
El 26 de abril realizó Profesión Perpetua en el convento burgalés de San Felices el hermano Domingo, miembro de una familia cordobesa con vocación a la vida consagrada y al sacerdocio

Por Estrella Fernández-Martos
“No pensar ni juzgar ni querer ni sentir ni hacer más que lo que Jesús hubiera pensado, juzgado, querido, sentido y hecho si hubiera estado en mi lugar” (Padre Jean Baptiste Sant-Jure, sj, 1588-1657).
El pasado domingo 26 de abril, el hasta hace unos años conocido como Jaime, realizó Profesión Perpetua en la Regla de Vida y las Constituciones de la Fraternidad de Verbum Spei, en el convento de San Felices, en Burgos.
Desde ese día y “hasta la muerte”, como reza la fórmula de consagración pronunciada, el hermano Domingo pertenece ya a la gran familia de vida religiosa de la Iglesia Católica, en la espiritualidad de los hermanos de Verbum Spei.
Con multitud de carismas a lo largo de la historia, la vida religiosa es la heredera de la vida martirial. A finales del siglo III y principios del siglo IV, cuando el cristianismo había dejado de ser perseguido y los cristianos ya no se jugaban la vida por el mero hecho de serlo, muchos detectaron una creciente tibieza en la práctica religiosa en las distintas, y muy ampliadas, comunidades cristianas. A medida que la Iglesia aglutinaba poder y hacienda, se iba relajando el compromiso radical de seguimiento a Cristo y a su Evangelio, todo era más cómodo, más fácil. Así lo estimaron los primeros anacoretas y eremitas que abandonaron las ciudades y se adentraron en el desierto para entregarse a lo que se conoce como “martirio blanco”, una entrega radical de vida por Cristo en pobreza, castidad y obediencia, llevando una vida ajena a los desenfrenados ritmos del mundo, y entregados a la oración, servicio, contemplación y aprendizaje de Dios y sus asuntos. Cada día. Todos los días. Nacía así la vida religiosa. Y aspirando a esa entrega total y constante, habiendo crecido en esta tierra de mártires que es nuestra diócesis cordobesa, se abraza al blanco martirio de la entrega diaria, el hermano Domingo, de espigada figura, sonrisa abierta y alegre corazón.
El domingo del Buen Pastor, en una ceremonia granada de belleza, de música y cuidados detalles, sobre el altar, donde en los templos testimonian los mártires en cada Eucaristía, en el altar del monasterio que los hermanos de Verbum Spei han confiado también a la intercesión de San Rafael Arnáiz desde su llegada a la ciudad burgalesa, el hermano Domingo firmó su compromiso definitivo.
Como bien expuso el moderador general de la fraternidad, padre Wandrille, el Buen Pastor no sólo da su vida por las ovejas en los momentos de peligro o en el sacrificio extremo de la muerte. El Buen Pastor vive por el cuidado de sus ovejas todos los días, cada día y cada momento del día. “Jesús no sabe amar de otra manera” y amando así, pasa su vida a aquél al que ama. “Hoy has de recibir esto de lleno”, proseguía, “tendrás la vida del que es la Resurrección. Recíbela como la recibió María y como la recibió San Juan al pie de la Cruz. Ya no hay vuelta atrás, esto es un parteaguas. Haces profesión perpetua en Verbum Spei para ser testigo de esta esperanza, la más grande de todas”.
Y tras el rito, pidiendo hermosamente la intercesión de todos los santos, y adentrándonos en la plegaria eucarística con el ofrecimiento del pan, del vino, y de tu consagración formal, los Ángeles y los Santos custodiaron tu ofrenda hasta Cristo mismo, en comunión con el Espíritu Santo, a la presencia de Dios Padre.
Así pues, vive cada momento de oración, de canto, de estudio, de enseñanza, de labor y de servicio, como nos enseñó tu querido primo Edu, que a tantos sigue inspirando, y tan importante es en tu vocación: con paso corto y mirada lejana. Que Dios te bendiga, hermano Domingo, que bendiga cada uno de tus días, de tus acciones y renuncias, y, a través de ti, bendiga a toda tu comunidad. Que la Virgen María Inmaculada os custodie y os guarde siempre bajo su manto.
Así sea.
Fotografías cortesía de Rafael Arévalo.
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