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¡Alegría y paz hermanos, que el Señor resucitó!

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Mensaje del Obispo Nivariense para la Pascua de Resurrección 2022

 

«Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor, Jesucristo, que, por su gran misericordia, mediante la resurrección de Jesucristo de entre los muertos, nos ha regenerado para una esperanza viva»
[1ª Carta de San Pedro 1,3]

 

¡Feliz Pascua de Resurrección! La certeza de que Cristo, resucitado de entre los muertos, vive y camina con nosotros, nos llena de paz y alegría.

«El anuncio de la Pascua es este: Cristo está vivo, Cristo acompaña mi vida, Cristo está junto a mí; Cristo llama a la puerta de mi corazón para que lo deje entrar, Cristo está vivo. En estos días pascuales, nos hará bien repetir esto: el Señor vive» (Papa Francisco. Domingo de Resurrección ‘2021).

Sí. ¡Felicidades! ¡Alegría y paz hermanos, que el señor resucitó! Verdaderamente ha resucitado el Señor y eso tiene repercusión en nuestra vida. Cristo ha resucitado de entre los muertos, ha vencido la muerte, que ya no tiene dominio sobre Él. Esta victoria no sólo beneficia a Cristo, sino a todos nosotros, pues —como proclamamos en la liturgia de la Iglesia— “en Él, nuestra muerte ha sido vencida y en su resurrección hemos resucitado todos”, o también: “muriendo, destruyó nuestra muerte y resucitando nos dio nueva vida”.

Justamente, porque Cristo ha resucitado y vive para siempre, sus palabras tienen permanente actualidad y valen para nosotros como si fueran pronunciadas hoy por primera vez. Él es el mismo ayer, hoy y siempre; por eso, es contemporáneo nuestro y podemos tener una relación personal, de tú a tú, con Él. Cuando, por la fe, esa relación se da, el milagro de la resurrección acontece en nuestra propia vida. Por su poder nos convertimos en hijos de Dios y, también, con la fuerza que Él nos da, progresivamente, vamos viviendo como Él vivió.

Por eso, con palabras de San Pedro, podemos decir: «Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor, Jesucristo, que, por su gran misericordia, mediante la resurrección de Jesucristo de entre los muertos, nos ha regenerado para una esperanza viva» (1Pe. 1,3). Al celebrar la Pascua todos estamos invitados a brindar por la vida y la esperanza. Por el poder de Cristo Resucitado podemos ser mejores personas y más felices. Nada ni nadie está definitivamente perdido para el Señor.

Por muy difícil y oscura que sea nuestra realidad, por muy lamentable que sea la situación a la que hemos llegado, todos podemos renacer para dar los frutos de esa vida nueva que Jesús conquistó para Él y para todos nosotros cuando resucitó. Cada día se pueden cumplir en nosotros aquellas palabras del Salmo 117,23: “Es el Señor quien lo ha hecho, es un milagro patente”.

Todos conocemos personas cuya vida es una verdadera “aparición del Señor Resucitado”, es decir, personas que de tal modo “viven en Cristo” y “Cristo vive en ellas”, que el amor, la bondad, la lucha por la paz y justicia… resplandecen en su vida. Como dice un himno de la liturgia:

«Quien diga que Dios ha muerto
que salga a la luz y vea
si el mundo es o no tarea
de un Dios que sigue despierto.
Ya no es su sitio el desierto
ni en la montaña se esconde;
decid, si preguntan dónde,
que Dios está -sin mortaja-
en donde un hombre trabaja
y un corazón le responde».

San Pablo nos dice que, “quien está en cristo es una criatura nueva” (2Cor. 5,17) y eso se ha de notar en la vida. El lema de la Semana Santa de este año, “queremos ver a Jesús”, fueron las palabras de unos griegos al apóstol Felipe. Esas palabras que siguen resonando hoy -explícita o, implícitamente- en muchos hombres y mujeres de nuestro tiempo que también nos dicen a los seguidores de Jesucristo: “queremos ver a Jesús”.

Así, nos lo decía San Juan Pablo II, al comienzo del siglo XXI: “Los hombres de nuestro tiempo, quizás no siempre conscientemente, piden a los creyentes de hoy no sólo «hablar» de Cristo, sino en cierto modo hacérselo «ver». ¿Y no es quizá cometido de la Iglesia reflejar la luz de Cristo en cada época de la historia y hacer resplandecer también su rostro ante las generaciones del nuevo milenio?” (NMI 16).

Quienes nos dejamos tocar por el poder de la resurrección de Cristo, podemos ser “personas nuevas” y reflejarlo en nuestra vida viviendo como vivió Él. Así nos los dice San Juan en su primera carta: “Quien dice que permanece en él, debe vivir como vivió él” (1Juan 2,6). Por eso, quien tiene una nueva vida en Cristo, se le ha de notar es que es creyente y testigo de la fe, alegre y entusiasta, discípulo misionero. En su vida se muestra como una persona dinámica y creativa, compasiva y misericordiosa, renovada y renovadora, libre y liberadora, solidaria y generosa.

Como nos dice una canción litúrgica, gracias al poder de la Resurrección de Cristo en nosotros, los cristianos estamos llamados a ser: “Hombres nuevos, creadores de la historia, constructores de nueva humanidad… Hombres nuevos, luchando en esperanza, caminantes, sedientos de verdad… Hombres nuevos, amando sin fronteras, por encima de razas y lugar. Hombres nuevos, al lado de los pobres, compartiendo con ellos techo y pan”.

Cualquiera de nosotros, si queremos ser así, podemos serlo, porque Cristo ha resucitado para darnos a todos nueva vida. Nadie queda excluido de su amor y del poder de su resurrección. Por eso podemos decir y les digo a todos, ciertamente “este el día que actuó el Señor, sea nuestra alegría y nuestro gozo” (Salmo 117,24). Es lo que les deseo de todo corazón. ¡Feliz pascua de Resurrección!

 

† Bernardo Álvarez Afonso

          Obispo Nivariense

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“¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive?”

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“¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive?”

Evangelio del sábado 16 de abril. Evangelio de hoy, Vigilia Pascual en la Noche Santa.

– 1.ª Gén 1, 1 — 2, 2.
– Sal 103.
– 2.ª Gén 22, 1-18. E
– Sal 15.
– 3.ª Éx 14, 15 — 15, 1a.
– Salmo: Éx 15, 1-18.
– 4.ª Is 54, 5-14.
– Sal 29.
– 5.ª Is 55, 1-11..
– Salmo: Is 12, 2-6.
– 6.ª Bar 3, 9-15. 32 — 4, 4.
– Sal 18.
– 7.ª Ez 36, 16-17a. 18-28.
– Sal 41.
– Rom 6, 3-11.
– Sal 117.
– Lc 24, 1-12.

El primer día de la semana, de madrugada, las mujeres fueron al sepulcro llevando los aromas que habían preparado. Encontraron corrida la piedra del sepulcro. Y, entrando, no encontraron el cuerpo del Señor Jesús. Mientras estaban desconcertadas por esto, se les presentaron dos hombres con vestidos refulgentes. Ellas quedaron despavoridas y con las caras mirando al suelo y ellos les dijeron: “¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? No está aquí. Ha resucitado. Recordad cómo os habló estando todavía en Galilea, cuando dijo que el Hijo del hombre tiene que ser entregado en manos de hombres pecadores, ser crucificado y al tercer día resucitar”. Y recordaron sus palabras. Habiendo vuelto del sepulcro, anunciaron todo esto a los Once y a todos los demás. Eran María la Magdalena, Juana y María, la de Santiago. También las demás, que estaban con ellas, contaban esto mismo a los apóstoles. Ellos lo tomaron por un delirio y no las creyeron. Pedro, sin embargo, se levantó y fue corriendo al sepulcro. Asomándose, ve solo los lienzos. Y se volvió a su casa, admirándose de lo sucedido.

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Pésame a la Virgen, en Baza y en Guadix

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Pésame a la Virgen, en Baza y en Guadix

Durante la mañana del Sábado Santo la ciudad de Baza ha tenido la oportunidad de pasar por la Iglesia de la Piedad y rezar ante la Virgen , contemplándola en el misterio de su soledad. Es lo que se conoce como el “pésame a la Virgen”, en un día en el que la Igelsia recuerda que Jesús está en el sepulcro, muerto, en espera del gran día de la resurrección.

El obispo de Guadix, D. Francisco Jesús Orozco, ha visitado la imagen de la Soledad que hay en la iglesia de la Piedad y ha participado en ese pésame a la Virgen. Acompañado del arcipreste de Baza, Emilio Fernández, y de otros sacerdotes y feligreses de la cuidad, Mons. Orozco ha rezado ante la imagen, ha ofrecido su oración por todos los sufrimientos y soledades del mundo y ha animado a vivir la alegría y la esperanza de la resurrección. Es lo que la Iglesia celebrará a partir de esta noche, en la Vigilia Pascual, y sobre todo mañana, Domingo de Resurrección.
Ya por la tarde, también en el Sábado Santo, Mons. Orozco visitará la imagen de la Soledad que hay en la parroquia de San Miguel, en Guadix, también para participar en el “pésame a la Virgen”.

Antonio Gómez
Delegado diocesano de Mcs. Guadix

 

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“En Cristo encontramos la verdad de quién es el ser humano, que no puede vivir ignorando el sufrimiento, el dolor y el mal”: Mons. Orozco en los Oficios del Viernes Santo

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“En Cristo encontramos la verdad de quién es el ser humano, que no puede vivir ignorando el sufrimiento, el dolor y el mal”: Mons. Orozco en los Oficios del Viernes Santo

 

La Iglesia se prepara para vivir la gran celebración de la Resurrección del Señor. Será en la noche del sábado al domingo, cuando las parroquias vivan una de las liturgias más sugerentes y expresivas delo que es la fe y lo que supone creer en Cristo. Sobre todo, será una liturgia, la de la Vigilia Pascual que invita a la alegría, porque Cristo ha resucitado, que anima a sentirse miembro de una Iglesia que anuncia la resurrección y que celebra el triunfo de Jesús sobre la muerte y el amor sobre el mal.

Con la Vigilia Pascual y la Misa de Resurrección del domingo culmina una semana que ha sido muy intensa, las más intensa del todo el año. Así se ha vivido en las parroquias y así se ha vivido, también, en la catedral de Guadix, donde las celebraciones han estado presididas por el obispo accitano, D. Francisco Jesús Orozco.

Desde el Domingo de Ramos, D. Francisco Jesús ha ido desvelando y actualizando en sus homilías el sentido de cada uno de los días grandes de la Semana Santa. Así lo hizo el Jueves Santo y ayer, Viernes Santo, en el que habló del significado de la cruz para los hombres de hoy. Decía Mons. Orozco que ““el verdadero drama de nuestra sociedad, y de nuestra cultura, y de nuestra convivencia, y de nuestro corazón es que hemos prostituido la cruz de Cristo. Hemos hecho de la cruz de Cristo, de su amor y de su muerte, una leyenda para disfrutar unos días con una semana de vacaciones en la que todo importa menos ponernos de rodillas y agradecer este gran amor que Dios nos ha tenido´.

`Por eso, esta liturgia, queridos hermanos, nos invita a venerar la cruz, a ser creyentes, a vivir desde la fe, a reconocer que solamente Cristo tiene palabras de vida eterna, que Él es la verdadera medida de la verdadera identidad de la verdad de Dios, que nos ama y nos perdona´.

`Y, a la vez, en Él encontramos la verdad de quién es el ser humano, que no puede vivir ignorando el sufrimiento, el dolor y el mal; que tiene que dar sentido a las noches de su vida y a la última de las noches, la muerte; y que ,mirando la cruz, que es signo de identidad cristiana, tiene que saber gritar a todo el mundo, con su propia vida, sus propias, obras y sus propias palabras, que se puede ser feliz a pesar del dolor, porque alguien con mayúscula, Dios, Cristo Jesús, haciéndose uno de nosotros, ha entrado dentro de nuestra noche y destruyéndola nos ha dicho que nuestra cruz y nuestra muerte, en la suya, ha sido redimidas”.

La Vigilia Pascual, en la catedral, será a las 11 de la noche y la Misa del Domingo de Resurrección será a las 12 de la mañana. Las dos serán retransmitidas por el canal de YouTube de la catedral.

Antonio Gómez

Delegado diocesano de Mcs. Guadix

 

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Homilía en la Misa Crismal

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Es costumbre, en este día, reunirnos todo el presbiterio junto al obispo, a los diáconos permanentes, religiosos y un buen grupo de fieles, en la Catedral para la celebración de la Misa Crismal. Aunque la estemos celebrando anticipadamente, la Iglesia la sitúa en el Jueves Santo, día de la institución del Sacramento de la Eucaristía y, en íntima relación, del Sacramento del Orden sacerdotal.

Los óleos que bendecimos y el crisma que consagraremos son signos de la comunicación misteriosa e incesante del Espíritu, con la que Jesucristo, consuela a los enfermos, santifica a los catecúmenos y a los cristianos, y nos consagra a los sacerdotes para que seamos signos vivientes de su presencia santificadora en medio de su pueblo.

El Señor vivió su vida humana en íntima comunión filial con el Padre del Cielo, una comunión hecha de amor, alabanza y obediencia. Esta comunión de amor quedó consumada en el momento supremo de su muerte en la Cruz. Desde entonces, su amor filial es la máxima expresión de la Alianza de Gracia ofrecida por el Padre en Cristo a la humanidad entera. Todo hombre, al ser pensado por Dios y llamado a la vida, está insertado en esta relación de amor y de gracia que viene del Padre, renace en el Hijo y permanece en la plenitud del Espíritu Santo.

Por el bautismo nos incorporamos de manera más íntima en esta relación de amor y de vida. Pues, somos injertados en Cristo y por Él y en Él recibimos el amor del Padre, su Espíritu; por Él y en Él podemos amar a Dios como Padre, con la reverencia y la confianza del mismo Jesús; por Él y en Él vivimos en el mundo como hijos, puesto nuestro corazón en las cosas eternas, libres para la alabanza y para la fraternidad, libres para hacer obras de justicia y de misericordia, siendo testigos y constructores de la nueva humanidad de Dios inaugurada por la encarnación, vida, pasión, muerte y resurrección de Jesucristo, la segunda persona de la Trinidad, Sumo Sacerdote, Víctima y Altar, que ha unido plenamente el cielo con la tierra.

Nosotros, sacerdotes y obispos, llamados, consagrados y unidos a Cristo, compartiendo sus sentimientos y su misión, somos signos e instrumentos de su amor, extensión viviente del sacerdocio de Jesús en todos los tiempos y en todos los lugares de la tierra.

Por ello, la vocación que hemos recibido nos apremia a vivir totalmente arraigados en Jesús, de manera que sus sentimientos sean nuestros sentimientos, sus palabras sean nuestras palabras, y sus obras de perdón y misericordia sean el ejemplo y la referencia permanente de nuestras buenas obras. Somos de alguna manera continuación y manifestación de la presencia invisible de Jesús, Sacerdote y Mesías, en este mundo visible. No somos sucesores de un fundador. Por la consagración sacerdotal, de forma íntima y misteriosa, somos la presencia visible de su actual presencia invisible en el corazón de todos los hombres de buena voluntad, como cabeza de la Iglesia, como fuente secreta de vida nueva, como principio de una nueva humanidad.

Por lo tanto, la prioridad de nuestro ministerio, sobre todo, es hacer presente a Dios. No a un Dios cualquiera, sino al Dios que habló en el Sinaí, al Dios cuyo rostro reconocemos en el amor llevado hasta el extremo (Cfr. Jn 13,1) en Jesucristo crucificado y resucitado.

Jesús nos ha llamado para compartir su misión y hacernos sus amigos. ¡Qué gran honor! Demos gracias al Señor por este gran regalo siempre inmerecido.

Queridos sacerdotes, en esta celebración solemne quiero agradeceros, en nombre del Señor y de todo el pueblo de Dios, de nuestra Iglesia de Jaén, vuestra entrega y fidelidad, vuestro trabajo de cada día y vuestra buena voluntad tantas veces manifestada. Demos gracias por el fruto de la ordenación sacerdotal de Antonio José Blanca, que el pasado mes de junio se incorporaba a nuestro presbiterio.

Tengamos un recuerdo especial por nuestros hermanos recientemente fallecidos: D. Pablo Luis Armero, D. Antonio Cobo, D. Miguel Funes, D. Bernardo Velasco, D. Juan Antero Hurtado, D. Lorenzo Pérez y D. Miguel Reyes. Y, también, por los ancianos y enfermos que no han podido venir hoy aquí a pesar de sus deseos, y por los que padecen cualquier tribulación o crisis.

Os animo a vivir sinceramente nuestra fidelidad al don recibido y nuestra  fraternidad sacramental; a poner vuestra vida totalmente al servicio de Dios y de nuestro pueblo, sin reservarnos nada – pues somos “todo del Señor” – , con la madurez que requiere nuestro ministerio y sin olvidar el frescor del “amor primero”.

Nuestras comunidades, las nuevas generaciones, las personas que forman nuestra sociedad jiennense, las que viven la dureza del día a día, en la familia, en el trabajo, en la angustia de no vivir una vida digna, y que muchos de ellos, jóvenes y adultos, se pueden encontrar en la desesperanza y solos, necesitan de nosotros, del “signo eficaz” de nuestro ministerio que siempre es joven, esperanzador y generoso.

Queridos seminaristas, sois la esperanza de nuestro presbiterio y de nuestra Iglesia de Jaén. Os animo a hacer este camino de preparación al Ministerio sacerdotal, con paso firme y decidido, sin que os falte la ilusión y el agradecimiento a la llamada que habéis recibido y la respuesta que estáis dando, ante el Misterio tan enorme y hermoso que Dios quiere poner en vuestras manos para el servicio de Su pueblo.

Comparto, con todos vosotros, el dolor que siento, que es también el dolor de nuestro pueblo, de saber que este año, el aceite que va a ser consagrado, no será  utilizado en su plenitud, consagrando unas manos nuevas para el ofrecimiento del sacrificio de Cristo. Durante varios años vamos a vivir esta “sequedad”, pero la misma nos debe llamar a todos a la responsabilidad que tenemos para hacer vibrar el corazón de aquellos jóvenes que, estoy convencido, el Señor está llamando y que necesitan de nuestra oración y de nuestro hermoso testimonio, para alcanzar la fortaleza necesaria para responder a la voluntad de Dios.

A pesar de las dificultades, con las que nos encontramos, y de las grandes exigencias de nuestro sacerdocio, hoy queremos y volvemos a renovar ante el pueblo de Dios nuestros compromisos y deseos de ser los “fieles servidores” del Señor para el bien de nuestros hermanos, Su pueblo.

Delante de vosotros, queridos fieles, manifestamos nuestra voluntad sincera de fidelidad y de servicio. Queremos vivir con integridad y total entrega nuestro ministerio, queremos vivir intensamente unidos a Jesucristo para ser auténticos  anunciadores y dispensadores de los bienes de la salvación.

“Señor, hoy, en la pobre barca de nuestra vida, nos vuelves a decir: remar mar adentro, y echad vuestras redes para la pesca. Y nosotros, temerosos ante la responsabilidad de la misión encomendada, te decimos: en tu palabra echaré las redes. (Cfr. Lc 5, 3 – 5) ¡Gracias por tu confianza! ¡Gracias por el amor con el que has ungido todo nuestro ser!”  Y ante los avatares de la vida Él nos sigue diciendo: No tengáis miedo, yo estoy con vosotros hasta el fin de los tiempos (Cfr. Mt 28, 10.20).

Queridos sacerdotes, caminemos con fortaleza, alegría y esperanza. El Señor sigue realizando hoy también su obra de renovación y de redención, y cuenta con nosotros, ungidos con la fuerza de su Espíritu, como contó con la confianza y la fuerza de los Apóstoles, con el vigor y la eficacia de los primeros cristianos. Por ello, vivamos con seriedad nuestra vida espiritual y nuestro deseo de ser cada día más santos, respondiendo fielmente a su voluntad.

El Señor y la Iglesia necesitan sacerdotes identificados con la palabra de Jesús, impregnados y enardecidos por su mismo Espíritu, enriquecidos por los sacramentos que celebran, por la oración asidua y la comunión de vida, y, llenos del don de la Caridad Pastoral, dedicados con entusiasmo y generosidad al ejercicio del ministerio apostólico. En definitiva, necesitan de nosotros que seamos “buenos pastores”, “hombres de Dios”.

Queridos hijos, laicos y religiosos que nos acompañáis esta mañana, que estáis cerca de vuestros pastores, en vosotros está presente el pueblo de Dios que camina en la Iglesia del Santo Reino, ¡rogad por nosotros!, ayudadnos con vuestra oración constante, con vuestra comprensión y afecto. No somos más que nadie. Hemos sido sacados de entre vosotros para que, ungidos y unidos a Cristo, compartiendo su misión, sed devueltos a vosotros para serviros y ayudaros, y, caminando juntos, alcanzar la salvación. Salvación que podemos degustar en nuestro día a día, respondiendo al amor y a la voluntad de Dios, pero que deseamos conseguir en plenitud cuando lleguemos a la casa del Padre.

Somos débiles y pecadores, como cualquiera de vosotros, pero con la responsabilidad de una misión que nos sobrepasa y nos sobrecoge. El calor de vuestra cercanía y de vuestra oración nos ayudará a que seamos “santos sacerdotes”.  

Os pedimos perdón por nuestras deficiencias, por los momentos en los que no reconocéis en nosotros el “corazón del buen pastor”, ser “un hombre de Dios”, por nuestra falta de trato, de ternura, de humildad y de misericordia, por nuestros personalismos y divisiones que nos alejan de un estar “cerca de vosotros y cerca del resto de nuestros hermanos sacerdotes” y no caminar unidos. Y, también, os pedimos perdón por cualquier tipo de infidelidad que hayamos podido cometer al amor de Dios y a la misión encomendada. Y, como obispo, aunque lleve poco tiempo entre vosotros, os pido perdón si no he estado a la altura de lo que Dios me está pidiendo.

Sois nuestro gozo y nuestra corona, sois la herencia que el Señor nos ha dejado. Que Él os premie todo el bien con el que enriquecéis nuestra pobre vida y con el que nos ayudáis, muchos de vosotros colaborando intensamente en nuestro apostolado. ¡Gracias!

Queridos sacerdotes, queridos hijos, sostenidos y animados por la intercesión de la Virgen María, Madre de los Apóstoles, Ntra. Sra. de la Cabeza, de San Eufrasio nuestro Patrón, y de tantos mártires y santos que han abonado nuestras tierras con sus vidas, le pedimos al Señor que se haga presente poderosamente en nuestras vidas, y que nos llene de todos los bienes de su Espíritu, haciéndonos verdaderos instrumentos eficaces de su Reino.

+ Sebastián Chico Martínez
Obispo de Jaén

 

Homilía en la Misa Crismal

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Isaías 61, 1-9 Cambiaré el luto por el óleo de la alegría y os daré un perfume de fiesta; 

Salmo 88 Mi fidelidad y mi amor lo acompañarán; 

Apocalipsis 1, 4b-8  Por su sangre hizo de nosotros un reino de sacerdotes; 

San Lucas 4, 16-21 Hoy se cumple este pasaje que acabáis de oír

 

Queridos hermanos del presbiterio, diáconos permanentes, vida consagrada, seminaristas, hermanas y hermanos todos de esta Iglesia del Señor que camina en Almería.

Me gustaría hablaros al corazón y que todos hiciéramos un esfuerzo para entrar en el misterio y nos colocáramos en el momento de la Última Cena, cuando el Señor en ese gran momento de intimidad con sus amigos, cuando tan sólo le quedaban unas horas de estar en este mundo y anticipa el Sacrificio: esto es mi Cuerpo, esta es la Sangre de la Nueva Alianza; y lo articula entre el mandamiento del Amor y el Lavatorio de los pies. Nada es casual. ¡Qué pedagogía la de Cristo! Tres momentos inseparables que se apoyan uno en el otro y adquieren así su sentido completo.

Me gustaría hablaros al corazón y que todos hiciéramos un esfuerzo para entrar en el misterio y nos colocáramos en el momento de la Última Cena, cuando el Señor en ese gran momento de intimidad con sus amigos, cuando tan sólo le quedaban unas horas de estar en este mundo y anticipa el Sacrificio

Vivamos este acontecimiento desde una actitud de adoración y de confianza.

En este marco, en el ámbito del amor y del servicio, instituye el Señor la Eucaristía, de la todos tanto dependemos. Es el signo de la Nueva Alianza. La historia de la Salvación está plagada de alianzas: con Noé, Isaac, Jacob, Moisés… todas exigían su sacrificio. Normalmente un cordero.  Sacrificio no es una palabra negativa y mal vista, como solemos entenderla hoy casi todos. Sacrificio significa: hacer sagrado. Es decir que en la Alianza Dios nos pone a su nivel, y eso exige renunciar a todo lo que nos separe de él. En esta alianza definitiva, Jesús mismo es el sacrificio: “el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”.

Y para que ni sus discípulos, ni nosotros hoy, equivoquemos su entrega sacrificial con otra cosa, tomó un trozo de pan y un cáliz lleno de vino… Las palabras pronunciadas por Jesús son anticipación de su muerte: “Esto es mi cuerpo, que será entregado por vosotros”. “Esta es mi sangre, que será derramada por vosotros y por todos los hombres para el perdón de los pecados”. Estas palabras convierten el hecho de la muerte en un suceso de amor.

Dejadme que os traiga a cuento una reflexión sensible que leí hace años: si tomas una forma sin consagrar en tus manos y contemplas ese trozo de pan y piensas ¿cómo podrá ver el Señor este trozo de pan? ¿Creéis vosotros que lo verá igual que un guijarro del río o un corderito? No. De ninguna manera, pues el trozo de pan es el resultado de una historia. Para que pueda tenerlo en mis manos fue necesario el trabajo del labrador, el sembrador, el segador, sin hablar de los que fabricaron los instrumentos de labranza y siega… después el molinero, el panadero y todos los artesanos y artesanas, después el vendedor y las monjas que hicieron las formas… Este pan somos la humanidad misma y Cristo se encarna de nuevo en nuestro trabajo para quedarse entre nosotros y ser alimento. (cfr. François Varillon, Joie de croire… Paris 1981 p. 279-294) ¿Hay expresión más grande que este sacramento?

Si nos comiésemos este pan sin consagrar la historia de la humanidad quedaría sin salida, permanecería tan solo humana… volveríamos a producir más pan… y moriríamos. Pero si llevamos este pan al altar, Cristo hace de él su propio Cuerpo y “cristifica” el trabajo y al mismo hombre y se abre la puerta de la humanidad hacia Dios, y comiendo su Cuerpo nos hacemos como él, portadores de eternidad. Como María puso su cuerpo para engendrar a Cristo, así nosotros ponemos toda nuestra vida para esta nueva y diaria encarnación: la presencia de Dios en medio de su pueblo. Esto, que os digo, es para todos los bautizados en Cristo, sacerdotes en él.

Y nosotros, los presbíteros, los que hemos sido llamados para este ministerio, seguimos poniendo nuestras pobres y pecadoras manos para tan gran misterio de redención. ¡Nos hacemos sacerdotes en Cristo! ¡Ofrecemos nuestra vida y el trabajo de las gentes! ¡Nos hacemos en Cristo alimento! Esclavos, servidores de todos, portadores, “cristóforos” de la humanidad hacia Dios. Y de esto, todos un poco.

Y nosotros, los presbíteros, los que hemos sido llamados para este ministerio, seguimos poniendo nuestras pobres y pecadoras manos para tan gran misterio de redención.

El sacerdocio de Cristo no puede ser comprendido como una dignidad, una promoción o un puesto de poder. Ni siquiera un ámbito para estar por encima de los demás. Y muchas veces hay sacerdotes que actúan así, con poder y autoritarismo, olvidando que han sido creados bajo el cimiento del lavatorio de los pies. El que quiera ser el primero que sea el servidor de todos.  El sacerdocio de Cristo implica, como dice el autor de la Carta a los Hebreos, asemejarse en todo a sus hermanos, a fin de ser misericordioso. No sigue el camino de la ambición, del lujo, de la soberbia y del poder. Jesús ha seguido el camino de la humillación, de la pobreza, del sufrimiento y de la muerte, como hemos escuchado en Isaías. Ha asumido nuestra naturaleza frágil y débil, de carne y de sangre, y ha afrontado la muerte.

El sacerdocio de Cristo no puede ser comprendido como una dignidad, una promoción o un puesto de poder. Ni siquiera un ámbito para estar por encima de los demás. Y muchas veces hay sacerdotes que actúan así, con poder y autoritarismo, olvidando que han sido creados bajo el cimiento del lavatorio de los pies.

Este es un sacerdocio nuevo: comprender a los débiles, ayudarles, descender a la fosa de los afligidos para rescatarlos, acercarse a los que carecen de esperanza para levantarlos, revelar el nombre y la gracia de Dios a cuantos andan en las tinieblas del mundo. Nadie puede decir “esto es mi cuerpo” y “éste es el cáliz de mi sangre” si no es en el nombre y en la persona de Cristo, único sumo sacerdote de la nueva y eterna Alianza (cf Hb 8-9).

Cristo ha tomado sobre sí nuestro destino: que incluye la muerte y el sufrimiento como consecuencia del pecado, y lleva a término nuestra vocación: amar para ser coronados de gloria y de honor. Pero no nos equivoquemos, su gloria no es la gloria de un rey o guerrero que ha vencido a su enemigo, o la de un ambicioso que ha cumplido sus proyectos: es la gloria del amor, de la misericordia, que restablece la comunión de los hombres con Dios y nos busca, y nos habla a cada uno por nuestro nombre, con nuestra propia originalidad.  ¡Él es el buen Pastor! Cuánto me duele cuando personas de una parroquia vienen a quejarse de su cura por soberbia, por imposición de su voluntad, por confundir autoridad, que nace del lavatorio de los pies, con autoritarismo. No seamos de este mundo, sed como el buen pastor que sacrifica su vida, 24 horas sobre 24, por sus ovejas. Desechad de vuestra boca y de vuestro corazón la expresión: el párroco soy yo. No debemos ser como los déspotas ilustrados. Todo por el pueblo, pero sin el pueblo. Se nos va pegando el lodo de la historia. No sea así entre vosotros.

Cuánto me duele cuando personas de una parroquia vienen a quejarse de su cura por soberbia, por imposición de su voluntad, por confundir autoridad, que nace del lavatorio de los pies, con autoritarismo.

Os invito a pedir a Dios la gracia de seguir también todos nosotros el dinamismo de ese sacerdocio. Ser compasivos con nuestros hermanos exige de nosotros vivir el sacerdocio según el Espíritu de Cristo, no según el espíritu de este mundo. Exige de cada uno de nosotros saber llevar a la humanidad hacia Dios, y muchas actitudes personales les pueden separar. Nuestro sacerdocio no es un oficio puramente temporal. Es para siempre. Pues el dinamismo del amor no se puede entender de otra manera. Todo pasará, el amor no pasa nunca.  El sacerdocio, como decía san Agustín, es amoris officium, es el oficio del buen pastor, que da la vida por las ovejas (Jn 10, 14-15).

Pidamos a María, Madre de la Iglesia, que interceda por todos nosotros para que nos presentemos con Cristo como ofrenda agradable a los ojos de Dios y descienda sobre nosotros la gracia que todo lo transforma, que todo lo eleva, que todo lo perfecciona y que todo lo glorifica. ¡Ánimo y adelante!

+ Antonio Gómez Cantero

Obispo de Almería

«Despierta tú que duermes, levántate de entre los muertos y Cristo será tu luz»

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El Cabildo Catedralicio, presidido por el obispo de Huelva, Santiago Gómez Sierra, ha celebrado esta mañana el rezo del Oficio de Lecturas y Laudes de la Sepultura del Señor, un momento de especial recogimiento en el que se contempla el Cuerpo muerto de Jesús y su descenso al lugar de los muertos en espera de su resurrección y en el silencio de quienes esperan el triunfo de la vida: Oh dolientes de la tierra, verted aquí vuestras lágrimas; en la gloria de este cuerpo serán bañadas.

Entre los textos litúrgicos leídos en el Oficio de Lectura de esta mañana se encuentra una antigua homilía anónima sobre el santo y grandioso Sábado de la Sepultura del Señor en el que se describe como Cristo desciende a la región de los muertes para buscar a nuestro primer padre, Adán, «como oveja perdida» y con el que mantiene un precioso diálogo: «Despierta, tú que duermes, y levántate de
entre los muertos y te iluminará Cristo… Levántate, vayámonos de aquí. El enemigo te hizo salir del paraíso; yo, en cambio, te coloco no ya en el paraíso, sino en el trono celestial.»

En su breve homilía, el Obispo ha recordado el sentido cristiano de la muerte «en una cultura hedonista, del placer y el bienestar, donde la muerte es un contratiempo que hay que censurar y ocultar. Así hemos hecho desaparecer costumbres propias como modo de vivir y sentir la pérdida de un ser querido; o preferir la muerte repentina, cuando los cristianos rezábamos unas preces en las que pedíamos ser librados de este tipo de muerte que era entendida como una desgracia porque no nos permitía disponernos sacramentalmente para el encuentro con el Señor; o incluso hemos hecho desaparecer el lugar físico del descanso de nuestros restos mortales… Pero nada de eso –ha continuado diciendo– nos quita la verdad de un trance que todos ciertamente hemos de pasar y que, de algún modo, vamos viendo a lo largo de toda la vida, especialmente cuando asistimos a la muerte de nuestros seres queridos. La muerte nos llama a vivir en permanente estado de vigilancia, como dice el salmo: Dame a conocer la medida de mis años para que adquiera un corazón sensato (Cfr. Salmo 89). Recordad cómo San Ignacio en sus Ejercicios Espirituales invita al ejercitante, a la hora de reformar la vida o tomar una opción vocacional, a situarse en la hora de la propia muerte y pensar cómo le gustaría haber vivido».

D. Santiago Gómez ha culminado sus palabras pidiendo al Señor «que aumente nuestra fe para vivir de frente a una realidad que forma parte de nuestra condición humana, el paso que nos lleva a la Casa del Padre de la mano de Jesucristo, vencedor de la muerte». Y ha invitado a «acompañar a la Virgen María en su soledad que, seguramente, como le dijera al ángel Gabriel en la Anunciación, hoy también se preguntará cómo será eso de la Resurrección del Señor y espera confiada en que para Dios nada hay imposible. Que, como María, también vivamos nosotros en esperanza nuestra vida y el paso por la muerte a la Vida definitiva».

Por error ha sido definido como un día alitúrgico, pues en él no está permitida la celebración de la Eucaristía. Si bien es cierto que no se celebra la Eucaristía, no existen los días alitúrgicos, pues la celebración de la Liturgia de las Horas del Sábado Santo es una expresión más de la litúrgica de la Iglesia. La Iglesia ayuna el sábado santo de la Eucaristía siguiendo una antiquísima tradición que llevaba a la Iglesia a un prolongado ayuno durante todo el sábado porque “el Esposo le ha sido arrebatado”. Este ayuno concluye con la celebración de la Vigilia Pascual que, en la Catedral, tendrá lugar esta noche a partir de las 23.00 h.

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Horarios de las celebraciones litúrgicas de Semana Santa en la Catedral

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DOMINGO DE PASCUA DE LA RESURRECCIÓN DEL SEÑOR

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Lecturas:  Hch 10, 34a. 37-43: Hemos comido y bebido con él después de su resurrección de entre los muertos. Sal 117: Este es el día que hizo el Señor: sea nuestra alegría y nuestro gozo. Col 3, 1-4: Buscad los bienes de allá arriba, donde está Cristo, o bien: 1 Cor 5, 6b-8. Barred la levadura vieja para ser una masa nueva. Secuencia: Ofrezcan los cristianos. Jn 20, 1-9. Él había de resucitar de entre los muertos.

El filósofo alemán Martin Heidegger (1889-1976) afirmó que el ser humano no es alguien que muera, sino que en sí mismo es un ser–para-la-muerte. Con este concepto quiso transmitir que la muerte, más que una situación que encontraremos al final de nuestra vida, es una línea de meta a la que estamos avocados. Sitúa nuestro admirado filósofo la vida humana en un aterrador Viernes Santo, sin más horizonte que la permanente puesta del sol de la existencia. El evangelio de Juan apunta al primer día de la semana como un amanecer que revienta los parámetros de la lógica humana, cuando no tiene presente el poder del amor de Dios.

No son los verdugos los que tienen la razón, los que triunfan ignorando la sangre derramada, las lagrimas vertidas…los gritos amordazados. La Resurrección de Jesús es la respuesta de Dios a quienes quieren sembrar de cruces las dimensiones de la historia. La nueva humanidad nace de la muerte y resurrección de Jesús.

Quiero subrayar ciertas expresiones que nos ayudarán a adentrarnos en la profundidad del Evangelio que es expresión de la vivencia cristiana tras el encuentro con el resucitado. Aún estaba oscuro: la luz, que es un símbolo precioso del cuarto evangelio, es el mismo Cristo que los discípulos aún no ven. Nuestra osada María Magdalena acude convencida de la victoria de la muerte que agota toda esperanza. La losa quitada, genera en ella la desazón de la pérdida del recuerdo. La carrera de ambos discípulos concluye con la fe de uno y la aceptación de Pedro a pesar de las negaciones en el camino de Jesús. Las vendas no atan (como ataron a Lázaro). La muerte se ha alejado de Él. Jesús ha muerto, pero no es un cadáver. El sepulcro es pasado. La historia de Jesús no se cierra con su muerte. Todos estos domingos de Pascua serán experiencias de encuentro con el resucitado que se prolongan en la vida Litúrgica-Sacramental-Caritativa de la Iglesia. ¡Cristo resucitado vive con nosotros y nos llama a impulsar vida nueva para todos!

Ramón Carlos Rodríguez García

Rector del Seminario

 

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En espera de la Vigilia Pascual

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Según una antiquísima tradición, ésta es una noche de vela en honor del Señor, y la Vigilia que tiene lugar en la misma, conmemorando la noche santa en la que el Señor resucitó, ha de considerarse como “la madre de todas las santas Vigilias”. Toda la celebración debe hacerse durante la noche. Bernardo Álvarez preside en su sede la Solemne Vigilia Pascual a las 22 horas.

Por ello, durante el sábado, en los distintos templos se realiza su preparación para tan importante liturgia de modo que los mismos también expresen la alegría y el gozo de la Resurrección del Señor.

Las celebraciones de la primera parte del Triduo (misa vespertina del Jueves Santo y celebraciones del Viernes y Sábado Santo durante el día) son intensamente sobrias, en cambio la noche santa de la Resurrección es una fiesta rebosante de alegría. El paso de la tristeza al gozo, de la muerte a la vida se expresa en la misma Vigilia Pascual, la más importante celebración de los cristianos. Por ello,  la culminación del Triduo Pascual es la Vigilia Pascual en la que hacemos memoria sacramental de la resurrección del Señor.

La Vigilia se desarrolla en cuatro partes: el lucernario y el pregón pascual forman la primera parte de la celebración. En la segunda parte la santa Iglesia contempla a través de la liturgia de la Palabra, las maravillas que Dios ha hecho en favor de su pueblo desde los comienzos. En la tercera parte, tiene lugar la liturgia bautismal o, si no hay bautizos, la renovación de las promesas del bautismo. Finalmente, la comunidad es invitada a la mesa, preparada por el Señor para su pueblo, memorial de su Muerte y Resurrección, en espera de su nueva venida (cuarta parte).

Por otro lado, la Misa del día de Pascua, domingo,  se celebra también con el mayor gozo. El obispo Nivariense preside la solemne Eucaristía Pontifical de la Pascua a las 12 horas. En la misma impartirá la bendición papal en día tan singularmente alegre para todos los católicos de canarias unidos a los del mundo entero.

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“En Cristo sucede una nueva Creación, se abre un nuevo mundo”

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Homilía del arzobispo D. Javier Martínez en la Eucaristía de la vigilia pascual, el 16 de abril de 2022, en la S.I Catedral.

(…) Jesús resucitó hace alrededor de dos mil años. Una noche como ésta. La noche de Pascua. Lo que pasa es que eso no es una cosa que pasó y se acabó, sino que resucitó y vive para siempre. Desde aquella noche está vivo y nosotros, todos los años, recordamos que eso es lo más grande que ha pasado nunca, lo más grande de la historia humana, lo más importante que ha pasado nunca. ¿Y por qué? Pues, por una razón muy sencilla que vosotros vais a entender muy bien. Porque no es algo que le pasara a Él, sino que eso, que fue Su triunfo sobre la muerte, es algo que nos pasa a nosotros. No porque nosotros hayamos triunfado de la muerte, pero nos abre a nosotros el Cielo y la esperanza del Cielo. Nos quita el miedo a la muerte. Cristo en su muerte en cruz, en su Pasión y en su muerte, de hecho, en toda su vida, ha vencido siempre al mal, al pecado. Ha inaugurado con ello un mundo nuevo, pero ese mundo no iba a permitir el Enemigo que creciera y que naciera. Entonces, pensó en liquidar a Jesús; pensó en quitarlo de en medio y pensaba que de esa manera ese mundo nuevo nunca empezaría, nunca arrancaría. Pero estaba equivocado. Porque Jesús es más fuerte que el mal, más fuerte que el pecado, más fuerte que la muerte y más fuerte que Satán. Entonces, cuando Satán creía que estaban matando a Jesús para que no empezara ese mundo nuevo, resulta que lo que hizo fue lo contrario: hacer posible que ese mundo nuevo empezara, porque Jesús, que era el Hijo de Dios, quería dar Su vida. ¿Para qué? Para que nosotros, 2000 años después, podamos seguir viviendo la vida con alegría. Jesús lo dijo una vez: “Yo he venido para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud”. La alegría a lo largo de la vida y frente a la enfermedad, el sufrimiento o la muerte, incluso a la vista del pecado, es imposible para el hombre. El paso de los años, las heridas que nos vamos haciendo a lo largo de la vida los hombres unos a otros, el mal que hay en nuestro corazón, a veces también el mal que sufrimos. Lo sufrimos, pero nos envenena y termina quitándonos la alegría. Sólo porque Cristo ha resucitado podemos estar contentos siempre. Y siempre es siempre, porque el amor de Jesucristo a nosotros que somos pecadores, todos, y que nos llevamos además el canto de un duro, entre los pecados de uno y de otro, entre los pecados de Judas Iscariote, y cualquiera de nosotros, el Señor los ha vencido; los ha cargado sobre sus espaldas en la cruz y, en su triunfo sobre la muerte, nos ha abierto a nosotros el camino de la Misericordia divina. La certeza de que Dios es Amor y no sabe hacer otra cosa más que amar y que el triunfo final pertenece al amor de Dios, ni al pecado, ni a la muerte, ni a nuestras pequeñeces. Quien triunfa es el amor de Dios.

En la Resurrección de Jesucristo se nos ha abierto a nosotros el camino del Cielo. Y con el camino del Cielo, la posibilidad de una alegría que no sea falsa, que no sea hipócrita, que no sea sencillamente fabricada por nosotros, sino que nace de la certeza de un amor que no se apaga nunca, que no nos abandona nunca, que no se aparta de nosotros nunca, ni siquiera cuando nosotros nos apartamos de Él. Al revés. Yo tengo en mi despacho un dibujo precioso de Cristo, un Buen pastor cargando sobre sus hombros la oveja perdida. La oveja perdida es la que está más cerca del corazón de Dios, porque tiene más necesidad de Dios. No se aparta de nosotros, no nos expulsa ni nos rechaza jamás. Y esa es la fuente de la alegría más verdadera, de la alegría cristiana. Llevamos tantos siglos de cristianismo que se nos ha olvidado lo que es la alegría cristiana. Un historiador norteamericano no creyente, pero fino hablando de los orígenes cristianos, decía sencillamente: “No nos podemos imaginar lo que en el mundo antiguo, en los tres primeros siglos, que son, al fin y al cabo, nueve generaciones, significó la explosión del cristianismo”. Fue una explosión de alegría, fue una explosión de esperanza. Y de esperanza no porque los hombres, a partir de Jesucristo, fuéramos mejores. No porque Jesucristo, a lo Harry Potter, nos haya hecho buenos, sino porque hemos aprendido, junto a Jesucristo, que el amor es más fuerte que el pecado. Hijitos míos, no pequéis. Pero si pecáis, tenemos a un abogado justo, lo suficientemente justo como para perdonarnos los pecados. Tremendo. No con la justicia de los hombres; con la Justicia de Dios, que es idéntica a su Misericordia y que nosotros no podemos nunca ejercer sobre los demás, sobre nadie. “No juzguéis y no seréis juzgados”, porque cuando nosotros juzgamos, nos equivocamos siempre, y siempre es siempre, lo diga quien lo diga. Nos equivocamos siempre. Jesús no puso excepciones al “no juzguéis” y no las pone a Su misericordia.

Es Jesucristo quien resucitó hace 2000 años y, desde entonces, vive para siempre. Pero, desde entonces, nosotros tenemos la certeza de que es la misericordia la que triunfa, de que es el amor misericordioso de Dios el que tiene la victoria sobre el mal. Si creyéramos que el maligno es más potente que Dios, ¿qué hacemos aquí esta noche? ¿Para qué celebramos la Pascua? Señor, déjanos entrar en tu Pascua, que es entrar en Tu Misericordia, precisamente porque eres misericordioso, infinitamente misericordioso, que eso es algo que apenas llegamos a intuir ni a entender por muchos años que llevemos en tu Iglesia. Infinitamente misericordioso. Sólo por eso, yo puedo estar contento y sólo por eso ninguno de vosotros podéis estar contentos. Y digo ninguno, porque las deudas que nosotros podemos tener o la diferencia que hay entre el más santo de nosotros y el más pecador de nosotros, son cien denarios y la deuda que nosotros tenemos con Dios son 10.000 talentos, y esa no la pagamos ninguno. Ni con diez años de camino, ni con cincuenta. Sólo los paga el Señor, los ha pagado el Señor a todos. Y por eso todos podemos estar contentos. Por eso esta noche diferente. Por eso la alegría pascual inunda la vida de un cristiano. Siempre que celebramos la Eucaristía es Pascua.

Yo sé que hay millones de hombres y mujeres que no celebran la Eucaristía, que no conocen al Señor, o que lo conocen mal, o que lo han conocido y lo han abandonado. Pero el Señor no les abandona a ellos y lo que tienen que poder reconocer, en nuestra alegría y en nuestro modo de vida, y en nuestro amor por los pecadores, a los que Jesús jamás les hizo ningún reproche, jamás, a diferencia de los fariseos, que se llevaron todos los reproches de Jesús; lo que hace posible nuestra alegría, lo que hace posible entrar en la Pascua es justamente esa certeza de que el amor y la misericordia de Dios triunfan. Y aquellos hombres que no la conocen, incluso aquellos que han apostatado. El otro día me encontraba yo por la calle un hombre que me dijo: “Oiga, señor obispo, venga para acá. Yo he apostatado pero fui educado en cristiano y ahora, entre la pandemia y la guerra de Ucrania, es como si llevara uno la fe en la sangre y no me la puedo quitar”. Yo le dije, “no temas”. Y repitiendo una frase que no es mía, pero que es la forma más cortita del mensaje cristiano que pronunció san Juan Pablo II, cuando dijo “aquello que la Iglesia quiere oír gritar al mundo es ‘Dios te ama, Cristo ha venido por ti’”. Sí, por el apóstata. Por Judas. ¿Está permitido rezar por Judas? No sólo está permitido, sino que sería sumamente deseable que alguna vez pensásemos que Judas es nuestro compañero de camino, y hay un hombre muy grande en el siglo XX, de quien han aprendido bastante los Papas, era un laico -no os voy a decir el nombre-, pero ofrecía Misas por un difunto, era un hombre muy conocido en Francia, y entraba en una parroquia y decía “¿puedo encargar una misa por un difunto?”, decían, “sí, ¿quién es? ¿un familiar suyo?”, “no, un amigo”. “Pues espera un momentito, pasamos al despacho y me dice usted en que día se la puedo celebrar. ¿Me dice, por favor, el nombre de su amigo?”. “Judas Iscariote”. Y el que no pueda identificarse como amigo de Judas Iscariote, y como infinitamente necesitado de la misericordia de Dios, no ha conocido a Cristo. Ha conocido algún ídolo al que llama Cristo, pero no a Cristo.

Hijos míos, siempre es posible la alegría, siempre. Justo porque Cristo ha resucitado y no porque nosotros seamos mejores porque hemos conocido a Cristo. Qué va. Sino sólo porque el amor de Cristo es infinito. Sólo porque el amor de Cristo es infinito, a diferencia del nuestro, que es así de cortito y que se nos acaba enseguida, que nos peleamos por nada. Esta noche es diferente, hijos míos.

Hijos míos, ¿me dejáis decirlo? Yo soy compañero de Judas, claro que lo soy, y puedo estar contento, no por ser compañero de Judas, sino porque el amor del Señor es infinitamente más grande que todas mis miserias, que todas mis pequeñeces, que todos mis pecados, y eso hace posible una alegría pura, verdadera, sencilla, sin presunciones, porque no hay nada de qué presumir nada más que del amor que el Señor nos tiene y de Su misericordia.

Os pido que abráis el corazón a esa alegría pura del Señor que nadie merecemos, y nadie es nadie, desde el Papa hasta el último de los paganos que jamás ha oído hablar del Señor, hasta el más grande de los pecadores. Nadie merecemos la misericordia de Dios. Los catecismos durante siglos decían y empezaban con una frase: “¿Eres cristiano? Sí, soy cristiano, por la Gracia de Dios”. Y nada más que por Gracia de Dios, no porque tenga el más mínimo de los méritos que puedan hacerme merecer el serlo. ¿Quién merece el Cuerpo de Cristo? Pero Cristo ha resucitado, hijos. Cristo ha resucitado y podemos vivir contentos. Y somos unos miserables, unos mezquinos, pero podemos vivir contentos, y hemos dicho al Señor “no”, mil veces. Disimuladamente, a veces descaradamente. Pero podemos vivir contentos y se lo seguiremos diciendo, a pesar de la túnica blanca y a pesar de veinte años, o treinta o cuarenta de Camino, como yo puedo decir a pesar de casi cincuenta años de ministerio sacerdotal, donde mi lema sacerdotal era además “Todo lo tengo por nada, con tal de alcanzar a Cristo”. Luego mi lema episcopal ha sido otro: “La verdad os hará libres”. Pero, a pesar de mis casi cincuenta años de sacerdocio, claro que soy un pecador. Claro que soy un sinvergüenza, y huyo mil veces y lo seguiré haciendo. Él lo sabe, pero esta noche es diferente a todas las demás noches del mundo.

A todas las demás noches de nuestro mundo personal, de nuestra historia personal, porque el Señor está vivo y quiere ser acogido en nuestro corazón. Sólo eso. Sólo para eso necesita el Señor nuestra libertad, y sólo para eso nos la ha dado, para ser acogido libremente y amado libremente, porque el Señor no quiere siervos. Éramos siervos antes de conocer a Jesucristo. Somos siervos en la medida en que el pecado, en todas sus formas, hace presa en nosotros. Pero Cristo quiere nuestra libertad. “Para ser libres nos ha liberado Cristo”. Para ser libres. Hay una libertad que viene con nuestro nacimiento, que es la libertad relativa de elegir, no la libertad que vende el mundo que es la de poder escoger entre diferentes marcas de coches, pero la libertad de elegir. Pero hay otra libertad que sólo es fruto del amor de Cristo: es la experiencia del perdón de Cristo, de la experiencia de nuestra indignidad ante el perdón de Cristo. Y ojalá nos conserve el Señor siempre esa conciencia de que “Señor, no soy digno de que entres en mi casa”. No soy digno ni con unos cincuenta años de sacerdote, ni lo podré seguir diciendo el día que vaya a despedirme de este mundo y vaya ante el Señor. No soy digno. Soy cristiano por la Gracia de Dios, pero yo soy un pobre pecador y lo seguiré siendo toda mi vida. Si me creo que no lo soy, entonces soy un hipócrita.

Señor, danos la alegría pura de saber que TU amor vence a todo; que Tu misericordia vence a todo; que eres Amor. No es que tengas amor o sentimientos de misericordia, eso lo piensan los musulmanes, pero no nosotros. Nosotros sabemos que Dios es Amor y eso significa que, en cualquier circunstancia, sea la que sea, en cualquier situación, sea la que se, Dios sólo sabe amar. Dios sólo sabe amar. Dios sólo sabe perdonar.

Mis queridos hermanos o mis queridos hijos, como queráis, que el Señor nos dé la alegría pura de Su Resurrección, que el Señor nos conceda ese don. Es posible que sea esta mi última Pascua de obispo con vosotros, pero precisamente por eso os subrayo esto, porque me parece esencial a la experiencia cristiana. Y cuando nos apartamos de esa luz, nos apartamos de Dios y empezamos a mezclar a Dios con las categorías de los hombres. Que Cristo ha resucitado sólo tiene un equivalente y es la Creación de la nada. ¿Por qué la liturgia de la Pascua empieza con la liturgia de la Creación? ¿Qué tiene que ver que Dios creara el cielo y la tierra con que Cristo haya resucitado? Tiene que ver todo, porque no tiene un paralelo la Resurrección de Cristo más que el hecho de la Creación. En Cristo sucede una nueva Creación, se abre un nuevo mundo. El nuevo mundo donde reina la misericordia de Dios, que es nuestra única esperanza para mí, para vosotros y para el mundo entero. Lo digo en tiempos de guerra y lo digo a las puertas de tiempos que vienen muy oscuros, mucho más oscuros y no sólo por las presiones de un mundo tan inestable en el que estamos, sino porque, efectivamente, vivimos en un mundo que se derrumba. No lo reconocerán nunca la televisión, pero vivimos en un mundo que se derrumba poco a poco, porque los mundos no se derrumban de un día para otro. A veces sí. En ese mundo hay una lucecita tan frágil como la de ese cirio pascual. Tan pequeña que parece tan, tan irrelevante para las cosas grandes del mundo, como la llama pascual. Pero esa llama de ese cirio cruza los siglos, atraviesa las edades, atraviesa los imperios, que caen. Y aquella piedrecita pequeña, no hecha por manos de hombre; esa lucecita pequeña, frágil, que un soplo puede apagar, vence al mal, vence todas las miserias de la Historia; ha abrazado desde Su cruz -que por eso es la Cruz gloriosa, porque ha triunfado en la Resurrección-, a toda la humanidad, y toda la humanidad es toda la humanidad.

Señor, concédenos vivir siempre a esa luz de la Pascua. Concédenos que nuestros días sean transfigurados, transformados por esa luz; que nuestras vidas sean de nuevo recreadas por esa novedad, siempre novedad de la Pascua. Que no nos acostumbremos nunca a ella. Que siempre sea para nosotros una nueva Creación. Yo eso se lo pido al Señor para mí y, porque os quiero mucho, mucho, lo pido para todos vosotros, lo pido para todo el mundo.

Ojalá todo el mundo pudiera reconocer que hay un amor más fuerte que el pecado y que la muerte; que es un amor que no tiene ningún mal del mundo el poder de derrotar, y ese amor que es el amor de Dios (que vencerá, os lo aseguro), que vence a pesar de todas nuestras miserias, que vence ya en el mundo; a pesar de todos los pecados de los hombres, Su abrazo es más fuerte. Si no, no hubiera nacido el Hijo de Dios. ¿O es que Él no sabía que el siglo XX iba a ser un siglo de destrucciones horribles y que los frutos del siglo XX son todavía de destrucciones mayores? Claro que lo sabía. Y sabía el pecado inmenso de la división en la Iglesia. Pero Cristo ha resucitado y esta noche es una noche de alegría pura y de una alegría que no nace de nosotros y de nuestra confianza en nuestras fuerzas, sino que nace solamente de la certeza del triunfo, de Tu amor gratuito, de Tu amor inmerecido, de Tu amor infinito, amor sin límites y sin condiciones.

Ese amor es lo que yo os deseo como vuestra única riqueza, vuestra única posesión. A vosotros, para mí. Esa es la única riqueza de la Iglesia. Para todos. Ojalá todos los hombres pudieran conocerlo y ojalá quienes están cerca de nosotros pudieran conocerlo a través de nosotros.

Que así sea, Señor, concédenoslo.

+ Javier Martínez
Arzobispo de Granada

16 de abril de 2022
Vigilia Pascual
S.I. Catedral de Granada

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