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Programas de Semana Santa 2022

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El cuadro de Valdés Leal vuelve a la Iglesia de San Roque

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Hace unos meses el Museo de Bellas Artes de Sevilla celebraba el IV centenario del nacimiento de Juan de Valdés Leal. El conocido pintor sevillano ha sido motivo de una ambiciosa muestra de sus obras durante el pasado mes de diciembre hasta marzo de este año. Como objetivo marcado, era la revisión de la figura del artista barroco y la puesta al día de las más recientes aportaciones científicas en torno a su vida y su producción, así como la profundización y la reflexión acerca de los rasgos más distintivos de su obra que, en la actualidad, se encuentra dispersa por museos y colecciones de España y el extranjero.

Entre las muestras expuestas en el Museo de Bellas Artes de Sevilla, ha estado la obra Predicación de San Juan Bautista (hacia 1665-1675) ubicada actualmente en el presbiterio de la Iglesia de Santa María Coronada de San Roque, que fue cedida por la parroquia para los meses que ha durado la exposición.

La pintura fue dada a conocer por A. Aranda y F. Quiles en 1999 y restaurada con la colaboración de la Fundación Cepsa en el 2003. Se desconoce la fecha y la llegada a la Iglesia de San Roque , sin embargo, la descripción de Justino Matute sobre un lienzo de la predicación del Bautista por mano del pintor con “dos fariseos que le escuchan en primer término” bien podría referirse a la presente obra. No es la única obra de esta iconografía que el autor enfrentara pues en 1675 terminó de pintar una serie de la vida del santo con siete lienzos grandes y tres sobrepuertas para el Capitán sevillano Juan de la Bárcena. Aunque podría entenderse que la pintura de San Roque fuera uno de los siete lienzos.

Valdés Leal nació en 1622 en Sevilla, su infancia es objeto de numerosas especulaciones, una de las cuales apunta a que pudo ser formado en el taller de Francisco de Herrera El Viejo. Como mínimo, recibió de él una poderosa influencia en sus inicios. Algo más documentada está su marcha a Córdoba, donde se casó con la también pintora Isabel Martínez de Morales y empezó a abordar sus primeros encargos.

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Martes Crismal. «Un día para felicitarnos porque estamos ungidos por el Espíritu y esto es para siempre»

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Este Martes Crismal de 2022 volvió a congregar en la Catedral, a un numeroso grupo de presbíteros provenientes de diferentes puntos de la diócesis. Durante la celebración, presidida por el obispo, los sacerdotes renovaron las promesas que realizaron en el día de su ordenación.

Esta Misa Crismal es una de las principales manifestaciones de la plenitud sacerdotal del Obispo y signo de la unión estrecha de los presbíteros con él. Tradicionalmente, en nuestra diócesis, se celebra el martes y no en la mañana del Jueves Santo, para facilitar la presencia del clero.

En la celebración el prelado nivariense consagró el Santo Crisma que se emplea para el bautismo, la confirmación y la ordenación sacerdotal, y bendijo los óleos de los catecúmenos y de los enfermos.

En la Eucaristía, además, se pidió por los curas fallecidos desde la última Misa Crismal, seis en total: José Enrique Martín, Agustín Yanes, Vicente Cruz, Jorge Manuel Fernández, Antonio Damián Herrera y José Ventura.

Por otro lado, se dio gracias por aquellos sacerdotes que cumplen este año sus bodas de plata y oro en el ministerio presbiteral. En este sentido, están celebrando 25 años de ordenados Víctor Manuel Oliva, Jorge Díaz, Macario Manuel López, Domingo Miguel González, José Emiliano Rodríguez y también el diácono permanente, Celso González. Por su parte, cumplen bodas de oro Santiago Domingo Albertos, Antonio Gómez y Esteban Bolívar.

Monseñor Álvarez, en su homilía destacó que este Martes Crismal, es un día para felicitarnos por diversas razones. “Felicitarnos por nuestra fidelidad y perseverancia en la fe y el seguimiento del Señor. Felicitarnos porque, el Señor sigue haciendo su obra en nosotros, purificándonos y renovándonos constantemente. Felicitarnos porque estamos ungidos por el Espíritu y esto es para siempre. Es una huella indeleble en nosotros, una huella que imprime carácter”.

Posteriormente, el prelado Nivariense desgranó la importancia de las respuestas a las preguntas que se formulan en el día de la ordenación sacerdotal. En este sentido, monseñor Álvarez señaló que todo esto es lo que está detrás de las dos cuestiones que se ponen de relieve hoy para renovar las promesas sacerdotales. “Son sólo dos preguntas y vamos a decir “sí quiero”, por dos veces. ¿Pero qué es lo que queremos? No basta responder, “sí quiero” como fórmula litúrgica. Es necesario que esta celebración nos impulse por la gracia de Dios, a reavivar de una manera operativa en nuestra vida de cada día, el don que hemos recibido y que está en nosotros”.

Por último, monseñor Álvarez invitó a los presentes a orar por las vocaciones.  “Los sacerdotes son de todos y para todos. Hemos de promoverlos, cuidarlos, por la oración, por el amor, con nuestra voluntad de apoyo. No va a haber vocaciones si no hay jóvenes cristianos. Ahí está nuestra tarea de cada día, en la familia, en la catequesis, con los niños y con los jóvenes que el Señor pone en nuestro camino”.

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El Obispo señala que la Misa Crismal, en las puertas del Triduo Pascual, «nos hace presente que Cristo realiza nuestra salvación pasando por la condición de Siervo, a través de la Cruz»

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«Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír (Lc 4,21). Un hoy que nunca se convertirá en ayer, tan actual en la sinagoga de Nazaret como entre nosotros. Cristo, el que es, el que era, y ha de venir, el todopoderoso (Ap 1,8), el ungido por el Espíritu realiza su misión, evangelizando a los pobres, dando libertad a los cautivos, oprimidos, y vista a los ciegos. Él, hoy también, es la fuerza para los que sufren, para los débiles, convirtiendo el óleo que vamos a consagrar en signo eficaz de gracia y salvación en los sacramentos del bautismo, la confirmación, la unción de los enfermos y el orden sacerdotal».

Con estas palabras ha iniciado el obispo de Huelva, Mons. Santiago Gómez, su homilía esta mañana de Martes Santo, 12 de abril, en la Catedral, donde ha presidido la Misa Crismal de consagración del Santo Crisma y bendición de los Óleos de los Catecúmenos y de los Enfermos con una importante presencia del clero diocesano y de fieles.

El Obispo ha explicado que «la unción con óleo está íntimamente unida al misterio de Jesucristo, el nombre de Cristo significa el ungido», añadiendo que «Él estaba ungido con el Espíritu Santo, que lo une como Hijo con el Padre, y por su resurrección lo presenta ante todos los hombres como vencedor del pecado y de la muerte» y «esa es la razón por la cual en los sacramentos el óleo ha adquirido un significado salvífico».

Asimismo, Mons. Santiago Gómez ha recordado que «la celebración de esta Misa Crismal en las puertas del Triduo Pascual nos hace presente que Cristo realiza nuestra salvación pasando por la condición de Siervo, a través de la Cruz». En este sentido, ha expresado que «este es el camino que ha seguido el santificador y la propuesta para los santificados: Así como Cristo realizó la obra de la redención en la pobreza y la persecución, también la Iglesia está llamada a seguir el mismo camino para comunicar a los hombres los frutos de la salvación” (LG 8c). Y «desde esta lógica evangélica tendríamos que asumir como una gracia de Dios la nueva situación histórica que a la Iglesia le toca vivir hoy: una Iglesia con una falta de recursos humanos importante –tanto de pastores como de fieles comprometidos-, y convertida frecuentemente en objeto de desafecto y desprecio», pero «este camino puede ser vivido con una vigorosa espiritualidad por nosotros sacerdotes y por todos los fieles como una oportunidad para configurarnos más perfectamente con Cristo».

El Obispo ha subrayado, igualmente que «la cultura actual nos afecta hasta tal punto que, aun queriendo ser fieles a nuestro ministerio, experimentamos en nuestra vida cotidiana conflictos que nos dividen internamente», relacionados con la fidelidad y la perseverancia, la comunión, la vida obediente y dócil a la palabra de Dios, el celibato y la pureza de corazón o la afirmación con obras y palabras de la existencia del Dios-con-nosotros.

De este modo, «podemos convertir estas luchas, estas divisiones internas y otras que padezcamos, en momentos de gracia. Si los sacerdotes, los diáconos y los laicos cristianos somos capaces de soportar esta confrontación con el mundo, con fidelidad a nuestra vocación, conscientes de cuáles son los frentes en los que se produce el debate real del Evangelio con la cultura dominante, podremos hacer de nuestra pobre y, a veces, amenazada existencia cristiana un testimonio concreto y actual del encuentro del hombre con Dios. Entonces seremos ministros de la santificación y testigos de que la vida de todas las personas, tal como ha sido querida por Dios, es posible y plena», ha indicado.

Desde la Delegación Diocesana para la Liturgia se explica que la Misa Crismal es una celebración propia del Jueves Santo que, en nuestra diócesis, al igual que sucede en muchas otras, se ha trasladado de día para facilitar la asistencia de todos los sacerdotes. Así el Martes Santo en la Misa Crismal concelebra el Obispo y su presbiterio. Es una de las celebraciones en las que se pone de relieve la plenitud sacerdotal del Obispo, que es tenido como gran sacerdote de su grey y como signo y garante de la unión de sus presbíteros con él.

Los sacerdotes renuevan ante el Obispo las promesas que hicieron el día de su ordenación, se lleva a cabo la bendición de los óleos y se consagra el crisma. El óleo es aceite de oliva. En cambio, el crisma es una mezcla de aceite de oliva y perfume. La consagración es competencia exclusiva del Obispo. Dentro del rito de consagración destaca el momento en el que el Obispo sopla en el interior del recipiente que contiene el Crisma (crismera) como signo de la efusión del Espíritu Santo.

El santo crisma y los óleos serán llevados a todas las parroquias donde, de un modo solemne y expreso, son presentados, como expresión de unidad, en la Misa Vespertina del Jueves Santo en la que se conmemora la Cena del Señor.

Como explica el Calendario Litúrgico Pastoral de la Conferencia Episcopal Española, “con el Santo Crisma consagrado por el obispo se ungen los recién bautizados, los confirmados son sellados, y se ungen las manos de los presbíteros, la cabeza de los obispos y la iglesia y los altares en su dedicación. Con el óleo de los catecúmenos, estos se preparan y disponen al Bautismo. Con el óleo de los enfermos, estos reciben el alivio en su debilidad”.

Homilía completa del Obispo

Más información

Semana Santa 2022: celebraciones litúrgicas en la Santa Iglesia Catedral

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El testimonio oculto de fe de las hermandades de Granada

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El testimonio oculto de fe de las hermandades de Granada

Ahora que vivimos el milagro del regreso del olor a incienso en las calles, del paso de las procesiones y las ‘levantás’, resulta también propicio recordar la vida que han tenido las asociaciones públicas de fieles durante el tiempo de confinamiento. Su labor solidaria se incrementó significativamente y sigue llevándose a cabo, dando un testimonio de fe no menos importante.

“Las cofradías no somos solo las procesiones”. Esta es la frase más escuchada cuando uno hablaba con los hermanos mayores o vocales de caridad de las 32 hermandades y cofradías de Granada. Así lo repetían porque el testimonio público de fe de todas ellas no desapareció con la suspensión de las salidas de las estaciones de penitencia.

Contrario a lo que se pueda pensar, las hermandades y cofradías de Granada estuvieron más unidas que nunca durante la situación de crisis. Cuando se decretaba aquel confinamiento que llevó a la sociedad granadina a una inesperada recesión económica, todas ellas decidieron sumar fuerzas para abordar la urgente situación de pobreza.

Coordinadas por la Real Federación, todas se juntaron para poder llegar adonde una sola hermandad no podía llegar con sus propias fuerzas. Atendieron de esta forma a los cientos de personas sin techo que se quedaron especialmente abandonadas durante el confinamiento, así como a los cientos de familias que necesitaron de alimento, ropa o juguetes para los más pequeños. No bastaba con la sala de una sola hermandad, ahora todas debían buscar un local de al menos doscientos metros cuadrados para alojar la gran cantidad de donaciones que les llegaban con las distintas campañas convocadas por la Real Federación.

Ya aseguraba por entonces Fernando Alcalá, vocal de economía de la Real Federación, que las hermandades podrían escribir un libro con la cantidad de historias y anécdotas extraordinarias que podían contar. Lo es después de que todas ellas se las ingeniasen para asistir a la sociedad granadina costeando sus alquileres, pagando facturas de luz, buscando muebles, pañales o mascarillas. Todo ello, por otro lado, sin olvidar la ayuda a sus propios hermanos cofrades, que fueron los primeros en sufrir las consecuencias de la pandemia.

PROYECTO JERICÓ Y UCRANIA

Con esta inestimable labor en forma de esfuerzo, tiempo y cientos de miles de euros empleados, las hermandades y cofradías de Granada siguen trabajando conjuntamente para asistir a los más desamparados de la sociedad granadina. Uno de los últimos ejemplos de su asistencia conjunta ha sido la donación de un centenar de sábanas de invierno a un colegio de huérfanos del Albaicín, así como el pago de cinco camas para una estancia de al menos cinco meses de las personas sin techo que acuden a Proyecto Jericó.

A toda esta ayuda, que muchas hermandades han querido mantener en secreto para salvaguardar la privacidad de muchas de esas familias que reciben su apoyo, se suma ahora la realidad de Ucrania, a la que las 32 hermandades de Granada asistirán también ahora de forma conjunta. Una tarea caritativa que ha supuesto un verdadero sacrificio de muchas de ellas, que no han dejado de necesitar pagar sus coutas de hermandad para el mantenimiento de las mismas. Una labor de caridad a la que también han colaborado los fieles desde portales como www.donoamiiglesia.es o mediante sus aportaciones de la declaración de la Renta.

Ignacio Álvarez
Secretariado de Medios de Comunicación Social

 

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La clemencia de la lluvia permite disfrutar de un Lunes Santo emocionante

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La clemencia de la lluvia permite disfrutar de un Lunes Santo emocionante

Las cofradías del Huerto, el Trabajo, el Cristo de San Agustín, el Rescate y los Dolores recorrieron este lunes la carrera oficial recalando en la S.I. Catedral. Un Lunes Santo único después de dos años sin procesiones, en el que la cantidad de público y el respeto hacia el paso de las imágenes fue notable.

Alta era la expectación de las salidas de las estaciones de penitencia por la ciudad. Así lo manifestaba la inmensa cantidad de gente que poblaron todos los rincones, plazas y calles de Granada.

Hacia las 20 horas llegaba a la reja de la Catedral la Hermandad del Huerto de los Olivos y María Santísima de la Amargura Coronada, que hasta entonces se había sorprendido de la solemnidad de la gente ante el paso de las procesiones. “La cofradía fue muy bien, estuvo muy unida a la gente. En las calles hemos hemos encontrado mucho respeto, sin alboroto. Hubo tramos en que la gente estuvo absolutamente en silencio”, cuenta el Hermano Mayor, Mariano Sánchez.

Aún con la luz del día llegaba la Hermandad de caridad del Santísimo Cristo del Trabajo y Nuestra Señora de la Luz. Lo hacía con un cortejo de casi ochocientas personas, cuyo comportamiento fue digno de elogio y que vivió con la emoción muy a flor de piel. “Fue un momento increíble. Pudimos estar en contacto con el Señor de una forma impresionante. Rozamos el cielo con la punta de los dedos”, dice Ángel Aguilera, Hermano Mayor del Trabajo.

Poco antes de llegar a la iglesia del Corpus Christi, esta cofradía entonó una oración especial que presidió su consiliario, D. José Gabriel Martín, que se acercó a recorrer los últimos tramos de la procesión a altas horas de la noche.

SAETAS Y PETALÁS

Dos años sin salir en Lunes Santo y uno desde la celebración de su Año Jubilar, el paso del Cristo de San Agustín por Granada tuvo un sabor especial. “Había realmente ganas de ver hermandades en la calle y de poder disfrutar de ellas. La gente quizás estaba algo más sobrecogida, había mucho público”, asegura su Hermano Mayor, Vicente Molina, que elogia el comportamiento de su cortejo. “Los hermanos tienen claro donde están y se comportan perfectamente”.

Al Jesús del Rescaté de Granada le llovieron una gran cantidad de ‘pelatás’ durante el recorrido. “A la hermandad le ha impactado muchísimo la cantidad de gente que había. En algunos sitios donde otros años no había gente, en esta ocasión era al contrario”, afirma José Antonio Maroto, Hermano Mayor. “Había ganas de disfrutar de la emoción en la calle. Había gente emocionada cuando pasaba el Cristo”.

Otras cuantas ‘petalás’ y una saeta le dedicaron los granadinos a la Virgen de los Dolores en su paso por la Carrera del Darro, tras salir de su sede de San Pedro y San Pablo. “La verdad es que fue muy emotivo. Esta es la ‘Semana Santa del volver’”, dice Mari Carmen Gervilla, Hermana Mayor de los Dolores, que no dejó de tener presente a todos los fallecidos tras los último dos años. “No dejó de ser una salida dolorosa. Mucha gente ha fallecido por el covid o de muerte natural. No nos olvidamos de esto. También hay mucha gente que se ha quedado sin trabajo o ha perdido algunos familiares o proyectos que tenían”.

Antes de esa entrada en Catedral, y saltando un poco el protocolo, la hermandad ofreció al Vicario la posibilidad de la llamada para hacer la ‘levantá’ a las puertas del templo. Un gesto que acompaña a tantos otros de emoción y alegría por poder volver a vivir un Lunes Santo con los pasos por la calle.

Ignacio Álvarez
Secretariado de Medios de Comunicación Social

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Una cruz para elevar al hombre

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Estamos a las puertas de la Semana Santa, una celebración de impresionante grandeza que nos facilita participar de cerca en los últimos días de la vida de Nuestro Señor Jesucristo, que por su muerte y resurrección nos regala salvación a la humanidad entera, y hace posible un radical cambio de nuestra vida, personal y comunitaria. La historia de nuestros pueblos y sus tradiciones recoge en estos días una manifestación colectiva de fe y de religiosidad popular que nos allana el camino. Además, a nadie que busque sinceramente el sentido de la vida deja indiferente que se presente como redentor de toda la humanidad a un hombre aparentemente derrotado, muerto en el abandono y sufrimiento más extremo.

¿Qué tiene que ver el dolor con la salvación, el sufrimiento con la felicidad?

Se dice que este año viviremos un esperado reencuentro con las procesiones y con celebraciones abiertas. Es cierto que la pandemia y sus consecuencias nos han afectado. Ahora, por añadidura, también nos duele la trágica guerra que produce tanto dolor y destrucción, y el sufrimiento provocado por tantos conflictos sociales y la pobreza. Ante la presencia de tanto mal es imprescindible vivir bien esta semana y encontrarnos con el Señor, con su entrega y su vida que nos llenan de consuelo en la aflicción y de sentido para vivir.

La Pasión y Muerte del Señor Jesús nos sitúa ante la realidad de las maldades cometidas, de nuestras provocaciones contra los demás, ante el misterio del mal. Y su Resurrección nos permite afirmar el triunfo de la bondad y de la vida sobre el pecado y la muerte que llega hasta nosotros. Todo queda asumido en la persona de Jesús, todo encuentra en el su explicación, todo lleva a superar los odios y a realizar el contenido de su enseñanza que es camino para vivir. Intentemos comprender desde lo más intimo la misericordia y compasión de Jesús aceptando la invitación de la hora de Jesús, esa hora de la salvación para nosotros. Para renovar nuestra fe y la misión de la comunidad, estamos llamados a volver a ese inicio, a la Iglesia naciente que vemos en María y Juan al pie de la cruz. Francisco acaba de exhortarnos en Malta a «vigilar para que las prácticas religiosas no se reduzcan a la repetición de un repertorio del pasado, sino que expresen una fe viva, abierta, que difunda la alegría del Evangelio, porque la alegría de la Iglesia es evangelizar». «No nos puede bastar una fe hecha de costumbres transmitidas, de celebraciones solemnes, de hermosas reuniones populares y de momentos fuertes y emocionantes; necesitamos una fe que se funda y se renueve en el encuentro personal con Cristo, en la escucha cotidiana de su Palabra, en la participación activa en la vida de la Iglesia, en el espíritu de la piedad popular».

Necesitamos adquirir la misma mirada de Cristo en lo alto de la cruz ofreciendo el perdón y abriendo el corazón a la misericordia. A el mismo -que se ofrece en sacrificio para la reconciliación- hemos de pedir coraje en la entrega, convicción y esperanza, pues sólo así conseguiremos un mundo mejor y un trato de hermanos entre todos. Contemplemos la realidad actual con interés por transformarla, mejorando nuestras relaciones entre las personas cercanas y lejanas. Cristo mismo es quien se nos presenta en el rostro de tantos hermanos y hermanas que sufren y son crucificados por el dolor, la miseria, la pobreza y la violencia. No nos conformemos con unas relaciones superficiales y vacías de contenido, dejemos que la celebración de los oficios, las procesiones y los actos de piedad nos lleven a lo esencial, para vivir con autenticidad la vida nueva que Jesús nos da. Para poder entrar de lleno en el misterio del amor misericordioso de Dios, el cristiano ha de vivir estos días con espíritu de fe y con recogimiento interior participando plenamente en los actos litúrgicos. Volver al corazón del Señor es redescubrir el centro de la fe, la relación con Jesús, la acogida al prójimo y el anuncio de su Evangelio al mundo entero.

La Semana Santa es la gran oportunidad para reencontrar la misericordia, morir con Cristo y resucitar con Él, para sofocar nuestro egoísmo y volver al amor, pues nos introduce en el «gran paso» hacia la Vida por la muerte y la resurrección realizada plenamente en Cristo y en nosotros sacramentalmente. El canto de los niños hebreos nos introduce en el Domingo de Ramos, profetizando ya la resurrección del Señor. Estos días son «tiempo de la espera del Esposo», como canta la antigua liturgia: «la sala de tu banquete nupcial la veo iluminada, oh mi Salvador; y no tengo vestido nupcial para entrar a disfrutar de tu belleza; Ilumina, Señor, el traje de mi alma y ¡sálvame!, Señor ¡sálvame!». Con este mismo deseo hemos de vivirlo también nosotros, abiertos a la gracia y la salvación de Dios, purificados, llenos de amor al Esposo que da la vida por nosotros y nos abre las puertas del cielo porque ya nos introduce en su corazón en la tierra. Sólo Dios puede elevar al hombre, y esto es lo que Cristo comenzó en la cruz.

Realmente Jesús es el Hijo de Dios

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Un año más nos disponemos a vivir, con toda nuestra fe, el Triduo Pascual en esta Semana Santa de este año 2022.

La Semana Santa es «la Semana grande de los cristianos». En ella conmemoramos los misterios de la Pasión, Muerte y Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo, misterios a través de los que el Señor nos ha rescatado del pecado, nos ha reconciliado con el Padre, ganando nuestra categoría de hijos de Dios.

En este Triduo Pascual, debemos acompañar al Señor en la cena del Jueves Santo; estar a su lado en el momento de la pasión del Viernes Santo; y resucitar con Él a una vida nueva, en la que Dios sea realmente alguien importante para nosotros: Debemos plantearnos nuestra vida desde su mensaje y ser, para cuantos nos contemplen, un verdadero testimonio de vida como seguidores suyos.

Es importante centrar nuestra mirada en cada uno de los personajes de la Pasión, en sus comportamientos y actitudes. Meditar con ellos.

Me gustaría en este año centrar mi mirada en el centurión y en su afirmación: Realmente este hombre era Hijo de Dios (Mc 15, 39).

El centurión no ha reconocido a Jesús haciendo milagros, ni escuchando sus palabras, sino al verlo expirar de aquel modo. Él entendió que, dentro de aquella historia de las relaciones humanas, había acontecido algo totalmente nuevo que sólo podía tener su origen en Dios. El Hijo de Dios había venido a vivir nuestra muerte y nuestra vida para llenarlas de sentido a partir de aquel acontecimiento de la cruz. El centurión entendió que aquella muerte había introducido en el mundo la verdadera vida. Nosotros, contemplando a Cristo, entendemos que aquella muerte no fue un fracaso, sino un triunfo. El fin ignominioso del Señor parecía ser el triunfo definitivo del odio y de la muerte sobre el amor y la vida. Sin embargo, no fue así. En el Gólgota se erguía la Cruz, de la que colgaba un hombre ya muerto, pero aquel Hombre era el Hijo de Dios. Con su muerte Él nos ha rescatado de la esclavitud de la muerte, roto la soledad de nuestras lágrimas, y entrado en todas nuestras penas y en todas nuestras inquietudes (Benedicto XVI).

Dios nos ha donado la cruz para poder atravesar con nosotros el tempestuoso mar de la existencia y hacer así la travesía más segura. La muerte se ha convertido en la suprema manifestación del amor que se dona.

La Cruz nos habla también del misterio del hombre, del misterio de la iniquidad. ¿Quién es el hombre? Personas capaces de pecar, capaces de vivir la enemistad con Dios, manifestada en la soledad de tantos jóvenes instruidos en el más radical individualismo, las desilusiones del más puro materialismo, las violencias, las guerras y el terrorismo que aniquila la vida de tantos inocentes. Pero a la vez, a la pregunta de ¿quién es el hombre? Encontramos que en el Calvario se nos responde diciendo: un pecador perdonado.

Ante el vil asesinato de Jesús, planificado y ejecutado por las autoridades políticas y religiosas, Dios no pudo permanecer callado; Dios en la noche de Pascua rompió su silencio para decirles a los verdugos de todos los tiempos que ellos no tendrán la última palabra. Se escucha con fuerza el grito en todo el orbe que Jesús ha Resucitado. Con la Resurrección de su Hijo, Dios manifiesta que la solidaridad y el amor, que el perdón y la misericordia, que la fraternidad y la igualdad prevalecerán sobre el poder económico y el poder religioso. La Resurrección de Jesús es la advertencia de Dios a toda la humanidad de que la maldad, la violencia, la guerra y la muerte de los fuertes sobre los débiles, de los grandes sobre los pequeños, jamás triunfarán sobre la tierra. Los poderosos de este mundo podrán cantar victoria, pero su triunfo será efímero; por tanto hermanos desbordemos de gozo y con los ángeles gritemos Cristo ha Resucitado.

La resurrección, subraya el Papa Francisco, es una fuerza imparable, entraña una explosión de vida que ha penetrado en el mundo. Donde parece que todo ha muerto, por todas partes vuelven a aparecer los brotes de la resurrección. En medio de la oscuridad siempre brota algo nuevo, que tarde o temprano produce un fruto abundantísimo.

Es el Resucitado quien nos ilumina con su luz y nos alienta a seguir luchando y defendiendo la afirmación de la dignidad inviolable de todo ser humano desde su concepción hasta su muerte natural; la integridad de los derechos fundamentales que le son inherentes y la comprensión solidaria del bien común.

Es él quien nos invita y nos llama a hacer crecer un amor compasivo con todos los que sufren; un amor suplicante para que ablande los corazones de todos los hombres endurecidos por el odio, la violencia, la intolerancia y la mentira; un amor esperanzado en la posibilidad de que crezcan jóvenes pensantes y defensores de la verdad y la paz.

En estos días de Semana Santa estamos invitados a Acoger a María en nuestra casa como el discípulo amado para que nos enseñe la profundidad de los misterios de Pasión, Muerte y Resurrección de su Hijo. Ella, como Madre, nos confirma que Dios está de nuestra parte y con Ella, podemos comprobar, que Dios es nuestra fortaleza.

Atravesado el pórtico del Domingo de Ramos os deseo que viváis con gran devoción el Triduo Pascual y con alegría desbordante la Pascua de Resurrección. ¡Feliz Pascua de Resurrección!

Las Palmas de G.C., 11 de abril de 2022.-

+ José Mazuelos Pérez

Obispo de Canarias

 

Homilía de mons. Saiz Meneses del Martes Santo

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Homilía Misa Crismal 12 de abril de 2022   

  Mons. José Ángel Saiz Meneses. Catedral de Sevilla

Saludos: Queridos hermanos presentes en esta celebración: don Juan José, hermano en el episcopado, vicario general, vicarios episcopales, secretario general, arciprestes, delegados, presbíteros y diáconos, miembros de la vida consagrada, miembros del laicado; queridos todos, hermanas y hermanos. Estamos reunidos para celebrar la Misa Crismal, en que se reúnen los sacerdotes que forman el presbiterio en torno al pastor de la diócesis.

En una celebración tan llena de significado y contenido doy, en primer lugar, gracias a Dios, y también os quiero agradecer hermanos presbíteros y diáconos vuestra respuesta a la llamada de Dios y vuestro trabajo en toda la archidiócesis, en las parroquias y en los diferentes ámbitos pastorales, en tantas actividades en las que ponéis alma, vida y corazón acompañando pastoralmente las personas y las comunidades. Un agradecimiento grande y sincero, consciente de que en los últimos cursos las circunstancias han sido particularmente difíciles, y de que aún no hemos llegado a una normalidad pastoral plena.

 La Liturgia de la Palabra de hoy contiene una síntesis del Misterio Pascual y de la Historia de la Salvación. Las lecturas se centran en Cristo. La segunda, del libro del Apocalipsis, nos lo presenta como el “testigo fiel”, el “Primogénito de entre los muertos”, como el “Príncipe de los reyes de la tierra”, como aquel que “nos ha liberado de nuestros pecados por su sangre”. Jesucristo, Redentor del hombre y del mundo; Jesucristo, Redentor de la historia.

El Evangelio muestra el episodio en el que Jesús fue a Nazaret y entró en la sinagoga, como era su costumbre los sábados. Lee y comenta el fragmento del profeta Isaías que hemos escuchado en la primera lectura. En la sinagoga todos los ojos estaban fijos en Él esperando sus palabras. Su comentario será breve y definitivo: “Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oir”. Las palabras de la Escritura se han cumplido, porque en medio de vosotros está el Ungido, el Mesías, el enviado de Dios.

La unción es el símbolo de la efusión del Espíritu Santo. Hoy bendecimos los aceites que se utilizarán en la unción: el santo crisma, el óleo de los catecúmenos y el óleo de los enfermos. De esta forma confesamos que Cristo, que posee la plenitud del Espíritu Santo como Hijo de Dios y Redentor del mundo, enriquece de su plenitud a la Iglesia, y por medio de ella llena de bienes a todas las personas que abran el corazón a su salvación. Esta acción salvadora se lleva a cabo a lo largo del espacio y del tiempo a través de la Iglesia, que administra los sacramentos, signos de gracia y salvación.

Hoy celebramos la fiesta de nuestro sacerdocio y recordamos también la unción que recibimos en la ordenación. Esta unción significa el poder del Espíritu Santo, que el sacerdote recibe para celebrar la Eucaristía, para absolver de los pecados, para transmitir la fe y consolar a los afligidos, para edificar a la Iglesia como comunidad de fe y amor, como comunión que vive y anuncia la buena nueva del amor de Dios.

La liturgia que hoy celebramos nos presenta a Nuestro Señor Jesucristo en la triple función de Sacerdote, Profeta y Rey. Nosotros participamos de su sagrado ministerio y por eso participamos con fe en la liturgia de bendición de estos óleos que servirán para ungir a los catecúmenos en el bautismo, los bautizados que reciban la confirmación, los enfermos en su dolor, y finalmente, los candidatos al sacerdocio.

Nosotros hemos sido ungidos al servicio de los hermanos, al servicio del pueblo de la Nueva Alianza sellada por la sangre de Cristo. Nuestras manos fueron ungidas en la ordenación para que con la fuerza del Espíritu Santo y conformados a imagen de Cristo demos testimonio de fidelidad y amor, entreguemos la vida por el Señor y por los hermanos.

El Jueves Santo recordaremos la institución de la Eucaristía. Para celebrar el sacrificio eucarístico hemos sido ungidos en el sacramento del orden. Como dispensadores de la Eucaristía nos convertimos en servidores de Jesucristo y de todo el pueblo de Dios. Hoy lo recordamos especialmente con una profunda actitud de acción de gracias al Señor, que nos hace partícipes de su plenitud.

La finalidad de la Eucaristía es que lleguemos a vivir una comunión plena con Cristo tal como expresa la alegoría de la vid y los sarmientos, tal como san Pablo lo refería a los cristianos de Galacia cuando afirma: “Vivo, pero no soy yo el que vive, es Cristo quien vive en mí. Y mi vida de ahora en la carne, la vivo en la fe del Hijo de Dios, que me amó y se entregó por mí” (2,20). Esto se realiza por la presencia y la acción poderosa del Cuerpo de Cristo. Debemos vivir cada día más ese sentido de la Eucaristía como encuentro, como presencia, como comunión real con Cristo. Debemos, asimismo, transmitirlo a nuestras comunidades, a nuestros fieles, que están llamados a vivir también esta relación con Jesucristo.

El Jueves Santo es el día del nacimiento de nuestro sacerdocio y también es el día de la institución de la Eucaristía. Hoy renovaremos las promesas que hicimos el día de la ordenación. Estas promesas nos afianzarán en nuestra vida sacerdotal y reavivarán el deseo de una entrega generosa para servir al pueblo de Dios allá donde seamos enviados a ejercer nuestro ministerio. Nos acompañan en esta celebración numerosos fieles de la archidiócesis. Mientras renovamos las promesas sacerdotales nos encomendamos también a su oración, para que seamos fieles a nuestra llamada, a la vocación que hemos recibido de Dios para el bien de la Iglesia y del mundo.

Hoy renovamos las promesas sacerdotales conscientes de la grandeza del don de Dios y conscientes, asimismo, de nuestra pobreza e indignidad. Al renovarlas, pedimos la gracia de la fidelidad, la gracia de la perseverancia, la gracia de estrenar cada día nuestro sacerdocio con ilusión renovada. Al renovarlas, pedimos también a Dios que el don de la vocación sacerdotal sea acogido generosamente por el corazón de todos los jóvenes que Cristo hoy sigue llamando para que dejándolo todo, le sigan para estar con Él y para ser enviados a predicar la Buena Nueva del Reino.

Renovamos en nuestros corazones la ordenación sacerdotal, reavivamos la gracia del sacramento. Renovamos las promesas de conformarnos cada día más y mejor al Señor Jesús, de renunciar a nosotros mismos, de amar a la Iglesia y de cumplir los deberes sagrados. Renovamos los compromisos de ser fieles dispensadores de los misterios de Dios, de predicar la Palabra imitando a Cristo, de dar la vida en servicio de los hermanos. Junto con el Señor, que nuestra vida sea llevar la Buena Nueva a los desvalidos, proclamar a los cautivos la libertad, devolver a los ciegos la luz, proclamar el año de gracia del Señor. Con actitud de servicio, como el Señor, que no vino a ser servido, sino a servir.

Que esta eucaristía nos ayude a vivir cada día más generosamente nuestro ministerio sacerdotal, confiados en el Señor, apoyados también en nuestra fraternidad sacerdotal. Que la conciencia de su presencia entre nosotros, día tras día hasta el fin del mundo, sea consuelo y esperanza en todas las circunstancias. Que nuestra existencia sea una existencia profundamente agradecida y entregada hasta el extremo, orientada hacia Cristo, en la escuela de María Santísima, Madre de los sacerdotes. Ella es, en todo momento, consuelo y fortaleza, Madre y Maestra que nos enseña y nos ayuda a vivir unidos a su Hijo Jesús. Que así sea.

+ José Ángel Saiz Meneses

Arzobispo de Sevilla

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Mons. Lorca pide a los sacerdotes cercanía a Dios, al resto del presbiterio, al obispo y al Pueblo de Dios

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El obispo ha presidido la celebración en la que los presbíteros han renovado sus promesas sacerdotales, y se ha consagrado el Santo Crisma y bendecido los óleos con los que se ungirá a catecúmenos y enfermos.

El repique de las campanas de la catedral anunciaba a la ciudad de Murcia que esta mañana de Martes Santo es importante para la Iglesia diocesana, ya que tiene lugar la celebración de la Misa Crismal, en la que el presbiterio diocesano renueva sus promesas sacerdotales, y se consagra el Santo Crisma y se bendicen los óleos con los que se ungirá a catecúmenos y enfermos.

El obispo de Cartagena, Mons. José Manuel Lorca Planes, ha presidido la celebración, acompañado por el arzobispo emérito de Burgos, Mons. Francisco Gil Hellín; el Cabildo Catedralicio, los vicarios episcopales y gran número de sacerdotes. Especialmente a ellos, a los presbíteros, ha dedicado las palabras de la homilía, hablándoles sobre todo de la importancia de la cercanía para su ministerio. Para ello ha utilizado las palabras del Papa Francisco, quien destaca que el sacerdote debe estar cercano a Dios, a través de la oración diaria; a los hermanos sacerdotes, «con un estilo fraterno, caritativo, austero, con respeto, colaboración mutua, disponibilidad y generosidad»; cercano también al obispo, como vínculo que une en comunión; y cercano «a la gente, para convocar a la comunidad y ayudarla a crecer en el sentimiento de pertenencia al Santo Pueblo de Dios».

El obispo ha querido que sus primeras palabras de esta celebración diocesana hablaran de paz: «Comenzamos hablando de paz, porque es urgente en estos momentos de nuestra historia, aunque esta ha sido siempre la tarea más significativa de la Iglesia… Esta misma es la paz que os deseo, la paz que nos da el Señor, la que se nos pide como respuesta y como estilo de vida».

Al finalizar la homilía, los presbíteros han renovado junto al obispo sus promesas sacerdotales. Durante la plegaria eucarística, Mons. Lorca ha bendecido el óleo de los enfermos y al finalizar la oración de después de la comunión ha bendecido el óleo de los catecúmenos y ha consagrado el Santo Crisma, derramando aromas sobre el aceite. Con este Crisma serán ungidos los bautizados, confirmados y los ordenados para el ministerio sacerdotal; y también se consagrarán con él los altares y las iglesias.

Mons. Lorca ha pedido a los fieles presentes en la celebración, y a quienes han podido seguirla a través de Popular Televisión, que recen por los sacerdotes, especialmente por los enfermos y ancianos, y por los quince que han fallecido este curso. También ha tenido un recuerdo especial para los nueve presbíteros que participaban hoy por primera vez en esta Misa Crismal.

Homilía del obispo de Cartagena Fotografías de Susana Mendoza y Cristina Celdrán Galería de imágenes

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