«Dios me rescató en mitad del Sahara»

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La diócesis de Málaga es una sede episcopal dependiente de la archidiócesis de Granada, en España. Su sede es la Catedral de la Encarnación de Málaga.

Lamidi Víctor Abú relata su experiencia como inmigrante desde su Nigeria natal hasta Málaga. Un viaje en el que sintió la presencia de Dios a su lado. Hoy, vive su fe en la parroquia María Madre de Dios.

¿Qué mueve a un arquitecto técnico de 42 años, con dos hijos, a emprender un viaje épico de más de 4.000 kilómetros, lleno de peligros, sin dinero, atravesando el Sahara y cruzando el Mediterráneo en una embarcación precaria hasta llegar a Málaga? La terrible miseria en la que viven millones de hermanos nuestros empuja a muchos, año tras año, a arriesgar su vida de esta manera. Los cristianos, que celebramos desde el día 18 la Semana de Oración por la Unidad, nos unimos para reclamar una sociedad más justa que impida, como ha dicho el Papa, que el Mediterráneo se convierta en un gran cementerio.

El inicio de la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos coincide este año con la celebración de la Jornada Mundial de las Migraciones. De ahí que la primera de las actividades programadas por los cristianos de las distintas confesiones, consista en una Vigilia de Oración por las Migraciones en la que católicos, ortodoxos, anglicanos, luteranos… rezan juntos por las personas que arriesgan su vida buscando una vida mejor o, simplemente, sobrevivir.

Es el caso de Lamidi Víctor Abú, un inmigrante nigeriano, católico, feligrés de la parroquia María Madre de Dios de la capital malagueña, que llegó a España en 2001. «Los sueldos allí no dan para mantener a una familia». Así que, tras 4 años de carrerauniversitaria y con un título de aparejador en el bolsillo, no tuvo más remedio que emprender un viaje a vida o muerte hasta nuestro país.

El lo consiguió, no sin dificultades, pero muchos se quedaron en el camino. «He perdido a muchos amigos. Es muy triste que la gente se pierda en el mar. Desde mi país hasta aquí son cuatro horas de avión, pero el camino puede durar años, con frío, sin comida, sin agua, sin medicinas si caes enfermo… Y sin tener la seguridad de que vas a llegar vivo». Tocar suelo español no significa, no obstante, acabar con las penurias, según relata: «Al llegar a España pasé seis meses en la calle hasta que un amigo me consiguió ropa, comida y me ayudó a sacar los papeles y a alquilar un piso. Hay gente que siente el amor de Dios en su corazón y, si ve que hay hermanos que están sufriendo, los acogen. En la parroquia me han ayudado mucho. Me acogieron como en una familia. Ahora sigo unido a la comunidad parroquial donde, además, hay un grupo de unos diez inmigrantes que nos reunimos cada dos semanas para compartir nuestra fe».

Una fe que sostuvo a Víctor en los momentos más difíciles de su travesía. «Todas las mañanas me levantaba pidiéndole a Dios que me ayudara, y veía milagros a diario. Un día, el coche en que viajábamos atravesando el Sahara, se quedó sin gasolina. Estuvimos 3 días sin comida, sin agua, sin saber si moriríamos allí hasta que, después de rezar, apareció un coche que nos dejó algo de su gasolina hasta que pudimos llegar al pueblo más cercano. Dios mandó ese coche». Aunque integrado en la parroquia, Víctor reconoce que las costumbres son muy diferentes. «Allí, la gente se toma su tiempo para ir a la iglesia. Una celebración puede durar dos horas perfectamente, cantando y bailando. Aquí siempre tenéis prisa por salir, estáis siempre mirando el reloj, sobre todo los más mayores. También es cierto que en mi país, son más los jóvenes que los mayores quienes llenan las iglesias».

Antonio Moreno Ruiz

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