Las “Sinsombrero” del feminismo cristiano que abrieron el VII Centenario de la Aparición de la Virgen de la Cabeza

Diócesis de Jaén
Diócesis de Jaénhttp://diocesisdejaen.es/
La diócesis de Jaén es una iglesia particular española sufragánea de la archidiócesis de Granada. Sus sedes son la Catedral de la Asunción de Jaén y Catedral de la Natividad de Nuestra Señora de Baeza.

Josefa Grosso, profesora de la Normal de Madrid y pionera de la Institución Teresiana; Carmen Arteaga, doctora en Filosofía y Letras y una de las primeras mujeres en enseñar en la Universidad Central; María Perales y María Nieto, presidenta y tesorera de la Confederación Nacional de Obreras Católicas; Dolores de Cortázar, directora general de Publicaciones del Ministerio de Educación; Sacramento Carrascosa, escritora, propagandista y una de las tres concejalas del Ayuntamiento de Madrid; y María Echarri, articulista, conferenciante y una de las voces más firmes del social-catolicismo femenino.

Siete mujeres. Siete trayectorias sólidas, cultas, influyentes. Siete pioneras del feminismo cristiano que, en noviembre de 1926, fueron llamadas a inaugurar los actos del VII Centenario de la Aparición de la Virgen de la Cabeza en Andújar. No era lo habitual. Ni en la Iglesia española ni en la sociedad del momento. Pero aquí, en esta ciudad de Sierra Morena, se tomó una decisión que hoy sorprende por su lucidez: abrir una gran celebración mariana con una Semana Social protagonizada íntegramente por mujeres.

Mientras en otros lugares la Iglesia seguía aferrada a inercias decimonónicas, en Andújar se apostó por un discurso que hablaba de educación femenina, dignidad obrera, presencia pública de la mujer y compromiso social. No fue un gesto simbólico, sino una declaración de principios: el Centenario no sería un ejercicio de nostalgia, sino una oportunidad para situar a la Iglesia local en sintonía con los debates más avanzados de su tiempo.

UN PÓRTICO DE LUJO DEL VII CENTENARIO. La celebración del VII Centenario —desarrollada entre noviembre de 1926 y agosto de 1928— fue el acontecimiento religioso más relevante de la diócesis de Jaén en las primeras décadas del siglo XX. Así lo reflejan las hemerotecas: el Boletín Eclesiástico Oficial de la Diócesis de Jaén, el periódico Pueblo Católico y numerosas publicaciones locales y nacionales que siguieron con atención el desarrollo de los actos.

En menos de dos años, por una ciudad que apenas superaba los 20.000 habitantes, pasaron alrededor de 250.000 personas, más de la mitad de la población total de la provincia. Pero la magnitud del Centenario no se explica solo por la devoción mariana. Su fuerza residió en un programa poliédrico, cuidadosamente preparado durante años, que combinó celebraciones litúrgicas con iniciativas sociales, culturales y artísticas. Y, sobre todo, en la voluntad explícita de recuperar una devoción que había decaído desde las políticas desamortizadoras del siglo XIX.

Puede decirse que 1927 fue el año de la cosecha de una siembra iniciada en 1909, cuando la Virgen de la Cabeza fue proclamada patrona de Andújar y coronada canónicamente. Las fuentes de la época —la revista Mirando al Santuario y el periódico El Guadalquivir— dan cuenta del auge devocional de aquellos años, los más intensos en la historia religiosa de la ciudad y de la diócesis en la primera mitad del siglo XX.

Sin embargo, lo que convirtió aquel Centenario en una efeméride distinta, adelantada a su tiempo, fue precisamente lo que lo inauguró: una Semana Social dirigida por mujeres, que situó en el centro del debate temas como la educación, el trabajo femenino, la protección obrera, la participación pública y la responsabilidad social del catolicismo. Un gesto que, en 1926, no era frecuente… y que en Andújar se asumió con naturalidad y convicción.

EN EL CONTEXTO Y CON EL MISMO ESPIRITU de las Semanas Sociales nacidas en España en 1906, en Madrid, como un experimento audaz: llevar la doctrina social católica fuera de los despachos y convertirla en una formación itinerante, viva, capaz de llegar allí donde estaban los problemas. En pocos años pasaron por Valencia (1907), Sevilla (1908), Santiago de Compostela (1909), Barcelona (1910) y Pamplona (1912). Y después… silencio. No volverían a celebrarse a nivel nacional hasta 1933.

Pero aquel parón no significó el final. Al contrario: las Semanas Sociales se transformaron en universidades ambulantes que, sin el sello oficial, siguieron funcionando en ciudades, provincias y regiones gracias a la iniciativa de quienes habían participado en las primeras ediciones. Allí donde alguien había escuchado una conferencia, tomado apuntes o descubierto la fuerza de la doctrina social, surgía la necesidad de repetir la experiencia.

Durante casi dos décadas, España se llenó de encuentros locales y provinciales que mantuvieron vivo el espíritu original: formar conciencias, iluminar problemas y despertar el sentido social del catolicismo. La idea se extendió como una convicción compartida: la Iglesia no podía limitarse a la sacristía; tenía que intervenir en la vida social con criterio y responsabilidad.

El Instituto de Doctrina Social Cristiana, centro promotor de estas iniciativas, lo expresó con una claridad que hoy sigue sorprendiendo. En 1920 publicó un manifiesto que decía: “Los problemas sociales, como los problemas individuales que la conturban, significan principalmente ausencia u olvido de las solemnes verdades del catolicismo. […] Necesaria debe ser la acción de los católicos; pero no debe ser instintiva, no conviene que sea rutinaria e inconsciente, sin saber bien a dónde vamos, de dónde partimos y por qué hacemos lo que hacemos”.

Ese era el clima intelectual del país cuando Andújar decidió inaugurar su Centenario con una Semana Social. Y lo hizo, además, con un gesto que la distinguió de todas las demás: poner a siete mujeres al frente.

UNA CONFLUENCIA DE VOLUNTADES CON EL PADRE POVEDA DE MEDIADOR. La Semana Social celebrada en Andújar en noviembre de 1926 no fue un acontecimiento improvisado, sino el resultado de una confluencia de voluntades que Pedro Poveda supo reconocer y articular. La comisión del VIII Centenario había aprobado su celebración meses antes, a propuesta del párroco de San Bartolomé, don Ildefonso Galán Cruz. Desde ese momento, Galán —recién llegado a la ciudad y en su primera parroquia— se entregó a la tarea de organizarla, recurriendo de inmediato a su antiguo compañero del seminario de Baeza y del claustro del Seminario de Jaén: el sacerdote linarense Pedro Poveda, ya entonces residente en Madrid y dedicado plenamente a la Institución Teresiana.

Don Ildefonso Galán, asesinado en agosto de 1936 por odio a la fe y recientemente beatificado, había dedicado más de dos décadas a la docencia y a la ampliación de estudios, especialmente en el ámbito de la doctrina social de la Iglesia. Asistente habitual a las Asambleas Nacionales, contaba con una red de contactos amplia y activa. Su llegada a Andújar lo situó ante una comunidad marcada por la desigualdad: familias acomodadas frente a familias muy pobres. Galán comenzó a trabajar entre estas últimas, especialmente en las viviendas de Mestanza y en las huertas del norte, alrededor de Dulce Jesús. Ese contacto directo con la realidad social de la ciudad reforzó su convicción de que la Semana Social debía ser algo más que un ciclo de conferencias: debía convertirse en un espacio de conciencia y de palabra.

Fue entonces cuando Pedro Poveda lo puso en contacto con una figura decisiva: María de Echarri, estrechamente vinculada a la Institución Teresiana y recién llegada del VIII Congreso de la Asociación Católica Internacional de Obras de Protección a las Jóvenes, celebrado en Luxemburgo. De aquella conversación surgió el programa de conferencias que daría forma a la Semana Social. Echarri permaneció en Andújar durante todo el evento, actuando como apoyo constante y organizadora discreta, pero con una influencia evidente en el enfoque y en el tono de las intervenciones.

A sus 48 años, María de Echarri era una figura ampliamente reconocida en España: escritora, articulista, conferenciante y una de las voces más firmes del social-catolicismo femenino. Defensora de las mujeres obreras, impulsó sindicatos femeninos, promovió mejoras salariales y laborales, y como inspectora de trabajo abogó por la igualdad salarial y por el derecho de las mujeres casadas a administrar su propio salario. En 1918 formuló un feminismo “posible”, razonable y católico, basado en la presencia de la mujer en la educación, la beneficencia y la acción social. Fue una de las primeras concejalas del Ayuntamiento de Madrid (1924) y una de las trece mujeres representadas en la Asamblea Nacional Consultiva (1927). Vinculada a la Acción Católica de la Mujer, solía afirmar: “militamos todas bajo la bandera del feminismo católico”.

EL TEATRO PRINCIPAL, FORO DE LA SEMANA SOCIAL, Entre el 14 y el 21 de noviembre de 1926, el Teatro Principal de Andújar se transformó en un espacio insólito: un lugar donde se escucharon palabras que nunca antes habían resonado en la ciudad. Las sesiones congregaron a un público numeroso, hasta el punto de que muchos seguían las intervenciones desde el exterior. Allí se pronunciaron afirmaciones que, para la sensibilidad cristiana local, resultaban tan novedosas como necesarias: “Los cristianos debemos defender no solo los deberes de las madres, también sus derechos” (Grosso).“Los políticos, en la defensa de los derechos de los obreros, no han de olvidar que en conciencia son también los derechos de las mujeres obreras” (Echarri). “No descansaremos hasta que logremos protección legal para las amas de casa” (Carmen Arteaga). “Hombres y mujeres cristianos, en lo que se refiere a la igualdad entre trabajadores, debemos ser más fieles a León XIII y a su Rerum Novarum que a otros poderes que lo limiten” (Mercedes Quintanilla). “El absentismo escolar de las niñas es una lacra para toda conciencia cristiana” (Carrascosa). No eran frases aisladas: eran la expresión de un pensamiento social católico que, por primera vez, se hacía audible en Andújar con voces femeninas, formadas y conscientes de su papel en la transformación social.

EL CIERRE QUE QUEDÓ GRABADO EN LOS ASISTENTES. En el acto de clausura, María de Echarri volvió a tomar la palabra. Advirtió que la crisis de las familias comienza cuando hay crisis de madres que convierten sus hogares en simples casas de huéspedes. Y cerró su intervención con una frase que levantó al público de sus asientos, evocando a las heroínas católicas de la Revolución francesa: “De rodillas para orar, pidiendo al Sagrario luz y fuerza para luchar, y de pie para combatir y para vencer”. Aquella Semana Social no cambió de inmediato la estructura social de Andújar, pero dejó una huella: la certeza de que la palabra —cuando se pronuncia con convicción, conocimiento y sentido cristiano de justicia— puede abrir espacios que parecían cerrados. Y que, a veces, basta con que una ciudad escuche voces nuevas para que empiece a mirarse de otro modo.

Juan Rubio Fernández
Sacerdote, escritor y periodista

Contenido relacionado

Cursillos de Cristiandad celebran en Martos una emotiva Ultreya de verano diocesana bajo el...

El pasado 26 de julio de 2026, el Movimiento de Cursillos...

La Catedral acogerá la solemnidad de la Asunción, con la tradicional bendición secular con...

Cuando se cumple el septuagésimo sexto aniversario de la declaración del...

Ya puedes inscribirte al Cursillo de Cristiandad del próximo mes de octubre

Seguidme y os haré pescadores de hombres…” Esta es la frase que...

Enlaces de interés

ODISUR
Resumen de privacidad

Esta web utiliza cookies para que podamos ofrecerte la mejor experiencia de usuario posible. La información de las cookies se almacena en tu navegador y realiza funciones tales como reconocerte cuando vuelves a nuestra web o ayudar a nuestro equipo a comprender qué secciones de la web encuentras más interesantes y útiles.