En este tercer domingo de Cuaresma contemplamos el camino de Israel por el desierto. La Escritura recuerda que, en un momento determinado, se alzó un faraón que “no había conocido a José” y, movido por el temor, impuso cargas pesadas y disposiciones humillantes. Entonces el Señor intervino, suscitando a Moisés como instrumento de liberación, para que el pueblo aprendiera de nuevo a vivir como pueblo de la Alianza. Comenzó así una larga peregrinación con una meta concreta: la tierra prometida. Entre la salida y la llegada se extendió el desierto, espacio de prueba, de purificación y de maduración. Allí afloran, como en un espejo, nuestras propias reacciones: el cansancio, la tentación de volver atrás, las quejas, la impaciencia, la nostalgia de una falsa seguridad. El desierto revela lo que llevamos dentro y, a la vez, abre la posibilidad de una fe más auténtica.
En ese camino no faltaron episodios dolorosos: murmuraciones contra Moisés, divisiones internas, desánimo, infidelidades y hasta idolatría. Sin embargo, en medio de tanta fragilidad, Dios no dejó de sostener a su pueblo. Les dio el maná, el agua en la roca y las codornices; y, sobre todo, les regaló la certeza de su presencia providente. Israel aprendió, paso a paso, que la historia no está abandonada al azar, y que Dios no es un concepto lejano, sino el que guía, corrige y consuela. Santo Tomás de Aquino afirma que “todas las cosas están sujetas a la divina providencia, no sólo en general, sino también en lo singular” (Santo Tomás de Aquino, Summa Theologiae, I, q. 22, a. 2). Esta convicción no elimina la dificultad del camino, pero le da sentido. No vivimos una fe ingenua, incapaz de afrontar el sufrimiento; vivimos una fe que sabe que el Señor puede sacar bien de lo que humanamente parece un callejón sin salida.
Por eso el Éxodo se convirtió para Israel en un memorial siempre vivo: recordar el desierto era recordar la salvación. También para nosotros existen “desiertos” personales y comunitarios: etapas en las que nos sentimos despojados, inseguros, con menos apoyos, obligados a caminar con lo esencial. Quien ha pasado por esas horas sabe que, aunque duelan, pueden dejar una huella fecunda. A veces el Señor permite que se tambaleen nuestras seguridades para que descubramos dónde está, de verdad, nuestro fundamento. La vida cristiana no es instalarse, sino peregrinar. San Agustín expresa esta verdad desde lo hondo del corazón humano: “Nos hiciste para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti” (San Agustín, Confesiones, I, 1). La inquietud no es sólo ansiedad; es también sed, búsqueda, deseo de Dios. Si pretendemos saciarla con sustitutivos —poder, éxito, comodidad, autosuficiencia— terminamos frustrados. El desierto nos devuelve a la verdad: somos criaturas en camino, llamados a la comunión con Dios, y sólo Él es descanso verdadero.
La confianza es la actitud fundamental para atravesar el desierto. Confiar en Dios significa apoyar la vida en su Palabra, dejar que oriente las decisiones grandes y los detalles de cada jornada. La fe nos hace estar encarnados en el mundo y en la historia, pero sin absolutizar lo pasajero. Por eso, a veces, el creyente camina “contra corriente”: no por espíritu de oposición, sino por fidelidad. Hay criterios evangélicos que no coinciden con la moda ni con la opinión dominante; hay conductas cristianas que no encajan en la lógica del interés o del aplauso. El peregrino no se guía por el ruido del momento, sino por la presencia del Señor. No es extraño que la fe sea probada. Israel, tras contemplar el poder liberador de Dios, al encontrarse con las primeras dificultades, murmura. Es un contraste que debería hacernos pensar: podemos haber experimentado la gracia y, aun así, desesperar ante el primer obstáculo. Las pruebas desenmascaran nuestras falsas seguridades y nos invitan a apoyarnos sólo en Dios. Cuando el camino se hace duro, lo decisivo no es la ausencia de problemas, sino la atención al Señor que habla, guía y sostiene.
En este tiempo, también nosotros afrontamos dificultades: heridas personales, pruebas familiares, incertidumbres sociales, tensiones dentro y fuera de la Iglesia. Pidamos la gracia de escuchar la voz de Dios, de permanecer atentos a su Palabra y de caminar unidos. Donde hay murmuración, el enemigo divide; donde hay oración, el Señor reúne. Donde hay nostalgia de Egipto, la libertad se debilita; donde hay memoria agradecida, la esperanza se enciende. Que el Señor nos conceda un corazón humilde y perseverante, para que, aun en medio de las pruebas, sigamos avanzando hacia la tierra prometida, que es Él mismo.
† José Ángel Saiz Meneses
Arzobispo de Sevilla

