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Inaguración Centro Social de baja exigencia de Jinámar

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Inauguración del Centro Social de baja exigencia de Jinámar

Mons. José Mazuelos Pérez, Obispo de la Diócesis de Canarias, inauguró hoy 22 de noviembre a las 11,00 hscaritas. el Centro Social de Baja Exigencia de Cáritas Diocesana en  Jinámar. Acto al que asistieron: Dª Noemí Santana, Consejera de Derechos Sociales, Igualdad, Diversidad y Juventud del Gobierno de Canarias; D. Antonio Morales, Presidente del Cabildo de Gran Canaria; Dª Carmen Rosa Hernández Jorge, Alcaldesa de Telde;  D. Cristóbal Déniz, Vicario General de la Diócesis de Canarias; D. Eloy Santiago, Delegado Episcopal para Relaciones institucionales, D. Luis Laborda, Párroco de San Juan Bosco en el Valle de Jinámar y Dª Caya Suárez, Secretaria General de Cáritas Diocesana de Canarias.

El acto dió comienzo con la presentación del proyecto por D. Gonzálo Marrero, Director de Cáritas Diocesana, a la que siguió la intervención del Obispo y una visita a las instalaciones del Centro.

 

Centro de Baja Exigencia de Telde

Este Centro de Baja Exigencia, situado en el Valle de Jinámar, se gestiona desde el Área de Vivienda de Cáritas Diocesana de Canarias, ofrece alojamiento a 24 personas sin techo de forma temporal (se destinan 18 plazas a hombres y 6 plazas a mujeres), permanece abierto las 24 horas, se les atiende en sus necesidades básicas y se cuenta con un equipo multidisciplinar de profesionales que acompañarán a las personas residentes estableciendo planes de trabajo individualizados e itinerarios de formación, capacitación y empleo que permitan la mejora de su situación y la autonomía e independencia de la persona atendida.

 

 

 

 

 

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Noche joven con Cristo Rey

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El pasado sábado los jóvenes de la diócesis se reunieron en torno a la cruz de Taizé convocados por el Papa Francisco para celebrar la festividad de Cristo Rey. Esto sucede cada año que no se celebrar la Jornada Mundial de la Juventud. Con presencia de jóvenes de parroquias, colegios, movimientos y cofradías y presidida por nuestro Obispo coadjutor D. Antonio Gómez Cantero se compartió una sencilla oración, como dice el lema del Sínodo: “en comunión, participación y misión”.

La delegación diocesana invita a “seguir caminando juntos” e  “invitam a la vigilia de la Inmaculada el próximo 7 de diciembre a las 20:30h en la Parroquia San Juan Bautista en las doscientas viviendas en Roquetas de Mar”.

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Confirmaciones en la parroquia de San Luis Gonzaga

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En la Eucaristía de las 11:00h del Domingo 21 de Noviembre de 2021, Solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo, presidida por Mons. D. Antonio Gómez Cantero, Obispo Coadjutor de Almería, han recibido el Sacramento de la Confirmación un grupo de jóvenes feligreses de la parroquia. Después de unos años de preparación y acompañados por sus familias y las dos catequistas, la Misionera agustina recoleta, Brenda Ovalle y la Misionera de Acción parroquial, Catalina López renovaron su fe y recibieron el Don del Espíritu Santo

D. Antonio ha tenido ocasión de encontrarse por vez primera con esta comunidad parroquial y conocer el templo y sus instalaciones. Después de la celebración se ha tenido un tiempo de convivencia y charla amistosa con el Obispo en el patio de la parroquia.

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Profesión religiosa en el convento de las Adoratrices de Almería

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En las primeras vísperas de la solemnidad de Cristo Rey, la Hermana Hue Nguyen Thi Kim, de Religiosas Adoratrices, natural de Vietnam, hizo su cuarta profesión temporal en la Parroquia de San Agustín de Almería.

De forma pública, expresó su deseo de seguir diciéndole a Cristo que es el rey de su vida, el centro de su hacer, servicio y entrega, mediante los votos de pobreza, castidad y obediencia, renovando así anualmente su compromiso a Dios y a la familia Adoratriz. También, las religiosas que forman parte de la comunidad de Adoratrices de Almería renovaron sus Votos, según sus Constituciones, como suelen hacer cada año en esta fiesta. Agradecidas por el don de la vocación y acompañadas por las mujeres acogidas, trabajadores, amistades, vecinos y feligreses de la Parroquia.

Las Religiosas Adoratrices llevan adelante en Almería proyectos que luchan contra la trata de personas y que liberan de esclavitudes a tantas mujeres, tomando fuerzas de la adoración diaria de Cristo en la Eucaristía, según el carisma que recibió su fundadora Santa María Micaela.

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Misa de acción de gracias en la parroquia de la Oliva de San Fernando

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La parroquia de Nuestra Señora de la Oliva de San Fernando celebró el pasado domingo 21, la misa de acción de gracias y bendición de las obras de restauración.
Varios sacerdotes acompañaron al obispo diocesano, Mons. Rafael Zornoza que presidió la eucaristía e hizo el acto de bendición de lo que ha sido la primera fase de las obras de restauración, finalizando con la consagración al Sagrado Corazón de Jesús.
De esta manera, se da por concluida la primera fase de las obras previstas en esta parroquia. Su párroco, Manuel Gómez, ha manifestado que se siente «muy agradecido por la ayuda y el apoyo que ha recibido toda la comunidad parroquial por parte del ayuntamiento y de asuntos económicos de la diócesis para la finalización de la restauración de las cubiertas».
Se espera en breve, una vez se realicen los pagos por la obra efectuada a la entidad responsable Fructuoso Pascual Bermejo S.L. y que suma el importe de 36.343€ (sin iva), comenzar la segunda fase de mejora de la parroquia con la edificación de unos sencillos locales parroquiales donde poder acoger la abundante actividad catequética y pastoral que se lleva a cabo.

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El apostolado de la oración celebra su Jornada diocesana en torno a Jesucristo Rey del Universo

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En la fiesta de Cristo Rey, el Apostolado diocesano de la Oración ha celebrado de nuevo su Jornada Diocesana. Asistieron fieles de Adra, Almería, Berja, Puebla de Vícar y Roquetas. En la tarde del domingo 21 de noviembre, tenía lugar un tiempo de adoración eucarística, acompañada por una meditación dirigida por D. Juan Daniel López Fernández, párroco de Santa María del Águila, comentando el lema escogido ‘Tu camino es nuestro camino’.

Presidió la Misa el Director Diocesano, D. Francisco Escámez Mañas glosando la liturgia del día en relación con el APOR. Concluyeron la Jornada compartiendo una merienda.

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Cristo, Rey Todopoderoso y Humilde

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La fiesta de Cristo Rey nos propone que reconozcamos a Cristo como Señor de nuestras vidas. Hemos recordado el misterio de nuestra salvación, esto es, el misterio del amor de Dios al hombre, ese amor del Padre que se ha desbordado hacia la humanidad y que ha tomado cuerpo y carne en Jesús. Ese amor, que nos hace a todos hermanos, nos llama e invita a aceptar a Cristo como el camino, la ver­dad y la vida, y así nos hace miembros del Cuerpo de Cristo, para participar de su divinidad ahora y para siempre. Contemplamos con admiración los atributos de la realeza de Cristo: su trono, la cruz; su corona, las espinas; su manto real, la sangre bañando su espalda; y su sentencia, el perdón. Nos extraña la diferencia de la realeza de Cristo con el poder de este mundo, porque el poder de Cristo es servicio y no opresión, su riqueza está en desprenderse y no en oprimir a los demás, su gobierno es ofrecimiento y no imposición, su autoridad surge del ejemplo y coherencia de su vida, su esplendor y gloria no le viene por el título de rey sino por su humildad y obediencia al Padre.

Jesús fue proclamado rey en la cruz con aquella inscripción escrita por Pilatos donde se le proclamaba “Rey de los Judíos”. En aquel momento, en la cruz, se muestra que es rey, y como rey sufre con nosotros, por nosotros, amando hasta el fondo y de este modo gobierna y crea verdad, amor y justicia. Ofreciéndose a sí mismo en sacrificio de expiación, Jesús se convierte en Rey universal, como declarará Él mismo apareciéndose a los apóstoles tras la resurrección: “Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra” (Mt 28,18). La realeza es el ser de Cristo entretejido de humildad, de servicio, de amor y sobre todo servir, ayudar, amar. De este modo, comprendemos que su realeza es un título de confianza, de alegría y de amor. Jesús es confirmado como Rey y Señor porque acepta su condición de Hijo, su condición de ser humano, dejando la última palabra sobre su vida y sobre su historia al Padre

Jesús es el abrazo de Dios a toda la creación. En Él, la humanidad ha recuperado la imagen y semejanza con Dios que perdió en el origen. Así, en la Última Cena, se inclina para lavar los pies a los suyos y nos sienta a su mesa. Por lo tanto, la realeza de Jesús no tiene nada que ver con la de los poderosos de la tierra. Es un rey que sirve a sus servidores, como ha demostrado a lo largo de toda su vida. Jesús tiene el poder divino de dar la vida eterna, de liberar del mal, de derrotar al dominio de la muerte. Es el poder del Amor, que sabe sacar el bien del mal, ablandar un corazón endurecido, traer paz en las contiendas, ofrecer la esperanza en la desesperación.

También nosotros somos un pueblo de reyes que debe vivir el gobierno de las cosas creadas y de nuestra propia vida como una realeza de servicio. El Señor nos repite: “Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón”. “Aprended de mí”. Si, la humildad es necesaria para poder recibir la revelación de Dios, para poder llegar a esa intimidad con Él, que Dios nos quiere dar. La Escritura lo repite con fuerza: Dios resiste a los soberbios y a los humildes da su gracia. La humildad parece una condición, no ciertamente para que Dios se pueda revelar, sino para que se pueda acoger esa gracia de Dios.

Con la Solemnidad de Jesucristo, Rey del universo, concluimos el año litúrgico, ensalzando una vez más el señorío de Cristo. Él es el Alfa y Omega, el que es, el que era y el que viene, el Todopoderoso. Cristo vino al mundo para testimoniar con su vida la verdad y el amor de Dios. Escuchemos su voz y oremos para que venga a nosotros el reino de verdad y de vida, de santidad y de gracia, de justicia, de amor y de paz.

+ Rafael Zornoza
Obispo de Cádiz y Ceuta

Homilía en la solemnidad de Cristo Rey del Universo

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Lecturas bíblicas: Dn 7,13-14; Sal 92,1-2.5 (R/. «El Señor reina, vestido de majestad»); Ap 1,5-8; Aleluya: Mc 11,10 («Bendito el que viene en nombre del Señor…»); Jn 18,33-37.

Queridos hermanos y hermanas:

Con la solemnidad de Cristo Rey y la semana que sigue a este domingo XXXIV del T. O. concluye el año litúrgico; y el próximo domingo celebraremos ya el primero del tiempo santo del Adviento, que nos prepara para la celebración de los misterios de la Natividad del Señor. Esta fiesta del Señor que instituyó el papa Pío XI con un ánimo de promover la instauración del reinado de Jesucristo en las personas y en la sociedad de forma que el fruto de esta soberanía espiritual del Redentor del mundo trajera consigo la paz deseada y sólidamente fundada, capaz de conjurar las amenazas de la guerra tras la desoladora y cruel experiencia de la primera guerra mundial. El papa instauró esta fiesta mediante una encíclica[1], que publicó al final del Año Santo de 1925, convencido de que los males habían aquejado a las naciones cristianas de Europa y a cuantos países se vieron involucrados en los horrores de la primera guerra mundial se debían a al alejamiento de Jesucristo. Por ello proponía fundar la paz de las naciones aceptando la soberanía de Cristo en su proyecto de instaurar «la paz de Cristo en el reino de Cristo».

La liturgia de esta solemnidad nos ofrece un oracional que recoge la luz que la sagrada Escritura proyecta sobre la humanidad redimida y salvada por Cristo. En el Antiguo Testamento encontramos la promesa de redención que Dios en persona llevará a cabo como pastor de su pueblo. La célebre alegoría del profeta Ezequiel sobre el pastoreo que Dios promete a su pueblo en el que él será el pastor que alimentará y cuidará a sus ovejas, una alegoría que vemos prolongada en el pasaje del Buen Pastor del evangelio de san Juan. La realeza de Jesús se manifiesta en la entrega de la vida por su rebaño como pastor verdadero de las ovejas.

La pasión y muerte de Jesús son expresión del amor del pastor que entrega su vida por las ovejas, pero frente al juicio de los que le condenan y lo entregan al prefecto romano Pilato para que sancione la pena de muerte que ellos sentencian como reo de muerte, Jesús se convierte en juez de quienes le juzgan. Veíamos el pasado domingo que el evangelio de san Marcos presenta a Jesús identificándose con el Hijo del hombre viniendo «sobre las nubes del cielo con gran poder y majestad» (Mc 13,26), que ha de juzgar a vivos y muertos, consumando el juicio divino que el Padre ha entregado al Hijo la historia humana. La fiesta de Cristo Rey retoma de nuevo la imagen del Hijo del hombre del profeta Daniel para presentarlo como verdadero portador del juicio divino, en razón del poder y majestad que Dios Padre ha entregado al Hijo, investido de la realeza que sólo a él pertenece. Un reinado que se ejerce mediante el servicio y la entrega de la vida por amor a aquellos sobre los que el rey gobierna. Se lo había dicho a los apóstoles: «el que quiera llegar a ser grande entre vosotros, será vuestro servidor; y el que quiera ser el primero entre vosotros, será vuestro esclavo; de la misma manera que el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida en rescate por muchos» (Mt 26-28). El reino prometido que llega con Jesús no se conquista por la fuerza de las armas y de la violencia, sino que se instaura mediante el amor, porque es el reino de quien «nos ha amado y nos ha liberado de nuestros pecados por su sangre haciendo de nosotros un reino de sacerdotes para su Dios y Padre» (Ap 1,6). Se trata de un reinado sobre la humanidad que Jesús, contestando a Pilato cuando le pregunta si es rey, dice que no es de este mundo. El tenor de la respuesta de Jesús a Pilato orienta al prefecto romano al carácter espiritual de su reinado: «Mi reino no es de este mundo» (Jn 18,36); pero es en verdad reino y señorío, porque su autoridad se ha de ejercer sobre aquellos que el Padre le ha dado, que él no echará fuera, porque ha venido para que no se pierda ninguno de los que el Padre le da (Jn 6,39-40). Jesús se referirá de forma especial a los discípulos la noche de la última Cena, pero dirá de ellos lo que dice de todas las ovejas que forman parte de su redil, porque es su misma vida la que alimenta a las ovejas: «Yo les doy la vida eterna y no perecerán jamás; y nadie las arrebatará de mi mano» (Jn 10,28). Los que pertenecen a Cristo son suyos para siempre, porque el señorío y realeza de Jesús está fundado sobre la condición divina de Jesús, «nadie puede arrebatar nada de la mano del Padre. Yo y el Padre somos uno» (Jn 10,29b-30).

Jesucristo es contemplado por el libro del Apocalipsis como el Testigo fiel del Padre, que da testimonio ante el mundo y ante quienes tienen recibida de lo alto la autoridad que han de ejercer para implantar la justicia, poder que en el juicio contra Jesús tiene el prefecto romano Poncio Pilato, al que Jesús recuerda que ese poder que puede ejercer liberándolo o sentenciando su crucifixión, es un poder que le han dado «de arriba» (Jn 19,11). Ante Pilato, como dice san Pablo en la primera a Timoteo, Jesús «rindió tan hermoso testimonio» (1Tm 6,13), dando fe de su propia autoridad divina como enviado del Padre. El evangelio de san Juan ahonda en la razón por la cual Jesús ejerce su realeza sobre los que el Padre le ha dado: Jesús es uno con el Padre, su divinidad es causa de redención del género humano. El señorío de Cristo Jesús se funda en su divinidad que actúa por medio de su humanidad: en comunión con la humana condición de los pecadores, Jesús los redime y los salva, porque como dice la oración colecta de la solemnidad, «Dios todopoderoso ha querido fundar todas las cosas en su Hijo muy amado, Rey del universo»[2]. Salva a los seres humanos, porque es testigo de la verdad y aquel que ha venido al mundo para dar testimonio de la verdad y, en consecuencia, la interpelación que Jesús responde a Pilato declarando que, en efecto, Jesús es rey, coloca a cada ser humano ante el imperativo de su palabra liberadora: «Todo el que es de la verdad escucha mi voz» (Jn 18,37).

El Apocalipsis revela a Jesús resucitado como «el Testigo fiel y Primogénito de entre los muertos» (Ap 1,5) justamente por el precio pagado derramando su sangre preciosa del que ha venido al mundo como luz, para liberar al pecador de la oscuridad de la muerte devolviéndolo a la claridad de la verdad «para que quede de manifiesto que sus obras están hechas según Dios» (Jn 3,21), arrancándolo de las tinieblas del mundo que oscurecen la verdad, para que no sean censuradas las obras del que obra mal (v. 3,20). El reino de Cristo Jesús es el reino de la verdad y de la justicia, frente al reino del mundo, donde los poderes «aprisionan la verdad en la injusticia» (Rm 1,18); por esto, queda en evidencia que cuando la autoridad es empleada por cuantos la ejercen para aprisionar la verdad en la impiedad y la injusticia, prostituyen su ejercicio y misión social, porque toda autoridad procede de Dios y quienes no la reconocen como autoridad delegada del único que la tiene no contribuyen al establecimiento del reinado de Cristo. En este reino que viene de Dios y es reinado de Cristo en el corazón del hombre que lo acoge, entran los redimidos por el amor de aquel que los rescata del pecado, porque es el reino de la gracia que libera, reino del amor y de la paz, como canta el prefacio de la Misa[3].

El reino de Dios no es, en verdad, de este mundo, en cuanto mundo del pecado que no da cabida ni hace espacio a la revelación de la verdad y de la justicia divina, que justifica al pecador y libera su mente y su corazón del dominio, que es príncipe de este mundo, mentiroso desde el principio y padre de la mentira, que no se mantuvo en la verdad (cf. Jn 8,44). El demonio ejerce su señorío sobre el mundo tentando al hombre, para dominar sobre su alma, sometiendo al hombre interior. El mundo dominado por el pecado no acoge el reino de Dios que viene, no se abre a la gracia de la reconciliación que llega con el reino de Dios, que está en cada uno de los seres humanos que se abren a él, para ser rescatados por el Rey que otorga la gracia definitiva de la justificación al pecador.

Los cristianos sabemos que el reino de Dios está entre nosotros y hemos de pedir a Dios que venga su reino constantemente a nosotros y entre nosotros permanezca (cf. Lc 17,21). Hemos de anhelar que, siguiendo nuestra vocación de renovar en Cristo todas las cosas, injertados en aquel que el es Primogénito de entre los muertos, recuperados para Dios por la muerte por resurrección de Cristo, su reino venga a nosotros. Cuando pedimos con la oración que nos enseñó Jesús, que el reino de Dios venga a nosotros, como dice el padre de la Iglesia Orígenes, pedimos que «este reino, que está dentro de nosotros, salga afuera, produzca fruto y se vaya perfeccionando… Este reino llegará con nuestra cooperación, a su plena perfección cuando se realice lo que dice el Apóstol, esto es, cuando Cristo, una vez sometidos a él todos sus enemigos, otorgue a Dios Padre su reino, y así Dios lo será todo para todos [1Cor 15,28]»[4] La fiesta de Cristo Rey tiene una importante dimensión social, al poner de relieve que el reino de Dios en la misma medida en que llega a nosotros, ser traduce en obras de justicia y de paz. De ahí que, rezando el padrenuestro, la oración que Cristo nos enseñó, nos veamos impulsados por la gracia divina a anhelar y procurar con nuestras obras que se afiance rentre los hombres el señorío real de Cristo, para que seamos capaces de aventurarnos en el cambio de las realidades del mundo tocadas por la injusticia y la mentira. Los movimientos apostólicos han encontrado siempre en esta fiesta de Cristo Señor como la gracia fortalece su compromiso con las realidades temporales del mundo, para que se convierta en imagen y anticipo incipiente del reino consumado de Cristo en la vida eterna, a imagen de cómo se transforman el pan y el vino en el alimento eucarístico. Que nos lo conceda la bienaventurada Virgen María, Madre del Rey del universo y Señora nuestra, por la gracia del sacramento de la Eucaristía que ahora celebramos.

A. I. Catedral de la Encarnación
Almería, a 21 de noviembre de 2021

+ Adolfo González Montes
Obispo de Almería

[1] Pío XI, Carta encíclica sobre la fiesta de Cristo Rey Quas primas (11 de noviembre de 1925).

[2] Misal Romano. Oración colecta de la solemnidad de Jesucristo Rey del universo (Domingo XXXIV del T. O.).

[3] Misal Romano. Prefacio de la solemnidad de Jesucristo Rey del universo.

[4] Orígenes, Sobre la oración, 25: PG 11,495-499; cit. por Oficio de lectura: Liturgia de la Horas. IV, vers. española (2012).

Homilía en la Eucaristía de despedida de mi ministerio como Obispo de Jaén

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Santa Iglesia Catedral, 20 de noviembre de 2021

Queridos diocesanos:

Hace unos meses, concretamente el día tres de marzo, le dirigía al Papa Francisco una larga carta de renuncia en la que, entre otras cosas, le decía este párrafo que ahora os leo:

“Ahora cumplo 75 años y no le oculto, Santidad, que el peso del ministerio me pide otro modo de servir, más interior y no tan en primera línea de acción, como me ha sucedido a lo largo de toda mi vida sacerdotal y episcopal. Quiero que sepa, Santo Padre, que estoy preparado para el relevo del obispo que el Espíritu Santo elija y Su Santidad disponga. Cuando ese momento llegue, este obispo, fiel hijo de la Iglesia y convencido colaborador del Papa Francisco, pasará con paz y respeto, silencio y disponibilidad, todo el tiempo que el Señor me mantenga con vida.”

Fiel a lo dicho, lo primero que deseo comunicaros es que lo que hoy está sucediendo pertenece a la normalidad de la sucesión apostólica. Despedirme de vosotros tiene para mí la normalidad humana y espiritual de quien acepta la voluntad de Dios y de la Iglesia. Le doy gracias al Señor porque me está concediendo vivir con paz, alegría y gratitud el final de mi ministerio episcopal, que me llega, ni más temprano ni más tarde, sino en la edad establecida por el Derecho Canónico.

También quiero compartir con vosotros que mi jubilación me vincula para siempre a la vida de esta Diócesis como Obispo emérito; no obstante, mi misión a partir de ahora consistirá en la oración y el afecto. El día a día de la guía pastoral lo llevará el joven obispo que el Santo Padre nos ha enviado: nuestro ya querido Don Sebastián.

 

La sucesión apostólica me exige, por los lazos humanos, espirituales y pastorales que se han creado entre nosotros, que hoy tenga que vivir este gesto de despedida del ejercicio ministerial a esta Iglesia querida del Santo Reino de Jaén, a la que he servido con tanto ahínco e ilusión y en la que me he sentido tan bien arropado por todos vosotros, laicos, consagrados, presbíteros y diáconos. Lo hago en una Eucaristía, en la que quiero compartir con vosotros ante el Señor mis más sinceros sentimientos, que resumo en tres palabras: GRACIAS, PERDÓN Y NOS VEMOS.

GRACIAS

Gracias, porque desde el primer día siempre me habéis hecho sentir como vuestro obispo. Nunca tuve que dudar de, si en lo que pensaba y hacia, iba por el buen camino; la acogida de mi línea ministerial ha sido tan sincera y tan cálida, que siempre me reafirmabais en que hacíamos lo que teníamos que hacer. No sé qué valoración tenéis vosotros de todo cuanto hemos hechos en estos cinco años, tan marcados por la experiencia de la pandemia, pero si me lo permitís yo, a pesar de mis deficiencias y debilidades, le doy gracias el Señor y os las dos doy con el corazón lleno de gratitud y afecto también a todos vosotros.

Recordaréis que en mi primera homilía quise hacer un diseño ideal de lo que debería de ser como vuestro Obispo. Os expuse lo que yo entendía que debía de ser el perfume del apóstol. El primer olor era el de la unidad: el obispo es principio y fundamento de la unidad en la Iglesia particular y está llamado a promoverla entre las personas, las instituciones y los programas con los que se teje la identidad de una diócesis con alma y rostro. Os dije entonces: Contad conmigo para cultivar una espiritualidad de comunión, siempre naturalmente en tensión misionera (cf PDV 12) en lo que pensemos, digamos o hagamos. Por eso, os decía también que el obispo siempre debería de utilizar la primera persona del plural. Era consciente de que el uso “del nosotros” del Obispo es teológico, al tiempo que también existencial e histórico.

Si lo he hecho, si he ejercido el ministerio sumando y uniendo, gracias Señor.

Un segundo olor imprescindible en el Obispo es el del buen olor de Cristo. “Somos olor de Cristo ofrecido a Dios” (2 Cor 2,15). El obispo ha sido ungido por el Espíritu Santo con ese olor esencial; por tanto, está obligado a activar permanentemente el olfato en ese perfume situando su vida tras la meta de la santidad. Recuerdo que entonces os decía: Yo le pido al Señor que mi ministerio tenga su perfume; y con vosotros quiero crecer en un mayor seguimiento e identificación con Jesucristo.

Si lo he hecho y la santidad individual y comunitaria la crecido, gracias Señor.

Y traje un tercer olor en mi olfato pastoral; se trata del, a veces denostado, olor a oveja. Y os decía entonces: Para ser un obispo con este olor, me pongo ya desde hoy en la fila de los que abren su corazón al Buen Pastor y le dejan que cure sus heridas. Sólo dejándome sanar podré serviros con paciencia y misericordia. Rezad por mí para que mi ministerio episcopal tenga el olor de los hombres y mujeres de esta tierra, el de los andaluces de Jaén. Sólo así podré identificar mi mirada con la de Jesucristo, Santo Rostro misericordioso del Padre. Ese que, como un tesoro, veneramos en esta Santa Iglesia Catedral.

Si el perfume de lo humano, de lo social, de lo cívico se me ha pegado poco a poco entre vosotros, gracias Señor.

Hoy os confieso que siempre quise ser fiel a estos tres olores y espero haberos hecho llegar algo de ese perfume. Siempre deseé y le pedí al Señor, en el día a día de nuestra intimidad en la oración, que mantuviera vivo en mí el olor que tenía que transmitir en cada una de mis acciones, decisiones, intenciones, sueños e ilusiones.

Gracias, Señor, por lo que ponías en mí y por lo que hacías llegar a través de mi humilde persona a tantos y tantas como habéis participado activamente conmigo en el mismo sueño misionero. ¡Habéis sido tan fieles al Señor y tan buenos conmigo! No sé cómo pagaros todo el bien que me habéis hecho.

PERDÓN

Yo sé, sin embargo, queridos hermanos y hermanas, que ese retrato ideal que yo he llevado con ilusión en mi corazón, no siempre ha sido nítido. Probablemente el Señor, vosotros y yo mismo lo hemos visto con sombras y con zonas opacas que impedían reflejar la sensibilidad del olor de ese perfume. Es probable que no haya sido capaz de crear la comunión buscada, ni la sinodalidad deseada hasta donde fura capaz de crear lazos de participación para una misión evangelizadora. Seguramente con mi palabra y mis gestos no supe proyectar el buen olor de Cristo, tan necesario para poder anunciarle. Y es posible que, por mis límites, no haya ofrecido el olor a oveja, aunque siempre haya querido ser para todos y haya preferido a los más débiles y humildes.

No obstante, por si os sirve para comprenderme, he de decir que no vine a Jaén a acabar nada; nuestras tareas sólo el Señor las acaba. “Ni el que planta es nada, ni tampoco el que riega; sino Dios, que hace crecer” (1 Cor 3,7). En mi caso, además, siempre fui consciente de que, por razones de tiempo, tenía que elegir, en cada paso que daba, lo que era más necesario e importante y decisivo para un camino de todos. Por eso hay proyectos no iniciados, cosas no acabadas, cuestiones abiertas y faltan muchos remates que dar a las reformas iniciadas, que tuvieron su luz y guía en nuestro Plan Diocesano de Pastoral, siempre trabajado en sinodalidad. Lo que sí os digo es que en todo momento, animados por el Espíritu, supimos hacia dónde íbamos en cada iniciativa que surgía. Nunca hicimos nada sin una motivación espiritual y pastoral sólida.

Por mis fallos, por mis límites, por mis carencias, pido perdón a Dios Nuestro Señor; y os pido también perdón a todos vosotros y vosotras de todo corazón. También quiero pedir perdón por mis decisiones, sobre todo cuando afectaban a personas, si no os complacían. Os puedo asegurar, en conciencia, que nunca hice nada para ofender a nadie y, si algo dejé de hacer y por eso alguno se da por ofendido, pensad que a veces el bien de la Iglesia, que el obispo tiene que administrar, me impedía hacer las cosas al gusto de cada uno. De cualquier modo, os digo que, si lo bien hecho ha sido de todos, los errores han sido sólo míos. Y termino este capítulo del perdón comunicándole de corazón a quien me haya podido ofender, que esté muy tranquilo, porque ya no queda nada en mí. Soy frágil y las ofensas gratuitas e injustas me duelen; pero también digo que nunca dejan la más mínima huella de rencor. Mi Creador y mis progenitores me hicieron con un corazón que borra ofensas de un día para otro.

NOS VEMOS (“CI VEDIAMO”)

“Nos vemos” es un saludo habitual entre italianos cuando se despiden tras un encuentro. Pues eso os digo yo: “Ci vediamo”. Nos veremos cada día en la Eucaristía que seguiré celebrado por todos vosotros, como siempre hice desde que inicié mi ministerio en Jaén. En cada Eucaristía habéis sido mi única intención. Nos veremos en la oración, en el afecto y en el recuerdo.

Nos veremos quizás en la calle, porque en mí se va a cumplir ese hermoso dicho “Al que Dios quiso bien, casa le dio en Jaén”. Siempre me habéis oído decir que el Santo Padre, al enviarme Jaén, me había hecho un hermoso regalo, el de venir a una Iglesia muy sólida en su fe y en su caridad y a una tierra en la que se practica la acogida como un modo de ser que define a sus gentes. Ese sentimiento lo tuve desde el primer momento. También supe al venir como vuestro obispo que, a no mucho tardar, porque vine en una edad tardía, me llegaría el día que hoy compartimos en esta despedida. Quizás sea por eso que incansablemente he querido estar presente en todos los rincones de la diócesis y he trabajado para esta Iglesia con un afán sin límites.

Sabía, por tanto, que sería el segundo obispo Emérito de Jaén y que eso me vinculaba ya para siempre a esta bendita tierra. Pues bien, si me lo permitís, me quedaré viviendo entre vosotros como le corresponde a alguien que es de aquí, que quiere ser un jiennense y jaenero ya para siempre. Mi hermana y yo lo hacemos con mucho gusto, porque en nuestro día a día nos habéis tratado como uno más entre los vuestros. Con todo mi corazón os digo: os queremos y os agradecemos vuestro afecto. Me alegraré mucho cuando os vea y espero que también vosotros os alegréis cuando me veáis a mí. Por eso os digo: NOS VEMOS (“CI VEDIAMO”).

Que Santa María de la Cabeza, la Madre que nos cobija como Iglesia nos proteja siempre a vosotros y a mí.

+ Amadeo Rodríguez Magro
Obispo Administrador Apostólico

 

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