El comienzo de un nuevo curso académico y escolar nos sitúa ante una de las tareas más decisivas: educar. No se trata solamente de transmitir conocimientos, adquirir competencias o preparar buenos profesionales. Educar significa ayudar a cada persona a descubrir quién es, para qué vive y cómo puede poner los dones recibidos al servicio de los demás. El pasado 5 de septiembre, en la Misa del Espíritu Santo con la que la Universidad de Sevilla inauguraba el curso 2026-2027, recordaba que la Universidad nació históricamente de una pasión: buscar la verdad. Cuando una institución educativa renuncia a las grandes preguntas —qué es el hombre, cuál es el sentido de la vida, dónde se fundamenta la dignidad humana, qué sociedad queremos construir— comienza a perder su alma. Educar exige mantener vivas esas preguntas y enseñar a afrontarlas.
Precisamente un día antes, el papa León XIV, al recibir a una delegación del Oriel College de Oxford, evocaba el pensamiento de san John Henry Newman y proponía una educación cristiana que abrace a la persona entera. El Santo Padre señalaba tres criterios para medir el verdadero valor de la educación: la dignidad humana, la justicia y la capacidad de servir al bien común. Y añadía una invitación que debemos escuchar: buscar con valentía la verdad y promover una visión antropológica integral. La educación cristiana no puede fragmentar a la persona. Ha de formar la inteligencia, pero también la libertad y la conciencia; ha de cultivar la sensibilidad, la responsabilidad, la capacidad de relación y la apertura a la trascendencia. La persona no puede reducirse a su rendimiento, a sus capacidades o a su utilidad. Su dignidad es anterior a todo éxito y reconocimiento, porque cada ser humano es querido por Dios, llamado a la comunión y destinatario de una vocación.
Por eso fe y razón no pueden presentarse como mundos enfrentados. La fe auténtica no teme a la inteligencia, y una razón abierta no debe cerrarse de antemano a la trascendencia. Educar cristianamente significa enseñar a pensar sin miedo, a preguntar sin prejuicios y a reconocer que la verdad es mayor que nosotros. Este desafío adquiere hoy una urgencia especial. Las nuevas tecnologías y la inteligencia artificial ofrecen posibilidades extraordinarias, pero también nos obligan a crecer en discernimiento. Nunca ha sido tan fácil acceder a información y, al mismo tiempo, tan necesario aprender a verificar, interpretar y asumir personalmente la responsabilidad de nuestras decisiones. La verdadera educación no puede limitarse a proporcionar respuestas; debe enseñar a formular buenas preguntas.
En esta misión, el profesor es mucho más que un transmisor de contenidos. Es maestro cuando despierta interrogantes, acompaña procesos de maduración, cultiva el rigor intelectual y comunica el amor por la verdad. Y el alumno no está llamado simplemente a aprobar, sino a crecer como persona libre, madura, responsable y capaz de servir. Aquí aparece el núcleo más profundo del mensaje de León XIV. El trabajo académico, afirma el Papa, debe favorecer un encuentro “corazón a corazón” con los hermanos y, especialmente, con Jesucristo. Educar no consiste solamente en formar inteligencias; educamos personas capaces de encuentro. El verdadero saber abre al otro, hace posible el diálogo y termina convirtiéndose en servicio.
Por eso la sabiduría verdadera nunca puede separarse del bien común. ¿De qué servirían grandes conocimientos si olvidáramos la dignidad del ser humano? ¿De qué servirían excelentes profesionales si carecieran de conciencia, sentido de justicia o responsabilidad hacia los más débiles? La excelencia cristiana no se mide solo por lo que somos capaces de lograr, sino también por el bien que somos capaces de hacer. Al comenzar este nuevo curso, pidamos al Espíritu Santo sabiduría para enseñar y aprender, pasión por la verdad, humildad para reconocer nuestros límites y generosidad para servir. Que nuestras escuelas y universidades sean lugares de encuentro entre saberes, culturas y personas; espacios donde la verdad sea buscada con libertad y donde cada uno pueda descubrir su vocación. Y que Jesucristo, “camino, verdad y vida” (Jn 14,6), sea el horizonte último de nuestra búsqueda. En Él descubrimos que la verdad no es solo algo que se alcanza, sino Alguien que nos sale al encuentro y transforma el corazón.
+José Ángel Saiz Meneses,
Arzobispo de Sevilla

