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Primera audiencia general de Juan Pablo I

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JUAN PABLO I

AUDIENCIA GENERAL

Miércoles 6 de septiembre de 1978

La gran virtud de la humildad

A mi derecha y a mi izquierda hay cardenales y obispos, hermanos míos en el episcopado. Yo soy sólo su hermano mayor. Mi saludo afectuoso a ellos y también a sus diócesis.

Hace un mes justo moría en Castelgandolfo Pablo VI, un gran Pontífice, que ha prestado servicios enormes a la Iglesia durante quince años. Los efectos se notan ya ahora en parte, pero creo yo que se verán sobre todo en el futuro. Todos los miércoles venía aquí y hablaba a la gente.

En el Sínodo de 1977 muchos obispos dijeron: «Los discursos de los miércoles que pronuncia el Papa Pablo son una auténtica catequesis adecuada al mundo moderno».

Trataré de imitarlo, con la esperanza de poder yo también ayudar de alguna manera a la gente a hacerse más buena. Pero para ser buenos es necesario estar en regla con Dios, con el prójimo y con nosotros mismos.

Ante Dios, la postura justa es la de Abrahán cuando decía: «Soy sólo polvo y ceniza ante ti, Señor» Tenemos que sentirnos pequeños ante Dios. Cuando digo: «Señor, creo», no me avergüenzo de sentirme como un niño ante su madre; a la madre se le cree; yo creo al Señor y creo lo que Él me ha revelado.

Los mandamientos son un poco más difíciles de cumplir, a veces muy difíciles; pero Dios nos los ha dado no por capricho ni en interés suyo, sino muy al contrario, en interés nuestro.

Una vez, una persona fue a comprar un automóvil. El vendedor le hizo notar algunas cosas: Mire que el coche posee condiciones excelentes, trátelo bien: ¿sabe?, gasolina súper en el depósito, y para el motor, aceite del fino. El otro le contestó: No; para que sepa le diré que de la gasolina no soporto ni el olor, ni tampoco del aceite; en el depósito pondré champagne que me gusta tanto, y el motor lo untaré de mermelada. Haga Ud. como le parezca, pero no venga a lamentarse si termina con el coche en un barranco. El Señor ha hecho algo parecido con nosotros: nos ha dado este cuerpo, animado de un alma inteligente, y una bella voluntad. Y ha dicho: esta máquina es buena, pero trátala bien.

Estos son los mandamientos. Honra al padre y a la madre, no matarás, no te enfadarás, sé delicado, no digas mentiras, no robes… Si fuéramos capaces de cumplir los mandamientos, andaríamos mejor nosotros y andaría mejor también el mundo.

Y luego, el prójimo… Pero el prójimo está a tres niveles: unos están por encima de nosotros, otros están a nuestro nivel, y otros debajo. Sobre nosotros están nuestros padres. El catecismo decía: respetarlos, amarlos, obedecerles. El Papa debe inculcar respeto y obediencia de los hijos a los padres.

Me dicen que están aquí los monaguillos de Malta. Que venga uno, por favor… Los monaguillos de Malta, que han prestado servicio durante un mes en San Pedro. Veamos ¿cómo te llamas? —James.—¡James! Dime, ¿no has estado enfermo alguna vez? —No.—¿Nunca? —No.—¿Nunca has estado malo? —No. — ¿Ni siquiera con un poco de fiebre? —No.—¡Qué afortunado! Pero, cuando un niño se pone enfermo, ¿quién le da un poco de sopa, alguna medicina? ¿No es la madre? Pues bien, tú te haces mayor y tu madre envejece; tú te conviertes en un gran señor y tu pobre madre estará enferma en la cama. Entonces, ¿quien le dará un poco de leche y medicinas? ¿Quién? —Mis hermanos y yo.—¡Estupendo! Sus hermanos y él, ha dicho. Me gusta. ¿Has entendido?

Pero no sucede así siempre. Yo, de obispo en Venecia, solía ir a veces a visitar asilos de ancianos. Una vez encontré a una enferma, anciana. Señora, ¿Cómo está? . —Bah, comer, como bien; Calor, bien también, hay calefacción. —Entonces, está contenta ¿verdad? —No, y casi se echó a llorar—. Pero, ¿por qué llora? —Es que mi nuera y mi hijo no vienen nunca a visitarme. Yo quisiera ver a los nietecitos. No bastan la calefacción, la comida: hay un corazón; es menester pensar igualmente en el corazón de nuestros ancianos. El Señor ha dicho que los padres deben ser respetados y amados, también cuando son ancianos.

Y además de los padres, está el Estado, están los Superiores. ¿Puede aconsejar el Papa la obediencia? Bossuet, que era un gran obispo, escribió: “Donde ninguno manda, todos mandan. Donde todos mandan, no manda nadie ya sino el caos”. Se ve algo parecido a veces también en este mundo. Respetemos, pues, a los que son superiores.

Luego están nuestros iguales. Y aquí de costumbre hay dos virtudes que practicar: la justicia y la caridad. Pero la caridad es el alma de la justicia. Hay que amar al prójimo, ¡el Señor nos lo ha recomendado tanto! Yo recomiendo siempre no sólo las grandes caridades, sino las caridades menudas. En un libro titulado “El arte de ganarse amigos”, escrito por el americano Carnegie, he leído este episodio insignificante: Una señora tenía cuatro hombres en casa: el marido, el hermano y dos hijos ya mayores. Ella se ocupaba de la compra, de lavar y planchar la ropa, de la cocina… todo ella. Un domingo, llegan a casa. La mesa está preparada, pero en los platos hay sólo un puñado de heno. Protestan y dicen: ¡Oh!, pero qué, ¿heno? Y ella dice: No, todo está preparado. Pero dejadme deciros esto: yo cambio el menú, tengo todo limpio, atiendo todo. Y jamás me habéis dicho ni siquiera una vez: “Nos has preparado una comida estupenda”. No soy de piedra. Se trabaja más a gusto cuando se ve agradecimiento. Estas son las caridades menudas. En casa todos tenemos alguna persona que espera un detalle nuestro.

Están además los que son más pequeños que nosotros; están los niños, los enfermos, y hasta los pecadores. Como obispo, he estado muy cerca incluso de los que no creen en Dios. ¡Cuánta misericordia hay que tener! Me he convencido de que muchas veces éstos rechazan no a Dios, sino a la idea errónea que de Dios tienen. ¡Cuánta misericordia hay que tener! Y también los que se equivocan… Es necesario de verdad estar en regla con nosotros mismos.

Me limito a recomendaros una virtud muy querida del Señor: ha dicho “aprended de mí que soy manso y humilde de corazón”.

Corro el riesgo de decir un despropósito. Pero lo digo: el Señor ama tanto la humildad que a veces permite pecados graves. ¿Para qué? Para que quienes los han cometido —estos pecados, digo— después de arrepentirse lleguen a ser humildes. No viene gana de creerse medio santos cuando se sabe que se han cometido faltas graves.

¡ El Señor ha recomendado tanto ser humildes! Aun si habéis hecho cosas grandes, decid: siervos inútiles somos. En cambio la tendencia de todos nosotros es más bien lo contrario: ponerse en primera fila. Humildes, humildes: es la virtud cristiana que a todos toca.


Saludos

(A los recién casados)

La presencia de recién casados impresiona más en especial porque la familia es algo grande. Una vez escribí un artículo en el periódico y me permití bromear citando a Montaigne, escritor francés que decía: “El matrimonio es como una jaula: los que están fuera hacen lo imposible por entrar y los que están dentro hacen lo imposible por salir”. No, no, no. Pero después de unos días, me llegó una carta de un anciano delegado provincial de enseñanza que había escrito libros, y me respondía diciéndome: “Excelencia, ha hecho mal con citar a Montaigne; mi mujer y yo estamos unidos desde hace 60 años y cada día es como el primero”. E incluso me citaba a un poeta francés, en francés pero yo lo digo en italiano: “Te amo cada día más, hoy mucho más que ayer, pero mucho menos que mañana”. Deseo vivamente que a vosotros os suceda lo mismo.

(Paz para Oriente Medio)

Si me permitís, ahora quisiera invitaros a que os unáis a mis oraciones por una intención en la que tengo mucho interés. Habréis sabido por la prensa y la televisión que, en Camp David, Estados Unidos, comienza hoy una reunión importante de los gobernantes de Egipto, Israel y Estados Unidos, con el objeto de hallar solución en el conflicto del Oriente Medio . Esta lucha, que dura ya más de 30 años en la tierra de Jesús, ha causado muchas víctimas y muchos sufrimientos tanto entre los árabes como entre los judíos, y ha contagiado a los países vecinos como una enfermedad maligna. Pensad en el Líbano mártir, deshecho por las repercusiones de esta crisis. Por ello quisiera, pues, que rezáramos juntos por el feliz éxito de la reunión de Camp David; para que estas conversaciones allanen el camino hacia una paz justa y total. Justa, es decir, que satisfaga a todas las partes en lucha. Total, sin dejar por resolver ninguna cuestión: el problema de los palestinos, la seguridad de Israel, la santa Ciudad de Jerusalén. Pidamos al Señor que ilumine a los responsables de todos los pueblos interesados, para que tengan amplitud de miras y sean valientes al tomar decisiones que consigan instaurar la seguridad y la paz en Tierra Santa y en todo el mundo de Oriente.

(A los participantes al VII Congreso Internacional organizado por la Sociedad Internacional de Transplantes )

Debemos dirigir un saludo particular a los miembros del VII Congreso Internacional de la Sociedad para el transplante de órganos. Nos emociona vuestra visita que es un homenaje al Papa, y sobre todo, vuestro deseo de esclarecer y profundizar en torno a los graves problemas humanos y morales que están en juego en la investigación y en la técnica quirúrgica propias de vuestra competencia. En este campo os exhortamos a buscar la ayuda de amigos católicos expertos en teología y en moral y muy al corriente de vuestros problemas, que posean conocimiento muy seguro de la doctrina católica y profundo sentido humano. Hoy nos contentaremos con expresaros nuestra felicitación y confianza por el trabajo inmenso que lleváis a cabo en servicio de la vida humana, con el objeto de prolongarla en las mejores condiciones posibles. Todo el problema está en actuar dentro del respeto a la persona human y a sus familiares, ya se trate de donantes o de beneficiarios, sin jamás convertir al hombre en objeto de experimentación. Se trata respetar el cuerpo y se trata también de respetar el espíritu. Pedimos a Dios, Autor de la vida, que os asista en estas responsabilidades magníficas y terribles. Que Él os bendiga a vosotros y a cuantos amáis.

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Homilía de Juan Pablo I en la Misa de comienzo de su pontificado

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MISA DE COMIENZO DEL MINISTERIO DE SUMO PASTOR

HOMILÍA DE SU SANTIDAD JUAN PABLO I

Domingo 3 de septiembre de 1978

Venerabiles Fratres ac dilecti Filii,

In hac sacra celebratione, qua solemne fit initium ministerii Summi Ecclesiae Pastoris, humeris Nostris impositi, mentem imprimis adorantes orantesque convertimus ad Deum, infinitum et aeternum, qui consilio suo, humanis argumentis inexplicabili, et benignissima dignatione sua ad Cathedram beati Petri Nos evexit. Sponte quidem in haec verba Sancti Pauli Apostoli erumpimus: « O altitudo divitiarum et sapientiae et scientiae Dei: quam incomprehensibilia sunt iudicia eius et investigabiles viae eius » (1).

Cogitatione deinde complectimur et paterno amore salutamus totam Christi Ecclesiam: coetum istum, qui illam veluti repraesentans, congregatus est in hunc locum, pietatis, religionis, artis operum plenum, quo Principis Apostolorum sepulcrum studiose custoditur; salutamus deinde Ecclesiam, quae ope instrumentorum communicationis socialis, quae nostra aetas invexit, Nos hac ipsa hora aspicit et audit.

Salutem dicimus cunctis membris Populi Dei: Patribus Cardinalibus, Episcopis, Sacerdotibus, Religiosis viris et mulieribus, Missionariis, Seminariorum alumnis, Laicis apostolatum exercentibus et varia munera obeuntibus, hominibus versantibus in publica re, in ingenii cultu, in arte, in negotiis oeconomicis, patribus et matribus familias, operariis, peregre migrantibus, utriusque sexus adulescentibus, infantibus, aegrotis, dolore vexatis, pauperibus.

Salvere etiam iubemus, cum reverentia et cordis affectu, universos homines, qui sunt in mundo quosque habemus et amamus tamquam fratres, quoniam filii sunt eiusdem Patris caelestis et fratres in Christo Iesu.

[Venerados hermanos e hijos queridísimos:

En esta celebración sagrada, con la que damos comienzo solemne al ministerio de Sumo Pastor que ha sido puesto sobre nuestros hombros, el primer pensamiento de adoración y súplica se dirige a Dios, infinito y eterno, el cual, con una decisión suya humanamente inexplicable y por su benignísima dignación, nos ha elevado a la Cátedra de San Pedro. Brotan espontáneamente de nuestros labios las palabras de San Pablo: «¡Oh profundidad de la riqueza, de la sabiduría y de la ciencia de Dios! ¡Cuán insondables son sus juicios e inescrutables sus caminos!» (Rm 11, 33).

Nuestro pensamiento va después, con paterno y afectuoso saludo, a toda la Iglesia de Cristo; a esta asamblea que casi la representa en este lugar —cargada de piedad, de religión y de arte—, que guarda celosamente la tumba del Príncipe de los Apóstoles; y también a la Iglesia que nos está viendo y escuchando en estos momentos a través de los modernos instrumentos de comunicación social.

Saludamos a todos los miembros del Pueblo de Dios: a los cardenales, obispos, sacerdotes, religiosos, religiosas, misioneros, seminaristas, seglares empeñados en el apostolado y en las diversas profesiones; a los hombres de la política, de la cultura, del arte, de la economía; a los padres y madres de familia, a los obreros, a los emigrantes, a los jóvenes de ambos sexos, a los niños, a los enfermos, a los que sufren, a los pobres.

Queremos dirigir asimismo nuestro saludo respetuoso y cordial a todos los hombres del mundo, a quienes consideramos y amamos como hermanos, porque son hijos del mismo Padre celestial y hermanos todos en Cristo Jesús (cf. Mt. 23, 8 ss.)].

Hemos querido iniciar esta homilía en latín, porque —como es bien sabido— es la lengua oficial de la Iglesia, cuya universalidad y unidad expresa de manera patente y eficaz.

La Palabra de Dios que acabamos de escuchar, nos ha presentado como en un crescendo, ante todo a la Iglesia, prefigurada y entrevista por el profeta Isaías (cf. Is 2, 2-5) como el nuevo Templo, hacia el que confluyen las gentes desde todas las partes del mundo, deseosas de conocer la ley de Dios y observarla dócilmente, mientras las terribles armas de guerra son transformadas en instrumentos de paz. Pero este nuevo Templo misterioso, polo de atracción de la nueva humanidad —nos recuerda San Pedro—, tiene una piedra angular, viva, escogida, preciosa (cf. 1 Pe 2, 4-9), que es Jesucristo, el cual ha fundado su Iglesia sobre los Apóstoles y la ha edificado sobre San Pedro, Cabeza de ellos (Lumen gentium, 19)

«Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré yo mi Iglesia» (Mt 16,18): son las palabras graves, importantes y solemnes que Jesús dirige a Simón, el hijo de Juan, en Cesárea de Filipo, después de la profesión de fe que no ha sido el producto de la lógica humana del pescador de Betsaida, o la expresión de una particular perspicacia suya, o el efecto de una moción sicológica; sino el fruto misterioso y singular de una auténtica revelación del Padre celestial.

Y Jesús cambia a Simón su nombre, poniéndole el de Pedro, significando con ello la entrega de una misión especial; le promete edificar sobre él su Iglesia, sobre la cual no prevalecerán las fuerzas del mal o de la muerte; le entrega las llaves del Reino de Dios, nombrándolo así máximo responsable de su Iglesia, y le da el poder de interpretar auténticamente la ley divina.

Ante estos privilegios, o mejor dicho, ante estas tareas sobrehumanas confiadas a Pedro, San Agustín nos advierte: «Pedro, por su naturaleza, era simplemente un hombre; por la gracia, un cristiano; por una gracia todavía más abundante, uno y a la vez el primero de los Apóstoles» (San Agustín, In Ioannis Evang. tract., 124, 5; PL 35, 1973).

Con atónita y comprensible emoción, pero también con una confianza inmensa en la gracia omnipotente de Dios y en la oración ferviente de la Iglesia, hemos aceptado ser el Sucesor de Pedro en la sede de Roma, tomando el «yugo» que Cristo ha querido poner sobre nuestros frágiles hombros. Y nos parece escuchar como dirigidas a Nos las palabras que, según San Efrén, Cristo dirige a Pedro: «Simón, mi apóstol, yo te he constituido fundamento de la Santa Iglesia. Yo te he llamado ya desde el principio Pedro porque tú sostendrás todos los edificios; tú eres el superintendente de todos los que edificarán la Iglesia sobre la tierra; … tú eres el manantial de la fuente, de la que mana mi doctrina; … tú eres la cabeza de mis apóstoles; … yo te he dado las llaves de mi Reino» (S. Efrén, Sermones in hebdomadam sanctam, 4, 1; Lamy T. J., S. Ephraem Syri hymni et sermones, 1, 412).

Desde el primer momento de nuestra elección y en los días siguientes, nos hemos sentido profundamente impresionado y animado por las manifestaciones de afecto de nuestros hijos de Roma y también de aquellos que, de todo el mundo, nos hacen llegar el eco de su incontenible gozo por el hecho de que una vez más Dios ha dado a la Iglesia su Cabeza visible. Resuenan de nuevo espontáneas en nuestro espíritu las conmovedoras palabras que nuestro gran Predecesor, San León Magno, dirigía a los fieles romanos: «No deja de presidir su sede San Pedro, y está vinculado al Sacerdote eterno en una unidad que nunca falla… Y por eso todas las demostraciones de afecto que, por complacencia fraterna o piedad filial, habéis dirigido a Nos, reconoced con mayor devoción y verdad que las habéis dirigido conmigo a aquel cuya sede nos gozamos no tanto en presidir, como en servir» (S. León Magno, Sermo V, 4-5; PL 54, 155-156)

Sí, nuestra presidencia en la caridad es un servicio y, al afirmarlo, pensamos no solamente en nuestros hermanos e hijos católicos, sino asimismo en todos aquellos que quieren también ser discípulos de Jesucristo, honrar a Dios y trabajar por el bien de la humanidad.

En este sentido, dirigimos un saludo afectuoso y agradecido a las Delegaciones de las otras Iglesias y comunidades eclesiales, aquí presentes. Hermanos todavía no en plena comunión, dirijámonos juntos hacia Cristo Salvador, avanzando unos y otros en la santidad que él quiere para nosotros y, juntos en el recíproco amor sin el cual no existe cristianismo, preparando los caminos de la unidad en la fe, en el respeto de su verdad y del ministerio que él ha confiado, para su Iglesia, a sus Apóstoles y a sus Sucesores.

Debemos dirigir además un saludo particular a los Jefes de Estado y a los miembros de las Misiones extraordinarias. Nos sentimos profundamente conmovido por vuestra presencia, bien sea que estéis al frente de los altos destinos de vuestro país, bien que representéis a vuestros Gobiernos o a Organizaciones Internacionales.

Lo agradecemos vivamente.

Vemos en tal participación la estima y la confianza que vosotros tenéis en la Santa Sede y en la Iglesia, humilde mensajera del Evangelio en todos los pueblos de la tierra para ayudar a crear un clima de justicia, de fraternidad, de solidaridad y de esperanza, sin el que no se podría vivir en el mundo.

Todos los presentes, grandes y pequeños, estén seguros de nuestra disponibilidad a servirles según el espíritu del Señor.

Rodeado de vuestro amor y sostenido por vuestra oración, comenzamos nuestro servicio apostólico invocando, cual espléndida estrella de nuestro camino, a la Madre de Dios, María, Salus populi romani y Mater Ecclesiae, que la liturgia venera de manera particular en este mes de septiembre.

La Virgen, que ha guiado con delicada ternura nuestra vida de niño, de seminarista, de sacerdote y de obispo, continúe iluminando y dirigiendo nuestros pasos, para que, convertidos en voz de Pedro, con los ojos y la mente fijos en su Hijo, Jesús, proclamemos al mundo con alegre firmeza, nuestra profesión de fe: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo» (Mt 16,16).

Amén.

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Primer mensaje Urbi et Orbi del papa Juan Pablo I

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RADIOMENSAJE «URBI ET ORBI»
DEL SANTO PADRE JUAN PABLO I

Venerables hermanos,
queridos hijos e hijas de todo el orbe católico:

Llamado por la misteriosa y paterna bondad de Dios a la gravísima responsabilidad del Supremo Pontificado, os damos nuestro saludo; e inmediatamente lo extendemos a todos los hombres del mundo, que nos escuchan en este momento, y a los cuáles, según las enseñanzas del Evangelio nos place considerar únicamente como amigos y hermanos. A todos vosotros nuestro saludo, paz, misericordia, amor: « La gracia del Señor Jesucristo y la caridad de Dios y la comunicación del Espíritu Santo sea con todos vosotros » (2 Cor 13,13).

Tenemos todavía el ánimo turbado por el pensamiento del tremendo ministerio para el que hemos sido elegido. Como Pedro, nos parece haber puesto los pies sobre el agua movediza y, agitado por el viento impetuoso, hemos gritado con él al Salvador: « Señor, sálvame » (Mt 14, 30). Pero hemos sentido dirigida también a Nos la voz, alentadora y al mismo tiempo amablemente exhortadora de Cristo: «Hombre de poca fe, ¿por qué has dudado?» (Mt 14, 31). Si las fuerzas humanas, por sí solas, no pueden sostener tan gran peso, la ayuda omnipotente de Dios, que guía a su Iglesia a través de los siglos en medio de tantas contradicciones y adversidades, no nos faltará ciertamente, tampoco a Nos, humilde y último servus servoum Dei.

Teniendo nuestra mano asida a la de Cristo, apoyándonos en Él, hemos tomado también Nos el timón de esta nave, que es la Iglesia, para gobernarla; ella se mantiene estable y segura, aun en medio de las tempestades, porque en ella está presente el Hijo de Dios como fuente y origen de consolación y victoria. Según las palabras de San Agustín, que recoge una imagen frecuente en los Padres de la antigüedad, la nave de la Iglesia no debe temer, porque está guiada por Cristo: «Pues aun cuando la nave se tambalee, sólo ella lleva a los discípulos y recibe a Cristo. Ciertamente peligra en el mar; pero sin ella al momento se sucumbe» (Sermo 75, 3; PL 38, 475). Sólo en ella está la salvación: sine illa peritur! Apoyados en esta fe, caminaremos. La ayuda de Dios no nos faltará, según la promesa indefectible: «Yo estaré con vosotros siempre hasta la consumación del mundo» (Mt 28, 20). Vuestra adhesión unánime y la colaboración generosa de todos nos hará más ligero el peso del deber cotidiano.

Nos disponemos a asumir esta tremenda misión consciente de que la Iglesia católica es insustituible, de que su inmensa fuerza espiritual es garantía de paz y de orden, como tal está presente en el mundo, y como tal la reconocen los hombres esparcidos por todo el orbe.

El eco que la vida de la Iglesia levanta cada día es testimonio de que ella, a pesar de todo, está viva en el corazón de los hombres, incluso de aquellos que no comparten su doctrina y no aceptan su mensaje. Como dice el Concilio Vaticano II: «La Iglesia, que debe extenderse a todos los pueblos, entra en la historia humana, pero rebasando a la vez los límites del tiempo y del espacio. Y mientras camina a través de peligros y tribulaciones, es confortada por la fuerza de la gracia divina que el Señor le prometió, para que a pesar de la debilidad humana no falte a su fidelidad absoluta, antes bien, se mantenga esposa digna de su Señor y no cese de renovarse a sí misma, bajo la acción del Espíritu Santo, hasta que por la cruz llegue a la luz sin ocaso» (Lumen gentium, 9). Según el plan de Dios, que «congregó a quienes miran con fe a Jesús como autor de la salvación y principio de la unidad y de la paz», la Iglesia ha sido fundada por Él «a fin de que sea para todos y cada uno el sacramento visible de esta unidad salvadora» (ibíd.).

Bajo esta deslumbrante luz, nos ponemos enteramente, con todas nuestras fuerzas físicas y espirituales, al servicio de la misión universal de la Iglesia, lo cual implica la voluntad de servir al mundo entero: en efecto, pretendemos servir a la verdad, a la justicia, a la paz, a la concordia, a la cooperación, tanto en el interior de las naciones, como de los diversos pueblos entre sí. Llamamos ante todo a los hijos de la Iglesia a tomar conciencia cada vez mayor de su responsabilidad: «Vosotros sois la sal de la tierra, vosotros sois la luz del mundo» (Mt 5,13 s.).

Superando las tensiones internas que se han podido crear aquí y allá, venciendo las tentaciones de acomodarse a los gustos y costumbres del mundo, así como a las seducciones del aplauso fácil, unidos con el único vínculo del amor que debe informar la vida íntima de la Iglesia, como también las formas externas de su disciplina, los fieles deben estar dispuestos a dar testimonio de la propia fe ante el mundo: «Estad siempre prontos para dar razón de vuestra esperanza a todo el que os la pidiere» (1P 3,15). La Iglesia, en este esfuerzo común de responsabilización y de respuesta a los problemas acuciantes del momento, está llamada a dar al mundo ese «suplemento de alma» que tantos reclaman y que es el único capaz de traer la salvación. Esto espera hoy el mundo: él sabe bien que la perfección sublime a la que ha llegado con sus investigaciones y con sus técnicas ha alcanzado una cumbre más allá de la cual aparece ya aterrador el vértigo del abismo; la tentación de sustituirse a Dios con la decisión autónoma que prescinde de las leyes morales, lleva al hombre moderno al riesgo de reducir la tierra a un desierto, la persona a un autómata, y la convivencia fraterna a una colectivización planificada, introduciendo no raramente la muerte allí donde en cambio Dios quiere la vida.

La Iglesia, llena de admiración y simpatía hacia las conquistas del ingenio humano, pretende además salvar al mundo, sediento de vida y de amor, de los peligros que le acechan. El Evangelio llama a todos sus hijos a poner las propias fuerzas, y la misma vida, al servicio de los hermanos, en nombre de la caridad de Cristo: «Nadie tiene amor mayor que éste de dar uno la vida por sus amigos» (Jn 15,13). En este momento solemne, pretendemos consagrar todo lo que somos y podemos a este fin supremo, hasta el último aliento, consciente del encargo que Cristo mismo nos ha confiado: «Confirma a tus hermanos» (Lc 22, 32).

Necesitamos, para darnos fuerzas en la ardua tarea, del recuerdo suavísimo de Nuestros Predecesores, cuya amable dulzura e intrépida fuerza Nos será de ejemplo en el programa pontificio: recordamos en particular las grandísimas lecciones de gobierno pastoral dejadas a Nosotros por los Papas que Nos están cercanos, como Pío XI, Pío XII, Juan XXIII, que con su sabiduría, dedicación, bondad y amor a la Iglesia y al mundo han dejado una huella imborrable en nuestro tiempo atormentado y magnífico. Pero es, sobre todo, al llorado Pontífice Pablo VI, Nuestro inmediato Predecesor, a quien va nuestro conmovido afecto del corazón y de la veneración. Su muerte rápida, que ha dejado atónito al mundo, según el estilo de los gestos proféticos de los cuales ha circundado su inolvidable pontificado, ha puesto en la justa luz la estatura extraordinaria de aquel grande y humilde hombre, al cual la Iglesia debe la irradiación extraordinaria, aún entre las contradicciones y las hostilidades, alcanzada en estos quince años, así como también la obra gigantesca, infatigable, incansable, puesta por él en la realización del Concilio y en asegurar al mundo la paz: tranquiltitas ordinis.

Nuestro programa será el de continuar el suyo, en la huella ya marcada con tanta aceptación por el gran corazón de Juan XXIII:

— Queremos continuar en la prosecución de la herencia del Concilio Vaticano II, cuyas sabias normas deben ser todavía llevadas a cumplimiento, vigilando para que un empujón, generoso tal vez, pero imprudente, no tergiverse los contenidos y los significados, y, asimismo, que fuerzas de freno y tímidas no hagan lento el magnífico impulso de renovación y de vida.

— Queremos conservar intacta la gran disciplina de la Iglesia en la vida de los sacerdotes y de los fieles, como la probada riqueza de su historia ha asegurado en los siglos con ejemplos de santidad y heroísmo, ya sea en el ejercicio de las virtudes evangélicas, como en el servicio a los pobres, a los humildes, a los indefensos; y, a este propósito, llevaremos adelante la revisión del Código de Derecho Canónico, ya sea en la tradición oriental como en la latina, para asegurar, a la linfa interior de la santa libertad de los hijos de Dios, la solidez y la firmeza de las estructuras jurídicas.

— Queremos recordar a la Iglesia entera que su primer deber es el de la evangelización, cuyas líneas maestras Nuestro Predecesor, Pablo VI, ha condensado en un memorable documento: animada por la fe, nutrida por la Palabra de Dios y sostenida por el alimento celeste de la Eucaristía, ella debe estudiar toda vía, buscar todo medio, «oportuno o inoportuno» (2Tm 4, 2), para sembrar el Verbo, para proclamar el mensaje, para anunciar la salvación que pone en las almas la inquietud de la búsqueda de lo verdadero y en ella las sostiene con la ayuda de lo alto; si todos los hijos de la Iglesia supieran ser incansables misioneros del Evangelio, un nuevo florecimiento de santidad y de renovación surgirá en el mundo, sediento de amor y de verdad.

— Queremos continuar el esfuerzo ecuménico que consideramos la extrema consigna de Nuestros inmediatos Predecesores, vigilando con fe inmutable, con esperanza invicta y con amor indeclinable la realización del gran mandato de Cristo: «Ut omnes unum sint» (Jn 17, 21), en el cual vibra el ansia de su Corazón en la vigilia de la inmolación del Calvario; las mutuas relaciones entre las iglesias de distinta denominación han cumplido progresos constantes y extraordinarios, que están a la vista de todos; pero la división no cesa, por otro lado, de ser motivo de perplejidad, de contradicción y de escándalo a los ojos de los no cristianos y de los no creyentes: por esto pensamos dedicar Nuestra inmediata atención a todo lo que pueda favorecer la unión, sin ceder en lo doctrinal pero también sin vacilaciones

— Queremos proseguir con paciencia y firmeza el diálogo sereno y eficaz que el Sumo Pontífice Pablo VI, nunca bastante llorado, fijó como fundamento y estilo de su acción pastoral, dando las líneas maestras de dicho diálogo en la Encíclica Ecclesiam suam, a saber: es necesario que los hombres, a nivel humano, se conozcan mutuamente, aun cuando se trate de los que no comporten nuestra fe: y es necesario que nosotros estemos siempre dispuestos a dar testimonio de la fe que poseemos y del encargo que Cristo nos encomendó, para « que el mundo crea » (Jn 17, 21).

— Queremos, finalmente, secundar todas las iniciativas laudables y buenas encaminadas a tutelar e incrementar la paz en este mundo turbado; con este fin, pediremos la colaboración de todos los hombres buenos, justos, honrados, rectos de corazón, para que, dentro de cada nación, se opongan a la violencia ciega que sólo destruye sembrando ruina y luto; y, en la convivencia internacional, guíen a los hombres a la comprensión mutua, a la unión de los esfuerzos que impulsen el progreso social, venzan el hambre corporal y la ignorancia del espíritu, fomenten el desarrollo de los pueblos menos dotados de bienes materiales, pero al mismo tiempo ricos en energías y aspiraciones.

Hermanos e hijos queridísimos:

En esta hora que nos hace temblar, pero en la que al mismo tiempo nos sentimos confortado por las promesas divinas, saludamos a todos nuestros hijos; desearíamos tenerlos aquí a todos para mirarles en los ojos y para abrazarlos infundiéndoles valor y confianza, y pidiéndoles comprensión y oración por nosotros.

A todos nuestro saludo.

— A los cardenales del Sacro Colegio, con los que hemos compartido horas decisivas y en quienes confiamos ahora y confiaremos en el futuro, agradeciéndoles sus sabios consejos y la valiosa colaboración que querrán seguir ofreciéndonos, como prolongación del consenso amplio que por voluntad de Dios nos ha traído a esta cumbre del ministerio apostólico.

— A todos los obispos de la Iglesia de Dios, «que representan cada uno a su Iglesia, y todos ellos juntamente con el Papa a la Iglesia universal en el vínculo de la paz, del amor y de la unidad » (Lumen gentium, 23), y cuya colegialidad queremos consolidar firmemente solicitando su colaboración en el gobierno de la Iglesia universal, sea mediante el Sínodo, sea a través de los dicasterios de la Curia, en los que ellos toman parte según las normas establecidas.

— A todos nuestros queridos colaboradores, a quienes corresponde ejecutar fiel y continuamente nuestra voluntad; ellos tienen el honor de realizar una actividad que les compromete a una vida de santidad, a un espíritu de obediencia, a una dedicación apostólica y a un amor ferviente a la Iglesia que sirva de ejemplo a los demás. Los amamos uno a uno, y pidiéndoles que continúen prestándonos a nosotros, como a nuestros predecesores, su ya probada fidelidad, estamos seguro de poder contar con su trabajo preciosísimo que nos servirá de gran ayuda.

— Saludamos a los sacerdotes y fieles de la diócesis de Roma a ellos nos une la sucesión de Pedro y el ministerio único y singular de esta Cátedra Romana «que presido en la caridad universal» (cf. San Ignacio de Antioquía, Epístola a los romanos, Funk I, 252).

— Saludamos de modo especial a los fieles de nuestra diócesis de Belluno, de la cual procedemos; y a los que en Venecia nos habían sido confiados como hijos afectuosos y queridos, en los que pensamos ahora con nostalgia sincera, recordando sus magníficas obras eclesiales y las energías que hemos dedicado juntos a la buena causa del Evangelio.

— Y abrazamos con amor también a todos los sacerdotes, especialmente a los párrocos y a cuantos se dedican a la cura directa de las almas, en condiciones muchas veces de penuria o de auténtica pobreza, pero sostenidos al mismo tiempo luminosamente por la gracia de la vocación y por el seguimiento heroico de Cristo, «pastor y guardián de vuestras almas» (1P 2, 25).

— Saludamos a los religiosos y religiosas de vida contemplativa o activa, que siguen irradiando en el mundo el encanto de su adhesión intacta a los ideales evangélicos; y les rogamos que «sin cesar se esmeren para que por medio de ellos, ante los fieles y los infieles, la Iglesia manifieste de veras cada vez mejor a Cristo» (Lumen gentium, 46).

— Saludamos a toda la Iglesia misionera, animando y aplaudiendo con amor a los hombres y mujeres que ocupan un puesto de vanguardia en la proclamación del Evangelio: sepan que entre todos aquellos a quienes amamos, ellos nos son especialmente queridos; nunca los olvidaremos en nuestras oraciones y en nuestra solicitud, porque tienen un puesto privilegiado en nuestro corazón.

— A las Asociaciones de Acción Católica, así como a los Movimientos de denominación diversa que contribuyen con energías nuevas a la vivificación de la sociedad y a la consecratio mundi, como levadura en la masa (cf. Mt 13, 33), va todo nuestro aliento y nuestro apoyo, porque estamos convencido de que su actividad, en colaboración con la sagrada jerarquía, es hoy indispensable para la Iglesia.

— Saludamos a los adolescentes y a los jóvenes, esperanza de un mañana más limpio, más sano, más constructivo, advirtiéndoles que sepan distinguir entre el bien y el mal, y realicen el bien con las energías frescas que poseen, procurando aportar su vitalidad a la Iglesia y para el mundo del mañana.

— Saludamos a las familias, «santuario doméstico de la Iglesia» (Apostolicam actuositatem, 11), más aún, « verdadera y propia Iglesia doméstica » (Lumen gentium, 11), deseando que en ellas florezcan vocaciones religiosas y decisiones santas, y que preparen el mañana del mundo; les exhortamos a que se opongan a las perniciosas ideologías del llamado hedonismo que corroe la vida, y a que formen espíritus fuertes, dotados de generosidad, equilibrio y dedicación al bien común.

— Pero queremos enviar un saludo particular a cuantos sufren en el momento presente; a los enfermos, a los prisioneros, a los emigrantes, a los perseguidos, a cuantos no logran tener un trabajo o carecen de lo necesario en la dura lucha por la vida; a cuantos sufren por la coacción a que está reducida su fe católica, que no pueden profesar libremente sino a costa de sus derechos primordiales de hombres libres y de ciudadanos solícitos y leales. Pensamos de modo particular en la atormentada región del Líbano, en la situación de la Tierra de Jesús, en la faja del Sahel, en la India tan probada, y en todos aquellos hijos y hermanos que sufren dolorosas privaciones, sea por las condiciones sociales y políticas, sea a consecuencia de desastres naturales.

¡Hombres hermanos de todo el mundo!

Todos estamos empeñados en la tarea de lograr que el mundo alcance una justicia mayor, una paz más estable, una cooperación mas sincera; y por eso invitamos y suplicamos a todos, desde las clases sociales más humildes que forman la urdimbre de las naciones, hasta los Jefes responsables de cada uno de los pueblos, a hacerse instrumentos eficaces y « responsables » de un orden nuevo, más justo y más sincero.

Una aurora de esperanza flota sobre el mundo, si bien una capa espesa de tinieblas con siniestros relámpagos de odio, de sangre y de guerra, amenaza a veces con oscurecerla; el humilde Vicario de Cristo que comienza con temblor y confianza su misión, se pone a disposición total de la Iglesia y de la sociedad civil, sin distinción de razas o ideologías, con el deseo de que amanezca para el mundo un día más claro y sereno. Solamente Cristo puede hacer brotar la luz que no se apaga, porque Él es el «sol de justicia» (cf. Mal 4, 2); pero Él pide también el esfuerzo de todos; el nuestro no faltará.

Pedimos a todos nuestros hijos la ayuda de su oración, porque sólo en ésta esperamos; y nos abandonamos confiados a la ayuda del Señor quien, al igual que nos ha llamado a la tarea de Representante suyo en la tierra, no permitirá que nos falte su gracia omnipotente.

María Santísima, Reina de los Apóstoles, será la fúlgida estrella de nuestro pontificado.

San Pedro, «fundamento de la Iglesia » (San Ambrosio, Exp. Ev. Sec. Lucam, IV, 70; CSEL 32, 4, pág. 175), nos asista con su intercesión y con su ejemplo de fe invicta y de generosidad humana.

San Pablo nos guíe en el impulso apostólico dirigido a todos los pueblos de la tierra; nos asistan nuestros santos Patronos.

Y en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo impartimos al mundo nuestra primera y afectuosísima bendición apostólica.

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La parroquia de El Valdés cuenta con una nueva imagen

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NoticiaParroquias

Publicado: 02/07/2021: 78

La parroquia de Nuestra Señora de Lourdes en El Valdés, pedanía de Moclinejo, cuenta con una nueva imagen para su altar, de santa Bernadette Soubirous, obra de Nicolás Torres Priego, gracias a la Asociación Religioso Cultural Nuestra Señora de Lourdes y Santiago Apóstol.

La imagen fue bendecida el 19 de junio por el párroco de El Váldes, Antonio Munsuri, en un acto al que acudieron numerosos vecinos de la localidad, entre los que se encontraban José Luis González Paniagua, del ayuntamiento de Moclinejo y Rosa María Toro Díaz, del Colegio Nuestra Señora Lourdes.

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Niños, jóvenes y adultos reciben la confirmación

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Un grupo de niños, jóvenes y adultos de la parroquia de Ntra. Sra. del Rosario, de Cortes de la Frontera han recibido el sacramento de la Confirmación de manos del arcipreste, José Luis Pastor.

La celebración tuvo lugar el domingo 27 de junio y estuvo concelebrada por el párroco de Cortes, Francisco José Martínez. Tanto él como el arcipreste agradecieron la labor de las catequistas, «especialmente en este año tan complicado. Quisiera agradecer, dijo Pastor, la labor de las catequistas que han preparado con tanto amor a aquellos que van a recibir el sacramento de la confirmación. Ellas solo están aquí por amor a la Iglesia. Ese amor que hace que dediquen su tiempo y su esfuerzo. El amor no puede quedar sin respuesta por ello; para ellas no hay mayor regalo y alegria que ver cómo en vuestros corazones Dios tiene un lugar privilegiado», añadió a los confirmandos.

El arcipreste resaltó que todo este tiempo de catequesis, de preparación, había sido un tiempo de dejar que Dios Padre obrara maravillas a través de su Hijo. Al hilo del evangelio del domingo, el arcipreste invitó a toda la comunidad, pero especialmente a los que recibían el sacramento,  a poner sus dones al servicio de los demás.

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«El programa del Seminario siempre es el de la Iglesia». El Obispo pasa el testigo al nuevo equipo responsable del Seminario Diocesano

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El aula magna del Seminario Diocesano acogía, la mañana del lunes, 28 de junio, el acto de toma de posesión de su nuevo equipo responsable en un acto presidido por nuestro obispo, Santiago Gómez Sierra.

En un primer momento, tomaba la palabra el sacerdote Daniel Valera Hidalgo quien ha sido durante estos últimos años rector del Seminario, dirigiendo unas palabras de agradecimiento tanto al obispo emérito, José Vilaplana Blasco, quien confiara en él esta tarea, como al actual Obispo por la confianza depositada en él para continuar este año: «Para mí ha sido toda una gracia haber podido acompañar en el discernimiento vocacional de quienes son y serán nuestros futuros compañeros en el presbiterado».

Por su parte, D. Santiago agradecía, tanto al equipo saliente, en el que también se encuentra el sacerdote Manuel Jesús Carrasco Terriza, anterior director espiritual del Seminario y actual delegado diocesano para el Clero, como al que toma el testigo para continuar esta importante tarea, recordando la importancia del cuidado del seminario donde «se está forjando el futuro de nuestra Iglesia diocesana». El Obispo recordaba que «el programa del Seminario siempre es el de la Iglesia y no depende de sus responsables y formadores». En este sentido, el Obispo recordó que, tanto la Ratio Fundamentalis Institucionis Sacederdotalis como la Ratio Nationalis –aprobada recientemente por la Asamblea de Obispos de la Conferencia Episcopal Española– y que describe el proceso formativo de los presbíteros, desde el Seminario, como formación única, integral, comunitaria y misionera, «indica el marco donde poner carne al que, en definitiva, es el único programa posible: Jesucristo».

Este primer momento se cerró con la intervención del nuevo rector, el sacerdote Isaac Moreno Sanz, que, en nombre propio y de los otros dos sacerdotes que conforman el nuevo equipo –José Antonio Calvo Millán, como formador, y Julián Jiménez Martínez, como director espiritual–, agradeció la confianza del Obispo en ellos, «párrocos que algún día volveremos a ser párrocos y que nos debemos a los seminaristas con el deseo de que, algún día, ellos sean buenos párrocos». De igual manera, Moreno Sanz insistió en la continuidad de la tarea «siempre en un profundo espíritu de eclesialidad y comunión» y destacó tres conceptos y una clave como ejes de esta nueva etapa «humanidad, espiritualidad y discernimiento; y en todo, la comunidad».

A continuación, la capilla del Seminario acogía la Misa de Espíritu Santo presidida por el Obispo y concelebrada por el vicario general, Emilio Rodríguez Claudio, por el nuevo rector, el nuevo formador y nuevo director espiritual, el anterior equipo del Seminario, así como todos los vicarios episcopales. La celebración, que estuvo animada por el canto de los seminaristas, incluyó la lectura de los nombramientos por parte del secretario canciller, Juan Bautista Quintero Cartes, y la profesión de fe y solemne juramento del oficio de los tres nuevos responsables del Seminario Diocesano.

Ofrecemos, a continuación, una entrevista que concedía a esta redacción el nuevo rector que, además, asume el encargo de director del Instituto Teológico Diocesano «San Leandro», así como la dirección para la Formación de los Candidatos al Diaconado Permanente.

«En el seminario se propone descubrir y responder a una vocación que abarca toda la vida y todos los aspectos de nuestra vida».

Un nuevo tiempo en la diócesis y un nuevo reto en su vida de sacerdote. ¿Cómo recibe este encargo?

Como he recibido todos los encargos anteriores: con agradecimiento, disponibilidad y esperanza. Agradecimiento, porque han pensado en mí para una misión que es muy importante en la vida de la diócesis. Disponibilidad, porque nuestra vocación no solo cuenta con la obediencia, sino con la entrega, de tal manera que siempre he estado disponible y lo seguiré estando. Con esperanza en la nueva etapa que estamos viviendo a nivel diocesano, continuando la tarea que han desarrollado nuestros antecesores y con la confianza puesta en Dios, que sigue guiando nuestros pasos.

Decía el Obispo, el pasado lunes, en el acto de relevo al nuevo equipo que “en el seminario –de algún modo− se construye el futuro de la diócesis”. Esto supone una gran responsabilidad, ¿verdad?

Ciertamente en el Seminario se construye el futuro y diría que el presente de la vida diocesana. El futuro en cuanto que saldrán los próximos sacerdotes que acompañarán a las diferentes comunidades parroquiales. El presente como reflejo y muestra de lo que en las parroquias se está viviendo ahora mismo, es decir, al seminario acuden quienes han sentido su vocación en el seno de las diferentes comunidades parroquiales −y no solo− de nuestra diócesis. Formar a los futuros sacerdotes es una responsabilidad; acompañar a quienes quieren discernir su vocación es una tarea ilusionante y esperanzadora.

Ese día, 28 de junio, se cumplían 13 años de su ordenación como presbítero y recordaba su relación con el seminario durante ese tiempo y los años previos como seminarista. Es importante esa relación, no solo del clero, sino de todos los diocesanos con el Seminario…

Entré por primera vez en el edificio del seminario en 1989, cuando comencé mis estudios en el Colegio San Leandro, posteriormente Colegio Diocesano. Durante los años de mi formación como seminarista se convirtió en mi casa y estoy muy agradecido al equipo que me formó, de hecho, quien fue mi rector, D. Julián Jiménez, ahora forma parte del equipo del seminario como director espiritual. Después de una etapa en varias parroquias del Andévalo, en la cual acogí a varios seminaristas por diferentes motivos, me incorporé al claustro de profesores, del que he formado parte desde 2015. En esta nueva etapa, ahora como rector, reconozco que el seminario tiene que estar en relación constante con toda la diócesis, de una manera especial con los sacerdotes, que todos sientan esta casa como su casa. Espero que en esta nueva etapa siga siendo así, como lo ha sido con los rectores anteriores.

Usted está ahora ahí para cuidar, acompañar y discernir la vocación de los futuros párrocos. ¿Qué quisiera para sus seminaristas?

La misión y la tarea del rector del seminario y de todo el equipo es reconocer y acompañar la respuesta interior al Señor, que es quien llama, para el servicio a la Iglesia. El acompañamiento, personal y comunitario, se realiza cerca de Dios y cerca de los hombres, de tal manera que, como ya indiqué el pasado 28 de junio destacaría tres palabras o tres líneas fundamentales de trabajo: humanidad, espiritualidad y discernimiento. Entiendo humanidad como la necesidad de formar hombres adultos, responsables, maduros y que responda con libertad a la vocación a la que han sido llamados. Bajo la espiritualidad ponemos la disponibilidad al Espíritu que sopla donde quiere (Jn 3,8) y, al mismo tiempo, la fuerza del Espíritu Santo que da sus siete dones: sabiduría, inteligencia, consejo, fortaleza, ciencia, piedad y temor de Dios. Humanidad y espiritualidad son dos caras de la misma moneda en la formación integral de los seminaristas, o dicho en otros términos, puede ser la capacidad de compaginar la actitud de servicio y entrega al hombre de Marta y la disponibilidad y escucha de la Palabra a los pies del Señor de María (cf. Lc 10,38-42). En todo esto el discernimiento es fundamental: conocer y reconocer la llamada; responder y mantener la respuesta; concretar el compromiso y hacer una opción por el Evangelio y por el seguimiento como futuros sacerdotes. Para acompañar en este proceso cuento con la colaboración de José Antonio Calvo, como formador y de Julián Jiménez, como padre espiritual.

Asimismo, la clave en todo este proceso es la comunidad: la comunidad en la que viven ahora, partiendo de la comunidad en la que han vivido su fe y donde ha surgido la llamada, para llegar a las comunidades a las que servirán el día de mañana.

En sus últimas palabras indicó algunos aspectos sobre la vocación, ¿qué diría hoy sobre la vocación al sacerdocio?

Podríamos preguntarnos dónde quedó el tiempo en el que para cualquier oficio, profesión y tarea se necesitaba al menos “un poco” de vocación. Para el sacerdocio no es posible un poco, sino una llamada total. Me atrevería a decir que en el seminario se propone descubrir y responder a una vocación que abarca toda la vida y todos los aspectos de nuestra vida. Sin duda la vocación es un don, pero también una tarea; es un regalo, pero también una misión; es una llamada, pero también un compromiso.

 

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Juan José Feria Toscano, un nuevo diácono para nuestra diócesis

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Eran las 11.00 h. de la mañana del pasado sábado, 26 de junio, cuando las campanas de la Catedral de Huelva tocaban para dar comienzo a la celebración de la Ordenación Diaconal de Juan José Feria Toscano por la imposición de manos de nuestro obispo, Santiago Gómez Sierra, celebración en la que el nuevo diácono estuvo acompañado de familiares, la comunidad del seminario, clero diocesano y una numerosa representación de su localidad natal de Lepe y de la diócesis.

En su homilía, don Santiago, se alegraba por este importante acontecimiento para el ordenando y para toda la diócesis. Refiriéndose al Evangelio leído, don Santiago recordaba que “Si el grano de trigo no cae en la tierra y muere, queda infecundo” (Cfr. Jn. 12, 20). Porque Jesús nos invita a entregarnos y posponer nuestro propio interés en el horizonte de la vida eterna.

También señalaba el Obispo a Cristo como el Diácono, con mayúsculas, el Servidor que nos enseña a dar la vida desde el servicio y animaba al nuevo diácono a  vivir «con pasión esta vocación y alcanzarás la felicidad, respondiendo cada día y en cada circunstancia de la vida”. De este modo, recordaba la cita evangélica “El que quiera seguirme que me sirva y se haga por mí servidor» (Cfr. Mateo 20, 26).

Juan José Feria ha sido nombrado por el Obispo, este pasado lunes, 28 de junio, diácono colaborador de las parroquias Beata Eusebia Palomino y Sagrada Familia de Huelva y nuevo delegado diocesano para la Pastoral Universitaria.

























































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Continúa el III Congreso Internacional Avilista

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La eucaristía de la mañana ha estado presidida por el obispo auxiliar de Madrid, monseñor Jesús Vidal Chamorro, en la Santa Iglesia Catedral

Los dos núcleos de estudio de la tercera jornada del III Congreso Internacional Avilista san sido la espiritualidad y la actualidad según San Juan de Ávila. De las ponencias de la espiritualidad se han encargado Antero Pascual Rodríguez, rector del Seminario Metropolitano de Sevilla; Jesús Pulido Arriero, director del secretariado de la Comisión Episcopal para la Doctrina de la Fe; y Pere Montagut Piquet, director espiritual del Seminario Conciliar de Barcelona.

La mañana ha comenzado con el rezo de Laudes en la Santa Iglesia Catedral y la celebración de la eucaristía, presidida por Monseñor Jesús Vidal Chamorro, obispo auxiliar de Madrid. El prelado durante la homilía ha recordado que “el seguimiento de Cristo en la vocación está en la obediencia” por lo que “el camino para liberar al hombre está en enseñarle el camino de la obediencia a Dios”. El Obispo auxiliar de Madrid ha incidido que “hay que vivir la vocación, de obispo, sacerdote, consagrado o laico, en la forma de Cristo”. Ha terminado su alocución deseando que en este congreso en el que “estamos profundizando en la vida de San Juan de Ávila, podamos dar testimonio del que verdaderamente tiene potestad para quitar el pecado del mundo”.

El canónigo de la Santa Iglesia Catedral, Antonio Llamas, ha sido el moderador de la mesa en la jornada centrada en la espiritualidad. La primera ponencia ha corrido a cargo de Antero Pascual Rodríguez, titulada “San Juan de Ávila, director espiritual: doctrina avilista sobre el acompañamiento espiritual”. El presbítero ha centrado su alocución en la dirección espiritual en el oficio pastoral, que forma parte del núcleo de la esencia del sacerdote. San Juan de Ávila, según ha explicado, entiende que “el sacerdote se realiza en la medida en que tiene como condición sacerdotal encaminar las almas hacia el cielo”. El oficio de la dirección espiritual es por excelencia el servicio apostólico que el sacerdote puede realizar, ha incidido, “no habría ministerio sacerdotal ni se podría entender la figura de San Juan de Ávila, sin tener en cuenta el acompañamiento a otros a encontrar el rostro de Cristo y a ser partícipes de su gloria”.

Asimismo, Jesús Pulido, en su conferencia “La oración de intercesión en el magisterio de San Juan de Ávila” ha explicado que es una novedad de San Juan de Ávila hablar de la oración de intercesión, que la realiza el sacerdote, principalmente en la celebración de la eucaristía. La vida del sacerdote “tiene unas exigencias para su vida personal, sobre todo tener una vida de oración y que su vida material vaya acorde con lo que ofrece en la eucaristía”. La figura de San Juan de Ávila es “llamativa en la actualidad, para todos los sacerdotes que nos acercamos a sus escritos nos sentimos interpelados en nuestra forma de celebrar, de vivir y de orar” ha destacado.

Las intervenciones de la mañana sobre espiritualidad han terminado con la ponencia de Pere Montagut, titulada “La espiritualidad del presbiterio diocesano a la luz de la teología de San Juan de Ávila”. El sacerdote ha reconocido que la espiritualidad es “un estímulo de renovación” porque San Juan de Ávila supo vivir la entrega propia de los sacerdotes desde el presbiterio secular y pudo experimentar una fuerza mística interior que lo llevo a un amor a la Iglesia que expresó a través de su ministerio. Ha añadido que el objetivo de hoy es “que la renovación sacerdotal nos lleve a una profundización de la teología del ministerio” y que ese ministerio dé fruto para que la Iglesia pueda ser en el mundo la solidez del amor divino que salva. En el III Congreso se pretende volver a recordar los textos, la vida y el testimonio de San Juan de Ávila, que para nosotros “es contemporáneo” ha resaltado.


























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Recibid el don del Espíritu Santo

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Con estas palabras, 38 jóvenes y adultos han recibido el Sacramento de la Confirmación en la Parroquia de San Juan Evangelista de Mancha Real.
La celebración fue presidida por el Obispo de la Diócesis, Don Amadeo Rodríguez Magro, que fue recibido en la puerta principal del templo por el Párroco D. Mariano Cabeza Peralta, las Hermanas Misioneras de Acción Parroquial y los Ministros Extraordinarios de la Comunión.
En la liturgia participaron padres, catequistas y confirmandos en los distintos servicios. La capilla musical fue servida por el Coro Parroquial.
En su homilía, el  Obispo partió del sacramento del bautismo de los confirmandos y de su crecimiento espiritual durante el proceso de iniciación cristiana, acompañados por sus padres, padrinos, catequistas y comunidad.
Los animó a vivir con intensidad su vida cristiana dejándose guiar por el Espíritu Santo y fiándose de él.
Con esta celebración, D. Amadeo ha cerrado el ciclo de confirmaciones por este curso pastoral manifestando su satisfacción por lo bien preparadas y la gran participación en todas las Confirmaciones que ha presidido por las distintas comunidades visitadas.
Comunidad parroquial de San Juan Evangelista de Mancha Real

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