Homilía del obispo de Huelva, Mons. Santiago Gómez Sierra, en la Misa Pontifical de Pentecostés 2024

Homilía del obispo de Huelva, Mons. Santiago Gómez Sierra, en la Misa Pontifical de Pentecostés 2024

Lecturas: Hch 2,1-11. Sal 103, 1ab y 24ac. 29bc-30.31 y 34. 1Cor 12, 3b-7. 12-13 y Jn 20, 19-23

Hermanos sacerdotes: Vicario General y Vicarios Episcopales de la Diócesis, Cura Párroco de Almonte y Rector del Santuario, Vicarios Parroquiales, Capellanes de las Hermandades Filiales, Sacerdotes concelebrantes. Diáconos, Seminaristas de Huelva y ministros del altar;

Sr. Presidente y miembros de la Junta de Gobierno de la Pontificia, Real e Ilustre Hermandad Matriz de Nuestra Señora del Rocío de Almonte, Hermano Mayor, Camarista de la Virgen; Presidentes, Hermanos Mayores y representantes de las Hermandades filiales;

Sr. Alcalde y miembros de la Corporación Municipal de Almonte, distinguidas Autoridades Civiles y Militares.

Me dirijo también a los enfermos y ancianos, y a todos los devotos de la Santísima Virgen del Rocío que se unen espiritualmente a esta celebración a través de la radio, la T.V. y las redes sociales.

Hermanos y hermanas todos, amados por el Señor:
Estamos celebrando Pentecostés con María. Como rocío del cielo desciende el Espíritu Santo sobre la Iglesia. Esta solemnidad es la plenitud de la Pascua. Es la Pascua cumplida y perenne, pues el fruto de la pasión, muerte y resurrección de Ntro. Señor Jesucristo es la entrega del Espíritu Santo; y de este modo, Dios se nos da a sí mismo.

Hemos oído en la narración del acontecimiento de Pentecostés, según el libro de los Hechos de los Apóstoles, como “judíos devotos venidos de todos los pueblos que hay bajo el cielo (…) partos, medos, elamitas, y habitantes de Mesopotamia, de Judea y Capadocia, del Ponto y Asia, de Frigia y Panfilia, de Egipto y de la zona de Libia que limita con Cirene; hay ciudadanos romanos forasteros …; también hay cretenses y árabes” (Hch. 2, 5.9-11), se han dado cita en Jerusalén y todos entienden hablar de las grandezas de Dios en su propia lengua.

También nosotros aquí podemos experimentar de algún modo el milagro de la unidad, que causa la venida del Espíritu Santo en Pentecostés. Nos hemos congregado en este Santuario Nacional del Rocío, que este año celebra el LX aniversario del momento en el que mi predecesor, Monseñor Pedro Cantero Cuadrado, junto a D. Antonio Millán Pérez, Presidente entonces de la Hermandad Matriz y numerosos devotos de la Virgen, puso la primera piedra para la construcción de este templo, en palabras del primer Obispo de Huelva: «digno de tan Excelsa Señora». Hemos recorrido diferentes caminos, partiendo de distintos pueblos y ciudades, no sólo de Andalucía y de toda España, sino también de Europa e incluso desde el continente americano, para confluir con inmensa devoción y amor a las plantas de la Virgen del Rocío. En torno a esta mesa de la Palabra y del altar, rodeado por los Simpecados de la Hermandad Matriz y de las Hermandades filiales, podemos percibir aquello que cantamos: “tu simpecado y el mío/ tienen distinto color/ van por caminos distintos/ lo adornan distinta flor…… pero no importa/ tus sentimientos y los míos/ tienen la misma razón/ y se unen en el Rocío/ porque manda el corazón.”
Sí, Pentecostés es la fiesta de la unión, de la comprensión y de la comunión entre personas y pueblos diversos. Esto es lo que se vive en El Rocío, donde cada peregrino es recibido «más que como un huésped, como un familiar» (Papa Francisco: Discurso Jubileo rectores de santuarios y responsables de peregrinaciones, 12-I-2016). Deseo detenerme sobre este aspecto esencial del misterio de Pentecostés, que en nuestros días conserva toda su relevante actualidad.

La enseñanza que nos ofrece el acontecimiento de Pentecostés es clara: sólo puede existir la unidad como don del Espíritu de Dios, el cual nos dará un corazón nuevo y un lenguaje nuevo, una capacidad nueva para comunicarnos y entendernos. En Pentecostés, donde había división e indiferencia, se origina unidad y comprensión.

Jesús, en el marco de la última Cena, había pedido a su Padre por la unidad de los discípulos de todos los tiempos, diciendo: “No solo por ellos ruego, sino también por los que crean en mí por la palabra de ello, para que todos sean uno, como tú, Padre, en mí, y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros” (Jn 17, 20-21). Vemos como la unidad que pide Jesús sólo es posible a partir de la comunión con Dios. El acontecimiento de Pentecostés nos muestra que la fe es más que una palabra, más que una idea, más que un sentimiento, significa entrar en comunión con el Padre, por Jesucristo, en el Espíritu Santo.
Dios es el verdadero fundamento de la unidad de la Iglesia y el cimiento más sólido para trabajar por la unidad en el mundo que vivimos. La unidad no se logra solo con las fuerzas humanas a través de instituciones y organizaciones, pues lo que vemos es que estas mismas fuerzas conducen a la división. Como dice el papa Francisco, «la unión —la unión de la diversidad— se realiza con la unción» (Homilía de Pentecostés, 31-V-2020), la unción es el Espíritu Santo.

Todos podemos constatar cómo en nuestro mundo, aunque estemos cada vez más cercanos los unos a los otros gracias al desarrollo de los medios de comunicación; sin embargo, el diálogo, la comprensión, la comunión y la amistad entre las personas y en la vida social a menudo es difícil. Asistimos a sucesos diarios en los que parece que las personas se están volviendo más agresivas y hurañas.

Cuando presenciamos, porque hoy nada está lejos, el drama de la guerra en Europa y en otras partes del mundo, desde esta aldea de El Rocío elevemos a la Blanca Paloma una ferviente oración por la paz. El papa san Juan XXIII en su emblemática encíclica Pacem in terris decía: «La paz será palabra vacía mientras no se funde sobre el orden (…) un orden basado en la verdad, establecido de acuerdo con las normas de la justicia, sustentado y henchido por la caridad y, finalmente, realizado bajo los auspicios de la libertad». También, enseñaba el Papa Benedicto XVI que «la paz no es un sueño, no es una utopía: la paz es posible. (…) Dios mismo, mediante la encarnación del Hijo, y la redención que él llevó a cabo, ha entrado en la historia (…) dándonos la posibilidad de tener «un corazón nuevo» y «un espíritu nuevo» (cf. Ez 36,26)”. Recemos y hagamos lo que esté en nuestras manos en favor de la paz en todos los ámbitos de la vida.
Como cada año, la Iglesia celebra en esta solemnidad de Pentecostés el Día de la Acción Católica y Apostolado Seglar. «Laicos por vocación, llamados a la misión» es el lema propuesto para la Jornada de hoy. Invita a todos los bautizados a la misión que Jesús encomendó, «que se lleva a cabo con la fuerza del Espíritu Santo”. Y la vocación laical se ejercita de un modo propio y peculiar llevando el Evangelio al corazón del mundo, es decir, a los ámbitos de la familia, del trabajo, de la educación, del cuidado de la casa común y, de una manera particular, de la vida pública.

En la hora presente, los laicos cristianos y todos como honrados ciudadanos debemos asumir un serio compromiso por fomentar la unidad y la concordia en nuestra patria, donde –como ha dicho recientemente Mons. Arguello, Presidente de la Conferencia Episcopal Española- “articular una propuesta de verdadera convivencia es un gran desafío. (…) La convivencia expresa que vivimos juntos y que este vivir juntos supone aceptar unas reglas del juego, respetarlas y querer el bien común de todos, cuidando su dignidad. Esto pasa por un esfuerzo de diálogo, pero el diálogo (…) supone la aceptación de la razón (…) y de un marco común de referencia, que tiene que ver con el Estado de derecho, la división de poderes, la importancia del marco constitucional.” (Ecclesia: entrevista a Luis Argüello, por Fran Otero, 5 de marzo de 2024).

La vocación laical también se despliega en el interior de la vida de la Iglesia; ayudando en la liturgia, en la catequesis, en los grupos parroquiales, donde la generosidad de tantos jóvenes y adultos, hombres y mujeres, muchos devotos rocieros, sostienen la misión de la Iglesia.

Con la bula Spes non confundit – La esperanza no defrauda- el papa Francisco nos ha convocado al Año Santo Jubilar 2025. Estamos llamados a vivir un año de gracia y de misericordia, de reconciliación y de unidad, para ser signo de esperanza en un mundo con frecuencia enfrentado y dividido. Preparemos con verdadero interés evangelizador el Jubileo del 2025 en las Hermandades del Rocío.

Queridos hermanos, Jesús, antes de subir al cielo, pidió a los Apóstoles que permanecieran juntos para prepararse a recibir el don del Espíritu Santo. Y ellos se reunieron en oración con María en el Cenáculo a la espera del acontecimiento prometido (cf. Hch 1, 14). Nosotros aquí en este Cenáculo de la Aldea del Rocío, donde –como dice el cancionero rociero- “se canta y se baila con una alegría sana y siempre son para la Virgen el cante y las sevillanas”, rezamos unidos a toda la Iglesia, y ponemos en las manos de la Reina de las Marisma y Celestial Patrona de Almonte nuestra súplica: «¡Ven Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor!». Amén.

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