El testimonio de Alberto de Castro, miembro de Apostolado seglar, en Ecuador

Diócesis de Jaén
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La diócesis de Jaén es una iglesia particular española sufragánea de la archidiócesis de Granada. Sus sedes son la Catedral de la Asunción de Jaén y Catedral de la Natividad de Nuestra Señora de Baeza.

«En servirte está mi descanso y en adorarte mi premio temporal y eterno1». Estas palabras del Venerable José Gras se hacen mías al resumir mis vacaciones de este 2026. Y es que este verano ha sido poco convencional. Cuando un europeo piensa en vacaciones lo primero que se le viene a la mente es la playa, una tumbona, un chiringuito… Mi descanso estival no ha tenido nada de eso, cada día el despertador sonaba a las 5:30 y la jornada se alargaba hasta casi la media noche.

Soy Alberto de Castro, pertenezco al Movimiento Apostólico Cristo Rey, miembro de la Delegación de Apostolado Seglar de la Diócesis de Jaén, trabajo como docente en educación secundaria y tengo 36 años. He sido uno de los privilegiados en integrar una comunidad mixta en misión en El Carmen, provincia de Manabí, en el occidente ecuatoriano. Once personas hemos formado una familia, religiosas Hijas de Cristo Rey y laicos durante un mes. Nuestro hogar se enriquecía con nuestras cinco nacionalidades diferentes, siendo la comunidad un gran sustento espiritual y emocional; una red de apoyo y acompañamiento. Todo desde una vida fraterna, alegre y sencilla.

Los dos pilares que han sustentado este tiempo han sido el servicio y la oración. Ambos estrechamente unidos, recíprocamente entrelazados. Nuestra acción carecía de sentido si no iba acompañada de plegaria. El iniciar la mañana alabando al Señor con los laudes comunitarios ya nos predisponía a lo que cada jornada nos deparaba. A lo largo de un día eran varios los momentos en los que, entre tanto trajín, buscábamos fuerza y energía en Él. Lectura y oración personal, formación comunitaria, celebración de los sacramentos de la reconciliación y eucaristía… nos nutríamos de todo para la misión ad gentes. Pero de todos esos espacios reservados para la interioridad era en ese cruce de miradas, cara a cara, que se produce en la adoración eucarística donde encontraba plenitud y sentido a todo. Y es que como decía al inicio «en adorarte está mi premio».

Conforme voy tomando distancia de la experiencia brotan en mí sentimientos encontrados: Por un lado gratitud por todo lo vivido: rostros, lugares y momentos que permanecerán inmarcesibles en mi memoria. Por otro lado, desearía no haber sido testigo de algunas situaciones, formas de vida, realidades que increíblemente son el día a día de algunas personas en este siglo XXI. Pese a todo, hay esperanza. La Iglesia, en general, y las Hijas de Cristo Rey, en particular, son signo visible de que otro mundo es posible.

Antes de la experiencia, mis amigos y familiares me preguntaban «¿qué vas a hacer allí?».Y yo respondía siempre lo mismo: «estar con la gente». Y eso ha sido lo que he hecho. Unirme a la pastoral que el Instituto ya desarrolla allí y compartir con los carmenses como uno más. Ser Iglesia que acoge, acompaña, escucha… Como misioneros, hemos hecho pastoral de todo tipo: social, juvenil, educativa, vocacional, primer anuncio, discapacidad…

Al recapitular el mes, pienso en qué ha cambiado en mí la misión. Podría utilizar estas líneas para hablar de la violencia que se vive en Manabí; podría emplear estas líneas para denunciar la desigualdad social que se vive en Ecuador; Sin embargo, no voy a hacerlo. Prefiero compartir qué exporto desde Ecuador a la vieja Europa, a mi vida personal y a la Iglesia. Principalmente he traído conmigo dos deseos.

1 EB 1872, n. 9.

Mi primer deseo es de carácter social y es el concepto de «minga» una palabra que recoge la Real Academia y que etimológicamente procede del quechua y significa «reunión de amigos y vecinos para hacer algún trabajo gratuito en común». En un país tan polarizado como España deseo traer esa de idea de colectividad generosa y sociedad gratuita a Europa. Ojalá en mi país miremos más a menudo lo que nos une y nos unamos no solamente cuando juega la selección española de fútbol, sino cuando la justicia social y la dignidad humana están en juego.

El segundo deseo es la vivencia profunda de la comunión eclesial. La Iglesia ecuatoriana es poco sinodal y más clericalizada que en España, sin embargo, su vivencia de la comunión guarda un valor profético. Ante una sociedad en Europa cada vez más descreída y religiosamente plural, urge contemplar la frescura de la Iglesia ecuatoriana: un espacio donde la diócesis, la vida consagrada y los laicos caminan juntos, compartiendo mesa y misión sin protagonismos, enriqueciéndose en mutualidad y verdadera fraternidad.

Mención especial merecen los «Proyectos Hacer el Bien» que desde mi infancia han formado parte de mi vida: primero como alumno, después como profesor y siempre como miembro del Movimiento Apostólico Cristo Rey. He crecido aprendiendo que cada pequeño gesto cuenta: palomitadas, rifas, mercadillos navideños, teatros, festivales marianos… Más que actividades, son experiencias que me han enseñado a compartir, a implicarme y a descubrir que, cuando todos hacemos un poco «el Bien se multiplica». A lo largo de mi vida los «Proyectos Hacer el Bien» no solo han recibido mi colaboración, sino que también han dejado una huella profunda en mi forma de entender la solidaridad y el compromiso. Por ello, colaborar sobre el terreno con los «Proyectos Hacer el Bien» en Ecuador ha sido un sueño hecho realidad.

No puedo dejar de agradecer al Instituto Hijas de Cristo Rey su acompañamiento constante antes, durante y después de esta experiencia de fe. He regresado a España con el corazón rebosante, mi propia vida cuestionada y mi vocación reafirmada. Gracias, Señor y Rey, porque al final de estas inusuales vacaciones estivales, he regresado a casa con el corazón lleno de nombres. Solo deseo seguir encontrándote en mi acelerada cotidianidad abrumadora. Cristo reina.

 

Alberto de Castro Barrá

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