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Funeral del Rvdo. Francisco Ruiz Fernández

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Homilía pronunciada por Mons. Jesús Catalá el 13 de agosto de 2022 en la parroquia de San Andrés Apóstol de Torre del Mar. durante el funeral del Rvdo. Francisco Ruiz Fernández

FUNERAL DEL RVDO. FRANCISCO RUIZ FERNÁNDEZ

(Torre del Mar, 13 agosto 2022)

Lecturas: Ez 18, 1-10.13b.30-32; Sal 50, 12-15.18-19; Mt 19, 13-15.

1.- El juicio justo de Dios 

Queridos hermanos, se han proclamado hoy las lecturas que la liturgia nos ofrece en este tiempo ordinario del sábado de la semana diecinueve. La Palabra de Dios resuena siempre en nuestros corazones de manera nueva y estimulante.

El pueblo de Israel pensaba que las culpas y pecados de los padres cargaban sobre los hijos: «Los padres comieron agraces y los hijos tuvieron dentera» (Ez 18, 2). Era un proverbio asumido, una idea aceptada.

Pero Dios estaba en contra de ese parecer y revela a través del profeta que cada cual recibiría premio o castigo según su propia conducta (cf. Ez 18, 5-8): «si se comporta según mis preceptos y observa mis leyes, cumpliéndolas fielmente: ese hombre es justo, y ciertamente vivirá» (Ez 18, 9); pero si comete contra su prójimo malas acciones morirá y será responsable de su propia muerte (cf. Ez 18, 13).

Aquí hay que entender el término “muerte” de dos maneras: la primera se refiere a la muerte temporal, por la que todos tenemos que pasar y que nuestro hermano Francisco acaba de traspasar hacia la eternidad; y la otra acepción se refiere a la muerte eterna, que consiste en vivir alejado de Dios para siempre y es la muerte que debemos temer. 

2.- Examen sobre el amor

La muerte temporal de nuestro hermano Francisco, sacerdote, nos recuerda el juicio de Dios sobre nuestra vida, que marcará para nosotros la vida eterna o la muerte eterna. Seremos juzgados según nuestros propios actos personales. Ciertamente tenemos una corresponsabilidad como seres humanos, como creyentes, como familias, como parroquianos, como miembros de la Iglesia; pero es cierto que cada uno de nosotros somos los responsables de nuestras acciones.

Y como dice san Juan de la Cruz: “Al atardecer de la vida, te examinarán del amor”. No nos examinarán de los proyectos que tenemos previstos, ni de ideas fabulosas, ni de si hemos conseguido lo que el mundo aprecia: honores, títulos, poder. Se nos va a examinar solo de cómo hemos vivido el amor. La vida del sacerdote Francisco nos puede ayudar a examinarnos sobre cómo estamos viviendo el amor.

3.- Invitados a vivir en la eternidad

Estamos todos llamados a vivir en la eternidad. El profeta Ezequiel nos ha recordado que quien observa los mandatos del Señor «ciertamente vivirá» (Ez 18, 9). Este vivir se refiere a la eternidad, que nuestro hermano Francisco acaba de entrar en ella; ha dejado el tiempo y ha pasado a la eternidad.

Dios desea que el pecador se arrepienta y viva junto Él por toda la eternidad, como recuerda el profeta Ezequiel: «Yo no me complazco en la muerte de nadie ‒oráculo del Señor Dios‒. Convertíos y viviréis» (Ez 18, 32); es decir, viviréis para siempre junto al Amor, junto a la Belleza, junto al Infinito, junto al Eterno.

El Salmo, que hemos rezado, es una oración del pecador que pide a Dios el perdón y una vida nueva: «Oh Dios, crea en mí un corazón puro, renuévame por dentro con espíritu firme» (Sal 50, 12). Ésta es la oración que pedimos hoy por nuestro hermano. ¡Querido Paco, que Dios te renueve! ¡Que te haga renacer a la vida eterna! Ésta es nuestra oración por ti.

La felicidad plena y eterna consiste en vivir junto a Dios; por ello dice el salmista: «No me arrojes lejos de tu rostro, no me quites tu santo espíritu» (Sal 50, 13). Queremos estar junto a Dios, que es la luz inmarcesible, el amor y que solo Él puede ofrecer la felicidad plena.

Hoy pedimos al Señor por nuestro hermano Francisco, sacerdote, para que lo acoja en su reino de inmortalidad y de paz; para que le regale la alegría de la salvación (cf. Sal 50, 14); para que le colme de sus bendiciones y le llene el corazón del amor y de la felicidad que tanto ansiaba cuando vivía entre nosotros en este mundo.

4.- Ser como niños ante Dios

Según el evangelio de hoy, cuando le presentaron unos niños a Jesús para que les impusiera las manos y les bendijera (cf. Mt 19, 13), los apóstoles les regañaban. 

Pero Jesús les dijo: «Dejadlos, no impidáis a los niños acercarse a mí; de los que son como ellos es el reino de los cielos» (Mt 19, 14); y les impuso las manos (cf. Mt 19, 15).

No impidamos a nadie que se acerque a Jesús. En los “niños” estamos reflejados todos, porque todos somos criaturas del Señor; los más inocentes tienen derecho a estar cerca del Señor. Es posible que, a veces, apartemos del Señor a los “niños”, la gente sencilla, los pobres, los necesitados, los pobres, los enfermos, los ancianos, los desahuciados.

Nuestro hermano Francisco ha vivido una especie de “infancia espiritual”, sintiéndose hijo amado de Dios, “niño” amado por el Padre celestial; y ha sido un instrumento suyo para llevar a Dios a las personas que encontraba en su vida.

5.- Agradecimiento

En esta eucaristía queremos agradecer su vida, dedicada a los demás; y su ministerio sacerdotal, que ejerció con dedicación y entrega, pendiente sobre todo de los “niños” de Dios, de los más necesitados y débiles. 

Francisco tenía “un débil”, una inclinación especial, por los débiles. Así se lo dije un par de días antes de su partida de entre nosotros, cuando le visité en la clínica: “Paco, gracias, por haberte dedicado a tanta gente necesitada”.

Quiero agradecer la presencia de los sacerdotes. Algunos no han podido venir personalmente y me han pedido que lo dijera; pero se han unido espiritualmente con la oración a esta celebración exequial. Todo sacerdote es presencia amorosa de Dios, que bendice a los “niños”. ¡Queridos sacerdotes, bendigamos a los “niños” en esas facetas que hemos dicho!

¡Queridos fieles, bendecid a los “niños”; estad cerca de los que más lo necesitan!

¡Querido hermano Francisco, sacerdote, gracias!

Pedimos a la Santísima Virgen María que lo acompañe a él a las moradas eternas y que a nosotros nos mantenga gozosos y fieles en la fe que profesamos y en el Amor de Dios. Amén.

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Semblanza de Francisco Ruiz

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Semblanza leída por el deán de la Catedral, Antonio Aguilera, en la Misa Corpore Insepulto del sacerdote Francisco Ruiz Fernández fallecido el 12 de agosto de 2022 a la edad de 81 años

El Señor ha llamado a vivir definitivamente junto a sí a nuestro muy querido hermano sacerdote Paco Ruiz Fernández. Con el Señor, con quien tanto ha hablado y de quien tanto ha hablado siempre a los demás, ahora vive una entrañable cercanía. Hoy puede cantar con el Salmo: He visto tu rostro, Señor.

No tengo palabras para hablar de Paco suficiente y adecuadamente; palabras con las que poder recoger los sentimientos que muchos de vosotros ahora sentís, porque él entró muy de lleno en vuestra vida. La Eucaristía que celebramos, el memorial de la Muerte y Resurrección del Señor, es hoy una acción de gracias por la vida de Paco entregada, como la del Señor, hasta el final y compartida con los hermanos, como la del Maestro con sus discípulos.

Mis palabras son sólo un esbozo de lo que ha sido Paco para nosotros: un esbozo que cada cual puede completar con sus recuerdos personales del sacerdote y amigo, porque Paco ha vivido con intensidad, como todo en su vida, estas dos realidades: sacerdocio y amistad. 

Una intensa biografía

Paco ha sido un hombre de intensidad. Sí, intensamente ha vivido, intensamente nos ha querido… Así lo habéis expresado muchos de vosotros a lo largo de su vida y de forma muy especial en estos últimos días suyos entre nosotros.

Intensa biografía que se abrió a la vida en Periana el 25-06-1941, en una familia sencilla y trabajadora, como tantas familias de entonces. Sus padres, Manuel y Dolores, que siempre vivieron con él, tuvieron dos hijos: Paco y Dolores. De niño ingresó en el Seminario, cursó muy bien los estudios eclesiásticos y fue ordenado sacerdote el 13-01-1968.

Sus encargos como párroco fueron en los pueblos de Vva. del Trabuco; Carratraca; Santa Rosalía-Maqueda; Canillas de Aceituno, Sedella y Salares; Torrox; Vélez-Málaga; Viñuela, Trapiche y anejos; Torre del Mar; y en Málaga ciudad: parroquias de S. Fernando (con especial atención a Los Asperones) y Ntra. Sra. de Gracia. Lugares todos donde Paco se entregó por completo: los feligreses de estas parroquias lo saben muy bien.

En distintos momentos, además o a la vez que párroco, tuvo las responsabilidades de consiliario de la JARC, de la HOAC y de ENS; miembro del Consejo Episcopal, y del Consejo de Asuntos Económicos; Arcipreste; Ecónomo Diocesano, y Vicario Episcopal Territorial de la Costa Oriental y Vicario Episcopal de Ronda, Álora y Antequera.

Su afán ha sido siempre desvivirse para dar vida. Unas veces habrá acertado de lleno; otras, quizás habrá acertado menos; pero su afán siempre era ayudar: ayudar a las familias, a los matrimonios, a los niños, a los jóvenes, a los adultos, al que estaba en la droga (¡cuánto trabajó con Proyecto Hombre!), al que estaba en la cárcel o salía de ella, a los enfermos en el hospital o en sus casas… ¡a todos!

Un epitafio: Evangelio vivo con pies de cura

Como decía alguien de vosotros, en el pasillo del hospital Quirón comentando la vida de Paco: En Paco ha sido cierto lo que quería san Manuel González de los curas: que fueran –que fuéramos- “evangelios vivos con pies de cura”.

Este podría ser un hermoso epitafio de la vida de Paco: “Evangelio vivo con pies de cura”.

Cada sacerdote es discípulo y apóstol. Pero en Paco, se hacía especialmente presente el estilo apostólico de Pablo, «el primer apóstol después del Único», y en él se hicieron vivencia pastoral los consejos de Pablo a los romanos: Bendecid siempre, no maldigáis. Alegraos con los que se alegran; llorad con los que lloran (Rm 12,14-15).

Paco tenía la inteligencia y la sabia habilidad de estar con todos en sus más diversas circunstancias de vida, en los días de gozo y en los días de dolor. Seguro que todos lo hemos sentido así, ¿verdad?

En estos días, en el Himno de Laudes, hemos rezado: Quien entrega su vida por amor, la gana para siempre. Palabras que nos traen a la memoria la hermosa cita evangélica: El que pierda su vida por mi causa, la encontrará” (Mt 10,39).

Qué duda cabe que Paco, como Pablo de Tarso, ha gastado su vida por el evangelio. Lo hemos visto mil veces: Paco ha vivido dando su vida, no se ha reservado nada para sí.

También intensidad en el dolor

El dolor ha agarrado intensamente a Paco a lo largo de su vida. Y especialmente en esta etapa final suya, que todos nosotros conocemos.

Intenso dolor fue cuando en accidente murió su hermana. Quedaron su cuñado y tres hijos. Al poco fallecieron su sobrino, adolescente, y luego su cuñado, dejando a las dos sobrinas pequeñas. Paco y sus padres, asumieron con preciosa dedicación la responsabilidad de ellas dos. La intensidad del dolor se alía con la intensidad del amor.

Y vivió intensamente también la propia enfermedad suya: su corazón se resentía y tres bypass tuvieron que ser necesarios. Quizás esto mermó sus posibilidades de trabajo, pero nunca sus ganas de trabajar. De la forma que le era posible, siguió siempre en la brecha: hasta los últimos días, con sus mensajes en las redes, queriendo llevar el evangelio a todos, en todo momento, de la forma que estuviera a su alcance. 

Dos pasiones unidas

Paco ha vivido muy intensamente sus dos pasiones: el Evangelio y la historia de cada hombre y mujer que se han cruzado en su camino. Paco, ha sido un hombre de Dios y un hombre de la gente. 

 ¿Puede decirse algo mejor de un cura? Quizás todos vosotros podéis completar este esbozo de biografía, registrando en la memoria del corazón vivencias compartidas.  

Pero ahora, obsequiemos su memoria y demos gracias a Dios en esta

Eucaristía por la vida de Paco, que ya estará conversando con el Señor y… quizás… discutiéndole algo.

¡Gracias, Señor, por este hermano que nos diste!

– – – – – – – –            

Y gracias, en nombre de los que somos iglesia de Málaga, a todos los que habéis atendido a Paco siempre y, de forma tan generosa, en este tiempo de sus últimas jornadas.

Y muchas gracias también al personal de las dos residencias donde ha vivido finalmente: la Residencia Sacerdotal y la Residencia del Buen Samaritano.  ¡Muchas gracias a todos!

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Homilía de mons. Saiz en el séptimo día de la novena a la Virgen de los Reyes (12-08-22)

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Homilía de mons. Saiz en el séptimo día de la novena a la Virgen de los Reyes (12-08-22)

Beata Victoria Díez.
María, Causa de nuestra alegría

Saludos. Queridos hermanos y hermanas que participáis en esta celebración: Señor Deán Presidente y miembros del Cabildo Catedral; sacerdotes concelebrantes, diáconos, miembros de la vida consagrada; Asociación Virgen de los Reyes y San Fernando; hermanos y hermanas presentes. Día séptimo de nuestra Novena, en que celebramos la fiesta de la beata Victoria Díez. Nacida en Sevilla en 1903, laica católica, maestra miembro de la Institución Teresiana. Víctima de la persecución religiosa durante la Guerra Civil Española, fue asesinada en Hornachuelos. Beatificada por Juan Pablo II el 10 de octubre de 1993. Ejemplo vivo de apertura al Espíritu y de fecundidad apostólica. La vivencia de su unión con Cristo le llevaba a ser santamente intrépida y a transmitir una alegría contagiosa. Hoy reflexionaros sobre María, causa de nuestra alegría.

El anhelo de alegría está presente en lo más profundo del corazón humano: la sentimos al contemplar la belleza de la creación, con la lectura de una creación literaria, la audición de una pieza musical, la admiración de una obra del arte o el visionado de una buena película. También se percibe después del trabajo bien hecho y del deber cumplido, así como por los logros profesionales y la posibilidad de construir proyectos para el futuro; nos alegra igualmente comprobar nuestro crecimiento como personas, y la adquisición de conocimientos y habilidades.

Si profundizamos un poco, vemos que mayor alegría todavía nos produce vivir el amor en familia y la amistad compartida; realizar un acto de servicio solidario, sacrificarnos por los demás; del mismo modo, la sensación de que la vida es útil y fructífera, de que vale la pena vivirla, así como la eternidad que nos espera; por último, experimentamos la alegría que brota de la comunión con Dios y con los demás, de saber que la vida procede de Dios, que no es el fruto de una casualidad ciega, sin sentido, sino de un designio de amor.

El amor infinito de Dios se manifiesta plenamente en Jesucristo. En él se encuentra la verdadera alegría. Desde el momento en que Dios Padre empieza a revelar en la historia su designio de salvación, este gozo se anuncia misteriosamente al Pueblo de Dios. Abrahán vivirá las primicias de esta alegría que se comunica después a lo largo de la historia profética del antiguo Israel, que la vive como experiencia exultante de liberación y restauración.

Es la alegría de la salvación que se percibe desde las primeras páginas del Evangelio. En la Anunciación, el arcángel Gabriel comienza diciendo: «¡Alégrate!» (Lc 1,28). En la Visitación, Juan Bautista salta de gozo en presencia de Jesús, cuando aún estaba en el seno de su madre. Cuando nace en Belén, el Ángel del Señor dice a los pastores: «Os anuncio una buena noticia que será de gran alegría para todo el pueblo: hoy, en la ciudad de David, os ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor» (Lc 2,11). Y los Magos que buscaban al niño, «al ver la estrella, se llenaron de inmensa alegría» (Mt 2,10). El motivo de esta alegría es la cercanía de Dios, que se ha hecho uno de nosotros.

María vive de una manera especial el misterio de la alegría cristiana. Llena de gracia, Madre del Salvador, desborda de gozo ante su prima Isabel que alaba su fe: «Proclama mi alma la grandeza del Señor se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador… Desde ahora me felicitarán todas las generaciones» (Lc 1, 46-48). Ella mejor que ninguna otra criatura, ha comprendido que Dios hace maravillas: su Nombre es santo, muestra su misericordia, ensalza a los humildes, es fiel a sus promesas. Ella medita hasta los más pequeños signos de Dios, guardándolos dentro de su corazón.

María no ha sido eximida de los sufrimientos: está presente al pie de la cruz, y es madre de dolores, pero después vivirá de manera incomparable la alegría de la Resurrección; también ha sido elevada, en cuerpo y alma, a la gloria del cielo; es la Hija amadísima de Dios y, en Cristo, la Madre universal. Es el modelo perfecto de la Iglesia terrestre y glorificada. Junto con Cristo, recapitula todas las alegrías, vive el gozo perfecto prometido a la Iglesia. María Santísima, Nuestra Señora de los Reyes es causa de nuestra alegría porque es la madre de la fuente de la alegría: Jesucristo[1].

La alegría es fruto del amor, nace de él y es una forma suya. Santo Tomás de Aquino enseña que «el gozo no es una virtud distinta de la caridad, sino cierto acto y efecto de la misma»[2]. La alegría del amor se vive en la constancia, en la responsabilidad, en el desarrollo de las capacidades y talentos que Dios ha concedido, así como en la fidelidad a los compromisos; también en la generosidad, en la solidaridad, en el servicio al bien común, en la colaboración para que la sociedad sea más justa y humana; por último, la alegría del amor se encuentra en la comunión fraterna, que hay que construir y sostener. El libro de los Hechos de los Apóstoles describe que los primeros cristianos «partían el pan en las casas y tomaban el alimento con alegría y sencillez de corazón» (Hch 2,46).

El cristiano, aunque deba afrontar sufrimientos y pruebas a lo largo de la vida, nunca está triste porque encuentra la paz interior y la alegría en la presencia de Cristo resucitado[3]. El Señor lleva a cabo la obra de la salvación a través de su misterio pascual, que comporta el sufrimiento y la cruz. Él ha vencido al mundo con su pasión, muerte y resurrección. María, la Madre, está unida a Él en todo momento, y en el Calvario experimentará el cumplimiento de la profecía que hizo el anciano Simeón cuando presentaron a Jesús en el Templo de Jerusalén. El dolor ofrecido por amor contiene una fuerza salvadora incalculable en la misión de Cristo y en la misión de la Iglesia.

El dolor y la alegría encuentran su vinculación y su eficacia en el trabajo apostólico. Así lo expresa san Pablo: «Ahora me alegro de mis sufrimientos por vosotros: así completo en mi carne lo que falta a los padecimientos de Cristo, en favor de su cuerpo que es la Iglesia» (Col 1,24). El dolor no es una carga inútil, deprimente, un lastre existencial que se debe evitar a toda costa, o como mucho, soportar con resignación. Se puede convertir en colaboración eficaz en la obra de la salvación si se une a la cruz de Cristo; se convierte en fuente de salvación, en fuente de santificación personal, y en fuente de una alegría que nada ni nadie es capaz de arrebatar.

El cristiano se convierte en testigo y mensajero de alegría desde su experiencia del amor de Dios, y trasmite a los demás el gozo de haber encontrado a Cristo. Conocemos a muchas personas que viven sumergidas en la tristeza, en la angustia, en el hastío; personas que materialmente lo tienen todo, pero que han perdido el sentido de la vida y el gozo de vivir; personas que lo han probado todo y que están cansadas de casi todo. Los bienes materiales, los avances científicos y tecnológicos, las situaciones de poder, las posibilidades de placer, etc., no acaban de saciar la sed de felicidad que anida en lo profundo del corazón humano. Por eso es tan urgente que el cristiano ofrezca un testimonio luminoso de esperanza, que sea transmisor de una alegría sencilla y contagiosa que despertará no pocos interrogantes a su alrededor.

La alegría es característica de la vida cristiana auténtica, aunque no falten pruebas y dificultades en el camino, y tiene una gran fuerza evangelizadora. El cristiano es una persona feliz, que avanza por la vida con confianza, sin temor, tranquilo y feliz como un niño en los brazos de su madre (cf. Sal 131), experimentando el amor de Dios; recorre el camino en la compañía de los hermanos, en familia, en comunidad, en Iglesia, por eso nunca está solo, y se convierte en mensajero de alegría. Nuestra Señora de los Reyes, causa de nuestra alegría, es la Madre que nos guía en el camino. Así sea.

[1] Cf. SAN PABLO VI, Gaudete in Domino, n. 34.
[2] Cf. Santo Tomás de Aquino, o.c., II-II, 28, 4.
[3] Cf. San Juan Pablo ii, Salvifici doloris 25-27.

+ José Ángel Saiz Meneses
Arzobispo de Sevilla 

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Monseñor Rico Pavés anuncia fechas importantes para el curso 2022/2023

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Querida familia diocesana:

En medio del verano, permitidme unas letras para anunciar unas fechas importantes relacionadas con el inicio del próximo curso pastoral 2022/2023.

– El Consejo Europeo de Conferencias Episcopales nos invita a través de nuestra Conferencia Episcopal Española a participar en la Jornada de oración por Ucrania que se celebrará, D.m., el próximo 14 de septiembre, Fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz.

– El sábado 17 de septiembre, a las 10:30h., los nuevos cargos de la Curia Diocesana realizarán en el Obispado la Profesión de fe y el Juramento de fidelidad.

– El sábado 24 de septiembre, fiesta de Ntra. Sra. de la Merced, Patrona de la Ciudad de Jerez, entrará en vigor el Decreto Cor Iesu que actualiza la configuración de la Curia Diocesana.

– El jueves 29 de septiembre, por la mañana, en la apertura del curso académico de la Facultad de Teología San Isidoro de Sevilla, se formalizará la afiliación de nuestros Institutos Teológicos a esta Facultad.

– El sábado 1 de octubre, mañana y tarde, celebraremos la Jornada de inicio del Curso pastoral diocesano 2022/2023 en la S.I. Catedral y el Colegio Ntra. Sra. del Rosario (Beaterio), en la que se realizará el envío de los agentes de pastoral y la presentación del trabajo que desarrollarán las diferentes delegaciones y organismos diocesanos.

Con mi bendición y afecto, en Cristo y María,

+ José Rico Pavés

Obispo de Asidonia-Jerez

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Evangelio del XX Domingo de Tiempo Ordinario en Lengua de Signos Española (Ciclo C)

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Evangelio del XX Domingo de Tiempo Ordinario en Lengua de Signos Española (Ciclo C)

Evangelio del Domingo XX del Tiempo Ordinario (ciclo C), en Lengua de Signos Española. [Lc 12, 49-53].

Signado por el director del Departamento de Pastoral del Sordo de la Archidiócesis de Sevilla, el sacerdote Gumersindo Melo.

Produce la Archidiócesis de Sevilla.

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Medina de Rioseco homenajea al hermano Pablo Noguera

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Medina de Rioseco homenajea al hermano Pablo Noguera

La localidad vallisoletana de Medina de Rioseco ha rendido un merecido homenaje al hermano Pablo Noguera, quien fuera secretario personal del cardenal Carlos Amigo Vallejo. El pasado miércoles, el Pleno del Ayuntamiento de Medina, que preside el alcalde David Esteban, aprobó por unanimidad el nombramiento de Pablo Noguera como hijo adoptivo de la ciudad en la que vio la luz el arzobispo que dirigió la Iglesia en Sevilla durante casi tres décadas.

No será el único religioso homenajeado con este motivo. Junto a él, recibirá esta alta distinción el padre Eugenio Jesús Oterino.

El hermano Pablo recibió recientemente la Medalla de la Ciudad de Sevilla de manos del alcalde, Antonio Muñoz, en un acto que se celebró en el auditorio de FIBES con motivo del día del patrón, San Fernando.

Se trata, sin duda, de un merecido tributo a quien tanto y tan bien sirvió a la Iglesia.

 

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LECTURAS DEL DOMINGO XX DEL TIEMPO ORDINARIO (CICLO C)

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Primera lectura

Jeremías 38, 4-6. 8-10

Durante el sitio de Jerusalén, los jefes que tenían prisionero a Jeremías dijeron al rey: “Hay que matar a este hombre, porque las cosas que dice desmoralizan a los guerreros que quedan en esta ciudad y a todo el pueblo. Es evidente que no busca el bienestar del pueblo, sino su perdición”.

Respondió el rey Sedecías: “Lo tienen ya en sus manos y el rey no puede nada contra ustedes”. Entonces ellos tomaron a Jeremías y, descolgándolo con cuerdas, lo echaron en el pozo del príncipe Melquías, situado en el patio de la prisión. En el pozo no había agua, sino lodo, y Jeremías quedó hundido en el lodo.

Ebed-Mélek, el etíope, oficial de palacio, fue a ver al rey y le dijo: “Señor, está mal hecho lo que estos hombres hicieron con Jeremías, arrojándolo al pozo, donde va a morir de hambre”.

Entonces el rey ordenó a Ebed-Mélek: “Toma treinta hombres contigo y saca del pozo a Jeremías, antes de que muera”.

Salmo

Sal 39

R/. Señor, date prisa en socorrerme

Yo esperaba con ansia al Señor;
él se inclinó y escuchó mi grito. R/.

Me levantó de la fosa fatal,
de la charca fangosa;
afianzó mis pies sobre roca,
y aseguró mis pasos. R/.

Me puso en la boca un cántico nuevo,
un himno a nuestro Dios.
Muchos, al verlo, quedaron sobrecogidos
y confiaron en el Señor. R/.

Yo soy pobre y desgraciado,
pero el Señor se cuida de mí;
tú eres mi auxilio y mi liberación:
Dios mío, no tardes. R/.

Segunda lectura

Lectura de la carta a los Hebreos 12, 1-4

Hermanos: Rodeados, como estamos, por la multitud de antepasados nuestros, que dieron prueba de su fe, dejemos todo lo que nos estorba; librémonos del pecado que nos ata, para correr con perseverancia la carrera que tenemos por delante, fija la mirada en Jesús, autor y consumador de nuestra fe. Él, en vista del gozo que se le proponía, aceptó la cruz, sin temer su ignominia, y por eso está sentado a la derecha del trono de Dios.

Mediten, pues, en el ejemplo de aquel que quiso sufrir tanta oposición de parte de los pecadores, y no se cansen ni pierdan el ánimo, porque todavía no han llegado a derramar su sangre en la lucha contra el pecado.

Evangelio

Evangelio según san Lucas 12, 49-53

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “He venido a traer fuego a la tierra, ¡y cuánto desearía que ya estuviera ardiendo! Tengo que recibir un bautismo, ¡y cómo me angustio mientras llega!

¿Piensan acaso que he venido a traer paz a la tierra? De ningún modo. No he venido a traer la paz, sino la división. De aquí en adelante, de cinco que haya en una familia, estarán divididos tres contra dos y dos contra tres. Estará dividido el padre contra el hijo, el hijo contra el padre, la madre contra la hija y la hija contra la madre, la suegra contra la nuera y la nuera contra la suegra”.

Comentario bíblico de Miguel Ángel Garzón

El evangelio recoge varias enseñanzas de Jesús. En primer lugar, Jesús proclama que la misión para la que ha venido es: “prender el fuego en la tierra”. Se trata del fuego del Espíritu que instaura su Reino de amor, paz y justicia. Al mismo tiempo señala que este fuego solo arderá plenamente cuando haya sido “bautizado”, sumergido, en el misterio de su muerte y resurrección. Aceptar esta realidad de sufrimiento provoca en él, y en el cristiano que le sigue, angustia y turbación, pero, como indica el pasaje del libro a los Hebreos, eso no impide caminar con firmeza hacia esa meta de vida y gloria soportando así la cruz y la ignominia. Este testimonio del Maestro ha de servir de ejemplo y fortaleza para todo discípulo que marcha tras sus huellas, renunciando al pecado y a todo lo que paraliza en el camino, teniendo los ojos fijos en el que ha vencido a la muerte.

Al mismo tiempo Jesús sorprende al decir que no ha venido a traer paz a la tierra sino división. Al iniciar su libro, el mismo evangelista ya muestra en la noche del anuncio a los pastores que Dios ha venido a traer la paz con el nacimiento de su Hijo (Lc 2,14). Así que las palabras de Jesús no expresan como tal la finalidad de su misión, sino que hacen patente las consecuencias que provoca el seguirle. El evangelista se hace eco de una realidad manifiesta, los que daban el salto a la fe cristiana desde el mundo pagano o judío tenían que enfrentarse al rechazo de los miembros de la propia familia que no creían en Jesús. Este desprecio y sufrimiento no han de impedir mantener la fe y la misión, como así hizo el profeta Jeremías, que pese a todas las insidias sufridas recibió el auxilio y continuó su firme testimonio. Cuando parece que nos hundimos en el lodo y tocamos fondo, Dios es nuestra roca y salvación, nos socorre y nos saca de la charca fangosa (Sal 39). Ya lo ha hecho de una vez para siempre con la entrega de su Hijo en la cruz para levantarnos del pecado y de la muerte. Experimentando esta gracia quedamos siempre sobrecogidos y alzamos un canto nuevo al Dios que hace obras grandes por el fuego de su Espíritu.

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Este sábado será la colecta extraordinaria para Regina Mundi durante la novena a la Virgen de los Reyes

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Este sábado será la colecta extraordinaria para Regina Mundi durante la novena a la Virgen de los Reyes

Todos los años se dedica una de las colectas de la novena a la Virgen de los Reyes a una iniciativa eclesial. Este año, el 13 de agosto es la fecha elegida para la cuestación extraordinaria que se destinará a Regina Mundi, institución benéfica del Sagrado Corazón de Jesús que, según recuerda el presidente de la Asociación de Fieles, Antonio Ramos, “vive de la Providencia y atiende a personas necesitadas e incapacitadas sin recurso económicos”.

Todas las procesiones de la patrona llevan implícitas novedades en el ámbito de la priostía. Uno de los estrenos anunciados para esta procesión de tercia es la crátera del paso de tumbilla –que cumplirá cien años en 2024-, la única pieza en la que se depositan las flores existentes en el palio, que encontramos en la parte trasera. Es obra del orfebre Jesús Domínguez.

El miércoles 3 de agosto, fuera del horario de visita y a puerta cerrada, se procederá al retranqueo del paso de tumbilla para comprobar que todo está en orden. La tarde del 12 de agosto, los nuevos miembros de la Asociación de Fieles recibirán sus medallas de manos de monseñor Saiz Meneses.

 

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Homilía de mons. Saiz en el sexto día de la novena a la Virgen de los Reyes (11-08-22)

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Homilía de mons. Saiz en el sexto día de la novena a la Virgen de los Reyes (11-08-22)

El Señor “enaltece a los humildes”

Memoria de Santa Clara

Saludos. Queridos hermanos y hermanas que participáis en esta celebración: Señor Deán Presidente y miembros del Cabildo Catedral; sacerdotes, diáconos, miembros de la vida consagrada; Asociación Virgen de los Reyes y San Fernando, Real Maestranza de Caballería; hermanos y hermanas presentes. Día sexto de nuestra Novena, en que celebramos la fiesta de santa Clara, una religiosa discípula de san Francisco de Asís, con quien fundó la segunda orden franciscana o de hermanas clarisas. Ella se llamaba a sí misma «humilde planta del bienaventurado padre Francisco». Después de abandonar su antigua vida de noble, se estableció en el monasterio de San Damiano hasta su muerte.

La escena de la Visitación de María a su prima Isabel refleja la actitud de servicio, también la actitud de acogida, la alegría, la felicitación de Isabel a María y la respuesta de María entonando el Magníficat, el canto de los «pobres de Yahvé», los humildes de corazón que rechazan la tentación del orgullo, de la riqueza y del poder.

¡Qué difícil es ser humilde! Que fácil es caer en los delirios de grandeza, en los complejos de superioridad, en la incapacidad para hacer autocrítica. Qué fácil es destacar un poco en algo y en seguida volverse engreído y vanidoso, y echarse a perder. Qué fácil es parecer humildes cuando estamos rodeados de personas mucho más capacitadas, más cualificadas, cuando estamos en una posición de inferioridad; pero en cuanto prosperamos un poco, con qué rapidez afloran la vanidad y el orgullo. El teólogo alemán Romano Guardini dice que «la actitud del pequeño que se inclina ante el grande, todavía no es humildad. Es, simplemente, verdad. El grande que se humilla ante el pequeño es el verdaderamente humilde». Por esto, Jesucristo es el auténticamente humilde. Su encarnación y muerte en cruz son la prueba más grande de humildad. María Santísima es auténticamente humilde, unida su Hijo y compartiendo su camino.

La humildad es la virtud que nos da un conocimiento justo y verdadero de nosotros mismos y de nuestra pequeñez, de nuestras limitaciones y debilidades, principalmente ante Dios. Sitúa a la persona en la verdad y la libra de la vanidad, de la soberbia, de los espejismos del mundo y de las tentaciones del maligno. A primera vista, parece simplemente la virtud que se opone a la vanidad. En un sentido más profundo, se opone a la soberbia, al orgullo. Es la actitud lógica de la criatura ante el Omnipotente. El humilde reconoce que todo lo ha recibido de Dios, que no es nada por sí mismo.

¿Y cómo aprender la humildad? En primer lugar, hay que hacer experiencia de la omnipotencia de Dios Salvador. La humildad nace del sentido de Dios, es decir de la conciencia plena de su realidad. Esta conciencia se va adquiriendo a través del contacto con Dios, de la relación con Él a través de la oración, a través de la celebración litúrgica. Cuando la persona se acerca a Dios, experimenta la propia nada, se experimenta que todo es don de Dios. En la presencia de Dios, en la verdad de su luz, el hombre se siente pecador y a la vez experimenta la confianza plena en Dios, en su amor, en su gracia. De ahí que las personas más santas sean las más humildes.

La humildad se aprende también a través de la contemplación de Cristo Redentor y de su camino de humillación hasta la muerte en cruz. La humildad es adhesión al camino recorrido por Jesús y seguimiento de sus pasos. Se aprende asimismo contemplando a María Santísima, la criatura más grande, la más perfecta a los ojos de Dios y a la vez la más sencilla. Dios ha mirado la humildad de su esclava, que encontró gracia a sus ojos. Para nosotros, la vivencia de la humildad no consiste tanto en adoptar unas formas concretas de comportamiento, sino sobre todo en plantear toda nuestra vida  siguiendo el ejemplo de Jesús.

No solamente es una virtud importante, sino que es el fundamento de todas las virtudes. Todo el edificio de la vida espiritual tiene sus cimientos en la humildad. Todo progreso espiritual es gracia de Dios, y Dios resiste a los soberbios y da su gracia a los humildes. Santo Tomás de Aquino nos recuerda que la humildad ocupa el primer lugar entre las virtudes porque quita los obstáculos para el crecimiento en todas ellas: expulsa la soberbia, a la que Dios resiste, y hace al hombre someterse al influjo de la gracia divina. Por eso es el fundamento del edificio espiritual[1].

Por otra parte, Dios siempre santifica en la verdad, y donde no hay humildad no hay tampoco verdad y, por consiguiente, no hay santificación. La enseñanza de santa Teresa de Jesús es clara al respecto: “Una vez estaba yo considerando por qué razón era nuestro Señor tan amigo de esta virtud de la humildad, y me puso delante esto: que es porque Dios es suma Verdad, y la humildad es andar en verdad; que es verdad muy grande no tener cosa buena de nosotros, sino la miseria y ser nada; y quien esto no entiende, anda en mentira”[2].

“Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios mi salvador; porque ha mirado la humildad de su esclava” (Lc 1,46-48). María es consciente de su pequeñez ante Dios, que la ha llamado a ser la madre del Mesías. Sabe que todo lo recibe de Dios, y está libre de sí misma, completamente orientada a Dios y a los demás. Aquí está la verdadera humildad: no tener ojos para uno mismo, sino para Dios y para los demás. El Señor, para hacer maravillas, no necesita grandes medios ni nuestras capacidades, sino un corazón sencillo, una mirada humilde y confiada a Él y abierta a los hermanos[3].

Vamos a trasladarnos a Nazaret. Los datos evangélicos que tenemos y los descubrimientos de la arqueología bíblica nos permiten reconstruir el modo como vivían Jesús, María y José en Nazaret, en su vida diaria. Una vida sencilla y familiar. El clima de serenidad y paz que existía en el hogar de Nazaret y el cumplimiento de la voluntad del Padre conferían a la vida de aquella sagrada familia una profundidad extraordinaria e irrepetible. En María, la conciencia de que cumplía una misión que Dios le había encomendado, concedía un significado inmenso a su vida diaria. Los quehaceres sencillos de cada día adquirían un valor singular, pues los vivía como servicio a la voluntad de Dios y a la misión de Cristo. Su ejemplo ilumina y da sentido al trabajo de tantas personas que realizan sus labores diarias exclusivamente entre las paredes del hogar y también fuera del hogar, en tareas sencillas, ocultas, a veces repetitivas, con poca visibilidad social, y que no se suelen apreciar suficientemente, pero que si se llenan de amor, son de gran importancia para la Iglesia y para el mundo.

Todos aquellos años de vida oculta y sencilla en Nazaret revelan la fuerza del amor auténtico, de la oración, de la vida ofrecida por entero a Dios, de la búsqueda del cumplimiento de su voluntad. El trabajo oculto, pero lleno de amor, encierra un valor extraordinario a los ojos del Señor. No podemos pensar que la vida en Nazaret era monótona y aburrida. La presencia de Jesús llenaba enteramente aquel hogar. En el contacto con José y con Jesús, que iba creciendo, María iba penetrando en aquel misterio. San Lucas relata que «Jesús iba creciendo en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres» (Lc 2, 52). Dice también que «María, por su parte, guardaba todas estas cosas, y las meditaba en su corazón» (Lc 2, 19; cf. 2, 51). Cada día, compartido con Jesús, se convertía en una invitación a descubrir más profundamente el misterio de su persona.

El Señor enaltece a los humildes, el Señor ha mirado la humildad de María. Contemplemos hoy el misterio de la vida oculta de Jesús, María y José. Pidamos al Señor sensatez y realismo; pidamos la virtud de la humildad. Nuestra vida tiene etapas de visibilidad y etapas de discreción, de vida oculta. Lo importante es que Cristo está presente y la llena de esperanza, la llena de luz. Nuestra vida es eficaz y fructífera si estamos unidos a él, si llenamos de amor todos los momentos, todos los espacios, todos los detalles. Nuestra Señora de los Reyes nos enseña el camino. Así sea.

 

[1]  Cf. TOMÁS DE AQUINO, Suma Teológica, II-II, 161, 6.

[2]  TERESA DE JESÚS, Las Moradas, Moradas Sextas, 10, 7.

[3] Cf. PAPA FRANCISCO, Ángelus, 8 de diciembre de 2021.

+ José Ángel Saiz Meneses
Arzobispo de Sevilla

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D. Antonio celebra a Santa Clara de Asís junto a las Clarisas de la ciudad

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Cada 11 de agosto, la Iglesia Católica celebra a Santa Clara de Asís, fundadora, junto a San Francisco de Asís de la Orden de las Hermanas Pobres, conocidas posteriormente como “clarisas” en honor a ella.

Y con ese motivo, nuestro obispo D. Antonio ha realizado una visita a la comunidad contemplativa presente en nuestra diócesis. Conocidas como las “damas pobres” según San Francisco, el obispo ha podido compartir un momento de asueto dentro del convento. En la foto, se puede observar la reliquia de la Santa de Asís que posee el convento situado en la Calle Real.

Francisco y Clara: una historia de amistad

Santa Clara, cuyo nombre evoca pureza y luminosidad, nació el 16 de julio de 1194 en Asís (Italia), en el seno de una de las familias nobles de la ciudad. Desde muy pequeña se esforzó en adquirir y crecer en la virtud: acudía con asiduidad a la oración y la penitencia; solía ocuparse de las tareas más difíciles del hogar y cuidaba de los detalles más pequeños.

A los 18 años acudió a la iglesia de San Giorgio de Asís para la misa. Ese día, San Francisco hizo la prédica en torno a la Cuaresma. Clara, después de escucharlo, le pidió al santo que la ayudara a vivir también “según el modo del Evangelio”. Desde ese momento, él se convirtió en su preceptor espiritual y cultivaron una santa amistad. Clara, conforme se iba comprometiendo más con el Señor, se sentía cada día más atraída por una vida sencilla y de entrega a los pobres: ese era, precisamente, el camino que Jesús le señalaba.

La noche del Domingo de Ramos de 1212, Clara dejó su casa y se encaminó a la Porciúncula, al lado de la cual vivían los frailes menores (hoy se conserva esta pequeña capilla franciscana dentro de la Basílica de Santa María de los Ángeles).

Esa misma noche, frente al Cristo de San Damián, Clara renunció para siempre a las cosas del mundo «por amor hacia el santísimo y amadísimo Niño envuelto en pañales y recostado sobre el pesebre». Se le entregó el hábito de los hermanos menores y el mismo Francisco cortó su cabello dorado. Desde ese día la santa empezó a ser parte de la Orden de los Hermanos Menores.

Para Dios nada es imposible

Uno de los episodios más conocidos de su vida sucedió el día de la Solemnidad de la Natividad de Cristo. Estando gravemente enferma, fue transportada milagrosamente desde su cama a la iglesia de San Francisco. Allí asistió a todo el oficio de los maitines y a la Misa de medianoche, además recibió la santa comunión; después, apareció de nuevo en su celda, sobre su cama.

Ciertamente Clara jamás había gozado de buena salud -se dice incluso que estuvo enferma durante 27 años, mientras vivía en el monasterio-. Debido a esto, gran parte de su vida religiosa estuvo marcada por sufrimientos e incomodidades, los que supo sobrellevar de manera heroica.

El Sumo Pontífice, Inocencio III, la visitó en el monasterio hasta en dos ocasiones, en alguno de los peores momentos de su enfermedad. En una de esas oportunidades, después de verla, el Papa exclamó: “Ojalá yo tuviera tan poquita necesidad de ser perdonado como la que tiene esta santa monjita”.

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