Del 21 al 24 de agosto, nuestra Comunidad Parroquial de San Bartolomé de Jaén ha vuelto a celebrar la fiesta de su patrón. Y, al terminarla, queda una sensación difícil de explicar con palabras: la alegría sencilla de haber estado juntos. De haber rezado, compartido, celebrado, reído, escuchado, trabajado… de haber sido, un poquito más, comunidad.
Las fiestas, en realidad, empezaron unos días antes. Empezaron cuando hubo que limpiar el templo, preparar cada detalle, organizar, colocar, pensar qué hacía falta y echar una mano donde fuera necesario. Esas cosas que casi nunca salen en las fotografías, pero sin las que nada sería posible. También ahí se construye parroquia: con una escoba en la mano, moviendo una mesa, preparando un desayuno o preguntando sencillamente: «¿En qué puedo ayudar?».
El viernes 21 comenzamos con un cinefórum en torno a El secreto del libro de Kells. Compartimos la película y, después, tuvimos uno de esos diálogos que hacen que una historia no termine cuando aparecen los títulos de crédito. Hablamos de la belleza, del miedo, de la esperanza, de aquello que merece la pena proteger y, sobre todo, de una certeza que atravesaba toda la película y que también atraviesa nuestra fe: por mucha oscuridad que parezca rodearnos, la luz siempre es más fuerte. Fue una preciosa manera de comenzar nuestras fiestas, descubriendo que también Dios puede hablarnos desde una película y desde lo que compartimos unos con otros.
El sábado 22, después de la Eucaristía de la tarde, nos quedamos junto al Señor. Y cambió el ritmo. Llegó la tranquilidad, el silencio, la adoración, el ponerse delante de Él sin demasiadas palabras. Vivimos una adoración eucarística especialmente hermosa, marcada además por el testimonio de Salva, nuestro seminarista, que compartió con nosotros lo vivido durante su tiempo de misión en Tanzania. Bajo el lema que nos ha acompañado estos días —«Como San Bartolomé, amando hasta dejarme la piel»—, Salva nos habló precisamente de eso: de dejarse la piel por los hermanos, y de una manera especial por quienes menos tienen. De acercarse, de servir, de descubrir a Cristo en el rostro del otro. Su testimonio nos ha hecho mucho bien porque no era una teoría sobre la entrega. Era hablar de rostros, de pobreza, de misión, de fe vivida. Y allí cada uno pudo preguntarse en silencio qué significa también para nosotros dejarnos la piel por los demás.
El domingo 23 llegó uno de los momentos más sencillos y tal vez por eso más entrañables. Después de la Misa compartimos un desayuno. Sin más. Sentarnos juntos, tomar algo, hablar, reírnos y disfrutar del gusto de encontrarnos. Después llegó la tómbola y, con ella, las risas. Hubo regalos, sorpresas y algún que otro intercambio improvisado: si a uno no terminaba de convencerle lo que le había tocado, pronto aparecía alguien encantado de recibirlo. Y aquello acabó siendo casi una imagen de lo que queremos ser como comunidad: lo mío puede ser también para ti.
Fue divertido, sí, pero sobre todo fue familiar. Porque una parroquia necesita rezar junta, pero también necesita conocerse, sentarse alrededor de una mesa y tener tiempo para quererse. La comunidad también se construye así.
Y por fin, 24 de agosto, día de San Bartolomé Apóstol, llegamos al corazón de estas fiestas con la celebración solemne de la Eucaristía en honor de nuestro patrón. Una Misa para dar gracias. Gracias al Señor por nuestra parroquia, por quienes estuvieron antes que nosotros y fueron construyendo esta comunidad como piedras vivas, y por todas las realidades nuevas que van naciendo y que hacen que nuestra Iglesia siga despierta y abierta.
Realidades antiguas y nuevas, personas que llevan aquí toda una vida y otras que acaban de llegar, niños, jóvenes, matrimonios, mayores, grupos, voluntarios… Todos diferentes y todos necesarios. Porque una parroquia no la forman las paredes de un templo. La forman las vidas que se encuentran dentro y que después salen fuera dispuestas a amar.
Queremos agradecer de una manera especial a D. Juan Ignacio Damas López, que nos ha acompañado durante todas estas jornadas. Por supuesto, a nuestro párroco, D. Domingo, que también ha estado presente con su oración constante y, cómo no, gracias a cada persona que ha participado, preparado, limpiado, organizado, rezado, servido, colaborado o simplemente se ha acercado estos días.
Como recuerdo de estas fiestas hemos entregado una sencilla pulsera con el lema: «Como San Bartolomé, amando hasta dejarme la piel». Ojalá no se quede solamente en nuestra muñeca. Que cuando la miremos dentro de unas semanas, nos recuerde lo verdaderamente importante. Que la fe no consiste solo en estar cerca de Cristo, sino en vivir como Él sabiendo que amar cuesta, amar desgasta…
San Bartolomé llevó su amor al Señor hasta las últimas consecuencias. Por eso, al terminar estas fiestas, queremos pedirle una sola cosa: que nos enseñe también a nosotros a vivir una fe que no se quede en palabras, sino que sea capaz de dejarse la piel por Cristo y por los hermanos. Creemos que, de esta manera, será el mejor modo de celebrar a nuestro patrón durante todo el año.
Comunidad Parroquial de San Bartolomé de Jaén

