Carta pastoral con motivo de la clausura del Año de la Fe

Diócesis de Málagahttps://www.diocesismalaga.es/
La diócesis de Málaga es una sede episcopal dependiente de la archidiócesis de Granada, en España. Su sede es la Catedral de la Encarnación de Málaga.

REVITALIZAR LA FE

Carta pastoral con motivo de la clausura del Año de la Fe

Málaga, 24 noviembre 2013

I.- INTRODUCCIÓN

1.- Pablo VI y el Año de la Fe de 1967

2.- La promulgación del nuevo Año de la Fe (2012-2013)

3.- La celebración en nuestra Diócesis

II.- CONTEXTO SOCIAL

4.- Crisis moral y económica

5.- Carencias del hombre actual

6.- Analfabetismo e ignorancia religiosa

7.- Apostasía silenciosa

8.- Eclipse de Dios

III.- NECESIDAD DE REVITALIZAR LA FE

9.- El Concilio Vaticano II: Brújula para nuestro tiempo

10.- Vigésimo Aniversario del “Catecismo de la Iglesia Católica”

11.- La Asamblea del Sínodo de los Obispos sobre la Nueva Evangelización (2012)

12.- Renovar y fortalecer la fe

13.- Necesidad de profundizar y purificar la fe

IV.- LA FE COMO PROCESO PERSONAL

14.- La fe, encuentro personal con Cristo resucitado

15.- Gradualidad en el proceso de fe

16.- Transformación radical del hombre de fe

17.- La conversión, fruto del encuentro con Dios

18.- Dimensión eclesial-comunitaria de la fe

19.- La fe se alimenta de la Palabra de Dios y de la Eucaristía

20.- Aquilatar nuestra fe

V.- LA FE VINCULADA AL AMOR Y A LA ESPERANZA

21.- Fe y esperanza

22. Fe y caridad

23. La alegría de la fe

VI.- RETOS PASTORALES

24.- La trasmisión de la fe en nuestra sociedad

25.- Persecuciones y odio contra los cristianos

26.- Ser luz y sal de la tierra

27.- Diagnóstico del momento actual, a la luz de “Porta fidei”

28.-  El Evangelio, fuente perenne de vida

29.- Los signos de los tiempos convertidos en retos

30.- Una fe testimoniada y creíble

I.- INTRODUCCIÓN

1.- Pablo VI y el Año de la Fe de 1967

Para conmemorar el decimonoveno centenario del martirio de los apóstoles Pedro y Pablo, el papa Pablo VI promulgó el Año de la Fe, desde el 29 de junio de 1967 al 30 de junio de 1968. El papa concibió esa celebración como una ocasión propicia para que todo el Pueblo de Dios tomase “exacta conciencia de su fe, para reanimarla, para purificarla, para confirmarla y para confesarla” (Pablo VI, Petrum et Paulum apostolos, AAS 59 (1967), 198).

Al invitar a que todos los fieles profesaran de manera explícita el Credo en diversas celebraciones, recordaba los motivos de su preocupación ante los peligros que entonces acechaban la fe fuera de la Iglesia: la creciente pérdida del sentido religioso, el olvido y la negación de Dios, los desequilibrios morales y sociales.

Y se refería también a los peligros surgidos dentro de la misma Iglesia: la existencia de opiniones exegéticas y teológicas nuevas que deformaban el sentido objetivo de las verdades enseñadas; y la llamada «mentalidad postconciliar», que ignoraba la armonía de las enseñanzas del Concilio Vaticano II con la Tradición de la Iglesia (cf. J. Rico, Presentación de la carta apostólica “Porta fidei”, Revista “Tabor”, Año VI, n.17, 2012, 63-84).

2.- La promulgación del nuevo Año de la Fe (2012-2013)

Con la promulgación de un nuevo Año de la Fe, el papa Benedicto XVI proponía a toda la Iglesia un importante programa: “La exigencia de redescubrir el camino de la fe para iluminar de manera cada vez más clara la alegría y el entusiasmo renovado del encuentro con Cristo” (Benedicto XVI, Porta fidei [PF], 2).

El año quedaba fijado entre dos fechas significativas: la apertura, el 11 de octubre de 2012, en el cincuenta Aniversario de la apertura del Concilio Vaticano II; y la clausura el 24 de noviembre de 2013, en la solemnidad de Cristo Rey del Universo, último domingo del año litúrgico. Con motivo de la clausura, escribo esta carta pastoral sobre el proceso personal de maduración de la fe.

Además del citado aniversario del Concilio, se ha celebrado otra efeméride en este Año de la Fe: el vigésimo aniversario de la publicación del Catecismo de la Iglesia Católica.

El Año de la Fe pretendía una renovada conversión al Señor Jesús y un redescubrimiento de la fe, de modo que todos los miembros de la Iglesia fueran para el mundo actual testigos gozosos y convincentes del Señor Resucitado, capaces de señalar la puerta de la fe a tantos que están en búsqueda de la verdad.

3.- La celebración en nuestra Diócesis

Unidos a la Iglesia universal hemos celebrado con gran gozo el Año de la Fe, acompañados de dos papas: Benedicto XVI y Francisco. Ambos nos han animado a vivir en profundidad la fe recibida como regalo en el bautismo.

Hemos celebrado en este Año de la Fe tres acontecimientos eclesiales, en un año de gracia, en un “kairós” para la Iglesia: El cincuentenario del Concilio Vaticano II, el Sínodo de los Obispos sobre la Nueva Evangelización y el Año de la Fe.

Las Prioridades Pastorales para el curso 2012-1013, que nuestra Diócesis ha asumido como tarea eclesial, se han centrado en tres aspectos: 1) Celebrar el Año de la Fe; 2) Potenciar la lectura orante de la Sagrada Biblia, especialmente con la Lectio Divina; 3) Mostrar la belleza de la fe y proponerla. En el documento publicado a este fin, se desarrolla la manera de llevarlo a la práctica con acciones concretas.

Como celebraciones complementarias, se propuso realizar tres acciones comunes en toda la Diócesis: 1) Un “Viacrucis” durante la Cuaresma; 2) Una adoración eucarística, cercana a la solemnidad del “Corpus Christi”; 3) Y la celebración de la oración de “Vísperas”, hacia el final del Año de la Fe. Estas acciones litúrgicas se han llevado a cabo en la misma fecha en todas las comunidades cristianas; y para ello se han ofrecido unos materiales. El objetivo ha sido que toda la Diócesis esté celebrando el mismo acto, al igual que un solo corazón late armónicamente para todo el cuerpo. Ha sido una hermosa manera de sentirnos y de expresarnos como Iglesia.

Damos gracias a Dios, en la clausura de este Año de la Fe, por habernos concedido celebrar con fruto y gozo en el Espíritu Santo el gran regalo que ha supuesto este año jubilar.

Quiero agradecer y felicitar a las parroquias, las cofradías y hermandades, los movimientos y asociaciones por todas las actividades realizadas y por la creatividad que han tenido, ayudando a nuestros hermanos a celebrar mejor este acontecimiento de gracia.

II.- CONTEXTO SOCIAL

4.- Crisis moral y económica

Nuestra sociedad está atravesando una profunda crisis moral y económica, que afecta a casi todos los ámbitos de la vida: la familia, la educación, la confianza en los políticos y su servicio a nuestra sociedad, la economía y el trabajo.

Las causas son diversas y entre ellas se “encuentra siempre una combinación de errores técnicos y de responsabilidades morales” (Consejo Pontificio Justicia y Paz, Nota, 25.10.2011). El fundamento de esta crisis es espiritual y moral (Benedicto XVI, Discurso en el aeropuerto de Santiago de Cuba, 26.03.2012).

  Sufrimos una crisis financiera, que nos ha sumido en una profunda crisis de la economía real y que está causando mucho sufrimiento, especialmente a los más vulnerables, que con toda certeza no han sido los que han desencadenado esta crisis, ni son sus responsables.

Como ya dijimos en las Prioridades Pastorales del curso 2012-2013, estamos inmersos en una sociedad que exige nuestros esfuerzos para alentar y sostener la esperanza de muchas personas y proponerles la fe.

Esta situación nos invita a un compromiso profundo que, a partir de una renovación moral, nos impulse a una forma de vida más austera y solidaria, y a una acción comprometida que abra horizontes, suscite esperanzas, comparta a favor de los que más lo necesitan, sin olvidar la necesidad de contribuir para que se exijan las responsabilidades necesarias.

Además, existe una profunda crisis de fe que afecta a amplios grupos de personas; una apostasía silenciosa de muchos bautizados. En nuestro contexto cultural, la búsqueda de Dios y la fe en Él requieren un esfuerzo a contracorriente, porque el cristianismo ha perdido su “evidencia social”. Hay una verdadera oposición cultural a la religión, en cuanto es portadora de una comprensión del mundo y del hombre diversa de esta que se ha convertido en dominante; una especie de “guerra cultural” por parte de un laicismo casi fundamentalista, que pretende reducir la dimensión religiosa y la tradición cristiana a la esfera de lo privado, así como eliminar su presencia visible en el ámbito social, y utilizar todos los medios a su alcance para deteriorar la imagen de lo religioso, especialmente de lo católico, exagerando, cuando no inventando, sus debilidades y, al mismo tiempo, silenciando el bien que la Iglesia aporta a la sociedad. No es infrecuente que los medios de comunicación presenten a la Iglesia católica y a la religión como enemigas de la libertad, de la democracia y de una sana laicidad, y las acusen de producir inevitablemente elementos fanáticos.

En este contexto socio-cultural, la fe no puede seguir considerándose como un presupuesto obvio de la vida cotidiana; es, por lo tanto, necesario proponerla de nuevo.

5.- Carencias del hombre actual

El hombre, varón y mujer, busca siempre la felicidad, aunque lo haga de modo equivocado y vaya detrás de sucedáneos que lo dejan amargado, insatisfecho y vacío; por eso hay que ofrecerle el gozo y la luz de la fe.

El hombre está necesitado de amor, y debemos ofrecerle la alegría del amor de Dios, de sentirse amado, y de encontrar el sentido de la vida.

El sacerdote está llamado a acercarse al hombre concreto y necesitado de afecto. Lo contemplamos en la parábola del Buen Samaritano, en la que Cristo nos ofrece una lección ejemplar: Un hombre había caído en manos de salteadores y lo habían dejado medio muerto. El Buen Samaritano curó sus heridas y lo llevó a una posada (cf. Lc 10, 29-37).

Asimismo, el hombre actual, además, está necesitado de padre. Nuestra sociedad ha perdido el sentido de la paternidad; hay una gran “ausencia de padre”. El sacerdote puede ayudar a descubrir la paternidad amorosa de Dios y colaborar a llenar el vacío existencial de muchos contemporáneos nuestros.

Benedicto XVI ha afrontado el tema de la paternidad de Dios en una catequesis: “No es siempre fácil hablar hoy de paternidad. Sobre todo, en el mundo occidental, las familias disgregadas, los compromisos de trabajo cada vez más absorbentes, las preocupaciones y a menudo el esfuerzo de hacer cuadrar el balance familiar, la invasión disuasoria de los mass media en el interior de la vivencia cotidiana: son algunos de los muchos factores que pueden impedir una serena y constructiva relación entre padres e hijos. La comunicación es a veces difícil, la confianza disminuye y la relación con la figura paterna puede volverse problemática; y entonces también se hace problemático imaginar a Dios como un padre, al no tener modelos adecuados de referencia. Para quien ha tenido la experiencia de un padre demasiado autoritario e inflexible, o indiferente y poco afectuoso, o incluso ausente, no es fácil pensar con serenidad en Dios como Padre y abandonarse a Él con confianza” (Benedicto XVI, Audiencia general, 30.01.2013).

El hombre actual está, igualmente, necesitado de verdad y de transcendencia. Somos conscientes de los problemas y desafíos que debe afrontar hoy la fe y percibimos la actualidad de la pregunta de Jesús: «Cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?» (Lc 18, 8). Hay que darle al hombre de hoy la oportunidad de abrirse a la transcendencia; hay que animarle a que cruce el umbral de la puerta de la fe (cf. PF, 1). Como ha dicho el papa Benedicto XVI: “No hay prioridad más grande que esta: abrir de nuevo al hombre de hoy el acceso a Dios, al Dios que habla y nos comunica su amor para que tengamos vida abundante (cf. Jn 10,10)” (Benedicto XVI, Verbum Domini, 2).

También los creyentes necesitan renovar y fortalecer la fe mediante el encuentro personal con Jesucristo; de otro modo las reformas y cambios de estructuras en la Iglesia servirán de poco.

6.- Analfabetismo e ignorancia religiosa

En amplios sectores del pueblo cristiano está extendida la ignorancia religiosa: “En el encuentro de los cardenales con ocasión del último consistorio, varios Pastores, basándose en su experiencia, han hablado de un analfabetismo religioso, que se difunde en medio de nuestra sociedad tan inteligente. Los elementos fundamentales de la fe, que antes sabía cualquier niño, son cada vez menos conocidos. Pero para poder vivir y amar nuestra fe, para poder amar a Dios y llegar, por tanto, a ser capaces de escucharlo del modo justo, debemos saber qué es lo que Dios nos ha dicho; nuestra razón y nuestro corazón han de ser interpelados por su palabra” (Benedicto XVI, Homilía de la Misa Crismal, 5.04.2012).

Esta afirmación es constatada sobre todo por los sacerdotes en los ambientes parroquiales. Sin embargo, la ignorancia religiosa del pueblo cristiano viene de muy atrás. Ya san Juan de Ávila escribía que “en las tierras do falta la palabra de Dios apenas hay rastro de cristiandad. Ardid ha sido éste del demonio; hacer que hubiese tanta falta de doctrina en la Iglesia” (Juan de Ávila, Memorial I al Concilio de Trento, 14). El santo atribuía esta ignorancia religiosa no simplemente a causas ambientales o culturales sino también a la responsabilidad de los pastores (cf. Ibid. Memorial II, 12).

7.- Apostasía silenciosa

La falta de formación religiosa y la situación de nuestra sociedad llevan a muchos de nuestros cristianos a vivir una apostasía silenciosa. La primera Asamblea sinodal para Europa (1991) remarcó que la raíz de la pérdida de la esperanza está en el intento de hacer prevalecer una antropología sin Dios y sin Cristo. Esta forma de pensar ha llevado a considerar al hombre como el centro absoluto de la realidad, haciéndolo ocupar falsamente el lugar de Dios. A su vez, el olvido de Dios ha conducido al abandono del hombre (cf. Juan Pablo II, Ecclesia in Europa [EE]), 9).

El hombre se cree autosuficiente y vive como si Dios no existiera; incluso intentando presentar las culturas prescindiendo de la aportación del cristianismo. Asistimos en estos momentos al nacimiento de una nueva cultura, en la que crece un agnosticismo religioso, vinculado a un relativismo moral y jurídico profundo, que hunde sus raíces en la pérdida de la verdad del hombre; y los signos de la falta de esperanza se manifiestan a veces en las formas preocupantes de lo que se puede llamar una “cultura de muerte” (cf. Ibid.). También Pablo VI llamó la atención cuando indicó que el drama de nuestros días es la ruptura entre el Evangelio y la cultura, expresada particularmente en la separación fe y vida. (cf. Pablo VI, Evangelii nuntiandi [EV], 20).

Mucha gente vive como si Cristo no existiera. Incluso es necesario un nuevo anuncio a los bautizados, porque existe en sus vidas una disociación entre fe y vida y una visión inmanentista que debilita su fe (cf. EE, 47). El mundo de hoy necesita santos que testimonien la fe con su vida.

8.- Eclipse de Dios

Por otro lado, se constata en general una falta de vivencia de la fe cristiana, porque la presencia de Dios ha sido eclipsada por otras realidades y motivaciones. Incluso mucha gente considera que Dios ya no es necesario, puesto que el hombre es capaz de resolver sus problemas y conseguir sus metas por sí mismo, fruto de una confianza excesiva en los avances de la ciencia y de la técnica.

Sobre el eclipse de Dios, dice Benedicto XVI: “Si se elimina a Dios del horizonte del mundo, no se puede hablar de pecado. Al igual que cuando se esconde el sol desaparecen las sombras -la sombra sólo parece cuando hay sol-, del mismo modo el eclipse de Dios comporta necesariamente el eclipse del pecado. Por este motivo, el sentido del pecado -que es algo diferente al «sentido de culpa», como lo entiende la psicología-, se alcanza redescubriendo el sentido de Dios” (Benedicto XVI, Ángelus, 13.03.2011).

El eclipse de Dios lleva a muchos contemporáneos nuestros a la falta del sentido de la vida: no saber a dónde va el mundo y de dónde procede, a dónde va la propia vida, dónde está el bien y el mal (cf. Benedicto XVI, Vigilia pascual, 23.04.2011).

III.- NECESIDAD DE REVITALIZAR LA FE

9.- El Concilio Vaticano II: Brújula para nuestro tiempo

Al inicio del tercer milenio Juan Pablo II decía: “Con el Concilio se nos ha ofrecido una brújula segura para orientarnos en el camino del siglo que comienza” (Juan Pablo II, Novo millennio ineunte, 57).

La recepción adecuada del Concilio es una de las claves para comprender la orientación que el papa Benedicto XVI deseaba dar al Año de la Fe y una de las claves fundamentales para comprender su magisterio (cf. PF, 5).

Si el Concilio es acogido según una hermenéutica correcta, “puede ser y llegar a ser cada vez más una gran fuerza para la renovación siempre necesaria de la Iglesia” (Juan Pablo II, Discurso a la Curia Romana, 22.12.2005). En este discurso el Papa mostraba su preocupación por la recepción del Concilio en muchos lugares de la Iglesia, y anotaba que había sido condicionada por dos maneras contrarias de interpretarlo: una hermenéutica de la discontinuidad y de la ruptura, que ha causado confusión; y otra opuesta, la de la reforma, que de modo silencioso sigue dando frutos.

Después de cincuenta años la Iglesia católica se encuentra aún inmersa en la gran tarea de la recepción correcta del Concilio Vaticano II. El Año de la Fe ha pretendido que la herencia conciliar siga produciendo frutos de renovación dentro de la Tradición viva de la Iglesia.

“La perspectiva adoptada por el papa Benedicto en Porta Fidei señala el eje conductor de la lectura hermenéutica del Vaticano II. El Año de la Fe en la Iglesia (Lumen gentium) tuvo como objetivo celebrar (Sacrosanctum Concilium) y anunciar que la salvación del hombre (Gaudium et spes) está en Cristo revelado como culmen y plenitud (Dei Verbum) del amor de Dios” (S. Gil Canto, La cristología en las Constituciones del Vaticano II. Una propuesta hermenéutica a los cincuenta años de su inauguración. Tesis Doctoral defendida en la PUG. Roma, 30.10.2012, pág. 424). 

La situación actual es calificada por el papa Benedicto XVI como de “profunda crisis de fe”, que provoca en la cultura contemporánea la pérdida de la referencia a los contenidos de la fe y a los valores que inspira.

10.- Vigésimo Aniversario del “Catecismo de la Iglesia Católica”

El papa Benedicto XVI nos anima a redescubrir y estudiar los contenidos fundamentales de la fe, sintetizados sistemática y orgánicamente en el Catecismo de la Iglesia Católica (cf. PF, 11).

Todos los cristianos debemos acercarnos al Catecismo, para conocer mejor la verdad revelada y dar solidez a nuestras creencias. El Catecismo es un instrumento de comunión y una hermosa síntesis de la fe que profesamos, que nos ayuda a gozar de la belleza de nuestra fe.

No debe ser un simple libro de consulta ocasional. Nuestra comunidad cristiana está necesitada de una buena formación sobre los fundamentos de nuestra fe, que nos lleve a buscar la conversión y nos capacite para la misión.

Todos aquellos que desempeñan alguna tarea de servicio pastoral en la comunidad cristiana (catequistas, ministros extraordinarios de la Eucaristía, voluntariado, responsables de asociaciones, movimientos y cofradías), deberían recibir una formación adecuada para dar razón de su esperanza (cf. 1 Pe 3, 14-16).

A partir de este Catecismo se han publicado los catecismos nacionales, adaptados a las diversas etapas del ser humano (niños, jóvenes, adultos) o a diversas circunstancias especiales.

11.- La Asamblea del Sínodo de los Obispos sobre la Nueva Evangelización (2012)

Evangelizar ha sido siempre la misión propia de la Iglesia y su identidad más profunda (cf. Pablo VI, Evangelii nuntiandi, 14).

El papa Benedicto convocó una Asamblea sinodal de los Obispos dedicada a la nueva evangelización para la transmisión de la fe cristiana. El concepto de nueva evangelización es amplio y sujeto a distintos acentos. Los Lineamenta de esta Asamblea insistían en que la “nueva evangelización consiste en una actitud, un estilo audaz. Es la capacidad del cristiano de saber leer y descifrar los nuevos escenarios que en las últimas décadas han surgido dentro de la historia humana para habitarlos y transformarlos en lugares de testimonio y anuncio del Evangelio Se trata de escenarios sociales, culturales, políticos, económicos y religiosos” (Sínodo de los Obispos. XIII Asamblea general ordinaria, La nueva evangelización para la transmisión de la fe cristiana. Lineamenta, 6).

Y el Instrumentum laboris para esta misma Asamblea remarcaba: “Crezcan en la Iglesia el coraje y las energías en favor de la nueva evangelización, que lleve a redescubrir la alegría de creer, y ayude a encontrar nuevamente entusiasmo en la comunicación de la fe. No se trata de imaginar solamente algo de nuevo o de promover iniciativas inéditas para la difusión del Evangelio, sino más bien de vivir la fe en una dimensión de anuncio de Dios” (Sínodo de los Obispos. XIII Asamblea general ordinaria, La nueva evangelización para la transmisión de la fe cristiana. Instrumentum laboris, 9).

12.- Renovar y fortalecer la fe

Con la convocatoria del Año de la Fe el papa Benedicto XVI ha llamado a toda la Iglesia a renovar y fortalecer la fe en Jesucristo, el Hijo de Dios, debido a que en los ambientes, incluso de vieja cristiandad, la fe no puede darse por supuesta: “Mientras que en el pasado era posible reconocer un tejido cultural unitario, ampliamente aceptado en su referencia al contenido de la fe y a los valores inspirados por ella, hoy no parece que sea así en vastos sectores de la sociedad, a causa de una profunda crisis de fe que afecta a muchas personas” (PF,  2).

Ante esta situación es necesario que los creyentes fortalezcan su experiencia de fe; una fe que no sólo sea capaz de sostener la propia vida, sino que pueda ser propuesta a los que buscan sentido a su existencia. “Por eso, también hoy es necesario un compromiso eclesial más convencido en favor de una nueva evangelización para redescubrir la alegría de creer y volver a encontrar el entusiasmo de comunicar la fe (…). Como afirma San Agustín, los creyentes “se fortalecen creyendo” (…). Así, la fe sólo crece y se fortalece creyendo; no hay otra posibilidad para poseer la certeza sobre la propia vida que abandonarse, en un “in crescendo” continuo, en las manos de un amor que se experimenta siempre como más grande porque tiene su origen en Dios” (PF, 7).

Es necesario reaccionar ante esta situación de crisis y debilidad de nuestra fe, como urge el Papa desde el comienzo de su pontificado: “La Iglesia en su conjunto, así como sus Pastores, han de ponerse en camino como Cristo para rescatar a los hombres del desierto y conducirlos al lugar de la vida, hacia la amistad con el Hijo de Dios, hacia Aquel que nos da la vida, y la vida en plenitud” (Benedicto XVI, Homilía para el comienzo del ministerio petrino del Obispo de Roma, 24.04.2005).

La Iglesia tiene el deber de buscar nuevos instrumentos para hacer audibles en los actuales desiertos, la palabra de la fe, que nos ha regenerado para la vida verdadera en Dios. Por esta razón, en nuestros días es preciso llevar a cabo una autentica pastoral de la fe (cf. M.Á. Criado Claros, La fe. La teología de Juan Alfaro, Salamanca 2012, pág. 502-504. Ed. Secretariado Trinitario).

13.- Necesidad de profundizar y purificar la fe

El Año de la Fe nos ha ayudado a conocer mejor los contenidos esenciales de la fe, a fin de dar un testimonio coherente (cf. PF, 4). Una fe que debe ser “profesada, celebrada, vivida y rezada” (cf. PF, 9).

Es necesario profundizar en los contenidos fundamentales de la fe, haciéndolo de manera sistemática y orgánica (cf. PF, 11). Para ello se propone como instrumento indispensable el Catecismo de la Iglesia Católica, fruto del Concilio Vaticano II.

Y sigue siendo urgente intensificar la reflexión sobre la fe “para ayudar a todos los creyentes en Cristo a que su adhesión al Evangelio sea más consciente y vigorosa” (PF, 8).

La fe de muchos cristianos es débil, con poca base doctrinal, necesitada de fundamentación, con muchas adherencias de ideologías ajenas a la fe, y con una imagen de Dios que está lejos del Dios Trino revelado en Jesucristo.

IV.- LA FE COMO PROCESO PERSONAL

14.- La fe, encuentro personal con Cristo resucitado

La fe cristiana no es sólo una doctrina, una sabiduría, un conjunto de normas morales, una tradición, o una costumbre social; sino que es fundamentalmente un encuentro personal y real con Jesucristo, el Hijo de Dios, que lleva a una adhesión, obediente y fiel, a su persona.

Como ha afirmado el papa Benedicto XVI: “No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva” (Benedicto XVI, Deus caritas est, 1). La fe siempre empieza con un encuentro con Cristo resucitado. Así, “creer en Jesucristo es, por tanto, el camino para poder llegar de modo definitivo a la salvación” (PF, 3).

Quienes entraron en contacto con Jesús de Nazaret durante su vida terrena y lo acogieron, recibieron un nuevo significado en su vida. En los evangelios se encuentran diversos tipos de encuentro con Jesús: la elección de los apóstoles (cf. Mt 4, 18-22; Mt 9, 9; Mt 10, 2-4) y los muchos encuentros que Jesús tuvo con diversas personas (discípulos, enfermos, gente sencilla, viudas). Aquellos que lo acogen en su corazón, su vida queda radicalmente transformada.

La fe no es una ideología, sino que es “ante todo una adhesión personal del hombre a Dios” (Catecismo Iglesia Católica [CEC], 150). Es necesario creer con el corazón. «Con el corazón se cree para alcanzar la justicia, y con los labios se profesa para alcanzar la salvación» (Rm 10, 10). “El corazón indica que el primer acto con el que se llega a la fe es don de Dios y acción de la gracia, que actúa y transforma a la persona hasta en lo más íntimo” (PF, 10).

La fe cristiana remite a una palabra o a un acontecimiento que no se encuentra al final de una experiencia cósmica de lo sagrado, ni tampoco al final de un trabajo de la razón. Como escribía san Basilio, la fe “no surge en virtud de ilaciones geométricas necesarias, sino por obra del Espíritu Santo” (Homilías sobre los Salmos, 115, 1). Asimismo, el Concilio Vaticano II enseña: “Para profesar esta fe es necesaria la gracia de Dios, que proviene y ayuda, a los auxilios internos del Espíritu Santo, el cual mueve el corazón y lo convierte a Dios, abre los ojos de la mente y da a todos la suavidad en el aceptar y creer la verdad» (Concilio Vaticano II, Dei verbum [DV], 5).

“La fe es la respuesta libre del hombre a la invitación del Señor, para mantener con él una relación de amor, de confianza y de obediencia. El hombre se fía de Dios, “y el corazón se deja plasmar por la gracia que transforma” (PF, 1). La fe es adhesión personal a Cristo, voluntaria y libre, asentimiento de la inteligencia al misterio de Cristo, que es la Verdad revelada, fuente de vida y de felicidad. Así dice el mismo Jesús: «Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo» (Jn, 17, 3)” (J. Catalá, Homilía en la Clausura del Año de la Fe, 1, 2013).

Y “no se puede creer en Jesucristo sin tener parte en su Espíritu. Es el Espíritu Santo quien revela a los hombres quién es Jesús. Porque «nadie puede decir: “Jesús es Señor” sino bajo la acción del Espíritu Santo» (1 Co 12, 3)” (CEC, 152).

Dios nos ha hecho hijos suyos en el bautismo y nos otorga la herencia del pueblo santo (cf. Col 1,12), concediéndonos la luz de la fe, otorgándonos el perdón de los pecados (cf. Col 1,14) y trasladándonos de las tinieblas y al reino de su Hijo (cf. Col 1,13).

15.- Gradualidad en el proceso de fe

El teólogo Joseph Ratzinger ha reconocido a menudo las luchas que forman parte de la experiencia de la fe (cf. M.P. Gallagher, s.j., Mapas de la fe. Diez creyentes desde Newman hasta Ratzinger. Sal Terrae, 2012, 173-192). Ya Papa, dirigiéndose a los seminaristas romanos describió la gradualidad del itinerario de la fe en estos términos: “Encuentro fascinante la gran humanidad de Agustín, porque desde su comienzo como catecúmeno fue, sencillamente, incapaz de identificarse con la Iglesia, pero sí pasó por una lucha espiritual para encontrar poco a poco el acceso a la Palabra de Dios, a la vida con Dios” (Benedicto XVI, Encuentro con los seminaristas durante la visita al Seminario Romano Mayor, 17.02.2007).

Refiriéndose al episodio en que Jesús expulsó a los mercaderes del Templo para que pudiera ser casa de oración para todas las naciones, Benedicto XVI comentó que Jesús pretendía que el “Atrio de los Gentiles” recobrara su finalidad originaria de ser un espacio libre para los gentiles que deseaban orar allí al único Dios, aunque no pudieran tomar parte en el misterio; e hizo una propuesta imaginativa: “Pienso que también hoy la Iglesia debe abrir una especie de «Patio de los Gentiles» en el que la gente pueda, de alguna manera, relacionarse con Dios sin conocerlo y antes de tener acceso a su misterio” (Benedicto XVI, Alocución a la Curia romana, 21.12.2009).

El descubrimiento del rostro de Dios y su progresiva profundización es siempre un acontecimiento imprevisible, como le sucedió a Pablo de Tarso, que se sintió alcanzado por la gracia de Dios cuando era un perseguidor de su Iglesia y pudo llegar a decir una vez convertido: «Todo lo considero pérdida comparado con la excelencia de Cristo Jesús, mi Señor» (Flp 3, 8).

El apóstol Pedro recomienda ir trabajando paulatinamente el proceso de fe: “Hermanos, poned cada vez más ahínco en ir ratificando vuestro llamamiento y elección” (2 Pe 1, 11).

La fe se vive como un proceso personal, que va madurando y profundizando en la persona de Jesucristo hasta llegar a amarlo por encima de todo y hasta identificarse con Él: «Vivo, pero no soy yo el que vive, es Cristo quien vive en mí» (Gal 2, 20).

16.- Transformación radical del hombre de fe

El encuentro con Dios pone en crisis las falsas ideas del hombre, presentando la verdad profunda del ser humano y provocando una transformación radical del hombre, que le hace descubrir que su verdadera grandeza no nace de sus obras, sino del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús (cf. Rm 8, 39).

“Aceptando la presencia de Dios con todo el corazón, convirtiéndola en meta de nuestras aspiraciones y proyectos, toda nuestra vida se modela desde ese encuentro, asumiendo el proyecto amoroso de Dios sobre la humanidad” (cf. J.  Barrio, Carta pastoral Bienaventurados los que crean sin haber visto (Jn 20,29), 17, 2012).

La fe exige la incompatibilidad entre Dios y cualquier otro bien que se presente con pretensión de supremo o de totalidad; nada ni nadie puede competir con la absoluta presencia y supremacía de Dios. La fe implica la adhesión radical a Dios y, por tanto, el rechazo de los falsos dioses, como ha dicho el mismo Jesús: «No podéis servir a Dios y al dinero» (Mt 6, 24).

Vivir la fe en el Dios Trino es una aventura hermosa; es una experiencia que enriquece y enaltece al ser humano; es vivir una relación personal con quien me ama, me dignifica, me salva, me sostiene y me diviniza.

Los apóstoles, los santos y los hombres de todos los tiempos han sido transformados por el encuentro con Cristo en la fe y han dado testimonio de Él.

17.- La conversión, fruto del encuentro con Dios

El encuentro con Dios nos transfigura haciéndonos partícipes de la vida divina (cf. 2 Pe 1, 4) y produciendo en nosotros una conversión (cf. PF, 6), un cambio de mente (metanoia) y de corazón, como Jesús mismo pide al comienzo de su predicación: «Se ha cumplido el tiempo y está cerca el reino de Dios. Convertíos y creed en el Evangelio» (Mc 1, 15). «Con el corazón se cree para alcanzar la justicia, y con los labios se profesa para alcanzar la salvación» (Rm 10, 10).

El encuentro con Cristo se realiza de muchos modos: en la Eucaristía, en la escucha de la Palabra de Dios, en el encuentro con el hermano, sobre todo con el más necesitado (cf. PF, 14). Este encuentro reproduce en nosotros la mentalidad de Cristo, haciéndonos capaces de dar testimonio y hacer obras de conversión que transforman nuestra vida (cf. Sínodo de los Obispos. XIII Asamblea general ordinaria, La nueva evangelización para la transmisión de la fe cristiana, Instrumentum laboris, 19).

“La fe provoca la conversión, que lleva al bautismo y da origen a una vida nueva en el Espíritu Santo. La fe produce un cambio radical. El hombre se adhiere a Dios como Verdad suprema, como Bien que está por encima de todo otro bien; es como hallar el «tesoro» y la «perla fina» de los que habla el Evangelio (cf. Mt 13, 44-46)” (J. Catalá, Homilía en la Clausura del Año de la Fe, 2).

La conversión, que es esencial a la fe, lleva al hombre a obedecer la voluntad de Dios; se trata de una obediencia amorosa, obsequiosa, confiada, racional y libre (cf. DV, 5). El papa Benedicto XVI ha escrito mucho sobre la relación entre la razón (logos) y la fe. Frente al pensamiento moderno, que niega a Dios o prescinde de él, el cristiano cree en un Dios personal, que es amor, y profesa la fe en el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo (cf. Benedicto XVI, Discurso en la Universidad de Ratisbona, 12.9.2006).

18.- Dimensión eclesial-comunitaria de la fe

La fe, además de ser una adhesión personal al Señor, es un acto comunitario. La fe profesada personalmente por cada creyente es también profesada comunitariamente; decir “creo” implica decir “creemos”.

“«Creo»: Es la fe de la Iglesia profesada personalmente por cada creyente, principalmente en el bautismo. «Creemos»: Es la fe de la Iglesia confesada por los Obispos reunidos en Concilio o, más generalmente, por la asamblea litúrgica de los creyentes. «Creo» es también la Iglesia, nuestra Madre, que responde a Dios por su fe y que nos enseña a decir: «creo», «creemos»” (CEC, 167).

Al explicar el significado de la fórmula paulina «profesar con los labios», Benedicto XVI recuerda que la misma profesión de fe es un acto personal y al mismo tiempo comunitario: “No puedo construir mi fe personal en un diálogo privado con Jesús, porque la fe me es donada por Dios a través de una comunidad creyente que es la Iglesia” (Benedicto XVI, Audiencia general, 31.10.2012).

La dimensión eclesial de la fe se descubre en su aspecto personal (el acto de creer) y en sus contenidos. La decisión de adherirse al Señor tiene su origen en la acción evangelizadora de la Iglesia, que actúa como Madre cuando, cumpliendo el mandato de su Esposo, engendra nuevos hijos de Dios por la Palabra y los sacramentos.

La dimensión eclesial aparece también en la fe profesada. Los contenidos de la fe son custodiados y propuestos por la Iglesia, como depositaria de los bienes de la salvación que Cristo le ha confiado. El contenido del Credo y del Catecismo de la Iglesia Católica son expresiones de la fe comunitaria eclesial (cf. F. Sebastián Aguilar, La fe que nos salva, Salamanca 2012, 253-270).

19.- La fe se alimenta de la Palabra de Dios y de la Eucaristía

La carta apostólica Porta fidei desea hacer suyo el impulso misionero que brota de la Palabra de Dios. El Año de la Fe aparece como una invitación a caminar a la luz de la Palabra divina: “Debemos descubrir de nuevo el gusto de alimentarnos con la Palabra de Dios, transmitida fielmente por la Iglesia, y el Pan de la vida, ofrecido como sustento a todos los que son sus discípulos (cf. Jn 6, 51)” (PF, 3; cf. DV, 21).

La misión de la Iglesia ha sido desde su inicio la predicación de la Palabra de Dios, como podemos observar en el libro de los Hechos. Los apóstoles anuncian el Evangelio de Cristo acompañando esta proclamación con signos de curación en nombre del Señor, de rechazo firme a la idolatría, de aceptación del sufrimiento y la persecución, de transmisión de la alegría y de la oración.

El encuentro con Dios más importante y significativo, que realiza el creyente, tiene lugar en la Eucaristía. No es necesario traer aquí toda la enseñanza del Concilio Vaticano II y del magisterio posterior sobre el tema. Deseo recordar a los sacerdotes la importancia de interiorizar, profundizar y saborear la celebración del sacramento de la Eucaristía, del que somos servidores y del que también nos alimentamos.

20.- Aquilatar nuestra fe

El apóstol Pedro nos anima en su primera carta a aquilatar nuestra fe para alcanzar la salvación: «Por ello os alegráis, aunque ahora sea preciso padecer un poco en pruebas diversas; así la autenticidad de vuestra fe, más preciosa que el oro, que, aunque es perecedero, se aquilata a fuego, merecerá premio, gloria y honor en la revelación de Jesucristo» (1 Pe 1, 6-9). El fuego purifica y quema lo que no sirve; del mismo modo nuestra fe debe ser purificada de todo lo que no vale.

Como nos recuerda el Concilio Vaticano II, la peregrinación del cristiano en este mundo no está exenta de sufrimientos: “La Iglesia va peregrinando entre las persecuciones del mundo y los consuelos de Dios, anunciando la cruz y la muerte del Señor, hasta que él venga (cf. 1 Co 11,26). Se vigoriza con la fuerza del Señor resucitado, para vencer con paciencia y con caridad sus propios sufrimientos y dificultades internas y externas, y descubre fielmente en el mundo el misterio de Cristo, aunque entre penumbras, hasta que al fin de los tiempos se descubra con todo esplendor” (Concilio Vaticano II, Lumen Gentium [LG], 8).

Caminamos entre luces y sombras. Los cristianos, a través de la historia, han conocido la alegría y el sufrimiento. Las pruebas de la vida permiten comprender el misterio de la Cruz y participar en los sufrimientos de Cristo (cf. Col 1, 24). Creemos que el Señor Jesús ha vencido el mal y la muerte, y con esa confianza nos adherimos a él, confiamos en él y nos encomendamos a él (cf. PF, 15; LG, 48).

V.- LA FE VINCULADA AL AMOR Y A LA ESPERANZA

21.- Fe y esperanza

El cristianismo implica creer (fe), acogiendo a Cristo, Palabra de Dios; amar (caridad), siguiendo el ejemplo de Cristo; y esperar (esperanza), aguardando la plenitud de su cumplimiento. La fe, el amor y la esperanza son las tres virtudes teologales, recibidas en el bautismo, que nos ponen en relación con el Dios trinitario. Son también tres dimensiones de la actitud del hombre, que ha acogido el don de Dios (cf. Pontificio Consejo para la Promoción de la Nueva Evangelización, Vivir el Año de la fe, Madrid 2012, 37-41).

Existe una relación necesaria entre las virtudes teologales: la fe y el amor se necesitan mutuamente, y ambas permiten mirar con esperanza nuestro compromiso en el mundo, mientras aguardamos los cielos nuevos y la tierra nueva (cf. 2 Pe 3, 13; Ap 21, 1).

La esperanza cristiana se apoya en Jesucristo, muerto y resucitado. Es una esperanza trascendente, que espera en Dios, que ha resucitado a Jesucristo de la muerte. Esta esperanza es capaz de soportar pruebas y sufrimientos, conservando la alegría del espíritu (cf. R. Blázquez, Carta pastoral Convertíos y creed en el Evangelio, 2. c, 2012).

La fe ayuda al hombre a profundizar en el sentido de Dios y en todas las dimensiones de la realidad humana, porque “las realidades profanas y las de la fe tienen su origen en un mismo Dios” (Concilio Vaticano II, Gaudium et spes, 36).

Son muy necesarias las personas con fe y esperanza en nuestra sociedad para transformarla según los designios de Dios.

22.- Fe y caridad

La fe va unida necesariamente a la caridad, según la enseñanza del apóstol Santiago: «La fe si no se tiene obras, está muerta por dentro» (St 2, 14-18). Una fe sin obras es como un árbol sin frutos: estas dos virtudes se necesitan recíprocamente. El Señor nos recuerda: «En verdad os digo que cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis» (Mt 25, 40). Por la fe reconocemos el rostro del Señor resucitado en aquellos que piden nuestro amor.

La fe nos hace acoger el mandamiento del Señor y la caridad nos da la alegría de ponerlo en práctica (cf. Jn 13,13-17). Pablo indica que para Cristo lo que vale es «la fe que actúa por el amor» (Gál 5,6).

Benedicto XVI explicó el estrecho vínculo entre las virtudes teologales fe y caridad, partiendo de la afirmación del apóstol san Juan: «Hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él» (1 Jn 4,16). En su carta de convocación del Año de la Fe nos decía: “La fe sin la caridad no da fruto, y la caridad sin la fe sería un sentimiento constantemente a merced de la duda. La fe y el amor se necesitan mutuamente, de modo que una permite a la otra seguir su camino” (PF, 14), de tal manera que “el amor al prójimo ya no sea un mandamiento por así decir impuesto desde fuera, sino una consecuencia que se desprende de su fe, la cual actúa por la caridad” (Benedicto XVI, Mensaje para la Cuaresma de 2013, 1).

Ante la tendencia a reducir el término “caridad” a la solidaridad o a la simple ayuda humanitaria, es importante recordar que la mayor obra de caridad es la evangelización, es decir, el “servicio de la Palabra”. Ninguna acción es más benéfica y, por tanto, más caritativa hacia el prójimo, que partir el pan de la Palabra de Dios (cf. Benedicto XVI, Mensaje para la Cuaresma de 2013, 3).

La relación entre la fe y la caridad es análoga a la que existe entre dos sacramentos fundamentales de la Iglesia: el bautismo y la Eucaristía. “El bautismo (sacramentum fidei) precede a la Eucaristía (sacramentum caritatis), pero está orientado a ella, que constituye la plenitud del camino cristiano. Análogamente, la fe precede a la caridad, pero se revela genuina sólo si culmina en ella” (Benedicto XVI, Mensaje para la Cuaresma de 2013, 4).

23. La alegría de la fe

En el libro de los Hechos se dice que los fieles quedan llenos de alegría con el anuncio del evangelio (cf. Hch 13, 52) y con los milagros que realizan los apóstoles (cf. Hch 8, 8).

La alegría de la fe tiene su origen en la alegría de Cristo, quien dice a sus discípulos: «Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud» (Jn 15, 11). “La alegría es una dimensión constitutiva de la vida cristiana, una de sus señas de identidad en este mundo y su estado de plenitud en la vida eterna. Por ser esencial a la vida cristiana, la alegría debe configurar todo cuanto el cristiano vive” (J. Rico, Presentación de la carta apostólica “Porta fidei”, Revista “Tabor”, Año VI, n.17, 2012, 83).

La alegría cristiana debe caracterizar toda la vida, siendo el domingo el día de alegría por excelencia, como día del Señor resucitado y día de la nueva creación. Pero “la alegría no se ha de confundir con sentimientos fatuos de satisfacción o de placer, que ofuscan la sensibilidad y la afectividad por un momento, dejando luego el corazón en la insatisfacción y quizás en la amargura” (Juan Pablo II, Dies Domini, 57).

Los cristianos tenemos la tarea de llevar al mundo la alegría que nace de la fe y del amor.

VI.- RETOS PASTORALES

24.- La trasmisión de la fe en nuestra sociedad

Clausurado el Año de la Fe, resuena con toda su fuerza el mandato del Señor: “Id, pues, y haced discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo” (Mt 28, 19-20).

La evangelización, tarea fundamental de la Iglesia, tiene como fin la trasmisión de la fe. Evangelización y fe son realidades estrechamente unidas. La Iglesia existe para evangelizar y el objeto de esa evangelización es suscitar la fe. El testimonio cristiano provoca que otros crean y se encuentren con Cristo (cf. PF, 15).

Pero ¿cómo transmitir la fe hoy en nuestra sociedad? El actual horizonte del mundo ha cambiado y la fe no parece formar parte de él; para muchos la fe se ha convertido en una cuestión superficial, limitada a la esfera de lo privado; muchos desearían que los cristianos viviéramos la fe de modo privado, sin implicarnos en lo social. El papa Benedicto XVI constataba este hecho en su carta: “Mientras que en el pasado era posible reconocer un tejido cultural unitario, ampliamente aceptado en su referencia al contenido de la fe y a los valores inspirados por ella, hoy no parece que sea ya así en vastos sectores de la sociedad, a causa de una profunda crisis de fe que afecta a muchas personas” (PF, 2).

Sin embargo, la fe debe tocar todas las dimensiones del ser humano: la vida, la familia, la sexualidad, la economía, la política, la cultura, … Los cristianos de hoy tenemos el gran reto de la nueva evangelización. Hemos de seguir anunciando el Evangelio a nuestros contemporáneos; y no se trata de un simple cambio de estrategias, ni de métodos ni de lenguaje; se trata de actitudes, experiencias y vivencias. El mundo actual necesita “testigos” veraces y convencidos, creyentes con experiencia de Dios, hombres de oración, místicos que vivan en sintonía profunda con el Trascendente (cf. J. Catalá, Homilía en la Clausura del Año de la Fe, 4).

25.- Persecuciones y odio contra los cristianos

Estamos llamados a ser testigos de la fe que profesamos, celebramos y vivimos. Estas tres acciones se implican mutuamente y son necesarias para una auténtica vida de fe viva.

Nunca ha sido fácil vivir como cristiano. La historia del cristianismo está llena de persecuciones y de odio hacia los cristianos. En el siglo XX hemos vivido la experiencia dolorosa de innumerables mártires. La persona y el mensaje de Cristo han sido siempre “bandera discutida”.

Pero hemos de anunciar el Evangelio, como lo han hecho tantos cristianos a lo largo de la historia. Este es nuestro tiempo; ahora nos toca a nosotros dar ese testimonio y ser el eslabón entre las generaciones que nos han precedido y las que vienen detrás

Nuestros Patronos, Ciriaco y Paula, fueron probados «como oro en crisol» (Sb 3,6); el Señor quiso pasarlos por el fuego del martirio para purificarlos, para aquilatarlos, para recibirlos «como sacrificio de holocausto» (Ibid.).

El apóstol Pedro nos anima a soportar con alegría los sufrimientos por el Evangelio: «Estad alegres cuando compartís los padecimientos de Cristo, para que, cuando se manifieste su gloria, reboséis de gozo» (1Pe 4,13). De ese modo tendremos «ocasión de dar testimonio» (Lc 21,13) de nuestra fe, como lo hicieron nuestros patronos y tantos testigos que a lo largo de la historia de la Iglesia dieron su vida por confesar la fe (cf. J. Catalá, Homilía en la Fiesta de los santos Ciriaco y Paula, patronos de Málaga, 2, 8.06.2013).

26.- Ser luz y sal de la tierra

Os animo, queridos fieles, a seguir viviendo la fe y a ser testigos de Jesucristo. El Señor nos ha prometido que estará siempre con nosotros (cf. Mt 28, 20).

Debemos ser, al estilo del Señor Jesús, sal de la tierra y luz del mundo (cf. Mt 5, 13-16). Hemos de hablar a los hombres de Dios y transmitirles el tesoro de su Palabra. Hemos de ponernos en camino “para rescatar a los hombres del desierto y conducirlos al lugar de la vida, hacia la amistad con el Hijo de Dios, hacia Aquel que nos da la vida, y la vida en plenitud” (Benedicto XVI, Homilía en la Misa de inicio de Pontificado, 24.04.2005).

El papa Francisco al término de la Santa Misa de hoy ha entregado su primera exhortación apostólica, titulada Evangelii gaudium (La alegría del Evangelio), fruto de la Asamblea del Sínodo de los Obispos, celebrada en octubre de 2012. Es un gozo evangelizar, anunciar el evangelio a todos los hombres. Os invito a leerla y a meditarla, para que nos ayude a seguir viviendo la fe y dando testimonio de ella.

27.- Diagnóstico del momento actual, a la luz de “Porta fidei”

La carta apostólica del papa Benedicto XVI “Porta fidei” ofrece orientaciones luminosas para llevar a cabo un diagnóstico del momento presente, desde la misión evangelizadora de la Iglesia. No son las circunstancias las que condicionan la percepción del momento actual, es más bien la urgencia de cumplir el mandato misionero la que lleva a advertir en el momento presente las circunstancias que merecen especial atención.

El diagnóstico del momento actual, a partir de Porta fidei, se puede realizar destacando tres tipos de referencias: las que evocan el «hoy» imperecedero de la Iglesia; las que hablan de los signos de los tiempos de la historia actual; las que recuerdan las necesidades que deben ser atendidas con urgencia (cf. J. Rico, Presentación de la carta apostólica “Porta fidei”, Revista “Tabor”, Año VI, n.17, 2012, 63-84). Conviene, a partir de este diagnóstico, hacer un ejercicio de escucha y discernimiento para preguntarnos qué nos pide el Señor al finalizar el Año de la Fe como Iglesia diocesana.

28.-  El Evangelio, fuente perenne de vida

El Evangelio es una fuente permanente de vida, porque la Palabra de Dios es viva, eficaz y dinámica (cf. Hb 4, 12). La Iglesia es depositaria de esta Palabra y la transmite a través de la historia a todas las generaciones.

El papa Benedicto XVI invita a descubrir de nuevo el gusto de alimentarnos con la Palabra de Dios y con el Pan de vida; recuerda que la palabra de Cristo es palabra siempre nueva: “la enseñanza de Jesús resuena todavía hoy con la misma fuerza (…) la pregunta planteada por los que le escuchaban es también hoy la misma para nosotros” (PF, 3).

También nos recuerda el mandato misionero y que el amor de Cristo llena nuestros corazones y nos impulsa a evangelizar: “Hoy como ayer, él nos envía por los caminos del mundo para proclamar su Evangelio a todos los pueblos de la tierra (cf. Mt 28, 19). Con su amor, Jesucristo atrae hacia sí a los hombres de cada generación: en todo tiempo, convoca a la Iglesia y le confía el anuncio del Evangelio, con un mandato que es siempre nuevo” (PF, 7).

El Evangelio se adapta a todas las culturas para purificarlas y ennoblecerlas a la luz de Jesucristo, pero no se identifica con ninguna de ellas (cf. EN, 20). El paso del tiempo, de épocas y de culturas no altera la novedad radical del Evangelio y la misión de la Iglesia. Por ello el Evangelio no debe confundirse con ninguna cultura, como algunos pretenden al hablar de las tres culturas para referirse a las tres religiones monoteístas (judaísmo, cristianismo e islam).

29.- Los signos de los tiempos convertidos en retos

Benedicto XVI recuerda que la fe no debe aislarnos del momento histórico que nos toca vivir, sino empujarnos a discernir los signos del tiempo presente para ser signos vivos de la presencia de Cristo en el mundo: “Tratando de percibir los signos de los tiempos en la historia actual, [la fe] nos compromete a cada uno a convertirnos en un signo vivo de la presencia de Cristo resucitado en el mundo” (PF, 15).

Son signos de la historia actual el “desierto” en el que viven muchos contemporáneos; la “profunda crisis de fe”, que afecta a tantas personas (cf. PF, 2); el “momento de profundo cambio”, que la humanidad está viviendo (cf. Porta fidei, 8); y la búsqueda del sentido de la vida (cf. PF, 10).

Los “signos negativos” de los tiempos no deben ser motivo de desesperanza, sino acicate para evangelizar. La convocación del Año de la Fe es una “ocasión propicia”, un “tiempo de gracia”, una “buena oportunidad” para discernir estos signos y dar una respuesta de fe.

La Iglesia debe afrontar estos retos para seguir llevando a cabo el mandato misionero de evangelizar, redescubriendo el camino de la fe, como dice Benedicto XVI: “Desde el comienzo de mi ministerio como Sucesor de Pedro, he recordado la exigencia de redescubrir el camino de la fe para iluminar de manera cada vez más clara la alegría y el entusiasmo renovado del encuentro con Cristo” (PF, 2).

30.- Una fe testimoniada y creíble

El papa Benedicto XVI nos ha invitado a mirar con realismo la propia historia de fe, para reconocer en ella el misterio de la santidad y del pecado (cf. PF, 13). Con la fe, se nos regaló el perdón de Dios y la gracia santificante, que nos ayuda a vivir en santidad.

Pero una fe sin obras es una fe muerta, como dice el apóstol Santiago (cf. St 2, 14-17). Por ello se nos invita a intensificar el testimonio

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