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Contagia solidaridad para luchar contra el hambre

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Contagia solidaridad para luchar contra el hambre

Celebramos la 62 Campaña contra el Hambre de Manos Unidas. Nos volcamos en este número con una campaña como esta, que nos llama a afrontar una crisis global de mayor envergadura que la epidemia del Covid.

A nuestras páginas de A Fondo, en donde encontrarán las cartas dirigidas por los obispos de Granada y Guadix, se suma la historia del proyecto Kutchinate de la misionera comboniana Alicia Vacas, que encontrarán en Cultura.

A las puertas de empezar la Cuaresma, encontrarán también la entrevista al Delegado de la Pastoral de la Salud, D. Diego Molina, que nos cuenta su experiencia como capellán en mitad de esta pandemia.

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Participa en la Cena Virtual del hambre

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Hoy se llevará a cabo en muchas comunidades parroquiales de Jaén la Cena del Hambre a favor de Manos Unidas. Este año, y debido a las restricciones de la pandemia será de forma virtual.

Manos Unidas Jaén se ha comprometido con tres proyectos en Camboya, India y El Salvador. El primero tratará de mejorar la calidad de vida unas comunidades campesinas con la formación necesaria en la gestión de los recursos forestales y el aprovechamiento de los bosques (medicinas naturales, cultivos, raíces…). En India se llevará a cabo un programa de salud materno infantil en 25 pueblos del norte del país. Y, finalmente,  en El Salvador el proyecto comprometido por Manos Unidas pretende potenciar el desarrollo integral de 9 comunidades  campesinas en el departamento de San Vicente y Cabañas, en el  centro del país.

COLABORA
Para colaborar económicamente con Manos Unidas puede hacerse a través de las siguientes cuentas bancarias

CAJASUR.-                         ES05-0237-0418-70-9150431366

CAJA RURAL.-                   ES95-3067-0100-25-1147554529

O enviando un mensaje de Bizum al 00658 con el concepto CENA. 

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El Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral ha publicado documentos vaticanos sobre la COVID-19

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El Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral ha publicado documentos vaticanos sobre la COVID-19

El Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral ha publicado una serie de documentos relativos de la COVID-19 y la Conferencia Episcopal Española lo ha remitido a los obispos de España para su difusión “con la esperanza de que puedan servir como instrumentos útiles para las Diócesis”.

Sobre la Comisión creada por el papa Francisco sobre la Covid-19

El 20 de marzo de 2020, el papa Francisco pidió al Dicasterio para la Promoción del Desarrollo Humano Integral (DPIHD) la creación de una Comisión, en colaboración con otros Dicasterios de la Curia Romana y otras organizaciones, para expresar la solicitud y el cuidado de la Iglesia por toda la familia humana frente a la Pandemia de COVID-19, incluyendo análisis, reflexión sobre el nuevo futuro socio-económico-cultural y propuesta de enfoques relevantes.

En consecuencia, el DPIHD ha establecido una Comisión COVID-19 del Vaticano para abordar la preocupación del Papa a través de las actividades de cinco Grupos de Trabajo, que son: actuar ahora para el futuro; mirando al futuro con creatividad; comunicando esperanza; buscar diálogos y reflexiones comunes; apoyando para cuidar.

Las actividades de estos cinco grupos de trabajo, que fueron presentados al Santo Padre el 27 de marzo de 2020, serán coordinados por una Dirección que reportará directamente al Santo Padre. Incluirá al prefecto del DPIHD, el cardenal Peter Turkson; Secretario, monseñor Bruno-Marie Duffé; y Secretario Adjunto, P. Augusto Zampini.

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El Obispo de Jaén apoya las iniciativas ciudadanas para reclamar una provincia con más oportunidades socioeconómicas

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El Obispo de Jaén, Monseñor D. Amadeo Rodríguez Magro, consciente de la repercusión negativa que tendrá para Jaén y su provincia que no se ubique en esta tierra la sede de una base logística del Ejército de Tierra, contemplada en el denominado plan COLCE, quiere manifestar su apoyo y el de la Iglesia de Jaén a la ciudadanía y a todos los actos e iniciativas que tengan como fin luchar contra el abandono de la provincia jiennense en su particular historia de marginación secular.

El Prelado del Santo Reino quiere, con este gesto, unirse a todos los jiennenses que reclaman una atención justa con esta provincia, toda vez que ha querido mostrar su contrariedad porque, contra todas las justas previsiones, finalmente no sea Jaén el lugar elegido para la base logística del Ejército de Tierra, y que supondría una inyección económica y de optimismo para la ciudadanía.

El Obispo, que desde que llegó a la Diócesis se ha preocupado y reclamado públicamente atención para los jienenses, apela a todas las administraciones para que, alejadas de cualquier color político,  trabajen juntas por una provincia, la de Jaén, «que sufre una situación de paro, falta de infraestructuras y desmantelamiento de industrias y servicios que nos sitúan a la cola de España». A la vez, que cree necesario buscar soluciones para los cientos de jiennenses que sufren una crisis económica, laboral y de desatención desde hace décadas. En este sentido, Monseñor Rodríguez Magro ha insistido en que detrás de cada cifra hay una familia que sufre, «no podemos olvidar que la persona debe ser el centro de la sociedad».

Del mismo modo, Don Amadeo ha recordado el gran potencial natural histórico- cultural y, sobre todo, personal con el que cuenta esta tierra, y pide que antes de dejarla morir de inanición, se apueste por ella y por sus gentes promoviendo industrias, infraestructuras y tejido empresarial que haga despegar a Jaén del lugar donde se encuentra. «He mostrado, desde hace tiempo, mi preocupación por la situación de Linares, una realidad que desgraciadamente se está extendiendo a otras localidades. Apelo a la responsabilidad de los gobiernos para que Jaén vuelva a convertirse en una provincia próspera donde sus gentes vivan de su trabajo y recupere la autoestima y la consideración dentro de nuestro país».

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La Fundación Las Edades del Hombre, ha solicitado a la Diócesis el préstamo del conjunto escultórico «Los Misterios Dolorosos»

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La  Fundación Las Edades del Hombre, ha solicitado a la Diócesis el préstamo del conjunto escultórico «Los Misterios Dolorosos»  para su participación en la exposición con motivo de su XXV edición, en el Santuario de Santa María Peregrina de Sahagún en la provincia de Valladolid.  Las exposiciones anuales que realiza esta fundación -de la que son patronos los Obispos de las Diócesis del territorio de la CA de Castilla León- gozan de gran prestigio por su gran calidad museística, y por la labor de restauración de patrimonio de la Iglesia que realizan con tal motivo.

La exposición se celebrará durante los meses de mayo a diciembre de este año, y tendrá lugar en tres sedes: Burgos, Carrión de los Condes y Sahagún.  La razón para esta elección es el Año Santo Jacobeo, en el que se pretende reforzar las propuestas culturales del Camino de Santiago Francés. Las localidades que albergarán la edición son hitos especialmente relevantes de dicho Camino en el tramo que discurre entre Burgos y Sahagún.

En este año también se conmemora el VIII Centenario de uno de los acontecimientos más importantes a nivel religioso, artístico, histórico y cultural, como es, la Catedral de Burgos, y por ello, será el punto de partida de la XXV edición de Las Edades del Hombre.

En el relato expositivo, de esta edición de las Edades del Hombre, tendrá protagonismo la figura de María, por los siguientes motivos: su vinculación con las advocaciones catedralicias, pues la catedral burgalesa fue dedicada precisamente a Santa María, y porque a lo largo de todo el Camino de Santiago, son numerosos los templos que tienen esa advocación.

La colaboración entre la Diócesis y la Fundación las Edades del Hombre tiene su origen en el trabajo desarrollado por ésta, en la preparación de la exposición Traslatio Sedis en 2018 en la Catedral de Cádiz. De llevarse a término el préstamo, supondrá la restauración de la obra a cargo de los técnicos de la propia Fundación.

Este conjunto escultórico, atribuido a Francesco Galleano, se compone de la “Flagelación de Cristo”, “Cristo caído con la cruz a cuestas”, “Cristo orando en el Huerto”, “Cristo coronado de espinas”, y “Dolorosa”, representando momentos de la Pasión. Estas obras están depositadas en el Museo Provincial de Cádiz desde 1970 para su exposición pública, permitiendo así su disfrute por la ciudadanía en general. El citado conjunto escultórico, junto con otras importantes obras -entre las que se encuentra el último cuadro pintado por Murillo- permanecen expuestas en el  citado Museo Provincial de Cádiz, con la colaboración en su momento del Ministerio de Cultura y hoy de la Consejería de Cultura y Patrimonio Histórico de la Junta de Andalucía, quien se encarga de su conservación.

La Diócesis de Cádiz y Ceuta agradece a la prestigiosa Fundación Las Edades del Hombre que se cuente con los Misterios Dolorosos para una exposición tan relevante, y por el ofrecimiento para su restauración, porque supone poner en valor la obra y darla a conocer fuera de la provincia de Cádiz. Al mismo tiempo, agradece a la Consejería de Cultura y Patrimonio Histórico, a su delegación territorial de Cádiz y al Museo Provincial su colaboración.
Fotografía: Elena González

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Un curso de antropología que da respuesta a la demanda de formación

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Mensaje del Papa Francisco para la Cuaresma 2021

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MENSAJE DEL SANTO PADRE FRANCISCO
PARA LA CUARESMA 2021

«Mirad, estamos subiendo a Jerusalén…» (Mt 20,18).
Cuaresma: un tiempo para renovar la fe, la esperanza y la caridad.

Queridos hermanos y hermanas:

Cuando Jesús anuncia a sus discípulos su pasión, muerte y resurrección, para cumplir con la voluntad del Padre, les revela el sentido profundo de su misión y los exhorta a asociarse a ella, para la salvación del mundo.

Recorriendo el camino cuaresmal, que nos conducirá a las celebraciones pascuales, recordemos a Aquel que «se humilló a sí mismo, hecho obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz» (Flp 2,8). En este tiempo de conversión renovemos nuestra fe, saciemos nuestra sed con el “agua viva” de la esperanza y recibamos con el corazón abierto el amor de Dios que nos convierte en hermanos y hermanas en Cristo. En la noche de Pascua renovaremos las promesas de nuestro Bautismo, para renacer como hombres y mujeres nuevos, gracias a la obra del Espíritu Santo. Sin embargo, el itinerario de la Cuaresma, al igual que todo el camino cristiano, ya está bajo la luz de la Resurrección, que anima los sentimientos, las actitudes y las decisiones de quien desea seguir a Cristo.

El ayuno, la oración y la limosna, tal como los presenta Jesús en su predicación (cf. Mt 6,1-18), son las condiciones y la expresión de nuestra conversión. La vía de la pobreza y de la privación (el ayuno), la mirada y los gestos de amor hacia el hombre herido (la limosna) y el diálogo filial con el Padre (la oración) nos permiten encarnar una fe sincera, una esperanza viva y una caridad operante.

1. La fe nos llama a acoger la Verdad y a ser testigos, ante Dios y ante nuestros hermanos y hermanas.

En este tiempo de Cuaresma, acoger y vivir la Verdad que se manifestó en Cristo significa ante todo dejarse alcanzar por la Palabra de Dios, que la Iglesia nos transmite de generación en generación. Esta Verdad no es una construcción del intelecto, destinada a pocas mentes elegidas, superiores o ilustres, sino que es un mensaje que recibimos y podemos comprender gracias a la inteligencia del corazón, abierto a la grandeza de Dios que nos ama antes de que nosotros mismos seamos conscientes de ello. Esta Verdad es Cristo mismo que, asumiendo plenamente nuestra humanidad, se hizo Camino —exigente pero abierto a todos— que lleva a la plenitud de la Vida.

El ayuno vivido como experiencia de privación, para quienes lo viven con sencillez de corazón lleva a descubrir de nuevo el don de Dios y a comprender nuestra realidad de criaturas que, a su imagen y semejanza, encuentran en Él su cumplimiento. Haciendo la experiencia de una pobreza aceptada, quien ayuna se hace pobre con los pobres y “acumula” la riqueza del amor recibido y compartido. Así entendido y puesto en práctica, el ayuno contribuye a amar a Dios y al prójimo en cuanto, como nos enseña santo Tomás de Aquino, el amor es un movimiento que centra la atención en el otro considerándolo como uno consigo mismo (cf. Carta enc. Fratelli tutti, 93).

La Cuaresma es un tiempo para creer, es decir, para recibir a Dios en nuestra vida y permitirle “poner su morada” en nosotros (cf. Jn 14,23). Ayunar significa liberar nuestra existencia de todo lo que estorba, incluso de la saturación de informaciones —verdaderas o falsas— y productos de consumo, para abrir las puertas de nuestro corazón a Aquel que viene a nosotros pobre de todo, pero «lleno de gracia y de verdad» (Jn 1,14): el Hijo de Dios Salvador.

2. La esperanza como “agua viva” que nos permite continuar nuestro camino  

La samaritana, a quien Jesús pide que le dé de beber junto al pozo, no comprende cuando Él le dice que podría ofrecerle un «agua viva» (Jn 4,10). Al principio, naturalmente, ella piensa en el agua material, mientras que Jesús se refiere al Espíritu Santo, aquel que Él dará en abundancia en el Misterio pascual y que infunde en nosotros la esperanza que no defrauda. Al anunciar su pasión y muerte Jesús ya anuncia la esperanza, cuando dice: «Y al tercer día resucitará» (Mt 20,19). Jesús nos habla del futuro que la misericordia del Padre ha abierto de par en par. Esperar con Él y gracias a Él quiere decir creer que la historia no termina con nuestros errores, nuestras violencias e injusticias, ni con el pecado que crucifica al Amor. Significa saciarnos del perdón del Padre en su Corazón abierto.

En el actual contexto de preocupación en el que vivimos y en el que todo parece frágil e incierto, hablar de esperanza podría parecer una provocación. El tiempo de Cuaresma está hecho para esperar, para volver a dirigir la mirada a la paciencia de Dios, que sigue cuidando de su Creación, mientras que nosotros a menudo la maltratamos (cf. Carta enc. Laudato si’, 32–33;43–44). Es esperanza en la reconciliación, a la que san Pablo nos exhorta con pasión: «Os pedimos que os reconciliéis con Dios» (2 Co 5,20). Al recibir el perdón, en el Sacramento que está en el corazón de nuestro proceso de conversión, también nosotros nos convertimos en difusores del perdón: al haberlo acogido nosotros, podemos ofrecerlo, siendo capaces de vivir un diálogo atento y adoptando un comportamiento que conforte a quien se encuentra herido. El perdón de Dios, también mediante nuestras palabras y gestos, permite vivir una Pascua de fraternidad.

En la Cuaresma, estemos más atentos a «decir palabras de aliento, que reconfortan, que fortalecen, que consuelan, que estimulan», en lugar de «palabras que humillan, que entristecen, que irritan, que desprecian» (Carta enc. Fratelli tutti [FT], 223). A veces, para dar esperanza, es suficiente con ser «una persona amable, que deja a un lado sus ansiedades y urgencias para prestar atención, para regalar una sonrisa, para decir una palabra que estimule, para posibilitar un espacio de escucha en medio de tanta indiferencia» (ibíd., 224).

En el recogimiento y el silencio de la oración, se nos da la esperanza como inspiración y luz interior, que ilumina los desafíos y las decisiones de nuestra misión: por esto es fundamental recogerse en oración (cf. Mt 6,6) y encontrar, en la intimidad, al Padre de la ternura.

Vivir una Cuaresma con esperanza significa sentir que, en Jesucristo, somos testigos del tiempo nuevo, en el que Dios “hace nuevas todas las cosas” (cf. Ap 21,1-6). Significa recibir la esperanza de Cristo que entrega su vida en la cruz y que Dios resucita al tercer día, “dispuestos siempre para dar explicación a todo el que nos pida una razón de nuestra esperanza” (cf. 1 P 3,15).

3. La caridad, vivida tras las huellas de Cristo, mostrando atención y compasión por cada persona, es la expresión más alta de nuestra fe y nuestra esperanza.

La caridad se alegra de ver que el otro crece. Por este motivo, sufre cuando el otro está angustiado: solo, enfermo, sin hogar, despreciado, en situación de necesidad… La caridad es el impulso del corazón que nos hace salir de nosotros mismos y que suscita el vínculo de la cooperación y de la comunión.

«A partir del “amor social” es posible avanzar hacia una civilización del amor a la que todos podamos sentirnos convocados. La caridad, con su dinamismo universal, puede construir un mundo nuevo, porque no es un sentimiento estéril, sino la mejor manera de lograr caminos eficaces de desarrollo para todos» (FT, 183).

La caridad es don que da sentido a nuestra vida y gracias a este consideramos a quien se ve privado de lo necesario como un miembro de nuestra familia, amigo, hermano. Lo poco que tenemos, si lo compartimos con amor, no se acaba nunca, sino que se transforma en una reserva de vida y de felicidad. Así sucedió con la harina y el aceite de la viuda de Sarepta, que dio el pan al profeta Elías (cf. 1 R 17,7-16); y con los panes que Jesús bendijo, partió y dio a los discípulos para que los distribuyeran entre la gente (cf. Mc 6,30-44). Así sucede con nuestra limosna, ya sea grande o pequeña, si la damos con gozo y sencillez.

Vivir una Cuaresma de caridad quiere decir cuidar a quienes se encuentran en condiciones de sufrimiento, abandono o angustia a causa de la pandemia de COVID-19. En un contexto tan incierto sobre el futuro, recordemos la palabra que Dios dirige a su Siervo: «No temas, que te he redimido» (Is 43,1), ofrezcamos con nuestra caridad una palabra de confianza, para que el otro sienta que Dios lo ama como a un hijo.

«Sólo con una mirada cuyo horizonte esté transformado por la caridad, que le lleva a percibir la dignidad del otro, los pobres son descubiertos y valorados en su inmensa dignidad, respetados en su estilo propio y en su cultura y, por lo tanto, verdaderamente integrados en la sociedad» (FT, 187).

Queridos hermanos y hermanas: Cada etapa de la vida es un tiempo para creer, esperar y amar. Este llamado a vivir la Cuaresma como camino de conversión y oración, y para compartir nuestros bienes, nos ayuda a reconsiderar, en nuestra memoria comunitaria y personal, la fe que viene de Cristo vivo, la esperanza animada por el soplo del Espíritu y el amor, cuya fuente inagotable es el corazón misericordioso del Padre.

Que María, Madre del Salvador, fiel al pie de la cruz y en el corazón de la Iglesia, nos sostenga con su presencia solícita, y la bendición de Cristo resucitado nos acompañe en el camino hacia la luz pascual.

Roma, San Juan de Letrán, 11 de noviembre de 2020, memoria de san Martín de Tours.

Francisco

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«La Iglesia os necesita y os pone como ejemplo de donación a los más necesitados», Mons. Chico a los hospitalarios

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Mons. Zornoza celebró la festividad de la Virgen de Lourdes en la Jornada Mundial del Enfermo

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La Iglesia celebró ayer 11 de febrero la festividad de la Virgen de Lourdes y unida a esta celebración, la Jornada Mundial del Enfermo. Fue el Papa Juan Pablo II quien decidió que cada 11 de febrero se celebrara esta Jornada del Enfermo, teniendo bajo su amparo a la Patrona de los enfermos, la Virgen de Lourdes, a quién se le ha acreditado una amplia variedad de milagros en la cura de muchas enfermedades. 

El Obispo diocesano, celebró en la mañana la eucaristía en la Iglesia Prioral de San Sebastián por la festividad de esta advocación mariana al ser la Patrona de Puerto Real. La Agrupación Parroquial Nuestra Señora de Lourdes transmitió el culto en su perfil de Facebook y también la televisión local Tele Puerto Real, para todas las personas que no pudieron asistir y así, seguirlo desde sus casas.

«Dejar que sea la gracia de la Virgen María la que tome las riendas de nuestra vida. La Virgen Inmaculada nos invita a ser inmaculados también, y de qué manera tan expresiva, convincente y dulce. La Madre nos dice; fíate de mí, fíate de Cristo, mira tu alma y tu corazón y conviértete. Madre atiende a los enfermos, nos dirigimos a ti. Ayúdanos y consuélanos para que volvamos a la normalidad que tanto deseamos, una normalidad de gracia, de los hijos agradecidos que saben ponerse en las manos de Dios y de la Virgen», decía Mons. Zornoza en su homilía.

La Iglesia de San Antonio de Padua de Cádiz, acogió también ambas celebraciones con una eucaristía organizada por la Hospitalidad de Lourdes. La ceremonia fue presidida por Don Rafael Zornoza y concelebrada por el párroco de San Antonio y Vicario General, Óscar González Esparragosa. 

«Recordemos también que en la enfermedad todos necesitamos calor humano: para consolar a una persona enferma, más que las palabras, hace falta la cercanía serena y sincera. Pero recordemos también que las personas enfermas son un camino privilegiado para encontrar a Cristo, acogerlo y servirlo. Cada uno de nosotros debería llevar la luz de la Palabra de Dios y la fuerza de la gracia a quienes sufren y a sus familiares, médicos y enfermeros, para que el enfermo esté atendido con más humanidad, con entrega generosa, con amor evangélico y con ternura. La Iglesia madre, mediante nuestras manos, acaricia nuestros sufrimientos y cura nuestras heridas, y lo hace con ternura de madre, partiendo del amor profundo a toda persona. Cada uno sabrá cómo encontrar el modo de realizar este servicio con la sabiduría del corazón para aliviar el sufrimiento, pidiendo siempre a Dios: Danos, Señor, un corazón misericordioso como el tuyo«. (Mensaje del Obispo por la Jornada Mundial del Enfermo).

                 

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MENSAJE DEL SANTO PADRE FRANCISCO PARA LA CUARESMA 2021

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«Mirad, estamos subiendo a Jerusalén…» (Mt 20,18).
Cuaresma: un tiempo para renovar la fe, la esperanza y la caridad.

Queridos hermanos y hermanas:

Cuando Jesús anuncia a sus discípulos su pasión, muerte y resurrección, para cumplir con la voluntad del Padre, les revela el sentido profundo de su misión y los exhorta a asociarse a ella, para la salvación del mundo.

Recorriendo el camino cuaresmal, que nos conducirá a las celebraciones pascuales, recordemos a Aquel que «se humilló a sí mismo, hecho obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz» (Flp 2,8). En este tiempo de conversión renovemos nuestra fe, saciemos nuestra sed con el “agua viva” de la esperanza y recibamos con el corazón abierto el amor de Dios que nos convierte en hermanos y hermanas en Cristo. En la noche de Pascua renovaremos las promesas de nuestro Bautismo, para renacer como hombres y mujeres nuevos, gracias a la obra del Espíritu Santo. Sin embargo, el itinerario de la Cuaresma, al igual que todo el camino cristiano, ya está bajo la luz de la Resurrección, que anima los sentimientos, las actitudes y las decisiones de quien desea seguir a Cristo.

El ayuno, la oración y la limosna, tal como los presenta Jesús en su predicación (cf. Mt 6,1-18), son las condiciones y la expresión de nuestra conversión. La vía de la pobreza y de la privación (el ayuno), la mirada y los gestos de amor hacia el hombre herido (la limosna) y el diálogo filial con el Padre (la oración) nos permiten encarnar una fe sincera, una esperanza viva y una caridad operante.

1. La fe nos llama a acoger la Verdad y a ser testigos, ante Dios y ante nuestros hermanos y hermanas.

En este tiempo de Cuaresma, acoger y vivir la Verdad que se manifestó en Cristo significa ante todo dejarse alcanzar por la Palabra de Dios, que la Iglesia nos transmite de generación en generación. Esta Verdad no es una construcción del intelecto, destinada a pocas mentes elegidas, superiores o ilustres, sino que es un mensaje que recibimos y podemos comprender gracias a la inteligencia del corazón, abierto a la grandeza de Dios que nos ama antes de que nosotros mismos seamos conscientes de ello. Esta Verdad es Cristo mismo que, asumiendo plenamente nuestra humanidad, se hizo Camino —exigente pero abierto a todos— que lleva a la plenitud de la Vida.

El ayuno vivido como experiencia de privación, para quienes lo viven con sencillez de corazón lleva a descubrir de nuevo el don de Dios y a comprender nuestra realidad de criaturas que, a su imagen y semejanza, encuentran en Él su cumplimiento. Haciendo la experiencia de una pobreza aceptada, quien ayuna se hace pobre con los pobres y “acumula” la riqueza del amor recibido y compartido. Así entendido y puesto en práctica, el ayuno contribuye a amar a Dios y al prójimo en cuanto, como nos enseña santo Tomás de Aquino, el amor es un movimiento que centra la atención en el otro considerándolo como uno consigo mismo (cf. Carta enc. Fratelli tutti, 93).

La Cuaresma es un tiempo para creer, es decir, para recibir a Dios en nuestra vida y permitirle “poner su morada” en nosotros (cf. Jn 14,23). Ayunar significa liberar nuestra existencia de todo lo que estorba, incluso de la saturación de informaciones —verdaderas o falsas— y productos de consumo, para abrir las puertas de nuestro corazón a Aquel que viene a nosotros pobre de todo, pero «lleno de gracia y de verdad» (Jn 1,14): el Hijo de Dios Salvador.

2. La esperanza como “agua viva” que nos permite continuar nuestro camino   

La samaritana, a quien Jesús pide que le dé de beber junto al pozo, no comprende cuando Él le dice que podría ofrecerle un «agua viva» (Jn 4,10). Al principio, naturalmente, ella piensa en el agua material, mientras que Jesús se refiere al Espíritu Santo, aquel que Él dará en abundancia en el Misterio pascual y que infunde en nosotros la esperanza que no defrauda. Al anunciar su pasión y muerte Jesús ya anuncia la esperanza, cuando dice: «Y al tercer día resucitará» (Mt 20,19). Jesús nos habla del futuro que la misericordia del Padre ha abierto de par en par. Esperar con Él y gracias a Él quiere decir creer que la historia no termina con nuestros errores, nuestras violencias e injusticias, ni con el pecado que crucifica al Amor. Significa saciarnos del perdón del Padre en su Corazón abierto.

En el actual contexto de preocupación en el que vivimos y en el que todo parece frágil e incierto, hablar de esperanza podría parecer una provocación. El tiempo de Cuaresma está hecho para esperar, para volver a dirigir la mirada a la paciencia de Dios, que sigue cuidando de su Creación, mientras que nosotros a menudo la maltratamos (cf. Carta enc. Laudato si’, 32–33;43–44). Es esperanza en la reconciliación, a la que san Pablo nos exhorta con pasión: «Os pedimos que os reconciliéis con Dios» (2 Co 5,20). Al recibir el perdón, en el Sacramento que está en el corazón de nuestro proceso de conversión, también nosotros nos convertimos en difusores del perdón: al haberlo acogido nosotros, podemos ofrecerlo, siendo capaces de vivir un diálogo atento y adoptando un comportamiento que conforte a quien se encuentra herido. El perdón de Dios, también mediante nuestras palabras y gestos, permite vivir una Pascua de fraternidad.

En la Cuaresma, estemos más atentos a «decir palabras de aliento, que reconfortan, que fortalecen, que consuelan, que estimulan», en lugar de «palabras que humillan, que entristecen, que irritan, que desprecian» (Carta enc. Fratelli tutti [FT], 223). A veces, para dar esperanza, es suficiente con ser «una persona amable, que deja a un lado sus ansiedades y urgencias para prestar atención, para regalar una sonrisa, para decir una palabra que estimule, para posibilitar un espacio de escucha en medio de tanta indiferencia» (ibíd., 224).

En el recogimiento y el silencio de la oración, se nos da la esperanza como inspiración y luz interior, que ilumina los desafíos y las decisiones de nuestra misión: por esto es fundamental recogerse en oración (cf. Mt 6,6) y encontrar, en la intimidad, al Padre de la ternura.

Vivir una Cuaresma con esperanza significa sentir que, en Jesucristo, somos testigos del tiempo nuevo, en el que Dios “hace nuevas todas las cosas” (cf. Ap 21,1-6). Significa recibir la esperanza de Cristo que entrega su vida en la cruz y que Dios resucita al tercer día, “dispuestos siempre para dar explicación a todo el que nos pida una razón de nuestra esperanza” (cf. 1 P 3,15).

3. La caridad, vivida tras las huellas de Cristo, mostrando atención y compasión por cada persona, es la expresión más alta de nuestra fe y nuestra esperanza.

La caridad se alegra de ver que el otro crece. Por este motivo, sufre cuando el otro está angustiado: solo, enfermo, sin hogar, despreciado, en situación de necesidad… La caridad es el impulso del corazón que nos hace salir de nosotros mismos y que suscita el vínculo de la cooperación y de la comunión.

«A partir del “amor social” es posible avanzar hacia una civilización del amor a la que todos podamos sentirnos convocados. La caridad, con su dinamismo universal, puede construir un mundo nuevo, porque no es un sentimiento estéril, sino la mejor manera de lograr caminos eficaces de desarrollo para todos» (FT, 183).

La caridad es don que da sentido a nuestra vida y gracias a este consideramos a quien se ve privado de lo necesario como un miembro de nuestra familia, amigo, hermano. Lo poco que tenemos, si lo compartimos con amor, no se acaba nunca, sino que se transforma en una reserva de vida y de felicidad. Así sucedió con la harina y el aceite de la viuda de Sarepta, que dio el pan al profeta Elías (cf. 1 R 17,7-16); y con los panes que Jesús bendijo, partió y dio a los discípulos para que los distribuyeran entre la gente (cf. Mc 6,30-44). Así sucede con nuestra limosna, ya sea grande o pequeña, si la damos con gozo y sencillez.

Vivir una Cuaresma de caridad quiere decir cuidar a quienes se encuentran en condiciones de sufrimiento, abandono o angustia a causa de la pandemia de COVID-19. En un contexto tan incierto sobre el futuro, recordemos la palabra que Dios dirige a su Siervo: «No temas, que te he redimido» (Is 43,1), ofrezcamos con nuestra caridad una palabra de confianza, para que el otro sienta que Dios lo ama como a un hijo.

«Sólo con una mirada cuyo horizonte esté transformado por la caridad, que le lleva a percibir la dignidad del otro, los pobres son descubiertos y valorados en su inmensa dignidad, respetados en su estilo propio y en su cultura y, por lo tanto, verdaderamente integrados en la sociedad» (FT, 187).

Queridos hermanos y hermanas: Cada etapa de la vida es un tiempo para creer, esperar y amar. Este llamado a vivir la Cuaresma como camino de conversión y oración, y para compartir nuestros bienes, nos ayuda a reconsiderar, en nuestra memoria comunitaria y personal, la fe que viene de Cristo vivo, la esperanza animada por el soplo del Espíritu y el amor, cuya fuente inagotable es el corazón misericordioso del Padre.

Que María, Madre del Salvador, fiel al pie de la cruz y en el corazón de la Iglesia, nos sostenga con su presencia solícita, y la bendición de Cristo resucitado nos acompañe en el camino hacia la luz pascual.

Roma, San Juan de Letrán, 11 de noviembre de 2020, memoria de san Martín de Tours.

Francisco

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