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Bodas de oro y de plata en la Catedral el domingo 8 de enero para quienes quieran celebrarlas

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Bodas de oro y de plata en la Catedral el domingo 8 de enero para quienes quieran celebrarlas

Si cumples o has cumplido tus bodas de plata o de oro matrimoniales, la delegación diocesana de Familia y Vida te invita a celebrarlas, junto al obispo, en la Catedral de Guadix, el próximo día 8 de enero, a las 12 de la mañana. Esta es la propuesta que nos hace esta delegación para comenzar el año con fiesta, mirando a la Sagrada Familia de Nazaret, en estos días de Navidad.

Quienes quieran recibir la bendición y celebrar la acción de gracias a Dios por los 25 o 50 años de casados, pueden hacerlo en la catedral ese día. Conviene avisarlo antes al teléf. 647 995 512 o a email familiayvida@diocesisdeguadix.es , para facilitar la organización del acto.
Las bodas de oro o de plata se celebrarán en el transcurso de la Misa que ese día presidirá el obispo de Guadix. D. Francisco Jesús Orozco dará su bendición a los matrimonios, al tiempo que estos podrán renovar su vínculo matrimonial.
Y quienes no cumplan ni 25 ni 50 años de casados, también están invitados a esa celebración de la Misa para renovar su compromiso matrimonial y dar gracias a Dios por su matrimonio y por su familia.
Sin duda, será una buena manera de finalizar las fiestas de Navidad, renovando, confirmando y fortaleciendo el matrimonio y, si es con esas celebraciones redondas de 25 o 50 años, conmemorando aquel gran paso en la vida que dio lugar a una familia y por la que se da gracias a Dios.

Antonio Gómez
Delegado diocesano de MCS. Guadix

Familia Bodas de oro matrimoniales 1

 

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Celebración de votos temporales Monasterio de la Santísima Trinidad de Baza

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Celebración de votos temporales Monasterio de la Santísima Trinidad de Baza

El viernes 30 de diciembre, festividad de la Sagrada Familia, la comunidad de MM. Dominicas del Monasterio de la Santísima Trinidad de Baza, se vistió de fiesta para celebrar los votos temporales de Sor Julitha de las Llagas de Cristo Gaspery Mosha.
Es esta una religiosa, natural de Tanzania, que tras pasar su noviciado en este Monasterio dio un paso más en su compromiso de vida monástica.

La celebración estuvo presidida por el P. Francisco Javier Garzón Garzón, OP, destinado en Madrid. Estuvo concelebrada por Emilio Fernández, delegado Diocesano de Vida Religiosa; José Manuel Suarez, confesor de esta comunidad, y los dos sacerdotes de la parroquia Mayor de Baza y capellanes de esta comunidad, Antonio David Pérez y Manuel Millán.
Sor Julitha estuvo arropada por varias religiosas de la comunidad dominica de Baena, la propia comunidad de Baza y, especialmente, por una hermana de esta religiosa que es religiosa franciscana. Sor Julitha es un miembro más de su familia consagrados al Señor ya que hay que añadir varios hermanos también religiosos.
Un numeroso grupo de seglares participó en esta celebración, que estuvo marcada por la alegría y el colorido de la música y el ritmo de los bailes religiosos de la espiritualidad africana.
Actuaron como padrinos José Ramón Noguera y María Jesús Ballesta, un matrimonio comprometido con la iglesia bastetana.
Demos gracias a Dios por las vocaciones a la vida contemplativa y pidamos que los jóvenes sigan oyendo la llamada De Dios.

Manuel Millán
Párroco de la Mayor de Baza

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Homilía en San Juan Evangelista en la celebración de la liturgia hispánica

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Querida Comunidad convocada para celebrar esta Eucaristía de Rito Hispano Mozárabe, que quizás no se ha celebrado en 1200 años, en esta parroquia de San Juan, hecha mezquita en el siglo VIII, seguramente sobre una iglesia cristiana ya existente, como era la costumbre.
Esta mezquita es la que eligió Isabel la Católica para que fuese la catedral de la Ciudad de Almería y la puso san Juan, por la devoción de la reina a este santo. Pero el terremoto de 1522 que destruyó lo que ya se estaba edificando, cambiaron los planes y se llevó la catedral a la fortaleza, que permaneció en pie y que este año 2023 celebraremos la efeméride de los 500 años de la primera piedra.
El rito mozárabe o hispano visigótico es la liturgia de la Iglesia católica que se consolidó en la península ibérica, en el Reino visigodo de Toledo, y que fue practicada en los territorios hispánicos hasta el siglo XI, tanto en áreas bajo dominio cristiano como musulmán. Pedí al Arzobispo de Toledo, como custodio de la Liturgia Hispánica, el privilegio de celebrar todos los años este rito en la iglesia más antigua de nuestra ciudad, y se nos ha concedido, hoy el día de San Juan, y fiesta de esta parroquia.
Juan el Apóstol nació en Galilea, hermano de Santiago el Mayor, hijos de Zebedeo. Su madre podría ser Salomé. Su madre fue a pedir los mejores puestos para sus hijos cuando se instaurase el Reino: uno a tu derecha y otro a tu izquierda. Desde la visión del reino temporal, que casi todos tenían, pidió para sus hijos el control del tesoro y del ejército. No era nadie pidiendo para sus hijos. Como todas las madres.
Tenía el oficio de pescador en el mar de Galilea, como otros apóstoles. «Seguidme y os haré pescador de hombres». Se le ha considerado el más joven del grupo de «los Doce». Probablemente vivía en Cafarnaúm, compañero de Pedro y Andrés, los otros dos hermanos del grupo. A Santiago y Juan, Jesús los apodó «boanerges», es decir «los hijos del trueno», ellos no se andaban con pamplinas: «¿por qué no mandas fuego del cielo y acabamos con to-dos los que nos han tratado mal?». Qué paciencia debió tener Jesús con ellos, como con nosotros, supongo.
Juan pertenecía al llamado «círculo íntimo o los preferidos» de Jesús, aquellos tres: Pedro, Santiago y Juan que les llevaba con Él en las ocasiones especia-les: en la resurrección de la hija de Jairo, en la trasfiguración y en el huerto de Getsemaní, donde Jesús se retiró a orar y dio el sí definitivo al Padre en aquellos momentos agónicos ante el horizonte de su pasión y de su muerte: «Hágase tu voluntad y no la mía». Ellos, los íntimos, que habían sido invitados a orar, dormían (como tantas veces nosotros).También fue testigo privilegiado de las apariciones de Jesús resucitado y de la pesca milagrosa en el Mar de Tiberíades. Después del examen de amor que le hizo a Pedro, este le pregunta refiriéndose a Juan que les seguía «Señor, y éste ¿qué?». Pedro se preocupaba por él. Fue el que le acompañó al sepulcro, el domingo de resurrección.
Según el libro de los Hechos de los Apóstoles, Pentecostés encontró a Juan también en oración con María, los «Once» y las mujeres. Es curioso que se les cita a los apóstoles de esta manera: Pedro y Juan; Santiago y Andrés… se se-para a los hermanos. Juan acompañó a Pedro, tanto en la predicación inicial en el Templo de Jerusalén (donde, apresados, llegaron a comparecer ante el Gran Sanedrín por causa de Jesús), como en su viaje de predicación a Samaria. Desde el principio fue un referente, junto a Pedro, de la primera comunidad. La referencia que Pablo de Tarso, en su carta a los Gálatas, hace de Juan en el Concilio de Jerusalén, testifica la importancia de este Apóstol como pilar de la iglesia naciente.
Siempre se le identificó con el discípulo a quien Jesús amaba, que cuidó a María como se lo pidió desde la Cruz: «Hijo ahí tienes a tu madre» Algunos Santos Padres nos hablan de su destierro en Patmos durante el gobierno del emperador Domiciano, y una prolongada estancia en Éfeso, fundamento de la pujante «comunidad joánica». Allí se dice que murió a una edad muy avanza-da. El águila es el atributo más conocido de San Juan, símbolo de la «devora-dora pasión del espíritu». Pero, sobre todo, como dice un comentario rabínico, el águila es el único animal que puede mirar de frente al sol y no cegarse. El sol es Cristo, él es el águila, así lo atestigua en el comienzo de su primera carta (1 Juan 1,1-3a):
«(…) Lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros propios ojos, lo que contemplamos y tocaron nuestras manos acerca de la Palabra de vida (…), lo que hemos visto y oído, eso es lo que os anunciamos…»
Comprenderéis ahora, después de esta vida al lado del Señor, como Juan hace honor a su nombre: en hebreo Yohanan, significa «el Señor es misericordioso».
Al final de la Eucaristía, para celebrar esta fiesta, la parroquia entregará a los asistentes un «panecillo» en memoria de esta restauración de la Misa Hispano Mozárabe y de la Última Cena, donde el joven Juan se reclinó en el pecho del Señor, lo más cerca de su corazón. Ojalá así también nosotros. ¡Ánimo y adelante!

Santa Melania la joven

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Santa Melania la jovenMelania fue una dama patricia casada con Valerio Máximo, quien probablemente fue prefecto de Roma en el año de 362. A la edad de veintidós años quedó viuda y, luego de dejar a su hijo Publicóla al cuidado de tutores, se trasladó a Palestina, donde construyó un monasterio, en Jerusalén, con cincuenta doncellas consagradas al servicio de Dios. Ahí mismo se estableció la noble dama y se entregó a la austeridad, la plegaria y las buenas obras. Mientras tanto, su hijo Publicóla llegó a ocupar un puesto en el senado romano y se casó con Albina, una cristiana, hija del sacerdote pagano Albino. La hija de aquel matrimonio fue Santa Melania la Joven, criada y educada en el cristianismo por su madre, en la lujosa residencia del senador Publicóla, cristiano también, pero demasiado ambicioso para preocuparse por su fe.

Con la idea de llegar a tener un heredero varón de su gran fortuna y el aristocrático nombre de su familia, Publicóla prometió en matrimonio a su hija a Valerio Piniano, un pariente suyo, hijo del prefecto Valerio Severo. Pero la joven Melania deseaba conservar su virginidad para consagrarse por entero a Dios. Tan pronto como sus padres conocieron las intenciones de la jovencita, se opusieron rotundamente a permitir que las realizara y, para quitarle semejantes ideas de la cabeza, apresuraron su matrimonio. En el año de 397, cuando Melania acababa de cumplir catorce años, se casó con Piniano que tenía diecisiete. Nada tiene de extraño que la joven, casada contra su voluntad y disgustada por el ambiente licencioso y sensual que reinaba en torno suyo, suplicase a su marido que llevasen una vida de absoluta continencia. Pero Piniano no aceptó la proposición y, a su debido tiempo, vino al mundo su primer hijo, una niña que murió después de un año de nacida. Las inclinaciones de Melania no habían cambiado y reiteró sus peticiones para que la dejasen en libertad, pero su padre tomó medidas para impedirle que frecuentase a las gentes de reconocidas tendencias religiosas que podían alentarla a distanciarse de la vida de lujo y de sociedad que él deseaba para su hija. En la víspera de la fiesta de San Lorenzo del año 399, el senador prohibió a su hija que velase en la basílica, puesto que estaba de nuevo embarazada, pero no por eso dejó la joven de permanecer toda la noche en oración, arrodillada en su habitación. Por la mañana asistió a la misa en la iglesia de San Lorenzo y, al regresar a su casa, tuvo un grave trastorno y, con grandes dificultades y riesgo de la vida, dio a luz prematuramente a un niño, el que murió al día siguiente. Melania estuvo largo tiempo entre la vida y la muerte, y su esposo Piniano, que la amaba sinceramente, hizo el juramento de que, si se llegaba a salvarse su mujer, la dejaría en absoluta libertad para servir a Dios como quisiera. Poco después, Melania recuperó la salud y su marido cumplió el juramento, pero Publicóla mantuvo su decidida oposición y, durante otros cinco años, Melania tuvo que conformarse con llevar exteriormente la misma existencia que tanto le disgustaba. Pero entonces atacó a Publicóla una enfermedad mortal y, antes de entrar en agonía, heredó a su hija todos sus bienes y le pidió perdón porque, “temeroso de verme entregado al ridículo de las malas lenguas, te ofendí al oponerme a tu celestial vocación.”

Albina, la madre de Melania, y Piniano, su marido, no sólo aceptaron la nueva vida de la joven, sino que ellos mismos la adoptaron. Los tres abandonaron Roma para radicarse en una casa de campo, lejos de la ciudad. Piniano no estaba plenamente convertido y, durante largo tiempo, insistió en vestir los ricos ropajes que acostumbraba portar en Roma. El biógrafo de la santa nos ha dejado un relato conmovedor sobre los métodos que empleó su esposa para convencerlo a que renunciara a los lujos para adoptar una existencia más modesta y lograr, por fin, que usara las ropas pobres, confeccionadas por ella misma. La familia se había llevado consigo a numerosos esclavos, a quienes dispensaba un tratamiento ejemplar y, en corto tiempo, muchas jovencitas, viudas y más de treinta familias se establecieron en torno a la casa de campo de Melania y formaron una población. La villa llegó a ser un centro de hospitalidad, de caridad y de vida religiosa. Melania era fabulosamente rica (los terrenos pertenecientes a la familia Valeria se hallaban en todos los puntos del Imperio Romano) y se sentía oprimida por la cantidad de sus bienes terrenales. Sabía que la abundancia de posesiones pertenecía a los vecinos pobres, hambrientos y desnudos; estaba cierta de que, como dijo San Ambrosio, “el rico que da al pobre no hace una limosna, pero sí paga una deuda.” Por consiguiente, solicitó y obtuvo el consentimiento de Piniano a fin de vender algunas de sus propiedades y distribuir el dinero entre los necesitados. Inmediatamente, los parientes, que siempre los habían creído fuera de sus cabales, trataron de aprovecharse de aquella última locura. Por ejemplo, Severo, el hermano de Piniano, sobornó por algunas monedas a los colonos y esclavos que habitaban en uno de los terrenos de Piniano para que, en el momento de ser vendidas las tierras, se rebelasen y no reconociesen a otro amo que al propio Severo. Fueron tantas las dificultades que se opusieron a los intentos de Piniano, que hubo necesidad de hacer una apelación al emperador Honorio para poner las cosas en su lugar. Santa Melania, sencillamente vestida con una túnica de lana y cubierta la cabeza con un velo, se presentó ante Serena, la suegra del emperador, a la que impresionó tan profundamente por su porte y sus palabras, que intercedió ante Honorio para que la venta de aquellas tierras quedara bajo la vigilancia y la protección del Estado. De esta manera, los procedimientos fueron rectos y la distribución estrictamente justa: los pobres, los enfermos, los cautivos, los desposeídos, los peregrinos, las iglesias y los monasterios, recibieron ayuda y dotes en todo el imperio.

En el año de 406, Melania con su esposo y algunas personas más pasaron una temporada con San Paulino en la ciudad de Ñola, en la Campania. El santo deseaba conservar a Melania y a su esposo como “huéspedes perpetuos.” A ella la llamaba “bendita pequeña” y también “alegría del cielo.” Pero la pareja se obstinó en regresar a su villa cercana a Roma, en momentos tan inoportunos que, a poco de llegar, tuvieron que abandonarla más que de prisa, debido a la amenaza de invasión de los godos. Se refugiaron en otra casa de campo, propiedad de Melania, en Mesina. Ahí vivió con ellos el anciano Rufino. Pero, antes de dos años, los godos llegaron a Calabria, e incendiaron la ciudad de Reggio. Entonces, Melania y su esposo optaron por retirarse a Cartago. Se proponían hacer de paso una visita a San Paulino para consolarle en sus tribulaciones a causa de la invasión, pero una tormenta desvió la ruta del navío que fue a dar a una isla, probablemente la de Lipari, donde los piratas eran amos y señores. A fin de salvar de la prisión y de la muerte a sus gentes y a los tripulantes del barco, Santa Melania pagó a los filibusteros una buena suma en monedas de oro por el rescate. Después de aquellas aventuras, los esposos se instalaron en la ciudad de Tagaste, en Numidia. Tanto Melania como su esposo causaron una benéfica impresión entre el pueblo y tanto fue así que, cuando Piniano visitó a San Agustín en Hipona (el santo los llamo “verdaderas luces de la Iglesia”), se produjo un tumulto en un templo, porque las gentes querían que Piniano se ordenase sacerdote para que ejerciera entre ellas su ministerio y pensaban que el obispo de Tagaste, San Alipio, se lo impedía. No se restableció el orden hasta que Piniano prometió al pueblo que, si alguna vez se le ordenaba sacerdote, sólo ejercería su ministerio en Hipona. Mientras se hallaba en África, Santa Melania fundó y dotó dos nuevos monasterios, uno para hombres y otro para mujeres. En ellos recibió, sobre todo, a los que habían sido sus esclavos. La propia Melania vivía en el convento de las mujeres y sobresalía entre todas por sus austeridades, puesto que sólo se alimentaba frugalmente cada tercer día. La santa se ocupaba principalmente de copiar libros en griego y en latín y, quinientos años más tarde, todavía circulaban algunos manuscritos que se atribuían a la santa.

En el año de 417, en compañía de su madre y de su esposo, partió Melania del África hacia Jerusalén y se hospedó en la posada para peregrinos, vecina al Santo Sepulcro. Desde ahí emprendió una expedición con Piniano para visitar a los monjes del desierto de Egipto. Al regreso, fortalecidos por el ejemplo de aquellos anacoretas, Melania decidió aislarse en las afueras de Jerusalén, entregada a la contemplación y la oración. Hasta ahí fue a visitarla su prima Paula, sobrina de Santa Eustoquio. Fue Paula quien presentó a Melania el maravilloso grupo de almas escogidas reunido por San Jerónimo en Belén y fue recibida con beneplácito. Se cuenta que, la primera vez que Melania se encontró con San Jerónimo, “se acercó a él con su acostumbrado porte humilde y respetuoso, se arrodilló a sus pies y le pidió su bendición.”

A los catorce años de residir en Palestina, murió Albina y, al año siguiente, Piniano la siguió a la tumba. Melania sepultó a su esposo al lado de su madre en el Monte de los Olivos y se construyó una celda cerca de las tumbas de sus fieles compañeros. La celda fue el núcleo de un amplio convento de vírgenes consagradas que presidió Santa Melania. La santa se mostró siempre muy solícita por el bienestar y la salud de su congregación (en el convento había un baño que fue un donativo de un ex prefecto del palacio imperial) y las reglas que estableció fueron notables por su benignidad.. Cuatro años después de la muerte de Piniano, Santa Melania tuvo noticias de un tío materno suyo, llamado Volusiano, que aún era pagano y que se encontraba en Constantinopla al frente de una embajada. La santa decidió hacer personalmente el intento de convertir a su tío, que ya era un anciano y, con ese propósito, emprendió el viaje con su capellán (y su biógrafo) Geroncio, y tras una larga y penosa jornada, llegó a Constantinopla a tiempo para propiciar y atestiguar la conversión de Volusiano, que murió en sus brazos al día siguiente de haber recibido el bautismo. Se dice que el entusiasmo de Melania por lograr la conversión del anciano era tan vehemente que, al verlo dudar, le advirtió que apelaría al emperador Teodosio para que interviniese en el asunto. Pero Volusiano le respondió con gran cordura y moderó los ímpetus de su sobrina con estas palabras: “No debes forzar la buena y libre voluntad que Dios me ha dado. Estoy pronto y ansioso de limpiar las innumerables manchas de mi alma, pero si llegase a hacerlo por mandato del emperador, lo tendría siempre por un acto obligatorio, sin el mérito de la elección voluntaria.”

En la víspera de la Navidad del año 439, Santa Melania estaba en Belén y, tras la Misa del Alba, le anunció a Paula que su muerte estaba próxima. El día de San Esteban, asistió a la misa en su basílica y, después, leyó con las hermanas del convento el relato sobre el martirio de Esteban que figura en el Nuevo Testamento. Al término de la lectura, las hermanas la rodearon para desearle toda clase de bienes y de felicidades. “Lo mismo deseo para todas vosotras”, repuso la santa. “Pero ya no volveréis a escucharme leer esta lección.” Aquel mismo día, hizo una visita de despedida a los monjes y, a su regreso, ya se encontraba muy enferma. Reunió a todas las hermanas y les pidió que orasen por ella, “porque ya voy hacia el Señor.” Habló brevemente para decirles que, si alguna vez había usado palabras severas, sólo lo había hecho por amor a ellas y concluyó diciendo: “Bien sabe Dios que yo no valgo nada y yo misma no me atrevo a compararme con ninguna buena mujer, ni aun de las que ahora viven en la tierra. Sin embargo, creo que el enemigo no podrá acusarme en el Juicio Final, de haberme ido a dormir un solo día con rencor en mi corazón. El domingo siguiente por la mañana temprano, cuando el sacerdote celebraba la misa, su voz se entrecortaba por el llanto y las palabras rituales le salían mezcladas con los sollozos. Desde su sitio en la nave de la iglesia, Melania le envió un mensaje para pedirle que hablase con mayor claridad puesto que no podía oírle. Durante todo el día recibió a los visitantes, hasta que llegó un momento en que dijo: “Ahora, dejadme descansar en paz.” A la hora de nona, se debilitó considerablemente y, al caer la tarde, en tanto que repetía las palabras de Job: “Como el Señor lo ha querido, que así sea…”, murió tranquilamente. Tenía cincuenta y seis años de edad.

http://www.santopedia.com/santos/santa-melania-la-joven

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Sánchez Gallardo: «El papa Benedicto XVI, un hombre de ciencia»

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Artículo de Francisco Sánchez Gallardo, doctor en Ciencias Físicas, ex director del Instituto de Meteorología de Málaga y académico de Número de la Academia Malagueña de Ciencias.

Después de uno de los cónclaves más rápidos en la historia de la Iglesia, cuando el 19 de abril de 2005 el cardenal Ratzinger fue elegido Papa como el 265º sucesor de San Pedro, con el nombre de Benedicto XVI, la prensa italiana consideró su elección como una buena noticia. Afirmación sin duda acertada, pues con su sabiduría y erudición demostró en sus escritos y a lo largo de su pontificado petrino ser uno de los grandes sabios equiparable, sin error a exagerar, a otro sabio alemán como fue San Alberto Magno (Patrono de las Ciencias). Desde el papa San Silvestre II (primer papa francés y gran matemático que introdujo el uso del número cero), es posible que Benedicto XVI haya sido uno de los papas con más carácter científico en la historia de la Iglesia; institución que lejos de ser un estorbo para los avances científicos ha sido siempre una parte activa y fundamental en ellos, como lo demuestra la Academia Pontificia de las Ciencias, de alcance internacional, y multirracial en sus miembros, cuyo principal objeto es honrar la ciencia pura.

Si San Juan Pablo II condujo la Iglesia hacia el siglo XXI, Benedicto XVI marcó el camino a seguir con sus enseñanzas sabiamente expuestas en su magisterio, fuente de sabiduría y espiritualidad, y siempre orientadas en defensa del cristianismo que según expresión suya, no se corresponde con la imagen de una estrella que se va desintegrando, sino como el grano de mostaza que siempre vuelve a rejuvenecerse (Astronomía y Biología). Y siguiendo con este don de ciencia que poseía, incluso antes de ser Papa, en 1997, dijo a su biógrafo y  periodista Peter Seewald esta bellísima frase: «Una pequeña partícula de amor, pareciendo tan débil, es muy superior a la máxima capacidad de destrucción». Con esta expresión tan original daba a entender la similitud entre el amor, como un impulso con diversas dimensiones, y la energía; pues según la teoría cuántica del también alemán Max Planck, la radiación electromagnética se emite en unidades discretas de energía, llamadas «quantos», manifestando con ello una idea muy propia de él, como es que: «la Teología de lo pequeño es fundamental en el cristianismo»(Física nuclear y Caridad). A la vez, con estas expresiones nos estaba indicando también, de alguna manera, el sentido de la citada parábola del grano de mostaza, pues en su opinión (y así lo publicó en su gran obra «Jesús de Nazaret»), las parábolas no contienen una fuerza coercitiva, sino más bien son una dinámica interna que invitan a un movimiento exigente hacia el misterio de Dios. Y a continuación, en este mismo libro, cuando analiza el mundo como una figura geométrica aconseja que el «baricentro» de la vida del hombre aferrado a su propio ego, se traslade a otro campo de gravitación, que es el campo del amor (Geometría, ley de la gravitación universal y Amor).

En estos primeros años del siglo XXI, y ya desde mediados del siglo pasado, nos encontramos en uno de esos períodos de gran desarrollo científico; la ciencia se diversifica, se amplía y se pluraliza, incluso hacia una dimensión cósmica, sin olvidar el vasto y no menos misterioso campo de la nanociencia.  Pues bien, Benedicto XVI con gran visión de la realidad y en la contemplación empírica de este mundo, ya expresó con motivo del Año Internacional de la Astronomía en 2009, su deseo de conseguir una verdadera síntesis humanista del conocimiento, como la que inspiró a los padres de la ciencia moderna.

Durante todo su pontificado, e incluso antes como prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, toda su acción pastoral tuvo cuatro puntos de apoyo sobre los que orientó su pensamiento: Dios, Cristo, el hombre y el mundo. Es decir, espiritualidad; existencia de Jesús de Nazaret como certidumbre de carácter histórico; realidad del hombre como criatura a imagen y semejanza de Dios, y en cuarto lugar un mundo como universo visible en el que el hombre puede medir las magnitudes de tiempo, espacio y materia. Cuatro realidades que pertenecen esencialmente a la vida del hombre, complementadas con una  característica que él mismo reconoció: su apertura a las diversas posibilidades que abriga en sí el macro y el micro cosmos. Y es en este entramado cosmológico y humano en el que Benedicto XVI manifestó su sabiduría sobre el hombre  y sus conocimientos científicos del universo, con expresiones propias de un hombre de ciencia.

A veces, cuando hablamos de ciencia nos referimos a contenidos pertenecientes a la física, a la matemática o a la biología, (por no citar otras ciencias experimentales o campos del conocimiento humano), cometiendo el error de que con esta forma de hablar no se percibe el sentido unitario de la ciencia que hoy es generalmente admitido. Benedicto XVI aglutinó perfectamente este concepto con la profundidad de una mente brillante y con la precisión de un gran maestro. Es más, defendió la conjunción entre fe y razón, a través de sus escritos y discursos como preludio de un nuevo renacimiento humanista y universalista, con el paradigma de establecer una relación entre la realidad del hombre y la visión cosmológica del universo, postulando que Dios es la medida de la evolución de la ciencia.

 Sin duda, pasará a la historia como uno de los Pontífices más sabios, valientes y consecuentes con su labor. Un futuro santo Doctor de la Iglesia. Un colaborador de la Verdad.

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La muerte de Benedicto XVI, vista por Fano

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El dibujante malagueño Patxi Velasco Fano ha dedicado una de sus creaciones a Benedicto XVI tras el anuncio de su fallecimiento. El reconocido ilustrador juega con el nombre del papa emérito para lanzar un mensaje de esperanza en este momento de dolor.

Patxi ha elegido un fragmento del discurso del Pan de Vida del Evangelio de San Juan en el que Jesús afirma que «El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día» (Jn 6, 54).

En su obra, un ángel juguetón arregla, brocha en mano el nombre de Benedicto XVI para encontrar y subrayar la frase: «en Cristo Vive».

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Alfonso Crespo: «Benedicto XVI, el teólogo que no quiso ser Papa»

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La noticia de la muerte de un Papa, siempre se solapa con la quiniela sobre quién será su sucesor. La muerte de Juan Pablo II, tan mediática como su pontificado, disparó también las conjeturas sobre quién ocuparía la sede de Pedro. El nombre de Ratzinger sonaba, pero quizás su edad, 78 años, parecía un impedimento mayor. Sin embargo, cuando se abrió el balcón de la basílica de san Pedro, el 19 de abril de 2005, apareció vestido de blanco un hombre aparentemente frágil, tímido, de gestos contraídos y mirada limpia que había adoptado el nombre de Benedicto XVI. Un vaticanista sentenció: «la iglesia no podía perderse este Papa».

Suceder al papa Wojtyla, no parecía ser tarea fácil: Ratzinger comenzaba su pontificado con el viento en contra, ¿cómo ser obispo de Roma después de casi 27 años del panorámico Juan Pablo II y su enorme legado? Sin embargo la sabiduría de Benedicto XVI encontró el secreto: la fidelidad a sí mismo. El cardenal Ratzinger había prestado grandes servicios a la Iglesia, colaborando con Juan Pablo II desde la Congregación para la Doctrina de la fe, un servicio no fácil y muchas veces ingrato, siempre lastrado por su nombre anterior: el Santo Oficio. Ser el guardián de la fe y evitar que la sal no se corrompa le granjeó a Ratzinger un halo de mano dura, de cierta intransigencia, de tradicionalismo rancio… ¡Nada más lejos de la realidad!

Mirar los ojos de alguien es entrar en su interior. Siempre me ha llamado la atención la mirada clara de Ratzinger: sus ojos pequeños te miran con limpieza y dejan adentrarte en su interior. Mirar a los ojos a Benedicto XVI te revelan a un hombre sabio y poliédrico, con la solida base de un humanismo renacentista y el halo espiritual de la mejor mística; alguien que supo unir las disyuntivas en síntesis creativas: pastor y teólogo, enérgico defensor de la verdad y dialogante con la cultura, sublimidad de pensamiento y sencillez en su exposición, alta espiritualidad y piadosa vivencia. La mirada de Benedicto XVI siempre abarca una perspectiva difícil de lograr: una mirada interior profunda y una mirada exterior de amplio horizonte.

El cardenal Ratzinger, cuando estaba empaquetando sus pocas pertenencias, para gozar de una jubilación ansiada en su Alemania natal con su piano y su lectura, fue requerido para pilotar la barca de Pedro, nuestra Iglesia, en uno de los momentos más complejos y tormentosos de su historia. Su pontificado no ha sido largo, pero sí intenso. «El humilde servidor de la viña del Señor», como él mismo se presentó en público, lejos de ser un Papa de transición por su edad, sostuvo una ardua tarea: afrontó con valentía los principales y más tristes escándalos de pedofilia y abuso sexual dentro de la iglesia, alertó sobre la necesidad de abordar la crisis de las faltas de las vocaciones, reafirmó el diálogo interreligioso con religiones cristianas y no cristianas, tendió puentes con la cultura alentando el diálogo razón y fe, nos sorprendió con hermosas catequesis cargadas de profundidad y sencillez teológica, se esforzó por los encuentros públicos y midió muy bien el alcance de sus viajes, selectivos pero cargados de simbolismo para la evangelización.

Dos legados nos deja Benedicto XVI, que harán que su memoria sobreviva al natural olvido de los años: su magisterio teológico y el hecho grandioso de su renuncia. Ratzinger ha sido uno de los grandes pensadores que ha llevado la reflexión teológica al paso del siglo XXI: los veinte tomos, de casi mil páginas cada uno, que abarcan sus Obras Completas, serán de obligada lectura para el desarrollo del pensamiento cristiano. Sus reflexiones sobre el Concilio Vaticano II y sobre la Iglesia, refrescan sus cimientos; su magisterio sobre la Liturgia, la centran en la profundidad del misterio que se celebra; su cristología nos presenta a Jesús de Nazaret, en la riqueza de su humanidad y en la profundidad de su divinidad… Obras clásicas como Introducción al cristianismo o Jesús de Nazaret, entran en la estantería particular de los clásicos. Sus homilías y reflexiones sobre el Año litúrgico, son fuente de inspiración por las que no pasa el tiempo. A todos nos sorprendió su primera encíclica; cuando todos esperábamos una extensa reflexión filosófica y teológica, nos dice brevemente una gran verdad: «Dios es amor». Una cita de su primer número ha quedado como una introducción imprescindible para hablar de la fe: «no se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva». Su magisterio pontificio se ha centrado siempre en lo esencial: los mejores maestros son quienes son capaces de hacer grandes síntesis.

Con estas sencillas palabras, manifestó Benedicto XVI su renuncia al pontificado, el 11 de febrero de 2013: «He llegado a la certeza de que mis fuerzas, debido a mi avanzada edad, no se adecuan por más tiempo al ejercicio del ministerio petrino. Con total libertad declaro que renuncio al ministerio de obispo de Roma y sucesor de Pedro». Una decisión profética y conveniente, que abrió los ojos de la Iglesia como institución a la modernidad. Este gesto será valorado en su justa grandeza con el paso del tiempo.

En una de sus últimas entrevistas, cuando apenas podía caminar, el Papa emérito reconocía «que estaba haciendo el camino a casa». Ya ha llegado a la meta, a la casa del Padre, siendo abrazado por Dios de quien tanto nos habló, mirando y dejándose mirar por Jesús a quien tanto amó. La muerte es el último abrazo del amor de Dios por los hombres. ¡Gracias papa Benedicto!

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Benedicto XVI ha fallecido

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Noticia

Benedicto XVI

Publicado: 31/12/2022: 188

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«Con pesar doy a conocer que el Papa emérito Benedicto XVI ha fallecido hoy a las 9:34 horas, en el Monasterio Mater Ecclesiae del Vaticano», con este escueto mensaje, el director de la Sala Stampa, Matteo Bruni ha anunciado esta mañana la noticia del paso al Padre de quien gobernara la barca de Pedro desde 2005 hasta 2013.

Desde hacía ya varios días el estado de salud del Papa emérito había ido empeorando debido a sus avanzada edad, por lo que el Papa Francisco había pedido rezar «para que el Señor le consuele y le sostenga «en este testimonio de amor a la Iglesia hasta el final».

También el Obispo de Málaga se sumó a esta petición de oración del papa Francisco con una petición especial a todos los malagueños a rezar paque el el Señor «lo sostenga en su sufrimiento en estos momentos delicados y de prueba»

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Benedicto XVI: «Málaga, buen vino y buena música»

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Con motivo del fallecimiento del Papa emérito, rescatamos esta frase que dedicó al obispo de Málaga durante una audiencia a la que acudió acompañado por la banda de música de la Fundación Victoria y que recuerda en una reciente entrevista el sacerdote toledano de origen rondeño Salvador Agulera, uno de los malagueños que mejor conoció a Benedicto XVI.

En la entrevista realizada con motivo de su 94 cumpleaños, Salvador Aguilera lo definía con dos palabras: «dulzura y humildad. Cuando, a lo largo de estos años, he tenido ocasión de encontrarlo, en cada una de ellas, él se acercaba a ti, se preocupaba por ti, te hacía sentir querido, te mostraba el cariño propio de quien piensa que Dios le ha puesto delante a esa persona y, por ello, le dedica todo su tiempo y atención».

Aguilera atesora una larga lista de encuentros personales con el pontífice, por quien sentía auténtica devoción y afecto. Ordenado en Toledo, lleva 10 años en Roma, nueve de ellos en la curia, como oficial de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, por lo que ha tenido ocasión de saludar y charlar con él en actos de todo tipo: celebraciones litúrgicas, actividades culturales, visitas particulares, etc.

El primer encuentro tuvo lugar en 2013, para hacerle entrega de un obsequio preparado por la archidiócesis de Toledo con motivo del aniversario de ordenación episcopal de su entonces arzobispo, Mons. Braulio Rodríguez. «Cuando le indicaron al papa que yo era diocesano de Toledo, exclamó: “¡Oh, Toledo! Me acuerdo de El Greco”, porque en los años 90 visitó la ciudad. Luego me dijo: “Conocerá usted el Rito Mozárabe ¿me podría indicar alguna particularidad del mismo? Imagínate qué responsabilidad. Le conté tres particularidades y siguió con muchísimo interés mi explicación».

Y es que, como gran intelectual, siempre demostraba una tremenda curiosidad por el conocimiento, como queda patente en el siguiente encuentro: «En otra ocasión, aprovechando que vendría su hermano, con quien compartía su afición musical, y dado que viví por cuatro años en el Pontificium Collegium Russicum, propuse un concierto de música bizantina. Y allí, en la pequeña capilla del monasterio, ante los hermanos Ratzinger, católicos y ortodoxos entonábamos cantos de esta antigua tradición, los cuales iba yo introduciendo e indicando su traducción, su lugar dentro de la Divina Liturgia, etc…. Siguió atentamente mis explicaciones y las agradeció de corazón».

«En otra ocasión, en julio de 2014, acompañé a un padre dominico. Antes de finalizar el encuentro pude enseñarle los “triunfos” (pinturas alegóricas sobre virtudes cristianas) y parte del techo que el pintor malagueño Raúl Berzosa estaba realizando en el Oratorio de las Penas. Al papa le sorprendió mucho que hoy en día se hicieran cosas así y me dijo que si el pintor venía a Roma le encantaría conocerlo. Al año siguiente, Raúl y su esposa Marina vinieron a visitarlo. Durante el encuentro, le mostraron una fotografía del techo ya acabado y le hicieron entrega de un retrato inspirado en el momento de su renuncia al ministerio petrino. En el cuadro se puede ver la cúpula del Vaticano sobre sus espaldas, significando el peso de la Iglesia, y entre los tonos oscuros surge un rayo de luz, justo por donde está el edificio de la Congregación para la Doctrina de la Fe, lugar donde Ratzinger trabajó tantos años. Nos recibió en el jardín, junto a la gruta de la Virgen de Lourdes, y lo primero que dijo al verlos es que eran muy jóvenes. Al decir que eran de Málaga les contestó: “Buen vino”. Y, tras ver su trabajo en los frescos del Oratorio de Santa María Reina, añadió: “Se puede decir que usted es un nuevo Miguel Ángel”. El mismo obispo de Málaga me contaba que al saludarlo tras una Audiencia general le dijo: “Málaga, buen vino y buena música” pues D. Jesús iba acompañado de la Banda de Música de la Fundación Victoria que tocó ante el papa».

El sacerdote rondeño también acompañó a una familia española que atribuía la curación de su pequeña hija a las oraciones del papa Benedicto XVI. Antes de ser sometida a una grave operación por motivo de un cáncer, decidieron venir a Roma para recibir la bendición del papa durante una Audiencia general. Regresaron y todo salió tan bien que, como agradecimiento, la familia pidió traslado a Roma con intención de estar cerca del papa y poder agradecerle sus oraciones. «Terminado el periodo laboral del padre de la pequeña, cuando ya les quedaba muy poco tiempo para volverse a España –continúa Aguilera–, me manifestaron que regresaban tristes, ya que su deseo quedaba incumplido. Por eso, se le hizo llegar al papa Benedicto una carta, cuya respuesta no se hizo esperar. Fue muy entrañable, todos llorando de emoción… Cuando le expresé a Benedicto que la familia decía que su bendición la había curado, él respondió humildemente que había sido gracias a su oración y a la de tantas personas que habían orado por ella».

En otra ocasión, la visita tuvo lugar junto a la comunidad de las hermanas de la Cruz de Roma, con quien este sacerdote tiene mucha relación como postulador del Siervo de Dios José Torres Padilla, cofundador del Instituto junto a santa Ángela de la Cruz. «Asistimos a la Misa por la mañana temprano y tuve el honor de concelebrar; junto al altar estábamos Monseñor Gänswein y yo. En la sacristía me estuvo preguntando por las hermanas, por su carisma. Seguidamente salió y habló con cada una, sin prisa, jamás ha tenido prisa en ninguno de los encuentros. Llama la atención que te trata, que trata a cada uno, como si Dios le hubiese puesto delante en ese momento a esa persona. Te hace sentir a su altura. Aun siendo un gran intelectual, nunca te hace sentir inferior como sucede ante algunos científicos e intelectuales».

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Mons. Catala: «el Papa Benedicto XVI ha sido un gran regalo para la Iglesia y para el mundo»

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El Obispo de Málaga ha publicado un mensaje con motivo de la muerte del papa emérito Benedicto XVI.

MENSAJE DEL OBISPO DE MALAGA CON MOTIVO DE LA MUERTE DEL PAPA EMÉRITO BENEDICTO XVI

(Málaga, 31 diciembre 2022)

Acabamos de conocer con pesar que el papa emérito Benedicto XVI ha fallecido en el Vaticano.

Rezamos para que el Señor lo acoja en su Reino de Paz y de Inmortalidad. 

El papa Benedicto XVI ha sido un gran regalo para la Iglesia y para el mundo mediante su ministerio sacerdotal. Ha ejercido su servicio desde el estudio y la enseñanza de la teología, siendo tal vez el mejor teólogo del siglo XX. 

Con su ministerio sacerdotal y episcopal, ejercido primero en Alemania y después en la Santa Sede, enriqueció el magisterio eclesial bajo el pontificado de san Juan Pablo II. 

Y como Obispo de Roma ayudó a toda la Iglesia a poner a Dios como fundamento de la vida humana. 

Hubo gente que no conoció la profundidad de su pensamiento teológico ni su cordial delicadeza de trato personal. 

Era respetuoso y exquisito en sus relaciones, como pude comprobar muchas veces en mis encuentros personales con él y en las reuniones de trabajo. 

No le faltaron momentos de sufrimiento por la fragilidad pecadora de algunos colaboradores y por problemas eclesiales. Pero lo supo asumir con gran humildad y firmeza a la vez. 

Agradecemos a Dios el gran regalo de su persona y de su obra como sacerdote, teólogo, obispo y papa. 

Él mismo se definió como «humilde trabajador de la viña del Señor».

Pedimos a Dios misericordioso que ahora lo lleve a gozar con Él de su Amor pleno y de su Luz inextinguible.

+ Jesús Catalá

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