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EL ESPEJO ANDALUCÍA, 7 de enero de 2022

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Las delegaciones de Medios de Comunicación de las diócesis andaluzas emiten cada semana un espacio regional en la cadena COPE: El Espejo Andalucía.

Desde el viernes 28 de febrero de 2020, Día de Andalucía, el programa El Espejo que se emite los viernes en la Cadena COPE a las 13.33 horas, comienza con una sección regional protagonizada por las 10 diócesis de la Comunidad Autónoma: Almería, Cádiz, Córdoba, Granada, Guadix, Huelva, Jaen, Jerez, Málaga y Sevilla.

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Emilio López Navas, en La Tarde de COPE: «En la ciencia se encuentra un camino para llegar a Dios»

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El profesor de los centros teológicos de la Diócesis de Málaga, Emilio López Navas, participó el pasado 5 de enero en el programa La Tarde de COPE, donde fue entrevistado por el periodista Fernando de Haro, y explicó qué nos dice la Biblia sobre la figura de los Magos de Oriente que adoraron al niño Jesús en Belén.

Según ha explicado López Navas, «La palabra «mago» (Μάγος) que usa la Biblia en griego, probablemente designa a sacerdotes del mundo persa o a sabios de la corte. Segun la mayoría de los expertos serían unos sabios que contemplaban los movimientos de los astros y les llamó tanto la atención como para ponerse en camino». 

El doctor en Teología Bíblica ha reflexionado sobre el mensaje que nos lanzan estas figuras bíblicas afirmando que ellos nos demuestran que «en la ciencia y en la búsqueda de la verdad encontramos un camino para llegar a Dios, que no se encuentran separadas una de la otra».

Escucha aquí la entrevista de Fernando de Haro:

Accede aquí al programa completo en la web de COPE

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Patricio Fuentes: «A veces, un suspiro puede ser la oración más profunda»

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El director de la Casa del Sagrado Corazón (Cottolengo) y del Centro Gerontológico El Buen Samaritano de Cáritas Diocesana, Patricio Fuentes, ha respondido este viernes a las preguntas del Delegado Diocesano de Medios de Comunicación, Rafael Pérez Pallarés, en el programa El Espejo de COPE Málaga. Fuentes ha hablado sobre su vida de fe y sobre cómo le lleva esta a servir a los más pobres.

Patricio ha explicado en qué consiste su labor y cuál es la situación actual de ambos centros. Asimismo, ha reflexionado sobre la pobreza en Málaga, sobre la Doctrina Social de la Iglesia y sobre el trabajo que se realiza en favor de los más desfavorecidos en nuestra diócesis a nivel social y eclesial.

Escucha aquí el programa de este viernes:

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Departamento Diocesano de Peregrinaciones, Santuarios y Turismo

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Bienvenidos a la página del Departamento de Peregrinaciones, Santuarios y Turismo.

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Nuestra misión principal es animar la fe de los católicos a través de las peregrinaciones, acoger en nuestras liturgias a los visitantes y residentes católicos no hispanohablantes de la Costa del Sol, y transmitir los valores más nobles del cristianismo a los demás a través del contacto con la cultura religiosa católica.

En esta página encontraréis información sobre:

Nuestro director es el Rvdo. D. Miguel Norbert Ubarri, con la ayuda del Sr. Toon Espinosa De Rooij y un equipo de colaboradores.

Nuestro centro de operaciones está situado en Centro Diocesano Císter, calle Abadía Santa Ana 4, 29015 Málaga.

Para cualquier petición, duda o consulta, puede escribir a: peregrinaciones@diocesismalaga.es

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Epifanía, “la fiesta que ilumina que Dios es un Regalo”

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Homilía de D. Javier Martínez, en la Eucaristía en la Solemnidad de la Epifanía del Señor, en la S.I Catedral, el 6 de enero de 2022.

Queridísima Iglesia del Señor, Esposa muy amada de Jesucristo, Pueblo santo de Dios;

muy queridos sacerdotes concelebrantes;

queridos amigos y hermanos todos:

Hoy es, probablemente, un día de los que expresan con más sencillez, de manera más adecuada, más plena, al mismo tiempo, más sencilla, la primera implicación de la Encarnación del Hijo de Dios. La primera implicación de lo que significa el cristianismo.

En un libro muy reciente sobre el neoliberalismo como cultura dominante en nuestros días, decía que el programa del neoliberalismo es conseguir que todas las relaciones humanas, desde las relaciones matrimoniales, marido y mujer, hasta las relaciones familiares, hasta las relaciones internacionales; que todas las relaciones humanas estuvieran regidas por la lógica del mercado, por la lógica del comercio, del beneficio, del interés. Uno se imagina un mundo así y es un mundo en el que no es seguro que uno quisiera vivir verdaderamente.

Nos aproximamos a ese mundo. Cada vez más dimensiones de la vida, dimensiones que antes estaban marcadas por la gratuidad, por la amistad, por un afecto que tiene como objeto el bien de las otras personas y el deseo de ese bien, pues aparece más transformadas en relaciones interesadas.

Yo sé que hoy, día de Reyes, todas las casas están con paquetitos que han dejado los Reyes, para unos o para otros, más pequeños o más grandes. Pensados con más o menos detalle, y no voy a criticarlo, sino en la medida en que esos regalos puedan esconder una mentira, la mentira de unas relaciones en el fondo comerciales, o sea “yo te doy para que tú me des, un yo te tengo que dar porque tengo el compromiso de darte, porque tú me diste el año pasado”… todo ese tipo de cosas. Y sin embargo, en el Evangelio de hoy, la fiesta que celebramos hoy es la fiesta que ilumina que Dios es un regalo. Dios es el regalo, el regalo de los regalos, no sólo el más importante, sino el que da sentido y explica y hace razonables todos los demás regalos.

Y un regalo en el que Dios no tiene ningún interés en nosotros. Sería absurdo. Sería un Dios tan, tan pobre que sería como uno de nosotros. Nosotros no le podemos dar nada a Dios, nunca, ni siendo héroes, ni siendo santos. Nosotros no le damos a Dios nada. Es verdad que usamos muchas veces la expresión dar gloria a Dios, pero eso tiene más que ver con el hecho de que nuestras acciones quieren expresar la gratitud y ser instrumentos de que Dios sea conocido y glorificado por los hombres, pero no, no porque nosotros Le demos a Dios gloria. Estaría bonito. Si la Gloria es el resplandor de Su amor. Si la Gloria es la belleza de Su amor, la belleza infinita de Su amor.

Que soberbia, qué pretensión, qué absurdo pensar que nosotros Le damos gloria a Dios. Un Dios que es Amor; que se nos ha revelado justo en la Natividad. No olvidéis que la fiesta de la Epifanía que celebramos hoy es, en el fondo, la fiesta más antigua de la Navidad, la que se celebraba en Oriente en los tres primeros siglos, cuando no se conocía todavía, porque se dice eso se extendió por Roma más bien la fiesta del 25 de diciembre.

Y, ¿qué es lo que celebramos en esta fiesta? Pues, que Dios, que es Amor, se ha hecho regalo para nosotros. Y los reyes, los paganos, los magos de Oriente. Decir magos es decir que venían de Persia, que eran paganos, adoradores de Zaratustra y que exploraban las estrellas y conocían los círculos de los planetas y las órbitas de los satélites y de los planetas mejor que nadie en la Antigüedad. Y habían visto la estrella de Jesús y acuden a Él y le traen regalos. Pero los regalos que ellos le traen la Iglesia ha visto siempre en ellos un símbolo: oro por su realeza, incienso por su divinidad, mirra por su humanidad abocada a la pasión. Pero las ofrendas que le traen son sólo respuestas al gran regalo, que es ¿quién?: Jesús.

Jesucristo es el Regalo de Dios. Jesucristo es Dios hecho Regalo para nosotros. Hecho don. Hecho compañero de camino. Hecho amigo, pero hecho más que amigo. Hecho alimento, de forma que podamos vivir de Su espíritu, vivir de Su vida. Y dejar que esa Vida Suya crezca en nosotros y se desarrolle en nosotros, y que penetre nuestra imaginación y penetre nuestros deseos, y configure esos deseos y configure nuestras acciones y nuestros gestos y nuestras palabras, de tal manera que podamos ser una imagen viva de Cristo, que es para lo que hemos sido creados: que es cumplir nuestro ser.

Hemos sido hechos de tal manera que no nos cumplimos nosotros a nosotros mismos ni con todo el esfuerzo del mundo. Nos cumple la Gracia de Dios y esa Gracia ha venido a nosotros en Cristo, que permanece con nosotros todos los días, hasta el fin del mundo, que se nos da en cada Eucaristía para vivificar nuestros cuerpos mortales con la vida divina y hacernos hijos en el Hijo. Hijos de Dios y herederos del Reino de Dios. Dios es el gran Regalo. Nosotros, en un día como hoy, tendríamos que tomar conciencia de ello y decírselo. Con toda la delicadeza que sea necesario decirlo, para que no sean unos regalos que fácilmente se convierten en distracciones, en ídolos, en pequeños dioses de los que esperamos ser felices sin conseguirlo nunca; para que esos regalos no se conviertan en nuestros dioses.

Dios es el gran Regalo. El regalo que todos necesitamos para vivir una vida humana, no para ser buenos cristianos. Esa es una equivocación nuestra, pensar que el Señor ha venido para enseñarnos a ser buenos cristianos, (…). Para enseñar que somos hijos de Dios estamos llamados a ser hijos de Dios y que la vida humana sólo se cumple cuando comprendemos que cada uno de nosotros, imagen de Dios, somos un regalo para los demás. Y regalo, como el Señor lo es para nosotros, un regalo gratuito, no a cambio de nada. Sino regalo por el gusto de regalar, porque la vida es bella cuando la damos; porque el que quiere proteger y acumular en su vida termina perdiéndolo todo, la vida misma. En cambio, quien da la vida y quien se da a las personas que tiene cerca y alrededor llena su corazón y aprende a respirar y aprende a vivir, a vivir una vida humana.

Tenemos que resistirnos con todas nuestras fuerzas a ese movimiento que es muy potente, más potente que los gobiernos y ciertamente que el gobierno de una nación, que es esa voluntad de que todas las relaciones humanas sean relaciones comerciales. ¡Qué horror de vida! ¿Y cómo se resiste uno a eso? ¿Luchando contra eso, protestando, haciendo demostraciones o manifestaciones? No. Viviendo de otro modo. Viviendo de forma que nuestro día esté lleno de pequeños gestos de amor gratuito por los que no tenemos ningún pago, ningún agradecimiento, simplemente. Porque haciendo gestos de amor por ratitos somos más lo que somos y lo que estamos llamados a ser, nos parecemos más a Dios, que es lo que somos: imagen viva de Dios. Y somos más felices, claro que sí. A veces se sufre también cuando uno da y no encuentra respuesta o no encuentra. Por supuesto. Pero nuestro corazón crece, nuestra vida crece, nuestra humanidad crece. En cambio, en el proyecto al que me he referido antes, nuestra humanidad se empequeñece de tal manera que nos convertimos en una especie de hormigas voraces, apresuradas, almacenando nuestros hormigueros cosas que nunca nos harán felices y destinados simplemente a morir y a ser olvidados. ¡No! Nuestro destino nos lo revela Jesucristo, nuestro destino en la vida eterna. El Cielo. Pero el Cielo no es el cielo físico que vemos. El Cielo es Dios, nuestro destino es Dios y Dios nos alimenta cada día en la Eucaristía, Dios se nos da como regalo cada día, cada segundo.

Algunos de vosotros sabéis que yo estoy saliendo –diríamos- de la convalecencia de un accidente que podría haber sido mortal con toda facilidad, pero que por la misericordiosa voluntad del Señor, pues no lo ha sido. Y me hago mucho más consciente de que, no por el accidente, sino que todos los segundos de nuestra vida son un regalo, un regalo inmenso, un regalo inmerecido del Señor. Y que cada uno de vosotros, cada persona, es un regalo. Cada rostro es un regalo, una imagen viva de Dios. Alguien con quien el Señor a lo mejor en un momento, simplemente un momento del camino, está cerca, para que nos ayudemos unos a otros a vivir nuestra peregrinación hacia el gran regalo que nos aguarda que es participar plenamente de la Vida divina.

Que el Señor nos conceda esta mirada, esta mirada nueva. Que el Señor haga que esto penetre nuestra imaginación. Yo sé que tenemos nuestra imaginación saturada de imágenes, imágenes de películas, imágenes de programas, de televisión, de memes, de temas, de noticias y comunicaciones de las redes sociales. Tenemos nuestra imaginación saturada como están saturadas las calles, su estado en estos días, o como han estado otros años en estos días anteriores a Reyes. Hace falta, Señor, que la belleza de Tu amor entre en nuestra imaginación, para que podamos imaginar la felicidad verdadera. La que no cansa. La que no fatiga. La felicidad que es Tu amor. La belleza es Tu amor. No nos privemos de ella. Tú quieres dárnosla. Abre Tú nuestro corazón. Elimina Tú las dificultades. Borra Tú los obstáculos y haz que podamos vivir aprendiendo a querernos cada vez más y mejor.

Si al final, luego la vida sería sencilla. Y ¿qué es lo que espera Dios de nosotros? Que Le queramos y que nos queramos. Y que nos queramos cada vez más y cada vez mejor. Pero no lo podemos hacer sin Ti, Señor. No sabemos hacerlo. Nos enredamos, nos atascamos, nos meteríamos unos con otros. Terminamos peleándonos, terminamos diciendo “pero mira lo mal que hace esto, pero mira cómo es, pero mira cómo…”, y nos quedamos solos y solos estamos bajo el poder del Enemigo.

Señor, abre Tú nuestro corazón, elimina los obstáculos. Enséñanos a vivir del amor y para el amor, y hacer para quienes nos rodean un poquito más regalo de lo que lo somos. Lo somos siempre. Un ser humano es alguien que nunca se merece uno. Es siempre algo más grande, infinitamente más grande que una nevera, que la mejor de las pantallas de televisión, que la mejor de las playstation, que nada que podamos comprar. Cualquier ser humano, hasta el más pobre, hasta el más limitado y el más mezquino.

Enséñanos, Señor, a hacer más y más un regalo para nuestros hermanos. Y a vivir más conscientes de que todo es Gracia, de que todo el regalo Tuyo; de que Tú eres el regalo por excelencia, el regalo por antonomasia, el regalo fundamental sin el cual ningún regalo ni la vida tiene sentido.

Que así sea. Que el Señor nos conceda esta súplica. Que nos la concede con más gusto que cuando Le pedimos que nos vaya bien las cosas de este mundo. Nos la concede seguro si se lo pedimos con sinceridad de corazón.

No hablo yo mucho de la Virgen. No es porque no la tenga cerca. La Virgen es el modelo del sí al Regalo de Dios. La que recibió el regalo más grande de todos. Y aunque no entendía qué es lo que estaba pasando, qué es lo que iba a suceder, se fió de Dios y 2000 años después la seguimos cantando como no se ha cantado nunca a ninguna mujer y la seguimos queriendo como nunca, ninguna mujer, ha sido querida.

+ Javier Martínez
Arzobispo de Granada

6 de enero de 2022

S.I Catedral de Granada

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El Obispo recuerda a los misioneros de nuestra diócesis en la celebración de la Solemnidad de la Epifanía del Señor

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La S.I. Catedral ha acogido esta mañana de 6 de enero la Misa Estacional en la Solemnidad de la Epifanía de Nuestro Señor, presidida por nuestro obispo, D. Santiago Gómez Sierra, y concelebrada por el vicario episcopal y párroco de La Merced, Jaime Jesús Cano Gamero, el vicario parroquial, Álvaro Gómez Martín, el canónigo Longinos Abengózar Muñoz, y el delegado diocesano para la liturgia, Francisco José Feria Reviriego.

En la Solemnidad de la Epifanía del Señor la Iglesia recuerda la manifestación del gran Dios y Señor nuestro Jesucristo que se extiende en la liturgia en los próximos domingos. En este primer día, el primer símbolo de esta manifestación se muestra en Belén, en el que Jesús niño es adorado por los magos. El próximo domingo, 9 de enero, en el Jordán Jesús es bautizado por Juan y al ser ungido por el Espíritu Santo es llamado Hijo por Dios Padre. Finalmente, el siguiente domingo, 16 de enero y segundo domingo del tiempo ordinario, en Caná de Galilea, Jesús manifestará su gloria transformando el agua en vino en unas bodas, en el primer signo que Jesús realiza ante los hombres.

D. Santiago Gómez, obispo de Huelva, ha recordado en su homilía que «Dios también se revela a través de los elementos de la creación, como en el caso de la Estrella que los Magos supieron interpretar como señal que les condujo hasta Dios Niño». El Obispo ha continuado explicando que, «representado en esos Magos venidos desde lugares lejanos, todos los pueblos están llamados a participar de la Salvación de Dios», señalando de este modo la universalidad de esta fiesta litúrgica. Además, ha destacado que hoy en toda la Iglesia Española se celebra el Día del Catequista Nativo y del Instituto Español de Misiones Extrajeras (IEME), en esta ocasión bajo el lema, «La misión, tarea de todos». En sintonía con el camino sinodal que recorre la Iglesia, el lema de este año “exige salir de donde estamos y abrirnos a la experiencia de un camino común, que no es uniforme. El camino de la vida es una enseñanza de comunión una misión como tarea de todos”, se explica en el material elaborado por el IEME para esta jornada (ver material)

Con ocasión de esta jornada, D. Santiago Gómez ha querido recordar a los misioneros que, desde nuestra diócesis, han sido enviados a territorios de misión. Según las estadísticas de la Iglesia Diocesana del pasado año, en la actualidad son 42 los misioneros, hijos de nuestra diócesis, presentes en tierras de misión –2 de ellos sacerdotes diocesanos, a los que en este día se recuerda de un modo especial–, a las que hay que añadir las 17 familias en misión.

Estas familias y misioneros se ofrecen, cada día, para llevar a todos los pueblos la Buena Noticia de la Salvación de Dios manifestada en este Niño que en este tiempo de la Navidad adoramos. Junto a ellos, los misioneros, toda la diócesis se une en este día para compartir la misión universal que nos lleva a salir a otras culturas, lugares y ámbitos más allá de nuestro pequeño círculo, asumiendo la actividad evangelizadora como tarea de todos. «Cada uno debe responder a esta llamada a la misión universal -señalan- a partir de aquello que Dios le pide; pero todos debemos estar comprometidos en ella».

Más información sobre el Día del Catequista Nativo y del IEME

 

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ENCUESTA SÍNODO 21-23 | ¿Qué rumbo debe tomar la Iglesia en este tercer milenio?

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Queremos recoger TU VOZ, tu sentir y pensar, sobre nuestra Iglesia. Nos preguntamos por los pasos que debemos dar para crecer como comunidades que quieren hacer camino con otros en este siglo XXI. Tu opinión junto con la de otras muchas personas y grupos, será recogida en una “síntesis de Almería” y enviada a la comisión encargada a nivel nacional de elaborar el documento de trabajo que se presentará finalmente a nuestro Papa Francisco. Gracias por tu participación en este proceso sinodal.

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Mensaje del Papa para la Jornada Mundial de las Misiones 2022

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«Para que sean mis testigos» (Hch 1,8)

Queridos hermanos y hermanas:

Estas palabras pertenecen al último diálogo que Jesús resucitado tuvo con sus discípulos antes de ascender al cielo, como se describe en los Hechos de los Apóstoles: «El Espíritu Santo vendrá sobre ustedes y recibirán su fuerza, para que sean mis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaría y hasta los confines de la tierra» (1,8). Este es también el tema de la Jornada Mundial de las Misiones 2022, que como siempre nos ayuda a vivir el hecho de que la Iglesia es misionera por naturaleza. Este año, nos ofrece la ocasión de conmemorar algunas fechas relevantes para la vida y la misión de la Iglesia: la fundación hace 400 años de la Congregación de Propaganda Fide —hoy, para la Evangelización de los Pueblos— y de la Obra de la Propagación de la Fe, hace 200 años, que, junto a la Obra de la Santa Infancia y a la Obra de San Pedro Apóstol, obtuvieron hace 100 años el reconocimiento de “Pontificias”.

Detengámonos en estas tres expresiones claves que resumen los tres fundamentos de la vida y de la misión de los discípulos: «Para que sean mis testigos», «hasta los confines de la tierra» y «el Espíritu Santo vendrá sobre ustedes y recibirán su fuerza».

1. «Para que sean mis testigos» – La llamada de todos los cristianos a dar testimonio de Cristo

Este es el punto central, el corazón de la enseñanza de Jesús a los discípulos en vista de su misión en el mundo. Todos los discípulos serán testigos de Jesús gracias al Espíritu Santo que recibirán: serán constituidos tales por gracia. Dondequiera que vayan, allí donde estén. Como Cristo es el primer enviado, es decir misionero del Padre (cf. Jn 20,21) y, en cuanto tal, su “testigo fiel” (cf. Ap 1,5), del mismo modo cada cristiano está llamado a ser misionero y testigo de Cristo. Y la Iglesia, comunidad de los discípulos de Cristo, no tiene otra misión si no la de evangelizar el mundo dando testimonio de Cristo. La identidad de la Iglesia es evangelizar.

Una lectura de conjunto más detallada nos aclara algunos aspectos siempre actuales de la misión confiada por Cristo a los discípulos: «Para que sean mis testigos». La forma plural destaca el carácter comunitario-eclesial de la llamada misionera de los discípulos. Todo bautizado está llamado a la misión en la Iglesia y bajo el mandato de Iglesia. La misión por tanto se realiza de manera conjunta, no individualmente, en comunión con la comunidad eclesial y no por propia iniciativa. Y si hay alguno que en una situación muy particular lleva adelante la misión evangelizadora solo, él la realiza y deberá realizarla siempre en comunión con la Iglesia que lo ha enviado. Como enseñaba san Pablo VI en la Exhortación apostólica Evangelii nuntiandi, documento que aprecio mucho: «Evangelizar no es para nadie un acto individual y aislado, sino profundamente eclesial. Cuando el más humilde predicador, catequista o Pastor, en el lugar más apartado, predica el Evangelio, reúne su pequeña comunidad o administra un sacramento, aun cuando se encuentra solo, ejerce un acto de Iglesia y su gesto se enlaza mediante relaciones institucionales ciertamente, pero también mediante vínculos invisibles y raíces escondidas del orden de la gracia, a la actividad evangelizadora de toda la Iglesia» (n. 60). En efecto, no es casual que el Señor Jesús haya enviado a sus discípulos en misión de dos en dos; el testimonio que los cristianos dan de Cristo tiene un carácter sobre todo comunitario. Por eso la presencia de una comunidad, incluso pequeña, para llevar adelante la misión tiene una importancia esencial.

En segundo lugar, a los discípulos se les pide vivir su vida personal en clave de misión. Jesús los envía al mundo no sólo para realizar la misión, sino también y sobre todo para vivir la misión que se les confía; no sólo para dar testimonio, sino también y sobre todo para ser sus testigos. Como dice el apóstol Pablo con palabras muy conmovedoras: «Siempre y en todas partes llevamos en el cuerpo la muerte de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo» (2 Co 4,10). La esencia de la misión es dar testimonio de Cristo, es decir, de su vida, pasión, muerte y resurrección, por amor al Padre y a la humanidad. No es casual que los Apóstoles hayan buscado al sustituto de Judas entre aquellos que, como ellos, fueron “testigos de la resurrección” (cf. Hch 1,22). Es Cristo, Cristo resucitado, a quien debemos testimoniar y cuya vida debemos compartir. Los misioneros de Cristo no son enviados a comunicarse a sí mismos, a mostrar sus cualidades o capacidades persuasivas o sus dotes de gestión, sino que tienen el altísimo honor de ofrecer a Cristo en palabras y acciones, anunciando a todos la Buena Noticia de su salvación con alegría y franqueza, como los primeros apóstoles.

Por eso, en definitiva, el verdadero testigo es el “mártir”, aquel que da la vida por Cristo, correspondiendo al don de sí mismo que Él nos hizo. «La primera motivación para evangelizar es el amor de Jesús que hemos recibido, esa experiencia de ser salvados por Él que nos mueve a amarlo siempre más» (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 264).

En fin, a propósito del testimonio cristiano, permanece siempre válida la observación de san Pablo VI: «El hombre contemporáneo escucha más a gusto a los que dan testimonio que a los que enseñan, o si escuchan a los que enseñan, es porque dan testimonio» (Exhort. ap. Evangelii nuntiandi, 41). Por eso, para la trasmisión de la fe es fundamental el testimonio de vida evangélica de los cristianos. Por otra parte, sigue siendo necesaria la tarea de anunciar su persona y su mensaje. Efectivamente, el mismo Pablo VI prosigue diciendo: «Sí, es siempre indispensable la predicación, la proclamación verbal de un mensaje. […] La palabra permanece siempre actual, sobre todo cuando va acompañada del poder de Dios. Por esto conserva también su actualidad el axioma de san Pablo: “la fe viene de la audición” (Rm 10,17), es decir, es la Palabra oída la que invita a creer» (ibíd., 42).

En la evangelización, por tanto, el ejemplo de vida cristiana y el anuncio de Cristo van juntos; uno sirve al otro. Son dos pulmones con los que debe respirar toda comunidad para ser misionera. Este testimonio completo, coherente y gozoso de Cristo será ciertamente la fuerza de atracción para el crecimiento de la Iglesia incluso en el tercer milenio. Exhorto por tanto a todos a retomar la valentía, la franqueza, esa parresia de los primeros cristianos, para testimoniar a Cristo con palabras y obras, en cada ámbito de la vida.

2. «Hasta los confines de la tierra» – La actualidad perenne de una misión de evangelización universal

Exhortando a los discípulos a ser sus testigos, el Señor resucitado les anuncia adónde son enviados: “a Jerusalén, a toda Judea, a Samaría y hasta los confines de la tierra” (cf. Hch 1,8). Aquí surge evidente el carácter universal de la misión de los discípulos. Se pone de relieve el movimiento geográfico “centrífugo”, casi a círculos concéntricos, de Jerusalén, considerada por la tradición judía como el centro del mundo, a Judea y Samaría, y hasta “los confines de la tierra”. No son enviados a hacer proselitismo, sino a anunciar; el cristiano no hace proselitismo. Los Hechos de los Apóstoles nos narran este movimiento misionero que nos da una hermosa imagen de la Iglesia “en salida” para cumplir su vocación de testimoniar a Cristo Señor, guiada por la Providencia divina mediante las concretas circunstancias de la vida. Los primeros cristianos, en efecto, fueron perseguidos en Jerusalén y por eso se dispersaron en Judea y Samaría, y anunciaron a Cristo por todas partes (cf. Hch 8,1.4).

Algo parecido sucede también en nuestro tiempo. A causa de las persecuciones religiosas y situaciones de guerra y violencia, muchos cristianos se han visto obligados a huir de su tierra hacia otros países. Estamos agradecidos con estos hermanos y hermanas que no se cierran en el sufrimiento, sino que dan testimonio de Cristo y del amor de Dios en los países que los acogen. A esto los exhortaba san Pablo VI considerando «la responsabilidad que recae sobre los emigrantes en los países que los reciben» (Exhort. ap. Evangelii nuntiandi, 21). Experimentamos, en efecto, cada vez más, cómo la presencia de fieles de diversas nacionalidades enriquece el rostro de las parroquias y las hace más universales, más católicas. En consecuencia, la atención pastoral de los migrantes es una actividad misionera que no hay que descuidar, que también podrá ayudar a los fieles locales a redescubrir la alegría de la fe cristiana que han recibido.

La indicación “hasta los confines de la tierra” deberá interrogar a los discípulos de Jesús de todo tiempo y los debe impulsar a ir siempre más allá de los lugares habituales para dar testimonio de Él. A pesar de todas las facilidades que el progreso de la modernidad ha hecho posible, existen todavía hoy zonas geográficas donde los misioneros, testigos de Cristo, no han llegado con la Buena Noticia de su amor. Por otra parte, ninguna realidad humana es extraña a la atención de los discípulos de Cristo en su misión. La Iglesia de Cristo era, es y será siempre “en salida” hacia nuevos horizontes geográficos, sociales y existenciales, hacia lugares y situaciones humanas “límites”, para dar testimonio de Cristo y de su amor a todos los hombres y las mujeres de cada pueblo, cultura y condición social. En este sentido, la misión también será siempre missio ad gentes, como nos ha enseñado el Concilio Vaticano II, porque la Iglesia siempre debe ir más lejos, más allá de sus propios confines, para anunciar el amor de Cristo a todos. A este respecto, quisiera recordar y agradecer a tantos misioneros que han gastado su vida para ir “más allá”, encarnando la caridad de Cristo hacia los numerosos hermanos y hermanas que han encontrado.

3. «El Espíritu Santo vendrá sobre ustedes y recibirán su fuerza» – Dejarse fortalecer y guiar por el Espíritu

risto resucitado, al anunciar a los discípulos la misión de ser sus testigos, les prometió también la gracia para una responsabilidad tan grande: «El Espíritu Santo vendrá sobre ustedes y recibirán su fuerza para que sean mis testigos» (Hch 1,8). Efectivamente, según el relato de los Hechos, fue inmediatamente después de la venida del Espíritu Santo sobre los discípulos de Jesús cuando por primera vez se dio testimonio de Cristo muerto y resucitado con un anuncio kerigmático, el denominado discurso misionero de san Pedro a los habitantes de Jerusalén. Así los discípulos de Jesús, que antes eran débiles, temerosos y cerrados, dieron inicio al periodo de la evangelización del mundo. El Espíritu Santo los fortaleció, les dio valentía y sabiduría para testimoniar a Cristo delante de todos.

Así como «nadie puede decir: “¡Jesús es el Señor!”, si no está movido por el Espíritu Santo» (1 Co 12,3), tampoco ningún cristiano puede dar testimonio pleno y genuino de Cristo el Señor sin la inspiración y el auxilio del Espíritu. Por eso todo discípulo misionero de Cristo está llamado a reconocer la importancia fundamental de la acción del Espíritu, a vivir con Él en lo cotidiano y recibir constantemente su fuerza e inspiración. Es más, especialmente cuando nos sintamos cansados, desanimados, perdidos, acordémonos de acudir al Espíritu Santo en la oración, que —quiero decirlo una vez más— tiene un papel fundamental en la vida misionera, para dejarnos reconfortar y fortalecer por Él, fuente divina e inextinguible de nuevas energías y de la alegría de compartir la vida de Cristo con los demás. «Recibir el gozo del Espíritu Santo es una gracia. Y es la única fuerza que podemos tener para predicar el Evangelio, para confesar la fe en el Señor» (Mensaje a las Obras Misionales Pontificias, 21 mayo 2020). El Espíritu es el verdadero protagonista de la misión, es Él quien da la palabra justa, en el momento preciso y en el modo apropiado.

También queremos leer a la luz de la acción del Espíritu Santo los aniversarios misioneros de este año 2022. La institución de la Sagrada Congregación de Propaganda Fide, en 1622, estuvo motivada por el deseo de promover el mandato misionero en nuevos territorios. ¡Una intuición providencial! La Congregación se reveló crucial para hacer que la misión evangelizadora de la Iglesia sea realmente tal, independiente de las injerencias de los poderes mundanos, con el fin de constituir las Iglesias locales que hoy muestran tanto vigor. Deseamos que la Congregación, como en los cuatro siglos pasados, con la luz y la fuerza del Espíritu, continúe e intensifique su trabajo de coordinar, organizar y animar la actividad misionera de la Iglesia.

El mismo Espíritu que guía la Iglesia universal, inspira también a hombres y mujeres sencillos para misiones extraordinarias. Y fue así como una joven francesa, Paulina Jaricot, fundó hace exactamente 200 años la Obra de la Propagación de la Fe; su beatificación se celebra en este año jubilar. Aun en condiciones precarias, ella acogió la inspiración de Dios para poner en movimiento una red de oración y colecta para los misioneros, de modo que los fieles pudieran participar activamente en la misión “hasta los confines de la tierra”. De esta genial idea nació la Jornada Mundial de las Misiones que celebramos cada año, y cuya colecta en todas las comunidades está destinada al fondo universal con el cual el Papa sostiene la actividad misionera.

En este contexto recuerdo además al obispo francés Charles de Forbin-Janson, que comenzó la Obra de la Santa Infancia para promover la misión entre los niños con el lema “Los niños evangelizan a los niños, los niños rezan por los niños, los niños ayudan a los niños de todo el mundo”; así como a la señora Jeanne Bigard, que dio vida a la Obra de San Pedro Apóstol para el sostenimiento de los seminaristas y de los sacerdotes en tierra de misión. Estas tres obras misionales fueron reconocidas como “pontificias” precisamente cien años atrás. Y fue también bajo la inspiración y guía del Espíritu Santo que el beato Pablo Manna, nacido hace 150 años, fundó la actual Pontificia Unión Misional para animar y sensibilizar hacia la misión a los sacerdotes, a los religiosos y a las religiosas, y a todo el Pueblo de Dios. El mismo Pablo VI formó parte de esta última Obra y fue quien le dio el reconocimiento pontificio. Menciono estas cuatro Obras Misionales Pontificias por sus grandes méritos históricos y también para invitarlos a alegrarse con ellas en este año especial por las actividades que llevan adelante para sostener la misión evangelizadora de la Iglesia universal y de las Iglesias locales. Espero que las Iglesias locales puedan encontrar en estas Obras un sólido instrumento para alimentar el espíritu misionero en el Pueblo de Dios.

Queridos hermanos y hermanas, sigo soñando con una Iglesia totalmente misionera y una nueva estación de la acción misionera en las comunidades cristianas. Y repito el deseo de Moisés para el pueblo de Dios en camino: «¡Ojalá todo el pueblo de Dios profetizara!» (Nm 11,29). Sí, ojalá todos nosotros fuéramos en la Iglesia lo que ya somos en virtud del bautismo: profetas, testigos y misioneros del Señor. Con la fuerza del Espíritu Santo y hasta los confines de la tierra. María, Reina de las misiones, ruega por nosotros.

Roma, San Juan de Letrán, 6 de enero de 2022, Epifanía del Señor.

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Vienen los Reyes a adorar al Niño

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Los últimos días de Navidad tienen sabor a reyes. Quizá sea el momento más esperado para todos los niños de nuestro entorno. Es una fiesta tan alentada, son tantos sueños acumulados que la noche de reyes se convierte en una explosión de sorpresas y de alegrías para pequeños y grandes. Así son las sorpresas de Dios, cuando él desborda los méritos y los deseos de quienes le suplican. Dios quiere colmar nuestros sueños y nuestras esperanzas no sólo en la noche de reyes, sino a lo largo de nuestra vida y cuando, al despertar, nos saciemos de su semblante.

En la liturgia de este día celebramos la manifestación (epifanía) del Señor a todas las naciones. Jesucristo ha venido al mundo no sólo para unos cuantos, él ha venido para todos y quiere entrar en el corazón de todos, si los que ya le conocemos somos capaces de anunciarlo a los demás con nuestra vida y con nuestras palabras. Hoy, por tanto, es una fiesta misionera, que nos impulsa a anunciar a Jesucristo. De hecho, las Obras Misionales Pontificias nos proponen hoy la Jornada del catequista nativo, es decir, la atención a tantos miles y miles de catequistas hombres y mujeres que realizan esa labor en tierras de misión, y que son los evangelizadores más cercanos en tantos poblados lejanos, apartados de las ciudades y de los núcleos donde viven sacerdotes, religiosas, etc.

He podido comprobarlo en nuestra misión diocesana de Picota, en Moyobamba-Perú. Los animadores de las distintas comunidades, que realizan una tarea permanente de catequistas, son las piezas clave de la evangelización donde escasean otros agentes pastorales. Gracias a ellos el Evangelio llega hasta los lugares más remotos, gracias a sus vidas entregadas y a su pasión por el Evangelio. Sostener esa red capilar tan extendida por todo el mundo y tan eficiente cuesta dinero. Es jornada para agradecer su gran labor y apoyarla con nuestra oración y nuestra limosna.

Pero volvamos a la epifanía. Nos cuenta el Evangelio que vinieron Magos de Oriente, guiados por una estrella, en busca del Mesías que había nacido en Belén: “Hemos visto salir su estrella y venimos a adorarlo”. Estos Magos son buscadores de Dios, y lo hacen con el esfuerzo de sus vidas superando las dificultades que encuentran en el camino. Esta es su primera lección: merece la pena gastar la vida en esa búsqueda de Dios, porque cuando le encontramos la satisfacción es mayor que todos los esfuerzos empleados en la búsqueda.

En el camino encontraron muchas ayudas y encontraron obstáculos. Toparse con Herodes fue uno de esos grandes obstáculos, porque Herodes se llenó de envidia y de rabia cuando supo que tales Magos venían en busca del rey de Israel, pensó que el Niño que había nacido iba a quitarle el trono, e indicó a los Magos que le dijeran donde estaba ese Niño e iría él también a buscarlo. Salta a la vista cuáles eran las intenciones de Herodes.

La estrella que los había guiado volvió a brillar y ellos se llenaron de inmensa alegría. La estrella los condujo hasta el lugar exacto donde estaba Jesús con su Madre. Y entrando en aquel lugar, lo adoraron y le ofrecieron sus regalos de oro, incienso y mirra. La liturgia de esta fiesta nos invita a ofrecerle a Jesús lo mejor de nuestro corazón.

La fiesta de la epifanía incluye no sólo la manifestación de Jesús a los Magos de Oriente, sino también el bautismo del Jordán, que celebramos en este domingo, y las bodas de Caná, cuando Jesús y su Madre alegraron la boda que aquellos novios a los que se les acabó el vino. Con ello, se nos muestra que Jesús ha inaugurado un nuevo modo de ser y de vivir, que llega hasta nosotros por las aguas del bautismo. Y que la alegría que él viene a darnos no se acaba nunca, como no se acabó el mejor vino de las bodas de Caná. Que la epifanía de este año suponga para todos un mayor conocimiento y una mayor experiencia del que ha venido a salvanos.

Recibid mi afecto y mi bendición:

+ Demetrio Fernández, obispo de Córdoba

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