíritu. Él es el único “que ha bajado del cielo” (Cfr. Jn 3, 31) para hacernos partícipes de la santidad divina: “por ellos me santifico a mí mismo, para que ellos también sean santificados en la verdad” (Jn 17, 19)

Hoy, al bendecir los óleos y consagrar el santo Crisma, evocamos la misericordia que nos alivia, nos consuela y nos santifica con el don admirable de su Espíritu que empapa y transforma nuestra vida.

Y, también, evocamos el “don de misericordia” que, en nosotros sacerdotes, ha regalado a los hombres, en nuestro ser “llamados, ungidos y enviados”, para, participando de su misión, siendo representantes suyos, actuando en su nombre, tener la potestad de “abrir las compuertas del cielo” y ser cauces de su gracia santificadora. ¡Ésta es la gran belleza de nuestro ministerio!

Por todo ello, cada vez más, los sacerdotes tenemos que ser los hombres cercanos a Dios, como lo fue Cristo, capaces de ayudar a nuestros hermanos a ponerse en comunicación de fe y de amor con el Dios de la gracia y de la salvación.

Este encuentro personal con Dios será fuente de liberación interior, de fraternidad, de paz y serenidad, de esperanza y gozo espiritual, principio secreto y poderoso de nuestra renovación de la vida, y como consecuencia de la sociedad y del mundo entero.

No olvidemos la importancia de la oración en nuestra vida, ni descuidemos el tiempo dedicado a estar a los pies del Señor, para fortalecer nuestra vida; de estar en silencio a los pies del Sagrario, primer lugar de nuestra entrega sacerdotal y la primera expresión de nuestra solícita caridad pastoral por el rebaño que nos ha sido encomendado.

Los cristianos estamos viviendo momentos duros para nuestra fe. Tenemos la sensación de que remamos a contracorriente. Encontramos muchas dificultades para vivir fielmente el mensaje de Jesús y la comunión cristiana, en un mundo cada día más secularizado, poderoso, seductor, individualista, apartado en muchas cosas de los caminos verdaderos de la salvación.

Y es duro para nosotros, testigos y ministros de una vida nueva y de una salvación que viene de Dios, y que no es reconocida ni estimada como algo importante. Sentimos que somos ministros de un Dios cada vez más olvidado y menospreciado, que ha querido entrar en el mundo con la debilidad del respeto, del amor y de la misericordia.

No es extraño que sintamos la tentación del cansancio y del desaliento, que nos entre algunas veces la angustia y la duda ante la debilidad de nuestros medios y la poca eficacia de nuestros esfuerzos.

Sin embargo, contra esta tentación del desaliento, camuflado muchas veces en forma de individualismo, de conformismo y de rutina, con valentía y fortaleza renovamos hoy la fe en el valor permanente del sacerdocio de Jesús, que sostiene desde dentro la vida de quienes acuden a Él por la fe y el amor.

Hoy miramos y renovamos la belleza de nuestro ministerio. No son nuestras palabras, ni nuestros métodos, ni nuestras muchas reuniones, ni nuestras conversiones pastorales, las que van a convertir el mundo. La fuerza vendrá del Espíritu de Jesús, de la verdad profunda de Su Palabra que llega hasta lo más hondo del corazón y cambia las vidas desde dentro, con tal de que nosotros seamos instrumentos dóciles, fieles y diligentes, instrumentos útiles de su misericordia.

Hagamos hoy, hermanos sacerdotes, un esfuerzo de renovación, de rejuvenecimiento espiritual. Recuperemos nuestra primera ilusión, nuestro “primer amor”, nuestra disponibilidad, la entrega exigente de nuestra vida, de cada día, de cada hora, de cada minuto de nuestro tiempo. Que todo en nosotros esté transfigurado por el servicio ministerial a Aquel que nos ha hecho “socios y colaboradores suyos para la obra de santificación de los hombres” (PO).

Hoy el Señor nos pide el esfuerzo de la ilusión y de la unidad. Ilusión renovada poniendo la confianza en Él, en el valor de su palabra y en el poder de su espíritu; poniendo también el empeño por vivir y cuidar una auténtica fraternidad sacramental. Aprovechemos y potenciemos los momentos de encuentro entre nosotros para compartir la fe y animarnos unos a otros, que se nos plantean, especialmente, a través del Plan de animación de la formación permanente; y desde aquí vivir la ilusión de la evangelización, sin perder la audacia de buscar nuevos métodos y nuevas formas para llegar a los hombres de nuestros días.

Esforcémonos por vivir la unidad sincera y profunda en nuestro presbiterio, a pesar de las diferencias objetivas que puede haber entre nosotros, que más que una dificultad puede suponer una riqueza para todos. Pongamos siempre, en primer lugar, la obediencia sincera al Señor; la diligente fidelidad al único Sacerdote, Jesús; el amor profundo a nuestra madre la Iglesia, lo que implica protegerla y cuidarla, siendo conscientes de lo que suponen las consecuencias de nuestros actos; y el servicio de nuestra total entrega al pueblo santo de Dios.

Queridos hermanos sacerdotes, gracias en nombre del Señor y de toda nuestra Iglesia jiennense por vuestra entrega y fidelidad, por vuestro ser sacerdote. Agradezcamos la vida entregada hasta la muerte de nuestros hermanos que en este año han pasado a la presencia del Padre: Nuestro querido D. Antonio Ceballos Ob, D. Joaquín Tuñón, D. Félix Martínez, D. Manuel Peña, D. Valentín Anguita, D. Reyes Castaño y D. Diego Moreno.

Hoy es día de oración por todo el Pueblo Santo de Dios, pueblo consagrado y sacerdotal, pero especialmente por quienes estamos llamados a ser “otros Cristos”, por el sacerdocio ministerial recibido. Por ello, queridos diáconos, religiosos, religiosas, hombres y mujeres, jóvenes y ancianos, fieles cristianos laicos, rogad con nosotros y por nosotros, por nuestro ministerio, para que renovemos verdaderamente, de corazón, las promesas sacerdotales, y pidamos a Dios que nunca falten en nuestra Iglesia jóvenes dispuestos a ofrecer su vida en este servicio santo del ministerio sacerdotal y apostólico.

Que Santa María, Madre de Jesús y Madre nuestra, Madre de los Apóstoles y Madre de la Iglesia, nos conceda la gracia de responder con fidelidad y con alegría a la vocación que cada uno hemos recibido del Señor para servicio de los hermanos y edificación del Reino de Dios en nuestro mundo.

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“Sin sacerdotes no hay Iglesia, no hay Eucaristía”

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El Obispo de Córdoba, monseñor Demetrio Fernández, preside la Misa Crismal, concelebrada por el Arzobispo de Burgos, monseñor Mario Iceta, y el obispo electo de Alcalá de Henares, monseñor Antonio Prieto Lucena

El obispo de Córdoba ha presidido la Misa Crismal que celebra junto a su presbiterio, en la que ha consagrado el Santo Crisma y ha bendecido los óleos, una manifestación de comunión de los presbíteros con el Obispo y entre ellos, subrayada por monseñor Demetrio Fernández en su homilía, en la que ha animado a los sacerdotes a “construir la comunión eclesial en el mismo presbiterio y en las parroquias, para ser un mismo cuerpo”.

El Obispo de Córdoba se ha dirigido a los más de doscientos sacerdotes de la Diócesis cordobesa, asegurando que “si queremos que haya más participación de los laicos y vocaciones a la vida consagrada, necesitamos sacerdotes al frente de comunidades que alienten la vida cristiana”.   Lo ha expresado en el contexto de la escasez de sacerdotes que existe en “nuestras latitudes”, una cuestión que  “de interés general y público para toda la Iglesia”. En este sentido, ha señalado algunas de las causas de este descenso, para asegurar que “la razón profunda de la falta de vocaciones es la falta de fe”.

Monseñor Demetrio Fernández ha resaltado la necesidad de sacerdotes ordenados por el sacramento del orden porque “sin sacerdotes no hay Iglesia, no hay Eucaristía”. La Iglesia está escasa de sacerdotes, -ha dicho-,  y “solo surgirán las vocaciones en clima de fe, por eso damos gracias a Dios por cada una de las vocaciones”.

Durante esta celebración emitida por TRECE TV desde la Catedral de Córdoba, los sacerdotes han hecho la renovación de las promesas sacerdotales, un acto que representa cada año la consagración a Dios en plenitud y totalidad y supone “cuidar el corazón para estar disponibles siempre”. El Obispo ha encomendado a los sacerdotes diocesanos de Córdoba no abandonar la tarea de la oración porque un sacerdote “tiene que entrar en el corazón de Cristo, compartir los sentimiento que en estos días se nos ponen de manifiesto esos sentimientos de amor hasta el extremo, de amor hasta la cruz, llenos de sufrimiento si es preciso”.

El Obispo ha hecho mención al reciente nombramiento del Vicario General de la Diócesis, Antonio Prieto Lucena, como obispo de la Diócesis de Alcalá de Henares por el Papa Francisco y ha señalado como del presbiterio diocesano han partido los actuales obispos de Burgos, Huelva y Guadix, «un presbiterio que ofrece a la Iglesia Universal sacerdotes llamados al episcopado, una alegría  y también  un reto que nos llama a mayor santidad y fidelidad a la Iglesia».

Misa Crismal

Con el Santo Crisma se ungen los recién bautizados, los confirmados son sellados y las manos de los presbíteros, la cabeza de los obispos y la Iglesia y los altares en su dedicación. Con el óleo de los catecúmenos, estos se preparan y disponen al bautismo y con el óleo de los enfermos reciben el alivio en su debilidad. Cada Martes Santo se congregan los sacerdotes de la Diócesis de Córdoba, que recogen en este momento los óleos con los que administrarán los sacramento durante todo el año.

 
































 

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