El paisaje es agrio, duro, de una aridez que estremece. Quien recorra hoy los campos del sur o las laderas que antaño lucían el verde oscuro del pino y el roble, encontrará vastas zonas que asemejan a un esqueleto de ceniza. La península se nos va volviendo calva, reseca, como el cráneo de un viejo labriego que ya no espera nada de la lluvia. Es una geografía aciaga, de adustas parameras y cerros pelados que el sol agrieta sin misericordia. Un drama silencioso se desarrolla ante nuestros ojos: el avance inexorable del desierto.
Yo siempre he sentido una secreta simpatía por el árbol, ese ser estático y noble que aguanta el vendaval sin quejarse. Ver un bosque arder no es solo asistir a una catástrofe económica; es presenciar una agonía moral. Los incendios de estos últimos años no tienen nada de poéticos; son brutales, desgarradores, nacidos casi siempre de la codicia o de la zafiedad humana. El fuego pasa, devora la maleza, calcina los troncos centenarios y deja tras de sí un mutismo de cementerio. Luego viene el viento, arrastra la poca tierra fértil que quedaba y el páramo gana una legua más. Es la marcha triunfal de la nada.
Observamos esta ruina con una indiferencia pasmosa, la misma indiferencia con la que el burócrata contempla el paso de los días tras la ventanilla. Nos hemos vuelto una sociedad urbana, inconsciente, que cree que la naturaleza es solo un decorado para el veraneo. No se comprende que la deforestación es una mutilación del alma de los pueblos. Un monte baldío es un pueblo condenado a la miseria y a la emigración.
Frente a esta dejadez colectiva, frente a la desidia que solo reacciona cuando el humo llega a las ciudades, ha habido voces que han señalado la gravedad del abismo. No son voces de visionarios románticos, sino de vigías que miran la realidad con una lucidez superior.
Las enseñanzas de Juan Bautista Montini
Fue el papa Pablo VI quien, ya en 1971, en su carta apostólica Octogesima Adveniens, supo anticipar con acierto profético la crisis hacia la que nos empujaba el industrialismo salvaje. Escribió entonces unas palabras que hoy, ante las fotografías de los satélites que muestran los bosques convertidos en carbón, resuenan con trágica exactitud: «Debido a una explotación inconsiderada de la naturaleza, [el hombre] corre el riesgo de destruirla y de ser a su vez víctima de esta degradación» (n. 21).
El riesgo ya no es una hipótesis de laboratorio; es una realidad que muerde. El hombre moderno, engreído con sus máquinas y sus números, consideró la tierra como un botín que saquear. Cortó el árbol, desvió el río, quemó el monte para abrir paso al pasto rápido o al negocio turbio. Pensó que el planeta era inagotable y ahora se encuentra con que el clima se vuelve loco, las fuentes se secan y el suelo se disuelve en polvo. La víctima de la degradación, como bien dijo Montini, somos nosotros mismos, atrapados en ciudades sofocantes mientras la periferia rural se convierte en un erial.
Joseph Ratzinger toma la palabra
Pasaron los años y la ceguera no disminuyó. La técnica prosperó, pero el sentido común pareció retroceder en la misma proporción. Los desiertos continuaron su marcha lenta pero implacable por el mapa. Benedicto XVI, un hombre de pensamiento vigoroso y desprovisto de toda retórica inútil, volvió a poner el dedo en la llaga. En su encíclica Caritas in Veritate (2009), analizó esta quiebra de la relación entre el ser humano y su entorno. Ratzinger no hablaba como un ecologista de salón; hablaba como quien ve romperse las leyes más fundamentales de la existencia: «El acaparamiento de los recursos, especialmente del agua, puede provocar graves conflictos entre las poblaciones afectadas. El desarrollo pacífico de los pueblos requiere que todos compartan de manera justa los bienes de la tierra» (n. 51).
El avance del desierto es, en el fondo, el avance del egoísmo. Cuando un bosque desaparece pasto de las llamas en el norte o cuando la deforestación arrasa las selvas amazónicas, se está robando el agua y la vida de las generaciones futuras. Los conflictos de mañana no serán por fronteras ideológicas, sino por un palmo de tierra cultivable, por un trago de agua limpia. La deforestación no es un hecho aislado; es una cadena. Se arranca un árbol, desaparece la humedad, disminuyen las lluvias, aumenta la arena y los hombres tienen que huir, abandonando sus casas para engrosar los suburbios del mundo.
El pensamiento del papa Francisco
Llegamos así a nuestros días, días de calor extremo, de veranos infernales donde los camiones de bomberos no dan abasto y el cielo se tiñe de un color cobrizo insoportable. El papa Francisco supo levantar su voz con una urgencia que ya no admite dilaciones. En su encíclica Laudato si’ (2015), dedicada por entero al cuidado de la «casa común», Bergoglio clama contra la destrucción de los ecosistemas con una contundencia que sacude las conciencias más perezosas: «Cada año desaparecen miles de especies vegetales y animales que ya no podremos conocer, que nuestros hijos no podrán ver, perdidas para siempre. La gran mayoría se extinguen por razones que tienen que ver con alguna actividad humana» (n. 33). Esta pérdida irreparable es el precio de nuestra soberbia. El incendio intencionado, el descuido criminal del dominguero, la tala indiscriminada autorizada por funcionarios complacientes, son síntomas de una misma enfermedad moral. Hemos perdido la capacidad de admiración. Ya no sabemos mirar un bosque sin calcular cuántos metros cúbicos de madera produce o cuánto terreno urbanizable deja libre tras el fuego. Nos falta la atinada sabiduría del labriego de antaño que, aunque rudo, sabía que con la tierra no se jugaba y que al monte había que respetarlo si se quería tener pan en invierno.
La hora de la acción
No sirve de nada lamentarse en las tertulias ni llenar las revistas de estadísticas frías si no hay una reacción enérgica. La lucha contra los incendios no se hace solo en agosto, cuando el fuego ya lame las casas; se lleva a cabo en invierno, limpiando la maleza, ordenando el monte, devolviendo la vida a los pueblos abandonados. Un campo habitado, con pastores y labriegos que obtienen su sustento de él de manera racional y digna, es la mejor barrera contra las llamas. El abandono del medio rural ha sido el gran aliado del desierto. Hay que repoblar, pero no con esa prisa absurda que busca solo el crecimiento rápido para la industria papelera, introduciendo especies exóticas que arden como la pólvora. Hay que volver al ciprés, al encinar, al alcornocal, al hayedo; a los árboles autóctonos que saben defenderse del fuego y que sujetan la tierra con raíces fuertes.
La tarea es ingente y el tiempo apremia. La deforestación y el fuego están cambiando la faz de nuestra tierra, afeándola, volviéndola estéril y yerma. Si no somos capaces de defender nuestros bosques, si permitimos que la codicia de unos pocos y la incuria de la mayoría sigan incinerando el paisaje, acabaremos viviendo en un orbe gris y sabuloso. Un entorno hostil donde el espíritu humano terminará por secarse igual que las fuentes. Es hora de dejar las discusiones bizantinas y ponerse a trabajar con la azada en la mano. De ello depende que nuestros hijos conozcan el verde de los valles o la negra tristeza del descampado infecundo.
Mons. Fernando Chica Arellano
Observador permanente de la Santa Sede ante la FAO, el FIDA y el PMA

