
“Exulten por fin los coros de los ángeles, exulten las jerarquías del cielo, y por la victoria de Rey tan poderoso que las trompetas anuncien la salvación”. Así comienza uno de los más antiguos himnos de la tradición litúrgica romana de la Iglesia Católica, el Pregón Pascual. Esta proclamación leída en la noche de la Vigilia pascual recorre los prodigios cumplidos en la historia de la salvación, invitando a toda la Iglesia a alegrarse por el cumplimiento del misterio pascual.
Herminio González Barrionuevo, el que fuera maestro de ceremonias durante cuarenta años del Cabildo Catedral de Sevilla, ha realizado un estudio en el que analiza la historia, el significado litúrgico y la tradición musical del pregón pascual en la Catedral. La tradición de esta proclamación es también conocida como Exultet (por la primera palabra del texto en latín).
Su investigación profundiza en el origen histórico, la riqueza literaria y la singularidad musical de este texto que constituye uno de los momentos centrales de la Vigilia Pascual celebrada en la noche del Sábado Santo y entendida como la liturgia más importante del año cristiano, conmemorando la Resurrección de Jesús.
El Pregón Pascual es una plegaria lírica que el diácono entona al inicio de la liturgia pascual para bendecir el cirio, símbolo de Cristo resucitado. Desde los primeros versos el texto convoca a la Iglesia, a los fieles e incluso a toda la creación a celebrar la victoria del Señor sobre la muerte.
Una tradición que nace en la Iglesia primitiva
El origen del Pregón se remonta a los primeros siglos del cristianismo. Su antecedente más remoto es el antiguo rito del lucernario, la ceremonia de encender las lámparas al anochecer que los primeros cristianos cargaron de significado simbólico al relacionarlo con Cristo, “luz del mundo”.
En los comienzos históricos del Pregón Pascual, el diácono lo improvisaba apoyándose en unos temas de carácter poético y lírico tradicionales o relataba su exposición sobre un texto que había compuesto y preparado de antemano. Con el paso del tiempo, este gesto fue adquiriendo forma litúrgica hasta cristalizar en el texto del Pregón Pascual, que comenzó a fijarse entre los siglos IV y VII. De aquel periodo se conservan hasta nueve composiciones para la bendición del cirio pascual, procedentes de diversas regiones de Europa, aunque terminaría imponiéndose la versión conocida como Exultet. Su belleza literaria y su densidad teológica lo han convertido en una de las páginas más singulares de la tradición litúrgica cristiana.
Como curiosidad, explica don Herminio en su estudio, entre los siglos X y XIV, el Pregón Pascual del sur de Italia se escribía en largas tiras de pergamino o rollos con bellas miniaturas colocadas de manera invertida con respecto a la escritura del texto, e ilustraciones de los temas que se iban cantando. De esta manera, el diácono, situado en el púlpito, iba desenrollando el manuscrito mientras los fieles escuchaban su cantilación y contemplaban las ilustraciones al mismo tiempo, a modo de catequesis visual.
Poesía y teología en la noche de Pascua
El Pregón Pascual se desarrolla como una proclamación solemne en tres grandes momentos: introducción, bendición y oración final.
La parte introductoria, que comienza con las palabras “Exulten por fin los coros de los ángeles…”, parece que se originó en el siglo IV o V. En esta, el diácono comienza con una invitación a todos los asistentes para que se unan con él en la invocación de la bendición de Dios, para que sus alabanzas del cirio sean dignas, y con los fieles asistentes celebra “la victoria del Rey tan poderoso…”. A continuación, se abre un diálogo entre el diácono y la asamblea congregada.
Tras esta sección, se pasa a la segunda parte del Exultet, siendo en realidad un prefacio con el que se consagra el cirio pascual, que simboliza a Cristo resucitado.
La tercera parte del Pregón lo constituye una peroración, epílogo u oración breve, pero de gran contenido teológico, pues contempla el misterio de la redención. Y se concluye con una petición universal, suplicando que Cristo, lucero matinal, siga iluminando la oscuridad de nuestra noche: “Te rogamos, Señor, que este cirio, consagrado a tu nombre, arda sin apagarse para destruir la oscuridad de esta noche”.
En sus versos se entrelazan símbolos bíblicos y referencias teológicas: la luz del cirio recuerda la columna de fuego que guiaba al pueblo de Israel en el desierto y la noche pascual se convierte en el momento en que cielo y tierra se reconcilian.
Entre las frases más conocidas destaca una exclamación que ha fascinado a teólogos y literatos durante siglos: «¡Feliz la culpa que mereció tal Redentor!», expresión que resume el misterio cristiano de la salvación.
Una música que es más recitación que canto
Desde el punto de vista musical, el Pregón Pascual pertenece a una antigua tradición de recitación litúrgica conocida como cantilación. La mayor parte del texto se entona sobre una misma nota, con ligeras inflexiones melódicas en las cadencias, de modo que la música sirve sobre todo para resaltar el sentido del texto.
Este tipo de interpretación se encuentra también en otros textos solemnes de la liturgia, como los prefacios de la misa o las lecturas bíblicas. El resultado es una declamación solemne que, más que cantar, parece proclamar con gravedad y belleza el misterio que celebra.
La huella sevillana
El estudio de González Barrionuevo muestra también cómo en Sevilla existen al menos cinco fuentes con el Exultet, todas ellas del siglo XV. Además, señala que el Cabildo Catedral desarrolló durante siglos una tradición propia en la interpretación del Pregón Pascual. Antes de la implantación del misal romano tras el Concilio de Trento, el templo utilizaba textos y melodías vinculados a la tradición litúrgica de Toledo.
Estos manuscritos conservados en la Biblioteca Capitular y Colombina evidencian que en Sevilla se cantaba una versión inspirada en el llamado “tono hispano” de las Lamentaciones del Sábado Santo, reflejo de la riqueza y diversidad de la liturgia medieval.
El anuncio de la luz
Hoy, siglos después de su origen, el Pregón Pascual sigue resonando cada año en la Catedral de Sevilla en la gran noche de la Vigilia. Cuando la llama del cirio pascual se alza en la oscuridad del templo y el diácono entona las primeras palabras, se repite un gesto que une tradición, fe y belleza.
Una proclamación que, como recuerda el propio González Barrionuevo, no es sólo un texto litúrgico, sino “un himno sublime, destinado durante siglos y generaciones a la bendición solemne del cirio en la gran noche de la Vigilia Pascual; es decir, una proclamación gozosa que se realiza en honor a Cristo luz de las gentes y Señor de la Historia”.
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