Apología estival contra el despilfarro del agua

Diócesis de Jaén
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La diócesis de Jaén es una iglesia particular española sufragánea de la archidiócesis de Granada. Sus sedes son la Catedral de la Asunción de Jaén y Catedral de la Natividad de Nuestra Señora de Baeza.

El verano no es solo una estación; es, en la modernidad tardía, una quimera que ofusca nuestra relación con la naturaleza. Bajo el fulgor implacable del sol canicular, las ciudades se transforman en oasis artificiales donde el confort enmascara la fragilidad del ecosistema. En medio del hedonismo estival, el agua corre con una fluidez que invita a la amnesia: se vierte sin medida en piscinas recreativas, se dilapida en jardines ornamentales y se disipa en un consumo hiperbólico que ignora la sequedad estructural del planeta. Sin embargo, esta aparente abundancia es un espejismo técnico. El agua no es una mercancía inagotable nacida del grifo, sino un don primigenio, un bien común de valor absoluto y, hoy más que nunca, un recurso en estado de asedio.

Para extirpar la modorra de una ciudadanía anestesiada frecuentemente por la comodidad, la sensatez debe uncirse a una ecología integral. No basta con la fría métrica de la eficiencia hidrológica; se requiere una interpelación moral que nos sacuda por dentro. El magisterio eclesial, de diversos modos, ha tejido una línea de pensamiento impecable que anticipó esta crisis, vinculando la justicia social, la custodia de la creación y la templanza individual como pilares de la supervivencia humana.

La génesis del cuidado: los bienes de la Tierra para la familia humana
Para comprender la relevancia ética del derroche hídrico es preciso remontarse a los cimientos de la Doctrina Social de la Iglesia. Aunque en el siglo XIX la preocupación ecológica no se formulaba con los términos científicos actuales, el papa León XIII —en el albor de la era industrial con su encíclica Rerum Novarum— sentó un principio de discernimiento ineludible: la tierra y sus frutos han sido dados a toda la humanidad para su sustento (RN, n. 6). Aquella intuición fundacional de la justicia distributiva nos recuerda que el derecho a la propiedad o al uso de los recursos no es absoluto; está intrínsecamente limitado por su destino universal. El agua, el más prioritario de estos bienes, no puede ser objeto de un señorío veleidoso. Malgastar el agua en el ámbito privado durante los meses de escasez es un acto de insolidaridad que expolia a la comunidad —y a las generaciones venideras— de su derecho a la subsistencia. La opulencia del derroche estival es la cara bofetada a la precariedad de quienes sufren la sed.

Tomar conciencia de la importancia del agua
Décadas más tarde, el papa Pablo VI formuló una advertencia premonitoria que hoy resuena con una urgencia dramática. En su carta apostólica Octogesima Adveniens (1971), señaló con precisión quirúrgica cómo el ser humano, en su afán por dominar la naturaleza, corre el riesgo de destruirla y de convertirse, a su vez, en víctima de esa degradación (OA, n. 21). Montini comprendió que el progreso técnico, si carece de un timón moral, se torna ciego. El agua, bajo la mirada del utilitarismo estival, pasa de ser el vehículo de la vida a un mero lubricante del consumo masivo. El desperdicio sistemático en nuestras duchas interminables, en el lavado negligente de automóviles o en el riego a pleno sol es el síntoma de esa explotación incauta que vacía los acuíferos y agosta los ríos, precipitando un desierto que nosotros mismos hemos financiado con nuestra indiferencia.

La conversión ecológica y la responsabilidad moral
La crisis del agua no es un problema exclusivamente técnico o climático; es, sustancialmente, una crisis del espíritu. Así lo diagnosticó con lucidez meridiana Juan Pablo II, quien introdujo de manera decidida el concepto de «conversión ecológica». El pontífice polaco advirtió que la humanidad contemporánea parece no percibir otros significados en su entorno natural que aquellos que sirven a un uso y consumo inmediatos. En su encíclica Centesimus Annus (1991) denunció con severidad la existencia de un estilo de vida propenso a la voracidad que destruye los tejidos de la convivencia y de la creación: «El ser humano, impulsado por el deseo de tener y de gozar, más que de ser y de crecer, consume de manera excesiva y desordenada los recursos de la tierra» (n. 37). El dispendio estival del agua es la encarnación perfecta de este consumo desordenado. El agua se gasta no por necesidad, sino por el mero antojo del goce inmediato, un hedonismo líquido que diluye la noción del mañana. Al respecto, Wojtyla nos alecciona con destreza: la custodia de la creación no es una opción ideológica o una moda estacional, sino un deber moral. Cada gota que se evapora en la incuria es un testimonio de nuestra resistencia a esa conversión interior que exige mesura, sobriedad y un profundo respeto por los ritmos de la naturaleza.

La alianza entre el ser humano y el entorno
Benedicto XVI profundizó en la estrecha relación entre la ética humana y la salud del planeta. En su encíclica Caritas in Veritate (2009), introdujo una categoría esclarecedora: la ecología humana. Para Ratzinger el deterioro de la naturaleza está estrechamente ligado a la cultura que modela la convivencia humana. Si una sociedad pierde el sentido del respeto por sí misma, si abraza el relativismo y el egoísmo, terminará por proyectar ese desprecio sobre su entorno. El papa teólogo afirmó sin ambages que los creyentes y todas las personas de buena voluntad reconocen en la naturaleza el resultado de un proyecto de amor, cuyos elementos contienen una gramática que indica criterios de uso inteligente, nunca de abuso instrumental. El agua posee su propia gramática: es el disolvente de las impurezas, el sostén de la biodiversidad, la condición de posibilidad de la agricultura. Cuando abusamos de ella de forma caprichosa durante las vacaciones, estamos violentando esa estructura intrínseca, rompiendo lo que el pontífice bávaro denominó la «alianza entre el ser humano y el medio ambiente» (CV, n. 69). Una sociedad que dilapida su recurso más preciado mientras los campos se secan y las restricciones amenazan los hogares demuestra una alarmante quiebra moral, un analfabetismo ecológico que confunde la libertad con la licencia para arrasar.

El agua: una cuestión educativa y cultural
El agua es mucho más que un recurso; es un derecho esencial que hoy se encuentra amenazado. Como advierte con lucidez el papa Francisco en Laudato si’, «este mundo tiene una grave deuda social con los pobres que no tienen acceso al agua potable» (n. 30). No es un bien comercial que se pueda derrochar con indiferencia, sino un elemento sagrado. Bergoglio es tajante al señalar que «el acceso al agua segura es un derecho humano básico, fundamental y universal» (LS, n. 30). Cada gota desperdiciada es una injusticia hacia los más vulnerables. Cuidarla no es una opción, sino un estricto deber ético. Es imperioso que se eduque a niños, jóvenes y adultos a gestionar rectamente los recursos hídricos, porque no hay conciencia de lo funesto que es malgastar este elemento vital para la vida de las personas y el progreso de los pueblos.

Actuar con clarividencia
El verano no puede seguir siendo un paréntesis ético. La urgencia hidrológica nos obliga a superar la mera retórica bienintencionada para adoptar una praxis responsable. La gestión correcta de un recurso imprescindible para la vida humana no es una tarea que competa únicamente a los gobiernos o a las corporaciones de ingeniería; es una micro-política de lo cotidiano, un ascetismo ciudadano que dignifica la inteligencia humana. Es indispensable poner en práctica una pedagogía del límite. Esto se traduce en acciones concretas, juiciosas y precavidas. Por ejemplo, ducharse en lugar de bañarse; no dejes correr el agua mientras te cepillas los dientes o te afeitas; coloca un cubo mientras esperas que salga el agua caliente de la ducha y usa este agua para limpiar o regar; adopta dispositivos de reducción de caudal; procura reparar esas fugas invisibles que desangran los depósitos municipales; enciende la lavadora y el lavavajillas únicamente cuando estén completamente llenos. Podemos pensar asimismo en aprovechar las aguas pluviales para usos no potables, entendiendo que cada molécula de agua debe cumplir el máximo ciclo de utilidad posible antes de ser devuelta al medio.

En definitiva, el agua que derrochamos hoy es la escasez del mañana. Escuchando las enseñanzas del magisterio pontificio podemos todos despertar del letargo estival. Que este verano no sea el registro de nuestro desinterés, omisiones y descuidos, sino el inicio de un pacto de cordura y gratitud con el agua, elemento que sostiene, limpia y bendice nuestra existencia.

Mons. Fernando Chica Arellano
Observador Permanente de la Santa Sede ante la FAO, el FID

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