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La Catedral acogió, un año más, la Misa Crismal en la diócesis de Guadix

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La Catedral acogió, un año más, la Misa Crismal en la diócesis de Guadix

 

El Martes Santo se celebra, en la diócesis de Guadix, la Misa Crismal. Y así se hizo el martes 4 de abril, en la Catedral, con una celebración presidida por el obispo, D. Francisco Jesús Orozco, y concelebrada por todos los sacerdotes. Asistieron, además, miembros de la vida consagrada y laicos de Guadix y de otras parroquias de la diócesis.

La Misa Crismal es una celebración muy especial. Su día propio es el Jueves Santo, pero, para facilitar la asistencia de los sacerdotes y los fieles, se adelanta a otro día. En la diócesis de Guadix suele ser el Martes Santo. En esta Misa, el obispo consagra el Crisma y bendice el Óleo de Catecúmenos y el Óleo de Enfermos, que se llevarán a las parroquias y se utilizarán, a lo largo del año, en Sacramentos como el Bautismo, la Confirmación, la Unción de Enfermos y el Orden Sacerdotal.
Pero, también, la Misa Crismal es una celebración muy especial para los sacerdotes, pues renuevan sus promesas sacerdotales ante el obispo y la comunidad eclesial. Y así se vivió en la diócesis de Guadix.
Se trata, por tanto, de una jornada sacerdotal que comenzó con un tiempo de retiro de los sacerdotes, como preparación de la fiesta. Este año, el encargado de hablar a los sacerdotes ha sido el párroco de Benalúa y subdelegado de Medios de Comunicación, Antonio Travé, que habló del Crisma, de lo que implica estar ungidos y de todo lo que la Iglesia celebra en torno a la Misa Crismal. Este primer momento tuvo lugar en la iglesia del Sagrario. Después, todos se desplazaron a la catedral para celebrar la Misa Crismal.
En la homilía, el obispo habló se la unción, de lo que conlleva estar ungidos con el Crisma, desde los sacerdotes hasta los laicos. Y todo, porque “la Misa Crismal es la Misa de Cristo, el ungido por el Espíritu Santo, y es también la misa de la iglesia, pueblo santo de Dios, esposa de Cristo, que es ungida por el Espíritu Santo que brota del corazón de Cristo, su esposo. Esta verdad se hace presente en todas las celebraciones de la santa Misa, pero hoy de manera especial la Iglesia se viste de gala de fiesta, fiesta de la unción y fiesta de los sacerdotes, fiesta sacerdotal, para dar gracias a Dios por Jesucristo, en el Espíritu Santo, ya que Dios nos regala ser hijos en su Hijo y nos regala en abundancia este Espíritu Santo que brota de Cristo y nos unge a nosotros como pueblo santo de Dios”, dijo el obispo.
Recordó que, junto a los Óleos, en la Misa Crismal se consagra el Crisma, por el que somos ungidos. Así, recordó que los sacerdotes son ungidos para servir. Pero también los laicos: “damos gracias al Señor por los fieles laicos, por vuestra tarea y vocación, tan importante en la iglesia. Con los trabajos sinodales, y especialmente por medio de la visita pastoral, se puede apreciar una diócesis articulada en el servicio de muchos laicos en las parroquias, en los grupos, en los movimientos, en las hermandades y cofradías… en todas las realidades eclesiales estáis presentes y sois, querido laicos, el gran pueblo de Dios”.
También tuvo palabras para los consagrados, de los que dijo “sois un reclamo permanente a la santidad a la que todos estamos llamados. Habéis recibido esta gracia de manera prematura para vivir el radicalismo evangélico y de esta forma empujar a todo el pueblo cristiano. También a nosotros los sacerdotes nos tenéis que empujar con vuestra oración y con vuestro testimonio de vivir con radicalidad los consejos evangélicos, y a los laicos, y a los jóvenes, y a los niños, a los matrimonios, a los misioneros… a toda la iglesia”.

Uno de los momentos importantes de la Misa Crismal llegó después de la homilía, cuando los sacerdotes renovaron sus promesas sacerdotales. Después, durante la celebración, el obispo consagró el Crisma y bendijo los Óleos, tanto el de Catecúmenos como el de Enfermos, que se utilizarán durante el año en la administración de los Sacramentos.
Terminó la mañana del Martes Santo con una comida en fraternidad de todos los sacerdotes, celebrando también así, con esta otra mesa, este día de fiesta sacerdotal anticipo del Jueves Santo.

Antonio Gómez
Delegado diocesano de MCS. Guadix

 

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Cerca de 400 personas recordarán en Málaga al ingeniero Isidoro Zorzano

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“Un día con Isidoro” es el título de la Jornada convocada por la Fundación Cultura y Sociedad para recordar a Isidoro Zorzano, ingeniero argentino que desarrolló su vida profesional en Málaga y que está en proceso de canonización.

El evento tendrá lugar el 16 de abril en el Palacio de Ferias y Congresos, de Málaga y contará con una asistencia prevista de 400 personas, muchas venidas de otras ciudades andaluzas y de fuera de nuestra Comunidad.

La jornada se centrará en la divulgación de los valores humanos y en la actividad de Isidoro Zorzano, hijo de padres españoles que emigraron a Argentina y uno de los primeros miembros del Opus Dei.

Zorzano trabajó en Ferrocarriles Andaluces y fue profesor de la Escuela Industrial hasta el inicio de la guerra civil española. Durante esos años estuvo plenamente integrado en la vida malagueña y participó muy activamente en varios proyectos relacionados con menores en riesgo de exclusión. Fue, además, un gran conocedor de la provincia de Málaga, de sus pueblos y paisajes.

La Fundación Cultura y Sociedad ha convocado a especialistas en la vida de Isidoro, como el Postulador de su proceso de canonización, José Carlos Martín de la Hoz o el escritor Enrique Muñiz, autor de su última biografía. El programa se cerrará por la tarde con un recorrido turístico por Málaga, en el que se visitarán los lugares más relacionados con su estancia en la ciudad.

Para conocer más sobre Isidoro Zorzano pinche aquí

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Mensaje de Pascua del Obispo de Málaga, «Testigos del Resucitado»

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El obispo de Málaga, Mons. Jesús Catalá, alienta a los fieles a ser testigos del Resucitado con motivo de la celebración de la Resurrección del Señor. Lee y ve aquí íntegro su mensaje de Pascua.

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¡Cristo ha resucitado! Alegrémonos y entonemos el cántico de la Pascua: ¡Aleluya! La Pascua es el paso del Señor de la muerte a la vida, de las tinieblas a la luz, del aniquilamiento a la resurrección, de la podredumbre a la regeneración. Es tiempo de gran alegría para la Iglesia y para toda la humanidad porque tiene lugar la salvación del género humano.

El Hijo de Dios, con su resurrección, no solo nos ha redimido, sino que nos ha divinizado. Cristo se ha hecho hombre para que los hombres compartamos su vida divina. Ser discípulos del Resucitado significa ser glorificados con Él.

El Señor Resucitado se apareció a María Magdalena (cf. Jn 20, 11-16), dándole a conocer que estaba vivo; y ella es la primera discípula que anuncia a los apóstoles la buena noticia (cf. Jn 20, 18). Los apóstoles salieron corriendo hacia el sepulcro, vieron los lienzos y el sudario (cf. Jn 20, 3-7) y creyeron en la resurrección del Señor (cf. Jn 20, 8).

El verdadero discípulo de Jesús comienza con un encuentro personal con el Resucitado. El Señor se nos aparece también a nosotros, porque Él está presente en nuestra vida mediante su resurrección; y lo hace de muchos modos: por medio de la oración, a través de los acontecimientos de la vida cotidiana, en la persona del prójimo, sobre todo de los más necesitados; en los sacramentos, de modo especial en la Eucaristía; y en la liturgia en general.

Somos discípulos de Cristo Resucitado; no lo somos de cualquier enseñante, maestro o gurú, sino del único Maestro, cuya resurrección avala su vida, su obra y su doctrina. Os invito a adentrarnos en este tiempo pascual meditando los primeros acontecimientos después de la Resurrección de Jesús: sus apariciones, sus encuentros con los discípulos, su presencia consoladora, sus explicaciones a quienes no entienden lo sucedido, su aliento a los decepcionados.

Nosotros, como discípulos de Cristo resucitado, también estamos llamados a dar testimonio de su vida y de su obra salvadora. Deseo con alegría desbordante este tiempo pascual. ¡Feliz Pascua de Resurrección!

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Diálogo de pasión y gloria

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Diálogo entre Jesús y su Madre, María. Memoria de la primera Semana Santa. Por Alfonso Crespo, sacerdote de la diócesis de Málaga, párroco de San Pedro.

Jesús. Dime, Madre, ¿cómo viviste tú aquella semana de pasión y gloria?

María. Hijo mío, todo comenzó con aquel día de triunfo a las puertas de Jerusalén. Yo también gritaba: ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! Y sumé con énfasis mi voz al clamor de los más sencillos de corazón: ¡Hosanna en el cielo! Tengo grabada aquella estampa entrañable: un rey en el humilde trono de una pollinica. Aún conservo una rama de olivo.

Jesús. Y yo te busqué, Madre, entre la multitud y me complací al ver tus ojos grabados en mí. ¡Cómo necesitaba sentirme arropado por tu cariño en aquellas horas de gloria, pero que ya presagiaban mi pasión! Como buena madre, nunca me faltó tu compañía.

María. Hijo mío, los días sucesivos fueron interminables: lunes, martes, miércoles de incertidumbre y angustia… Y aquel jueves cargado de recuerdos: el gesto sublime de lavarle los pies a tus discípulos, como servidor de todos… Recuerda que yo te sostenía la toalla.

Y la cena entrañable en la que, previendo tu vuelta al Padre, quisiste quedarte entre nosotros en la humildad del pan y el vino: ¡Sí, yo también fui testigo de la primera Eucaristía y custodio en lo profundo de mi corazón tu testamento de amor!

Jesús. Para mí fue una despedida entrañable y también un reparo de fuerzas para poder pasar del gozo del Cenáculo a la angustia del Monte de los Olivos. La traición de Judas, el amigo, fue como un dardo en la diana de mi amor por todos los hombres. La tristeza de aquella noche provocó mis lágrimas, mostrando la debilidad de mi carne. Invoqué a mi Padre pidiendo auxilio: ¡Padre, haz pasar de mí este cáliz… pero no se haga mi voluntad sino la tuya! Y luego, el pretorio, el juicio y la sentencia a muerte… Herodes, Pilato, los guardias me miraban con burla: desnudaron mi dignidad.

María. Hijo, el momento más cruel para mí fue la calle de la Amargura. No me dejaban acercarme a limpiar tu rostro de sangre y sudor, pero te acariciaba con mi mirada… En cada caída -¡y fueron tres!-, yo te levantaba con mis ojos… Hasta llegar al Calvario. El golpe seco al dejar anclada la cruz en aquel agujero se clavó en mi corazón, recordando la profecía del anciano Simeón: ¡Una espada te atravesará el alma! Yo miraba la cruz, un signo aparente de fracaso que los ojos de mi fe contemplaban como un trono de triunfo y gloria: ¡Feliz madero que nos trajo tanta salvación!

Jesús. Madre, todo el dolor provocado por el reparto de mi túnica, los desaires y burlas, se aliviaban al contemplarte sosteniendo mi cruz con tus abrazos… Te vi tan desvalida que, mirando al amigo Juan, te entregué a su cuidado: ¡Ahí tienes a tu Madre! Y en un cruce de lágrimas entre tus ojos y los míos, señalando a Juan, el discípulo amado, encomendé a tu cuidado a la humanidad de todos los tiempos:

¡Ahí tienes a tu hijo!

Me bajaron de la cruz, me depositaron en tus brazos… querías resucitarme con tu cariño. Yo moría pero tú dabas a luz a una nueva humanidad redimida.

María. Y siguieron horas de soledad: ¡Tú no estabas! Un triduo de ausencia que se rompió con la alegre noticia de tu Resurrección: María Magdalena fue el primer apóstol de la Buena Noticia: ¡He visto al Señor! Juan y Pedro lo certificaron entrando en el sepulcro vacío, y luego apareciste triunfante en el Cenáculo, hasta convencer a todos, incluido al terco Tomás. Y todo se inundó de alegría: ¡Ha resucitado! La noticia se extendió como un susurro de amor. Cuando llegó hasta mí la noticia, yo ya lo sabía porque conservaba en mi corazón tu promesa: ¡Al tercer día resucitaré! Desde aquel día, el primero de la semana, toda la creación entona un grito de júbilo: ¡Aleluya!

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Camino a la gloria

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En la Pasión, en el camino a la gloria, Jesús tiene la compañía de personas muy diferentes. El sacerdote y profesor de los Centros Teológicos de la Diócesis de Málaga, Gabriel Leal, ayuda a adentrarnos en cada uno de ellos.

José de Arimatea, el generoso

José de Arimatea y Nicodemo tuvieron un papel decisivo en la sepultura de Jesús. El primero era vecino de Jerusalén, rico, bueno y María Magdalena, natural de Magdala, aldea cercana a Cafarnaún, había sido curada por Jesús, echando de ella siete demonios, según Marcos y Lucas. María formaba parte del grupo de discípulas que acompañó a Jesús y sus discípulos durante su predicación en Galilea, ayudándolos con sus bienes.

Los cuatro evangelios la mencionan con el grupo de mujeres que, junto a la madre de Jesús, estaba presente recto, miembro noble del Sanedrín, donde intervino en defensa de Jesús. Nicodemo era fariseo y jefe judío. José de Arimatea esperaba el reino de Dios. Nicodemo había ido de noche a ver a Jesús, que le invitó a nacer de nuevo, es decir, a nacer del agua y del Espíritu. Ambos eran discípulos vergonzantes de Jesús, que no manifestaron abiertamente su relación con Jesús por temor a los judíos. Tras la muerte de Jesús, José de Arimatea solicitó a Pilato permiso para hacerse cargo del cuerpo de Jesús y enterrarlo. Obtenido el permiso, lo bajó de la cruz y, siguiendo la costumbre judía, lo envolvió en una sábana. Ayudado por Nicodemo, lo enterró en un sepulcro nuevo, cavado en la roca, dando así una sepultura digna a Jesús.

María Magdalena, la apóstol

María Magdalena, natural de Magdala, aldea cercana a Cafarnaún, había sido curada por Jesús, echando de ella siete demonios, según Marcos y Lucas. María formaba parte del grupo de discípulas que acompañó a Jesús y sus discípulos durante su predicación en Galilea, ayudándolos con sus bienes.

Los cuatro evangelios la mencionan con el grupo de mujeres que, junto a la madre de Jesús, estaba presente en la crucifixión y, con la otra María, en la sepultura de Jesús.

La Magdalena fue la primera de las mujeres que fueron al sepulcro de Jesús la mañana de Pascua. Un ángel les anunció la Resurrección y les encargó comunicar a los discípulos que había resucitado y que fuesen a Galilea, donde lo verían. Ella comunicó a Pedro y al discípulo amado que se habían llevado el cuerpo del Señor. Después de que los dos discípulos visitaran el sepulcro, María vio a Jesús, de pie, confundiéndolo con el hortelano. Cuando Jesús pronunció su nombre, María, lo reconoció: “¡Rabboni!”. Jesús le encargó anunciar a los discípulos su subida al Padre.

Cleofás de Emaús, el discípulo

Cleofás es uno de los dos discípulos a los que Jesús se acercó mientras caminaban a Emaús. Aunque no lo reconocieron, Jesús los interpeló. La respuesta de Cleofás muestra que conocían bien todo lo ocurrido con Jesús: su crucifixión y el anuncio de la Resurrección, todo el kerigma; lo que no les impidió volver a lo de antes, tristes y decepcionados.

Jesús les hace ver su torpeza para creer lo que dijeron los profetas y les explicó lo que se refería a Él en todas las Escrituras. Acogido por los dos caminantes y sentados a la mesa, Jesús “partió el pan y se lo iba dando” con palabras y gestos que evocan la Eucaristía. A ellos “se les abrieron los ojos y lo reconocieron”. Desaparecido Jesús, de inmediato, volvieron a Jerusalén donde confirmaron su experiencia con el testimonio de los apóstoles: “verdaderamente ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón”.

María de Cleofás, la servicial

Entre las mujeres que estaban al pie de la cruz de Jesús, san Juan menciona, después de la madre de Jesús y antes de María Magdalena, a María la (mujer) de Cleofás. Es probable que lo que le precede inmediatamente, «y la hermana de su madre», se refiera a esta María, que sería una pariente cercana de la madre de Jesús, más que una hermana carnal.

Al pie de la cruz, fue testigo de la entrega de la madre al discípulo amado, que la acogió en su casa, después de que ella lo recibiera como hijo por indicación de Jesús.

Juan, el sensible

El apóstol Juan, hijo de Zebedeo y Salomé, y hermano de Santiago el Mayor, era pescador, como su padre y hermanos. Juan era uno de los Doce y, junto a su hermano Santiago y Simón Pedro, formaban el círculo de los amigos más íntimos de Jesús, testigos singulares de los momentos más importantes de su ministerio. Juan, junto con Pedro y Santiago, fueron testigos de la transfiguración de Jesús, anticipo glorioso de la Resurrección anunciada por Jesús. El evangelio de Juan se refiere a él con la expresión: «el discípulo a quien Jesús amaba».

Éste se reclinó sobre el pecho de Jesús en la última cena. Y fue el único de los apóstoles que estuvo al pie de la cruz, junto a la madre de Jesús y las mujeres que lo acompañaban. Desde la cruz, Jesús ofreció al discípulo amado a su madre como hijo, y a éste le pidió que la acogiera como madre. Y, desde aquella hora, el discípulo la acogió como algo propio.

Pedro, el honesto

Pedro es el sobrenombre que Jesús dio a Simón. Éste era de Betsaida y vivía en Cafarnaún, dedicado a la pesca con su hermano Andrés. Fue el primer apóstol llamado por Jesús a seguirle, y el primer elegido para formar parte de los Doce; con Santiago y Juan pertenecía a los más íntimos de Jesús. Portavoz de los discípulos, confesó la fe en Jesús como Mesías. Y, cuando los discípulos empezaron a abandonar a Jesús y éste pregunto a los Doce “¿También vosotros queréis marcharos?”, le respondió: “Señor, ¿a quién vamos a acudir? (…); nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios”, profesando su fe en Jesús.

Pedro fue también un discípulo frágil y pretencioso: imprecó a Jesús tras el anuncio de su pasión; no entendió lo vivido en la transfiguración; cuando Jesús anunció que todos le abandonarían. Replicó que no lo abandonaría aunque todos le abandonaran y que estaba dispuesto a dar su vida por Él, a morir antes que negarlo. A pesar de tan generosos deseos, lo negó tres veces y lo abandonó como los demás apóstoles, menos el discípulo amado. Pedro es el primer invitado a ir a Galilea para ver al Resucitado, el primero al que el Señor se le apareció y el primero en anunciar la Resurrección.

Pedro ha aprendido mucho de sus debilidades. Por eso, cuando el Resucitado le pregunta tres veces: “Pedro, ¿me amas más que estos?”, le responde: “Sí, Señor, tú sabes que te quiero”, sin afirmar que lo quiere más que otros discípulos. A Pedro, que ha aprendido tanto de su debilidad, el Señor le confía apacentar ovejas, cuidar de su Iglesia.

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Camino a la cruz

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Los personajes secundarios de la Pasión, en el camino de Jesús hasta la cruz, son muchos y diferentes. El sacerdote y delegado de Medios de Comunicación de la Diócesis de Málaga, Rafael Pérez Pallarés, ayuda a adentrarnos en cada uno de ellos.

Claudia Prócula, la valiente

Claudia Prócula es el nombre que se atribuye, según la tradición, a la mujer de Poncio Pilato, el gobernador de Judea en tiempos de Cristo. En el Evangelio de San Mateo leemos que mandó decir a su marido: «No te metas con ese justo, porque esta noche he tenido pesadillas horribles por su causa» (Mt 26, 19). Esta referencia también aparece en la literatura apócrifa, concretamente en las Actas de Pilato.

Claudia fue la única defensora en el juicio contra Jesús. Sus padres, Selene y Marco, estaban emparentados con la nobleza más importante del Imperio. Era sagaz, culta y crítica con las normas establecidas. Jerusalén, en una época tan convulsa, le parecería una ciudad peligrosa. Conoció el temperamento caprichoso y cruel de Calígula, fue testigo de las conspiraciones de Tiberio.

Claudia, reconocida como santa por la Iglesia Ortodoxa oriental y etíope, pretendió influir en la decisión fatal de su esposo. Buscó liberar a Jesús, convertir la noche en un camino transitable y el oleaje de la ira del pueblo en una llanura verdeante (cfr Sb 19, 7).

Simón de Cirene, el sorprendido

Leemos en el relato de la Pasión de Cristo que «cuando salían encontraron a un hombre de Cirene llamado Simón y le obligaron a llevar la cruz de Jesús» (Mt 27, 32).

Simón de Cirene venía del campo a media mañana y se encontró con Jesús de Nazaret en la comitiva de reos. Era común cruzarse con ese dantesco espectáculo: condenados a muerte camino del Gólgota. No lo era tanto que oficiales romanos requiriesen a alguien para ayudar a un ajusticiado a llevar el travesaño de la cruz. Pero a Simón le ocurrió.

El Nazareno estaría exhausto después de la tortura de la flagelación. Lo refieren tres de los cuatro evangelistas: Mateo, Marcos y Lucas. El evangelista Marcos nos dice que era el padre de Alejandro y Rufo y hay quien asegura que eran conocidos entre los cristianos. Es posible que del encuentro involuntario brotara la fe. A veces, la vida sorprende. Y hasta el mismo sufrimiento propio o ajeno puede llegar a convertirse en una oportunidad de encontrarse con Dios.

Judas Iscariote, el traidor

Judas, el Iscariote, entrega con un beso a su amigo. Un beso de paz y saludo se convierte, trágica e irremediablemente, en un beso traidor, de muerte.  El Iscariote imaginó algo diferente; se sintió defraudado. Esperaba del Nazareno otra manera de enfocar las cosas y se deshace de Él vilmente por un puñado de monedas de plata.

Traiciona a su amigo. El desgarro interno del Nazareno ante aquel beso traidor provocaría un escalofrío interior incapaz de ser controlado. La traición es cobarde, delata de qué naturaleza está hecho el corazón del hombre. Las pasiones humanas son así: contradictorias y decisorias a la vez. La traición de Judas desencadena dos muertes: la de su maestro y la suya propia.

Juana de Cusa, la testigo

Juana es el nombre de una de las mujeres mencionadas en los evangelios. El evangelista san Lucas la refiere como miembro del grupo de mujeres que acompañaba a Jesús: «Iban con Él los doce y algunas mujeres que había liberado de malos espíritus y curado de enfermedades: María, llamada Magdalena, de la que había expulsado siete demonios; Juana, mujer de Cusa, administrador de Herodes; Susana y otras muchas que le asistían con sus bienes». (Lc 8, 1-3)

Cusa administraba la casa del rey Herodes Antipas, por lo que varios de los acontecimientos sucedidos en la corte herodiana, como el asesinato de Juan Bautista o el encuentro de Cristo con Herodes, pudieron ser narrados al evangelista Lucas de primera mano por ella.

Juana fue una mujer que tendría una postura difícil por la implicación política y religiosa de Herodes con los judíos practicantes. Lucas, en el capítulo 24, también cuenta en referencia a Juana que las primeras en enterarse de la Resurrección de Jesús son las mujeres y se menciona a Juana.

Es venerada como santa en las iglesias cristianas católica, anglicana, luterana y ortodoxa.

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El obispo de Huelva, Santiago Gómez, señala que la Misa Crismal “es una fiesta de la unidad de la Iglesia”

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El obispo de Huelva, Santiago Gómez, señala que la Misa Crismal “es una fiesta de la unidad de la Iglesia”

El Espíritu del señor está sobre mí, porque él me ha ungido. Me ha enviado a evangelizar a los pobres (Lc 4,18).” “Cristo, el ungido por el Espíritu Santo, realiza su misión. La gracia y la misericordia del Señor se hacen presentes en Él. Nosotros, cristianos, hemos sido ungidos (Bautismo, Confirmación, Orden…), así como participamos de esta Unción de Jesús, y debemos actuar como Él: sanar, curar, consolar, fortalecer… En esta Eucaristía consagramos el óleo de los catecúmenos, de los enfermos y el óleo con aromas, el santo crisma que, utilizados en los Sacramentos del Bautismo, Confirmación, Unción de los enfermos y Orden sacerdotal en toda la Diócesis, hacen partícipes al pueblo de Dios de la Unción de Cristo y de su misión.”

Así comenzaba su homilía Mons. Santiago Gómez Sierra, obispo de Huelva, esta mañana de Martes Santo, 4 de abril, en la Santa Iglesia Catedral, donde ha presidido la Misa Crismal de consagración del Santo Crisma y bendición de los Óleos de los Catecúmenos y de los Enfermos.

“Así somos constituidos testigos de la redención en el mundo. Es decir, frente a todos los poderes que destruyen -la degradación del espíritu, el odio, la codicia, la corrupción moral y física y la misma muerte- estamos fortalecidos y esperanzados con el poder del Espíritu de Dios.

También, la experiencia de la unción con el óleo que penetra en el cuerpo se convierte en símbolo de la belleza de la paz entre los hermanos: “Ved qué dulzura, qué delicia, convivir los hermanos unidos. Es ungüento precioso en la cabeza” (Sal 133, 1-2). El Espíritu Santo, del que el óleo es símbolo es el amor, que es el vínculo de la comunidad fraterna de la Iglesia, como consecuencia de los sacramentos que la conforman.”

Del mismo modo, Mons. Santiago Gómez ha recordado que “desde esta perspectiva esta Misa de los Santos Óleos es una fiesta de la unidad de la Iglesia. Estamos reunidos en torno al altar de la Catedral expresión de nuestra Iglesia particular de Huelva, altar que al mismo tiempo es referente de Jesucristo, Altar vivo, Sacerdote y Víctima. Aquí consagramos los santos Óleos, que llegarán a toda la Diócesis, de modo que los sacramentos que se imparten proceden de este único centro. Se cumplen así las palabras del salmo citado: el fluir del santo Óleo que va bajando desde la cabeza que es Cristo, sobre su cuerpo que es la Iglesia.”

El Obispo ha subrayado su mensaje dirigido a los sacerdotes a los que les ha transmitido el servicio de la unidad de la Iglesia. “Queridos sacerdotes, que vais a usar estos Óleos, somos servidores de la vida que nace de la Muerte y Resurrección de Cristo y, además, estamos puestos al servicio de la unidad de la Iglesia. Sabemos cuáles son los vínculos visibles de la unidad: 1) la profesión de una misma fe recibida de los Apóstoles; 2) la celebración común de los sacramentos; 3) la sucesión apostólica por el sacramento del orden, que conserva la concordia fraterna de la familia de Dios (C.E.C. 815). Así, como decimos en las Orientaciones Pastorales Diocesanas, n° 24: La unidad no tiene que ser fruto de una autoridad rigorista, sino fruto espontáneo de la fe, del amor, de la fidelidad y la responsabilidad de cada uno. El premio a este amor y a esta disciplina será la eficacia apostólica.

Queridos sacerdotes, vais a renovar las promesas de la ordenación, así manifestamos que queremos proseguir en la misión de extender el Óleo que hace revivir en nosotros la alegría de la victoria de Cristo sobre el pecado y sobre la muerte y alimenta la unidad de la Iglesia. Hacemos esto ante el pueblo de Dios, aquí congregado y representado, porque los sacerdotes sostenemos a los fieles, y también ellos nos sostienen a nosotros. Recemos unos por otros al Señor, que es el único que puede sustentarnos a todos”, finalizaba.

Desde la Delegación Diocesana para la Liturgia se explica que la Misa Crismal es una celebración propia del Jueves Santo que, en nuestra diócesis, al igual que sucede en muchas otras, se ha trasladado de día para facilitar la asistencia de todos los sacerdotes. Así el Martes Santo en la Misa Crismal concelebra el Obispo y su presbiterio. Es una de las celebraciones en las que se pone de relieve la plenitud sacerdotal del Obispo, que es tenido como gran sacerdote de su grey y como signo y garante de la unión de sus presbíteros con él.

Los sacerdotes renuevan ante el Obispo las promesas que hicieron el día de su ordenación, se lleva a cabo la bendición de los óleos y se consagra el crisma. El óleo es aceite de oliva. En cambio, el crisma es una mezcla de aceite de oliva y perfume. La consagración es competencia exclusiva del Obispo. Dentro del rito de consagración destaca el momento en el que el Obispo sopla en el interior del recipiente que contiene el Crisma (crismera) como signo de la efusión del Espíritu Santo.

El santo crisma y los óleos serán llevados a todas las parroquias donde, de un modo solemne y expreso, son presentados, como expresión de unidad, en la Misa Vespertina del Jueves Santo en la que se conmemora la Cena del Señor.

Semana Santa 2023: celebraciones litúrgicas en la Santa Iglesia Catedral

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Mons. Saiz en la Misa Crismal: “Le pedimos al Señor que nos ayude a estrenar cada día nuestro sacerdocio”

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Mons. Saiz en la Misa Crismal: “Le pedimos al Señor que nos ayude a estrenar cada día nuestro sacerdocio”

La Catedral de Sevilla acogió la mañana de este Martes Santo la Misa Crismal, presidida por monseñor José Ángel Saiz Meneses, arzobispo de Sevilla y concelebrada por monseñor Juan José Asenjo, arzobispo emérito y sacerdotes del clero sevillano.

“Dios es el verdadero fundamento de la vida del sacerdote, la raíz de su existencia, la tierra de su vida”. En palabras de mons. Saiz, ésta es la explicación de lo que significa la vida sacerdotal, “en comunión con Cristo mismo”.

“También nosotros decimos – continuó don José Ángel – que el Señor es nuestra porción y nuestra heredad, que el fundamento de nuestra existencia es Dios. Ésta es nuestra vida, este es el testimonio que estamos llamando a ofrecer en una sociedad tan materialista y utilitarista”.

En este sentido, destacó durante su homilía que la misión del sacerdote es “llevar a Cristo a todos los hombres y mujeres de nuestro tiempo; para ello, hemos de ser hombres de Dios, de profunda espiritualidad, porque solo podemos cumplir esta misión si vivimos arraigados en Él, cimentados en Él, éste es el servicio que la humanidad necesita hoy”.

Centralidad de Dios

El arzobispo de Sevilla recordó al clero sevillano que, si la vida sacerdotal pierde la centralidad de Dios, “si Él deja de ser nuestra heredad, nuestro auténtico tesoro, corre el peligro de vaciarse de contenido y de sentido y, no habrá cargo, ni nóminas, ni honores capaces de llenar ese vacío”. Por tanto, “O Cristo llena mi corazón y Cristo está presente en todos los lugares en los que Él planta el grano de mi vida a través de la Iglesia o, no hay nada que pueda llenar ese vacío. Estamos llamados a ser hombres de Dios, amigos del Señor Jesús que aman a la Iglesia y que se entregan hasta dar la vida por la salvación de los hermanos”, expresó.

Mons. Saiz también dirigió palabras de gratitud a Dios por el ministerio sacerdotal “por la entrega generosa, la fidelidad incondicional y la alegría que llena la vida de los sacerdotes en medio de situaciones no siempre fáciles”.

Por ello, “cada sacerdote que vive intensamente su vocación, que se gasta y se desgasta por Cristo y que permanece ofreciendo alegría y esperanza a los hombres y mujeres de este tiempo son un milagro sostenido… Le pedimos al Señor que nos ayude a estrenar cada día nuestro sacerdocio, con ardor nuevo”.

Bendición del santo crisma

Durante la ceremonia, el arzobispo hispalense bendijo los aceites que se utilizarán para la unción, símbolo de la efusión del Espíritu Santo: el santo crisma, el óleo de los catecúmenos y el óleo de los enfermos, es decir, el óleo que servirá para ungir a los catecúmenos en el bautismo, los bautizados que reciban la confirmación, los enfermos en su dolor, y finalmente, los candidatos al sacerdocio. “Esta acción salvadora se lleva a cabo a lo largo del espacio y del tiempo a través de la Iglesia, que administra los sacramentos, signos de gracia y salvación”.

 

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«Pongamos a Cristo en el centro», homilía en el aniversario del fallecimiento de la fundadora de Hogar de Nazaret, en Albolote

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Homilía del arzobispo de Granada, Mons. José María Gil Tamayo, en la Eucaristía en el aniversario del fallecimiento de la fundadora de Hogar de Nazaret. María del Prado, celebrada en Albolote, el 4 de marzo de 2023.

Queridos hermanos, sacerdotes concelebrantes;
querida Directora General del Hogar de Nazaret, y todos y todas las que estáis en esta gran familia nacida de María del Prado;
queridos hermanos y hermanas de Albololote:

Me da mucha alegría tener esta celebración para dar gracias a Dios y, al mismo tiempo, pedir, porque es un deber de justicia y es una obra de misericordia rezar por los difuntos. Un día quizá -y sin quizá, seguro-, veremos a María del Prado presentada por la Iglesia como modelo para el Pueblo de Dios. (…). Pero, hay un texto en la Sagrada Escritura, en la Carta a los Hebreos, en el capítulo 13, que dice: “Acordaos de aquellos superiores vuestros que os expusieron la Palabra de Dios. Fijaos en el desenlace de su vida. Imitad su fe. Jesucristo es el mismo ayer, hoy y siempre”.

Esas palabras de la Sagrada Escritura pueden servirnos en este, ya segundo domingo de Cuaresma, para hacer memoria de María del Prado. Fijaos, hacemos memoria: “Acordaos de aquellos que os expusieron la Palabra de Dios”. Claro que en la memoria de la Iglesia, que es la memoria del martirologio, en definitiva, que es la memoria de las intervenciones de Dios en nuestra vida y en la historia de la Salvación, ¿cómo no vamos a hacer memoria de quienes nos han propuesto y nos han acercado a Dios? Los que pertenecéis al Hogar de Nazaret, pues, ciertamente, esto lo tenéis grabado, porque Dios se ha servido de María del Prado, para abrir un camino en la Iglesia, con la propuesta de un carisma que tiene el sentido de familia del Hogar de Nazaret, como propuesta especialmente para los jóvenes y los jóvenes acogidos, pero también para los matrimonios, para la vida consagrada y para los sacerdotes. Ese espíritu de imitación, que primero se ha encarnado y se hace vida en una mujer sencilla, de Ciudad Real, de un pueblo de Ciudad Real; que hace también un itinerario en su vida, como Abraham, movido por la fe y por la inquietud por Dios. Esa mujer va dejándose llevar con el consejo oportuno, con el discernimiento, con la ayuda espiritual de sacerdotes santos y sabios, va discerniendo lo que el Señor espera en su vida. No ha dejado pasar su existencia como una más.

Y esto es importante, porque, en la vida, queridos hermanos y hermanas, no estamos arrojados a una existencia sin sentido. No somos, como decía un no creyente, “un personaje absurdo de una novela idiota”. La vida tiene sentido. Estamos en la vida no por casualidad, por “carambola”. No. Estamos porque Dios ha querido. Y estamos con una misión. Estamos con un porqué. Un porqué de amor en nuestros padres, pero, al mismo tiempo, con una tarea, con una misión para la que Dios nos ha dado talentos. Nos habla así el Evangelio. Incluso, esa moneda ha quedado como expresión de dones que hemos recibido y que, como nos dice Jesús en el Evangelio, no podemos esconderlos, guardarlos, meterlos bajo tierra, sino que tenemos que reconocerlos y ponerlos al servicio de los demás. Es lo que hizo esta mujer buena. Lo que de Dios habéis recibido, no lo acogió de manera posesiva, como si fuera sólo para su triunfo personal, sino para ponerlo al servicio de los demás, con esos dones que Dios suscitó en su corazón. Por tanto, hacemos memoria de María del Prado. Y ella hace, como os decía, ese itinerario también de fe, porque, al mismo tiempo, de un lugar a otro (a Valdepeñas, a Chiclana), a tantos sitios donde ha ido sembrando lo que Dios había suscitado en su corazón y ha suscitado también, con la intervención de Dios, el seguimiento de mujeres también entregadas al servicio de los demás, especialmente de las más jóvenes, haciendo, precisamente, de sus casas, hogar, y hogar de Nazaret, como lo nombra, porque toma pie de ese sentido del Evangelio profundo, de ese espíritu de familia, de esas virtudes domésticas que pide la Iglesia precisamente el día de la Sagrada Familia. Ese sentido de que ya san Pablo VI hablaba en la homilía, precisamente en Nazaret, en su visita, del silencio, de la escucha, de la precisión, del cariño, hechos juicio.

Ese itinerario de fe culmina con su llamada a la eternidad, su llamada al Encuentro con Dios. Y por justicia y por caridad, rezamos por ella, porque participa de nuestra condición humana, que tiene debilidad también. Los santos tenían defectos. Los vemos en los propios apóstoles, con defectos innegables. Y el Evangelio no los calla, nos los muestra. Y nosotros tenemos defectos como ellos también. Pero no se nos ahorra el deseo de la santidad, esa llamada a la santidad que hoy el apóstol Pablo reclama a su discípulo Timoteo; le dice que tome parte en los trabajos del Evangelio según las fuerzas que Dios le dé. Es esa llamada a la santidad, que antes de la constitución del mundo, nos dirá también San Pablo, estamos llamados a parecernos a Jesús. Y eso es lo que hizo esta mujer. Y todos tenemos que recordarla. Hacemos memoria: “Acordaos de aquellos superiores vuestros que os expusieron la Palabra de Dios. Fijaos en el desenlace de su vida”. ¿Cuál ha sido el desenlace de la vida de esta mujer? Pues, su obra. Ha dejado tras de sí no tierras, no cartillas en el banco, no una herencia material, no sus hijos humanos, de descendencia. Ha dejado de su generosidad una fecundidad que se muestra en sus hogares y que ha llegado y se ha multiplicado a tantas personas, y de la que también es beneficiaria esta parroquia de Albolote.

Luego, queridos hermanos, fijaos en el desenlace de su vida. Es una vida que merece la pena, que es imitable y, sobre todo, es imitable para quienes siguen su carisma. “Fijaos en el desenlace de su vida -dice la Carta a los Hebreos-. Imitad su fe”. Tenemos que redoblar y pedirLe al Señor por nuestra fe: “Señor, auméntanos la fe”. En un mundo descreído como el nuestro, en un mundo secularizado, que sólo pone el corazón en las cosas, en estar mejor, en tener más (“tanto tienes, tanto vales) y que vemos que Dios se le queda en el olvido (Dios parece un “sin papeles” en la sociedad nuestra). La gente se avergüenza, incluso de nuestras cruces, que están en nuestras calles o en nuestros caminos, y parece como que molestamos o se molesta por ser cristiano. De tal manera que muchos se acomplejan y piensan que ser cristiano es una cosa privada, sólo para puertas adentro de su casa o de su conciencia. Y viven un cristianismo tan privado, tan privado, que no se atreven ni imponérsela a sí mismo. “Imitad su fe”. Si María del Prado se hubiese guardando su fe ella solita, no se hubiese complicado la vida y hubiese pensado sólo en sí, pues ahora no tendríamos hoy esta obra, que nace de la fe de una mujer que se fió de Dios.

Cuando nos fiamos de Dios, cuando tenemos confianza en Dios, Dios no se deja ganar en generosidad. Dios nunca llega tarde. Eso no nos ahorra los problemas y las dificultades de la vida. Esa fe que Jesús hoy reclama a sus apóstoles en el Monte Tabor. Esos apóstoles que contemplan a Jesús, cumpliendo en Su Persona las profecías del Antiguo Testamento. Ese encuentro con Moisés y con Elías. Pero, al mismo tiempo, a ellos, que van a ser testigos de su sufrimiento, les muestra de que el sufrimiento es un camino para la Gloria.

No se queda todo en el sufrir, queridos hermanos. Pasamos por el sufrir, que forma parte de la vida, pero por la cruz llegamos a la luz como Jesús. Y esa es la gran lección que nos da hoy, en este itinerario cuaresmal, que tiene un fuerte marchamo bautismal, después de las tentaciones, a las que se le muestra a los catecúmenos de Jesús, se les muestra también que el camino cristiano es un camino que no termina con la muerte, con la cruz, termina con la Resurrección, con la victoria de Cristo que se anticipa y que imitemos su fe. Y nos dice también la Carta a los Hebreos lo más importante. María del Prado no hace una imitación de un líder que se pierde en la noche de los tiempos, o de una idea o de una ideología. Imita a Alguien: a Cristo, que está vivo. Jesucristo no es un muerto ilustre. Jesucristo está vivo. “Jesucristo ayer, hoy y siempre”, nos dice la Carta a los Hebreos.

Pues, que nosotros también como ella, pongamos a Cristo en el centro, porque eso es lo que han hecho los santos. Los santos son muy distintos unos de otros, de época distinta, de edad, de condición social, de países, de culturas, pero todos tienen un numerador común: todos intentan parecerse a Jesús y en eso está la santidad, en parecerse a Jesús. Ojalá nosotros también, como esta mujer buena, nos parezcamos cada día un poquito a Jesús, porque, en definitiva, eso es ser cristiano: ser discípulos de Cristo. Pues, vamos a intentarlo. Y no son excusas, nuestra pequeñez, nuestras debilidades, porque si ellos pudieron, ¿por qué no nosotros con la ayuda de Dios?

Que Santa María, Madre de Dios, os bendiga a quienes seguís a esta mujer buena y nos bendiga a todos y bendecimos. Y yo, como arzobispo de Granada, doy gracias por vuestra presencia en nuestra diócesis, por vuestro servicio a la Iglesia y a la sociedad de Granada. Que así sea.

+ José María Gil Tamayo
Arzobispo de Granada

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