Una dimensión complementaria de nuestras hermandades

Carta semanal de Mons. Asenjo.

En el Evangelio de San Juan, Jesús dice a Nicodemo que “tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo único” (Jn 3, 16). El mismo evangelista afirma rotundamente que el Señor, “habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo los amó hasta el extremo” (Jn 13,1b). Las imágenes sagradas de nuestra Semana Santa, transcriben plásticamente lo que la Sagrada Escritura expresa con palabras, y este lenguaje visual es capaz de tocar el corazón e interpelar a quienes cada año contemplamos en nuestras calles estas representaciones artísticas de los momentos estelares de la Historia de nuestra Salvación.

San Alfonso Mª de Ligorio, interpretaba el “amor hasta el extremo”, en el sentido de que Jesucristo puede decir a cada hombre y mujer: ¿hay algo más que yo hubiera debido o podido hacer por ti y no lo haya hecho? Cada Semana Santa el Señor, desde los bellísimos tronos labrados por la piedad de nuestro pueblo, dirige estas mismas palabras a quienes participamos en nuestras hermosas procesiones: “nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos” (Jn 15,13), palabras que provocan en nosotros sentimientos de piedad, conversión y compunción del corazón.

De acuerdo con los datos del estudio al que aludía al principio, entre 80.000 y 180.000 personas asisten cada día a los cortejos procesionales entre el Domingo de Ramos y el Viernes Santo. Ello nos da una idea de las incalculables potencialidades religiosas y evangelizadoras que encierran estas manifestaciones. Inmenso es también el valor devocional del patrimonio de las Hermandades, de sus imágenes, pasos, bordados, orfebrería y otros enseres, cuyo valor artístico, histórico y sentimental los hace únicos.

La evangelización, la devoción, la formación, el servicio a los pobres y la vida cristiana de los miembros de las Hermandades constituyen lo decisivo en la vida de estas instituciones, su verdadera razón de ser. Lo afirmaba en mi carta pastoral de febrero de 2004, dirigida a los cofrades de la Diócesis, cuando les pedía que no consintieran que lo cultural, los “intereses económicos, turísticos o el simple renombre de vuestra ciudad o villa solapen lo que primariamente es un acto de piedad y de penitencia, de catequesis y evangelización y también llamada a la conversión”, porque “desde esta clave, nuestras hermosísimas procesiones, despojadas del misterio, quedan vaciadas del contenido original que está en su origen y que es lo que las acredita y legitima”. Pero, dicho esto, la Iglesia no se opone a aquello que, como redundancia, pueden influir benéficamente en la vida de nuestro pueblo, siempre que no sea un fin en sí mismo, sino una consecuencia de lo que constituye el corazón de nuestra Semana Santa, su dimensión espiritual, porque se trata nada más y nada menos que de actualizar y revivir la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor.

El estudio al que me refiero, aplicando la metodología de la ciencia económica sobre los acontecimientos religiosos o culturales, nos demuestra que el impacto total que la celebración de la Semana Santa tiene sobre la economía de la ciudad de Córdoba asciende a la cifra de 42.064.210,47 euros, estimándose una repercusión en el empleo de un total de 1.682 puestos de trabajo. Como Administrador Apostólico de la Diócesis, me alegro de que así sea, pues de esta forma, nuestra Semana Santa contribuye al sustento de muchas familias. Estos datos ponen de relieve una vez más lo que la Iglesia aporta a la sociedad, tanto en el campo de los valores, formando buenos cristianos, que siempre serán buenos ciudadanos, como en el campo material; mucho más de cuanto recibe por cualquier concepto de los poderes públicos.

Felicito, pues, a la Agrupación de Cofradías de Córdoba por esta iniciativa clarificadora, que aporta una dimensión no única, pero sí complementaria de la hermosísima Semana Santa cordobesa. 

Para todos, mi saludo fraterno y mi bendición.

+ Juan José Asenjo Pelegrina
Administrador Apostólico de Córdoba

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