La belleza que restaura el corazón

La reciente bendición de la restauración del retablo de Nuestra Señora de Consolación, en la iglesia sevillana de los Terceros, nos ofrece una ocasión preciosa para contemplar el valor de la belleza en la vida cristiana. No estamos únicamente ante una obra de arte recuperada, ni ante un patrimonio que merece ser conservado por su importancia histórica. Estamos ante una verdadera catequesis silenciosa, una memoria viva de la fe y una invitación a elevar la mirada hacia Dios.

La Iglesia ha reconocido siempre la fuerza evangelizadora de la belleza. El arte sacro nace de la fe, expresa la fe y conduce a la fe. Sus imágenes, formas y colores no pretenden distraernos, sino ayudarnos a entrar en el misterio. Cuando contemplamos un retablo, una imagen sagrada o un templo, descubrimos que generaciones enteras han rezado, sufrido, esperado y celebrado allí la presencia del Señor. Custodiar este patrimonio significa, por tanto, proteger una herencia espiritual que hemos recibido y que estamos llamados a transmitir.

Esta mirada creyente nos ayuda a comprender que la conservación del patrimonio eclesial no puede separarse de la misión evangelizadora. Nuestros templos no son museos cerrados ni espacios destinados únicamente a admirar el pasado. Son casas abiertas, lugares de encuentro, oración y consuelo, donde cada persona debe poder sentirse acogida. La restauración de una obra sagrada alcanza su sentido más pleno cuando favorece la celebración, despierta preguntas, sostiene la esperanza y acerca a los hombres y mujeres de hoy al Evangelio.

Sin embargo, toda restauración exterior nos remite a una restauración más profunda. San Pablo pide que Cristo habite por la fe en nuestros corazones y que el amor sea nuestra raíz y nuestro cimiento (Ef 3,17). Podemos devolver el esplendor a la madera, al dorado y a las imágenes, pero de poco serviría si no permitimos que el Señor renueve también nuestro interior. La gran obra de Dios consiste en fortalecer al hombre interior, purificar nuestra mirada, sanar nuestras heridas y devolvernos la alegría de creer. Nuestra fe no puede reducirse a una costumbre, a un sentimiento pasajero o a una simple seña cultural. Cuando Cristo habita verdaderamente en nosotros, cambia nuestra manera de mirar, de hablar y de relacionarnos. Cambia la vida familiar, el trabajo, la pertenencia a la parroquia y a la hermandad, el compromiso con los pobres y la responsabilidad en la sociedad. La belleza que contemplamos debe convertirse en bondad vivida y en caridad concreta.

El retablo bendecido está presidido por Nuestra Señora de Consolación. María nunca nos aparta de Cristo; siempre nos conduce hacia Él. Es Madre que consuela porque nos entrega al verdadero Consolador. En un mundo cansado, herido por la soledad, la incertidumbre y tantas formas de pobreza, necesitamos recordar que Dios no abandona a sus hijos. María acompaña a la Iglesia peregrina y nos enseña a permanecer firmes junto a quienes sufren. La presencia de san Francisco de Asís y de la Orden Tercera nos recuerda, además, que todos estamos llamados a la santidad. La santidad no pertenece solamente a sacerdotes o religiosos. También los laicos, en medio de sus tareas ordinarias, están llamados a vivir el Evangelio con radicalidad, humildad y alegría. Las Bienaventuranzas son el verdadero retrato del corazón de Cristo y el camino seguro de una vida plena.

En la parte baja del retablo volverá a situarse el Misterio de la Sagrada Cena. Allí encontramos el centro de toda belleza cristiana: Cristo que se entrega, parte el pan y se pone al servicio de los suyos. La Eucaristía nos enseña que amar significa darse, servir y convertir la propia vida en pan compartido. Que este retablo restaurado nos ayude a mirar más alto, a rezar mejor y a vivir con mayor verdad. Que María de Consolación sostenga nuestra esperanza, que san Francisco nos enseñe la alegría de los pobres de espíritu y que Cristo restaure cada día nuestro corazón.

 

+ José Ángel Saiz Meneses

Arzobispo de Sevilla

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