Inicio Blog Página 4753

VIII Encuentro Kairós: Oficialmente: ¡somos comunicadores de la Alegría!

0

El pasado viernes, 25 de junio, tuvo lugar el VIII Encuentro Diocesano Kairós, “María, comunicadora de la Alegría” con una dinámica nunca antes vista. Después de 16 meses sin un encuentro presencial, desde el Secretariado de Infancia y Adolescencia de la Diócesis de Jaén se propuso un programa de televisión “Ánima, un programa con alma”, donde María, Madre de los adolescentes, fue la protagonista. Todo giraba en torno a Ella y a su Hijo.

Todo estaba medido con el detalle de Dios para que tuviéramos una velada increíble y María tocara los corazones de los cerca de 70 adolescentes Kairós que acudieron al “plató” como público en el Seminario Diocesano y a los que nos seguían a través del YouTube de la Diócesis de Jaén. Con un público totalmente entregado a crear una atmósfera cálida y acogedora, el programa dio comienzo con un sencillo monólogo de uno de los presentadores, María Alejo, que, en tonos de humor, invitó a ser concretos y precisos en los mensajes que mandamos al prójimo, a ser como María, comunicadores de lo esencial, de la Buena Noticia.

Por ello, en la primera parte del programa se contó con la presencia de Antonio Moreno (@Antonio1Moreno), periodista de la Delegación de Medios de la Diócesis de Málaga, que se entregó completamente a la causa y nos mostró cómo llevar el Evangelio a través de nosotros y cómo, con solo 280 caracteres, es posible recoger el mensaje precioso del evangelio en un Tweets: “Dios te quiere tal y como tú eres y da la vida por ti. Está vivo y te espera”

El encuentro estuvo marcado por la presencia de otros comunicadores de la Alegría en su día a día. Nuestro obispo Don Amadeo que también quiso hacerse presente en el encuentro con un mensaje precioso sobre María y sobre buscar el proyecto de felicidad que tiene Dios pensado para cada uno de nosotros, la ilustradora del cartel del encuentro, Patricia Trigo (@pati.te) que nos mostró cómo evangeliza a través de los dibujos que realiza y como le sirve como vehículo de oración para acercarse más a nuestra Madre, canta autores católicos como Juan Susarte& Confia2 (@juansusarteyconfia2), Rhio Esteban (@rhioesteban), Jose Ibáñez (@joseibannez), D’colores Band (@decoloresband)mostraron cómo llevan el Acorde de Dios en sus canciones y quién es para ellos María, y, por supuesto, el verdadero anuncio que dieron los Kairós, acompañantes y párrocos de la Diócesis ante la pregunta “¿quién es para ti María?”

El programa dio paso a la segunda parte, donde de la mano de otro de los presentadores, Israel Sánchez, Antonio Moreno fue el invitado al concurso de “¿Quién quiere ser generoso?”. Un concurso en el que tenía que responder a 15 preguntas relacionadas con María, elevándose en grado de dificultad, y acumulando un total de 500 € para donarlos a Cáritas Diocesana de Jaén. El público animó el encuentro con aplausos, animando al concursante a gastar los comodines que tenía como ayuda: del 50%, dos comodines del público y uno de la llamada. La tensión se podía mascar en el ambiente a medida que se iban acercando a una cantidad superior y las preguntas se volvían más complicadas. Finalmente, Antonio logró acertar la última pregunta con el comodín de la llamada a don Jesús y se donó un cheque a la profusa labor que Cáritas está haciendo en nuestra Diócesis.

El punto central del encuentro fue el que cerró el programa, con una adoración en el salón de actos del Seminario y donde María, Madre de los adolescentes portaba a Jesús Eucaristía, rodeada de un gran lienzo en el que cada adolescente había dejado su huella y mensaje en torno a su imagen. Una adoración donde el silencio, respeto, ilusión, alegría, llanto, entrega, confianza, gracias fueron los que decoraron el ambiente. Allí, delante del Santísimo, todos nos pusimos de rodillas y solo había un punto de luz en el escenario. Una simple dinámica, donde los Kairós tuvieron que escribir en un posit lo que llevaban dentro (una acción de gracias, preocupaciones, proyectos, dificultades, alegrías…) fue lo que se entregó a los pies de Jesús, a los pies de María. Sin duda, fue el momento más bonito del encuentro, donde María se encargó de recordarnos que Ella es la que nos lleva a Jesús, Ella es el camino más directo para llegar a Jesús y que no tengamos miedo de mirarla, de mirarle a Él.

Realmente, el encuentro fue una auténtica maravilla para todos, para los que participaron, como los que estuvieron detrás empujando, trabajando y disfrutando para que todo saliese bien. Desde aquí, dar las gracias a todos los que habéis hecho posible este encuentro Kairós que nos ha animado a seguir adelante, a redescubrir que la ilusión la seguimos teniendo y que ellos, nuestros adolescentes, son, como dice nuestro obispo don Amadeo, la Iglesia viva, hoy y siempre, y, por eso, Jesús se ha fijado en cada uno de nosotros y somos la alegría y la esperanza del mundo.

 

Kairós Jaén
Secretariado diocesano de Infancia y Adolescencia

Galería fotográfica: «VIII Encuentro Kairós»

Ver este artículo en la web de la diócesis

«La mentalidad actual rechaza la debilidad y el dolor que forman parte de la historia humana y suponen un reto para la elevación del espíritu»

0

Lecturas bíblicas: Sb 1,13-15; 2,23-25; Sal 29,2 y 4.5-6.11-12-13 («Te ensalzaré, Señor, porque me has librado»); 2Cor 8,7-9.13-15; Aleluya: 2Tim 1,10 («Nuestro Salvador, Cristo Jesús ha vencido la muerte…»); Mc 5,21-43.

Queridos hermanos y hermanas:

Veíamos el pasado domingo que Jesús pasó con sus discípulos el lago de Galilea, para adentrarse por poco tiempo en territorio de los pagos. Durante la travesía fueron sorprendidos por una violenta tempestad, que Jesús calmó causando el estupor de los discípulos y revelando ante ellos su autoridad como verdadero enviado del Padre. Ya en territorio de la Decápolis, Jesús expulsó en Gerasa el demonio que atormentaba a un hombre que se veía arrastrado por el poder del espíritu inmundo a vivir entre los sepulcros, lugar impuro que contaminaba de impureza a los que por allí pasan, tanto que para verse libres de esta impureza la ley le imponía un ritual de purificación con agua lustral (cf. Nm 19,11-16.18-21). El demonio conoce a Jesús y confiesa que Jesús es Hijo del Altísimo (cf. Mc 5,7). Jesús volvió de nuevo a la orilla del lago en territorio judío, lugar donde ahora se nos presenta la escena evangélica de este domingo.

Jesús predica de nuevo junto a la orilla del lago, cuando se le presenta uno de los jefes de la sinagoga de nombre Jairo, para rogarle por la vida su hija gravemente enferma, una niña de doce años, a la que su padre llama “mi hijita”, expresión llena de ternura de un padre verdaderamente angustiado pro la suerte de su pequeña. Mientras Jesús se detiene predicando y realizando otros signos de vida, llega una segunda misiva que comunica a Jairo la noticia de la muerte de la niña, y el ruego de no molestar ya al Maestro. Jesús, tomando a Pedro, Santiago y Juan y acompañados por los padres de la niña, realiza el milagro inesperado: devolver la vida a la niña ante la admiración general, mientras él pide que no digan a nadie nada, y todos guarden silencio sobre lo sucedido.

Como podemos ver por las palabras de Jesús a propósito de los exorcismos, es decir, de la expulsión de los demonios, el reino de Dios se revela por la aniquilación del dominio de Satanás, al que Jesús vence en las tentaciones del desierto (cf. Mt 4,10; Lc 4,8), en contraposición con los pecados de incredulidad y desesperanza de los israelitas durante la travesía del desierto. Como algunos autores han interpretado la victoria sobre Satanás, como simple símbolo de la victoria sobre el mal, pudiéramos pensar que en las referencias evangélicas al demonio se trata sólo de una figura o imagen del poder del mal, pero si hemos de ser fieles al Nuevo Testamento, no debemos pensarlo así. Jesús habla del demonio como espíritu caído y eternamente condenado por Dios creador de los ángeles. Jesús habla del significado de este signo, al decir: «Si yo expulso los demonios por el dedo de Dios, es que el reino de Dios ha llegado a vosotros» (Lc 11,20)[1].

No saben interpretar los adversarios de Jesús que los exorcismos y curaciones que realiza Jesús son la señal de que en él ha llegado la salvación.

En el evangelio de san Juan, la disputa de Jesús con los judíos que no creen en él alcanza una fuerte tensión. Los adversarios de Jesús rechazan la fe en Jesús y le acusan diciendo que está endemoniado, pero Jesús responderá a sus adversarios: «Yo no tengo un demonio, sino que honro a mi Padre, y vosotros me deshonráis a mí» (Jn 8,48). Jesús honra al Padre cumpliendo su misión. No saben interpretar los adversarios de Jesús que los exorcismos y curaciones que realiza Jesús son la señal de que en él ha llegado la salvación. Jesús viene revelar que Dios es el creador de la vida y sólo la envidia del demonio es la causa de la irrupción de la muerte en el mundo. Dios no se recrea ni en la muerte ni en la destrucción de los vivientes, porque «todo lo creó para que subsistiera» (Sb 1,14). Los judíos distinguían entre animales puros e impuros (cf. Lv 11), pero toda vida ha salido pura de las manos del creador y el libro de la Sabiduría lo expresa en sentencias que no inducen a error por su claridad: «las criaturas del mundo son saludables, no hay en ellas veneno de muerte, ni el abismo reina sobre la tierra, porque la justicia es inmortal» (Sb 1,14b-15). Cuando Pedro se niega a entrar en casa de paganos y a comer carne de animales impuros, es Dios mismo quien le disuade de este error, y la voz del cielo le dice durante la visión que Pedro tuvo cuando iba a la casa del centurión romano Cornelio: «Lo que Dios declaró puro, tú no lo declares profano» (Hch 10,15).

Jesús viene a restaurar la vida herida por el pecado, y llevar a cabo la redención de toda criatura del mal, cuya meta es la victoria sobre la muerte, que ya ha acontecido de modo incipiente, pero algo verdaderamente decisivo para la resurrección de toda carne.

Jesús viene a restaurar la vida herida por el pecado, y llevar a cabo la redención de toda criatura del mal, cuya meta es la victoria sobre la muerte, que ya ha acontecido de modo incipiente, pero algo verdaderamente decisivo para la resurrección de toda carne. Jesús es el buen pastor que declara sobre su misión redentora: «Yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante» (Jn 10,10). El mismo Jesús es la vida y por eso su palabra y su cuerpo son el alimento que da vida eterna, quien tiene fe en que Jesús es el portador de la vida y come del pan que ha bajado del cielo, la carne del Hijo del hombre, ese vivirá para siempre y tendrá vida eterna, como Jesús declara sobre sí mismo en el discurso del pan de vida que tanto escandaliza a los que le habían seguido (cf. Jn 6,48-51).

Porque Jesús es el portador de la vida, de Jesús dimana la vida para cuantos se acercan a él con fe y dejan que el contacto físico permita que la vida pase de él a cuantos la enfermedad amenaza de muerte. Es el caso de la hemorroísa, la mujer que había padecido durante años flujos de sangre y había gastado su fortuna en los médicos y pensaba que con sólo tocar a Jesús sanaría. La mujer creyó que se vería libre de la enfermedad tocando a Jesús, aunque fuera la orla de su manto, porque los flujos de sangre la hacían además impura según la ritualidad de la religión judía. Jesús preguntaba a sus discípulos sorprendidos por las palabras del Señor, ya que la multitud se apretujaba en torno a él: «Quién ha tocado mi manto?» (Mc 5,30), porque conocía que una fuerza sanadora había salido de él. Una vez que la mujer descubierta confiesa su autoría, ante la fe de aquella mujer, Jesús exclamó: «Hija, tu fe te ha salvado. Vete en paz y queda sana de tu mal» (5,34). No se trata de que Jesús sea comprendido como un talismán del cual dimanan fuerzas mágicas, porque también otros muchos tocaron a Jesús sin experimentar transformación alguna, por eso el evangelista resalta la fe de esta mujer como condición del milagro, y Jesús alaba la fe de esta mujer como ejemplo para los demás. Con apertura confiada a la acción de Jesús, el que cree sabe que la salvación viene de Dios y los milagros que realiza acreditan que Jesús actúa «por el dedo de Dios».

Jesús recrimina la falta de fe a sus adversarios: «Me habéis visto y no creéis» (Jn 6,36), y en ello reside el pecado contra el Espíritu Santo, que «no se perdonará ni este mundo ni en el otro» (Mt 12,32), porque la fe es el principio de vida y creer en Jesús es garantía de vida eterna. Tal es la voluntad de Jesús, de modo que «todo el vea al Hijo y crea en él tendrá vida eterna y yo le resucitaré en el último día» (Jn 6,40). Ante el abandono de muchos de sus discípulos a causa del discurso sobre el pan de vida, Jesús sabía que había algunos que no creían (cf. Jn 6,64), y por eso les dirá que la fe en él como el enviado del Padre, como el Hijo, que es el pan y la vida del mundo, sólo se puede comprender a la luz de la fe que es don del Padre (cf. Jn 6,65).

Vivimos momentos difíciles, porque la cultura ambiente apuesta por la muerte y no por la vida. La eutanasia y el suicidio asistido se han convertido en ley que hace posible la eliminación de los seres humanos, inclinando progresivamente a la sociedad hacia una concepción de la vida placentera y útil como la única forma de vida digna de ser vivida. La mentalidad actual rechaza la vida cercada por la debilidad, la enfermedad y el dolor, que sin embargo forman parte de la historia humana y suponen un reto para la elevación del espíritu y la victoria sobre nuestras limitaciones. Se pretende hacer del aborto un medio de control de natalidad contra el sentido común, que no deja de hacer evidente que la eliminación de un ser humano, aún en estado embrionario, es un pecado contra el Creador de la vida. Una sociedad sin nacimientos es una sociedad sin futuro. Mientras se promueve la eutanasia y el aborto no se promueve la natalidad; y, mientras no se apuesta por lograr una ley de cuidados paliativos ampliamente compartida. Se trata de una alternativa válida que promueva la asistencia de las personas acosadas por el dolor de la enfermedad evitando que este acoso del ser humano se convierta en un fracaso. El fracaso, por su propia insuficiencia, del empeño por una ley de atención a la dependencia, que ha puesto de manifiesto que la desatención a las personas discapacitadas sigue siendo un reto para promover y compartir una gran cultura de la vida, íntegramente comprendida: la vida biológica, psíquica y espiritual a un tiempo, como es la vida del hombre compuesto de alma y cuerpo. Todo cuanto se haga, por proteger la vida humana —de hecho, no haremos nunca lo suficiente— redundará en pro de una sociedad más justa, y más equilibrada en la defensa de los derechos civiles convencionales, cuyo reconocimiento favorece la convivencia, aunque tienen un rango menor que los derechos fundamentales de la persona humana.

La mentalidad actual rechaza la vida cercada por la debilidad, la enfermedad y el dolor, que sin embargo forman parte de la historia humana y suponen un reto para la elevación del espíritu y la victoria sobre nuestras limitaciones.

La fe de la mujer que padecía flujos de sangre y la fe de Jairo, el jefe de la sinagoga, es la fe en que Jesús es portador de vida y de salvación han de estimular nuestra fe, a veces tan débil y apagada, incapaz de afrontar las dificultades de una sociedad como la nuestra. En el caso de Jairo esta fe alcanza una significación poderosa, si prestamos atención al hecho de que frente a los mensajeros que comunican a Jairo que la niña ha muerto y no merece ya la pena molestar al Maestro, Jairo acoge la palabra de Jesús que le anima a no desesperar declarando contra toda evidencia que la niña está dormida. En esta situación desesperada la fe tiene una mayor importancia porque son mayores los obstáculos con los que tropieza.

En efecto, «la fe es aquí la postura que permite al hombre esperar contra toda esperanza», ya que quien como Jairo se aferra a la palabra de Jesús está confesando que para quien cree todo es posible, porque para Dios nada hay imposible[2]. Mantengamos la fe que alimenta nuestra esperanza: la fe en Dios y en Jesucristo Hijo de Dios, porque, en verdad, para el que cree todo está abierto a un futuro donde todo depende de Dios.

S. A. I. Catedral de la Encarnación

26 de junio de 202

+ Adolfo González Montes, Obispo de Almería

Ilustración: Resurrección de la hija de Jairo. Bronzino (1570-1572). Basílica Santa Maria Novella, Florencia

[1] Cf. Sagrada Biblia, versión de F. Cantera Burgos y M. Iglesias Gonzalez (Madrid 1979): nota a Mc 5,1-20 (→Mt 8,28-34; Lc 8,26-39).

[2] Cf. J. Gnilka, El evangelio según san Marcos, vol. I (Salamanca 1986) 252s.

Ver este artículo en la web de la diócesis

MONSEÑOR RICO PAVÉS SE DESPIDE DE LA DIÓCESIS DE GETAFE

0

Este sábado 26 de junio en la Basílica del Sagrado Corazón de Jesús se ha celebrado una Eucaristía de acción de gracias, presidida por Monseñor D. José Rico Pavés, para despedirse del pueblo de Dios que peregrina en la Diócesis de Getafe tras su nombramiento como Obispo de Asidonia-Jerez.

Aquí tienes completo la celebración de despedida de Mons. Rico Pavés

Monseñor D. José Rico Pavés se despedía de la Diócesis de Getafe este sábado 26 de junio a las 12:30hrs desde la Basílica del Sagrado Corazón de Jesús en el Cerro de los Ángeles. Esta Eucaristía, que fue presidida por el prelado, se dió gracias a Dios por estos 9 años en los que ha ejercido como Obispo Auxiliar del pueblo de Dios que peregrina en la zona sur de Madrid.

En esta celebración, que siguió las correspondientes medidas higiénico-sanitarias, el Obispo Electo de Asidonia-Jerez recordó las vivencias y momentos vividos con todas las realidades eclesiales de la Diócesis de Getafe, mencionando algunos momentos especiales que se lleva en su corazón, ya que sin la participación toda la Iglesia de Getafe no hubiera podido llevar a cabo su labor como pastor. Igualmente, subrayó que sin la oración de todos ellos nada sería posible, por lo que en esta nueva etapa que comienza en la Iglesia Asidonense les pidió que sigan rezando por él.

Tras esta Eucaristía de despedida, el Obispo electo de Asidonia-Jerez se preparará para su toma de posesión como pastor de la Iglesia Asidonense el próximo 31 de julio a las 11hrs en la Santa Iglesia Catedral de Nuestro Señor de San Salvador, situada en Jerez de la Frontera sede de la Diócesis.

Ver este artículo en la web de la diócesis

4 nuevos diáconos “ungidos” para el servicio del pueblo cristiano de Granada

0

D. Moisés Mesa (izq.), D. Antonio Guzmán, D. Israel Castillo y D. Joaquín Alcalde (drch.)

La Iglesia de Granada celebró con júbilo en la jornada de ayer, 27 de junio, la Ordenación diaconal de 4 seminaristas del Seminario Mayor San Cecilio, en la Catedral, que desde ahora se suman como colaboradores del presbiterio diocesano al servicio del pueblo cristiano granadino.

La Catedral acogió en la mañana de ayer, día 27, la Eucaristía en la que D. Joaquín Alcalde, D. Moisés Mesa, D. Antonio Jesús Guzmán y D. Israel Castillo, todos formados en el Seminario Mayor San Cecilio de Granada, recibieron de manos de nuestro Arzobispo, Mons. Javier Martínez la Ordenación diaconal.

Durante la celebración, los nuevos diáconos estuvieron acompañados por los seminaristas del San Cecilio y del Seminario Misionero Redemptoris Mater, así como por sus formadores, otros miembros del clero diocesano, sus familias y por decenas de fieles llegados de distintos puntos de la provincia de Granada, y de otras ciudades de España como Málaga, Jaén y Madrid.

Visiblemente emocionados, los nuevos diáconos fueron arropados por el cariño del pueblo cristiano que se desplazó hasta la Catedral y que ya cuenta con cuatro nuevos colaboradores, en este primer grado del Orden sacerdotal, como diáconos, que desempeñarán su tarea pastoral en distintos puntos de nuestra diócesis.

DON DE DIOS PARA EL MUNDO EN CRISTO

Durante su homilía nuestro Arzobispo dio gracias a Dios por las vidas y vocaciones de los diáconos puestas al servicio de la Iglesia, Esposa de Cristo. “La vida de un ministro, de un diácono, de un presbítero, de un obispo o un pastor, es un bien inmenso para ella, y para el mundo. Es un regalo que trasciende las relaciones humanas que tenemos de amistad, incluso las de familia. Es un don”, aseguró D. Javier.

Asimismo, nuestro prelado reflexionó sobre algunas de las funciones pastorales que asumen los diáconos asimilándolas como algo propio: “En el mundo en el que estamos, no se trata solo de hacer unas funciones sagradas, bien hechas, que forman parte de la vida pero que no son toda la vida. Eso es bueno y además, vuestras funciones sagradas ahora mismo, si es proclamar la palabra de Dios, es hacer vuestra esa palabra, asimilarla, hacerla sangre de vuestra sangre, parte de vuestro ADN, por así decir. Y si es la Eucaristía y servir a la Eucaristía, no hay escuela mejor”, destacaba.

SER SACRAMENTO VIVO

Al término de sus palabras, nuestro Arzobispo finalizó con una reflexión sobre la fuerza del sacramento recibido que hace del servidor de Cristo una ofrenda viva.

“Vuestro ser sacramento de Cristo no se limita al momento en que recibís la imposición de las manos o la unción, vuestro sacramento es vuestra vida: vosotros sois ese sacramento. Vuestras vidas tienen que proclamar a voz en grito, que el amor de Dios es un amor gratuito, que en vuestras vidas hay algo más que vuestras cualidades, vuestros temperamentos, vuestros límites, que de algún modo está el Señor. Hacedlo todo en nombre de Cristo”.

Finalmente, las palabras de Mons, Martínez culminaron con una nueva acción de gracias por el “lujo” de ordenar cuatro diáconos en la Iglesia granadina. “Le pedimos que el Señor cumpla su promesa en vosotros, es decir, que vuestras vidas, la de cada uno, florezcan en plenitud”.

En adelante, D. Joaquín Alcalde y D. Moisés Mesa ayudarán en las parroquias de las localidades alpujarreñas de Pampaneira, Capileira, Soportújar, Mecina Fondales; D. Antonio Jesús Guzmán en Almuñécar y D. Israel Castillo continuará su formación cursando un Máster en Filosofía en Madrid.

María José Aguilar
Secretariado de Medios de Comunicación Social

 

[mx_youtuber type=»video» id=»KPPoytiDR3M» display=»header,title,channel»]

Ver este artículo en la web de la diócesis

Confirmaciones de 22 fieles en la parroquia de la Encarnación de Motril

0

Confirmaciones de 22 fieles en la parroquia de la Encarnación de Motril

Un grupo de 22 personas, 17 alumnos y 5 adultos, recibieron el sacramento de la Confirmación en la parroquia de la Encarnación de Motril. Acudió a presidirlas el Arzobispo de Granada, Mons. Javier Martínez, el pasado viernes 25 de junio.

Con todas las medidas sanitarias establecidas, finalmente se pudieron llevar a cabo la celebración de este grupo de Confirmación de la parroquia motrileña. 17 alumnos de los últimos cursos de primaria y los primeros de secundaria del colegio Santo Rosario recibieron este sacramento después de 3 años de formación catequética.

En el ensayo del día previo, este grupo de confirmandos tuvo tiempo de preparar una Confesión general antes recibir este último sacramento de iniciación cristiana. Entre los alumnos, varios eran hijos de algunos profesores del centro.

RECIBIENDO LOS SIETE DONES

Junto a su párroco, D. José Albadalejo, el Arzobispo de Granada presidió la celebración en la iglesia motrileña. En su predicación, recordó algunos de los dones del Espíritu Santo, entre ellos, el del santo temor de Dios, que no consiste en temer a Dios sino el de perder su amor.

La preparación catequética con los alumnos fue en encuentros quincenales, manteniendo la distancia. “No hemos hecho los encuentros o convivencias de otros años, pero los chavales se adaptaron muy bien, dentro de la Iglesia”, explica Manuel, el catequista responsable, que cuenta que en este tiempo los chicos han podido profundizar en el sentido de los 7 sacramentos de forma lúdica. “Mediante una breve explicación hacíamos luego actividades, sopas de letras, crucigramas, para que ellos también entendiesen las ideas principales: símbolos, ritos, etc.”.

“Los chavales estaban inquietos pero con paz, algo impactados por la presencia del Arzobispo”, dice el párroco, que asegura que los confirmandos recibieron el sacramento en un clima de alegría y muy familiar.

Ignacio Álvarez
Secretariado de Medios de Comunicación Social
Arzobispado de Granada

Ver este artículo en la web de la diócesis

En imágenes, los mejores momentos de las ordenaciones diaconales

0

En imágenes, los mejores momentos de las ordenaciones diaconales

Ofrecemos una recoplación con las mejores imágenes de las ordenaciones diaconales de D. Joaquín Alcalde, D. Moisés Mesa, D. Antonio Jesús Guzmán y D. Israel Castillo, el pasado 27 de junio en la S.I. Catedral.

Los cuatro recibieron este nuevo orden ministerial, de manos del Arzobispo de Granada, iniciando una nueva etapa que les prepara a su futura ordenación presbiteral.

Durante la celebración, los nuevos diáconos estuvieron acompañados por los seminaristas del San Cecilio y del Seminario Misionero Redemptoris Mater. Además de sus familias y formadores, cientos de fieles llegados de Granada,Málaga, Jaén y Madrid.

Ver galería
Ver imágenes en Flickr
Leer noticia

Ignacio Álvarez
Secretariado de Medios de Comunicación Social
Arzobispado de Granada

Ver este artículo en la web de la diócesis

Fallece el sacerdote y profesor D. José Hernández Callejas

0

D. José Hernández presidiendo la Eucaristía conmemorativa de sus 50 años como sacerdote.

El pasado viernes 25 de junio subía a la Casa del Padre el sacerdote diocesano D. José Hernández Callejas, natural de Pulianas.

Ordenado en Granada en el año 1966, D. José comenzó su ministerio como vicario cooperador en la Parroquia de la Encarnación de Motril.

Desde el 71 hasta el año 90 estuvo a cargo de las parroquias de las localidades de Cacín y Santa Cruz del Comercio. Posteriormente pasó a ser el ecónomo de la Parroquia Santísimo Cristo de la Salud en Nívar durante un lustro y de las parroquia de San Ildefonso y Santa Cristina en la localidad de Güevéjar.

Aquellos años los compaginó a su vez con su trabajo como profesor en el Instituto Emilio Muñoz de Cogollos Vega y después en el Instituto Zaidín Vergeles, donde todavía se le recuerda.

Fue párroco después de la Inmaculada Niña Parroquia Inmaculada Niña hasta el 2012. Su última responsabilidad pastoral fue la de ocuparse de ser el capellán de las Hermanitas de los Pobres durante un año, antes de su jubilación en 2018.

Expiró su último aliento el pasado 25 de junio, a sus 83 años de edad. Se ruega una oración por su alma. Descanse en paz.

Ignacio Álvarez
Secretariado de Medios de Comunicación Social
Arzobispado de Granada

Ver este artículo en la web de la diócesis

Homilía del Domingo XIII del T.O

0

Lecturas bíblicas: Sb 1,13-15; 2,23-25; Sal 29,2 y 4.5-6.11-12-13 («Te ensalzaré, Señor, porque me has librado»); 2Cor 8,7-9.13-15; Aleluya: 2Tim 1,10 («Nuestro Salvador, Cristo Jesús ha vencido la muerte…»); Mc 5,21-43.

Queridos hermanos y hermanas:

Veíamos el pasado domingo que Jesús pasó con sus discípulos el lago de Galilea, para adentrarse por poco tiempo en territorio de los pagos. Durante la travesía fueron sorprendidos por una violenta tempestad, que Jesús calmó causando el estupor de los discípulos y revelando ante ellos su autoridad como verdadero enviado del Padre. Ya en territorio de la Decápolis, Jesús expulsó en Gerasa el demonio que atormentaba a un hombre que se veía arrastrado por el poder del espíritu inmundo a vivir entre los sepulcros, lugar impuro que contaminaba de impureza a los que por allí pasan, tanto que para verse libres de esta impureza la ley le imponía un ritual de purificación con agua lustral (cf. Nm 19,11-16.18-21). El demonio conoce a Jesús y confiesa que Jesús es Hijo del Altísimo (cf. Mc 5,7). Jesús volvió de nuevo a la orilla del lago en territorio judío, lugar donde ahora se nos presenta la escena evangélica de este domingo.

Jesús predica de nuevo junto a la orilla del lago, cuando se le presenta uno de los jefes de la sinagoga de nombre Jairo, para rogarle por la vida su hija gravemente enferma, una niña de doce años, a la que su padre llama “mi hijita”, expresión llena de ternura de un padre verdaderamente angustiado pro la suerte de su pequeña. Mientras Jesús se detiene predicando y realizando otros signos de vida, llega una segunda misiva que comunica a Jairo la noticia de la muerte de la niña, y el ruego de no molestar ya al Maestro. Jesús, tomando a Pedro, Santiago y Juan y acompañados por los padres de la niña, realiza el milagro inesperado: devolver la vida a la niña ante la admiración general, mientras él pide que no digan a nadie nada, y todos guarden silencio sobre lo sucedido.

Como podemos ver por las palabras de Jesús a propósito de los exorcismos, es decir, de la expulsión de los demonios, el reino de Dios se revela por la aniquilación del dominio de Satanás, al que Jesús vence en las tentaciones del desierto (cf. Mt 4,10; Lc 4,8), en contraposición con los pecados de incredulidad y desesperanza de los israelitas durante la travesía del desierto. Como algunos autores han interpretado la victoria sobre Satanás, como simple símbolo de la victoria sobre el mal, pudiéramos pensar que en las referencias evangélicas al demonio se trata sólo de una figura o imagen del poder del mal, pero si hemos de ser fieles al Nuevo Testamento, no debemos pensarlo así. Jesús habla del demonio como espíritu caído y eternamente condenado por Dios creador de los ángeles. Jesús habla del significado de este signo, al decir: «Si yo expulso los demonios por el dedo de Dios, es que el reino de Dios ha llegado a vosotros» (Lc 11,20)[1].

En el evangelio de san Juan, la disputa de Jesús con los judíos que no creen en él alcanza una fuerte tensión. Los adversarios de Jesús rechazan la fe en Jesús y le acusan diciendo que está endemoniado, pero Jesús responderá a sus adversarios: «Yo no tengo un demonio, sino que honro a mi Padre, y vosotros me deshonráis a mí» (Jn 8,48). Jesús honra al Padre cumpliendo su misión. No saben interpretar los adversarios de Jesús que los exorcismos y curaciones que realiza Jesús son la señal de que en él ha llegado la salvación. Jesús viene revelar que Dios es el creador de la vida y sólo la envidia del demonio es la causa de la irrupción de la muerte en el mundo. Dios no se recrea ni en la muerte ni en la destrucción de los vivientes, porque «todo lo creó para que subsistiera» (Sb 1,14). Los judíos distinguían entre animales puros e impuros (cf. Lv 11), pero toda vida ha salido pura de las manos del creador y el libro de la Sabiduría lo expresa en sentencias que no inducen a error por su claridad: «las criaturas del mundo son saludables, no hay en ellas veneno de muerte, ni el abismo reina sobre la tierra, porque la justicia es inmortal» (Sb 1,14b-15). Cuando Pedro se niega a entrar en casa de paganos y a comer carne de animales impuros, es Dios mismo quien le disuade de este error, y la voz del cielo le dice durante la visión que Pedro tuvo cuando iba a la casa del centurión romano Cornelio: «Lo que Dios declaró puro, tú no lo declares profano» (Hch 10,15).

Jesús viene a restaurar la vida herida por el pecado, y llevar a cabo la redención de toda criatura del mal, cuya meta es la victoria sobre la muerte, que ya ha acontecido de modo incipiente, pero algo verdaderamente decisivo para la resurrección de toda carne. Jesús es el buen pastor que declara sobre su misión redentora: «Yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante» (Jn 10,10). El mismo Jesús es la vida y por eso su palabra y su cuerpo son el alimento que da vida eterna, quien tiene fe en que Jesús es el portador de la vida y come del pan que ha bajado del cielo, la carne del Hijo del hombre, ese vivirá para siempre y tendrá vida eterna, como Jesús declara sobre sí mismo en el discurso del pan de vida que tanto escandaliza a los que le habían seguido (cf. Jn 6,48-51).

Porque Jesús es el portador de la vida, de Jesús dimana la vida para cuantos se acercan a él con fe y dejan que el contacto físico permita que la vida pase de él a cuantos la enfermedad amenaza de muerte. Es el caso de la hemorroísa, la mujer que había padecido durante años flujos de sangre y había gastado su fortuna en los médicos y pensaba que con sólo tocar a Jesús sanaría. La mujer creyó que se vería libre de la enfermedad tocando a Jesús, aunque fuera la orla de su manto, porque los flujos de sangre la hacían además impura según la ritualidad de la religión judía. Jesús preguntaba a sus discípulos sorprendidos por las palabras del Señor, ya que la multitud se apretujaba en torno a él: «Quién ha tocado mi manto?» (Mc 5,30), porque conocía que una fuerza sanadora había salido de él. Una vez que la mujer descubierta confiesa su autoría, ante la fe de aquella mujer, Jesús exclamó: «Hija, tu fe te ha salvado. Vete en paz y queda sana de tu mal» (5,34). No se trata de que Jesús sea comprendido como un talismán del cual dimanan fuerzas mágicas, porque también otros muchos tocaron a Jesús sin experimentar transformación alguna, por eso el evangelista resalta la fe de esta mujer como condición del milagro, y Jesús alaba la fe de esta mujer como ejemplo para los demás. Con apertura confiada a la acción de Jesús, el que cree sabe que la salvación viene de Dios y los milagros que realiza acreditan que Jesús actúa «por el dedo de Dios».

Jesús recrimina la falta de fe a sus adversarios: «Me habéis visto y no creéis» (Jn 6,36), y en ello reside el pecado contra el Espíritu Santo, que «no se perdonará ni este mundo ni en el otro» (Mt 12,32), porque la fe es el principio de vida y creer en Jesús es garantía de vida eterna. Tal es la voluntad de Jesús, de modo que «todo el vea al Hijo y crea en él tendrá vida eterna y yo le resucitaré en el último día» (Jn 6,40). Ante el abandono de muchos de sus discípulos a causa del discurso sobre el pan de vida, Jesús sabía que había algunos que no creían (cf. Jn 6,64), y por eso les dirá que la fe en él como el enviado del Padre, como el Hijo, que es el pan y la vida del mundo, sólo se puede comprender a la luz de la fe que es don del Padre (cf. Jn 6,65).

Vivimos momentos difíciles, porque la cultura ambiente apuesta por la muerte y no por la vida. La eutanasia y el suicidio asistido se han convertido en ley que hace posible la eliminación de los seres humanos, inclinando progresivamente a la sociedad hacia una concepción de la vida placentera y útil como la única forma de vida digna de ser vivida. La mentalidad actual rechaza la vida cercada por la debilidad, la enfermedad y el dolor, que sin embargo forman parte de la historia humana y suponen un reto para la elevación del espíritu y la victoria sobre nuestras limitaciones. Se pretende hacer del aborto un medio de control de natalidad contra el sentido común, que no deja de hacer evidente que la eliminación de un ser humano, aún en estado embrionario, es un pecado contra el Creador de la vida. Una sociedad sin nacimientos es una sociedad sin futuro. Mientras se promueve la eutanasia y el aborto no se promueve la natalidad; y, mientras no se apuesta por lograr una ley de cuidados paliativos ampliamente compartida. Se trata de una alternativa válida que promueva la asistencia de las personas acosadas por el dolor de la enfermedad evitando que este acoso del ser humano se convierta en un fracaso. El fracaso, por su propia insuficiencia, del empeño por una ley de atención a la dependencia, que ha puesto de manifiesto que la desatención a las personas discapacitadas sigue siendo un reto para promover y compartir una gran cultura de la vida, íntegramente comprendida: la vida biológica, psíquica y espiritual a un tiempo, como es la vida del hombre compuesto de alma y cuerpo. Todo cuanto se haga, por proteger la vida humana —de hecho, no haremos nunca lo suficiente— redundará en pro de una sociedad más justa, y más equilibrada en la defensa de los derechos civiles convencionales, cuyo reconocimiento favorece la convivencia, aunque tienen un rango menor que los derechos fundamentales de la persona humana.

La fe de la mujer que padecía flujos de sangre y la fe de Jairo, el jefe de la sinagoga, es la fe en que Jesús es portador de vida y de salvación han de estimular nuestra fe, a veces tan débil y apagada, incapaz de afrontar las dificultades de una sociedad como la nuestra. En el caso de Jairo esta fe alcanza una significación poderosa, si prestamos atención al hecho de que frente a los mensajeros que comunican a Jairo que la niña ha muerto y no merece ya la pena molestar al Maestro, Jairo acoge la palabra de Jesús que le anima a no desesperar declarando contra toda evidencia que la niña está dormida. En esta situación desesperada la fe tiene una mayor importancia porque son mayores los obstáculos con los que tropieza.

En efecto, «la fe es aquí la postura que permite al hombre esperar contra toda esperanza», ya que quien como Jairo se aferra a la palabra de Jesús está confesando que para quien cree todo es posible, porque para Dios nada hay imposible[2]. Mantengamos la fe que alimenta nuestra esperanza: la fe en Dios y en Jesucristo Hijo de Dios, porque, en verdad, para el que cree todo está abierto a un futuro donde todo depende de Dios.

 

A. I. Catedral de la Encarnación

26 de junio de 2021

+ Adolfo González Montes
Obispo de Almería

 

[1] Cf. Sagrada Biblia, versión de F. Cantera Burgos y M. Iglesias Gonzalez (Madrid 1979): nota a Mc 5,1-20 (→Mt 8,28-34; Lc 8,26-39).

[2] Cf. J. Gnilka, El evangelio según san Marcos, vol. I (Salamanca 1986) 252s.

Homilía en la Ordenación sacerdotal de Antonio José Blanca

0

Querido Antonio:

Con lo que te acaba de decir el Evangelio, ya sabes dónde está el corazón mismo de tu sacerdocio. No hay nada que explique y sitúe mejor lo que hoy te está sucediendo: que el amor de Cristo que te ha elegido, y solo él sabe por qué; a decir verdad, ni nosotros mismos lo sabemos. Lo que sí sabemos, y con esto basta, es que te ha llamado y elegido porque te ama y quiere enviarte a llevar su amor por los caminos de mundo, quiere que le muestres, como el Buen Pastor, que ama a sus ovejas. Con las preguntas a Pedro, también a ti, como hizo él, quiere encomendarte una misión: que vayas a los que son suyos, a los que Él ama: “apacienta MIS CORDEROS, apacienta MIS OVEJAS”. No hay nadie con más olor a oveja que Jesús.

Ser pastor como Jesús es la razón fundamental de nuestro sacerdocio. El sacerdote, en su amor de pastor, participa de su misma afectividad. Estamos llamados a ser pastores con el amor que cada día recibimos de Cristo Jesús. Por eso nuestro ministerio es un servicio de amor (amoris officium). Ese amor de Cristo por su grey se te ha ido grabando, con letras de oro y fuego, a lo largo de tu formación en el seminario; así has conocido que la Caridad Pastoral es esencial en nuestra estructura espiritual y eclesial. Entre todo lo que has tenido que madurar en tu formación, (en la oración, la vida eucarística y sacramental, la convivencia fraterna, el acompañamiento espiritual y el estudio intenso y responsable…) seguramente lo esencial para ti, durante este largo tiempo, ha sido mantener viva esta pegunta personal e íntima de Jesucristo: “¿Me amas?”. Con los hermanos sacerdotes, que hoy te impondrán las manos conmigo, te digo ya desde hoy que en el complejo, amplio y a veces complicado ejercicio del ministerio, has de vivir esa pregunta de amor con toda intensidad. Lo harás, sobre todo, cuando te sientas pequeño, cansado o confuso. Renueva cada día tu respuesta; que será tu jaculatoria diaria: “Señor, Tú conoces todo, Tú sabes que te quiero”. Tú conoces mis luchas, mis debilidades, mis miedos y mis fracasos, hasta conoces mis presunciones; Tú todo lo sabes, hasta mis éxitos, mis consuelos y mis esfuerzos. En todo vivo de tu amor íntimo, personal y confiado.

En el Seminario has aprendido a verte en el corazón amoroso de Cristo; continúa siempre mirándote en él y no te valores por otra cosa que no sea por lo que Jesús ha hecho contigo y sabe de ti: no busques conocerte a ti mismo en otras fuentes que no sean el corazón mismo de Cristo. Solo en Él encontrarás la verdad permanente de tu vida. Por eso, no dejes de repetirle, mirándole a los ojos o con la cabeza baja, según te permita mirar tu fidelidad, mayor o menor: “Señor, tú sabes que te quiero”. Sea como sea tu situación, deja que fluya con humildad y sinceridad tu respuesta a la pregunta de amor que te hará Jesús constantemente.

Para que se mantenga la pasión de tu caridad pastoral, confía siempre en el Espíritu Santo. Él mantiene vivo tu amor pastoral y contigo sostiene el amor y el compromiso misionero de la porción de pueblo de Dios que te ha sido confiada. Vivir el ministerio sacerdotal en una Iglesia sinodal y misionera, supone confiar en que el Espíritu sostiene y enriquece el sensus fidei del pueblo de Dios y el sensus fidei de los pastores, ambos unidos en el caminar de la Iglesia. El Espíritu Santo estará permanentemente sobre ti y será el animador de un ministerio que asuma y tenga siempre el tono de novedad y valentía creativa que sólo es Él puede dar. El Espíritu siempre nos lleva por los amores preferentes de Cristo.

El profeta Isaías, que hoy se ha escuchado en esta asamblea Eucarística, en medio de la cual se celebra tu ordenación sacerdotal, te ha ofrecido la misma Palabra, con los mismos deseos, que un día leyó y asumió Jesús en la sinagoga de Nazaret. Escúchala, Antonio, y rézala con asiduidad. No olvides que Jesús se la aplicó a sí mismo, bajo el amor del Espíritu, que también estará sobre ti. Di tú, entonces: hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír. Dilo para ti y para todos los que estamos aquí reunidos contigo. Haz de este texto una convicción de tu vida sacerdotal.

Dedícate como Jesús a identificar y cuidar a aquellos a los que él te envía en tu Iglesia. Muchos estarán perdidos, huidos, o desolados; descubre siempre a los que sufren y muéstrate interesado en todo el sufrimiento que percibas en tus hermanos. Conviértete, con la comunidad a la que sirves, en consolador del dolor y el sufrimiento humano. Sé siempre sensible a los corazones desgarrados, y no juzgues por apariencias ni por tópicos; no olvides que los desastres que se instalan en el corazón son terribles y muy destructivos. Cuando mires a tu hermano herido ten siempre en cuenta que no hay nada más de Dios que el perdón, la misericordia y la salvación. Por eso, un cristiano nunca debe de banalizar términos como misericordia y perdón. Eso, porque es de Dios, pertenece a nuestra mirada pastoral que siempre ha de ser redentora en Cristo.

Trabaja, en definitiva, por el Reino. No olvides que tu oficio, aunque tenga actividades imprescindibles de culto, espiritualidad, evangelización, de formación, de servicio de la caridad, etc. Si no tiene el fin mismo de la Iglesia, solo será un hacer por hacer. Todo en tu ministerio está al servicio del Reino de Dios. Somos Iglesia del Señor para llevar unidos el Reino a este mundo. Por eso, aprende y practica con tus comunidades nuevas formas de convivencia humana, formas de fraternidad universal. Comparte y transmite la ilusión de una transformación social que haga este mundo digno de Dios y de la vida de los seres humanos.

Y hazlo todo, Antonio, en la Iglesia del Señor. No olvides que el camino para nosotros es el de la sinodalidad de la Iglesia, que es su esencia y su modo de ser; pero una sinodalidad que sea profecía para el mundo de hoy. Recuérdalo siempre, tú estás en ella, no sobre ella ni fuera; es tu Iglesia, y nosotros actuamos en su nombre, en su corazón, en su estilo, aunque a veces haya cosas que no nos gusten, porque no las hacemos bien e incluso las hacemos muy mal. Le dice Pablo a los de Mileto: “Tened cuidado de vosotros y del rebaño que el Espíritu Santo os ha encargado guardar como pastores de la Iglesia de Dios, que Él adquirió con su propia sangre”. Procura situar muy bien la Iglesia en tu corazón y en tu ministerio. No eres un funcionario ni un asalariado, ni una pieza en una empresa; eres un miembro situado, espiritual y sacramentalmente, en el Cuerpo de Cristo. En una Iglesia sinodal eres un hermano con una misión y un servicio. No obstante, te advierto con Jesús y también como él se lo suplicó al Padre, que estás en este mundo. Por eso, repito para ti estas palabras de Jesús al Padre: “No ruego que los retires del mundo, sino que los guardes del maligno” (Jn 17,6-17). Jesús nos invita a vivir en el mundo sin ser del mundo, quiere que vivamos una sana secularidad y que huyamos del secularismo. No olvides que este mundo seduce al hombre y oculta a Dios; que la mundanidad es muy sutil en su seducción. A veces nos atrapa incluso con una mundanidad espiritual, como nos recuerda el Papa Francisco; cuando nos buscamos a nosotros mismos y suplantamos a Cristo en nuestra vida y nuestra misión.

Vive a fondo la vida de la Iglesia y procura estar muy atento a lo que el Espíritu va indicando en cada momento, en tu Iglesia diocesana y en el Magisterio de la Iglesia, del Papa y los obispos. Para eso es necesario que vivas una espiritualidad de comunión. Recuerda siempre que el presbítero es un ser relacional: vive unido a tu obispo por el vínculo de cooperación ministerial, que a partir de hoy y para siempre se establece; vive unido al presbiterio al que te insertas con fraternidad sacerdotal, que es mucho más que complicidad e incluso que afectividad y simpatías de unos por otros. Ser presbítero es ser miembro de una unidad de servicio. Siéntete siempre en el empeño de un trabajo en comunión en la comunidad que tengas confiada a tu tutela de pastor.

Afánate en construir la unidad. Hazlo, sobre todo, desde la Eucaristía, raíz en la que se injerta la comunión y de la que fluye la unidad. En la celebración eucarística confluyen el sacerdocio común de los fieles y el sacerdocio ministerial, al que hoy te incorporas. En definitiva, súmate con entusiasmo a una Iglesia que camina en sinodalidad. Estrenarás sacerdocio y ministerio en un año en el que el sínodo universal va a afianzar para todo el pueblo santo de Dios la sinodalidad. En todas las latitudes de la vida eclesial se va a recoger la participación corresponsable de los fieles laicos, con una amplia consulta a creyentes y no creyentes. Esto supone que renace en la Iglesia un nuevo modo de ser y de peregrinar en comunión.

Por nuestra parte, en nuestra Iglesia diocesana, llevamos ya cinco años caminando todos unidos. Es verdad que esa dinámica ha encontrado resistencias; por eso, a lo largo de este año queremos hacer juntos un examen de conciencia (una evaluación) de cómo ha sido nuestro caminar: queremos ver lo que hemos dejado por hacer al servicio de una Iglesia en salida. Este año será, para todos nosotros, una oportunidad: súmate a ella, e invito a todos los sacerdotes a que se sumen también. Los laicos lo harán, si los pastores les damos ejemplo; pero también los pastores hemos de sumarnos a los deseos de los laicos. Abramos nuestro corazón y nuestros ojos a los pasos que juntos vamos a dar para que el sueño misionero de llegar a todos llegue a cuantos más mejor. Si lo hacemos bien, saldrá ganando la Iglesia del Señor, y el Espíritu Santo se saldrá con la suya sin resistencias por nuestra parte. El Espíritu, si le dejamos, siempre abre caminos para la fe, la esperanza y el amor. Que tu juventud ministerial, sea un estímulo para todos nosotros.

Con especial afecto, te encomendamos a la Santísima Virgen, Madre y Pastora de la Iglesia, Estrella de la evangelización. Encomiéndate a ella, ya sabes que María siempre nos lleva por la ruta por la que va su Hijo Jesucristo. Amén.

+ Amadeo Rodríguez Magro

Obispo de Jaén

“Ser sacramento de Cristo”

0

Homilía en la Eucaristía de las Ordenaciones diaconales de cuatro seminaristas (3 del diocesano San Cecilio y uno del misionero Redemptoris Mater), celebrada en la Catedral el 27 de junio de 2021.

Queridísima Iglesia del Señor, Esposa muy amada, hasta la muerte, de Jesucristo;

muy queridos sacerdotes concelebrantes;

queridos diáconos, ordenandos;

familiares, amigos, hermanos:

Decir que vuestra ordenación es una fiesta para la Iglesia es una obviedad y una perogrullada, pero no está de más recordarlo, porque la Iglesia intuye que la vida de un ministro, de un diácono, de un presbítero, de un obispo o un pastor, es un bien inmenso para ella y para el mundo. Es un regalo que trasciende las relaciones humanas que tenemos de amistad, incluso las de familia. Es un don.

La verdad es que cualquier “sí”, hasta el más pequeño, hasta el más humilde, hasta el más silencioso que le decimos al designio bueno de Dios transforma el mundo entero. Tiene una repercusión en todo el cosmos. Pero el “sí” que hoy dais vosotros, el “sí” que le dais al Señor de poner vuestra vida en Sus Manos para ser instrumento Suyo en medio del pueblo cristiano y en medio del mundo, y además de este mundo, en el 2021, posterior a la pandemia o todavía medio saliendo de la pandemia; todos lo percibimos como un don muy grande de Dios. A quien damos gracias es a Dios, no especialmente a vosotros por vuestro “sí”. Lo único que demuestra ese “sí” es que sois inteligentes, pero el que os ha llamado y el que os ha elegido es el Señor. Y os ha elegido, además, para bien nuestro, con lo cual, a quien Le damos gracias es a Dios.

Subrayo esto porque no penséis, al estar reunidos por tanta gente (…), subrayar, que lo que celebramos no es un don que vosotros le hacéis a Dios. Lo que celebramos es un regalo y un don que el Señor os hace a vosotros. Primero, porque todos los sacramentos son regalos que Dios nos hace. Tenemos el error grande de concebir que son cosas que nosotros hacemos por Dios: que si nos confesamos o vamos a Misa y a comulgar, que son dones que nosotros le hacemos a Dios. Es mentira. Son regalos que el Señor nos hace a nosotros siempre, todos. Los siete Sacramentos. Lo que pasa es que el vuestro, y en eso sólo se parece un poquito, porque es de manera muy diferente, al del matrimonio, no es un don que está en una realidad creada como el agua, el pan, el vino o el crisma. El don que el Señor os hace es Él mismo. Pero eso es en todos los Sacramentos. Pero es un don que se hace Sacramento en vuestras personas. Y son vuestras personas las que se convierten, por la unción y la imposición de las manos, en un don de Dios para el mundo en Cristo. Se convierten en Cristo.

Todo cristiano es miembro del Cuerpo. Por lo tanto, puede decir con verdad “vivo yo, pero no soy yo, es Cristo quien vive en mí”. Pero todo el don especial de vuestra vida significa que Cristo asume vuestra humanidad completa, tal como es, en plenitud, para que cualquiera que os vea, en cualquier circunstancia de vuestra vida, pueda sentir el deseo de amar a Cristo; pueda sentirse amado como Cristo nos ama y sienta el deseo de amar a Cristo. No necesariamente de quereros mucho a vosotros, sino de querer al Señor, que nos hace tales regalos, tales dones. No son separables y vuestra vida no es separable del Señor. Si el día que os ordenáis sacerdotes y digáis “tomad y comed todos porque este es mi Cuerpo”, no estáis repitiendo unas palabras que ha dicho otro. Si no lo hacéis vosotros vuestra propia carne, como se nos pide y se nos da el poder hacerlo. (…) En el don de vuestra vida para la vida del pueblo cristiano.

Y hay una penúltima cosa que yo quisiera deciros y es que, en el mundo en el que estamos, no se trata sólo de hacer unas funciones sagradas, bien hechas, que forman parte de la vida, pero que no son toda la vida. Eso es bueno y, además, vuestras funciones sagradas ahora mismo, si es proclamar la Palabra de Dios, es hacer vuestra esa Palabra, asimilarla, hacerla sangre de vuestra sangre, parte de vuestro ADN, por así decir. Y si es la Eucaristía y servir a la Eucaristía, no hay escuela mejor, pero veréis, lo que quiero subrayar para vosotros y para todos es que la Eucaristía no es una escuela de buenos católicos. Es una escuela de vida, de vida-vida. O sea, de cómo vivir todo lo que constituye la vida humana: el trabajo, la familia, las relaciones comerciales, la vida política. La Eucaristía es la realidad plena que nos revela quién es Dios y quiénes somos nosotros. Entonces, si vosotros no estáis llamados a ser unos funcionarios de funciones religiosas, sino a ser presencia de Cristo, sacramento de Cristo en vuestra vida, la gente tendrá que poder reconocer en vuestra vida, en vuestro modo de reaccionar ante la enfermedad, ante las cosas del mundo, ante el dinero, ante los conflictos humanos, ante las dificultades de un tipo o de otro que surgen en la vida, los malentendidos, los pecados. ¿Cómo reacciona el Señor? Porque el Sacramento no es sólo lo que sucede en este momento. En eso se parece también al matrimonio. El Sacramento del matrimonio no es la ceremonia de la Iglesia. Es el amor de los esposos.

Vuestro ser sacramento de Cristo no se limita al momento en que recibís la imposición de las manos o la unción. Vuestro Sacramento es vuestra vida: vosotros sois ese sacramento. Vuestras vidas tienen que proclamar a voz en grito que el amor de Dios es un amor gratuito; que en vuestras vidas hay algo más que vuestras cualidades, vuestros temperamentos, vuestros límites; que de algún modo está el Señor. Y hasta en los límites. Si hay que pedir perdón, se pide. Pero es que el perdón sólo existe en el mundo en el que reina Cristo. La misericordia sólo existe en el mundo en el que reina Cristo.

Entonces, damos gracias a Dios. Cuatro diáconos más son un lujo en nuestra Iglesia y todos somos conscientes de ello. Al mismo tiempo, Le pedimos que el Señor cumpla su promesa en vosotros, es decir, que vuestras vidas, la de cada uno, florezcan en plenitud. Como decía en aquella famosa homilía del Papa Benedicto XVI en la inauguración de su ministerio petrino: “Cristo no viene nunca a quitarnos nada. Cristo viene a nosotros a permitirnos ser nosotros mismos en plenitud”. Que vuestra vida, humana, limitada, con una forma de ser, con un temperamento, con una historia, con unos límites, como todas las criaturas, sin embargo, hasta en los mismos límites se puede hacer presente, se hace Él presente. De mil maneras. Eso es lo que pedimos para vosotros. Vale también para todo cristiano: “Ya comáis, ya bebáis, ya durmáis, hacedlo todo en el nombre del Señor”. Que uno pueda reconocer en lo que hagáis, siempre, la Presencia de Cristo y no porque uno está todo el día haciendo discursos sobre Jesucristo a la gente, sino porque hoy en nuestro mundo se ha puesto mucho más de manifiesto -yo creo que esto es algo que viene ya sucediendo más y más al menos desde el siglo XIX, o quizás de manera muy radical, desde la I Guerra Mundial- como una conciencia de que Dios está ausente de nuestra vida, de la Creación, del mundo, de la Historia, y no hace falta que sea un discurso, pero vuestras vidas tienen que mostrar que el Señor está presente. Que está y está con la gente. Que estando vosotros con ellos, es Cristo quien está con ellos. Que acompañándolos en el camino de la vida, ayudándoles en sus dificultades, iluminando sus oscuridades o simplemente sujetándoles la mano en las perplejidades, esperando que pase la tormenta, que ahí está el Señor.

Esa es vuestra misión. A mí me parece una misión preciosa, la más grande, inimaginable, para un varón. En cierto sentido, es ser padres de familia. En un sentido muy verdadero, misterioso, pero muy verdadero, de la familia de Dios por la que tenemos que pedirLe al Señor, como nos pide el pueblo cristiano, que estemos dispuestos a dar nuestra vida y derramar nuestra sangre si fuera preciso, por la vida de esa familia. Eso es lo que hace un padre y eso es lo que vosotros estáis llamados a hacer.

+ Javier Martínez

Arzobispo de Granada

27 de junio de 2021

S.I Catedral de Granada

Escuchar homilía

Enlaces de interés