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Homilía en el inicio de mi episcopado como Obispo de Jaén

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Excmos. Sres. Arzobispos y obispos, gracias por vuestra cercanía y vuestra oración, y por el esfuerzo que han realizado para acompañarme en este momento. Vuestra presencia es un signo visible de la comunión en la iglesia que me alienta y conforta ante la misión que inicio esta mañana.

 

Excmo. Sr. Nuncio, Mons. Auza, gracias por las palabras de cariño y ánimo que me ha dirigido. Nuevamente, le pido que transmita al Santo Padre, el Papa Francisco, mi total comunión y fidelidad a su persona y a su Magisterio.

 

Saludo a D. Amadeo, mi antecesor, y agradezco, también, las palabras con las que nos ha presentado el rostro de mi esposa, la Iglesia que camina en esta hermosa tierra, el Santo Reino de Jaén. ¡Gracias por sus palabras de acogida y bienvenida!

 

Sacerdotes que habéis venido desde los distintos puntos de nuestra Diócesis y los que habéis llegado desde fuera para acompañarme, de una manera especial, D. José Manuel, el obispo de mi querida Diócesis de Cartagena, ha sido para mí un padre, un hermano y un maestro.

 

Cabildo catedralicio, religiosos, seminaristas ¡Gracias por vuestra acogida!

 

Excmas. e Ilmas. autoridades civiles, académicas, militares y judiciales, agradezco su presencia en este acontecimiento tan importante de nuestra Iglesia jienense. Nuevamente, les manifiesto mi disponibilidad, mi servicio y colaboración en todo aquello que les pueda ser necesario para el bien de nuestro pueblo.

 

Saludo, especialmente, a todos los ancianos, enfermos y amigos que nos estáis siguiendo por la Cadena Cope, Radio María, así como a los que nos estáis viendo por Trece TV y Popular TV.

 

Queridos feligreses, familia y amigos.

 

Nuevamente, como Pedro, he vuelto a escuchar de la boca del Señor esa pregunta que llega hasta lo más hondo de nuestro corazón: “¿me amas?” y, ante mi respuesta de amor, Él me ha dicho: “¡Sígueme!”.  Lo dijo de una manera especial cuando me llamó al ministerio sacerdotal, y acepté; por segunda vez lo dijo cuando me llamó al ministerio episcopal, como obispo auxiliar de la diócesis de Cartagena, y acepté; y por tercera vez, ante esta nueva llamada que me hace para que pastoree a ésta Diócesis de Jaén, como sucesor de los Apóstoles, me lo ha dicho y he vuelto a aceptar, y siempre con el deseo de “amarle con todo mi corazón, con todo mi ser y con toda mi mente” (Cfr. Mt. 22, 38) y entregarme, confiadamente, a Su voluntad.

 

Doy gracias a Dios por la gran misericordia que siempre ha tenido conmigo, por el don de su Espíritu, con el que me ha enriquecido, y le pido que me ayude a vivir la santidad, “porque tengo que servir a la Iglesia como maestro, santificador y guía… Y, configurado con Cristo, amarla con el amor de Cristo esposo y ser ministro de unidad, haciendo de ella un pueblo convocado por la unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo” (Cfr. Pastores Gregis n. 13)

 

Hoy vivimos un momento importante en el devenir de nuestra Iglesia diocesana. Vivimos el proceso de la Sucesión Apostólica, donde cambiamos las personas, pero permanece el ministerio y el servicio al pueblo santo de Dios. Desde aquellos primeros tiempos apostólicos, la Iglesia del Señor continúa y crece por obra del Espíritu Santo, que nos envió el Resucitado, por medio de la Palabra y el ministerio de los Apóstoles. Demos gracias a Dios, en este día, por cómo nos está cuidando.

 

Desde los tiempos de San Eufrasio, uno de los siete Varones Apostólicos que llegaron a nuestras tierras hispánicas, Cristo preside, vivifica y dinamiza a esta Iglesia. Aquí está viva su Palabra como permanente revelación del amor de Dios y de nuestra salvación; aquí se hace presente en cada altar mediante el Sacramento de la Eucaristía, fuente de vida que emana hasta la vida eterna; aquí encontramos su perdón, el consuelo de nuestras heridas y la fuerza para ponernos en pie y seguir caminando; aquí está el poder de Dios transformando nuestros corazones, haciéndonos una gran familia: sus hijos, y abriéndonos camino para alcanzar la plenitud de su Gloria y, por tanto, viviendo en esperanza; y desde aquí, desde esta Iglesia peregrina, Iglesia en salida, Iglesia samaritana, emana la fuente de Caridad, que brota del Corazón abierto de Cristo, que se ofrece para curar, sanar y salvar al hombre.

 

Juntos, queridos hijos, iniciamos esta nueva etapa. Vengo con el único programa de unirme a vosotros y caminar juntos, como vuestro servidor, de todos, pero de forma especial de los pobres, los débiles, los enfermos, los que no tienen hogar, los migrantes…,  con el emblemático “encargo de predicar, dando solemne testimonio de que Dios ha constituido a Cristo juez de vivos y muertos” (Cfr. Hch 10,42) También, me uno a vosotros como vuestro hermano en la fe, con el deseo de sentir el calor fraternal que brota de nuestro bautismo y nos hace ser comunidad, familia, Iglesia, ayudándoos a crecer en la fe y a vivir en el amor de Dios y del prójimo.

 

Soy consciente de mis debilidades y limitaciones, pero os puedo asegurar que llego con pleno deseo de entregarme por entero a Cristo para dar mi vida al servicio de su Reino y al servicio de todos vosotros. Pues, “el buen pastor da su vida por sus ovejas” (Jn 15, 3)

 

Sé que cuento con la Gracia de Dios, pues así se ha manifestado a lo largo de toda mi historia, pero, también, os pido vuestra ayuda para ser un buen obispo, signo del Buen Pastor, Siervo, Esposo y Maestro de la Iglesia; un pastor según el corazón de Cristo, de quien un día se pueda decir: “pasó haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él” (Hch 10, 38)

 

Juntos, viviendo la comunión, la participación y la misión, es decir, en sinodalidad, continuaremos la misión que el Señor nos encomendó: “Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación” (Mc 16, 15), con el realismo y la profundidad que esto significa e implica. Es cierto que no son pocos los obstáculos que nos encontramos, en este momento de nuestra historia, y que incluso nos pueden estar afectando en nuestra vida cristiana y en nuestra vocación, pero sabemos que vivimos el tiempo de Dios. Él nos ayudará a superarlos a través de nuestros dones, de las iniciativas comunitarias y, sobre todo, con su Gracia, haciéndonos crecer en calidad y cantidad para el servicio del Evangelio y de su Pueblo.

 

Vengo en un momento espléndido para escuchar el latir de vuestro corazón y el deseo que el Espíritu Santo nos quiere sugerir para nuestra peregrinación como Iglesia, ante la reflexión que el Papa Francisco nos pide para la preparación del Sínodo de los Obispos, en este momento concreto de nuestra historia, pero pensando en los hombres  y mujeres que han de recibir y vivir el testigo de nuestra fe.

 

Acabo de llegar a esta Diócesis, y ya me siento estrechamente unido a vosotros, mis hermanos sacerdotes, primeros colaboradores del obispo, que lleváis la gran responsabilidad del servicio al pueblo de Dios y del anuncio del evangelio en las parroquias y en los distintos oficios que desempeñáis. Os felicito por el “Sí” que un día disteis, por vuestra entrega y por vuestra fraternidad sacramental a la que desde hoy me incorporo. Desde ahora me pongo enteramente a vuestro servicio. Manifiesto mi cercanía y oración a los sacerdotes mayores y enfermos, a los que estáis en la misión o estudiando fuera de la diócesis. A todos, os aseguro, que vengo ilusionado y con gran deseo de empezar a trabajar juntos, viviendo en fidelidad al amor de Dios y al amor al pueblo santo que tenemos que servir en su nombre. A aquellos que desempeñáis responsabilidades diocesanas, a partir de este momento, os renuevo vuestra responsabilidad y deseo contar con vuestra ayuda. ¡Os voy a necesitar!

 

Nos tenemos que ayudar mutuamente para estar siempre alejados de la mediocridad. El Papa Francisco nos decía, a todos los cristianos, en una de sus homilías que: “Hay un sueño peligroso: el sueño de la mediocridad. Llega cuando olvidamos nuestro primer amor y seguimos adelante por inercia, preocupándonos sólo por tener una vida tranquila. Pero sin impulsos de amor a Dios, sin esperar su novedad, nos volvemos mediocres, tibios, mundanos. Y esto carcome la fe, porque la fe es lo opuesto a la mediocridad: es el ardiente deseo de Dios, es la valentía perseverante para convertirse, es valor para amar, es salir siempre adelante” (Hom. Adv. 29-11-2020)

 

De una manera especial, os manifiesto mi compromiso de ayuda y cercanía a todos vosotros, queridos seminaristas, pues sois nuestro “corazón diocesano”. He vivido intensamente durante años, con gran inquietud y entrega, la misión de la formación sacerdotal, tan necesaria hoy en nuestra Iglesia. Doy gracias a Dios por nuestro Seminario y manifiesto mi alegría por el grupo de seminaristas que lo formáis, pero también comparto mi preocupación por la pastoral vocacional y el celo por una buena formación de los futuros presbíteros, que nos pide la Iglesia Universal.

 

Expreso mi cariño y mi afecto a todos los religiosos y religiosas de nuestra Diócesis, a los Institutos Religiosos, a las Asociaciones de Vida Religiosa y Vírgenes Consagradas, que servís a esta Iglesia con vuestra entrega, enriqueciéndola espiritualmente con vuestro testimonio y siendo herramientas eficaces de trabajo y de recursos humanos al servicio de nuestros hermanos en las distintas realidades apostólicas que desempeñáis. Os saludo a todos y os agradezco vuestra entrega y vuestra fidelidad, así como vuestra oración por nuestra Diócesis y, de una manera especial, por mí en estos primeros pasos.

 

Queridos fieles, me siento ganado por vuestro afecto y por la acogida que estoy recibiendo. Vosotros: familias, jóvenes, ancianos, niños… sois junto a todos nosotros, sacerdotes y religiosos, la carne de Cristo, el rostro de mi esposa, la Iglesia, a la que deseo amar como esposo, padre y hermano. Desde el primer momento de mi nombramiento me han hablado con mucho cariño de vosotros, contándome que sois abiertos, cercanos, sencillos, bondadosos, agradecidos, una Iglesia muy viva.

 

Os deseo conocer personalmente, escuchar vuestras inquietudes y atender las necesidades propias, de vuestra familia o de vuestra realidad eclesial, pero también os necesito para la tarea que Dios me encomienda y para que me ayudéis, desde vuestra cercanía y la frescura de vuestra sinceridad, a ser el pastor que Dios desea para vosotros.  Os tengo muy presentes en mi oración, sobre todo a los enfermos y a los que están sufriendo por alguna circunstancia.  Pienso, de manera especial, en los pobres y necesitados, en las familias en dificultad, en las personas que no tiene vivienda, en los maltratados, en los presos, en los que no tienen trabajo y viven en precariedad económica, sobre todo pienso en el gran número de jóvenes que están viviendo en esta circunstancia, en los temporeros que no son tratados con dignidad, en los que sufrís las consecuencias directas o indirectas de esta pandemia… a todos vosotros, sabed que contáis con el amor preferencial de Dios. Sois las llagas abiertas de Cristo que tenemos que besar con nuestra atención, cercanía y ternura.

 

Del mismo modo, tengo presentes, a los que no creen, a quienes piensan diferente a nosotros, a los que no conocen a Jesús, ellos, también, son nuestros hermanos, y un reto de caridad en nuestra misión evangelizadora. Desde lo más profundo de su corazón nos están gritando, como a Felipe: “queremos ver a Jesús” (Jn 12, 21). El desconocimiento del Señor nos debe pesar como le pesa a Jesús, (nuestro Hermano Mayor), lo que debe avivar nuestra inquietud y “nuestro poner al servicio de los demás el carisma que cada uno ha recibido” (1 Pe 4, 10), manifestando con nuestra vida que “la Iglesia es la casa de la alegría” (EG) y aquella pobreza que nos hace vivir en libertad.

 

A todos los que habéis participado en esta celebración (un nutrido número sois de mi Diócesis materna) y a los que la habéis hecho posible, preparando hasta los últimos detalles, ¡GRACIAS!

 

Encomiendo a toda nuestra Diócesis a la Virgen María, Nuestra Sra. de la Cabeza, Patrona de Jaén y en su maternidad pongo mi ministerio, para que me ayude a cuidar de la grey, a cuyo servicio hoy me pone el Espíritu Santo, para pastorear a esta Iglesia de Dios: en el nombre del Padre, cuya imagen represento en la Asamblea; en el nombre del Hijo, cuyo oficio de Maestro, Sacerdote y Pastor ejerzo, y en el nombre del Espíritu Santo, que da vida a la Iglesia de Cristo y fortalece nuestra debilidad. Que Ella nos bendiga y nos proteja en esta etapa que comenzamos.

 

+ Sebastián Chico Martínez
Obispo de Jaén

Palabras de bienvenida y saludo de Don Amadeo al Obispo Sebastián

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Con mis últimas palabras como Pastor de la muy amada Diócesis del Santo Reino de Jaén, me dirijo a nuestro Obispo electo Don Sebastián, que en esta celebración Eucarística tomará posesión de esta Sede Episcopal como el 76 sucesor de San Eufrasio. Con él está el Nuncio de Su Santidad, portador de la Bula Pontificia, que ratifica su elección y nombramiento; le acompañan un nutrido grupo de arzobispos y obispos, encabezados por el Señor Arzobispo de Granada, nuestro metropolita, y por el Señor Obispo de Cartagena, Don José Manuel Lorca Planes, del que Don Sebastián ha sido Obispo Auxiliar. Le hablo en nombre de este pueblo de Dios, hoy presente masivamente, en una muy amplia representación, en la Santa Iglesia Catedral de la Asunción de la Virgen, relicario del Santo Rostro de Jesús.

Somos la Iglesia que camina en las ciudades y pueblos de esta histórica Diócesis, situada en un mar de olivos y entre bellos paisajes, y que hoy recibe, con gratitud al Santo Padre, a su nuevo Pastor. Somos un pueblo cristiano en marcha, siempre ilusionado y siempre disponible; así me lo encontré, guiado entonces por mi predecesor, Mons. Ramón del Hoyo, y así se lo encontrará usted, si he sabido administrar, colaborando con el Espíritu Santo, este precioso capital humano y espiritual que me fue encomendado. Durante estos poco más de cinco años hemos sido una Iglesia sinodal y ahora se la encontrará activamente participando en el Sínodo al que nos ha convocado el Papa Francisco, en el que se nos invita a afianzarnos en nuestra identidad de Iglesia caminante y en salida. Le puedo asegurar que la participación activa, creativa e ilusionada en el sínodo universal está plenamente encauzada.

El laicado, los consagrados y consagradas, los diáconos y el presbiterio diocesano constituyen una Iglesia viva que ha ido renovándose tanto en su pastoral ordinaria, como en otras muchas iniciativas y acciones, todas orientadas en comunión y evangelización. Hemos caminado con una Plan Diocesano de Pastoral que, en sintonía con Evangellii Gaudium, nos ha alentado en un sueño misionero, el de llegar a todos con una pastoral claramente de anuncio activo del Evangelio de Jesucristo.

  • Sin perder el rumbo de hacer bien y situar adecuadamente el camino ordinario de la fe y de la vida cristiana de nuestras comunidades, hemos entrado a fondo en la vida en comunión de nuestra Diócesis, consolidando el espíritu sinodal en las instituciones, tanto diocesanas como arciprestales y parroquiales, para que todo nos llevara a caminar con una participación responsable en la vida de nuestra Iglesia, que ha querido ser casa común en esta sociedad jiennense.
  • Hicimos el firme propósito de ponernos en estado permanente de misión, y le puedo asegurar que, poco a poco, se ha ido modificando la concepción de la fe y la vida cristiana de muchos, sobre todo al descubrir que cada bautizado es una misión en el mundo.
  • Nuestro Plan de Pastoral nos ha llevado a una profunda reflexión sobre la vida sacramental y eucarística de nuestras comunidades, nos ha situado en la escucha de la Palabra, en la oración y en el aliento de promover y cuidar todo lo que ayude a cada cristiano a consolidar su vida en santidad.
  • La caridad, que siempre ha sido una virtud bien cultivada entre nosotros en actitudes y en realidades institucionales, nos hizo entrar en todas las marginaciones, de las que se está ocupando la misión social y caritativa de la Iglesia en esta tierra.

En torno a la comunión, la evangelización, el culto, la espiritualidad y servicio de la caridad, ha girado nuestro itinerario como Iglesia en todas sus instituciones: curia diocesana, arciprestazgos, parroquias, movimientos y grupos. Viene usted, por tanto, no a una Iglesia perfecta, pero sí a una Iglesia soñadora de caminos que la lleven a mostrar el rostro de Cristo a todos y en especial a los más heridos en su vida interior y en sus situaciones humanas y sociales. Se encontrará usted en Jaén con un humus religioso, bien favorecido por un rico universo de devociones y advocaciones cristológicas, marianas, y de tantos santos y mártires como se veneran en esta Iglesia.

Como la Diócesis de Jaén tiene como Madre y Patrona a la Virgen de la Cabeza, a ella que le pedimos que le proteja en su ministerio entre nosotros. ¡Dios guarde siempre a nuestro Obispo Sebastián!

+ Amadeo Rodríguez Magro
Obispo Administrador Apostólico

Don Antonio lleva el Espíritu Santo a la Parroquia de San Agustín

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El domingo 28 de noviembre nuestro Obispo coadjutor, D. Antonio Gómez Cantero visitó por primera vez la Parroquia de San Agustín de la capital y presidió la Eucaristía en la que administró el Sacramento de la Confirmación a un grupo de cinco adolescentes y veintitrés adultos. Antes de iniciar la Eucaristía pudo conversar con los confirmandos y saludar a los feligreses.

En su homilía, animó a todos a dejarse llevar por el Espíritu Santo en este tiempo de sinodalidad y a dejar que prepare nuestra vida para recibir al Señor que viene, colaborando más activamente en la parroquia, sobre todo los que han recibido la efusión del Espíritu.

Un buen modo de comenzar el Adviento guiados por el Espíritu Santo y animados por don Antonio en comunión con la Iglesia.

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“Ven, Señor Jesús. Tenemos necesidad de Ti”

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Homilía en la Eucaristía en el I Domingo de Adviento, el 28 de noviembre de 2021, en la S.I Catedral.

Queridísima Iglesia del Señor, Esposa amada de Jesucristo, Santo, Pueblo Santo de Dios;

queridos sacerdotes concelebrantes;

diácono;

queridas hermanas riquelminas;

queridos hermanos y amigos todos:

El grito, tan humano, tan profundamente humano, al que nos invita la liturgia de Adviento, toda ella, es el “Ven, Señor Jesús. Tenemos necesidad de ti”. Nos haces falta. Sin Ti vivimos mal. Nos falta libertad, esperanza. Nos falta capacidad para un amor como el que Tú quieres que vivamos. Y nosotros –en el fondo- deseamos vivir que es un amor a todo y a todas las cosas por Ti. Nos sobra miedo, temor, como si fuéramos esclavos de cosas del mundo o de la muerte. Y por eso Te decimos, “ven”.

Las catástrofes del mundo, las enormes dificultades que hay en la historia, siempre, siempre las ha habido y que el Señor anuncia para que no nos asusten, y que cuando veáis que esto pasa, levantad la cabeza porque está cerca vuestra liberación. Pues, hermanos, levantemos la cabeza, alcemos nuestra mirada. ¿Y hacia dónde la alzamos?, ¿hacia el cielo? Sí, sin duda. Pero no este cielo físico que nos anuncia la lluvia, que tiene nubes. No, no. Hacía Ti, Señor, que eres nuestra luz, nuestra vida. Luz de nuestros ojos. Vida de nuestra vida.

Si pudiera decirse, alimento de nuestro corazón pobre y tantas veces herido. Ven, Señor Jesús. Ven a nosotros. Nosotros hacemos esta súplica, pero no la hacemos como quien no ha conocido nunca al Señor. Algunos hombres en el mundo griego y en el mundo pagano pedían que, para contemplar ciertos misterios del mundo, o el misterio del sentido final de la vida, tendría que ser necesario un Dios que nos los contase. Nosotros sabemos que el Hijo de Dios, que Dios mismo, en Cristo, ha compartido nuestra condición humana, ha compartido nuestra noche, ha compartido nuestros cansancios, dolores, fatigas, hasta la mentira, la calumnia, el horror de una Pasión espantosa, de una muerte espantosa. Para que nadie pudiera decir “es que a mí Dios no me entiende”. Has compartido nuestra condición humana en todo, menos en el pecado. Y nos has abierto el camino del Cielo. Viniste una vez, en medio de la historia. Te diste por entero. Viniste al seno de la Virgen. Te entregaste a nosotros. Y cuántas veces piensa uno “Señor, si la Pasión se hubiera retrasado un poco más, nos hubieras podido enseñar unas pocas cosas más, a lo mejor sería más fácil seguirTe…”. Qué va. Si tu enseñanza verdadera está en el don de Tu vida, nunca eres más maestro que en la cruz. Por eso, Te decimos, con toda el alma, rompe el cielo y ven. Sabemos que has venido. Viniste una vez. Vienes siempre en los Sacramentos. Vienes siempre en las circunstancias de la vida, porque detrás de todas ellas estás Tú, aunque no sepamos cómo. Estás en una enfermedad. Estás en la pérdida de un ser querido. Estás en la proximidad de la muerte. No hay nada, sólo el pecado, donde Tú no estás. Vienes a nosotros en todas esas circunstancias. Pero vienes a nosotros para alimentarnos y para estar con nosotros en los Sacramentos, que no son cosas que nosotros hacemos por Dios (lo digo siempre en las Confirmaciones); son regalos que Dios nos hace, y Dios nos regala cosas. Dios se regala a Sí mismo en todos ellos, desde el Bautismo, hasta el Orden Sacerdotal o el matrimonio. Te das a nosotros, sobre todo, en la Eucaristía, donde cumples Tu nombre “Emmanuel”, “Dios con nosotros”. Vienes a nosotros y Te haces uno con nuestro cuerpo, con nuestra humanidad, de una manera tan profunda que no hay unión en este mundo que pueda parecerse a ella. Porque te disuelves en nuestras venas, en nuestra sangre. Nos llenas como nos llena nuestra alma. Nos haces miembros de Tu cuerpo. Tú nos haces tuyos. Tú te haces nuestro. Por eso, la Iglesia es Tu esposa y Tu cuerpo, porque vive de la vida que Tú le das, que Tú nos das. Hoy mismo nos la das en la Eucaristía. Y la celebración de la Eucaristía es, por eso, el centro y culmen de la vida de la Iglesia. Así lo ha enseñado el Concilio, así lo creemos. Eso forma parte del núcleo de nuestra fe. Y luego, Tú te quedas con nosotros.

La Iglesia de Granada va a tener desde hoy la alegría inmensa de que siempre, en la puerta de aquí al lado, en la iglesia del Sagrario, en la adoración eucarística perpetua, siempre habrá un grupo de cristianos adorando al Señor y, sobre todo, representando a todo el pueblo cristiano, pagano, ateo de Granada, presentándolo y poniéndolo delante del Señor, para que el Señor venga y dé la vida a todos; para que el Señor perdone los pecados de todos; para que el Señor haga florecer la vida verdadera en nuestros hermanos, en nuestros amigos, en todos los hombres, en el mundo entero.

Y queremos en esos momentos que estamos ahí decirte que sí, como la Virgen. Danos Tú la gracia, para que lo hagamos, porque el “sí” más pequeño que damos al Señor es mucho más que esos terremotos que nos miden, nos cuentan, nos dicen… Afecta al mundo entero su onda expansiva. El “sí” de la Virgen fue dado en la oscuridad de una habitación. Según una tradición cristiana antigua, la Virgen estaba hilando cuando el Ángel vino, cuando tuvo lugar la Encarnación. Estaba tejiendo un tejido y luego tejió en su seno el tejido de la nueva humanidad, de su Hijo, la humanidad de Cristo, el Hijo de Dios. Señor, que esos momentos nos parezcamos un poquito a la Virgen y Te digamos nuestro “sí” pobre, sencillo, sin fisuras. Y la onda expansiva de ese “sí”, por muy pequeño, oculto, que sea se extiende al mundo entero.

Ojalá esté la capilla siempre llena. Y luego, el Señor vendrá al final de los tiempos. Al final de los tiempos de cada uno y al final de los tiempos de la historia. Pero Él es el centro, la plenitud, el culmen de la historia. Señor, ven. Ven, porque vienes ya. Te necesitamos ya, para que no tengamos miedo ni siquiera del final de nuestra vida, ni siquiera del final de la historia. Que no tengamos miedos de nada. Si te tenemos a Ti, somos los hombres y mujeres más privilegiados del mundo, los más ricos del mundo. ¿Por qué vamos a tener envidia? O mirar como referencia otro tipo de riquezas, otro tipo de status, de posesiones, de bienes…, si Tú eres el bien supremo. Tú eres mío. Tú eres nuestro. Estás con nosotros. “El Señor está contigo”, le dijo el Ángel a la Virgen y nos lo dice a cada uno de nosotros.

Justo porque sabemos quién eres y valoramos Tu Presencia, Te pedimos que vengas más. Queremos tener más cerca, queremos ser más conscientes de que Tú estás con nosotros cada minuto y cada segundo de nuestra vida. Queremos alimentar nuestro corazón, para que se ensanche y para que en ese corazón puedan caber, como caben en el Tuyo, todos los hombres, amigos y enemigos, creyentes y no creyentes, ricos y pobres, porque todos son hijos tuyos; porque Tú amas a todos.

Que el Señor nos conceda empezar el Adviento con estos sentimientos en nuestro corazón, con esta súplica, con ese grito: “Ven”. Digámoslos en el autobús, en el metro, yendo al trabajo, mientras estamos haciendo algo: “Ven, Señor Jesús”. Cuando Le pedimos al Señor que venga, nos escucha siempre, os los prometo. En realidad, es el Señor quien ha jurado esa Alianza nueva y eterna que recordamos en cada Eucaristía, por la que Él se da a nosotros y se une a nosotros.

Que podamos disfrutarla y vivirla todos los días de nuestra vida y en la vida eterna.

Palabras finales

Después de dar gracias al Señor por haberte recibido –aunque, como hemos dicho siempre, antes de la Comunión “no somos dignos” de que entres, no sólo en mi casa, sino en mi cuerpo, mi vida, mi sangre-, pero Tú has querido venir, deseas venir a nosotros y a nuestro corazón. La vida entera sería demasiado corta para darTe gracias por lo que sucede en la Eucaristía.

Vamos a hacer como si fuera un pequeño Corpus. El Señor se queda sobre el altar y lo llevaremos en una sencilla procesión familiar, pero con orden, hasta el altar de la capilla del Sagrario. Me gustaría decir a quienes nos siguen por televisión y son de la diócesis de Granada, o están relativamente cerca, que la adoración perpetua está abierta para todos. Los sacerdotes que queráis formar un grupo y venir una tarde, hasta una noche a adorar al Señor con un grupo de vuestra parroquia, jóvenes o mayores, como queráis. Todos somos bienvenidos.

Es un gesto precioso de reconocimiento de la Presencia del Señor en medio de nosotros, de este mundo. De nosotros, que seguimos siendo indignos, no penséis que porque hagamos la adoración somos los mejores del mundo. No. Somos indignos y lo seremos siempre. Gracias a Dios, porque así resplandecerá Tu Gracia y la Gloria de Tu Gracia, y la belleza de Tu Amor. E intercediendo por el mundo. Es una labor propia de la Iglesia. Es lo que Cristo hace: interceder por nosotros después de Su Ascensión al Cielo. Nos unimos a esa labor Tuya de intercesión por quienes más lo necesiten, por quienes tengan más necesidad de Ti, por quienes Te hayan abandonado. Por todos, sin excepción.

+ Javier Martínez
Arzobispo de Granada

28 de noviembre de 2021
S.I Catedral de Granada

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La sinodalidad centra el Retiro de Adviento de la Parroquia de San Luis Gonzaga

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La casa de Espiritualidad de Aguadulce acogió el sábado 27 de noviembre el retiro de adviento de la Parroquia de San Luis Gonzaga. Unas 30 personas, feligreses de San Luis y de otras parroquias, tuvieron la oportunidad de orar, reflexionar, y realizar una puesta en común, teniendo como lectura de referencia el capítulo 10 de los Hechos de los Apóstoles en los que se narra el encuentro de Pedro y Cornelio y que ha sido propuesto por la conferencia episcopal como un ejemplo de sinodalidad. El retiro fue dirigido por el párroco D. Ramón Bogas.

Para terminar en un grato ambiente de convivencia, los asistentes compartieron la comida servida con esmero por los trabajadores de la casa diocesana de espiritualidad “Reina y Señora”.

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El inicio del Adviento y la Gran Recogida navideña de libros y productos de bebé, en Iglesia Noticia

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El inicio del Adviento y la Gran Recogida navideña de libros y productos de bebé, en Iglesia Noticia

Programa emitido en COPE Granada y Motril el domingo 28 de noviembre de 2021.

Este domingo 28 de octubre en el informativo diocesano “Iglesia Noticia” emitido en COPE Granada (87.6 FM) les hablamos del nuevo tiempo litúrgico del Adviento, así como de la campaña navideña organizada por las vocalías de caridad de las hermandades y cofradías de Granada para recoger libros, cuentos, peluches y productos para bebés que irán destinados a los más necesitados.

Asimismo, les contamos la labor que desempeña la Pastoral Penitenciaria en nuestra diócesis y como se han desarrollados las Jornadas de Pastoral Obrera celebradas en Ávila del 19 al 21 de noviembre con la participación de Granada.

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Terminó la Vista Pastoral a las parroquias de Villanueva de las Torres, Dehesas de Guadix y Alicún de Ortega

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Terminó la Vista Pastoral a las parroquias de Villanueva de las Torres, Dehesas de Guadix y Alicún de Ortega

El viernes 25 de noviembre, Mons. Francisco Jesús Orozco terminó la Vista Pastoral a las parroquias de Villanueva de las Torres, Dehesas de Guadix y Alicún de Ortega. En dos días, el prelado ha visitado las instituciones de los tres pueblos, los colegios y, sobre todo, ha compartido con los feligreses y celebrado la fe.

Si el jueves lo dedicó a Villanueva de las Torres, el viernes fue compartido entre las parroquias de Dehesas y Alicún. Por la mañana estuvo en Dehesas de Guadix, donde visitó el colegio y a los enfermos.  También celebró la Misa estacional en la parroquia.

Por la tarde, en Alicún de Ortega, Mons. Orozco impuso el Rosario a la Patrona de Alicún, Ntra. Sra. de Fátima, y consagró el pueblo a su Inmaculado Corazón.

 

Antonio Gómez

Delegado diocesano de MCS. Guadix

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Huéscar sacó a Santa Cecilia en procesión

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Huéscar sacó a Santa Cecilia en procesión

La Hermandad de Santa Cecilia, patrona de los músicos, celebraba el día 21 de noviembre, solemnidad de Jesucristo Rey del Universo, la Eucaristía en honor a su patrona, en la parroquia de Santa María de Huéscar, ya que siempre lo celebran en torno al fin de semana más cercano a su onomástica, el 22 de noviembre.

Al término de la Misa, en torno a las 13 horas, y pese a la amenaza de las nubes, ha salido en procesión tras los acordes musicales de la Agrupación Musical Ciudad de Huéscar y los hermanos de Santa Cecilia.
Desde que se levantaran las restricciones a la celebración de procesiones, varias han sido ya las que han tenido lugar en la parroquia de Santa María, siempre tomando las respectivas medidas de seguridad, pues la religiosidad popular sigue siendo un pilar fundamental a la hora de vivir la fe. A todas esas, se suma ahora la de Santa Cecilia, que se vivió con gran devoción
José Antonio Martínez Ramírez.

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Con una Misa, Baza celebró a su Patrón, San Máximo

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Con una Misa, Baza celebró a su Patrón, San Máximo

El sábado 27 de noviembre tenía lugar la eucaristía en honor de San Máximo, en la iglesia del Sagrario-La Mayor, de Baza. El párroco, Manuel Millán, se estrenaba en la primera festividad del curso que celebra la Real Cofradía del Santísimo Cristo de los Méndez, al igual que el vicario parroquial del Sagrario-La Mayor, Antonio David Pérez, quien concelebraba.

En su homilía, el párroco ha repasado la figura de San Máximo de Riez y extrapolaba a nuestras vidas el ejemplo de conducta diaria del patrón de Baza: “pobreza, humildad, penitencia y oración” y agradecía la recuperación de la fiesta. También se ha recordado a los difuntos de la Hermandad y devotos del Stmo. Cristo de los Méndez. Cantó en la celebración el tenor Antonio Navarro López, quien tras la misa recibía un obsequio por su labor altruista en el engrandecimiento de la función religiosa en honor de San Máximo.

 

Juan Manuel Román Domene

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Visita Pastoral a la parroquia de Nuestra Señora de la Amargura (Málaga)

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Homilía pronunciada por el Obispo de Málaga, D. Jesús Catalá, durante la Eucaristía celebrada en la Visita Pastoral a la parroquia de Nuestra Señora de la Amargura

VISITA PASTORAL A LA PARROQUIA DE NUESTRA SEÑORA DE LA AMARGURA

(Málaga, 28 noviembre 2021)

Lecturas: Jr 33,14-16; Sal 24,4-14; 1 Tes 3, 12 – 4,2; Lc 21,25-28.34-36.

(Domingo Adviento I – C)

1.- Confiar en Dios

En este primer domingo de Adviento, que se ha significado encendiendo una de las velas, pues también la vela es un signo de la presencia de Jesús, porque Él es la Luz que ilumina nuestras vidas, las lecturas nos animan a tres actitudes.

A veces, confiamos más en nosotros mismos, en nuestros planes y en nuestras cosas que en Dios. O, peor aún, hacemos nuestro plan y le pedimos a Dios que haga lo que nosotros queremos. Aunque después rezamos el Padrenuestro y decimos: «Hágase tú voluntad», a continuación, le pedimos que coincida con la nuestra.

Confiar en Dios es ponerse en sus manos y saber que lo que Él dice se cumple. En este Adviento celebramos que se cumple la promesa que Dios hizo a la casa de Israel y a la casa de Judá, como nos ha dicho el profeta Jeremías (cf. Jr 33,14).

«En aquellos días y en aquella hora, suscitaré a David un vástago legítimo que hará justicia y derecho en la tierra» (Jr 33,15). Dios prometió una descendencia a David que se cumplió en el nacimiento de Jesús y es lo que celebraremos próximamente en la Navidad: el nacimiento del hijo de David, que a su vez es el Hijo de Dios. Dios cumple sus promesas.

Siendo así no debemos temer, al contrario, debemos confiar en Dios. Él sabe mejor que nosotros lo que nos conviene. A veces pedimos cosas que si se cumplieran serían peor para nosotros. Y otras veces nos duele que sucedan ciertas cosas o que el Señor no nos conceda lo que le hemos pedido; y, ¡menos mal que no nos ha dado lo que le hemos pedido!

Primera actitud, por tanto, confiar en Dios. No confiéis en vosotros mismos. La Virgen, la gran figura del Adviento, confió en Dios, aceptó la voluntad de Dios. El mismo Jesucristo, Hijo de Dios, confió en su Padre y aceptó la voluntad del Padre y eso da un fruto de salvación, da un fruto de amor; pues, lo mismo nosotros.

2.- Caminar en Cristo

La segunda actitud que nos pide el Señor en este primer domingo de Adviento es ponerse en camino, caminar con Jesús, caminar con el Señor. Confiamos en Él, nos fiamos de Él, caminamos con Él, porque Él es el camino.

El salmo ha repetido en distintos versos y de distintas maneras: «Señor, enséñame tus caminos, instrúyeme en tus sendas: haz que camine con lealtad» (Sal 24,4). «El Señor es bueno y es recto, y enseña el camino a los pecadores; hace caminar a los humildes con rectitud, enseña su camino a los humildes» (Sal 24,8-9).

Pero no es lo mismo caminar por donde uno quiere a caminar en el Señor. Como nos recuerda el Papa Francisco, «la vida se acrecienta dándola y se debilita en el aislamiento y la comodidad. De hecho, los que más disfrutan de la vida son los que dejan la seguridad de la orilla y se apasionan en la misión de comunicar la vida a los demás» (Evangelii gaudium, 10). 

3.- Despistarse y volver a la pista

Hay una palabra que la usamos mucho, queridos niños, que es la palabra estar despistados. ¿Qué significa estar despistado? (Respuestas de un niño: no estar atento, estar en otra cosa, no estar en lo que está). Una buena definición. ¿Otra definición? (Respuestas de un niño: no prestar atención cuando otra persona te está hablando). Muy bien.

A ver si algún mayor se acerca a otro significado. (Respuesta de un fiel adulto: el que se sale de la pista). ¡Muy bien, esa respuesta es más acertada! El que se despista es el que se ha salido de la pista, por eso se distrae y no presta atención. El significado original es salirse de la pista. Y para los cristianos es salirse del camino que Cristo nos marca. 

Y, para retornar al camino, ¿qué hay que hacer? Si me he ido por otros derroteros, por sendas, por vericuetos, me he salido del camino de Jesús, me he des-pistado. Entonces, para volver, ¿qué he de hacer? ¿Cuál es la palabra, empleando el mismo término, para volver al camino de Jesús? El que se despista tiene que «empistarse». Despistarse, «empistarse», hay que volver a la pista.

Adviento es un tiempo para volver a la pista, para no estar despistado, para volver al camino, para encontrarse con Jesús que es nuestro Camino. No busquéis otros caminos y otras cosas porque allí no encontraréis la felicidad, no creceréis como personas. La sociedad nos presenta muchas cosas, muchos estímulos y nos invita a seguir esos estímulos, pero muchos de esos nos apartan de Dios, nos despistan del camino que tenemos que seguir.

Por tanto, caminar en el Señor, no andar despistados, sino volvernos a «empistar».

4.- Estar despiertos

La tercera actitud es estar despiertos, la vigilancia. Dice el evangelio de Lucas: «Tened cuidado de vosotros, no sea que se emboten vuestros corazones con juergas, borracheras y las inquietudes de la vida, y se os eche encima de repente aquel día» (Lc 21,34). Y sigue diciendo: «Estad, pues, despiertos en todo tiempo, pidiendo que podáis escapar de todo lo que está por suceder y manteneros en pie ante el Hijo del hombre» (Lc 21,36). Ese Hijo del hombre que llega, que celebramos su venida, su nacimiento entre nosotros.

«Estar despiertos», dice el Señor por boca del evangelista Lucas, para que no se embote vuestro corazón con cosas que aparentemente lo llenan, pero en realidad lo dejan vacío.

Muchas felicidades que la gente busca, muchas cosas que parecen que ahí está la felicidad: «usa esto, compra aquello, haz lo de más allá», eso es lo que nos presenta la sociedad como si fuera lo que merece la pena. Pero después, una vez probado deja más vacío que antes.

«Estar despierto» es estar a la escucha del Señor, estar esperando que el Señor venga, como las vírgenes prudentes, no como las necias. Estar a la espera del Señor.

5.- Visita pastoral

Tenemos esas tres actitudes: en primer lugar, confiar en Dios; en segundo lugar, caminar con el Señor y; en tercer lugar, estar despiertos.  Estas tres actitudes, en este primer domingo de Adviento, son también las tres actitudes que el Obispo os pide con motivo de la visita pastoral.

Necesitamos confiar, necesitamos «empistarnos», necesitamos renovar nuestra comunidad parroquial, nuestra alma. Hay que ver qué cosas funcionan muy bien para promoverlas y profundizar en ellas, hay cosas que funcionan menos, y hay cosas que funcionan mal. Pues si hay que cambiar una pieza, pues se cambia. Pues si hay que engrasar, se engrasa.

Hay que hacer una revisión a nivel personal, a nivel de cada grupo de la parroquia: catequesis, catequistas, visitadores de enfermos, voluntariado, Cáritas, coro, asociaciones, cofradías, hermandades, movimientos. Cada grupo tiene que hacer su revisión personalmente y como comunidad. Si al final, lo hacemos todos, como comunidad estaremos revisados.

6.- Vivir la fe con coherencia

Tenemos que revisar cómo vivimos la fe hoy, en pleno siglo xxi, en esta sociedad medio pagana y cómo anunciamos a Jesús. ¿Cómo vamos a vivir la Navidad como parroquia? Quizás haya cosas muy buenas y quizás haya cosas que necesiten un retoque para vivirlo mejor o incluso prescindir. El papa Francisco insiste mucho en el tema de las estructuras. Hay estructuras que funcionan, pero hay otras que no funcionan y no hay que tener miedo ni reparo en prescindir de ellas y poner otras.

Os pido a vosotros con esta visita pastoral que hagamos un discernimiento, una revisión de cómo vivimos la fe.

Relacionada con la segunda actitud que decíamos, que era la del camino, caminar junto al Señor, tenemos las prioridades pastorales y el proceso sinodal. Caminar con el Señor es caminar juntos con los otros, es caminar sinodalmente. No se puede caminar cada uno por su aire, caminamos juntos como comunidad, como familia de los hijos de Dios, como parroquia. Vamos todos al unísono, sin francotiradores o sin guías que nos despisten.

7.- Proyecto pastoral parroquial

La visita pastoral, aunque se haga hoy y la celebramos hoy continúa en los próximos tiempos, en los próximos meses para que, junto a los sacerdotes de la parroquia, continuéis la revisión de qué cosas hay que hacer mejor, o cambiándolas, o profundizándolas.

El proyecto pastoral de vuestra parroquia de este momento tiene como lema: «Salir, sembrar y caminar en parroquia». Como veis vamos todos al unísono, en comunión. Habéis elegido como proyecto salir, sembrar y caminar.

¡Pues, ánimo! Yo vengo a animaros. Después en la asamblea haré un poco de abogado del diablo, a lo mejor os pongo en jaque, pero eso nos puede venir bien.

Termino con la oración de la parroquia que, conjuntamente con los sacerdotes, habéis hecho: «Señor, haz crecer en todos los miembros de nuestra comunidad parroquial el compromiso de escuchar, celebrar, testimoniar y anunciar tu Palabra». Se lo pedimos esto por intercesión de la Virgen Santa María de la Amargura. Que así sea.

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