

El testimonio de una venezolana en Baza, tras los terremotos sufridos en su país
El pasado 24 de junio de 2026, en lo que debió ser como cada año una jornada de alegría, tradición y hogueras, el día de San Juan, una fecha arraigada en el alma de la cultura venezolana, se transformó de un instante a otro en un escenario de dolor, desconcierto y sufrimiento. Dos potentes terremotos sacudieron las entrañas de Venezuela, dejando tras de sí un rastro de destrucción y un profundo vacío en miles de hogares.
A miles de kilómetros de distancia, en el norte de Granada, un pedazo de ese dolor se instaló en el corazón de la comunidad venezolana residente en el pueblo de Baza.
La distancia física, sin embargo, se desvaneció ante la fuerza de la fe y el amor al prójimo. Ante la tragedia, la inacción no era una opción.
Un altar de esperanza en la parroquia de Santiago Apóstol
La respuesta de los corazones bastetanos y de la colonia venezolana no se hizo esperar. La parroquia de Santiago Apóstol se convirtió rápidamente en el epicentro de la solidaridad y el refugio espiritual para todos aquellos que, con el alma en vilo, miraban hacia el otro lado del Atlántico.
Bajo las naves del templo, un grupo grande y diverso se congregó de manera continua. No había distinciones culturales ni de nacionalidades: venezolanos unidos en el exilio voluntario, amigos bastetanos y el resto de la comunidad parroquial se fundieron en un solo abrazo de fraternidad. En cada rincón de la iglesia se sentía el murmullo de la oración compartida, un bálsamo necesario ante la incertidumbre y la pena.
Las jornadas han estado marcadas por intensos momentos de recogimiento.
La Santa Eucaristía
Dos de esos intensos momentos tuvieron lugar el domingo 28 de junio, a las 11:30 de la mañana, y el jueves 2 de julio, a las 19:30 horas, con la celebración de dos Eucaristías. Celebradas con profunda devoción, se ofreció el sacrificio del altar por el eterno descanso de los fallecidos y por el consuelo de las familias damnificadas.
También hubo una oración ante el Santísimo Sacramento del Altar, una hora de súplica ferviente en la que se pidió no solo por el alivio espiritual, sino por una intención muy clara y urgente: que la ayuda internacional y la asistencia material lleguen de manera real, transparente y directa a los más necesitados, a quienes hoy lo han perdido todo entre los escombros. Tuvo lugar el jueves 2 de julio, a las 18:30 horas.
Como se suele decir, «la oración no cambia la realidad, nos cambia a nosotros y nosotros a la realidad». Así, en la parroquia de Santiago Apóstol, la fe se hizo acción y la distancia se acortó a través de las manos entrelazadas.
Gratitud a un pastor con los pies en tierra y con empatía manifiesta, esta movilización de fe y ayuda no habría tenido el mismo cobijo sin una guía espiritual dispuesta a abrir las puertas de par en par. Por ello, toda la comunidad quiere expresar un agradecimiento infinito, público y sincero a nuestro párroco de Santiago Apóstol, Don Sergio Villalba.
Don Sergio no solo ha prestado el templo, ha puesto su corazón al servicio de los afligidos. Su calidez, su disposición para escuchar el llanto de quienes tienen a sus familias lejos y su liderazgo pastoral han sido el motor fundamental para que la parroquia sea un verdadero hogar en tiempos de tempestad. Gracias a Dios y a su servidor aquí en la tierra, Don Sergio, por ser el reflejo de una Iglesia viva, empática y de puertas abiertas.
Finalmente, Baza y Venezuela han formado un solo corazón, en unión y con resiliencia humana y cristiana.
Gracias, gracias, gracias, Dios en su infinito amor, nos ha demostrado que no estamos solos, que tenemos una comunidad bastetana que ora de manera ferviente por el bien común de dos naciones.
María Angélica Morales Barrese
Venezolana en Baza.

