Foucalud. Incansable buscador de Dios

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Sede metropolitana de la Iglesia Católica en España, y preside la provincia eclesiástica de Sevilla, con seis diócesis sufragáneas.

A los simples ojos mortales, Charles lo tenía todo: un hogar acomodado, inteligencia, formación, éxitos… ¿Por qué tendría que preocuparse de más? ¿No era suficiente formar parte de una cierta élite social? El mundo alejado de Dios, que le acogía, no era el mejor escenario para hacerse reflexiones sobre la fe, de la que el joven francés se alejaba cada vez más. Sin embargo, no podía sofocar la inquietud que latía dentro de sí. Vivía con la convicción de que existía algo superior a él que podría calmar sus ansias; sabía que no hallarlo le impediría vivir en paz. A sus diecisiete años, según sus propias confesiones, era una amalgama de vanidad, egoísmo e impiedad; se hallaba movido por un afán irrefrenable hacia el mal…

Pero cuando la noche se cernía sobre él, la búsqueda de la verdad era más acuciante. Y ese Dios al que su familia había rezado y ante el que no experimentaba ninguna emoción, porque no había tenido un encuentro personal con él, seguía espoleando su corazón. El joven lo desconocía, pero le sucedió lo mismo que a Catalina de Siena quien en medio de una lucha feroz contra las tentaciones tuvo a Cristo a su lado, aunque no lo veía; fue quien la sostuvo e hizo posible que las venciera con su gracia. Tras su conversión, Charles se daría cuenta de esta realidad de la perenne presencia divina porque la experimentó. Comprendería claramente que el mismo Dios que buscaba desesperadamente mantuvo viva la llama de su afán por encontrarlo. Pero en esa época de dudas y en medio de su sediento desierto daba igual que se enrolara en la Escuela Militar, que eligiera la comida y las fiestas como una vía de escape, o eligiera no pensar, de estar al borde de consumar un escarceo amoroso, y dilapidar el dinero heredado; no podía eludir su inquietud.

La respuesta que perseguía iba a llegar tras abandonar el ejército y convertirse en viajero. Disfrazado, simuló ser un rabino que convivía entre judíos marroquíes, y tribus diversas que halló al paso en distintos lugares del continente africano. Estuvo en peligro de muerte y supo lo que es ser mendigo, pasar hambre y otras necesidades. Pero al borde de la treintena, ese Dios que racionalmente se le resistía seguía llamando a su puerta. Para entonces Marruecos le había marcado a fuego. Reverdecían en él las oraciones que había escuchado en su viaje, y de la noche a la mañana, suavemente, aún desde su increencia, se fue acercando a la Iglesia. Eran aquellos días en los que su incesante jaculatoria brotaba de su interior ardientemente como un diapasón “¡Dios mío, si existes, haz que Te conozca!”. Y, naturalmente, se hizo la luz. Dios no deja sin respuesta cualquier petición de sus hijos. Lo demás es historia. La influencia del padre Huvelin, su peregrinación a Tierra Santa, su ingreso y salida de la Trapa, su estancia en Israel con las Hermanas Clarisas, y su definitivo regreso al Sáhara, entre otros hechos que acontecieron.

Este apóstol de los Tuaregs, que no cejó nunca en su empeño persiguiendo la Verdad, es desde el 15 de mayo modelo para la Iglesia universal. Un hombre que no se conformó con su razón, que no echó por tierra su inquietud ni se amoldó a las circunstancias que le rodeaban eligiendo lo fácil. Un hombre que se dispuso a entregar su vida muriendo a sí mismo, al servicio de los pobres. Un ejemplo de la ofrenda personal que se realiza en el silencio orante, que está lejos de las notoriedades y aguarda los frutos que Dios quiera darle: “¡Mañana se cumplirán diez años de que digo la Santa Misa en la ermita de Tamanrasset! ¡Y ni un solo convertido! Hay que rezar, trabajar y esperar”.

Hoy son incontables las vocaciones suscitadas dentro y fuera de las numerosas realidades eclesiales que se inspiran en su espiritualidad. Hallando el Amor infinito fue dador de vida, y rubricó su labor apostólica con su propia sangre. Damos gracias a Dios por el testimonio de este “Hermano universal” que pone de manifiesto nuevamente la belleza insondable de la santidad, que es para todos, y que de forma especial precisa nuestro tiempo.

Isabel Orellana Vilches

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