Fervor mariano el ocho de septiembre en Jaén

Diócesis de Jaén
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La diócesis de Jaén es una iglesia particular española sufragánea de la archidiócesis de Granada. Sus sedes son la Catedral de la Asunción de Jaén y Catedral de la Natividad de Nuestra Señora de Baeza.

En la Puerta de Andalucía el otoño anticipa sus primeros pasos cubriendo de luz los oteros y los campos. Septiembre despierta con un tañido de campanas sonoras, porque el ocho de ese mes no nace un día cualquiera: despunta la mañana del mundo, la aurora de la salvación que es María en su Natividad. Un eco de siglos y una misma fe inquebrantable unen en esta jornada a numerosos jiennenses que saben cantar a su Reina con la lírica honda de la tierra. Esa fecha bendita no es en las tierras del Santo Reino una simple cifra del calendario; es un festejar a la que es Causa de nuestra Alegría viniendo a nuestro entorno en pulcra candidez.

Serena contemplar las cosas en su sazón, en ese punto exacto donde la criatura rinde su alabanza al Creador a través de la armónica sencillez de las horas. Así, al clarear el alba de la Natividad de Nuestra Señora, la diócesis de san Eufrasio entera se torna una súplica callada, unánime, hilvanada por el andar pausado de los labriegos, el rumor del agua cristalina y el crujir del desvaretado. Jaén celebra en ese día con gozo inusitado el Nacimiento de María, la Virgen, sabiendo que de Ella salió el sol de justicia, Cristo, nuestro Señor.

Al unísono, los carillones de Torredonjimeno despiertan la campiña evocando a la Virgen de Consolación. El amor a la que es Refugio de los pecadores es allí bálsamo para los rigores del azadón, recordatorio perenne de que la fe se nutre del abandono absoluto a la Providencia divina, de una confianza total en la Palabra del Redentor.

Cruzando los olivares que son el oro vivo de la provincia, Jimena rompe a cantar bajo el amparo de Sierra Mágina. Allí, donde la roca se hace gigante y los hilos de agua del paraje de Cánava arrullan el silencio con frescura de manantial, la piedad popular deviene misterio y huerta. La Virgen de los Remedios, admirada en su gloriosa Natividad, congrega a sus hijos en un fervor que huele a albahaca y a promesa cumplida. El crepitar áspero de la sierra se apacigua cuando Ella pasa, reflejada en el alma limpia de sus devotos, recordándoles que la santidad es siempre un nuevo amanecer.

La Yedra vibra con la Virgen del Rosel nimbada de una majestad que es, a la vez, pura docilidad evangélica. El olivarero entiende que en esos ojos hermosos de la Madre se refleja el amor entrañable a Jesucristo. Imitar a María en esa pedanía baezana es revestirse de una finura de espíritu que no pasa de largo ante el dolor ajeno, es traducir la plegaria en platos de comida para el hambriento y en hombros dispuestos a cargar con la pena del vecino.

Luego se divisa Úbeda, la urbe monumental que ensalza a la Virgen de Guadalupe en la Basílica de Santa María de los Reales Alcázares. La Chiquitilla del Gavellar recorre la ciudad vistiendo un traje de níveo candor. Ante su planta, las almas renuevan su compromiso. Es allí, en el secreto de la oración vespertina, donde se fragua la verdadera imitación de Nuestra Señora: un entusiasmo que no merma ante las tempestades del mundo y un amor apasionado al Hijo que nos urge a ser antorchas de servicio fraterno.

Bajo el azul nítido de Torreperogil, la Virgen de la Misericordia no es una imagen: es un jardín cerrado donde germina el amor divino y toda virtud tiene su flor. De mañana, la Parroquia de Santa María la Mayor rebosa en un silencio que ora, en un asombro desbordante. La procesión de la que es Reina de la familia en la tarde es una danza sagrada de lo invisible hecho carne. Al asomar la Señora por el dintel, el pueblo entero suspira con un lirismo acendrado que hiere el aire. En el Paseo del Prado, los vítores no son ruido, sino saetas de júbilo inacabable. En ese enclave de La Loma se sabe que creer es ver en lo oscuro; por eso, su fiesta patronal es la victoria de la verdad divina sobre la sombra del olvido.

Vilches se cobija en el regazo amoroso de Nuestra Señora del Castillo. En esa localidad la religiosidad mariana se empina buscando el cielo. El caserío blanco parece trepar ansioso por el cerro, bastión que se ensancha en un horizonte de mansedumbre inmarcesible. Desde su santuario la mirada de la Rosa mística se posa sobre el pueblo como una fragancia que embelesa. Subir a su encuentro es ascender por la escala de la contemplación, sintiendo que en cada vilcheño palpita un cariño agradecido que aclama a la Flor de las flores en su dichoso nacimiento.

Navas de San Juan resplandece con la llegada de la Virgen de la Estrella a su ermita de los Llanos. El honrado labriego Juan, que la vio aparecer en los siglos medievales, sigue estando vivo en cada agricultor que hoy aúpa sus ojos escudriñando una guía en las noches de incertidumbre. Nuestra Señora acrecienta la confianza que no defrauda cuando las cosechas menguan o el granizo destroza el duro trabajo de meses. Ella anima a no desfallecer, a mantener la lámpara encendida de una fe operativa que se traduce en obras de misericordia.

A pocos kilómetros, Castellar reza a la Virgen de Consolación. El canto resuena entre los muros del templo con una fuerza vigorosa. Del Magnificat aprende que Dios no olvida a los pobres, que derriba a los potentes y soberbios y exalta a los débiles. Los fieles, al vislumbrar a su patrona, se comprometen a ser como María manos para socorrer al desamparado, corazón generoso que late junto al enfermo y el anciano.

Cerca de allí, Chiclana de Segura eleva su silueta rocosa hacia el cielo como un altar de piedra viva. Desde el paseo del Trascastillo, los labios de esa noble villa honran a la Virgen de Nazaret. En su rostro asoma la esperanza de los indigentes, la certeza de que Dios se complace en la pequeñez de los humildes y en la fidelidad de los sencillos.

En Villanueva del Arzobispo, la Reina de las Cuatro Villas, Nuestra Señora de la Fuensanta, regala caudales de clemencia. El fiel devoto, de hinojos sobre las piedras de su santuario, contempla ese hontanar de gracia que nunca cesa y cuyo caudal invita al incremento de una caridad evangélica que debe inundar plazas y casas, aliviando fatigas y preocupaciones. En esa comarca no se advierte una piedad de relumbrón ni de adorno. Como el labrador no ignora que la tierra sin humedad se agosta, los que veneran a la que es Casa de oro son conscientes de que quien no auxilia al hermano desvalido se vuelve un páramo estéril.

Remontando los senderos roturados, donde los pinos escoltan los olivares, Génave y Torres de Albanchez se hermanan bajo el patronazgo de la Virgen del Campo. Qué nombre tan atrayente, qué título tan pegado al surco y a la besana. Los labradores de la Sierra de Segura le cantan a la que es Torre de marfil con una voz que tiene el temblor del viento en las ramas. Le piden el sustento de cada día, pero, por encima de los bienes del troje, le imploran la renovación de una vida cristiana que a veces se adormece con la rutina de las estaciones. En estas alturas la devoción mariana se hace paisaje; mirar en aquellos lares a la Inmaculada es aprender de Ella a servir al necesitado que no tiene qué llevar a su mesa, es activar esa ayuda desinteresada que convierte cada hogar en un hospital de amor.

El ocho de septiembre en Jaén es, en fin, una inmensa liturgia de perfumado incienso. Sus buenas gentes, de semblantes tranquilos, corean a María no para pedir milagros pasajeros, sino la dádiva de una vida nueva. Que esta festividad mariana no pase en balde por los campos jiennenses; que el abanico de las advocaciones de la Madre de Dios en su Natividad inflame en cada pecho el fuego de una compasión evangélica que no conoce fronteras. Que la fe de Jaén sea, como la de la Virgen, un sí perenne al Dios que salva a los hombres desde la simplicidad de un pesebre y la entrega absoluta de la cruz.

Mons. Fernando Chica Arellano
Observador Permanente de la Santa Sede ante la FAO, el FIDA y el PMA

 

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