«Una mujer con una grandeza de corazón inmensa»

Diócesis de Málaga
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La diócesis de Málaga es una sede episcopal dependiente de la archidiócesis de Granada, en España. Su sede es la Catedral de la Encarnación de Málaga.

Semblanza leída por el P. Ismael García, OMI, en el funeral de Pepa Martos.

 

Nos hemos reunido hoy con el corazón lleno de sentimientos encontrados. Por un lado sentimos el dolor de la despedida de nuestra hermana Pepa, pero por otro, una profunda acción de gracias por el don de su vida, por todo lo que ha sembrado entre nosotros y por todo el bien que ha dejado en tantos de nosotros. Acabamos de perder a una pequeña gran mujer. Pequeña de estatura, pero con una grandeza de corazón inmensa que desbordaba hacia los demás, especialmente hacia los más vulnerables.

Pepa ha sido una de las flores más bellas de este barrio y parroquia de las Flores. Hoy, con esperanza cristiana, sentimos que Dios simplemente la ha trasladado a su jardín eterno para que siga floreciendo ante su presencia.

He escogido esta primera lectura de la segunda carta de San Pablo a Timoteo, para aplicarla a nuestra hermana Pepa. San Pablo, nos dice: «He combatido el buen combate, he terminado la carrera, he mantenido la fe.» Y así ha sido en Pepa, ha combatido el combate de la vida, se ha enfrentado a multitud de problemas y dificultades de todo género y tipo, ha completado su carrera, llena de entrega, de perseverancia y generosidad silenciosa, una carrera, que nos hubiera gustado que hubiera sido más larga, y ha mantenido la fe hasta el final. Durante tantos años vivió intensamente su pertenencia a esta parroquia de las Flores. Aquí rezó tantas veces en silencio, en lo oculto, aquí compartió su fe, aquí sirvió a los demás, aquí construyó amistades profundas y aquí aprendió a descubrir a Cristo en los más sencillos.

«Acabamos de perder a una pequeña gran mujer. Pequeña de estatura, pero con una grandeza de corazón inmensa que desbordaba hacia los demás, especialmente hacia los más vulnerables»
Su pertenencia a la Fraternidad de San Carlos de Foucauld marcó profundamente su forma de vivir el Evangelio. Como el hermano Carlos, aprendió a buscar a Jesús en la vida ordinaria, en la sencillez, en el silencio y especialmente en los pobres. Aquí ha encarnado en su vida el misterio de Nazaret, viviendo a Jesús en lo oculto, en un segundo plano, sin querer llamar la atención, sirviendo en silencio. En su vida diaria, en el trabajo, en las relaciones sociales. Pepa era acogida y fraternidad, haciéndote sentir hermano, al lado suyo.

El Evangelio que acabamos de escuchar nos presenta a Jesús diciendo: «Tuve hambre y me disteis de comer; tuve sed y me disteis de beber; fui forastero y me acogisteis.» Son palabras que todos conocemos, pero que en la vida de Pepa dejaron de ser simplemente palabras para convertirse en hechos.

Ella comprendió algo que a veces nosotros olvidamos, que los pobres no son un problema que resolver, sino hermanos en los que Cristo sale a nuestro encuentro.

Por eso dedicó tantas energías, tanto tiempo y tanto cariño a acompañar a tantas personas de nuestro barrio. Por eso, cuando laboralmente se jubiló, no quiso jubilarse de seguir entregando su vida al barrio y comenzó la asociación Unesco, con el único fin de ayudar, de servir, de hacer presente el amor de Dios allí donde más se necesitaba.

Sólo Dios sabe todo el bien que Pepa ha hecho a tantas personas a lo largo de toda su vida. Por eso, en este momento, al final de su carrera, lo que permanece es el amor, cada gesto de acogida, cada escucha paciente, cada ayuda ofrecida, cada servicio escondido. Todo eso permanece en este momento ante Dios. Por eso hoy, más que fijarnos en la muerte, queremos contemplar la esperanza.

El Señor nos dice que no hay nadie que haya dejado casa, o hermanos o hermanas, o madre o padre, o hijos o tierras, por mí y por el Evangelio, que no reciba ahora, en este tiempo, cien veces más y en la edad futura, vida eterna. Aquí están los hermanos y sobrinos de sangre. Y aquí también estamos la otra familia de Pepa.

Habría tanto que decir de Pepa. Cada uno de nosotros podría enumerar infinidad de anécdotas, acontecimientos, vivencias, momentos inolvidables vividos con ella…..Demos gracias a Dios por Pepa, démosle gracias por todo lo que hemos vivido con ella y junto a ella.

Quiero dirigir también una palabra de cercanía a sus dos hermanos, a sus sobrinos y a toda su familia. También a sus amigos, a los miembros de la fraternidad y a toda esta comunidad parroquial que hoy siente su ausencia.

Hemos repetido la antífona del salmo responsorial: «El Señor es mi luz y mi salvación.» La fe cristiana no elimina el dolor de la separación, pero sí nos permite atravesarlo con esperanza. Porque creemos que la muerte no tiene la última palabra. Creemos que aquel a quien Pepa sirvió durante toda su vida, sale ahora a su encuentro.

Creemos que el Señor, a quien buscó en la oración, en la parroquia, en la fraternidad y en los pobres, la recibe con los brazos abiertos.

Y nos gusta imaginar que aquellas palabras del Evangelio que ella tantas veces intentó vivir, resuenan ahora para ella de una manera nueva: «Ven, bendita de mi Padre; hereda el Reino preparado para ti desde la creación del mundo.»

La mejor manera de honrar su memoria no es quedarnos únicamente en la tristeza, sino continuar aquello que ella sembró: la fe, la fraternidad universal, la cercanía, la acogida y el amor a la Iglesia.

Ella desde el cielo pues quisiera que siguiéramos adelante, que siguiéramos luchando por este barrio, para convertirlo en un barrio mejor, donde todos nos preocupamos los unos por los otros, como seres humanos que somos, y nos ayudáramos los unos a los otros. Porque las personas como Pepa no desaparecen del todo. Siguen hablando a través del bien que han dejado detrás de sí.

Pidamos al Señor que le conceda el descanso eterno y que nos ayude a nosotros a seguir caminando con la misma fe sencilla, la misma generosidad y la misma confianza que guiaron su vida.

Que el Señor, que fue su luz en este mundo, sea ahora su luz para siempre. Que la Virgen de las Flores, cuya fiesta celebramos ayer, salga a su encuentro como una madre que recibe a su hija después de un largo camino y la acompañe a la casa del Padre, donde ya no hay dolor, ni sufrimiento, ni tristeza, sino paz y alegría eternas.

Y que ella, desde la comunión de los santos, siga intercediendo por esta parroquia que tanto amó, por este barrio al que dio su vida, por su familia, por sus hermanos, por sus sobrinos, por sus amigos y por todos aquellos a quienes dedicó su vida.

Descansa en paz, Pepa. El Señor, a quien serviste en los pobres y en los hermanos, sea ahora tu recompensa para siempre. Amén.

Ismael García, misionero oblato, párroco de Las Flores

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