“Jesús es la verdad que da razón a nuestra búsqueda de la verdad”

Homilía del arzobispo D. José María Gil Tamayo, en la Eucaristía del V Domingo de Pascua, en la Catedral el 3 de mayo de 2026.

Queridos sacerdotes concelebrantes,

Queridos diáconos,

Queridos seminaristas,

Queridos hermanos y hermanas, también quienes nos seguís a través de la televisión, las redes sociales,

Cristo Resucitado, Cristo es la piedra angular que desecharon los arquitectos. Pero que para nosotros es la piedra fundamental, como nos ha recordado el apóstol Pedro. Acerquémonos al Señor, piedra viva, rechazada por los hombres, pero elegida y preciosa ante Dios.

Y de esa piedra nosotros también formamos parte. Nos ha dicho el apóstol Pedro que somos un linaje elegido, un sacerdocio real de una nación santa. Un pueblo adquirido por Dios, para que anunciéis las proezas del que os llamó de las tinieblas a su luz maravillosa. Esta es nuestra condición de cristianos lograda por Cristo, el Hijo de Dios, hecho hombre.

Es más, nosotros estamos llamados por nuestra condición de bautizados, hijos e hijas de Dios, hechos tales en el Hijo, en Jesucristo, por el misterio pascual que hemos celebrado y que estamos celebrando, y que celebraremos constantemente. El “anunciamos tu muerte, proclamamos tu Resurrección”. El esperar su venida gloriosa forma parte del camino cristiano inseparablemente unido. Queridos hermanos, tomar conciencia de nuestra dignidad de cristianos es algo que tenemos que hacer permanentemente, porque solo así es posible sacar las consecuencias para nuestra vida, para obrar de acuerdo con lo que somos.

Para no mundanizarnos, como diría el Papa Francisco. Para no dejarnos llevar de ese secularismo ambiental que también nos afecta como cristianos y que hace que los criterios del Evangelio, los criterios del Señor, los que hemos aprendido en la doctrina de Cristo, queden suplantados por los criterios del mundo. Del poder, del orgullo, de la sensualidad, de los placeres, de la competencia de unos contra otros.

Y de esto no estamos exentos los cristianos. Se nos pone hoy a nuestra consideración, como se está haciendo todo el tiempo de Pascua, el libro de los Hechos de los Apóstoles. El comportamiento de la primitiva comunidad cristiana. Y vemos cómo ya surgen problemas desde el comienzo, porque la Iglesia la formamos hombres también. Somos gente con nuestras ideas, con nuestros intereses, con nuestros egoísmos, con nuestros pecados.

Pero el Señor quiere identificarnos con Él porque nos ha hecho hijos e hijas de Dios, porque nos ha hecho miembros de su pueblo, piedras vivas de su Iglesia. ¿Pero qué ocurre? Pues que entran nuestros pecados, nuestros egoísmos y vemos que la comunidad cristiana ya… Vemos los nacionalismos. Los de lengua griega, los que provenían de la gentilidad, se enfadan porque no son atendidos adecuadamente sus viudas y sus pobres. Porque se prima a los de lengua hebrea.

Ya tenemos de nuevo la Torre de Babel. Pero, queridos hermanos y hermanas, los cristianos hemos recibido el Espíritu Santo. Confesaremos dentro de un momento que somos Iglesia Católica universal. Que solo hay una raza, la raza de los hijos de Dios. Y esto cambia, esto cambia nuestra condición y nuestra manera de pensar. Ya no es el interés nacional, como ahora se saca. Sino que tiene que ser el interés de cristiano, el interés de humanidad, el interés de fraternidad.

Pero no al estilo de la Revolución Francesa, “la Fraternité”, sino de la fraternidad nacida de la misma condición de hermanos unos de otros por el bautismo. Hijos e hijas de Dios, nacidos del Evangelio. “Cualquier cosa que hagáis a uno de estos mis humildes hermanos, a mí me lo hacéis”. Y esto tenemos que después llevarlo a la vida. No se puede quedar en una nebulosa, no se puede quedar en la inconcreción, sino que tiene rostro en quien llega a nuestra puerta, tiene rostro quien está a nuestro lado enfermo, Tiene rostro, para que no sean nuestros propios intereses, para que no volvamos a la queja de los de lengua griega porque no son atendidos. Porque un día sino el Señor también nos dirá “Tuve hambre y no me disteis de comer, tuve sed y no me disteis de beber. Fui peregrino y no me escogisteis. Estuve enfermo y en la cárcel no me visitasteis. Cuándo no lo hicimos, Señor, cuando no lo hicisteis con uno de estos mis humildes hermanos, conmigo no lo hicisteis”. Eso en cuanto a la primera lectura y la segunda.

Pero vemos que el Señor, ya a medida que vamos avanzando en el itinerario pascual en este 5.º domingo, nos va anunciando ya que se va a ir al cielo que está en los cielos, que marcha el Padre. Y deja unas lecciones a sus apóstoles, les habla del cielo, de que va a prepararnos un lugar. Y le pregunta Tomás, el que después no se cree que Cristo había resucitado, el de aquel de “Si no lo veo, no lo creo. Si no toco con mis manos su costado y no entró mis dedos en sus llagas. No lo creo.” Y luego vuelve y ve a Jesús en la comunidad cristiana. Y Jesús le dice “No seas incrédulo, sino creyente, Tomás. Dichosos los que crean sin haber visto”, después que Tomás ha confesado realmente a Cristo como Dios y Señor, puesto que no se enteraba. Como nos pasa a nosotros, que llevamos tanto tiempo de cristianos y tenemos que profundizar más en el conocimiento de Cristo.

Es lo que nos propusimos en la Cuaresma: avanzar en el conocimiento del misterio de Cristo para vivirlo en su plenitud. ¿Y qué ocurre? Que no sabemos a dónde vas. ¿Cómo vamos a saber el camino? Y llevan tres años con Jesús escuchándolo. ¿Nosotros cuánto llevamos? ¿Qué conocemos de Cristo? A lo mejor casi nos caben en un Twitter. ¿Qué conocemos de Cristo?

Y mira que cada domingo acudimos, pero tenemos que avanzar en el conocimiento de Cristo. Tenemos que leer más el Evangelio. Desconocer las Sagradas Escrituras, decía San Jerónimo, es desconocer a Cristo. Tener la mentalidad de Cristo, eso nos falta a los cristianos. ¿Y qué ocurre? Que Jesús le dice a Tomás “Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí.”

Luego, Jesús es el camino y dice San Agustín, también es la meta a la que nos dirigimos. Jesús es la verdad que da razón a nuestra búsqueda de la verdad, a nuestras preguntas. El ser humano es un ser que pregunta. Cristo es la verdad. Y es la vida que nos hace salir de la muerte, que nos hace vencer a la muerte, que nos hace tomar conciencia de que la muerte ya no es el final, sino que estamos y aspiramos a la resurrección, a la plenitud de la vida, que es el mismo Cristo.

“Yo soy la Resurrección, y la vida” le dirá también ante esto, otra contestación de Marta, la hermana de Lázaro. “Yo soy la Resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá. Y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?”. Como veis, las preguntas en el Evangelio son esenciales. Las contestaciones nos llevan a enseñanzas concretas y esenciales de Jesús.

Cristo es el camino, la verdad y la vida. Ahora tenemos que preguntarnos, ¿voy yo por ese camino o me desvío? ¿Realmente sustenta mi vida la verdad de Cristo, o es algo teórico? ¿O es algo que solo se queda en la cabeza y no lo llevo a la vida? Que Él es la vida. Cristo ha puesto en mí ese deseo con la esperanza de la Resurrección.

¿Realmente creo en la resurrección de Cristo? ¿Creo en la resurrección de los muertos? ¿Creo en que la muerte no es el final? Pues eso es esencial para un cristiano. Pero vayámonos a otro que tampoco se entera, que es el apóstol Felipe, cuya fiesta hoy celebramos. “Muéstranos al Padre y nos basta. Felipe, tanto tiempo con vosotros, ¿y aún no me conoces? El que me ha visto a mí ha visto al Padre. El Padre y yo somos una sola cosa.”

Jesús es el que nos muestra a Dios mismo. De muchas maneras, dice la carta a los Hebreos. Así comienza… Habló Dios antiguamente a nuestros padres por los profetas. En esta etapa final nos ha hablado por su Hijo. O como Jesús mismo exclama en el Evangelio “Te doy gracias, Padre y Señor del cielo y tierra, por qué has ocultado estas cosas a los sabios y entendidos, y se la has revelado a los sencillos. Nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre, sino aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar.” Nosotros tenemos que ponernos en la onda de la sencillez y de la fe para entender a Cristo. Si no, no lo entenderemos.

Que Jesús nos ayude a conocerlo. Que María… Nadie como ella se adentró en el misterio de Cristo, de manera que es modelo de creyente. Nos ayude a nosotros también a entender a Cristo, que es la revelación del misterio de Dios. Que es Padre, Hijo y Espíritu Santo. Que es amor.

Que María nos ayude a andar por el camino de Cristo. Encontrar la verdad y buscar la Vida con mayúscula que estamos llamados y que ella se goza plenamente con su Asunción.

Así sea.

+ José María Gil Tamayo
Arzobispo de Granada

3 de mayo de 2025
S.A.I Catedral de Granada

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