Celebramos la Eucaristía en el domingo cuarto de Pascua, domingo del Buen Pastor, y lo hacemos en un lugar especialmente significativo, el monasterio de San Isidoro del Campo, en Santiponce, lugar de profunda memoria cristiana en nuestra Archidiócesis y estrechamente vinculado a la devoción a san Isidoro, una de las figuras más importantes de la Iglesia hispalense y de la historia de España.
La liturgia de hoy nos presenta a Cristo como el Buen Pastor. En el Evangelio hemos proclamado unas palabras de enorme trascendencia: “Yo soy la puerta: quien entre por mí se salvará y podrá entrar y salir, y encontrará pastos… Yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante” (Jn 10, 9-10). Cristo resucitado es el Pastor verdadero, la puerta de la salvación, el que nos conduce a la vida abundante. Esta palabra tiene una actualidad extraordinaria, porque vivimos en una sociedad donde abundan muchas voces, promesas y propuestas, pero no todas llevan a la vida. Algunas confunden, otras dividen, o vacían el corazón, o apartan de Dios. El Señor, en cambio, conoce a los suyos, llama a cada uno por su nombre y guía con firmeza, con verdad y con amor. El verdadero pastor no manipula, no se aprovecha del rebaño, no abandona a las ovejas cuando llegan las dificultades. El verdadero pastor da la vida. Y ese Pastor es Cristo. Por eso vivir la Pascua es entrar de nuevo por Cristo, que es la puerta, dejarse encontrar por el Resucitado, volver a escuchar su voz, salir de la tristeza, de la tibieza, de la rutina, del pecado, para caminar en la vida nueva de la gracia.
La primera lectura, del libro de los Hechos de los Apóstoles, nos presenta a san Pedro proclamando con valentía que, a Jesús, a quien crucificaron, Dios lo ha constituido Señor y Mesías; y cuando los oyentes preguntan qué han de hacer, les responde: “Convertíos”. Ese es también el programa de nuestra Pascua. No basta con admirar a Cristo, hay que convertirse a él; no basta con decir que somos cristianos, hay que vivir como cristianos; no basta con conservar unos signos religiosos externos, hay que abrir de verdad el alma al Señor. Y esto enlaza con la fiesta de san Isidoro. Él fue pastor, maestro, hombre de gobierno, hombre de estudio, hombre de fe profunda. El papa Benedicto XVI lo presentó como una figura capaz de unir contemplación y acción, vida espiritual y servicio pastoral, amor a la palabra de Dios y responsabilidad ante las necesidades de su pueblo. Decía el Papa que la gran lección de san Isidoro para los cristianos de hoy consiste en buscar “la contemplación de Dios” y, a la vez, la “acción al servicio de la comunidad humana y del prójimo” (BENEDICTO XVI, Audiencia general, 18 de junio de 2008).
Esa síntesis es de enorme actualidad. Porque uno de los riesgos de nuestro tiempo es separar lo que en la vida cristiana debe permanecer unido. Hay quien pretende una fe sin exigencia, sin doctrina, sin tradición, sin raíces. Y hay también quien desea una tradición reducida a pura repetición externa, sin conversión interior, sin caridad, sin vida sacramental, sin espíritu evangelizador. San Isidoro nos enseña que la verdadera tradición no es ceniza muerta, sino fuego vivo; no es museo, sino herencia fecunda; no es inmovilismo, sino fidelidad creadora.
Por eso hoy recordamos firmemente que mantener las tradiciones y la devoción a san Isidoro es un deber hermoso y noble, pero esa conservación ha de ser viva, creyente y eclesial. No se trata solo de mantener unas formas; se trata de custodiar un espíritu, de transmitir una fe; se trata de dejar a las generaciones futuras no solo un recuerdo, sino un camino; no solo una celebración, sino una convicción; no solo una costumbre, sino un encuentro con Jesucristo. La Iglesia valora las tradiciones auténticas del pueblo cristiano, las fortalece y las eleva hacia su plenitud en Cristo. Por eso la devoción a los santos, las fiestas populares cristianas, la memoria agradecida de nuestros padres en la fe y el amor a los lugares santos forman parte esencial de la vida del pueblo cristiano.
La veneración a san Isidoro forma parte de esas devociones. Él no pertenece solo al pasado, sigue hablando a la Sevilla de hoy, a Santiponce, a nuestras parroquias, a nuestras familias, a nuestros jóvenes, a nuestros sacerdotes, a nuestros consagrados, a nuestros fieles laicos. Nos habla con el ejemplo de una fe culta y fervorosa, de una inteligencia puesta al servicio de Dios, de una autoridad ejercida como servicio, de una vida entregada al bien de la Iglesia. San Isidoro recogió cuanto de verdadero y valioso había producido la experiencia humana, poniéndolo en sintonía con la fe católica. Se trata de no oponer fe y cultura, no oponer tradición y misión, no oponer piedad y pensamiento, sino integrarlo todo en Cristo.
En la segunda lectura nos dice san Pedro que Cristo “padeció por vosotros, dejándoos un ejemplo para que sigáis sus huellas” y concluye con una expresión conmovedora: “andabais errantes como ovejas, pero ahora os habéis convertido al pastor y guardián de vuestras almas” (1 Pe 2, 20-25). Aquí aparece una palabra decisiva: conversión. La Pascua nos llama a volver al Pastor y guardián de nuestras almas. Volver al Pastor significa volver a la oración, a la confesión frecuente, a la Eucaristía dominical vivida con fe y amor, dejar que la palabra de Dios juzgue y sane la vida. Volver al Pastor significa también amar más a la Iglesia, rezar por ella, servirla con humildad, no herir su comunión, no vivir la fe de manera individualista.
El domingo del Buen Pastor tiene, además, un fuerte contenido vocacional. Siempre debemos pedir al Señor vocaciones santas, abundantes y perseverantes al sacerdocio, a la vida consagrada, a la vida monástica, al matrimonio cristiano. Todos los bautizados estamos llamados a participar en la misión evangelizadora de la Iglesia. El Concilio Vaticano II enseña que la Iglesia recibió de Cristo el mandato de anunciar la verdad salvadora hasta los confines de la tierra, y que la responsabilidad de difundir la fe incumbe a todo discípulo de Cristo, cada uno según su condición (cf. Lumen gentium, 17). También aquí san Isidoro nos da ejemplo. No encerró la fe en sí mismo. La estudió, la defendió, la enseñó, la transmitió. Una devoción auténtica a san Isidoro nos lleva a amar la verdad católica, a formarnos mejor, a conocer mejor la doctrina cristiana, a leer con más frecuencia la Sagrada Escritura, a no avergonzarnos del Evangelio, a ser testigos de Cristo en medio del mundo.
Queridos hermanos, conservad con amor vuestras tradiciones cristianas. Conservad la fiesta de san Isidoro, conservad la memoria de este santo obispo y doctor de la Iglesia, el aprecio por este monasterio venerable, y las expresiones de la piedad del pueblo fiel. Y hacedlo de manera evangélica: con fe viva, con vida sacramental, con coherencia moral, con espíritu de comunión y con celo apostólico. Tradición vivida, devoción que conduzca a Cristo, fiesta santificada por la gracia. San Isidoro nos ayuda mucho en esta tarea. Él vivió en tiempos recios, complejos, con tensiones religiosas, culturales y sociales. Y, sin embargo, no se refugió en la nostalgia ni se dejó vencer por el desánimo. Sirvió a la Iglesia, trabajó por la unidad, iluminó a su pueblo y dejó una huella inmensa. También hoy el Señor nos pide serenidad, firmeza doctrinal, profundidad espiritual, amor a la Iglesia, y esperanza.
Pidamos en esta tarde al Señor resucitado que renueve en todos nosotros la alegría pascual; que bendiga a Santiponce, a sus familias, a sus instituciones y a cuantos mantienen viva la devoción a san Isidoro. Y que, guiados por Cristo, puerta de las ovejas, lleguemos un día a los pastos eternos del cielo. Así sea.
Monseñor José Ángel Saiz Meneses
Arzobispo de Sevilla














