«Todos somos migrantes, peregrinos hacia la patria celestial»: León XIV se hace prójimo en Las Raíces

León XIV ha querido empezar el día en Tenerife junto a los más invisibles. En el centro de acogida Las Raíces, a las afueras de La Laguna, el Papa se ha encontrado cara a cara con migrantes que cruzaron el Atlántico, en un entorno complicado como es el centro de acogida de Las Raíces. Fue un encuentro íntimo, sin grandes escenarios, donde personas de credos distintos se reconocían hermanadas por una misma travesía. Hablándoles en francés, la lengua de la mayoría, el Papa les dejó una certeza: «Todos, de algún modo, somos migrantes, todos somos peregrinos en camino a la patria celestial».

Texto: Bernabé Villalba Silva

 

La Laguna amaneció como amanece casi siempre: nublada, húmeda, con ese fresco que se cuela hasta en los huesos. Pero bajo el cielo gris, en Las Raíces, había una alegría peculiar. Un joven gambiano lo resumía con una sonrisa: es musulmán, contaba, pero ve en León XIV «un papa de paz, un papa de humanidad», y solo con pensar en verle se le iluminaba la cara. No era una excepción. Allí esperaban hombres y mujeres, madres con sus hijos, familias enteras, todos apuntados en unas listas para poder estar; todos con el mismo deseo sencillo de ver y conocer al Papa.

Entre quienes aguardaban había al menos cuarenta católicos que habían cruzado el mar en busca de una vida mejor. Pero lo que de verdad unía a aquella asamblea era algo profundo: la experiencia de haberse jugado la vida en el agua, el dolor de ver morir a amigos y familiares en la travesía, y el desconcierto de tocar tierra para encontrarse después sin poder trabajar, esperando en un campamento. En Las Raíces, el protagonismo no era de las instituciones, sino de ellos y de quienes les devuelven, día a día, la dignidad que el camino pudiera parecer que les arrebató.

Las voces de los que cruzaron
Dos testimonios pusieron voz a esa realidad. Habló primero un joven migrante con algo de timidez. Dio las gracias por ser escuchado y confesó que muchas veces el camino es difícil, lleno de miedo, de tristeza y de soledad. No pedía grandes cosas: «trabajar, cuidar de la familia y vivir con dignidad». Y agradeció al Papa, sencillamente, «su corazón cercano».

Después tomó la palabra una madre, y su voz sonó potente, y no solo por el altavoz: hablaba con una fuerza de quien ha vuelto a vivir. Recordó que nadie abandona su tierra, su familia y sus raíces por voluntad propia cuando puede vivir en paz, y describió el Atlántico como lo que es para tantos: hambre, frío, desesperación y, muchas veces, muerte. De esa boca salió la petición más nítida de la mañana: «No pedimos privilegios. No pedimos compasión. Pedimos respeto, humanidad y la oportunidad de vivir con dignidad», suplicando que las fronteras no se conviertan «en muros de indiferencia».

Antes de que llegara el Papa, esa misma mujer había compartido entre algunos una historia que no estaba en el guión. Era musulmana, y llegó a Cristo en mitad del sufrimiento: cuando la enfermedad de su hija la empujó a entrar en una iglesia a rezar, se sintió acogida, sostenida, y allí se convirtió al catolicismo. Su testimonio, el de alguien que cruzó dos veces —el mar y la fe—, sonaba verdaderamente potente.

«El amor de Dios no conoce fronteras»
Cuando llegó su turno, León XIV pronunció su discurso en francés, para que la mayoría —senegaleses, en su mayor parte— pudiera entenderle, y saludó también en inglés. Su mensaje fue como una caricia: «El amor de Dios no conoce fronteras ni hace distinciones, se da a todos».

Confesó que, escuchando los testimonios, pensaba en sus corazones, heridos por tantas dificultades, «pero ayudados por otros corazones abiertos y generosos». Quiso desmontar la mirada que reduce al migrante a un problema, recordando que las migraciones «tienen una palabra importante que decir», pues pueden ser ocasión de encuentro y de enriquecimiento mutuo entre los pueblos. Y reunió a todos bajo una misma condición compartida: la de peregrinos. «Todos, de algún modo, somos migrantes», repitió, antes de pedir un compromiso a la altura de lo escuchado: «Ayudémonos a hacer de esta travesía un lugar más humano para todos».

Cuando el Papa se despidió, La Laguna ya no estaba nublada, es algo que suele pasar cuando sale el sol, también en el campamento había salido algún rallo de luz. El centro no podría llamarse de otro modo: allí aguardaban personas arrancadas de su tierra que, lejos de casa, intentan echar raíces nuevas en un suelo que no eligieron. León XIV se marchaba dejándoles claro que en esa travesía nadie camina solo, porque todos peregrinan hacia la misma patria. Y que ninguna frontera, ni la del mar ni la de los papeles, está por encima de la dignidad de una persona.

 

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