El pasado martes tuvo lugar en Madrid un acontecimiento de profunda significación eclesial: la conclusión de la fase diocesana del proceso de beatificación y canonización del siervo de Dios don Sebastián Gayá Riera, sacerdote, co-iniciador del Movimiento de Cursillos de Cristiandad. La clausura de esta fase no es un punto final, sino un nuevo paso. La Iglesia, madre y maestra, procede siempre con prudencia, rigor y serenidad. El estudio de los escritos, la recogida de testimonios, el examen de su vida, de sus virtudes y de su fama de santidad, todo ello se ha realizado no para exaltar humanamente una figura, sino para reconocer si en ella resplandece la gracia de Dios y si su testimonio puede ser propuesto un día como ejemplo para todo el Pueblo de Dios.
La vida de don Sebastián estaba fundamentada en Jesucristo. Quienes tuvimos la gracia de conocerlo percibíamos en él una vida edificada sobre la roca firme del Señor. Cristo era para él el centro vivo de su existencia. En la oración, en el ministerio sacerdotal, en la dirección espiritual, en el acompañamiento de los jóvenes, en el servicio al Movimiento de Cursillos, se transparentaba siempre una relación personal, fiel y enamorada con el Señor. Su espiritualidad estuvo marcada por la cruz, pero nunca por el derrotismo. Vivió pruebas, enfermedades, incomprensiones y sufrimientos; sin embargo, en todo ello mantuvo la paz interior, la paciencia y una alegría profundamente cristiana. Sabía, como san Pablo, que la fuerza de Dios se manifiesta en la debilidad: «Te basta mi gracia: la fuerza se realiza en la debilidad» (2 Cor 12,9). En esa confianza se sostuvo su vida. No se apoyaba en sí mismo, sino en la Providencia divina, convencido de que Dios conduce la historia incluso cuando sus caminos resultan oscuros para nosotros.
También el Espíritu Santo ocupó un lugar decisivo en su experiencia creyente. Don Sebastián entendía la vida cristiana como peregrinación: caminar con Cristo hacia el Padre, movidos por el Espíritu Santo, con la ayuda de María y llevando consigo a los hermanos. Esa conciencia pneumatológica fue esencial en su comprensión del Movimiento de Cursillos de Cristiandad. No lo veía como obra de estrategias humanas, sino como una gracia suscitada por el Espíritu para la evangelización, para el anuncio gozoso de Jesucristo y para la transformación cristiana de los ambientes. Fue, además, un sacerdote de gran celo apostólico. Desde sus primeros años de ministerio se entregó con generosidad a la pastoral juvenil, a la formación, a la Acción Católica y a la preparación de aquella gran peregrinación a Santiago de Compostela que estaría en el trasfondo del nacimiento del Movimiento de Cursillos. Para él, la fe no podía quedar encerrada en los templos ni reducida a costumbre sociológica; debía convertirse en encuentro vivo con Cristo, en conversión personal, en amistad, en comunidad y en misión.
Su humildad fue otro rasgo luminoso. Dotado de inteligencia, sensibilidad pedagógica y gran capacidad de liderazgo, nunca buscó protagonismo. Muchos escritos suyos quedaron discretamente ocultos o no llevaron la firma que les correspondía. No pretendía apropiarse de la obra de Dios. Sabía que el verdadero apóstol siembra, acompaña, sirve y desaparece cuando es necesario para que Cristo crezca en los corazones. Fue también hombre de unidad. En un tiempo en que tantas veces la dispersión, la rivalidad o el personalismo debilitan la misión de la Iglesia, su última recomendación conserva toda su fuerza: «Mantened la unidad». No era una frase circunstancial, sino una convicción profunda, nacida del Evangelio y de la oración sacerdotal de Jesús: «Que todos sean uno» (Jn 17,21). La unidad no es uniformidad ni táctica organizativa; es fruto de la caridad, de la obediencia eclesial y de la docilidad al Espíritu.
Por eso, al concluir esta fase diocesana, nuestra actitud ha de ser de gratitud, esperanza y responsabilidad. Gratitud a Dios por la vida y el ministerio de don Sebastián Gayá; gratitud a quienes han trabajado en este proceso con fidelidad y competencia. Que el Señor lleve a buen término este camino, si es su voluntad. Que el testimonio del siervo de Dios Sebastián Gayá Riera siga alentando al Movimiento de Cursillos de Cristiandad y a toda la Iglesia. Y que María Santísima, Madre de la Iglesia y Estrella de la Evangelización, nos enseñe a vivir con fidelidad, a servir con humildad y a anunciar con gozo que Cristo vive y nos llama a ser santos.
+ José Ángel Saiz Meneses
Arzobispo de Sevilla

