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La Hermandad del Campo de la Verdad muestra al Obispo su devoción

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El prelado ha cruzado el puente para conocer de primera mano tanto a las imágenes titulares como a la Junta de Gobierno

En su visita a las hermandades y cofradías de la ciudad, el obispo de Córdoba ha comenzado este Viernes Santo su andadura cruzando el Puente Romano para visitar una hermandad de barrio, la del Cristo del Descendimiento y Nuestra Señora del Buen Fin del Campo de la Verdad.

La cofradía del Viernes Santo se pondrá en la calle para realizar su estación de penitencia en unas horas y el obispo de Córdoba, monseñor Jesús Fernández, se ha acercado a su sede canónica, la parroquia de San José y Espíritu Santo, para impartirles su bendición y rezar junto a los miembros de la hermandad una oración acompañado por el párroco y consiliario, Juan Luis Carnerero, y el delegado diocesano para las hermandades y cofradías, José Juan Jiménez.

El prelado ha firmado en el libro de la hermandad y le ha deseado a todos una gran estación de penitencia. De esta manera, la hermandad se dispone ya a vivir un nuevo Viernes Santo que dará comienzo con un reguero de nazarenos blancos y burdeos que comenzarán a caminar junto a los titulares para reencontrarse con un barrio que espera impaciente el discurrir de la cofradía.

El primero en salir será el Cristo del Descendimiento y, tras Él, la Virgen del Buen Fin se reencontrará de nuevo con el barrio, con su gente, esa misma que día tras día le rezan en su capilla de la parroquia de San José y Espíritu Santo. Así, volverá a cruzar el Puente para llegar a la Catedral y hacer su estación de penitencia junto a todas las cofradías de esta jornada.

Más info: http://www.descendimientocordoba.org/










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Cofradía del Santísimo Cristo de la Caridad en su Vía Crucis. Pozoblanco

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Se trata de una Cofradía asistencial a cuyo cargo estaba el “Hospital de La Caridad” o “Casa de La Caridad” a partir de 1596

En la actualidad la historiografía es bastante confusa respecto a la fundación de la Cofradía del Padre de La Caridad de Pozoblanco. Mientras algunos autores la sitúan pasada la mitad del siglo XVI, otros la colocan en el primer lustro del siglo XVII. Diego Díaz de Pedrajas, el Hermano Mayor del año 1604, sería uno de sus principales impulsores.

Se trata de una Cofradía asistencial a cuyo cargo estaba el “Hospital de La Caridad” o “Casa de La Caridad” a partir de 1596. Entre sus fines estaba la asistencia a enfermos y pobres. Su gestión duro casi todo el siglo XVII hasta la puesta en marcha del Hospital de Nuestro Padre Jesús Nazareno, impulsado por el beato Cristobal de Santa Catalina y Fray Diego de Novoa. Se sostiene con censos, pero principalmente con las limosnas y donaciones testamentarias de generaciones de pozoalbenses.

A finales del siglo XVIII  comienza un amplio letargo. De momento no hay datos suficientes de esa centuria y parte de la siguiente. Desde finales del XIX y hasta 1935 sigue recibiendo culto y procesiona en la tarde del Viernes Santo en el Entierro Magno pozoalbense. La mañana del 15 de agosto de 1936 el Titular es destruido de manera ignominiosa.

A partir de 1942 concurren intentos de procesionar o fundar una hermandad que parecen fracasar, pero el mecenazgo de las hermanas Moreno Pozuelo consigue la restauración de los cultos internos que se prolongan al menos hasta la década de los 1980, también la adquisición de una nueva talla encargada al imaginero sevillano Carolos Bravo Nogales en 1942, actual Titular. En el año Jubilar (2000) se reorganiza con el nombre de Cofradía del Santísimo Cristo de la Caridad en su Vía Crucis.

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Evangelio del Domingo de Pascua de la Resurrección del Señor en Lengua de Signos Española (A)

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Evangelio del Domingo de Pascua de la Resurrección del Señor en Lengua de Signos Española (A)

Evangelio del Domingo de Pascua de la Resurrección del Señor en Lengua de Signos Española (Juan 20, 1-9)

Signado por el director del Departamento de Pastoral del Sordo de la Archidiócesis de Sevilla, el sacerdote Gumersindo Melo.

Produce: Archidiócesis de Sevilla

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La tradición del Canto de la Pasión

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La tradición del Canto de la Pasión

La proclamación cantada de la Pasión de Cristo constituye una de las tradiciones litúrgicas más antiguas y solemnes de la Iglesia. Más allá de su dimensión religiosa, el canto de la Pasión -reservada al Viernes Santo- representa un patrimonio histórico y musical que durante siglos ha configurado la espiritualidad de la Semana Santa. Herminio González Barrionuevo, antiguo maestro de capilla de la Catedral de Sevilla, analiza con detalle esta práctica y propone una adaptación que ofrece a los intérpretes ayuda para conseguir una cantilación expresiva, bien fraseada y digna del texto sagrado de la Pasión, en el que convergen historia, música y espiritualidad.

Una tradición con raíces medievales

Según González Barrionuevo, hasta la publicación de la edición vaticana oficial del cantus passionis, en España coexistieron dos maneras principales de cantar la Pasión: el tono romano y el tono hispánico. Dentro del territorio español, además, se desarrollaron dos variantes destacadas: la tradición aragonesa —documentada desde finales del siglo XIII— y la tradición castellano-toledana, cuyo origen se sitúa en el último tercio del siglo XV.

A partir de finales del siglo XVI, la Catedral de Sevilla adoptó el tono castellano-toledano para las partes del cronista y de Cristo. Las intervenciones colectivas, como las de la Sinagoga —las llamadas turbas—, se interpretaban en polifonía gracias a la música compuesta por el célebre maestro de capilla Francisco Guerrero, conservada en el Libro de polifonía 3 del archivo musical catedralicio fechado en 1580. Esta práctica permaneció viva durante siglos, al menos hasta bien entrado el siglo XIX.

De un solo cantor a la participación coral

En los primeros siglos de la liturgia romana, la Pasión era normalmente cantada por una sola persona —habitualmente el diácono—, tal como señalan los antiguos ordines romani. Sin embargo, las fuentes del siglo IX ya indican signos y letras que orientaban la altura, el tempo y la intensidad de la voz para diferenciar a los personajes del relato: Cristo, el evangelista narrador y el pueblo.

Entre los siglos XIV y XV se generalizó una interpretación a tres voces: un cantor para Cristo, otro para el cronista y un tercero para los distintos interlocutores. En algunos manuscritos comenzaron a incorporarse también las intervenciones del coro para representar las voces colectivas del pueblo.

El recitativo gregoriano y la cantilación

Musicalmente, el llamado tonus passionis pertenece al grupo de cantos conocidos como recitativos dentro del repertorio gregoriano. En ellos predomina la recitación musical del texto más que la elaboración melódica. Se trata de una forma de interpretación situada entre la declamación y el canto propiamente dicho.

Como explica Gónzalez Barrionuevo, “su finalidad no es tanto adornar y hacer más bello el texto cantilado, aunque esto no se excluya totalmente, cuanto amplificar las palabras, otorgándoles un cuerpo y un sentido del que carecen con una simple lectura; aparte de proclamarlo, potenciar su expresión y propiciar la escucha más eficazmente a todos los asistentes”. Con ello se pone en evidencia, una vez más, un principio esencial en el canto litúrgico: que este no es sino un medio destinado a aumentar la resonancia expresiva de la palabra; “que es la palabra misma, sobre todo la que se proclama y solemniza, resaltando los sentimientos y pensamientos que ella expresa”, añade.

La estructura musical del tono de la Pasión

El elemento central de todo recitativo es la cuerda de recitación o tenor, nota sobre la que se sostiene la mayor parte del texto cantado. A partir de esta base se articulan los distintos elementos musicales del discurso: la entonación inicial, generalmente breve y ascendente, que introduce la frase; la cuerda de recitación, donde se desarrolla la mayor parte del texto; y las cesuras o cadencias, pequeñas inflexiones melódicas que marcan las pausas y la puntuación del discurso.

Estas variaciones responden a la acentuación del texto, a las divisiones sintácticas y a la necesidad de dar fluidez y expresividad a la proclamación.

Los cambios tras el Concilio Vaticano II

El Concilio Vaticano II (1963-1965) supuso una transformación profunda en la liturgia católica al introducir las lenguas vernáculas. Este cambio afectó también al canto de la Pasión, que pasó a interpretarse en lengua española en muchos lugares.

Paradójicamente, la práctica de cantar la Pasión se ha ido reduciendo con el tiempo, y hoy son pocos los templos en España donde se mantiene esta tradición. En la Catedral de Sevilla, sin embargo, se ha venido interpretando la Pasión según San Juan, el Viernes Santo, y para ello se usa la versión melódica propuesta por el Secretariado Nacional de Liturgia de la Conferencia Episcopal Española: “Una adaptación de la melodía del passio latino oficial a la lengua española con algunas incorrecciones que pretendo subsanar con esta nueva adaptación”, explica el maestro de capilla de la Seo.

Los estudios de Herminio González Barrionuevo subrayan la importancia de revisar y perfeccionar estas adaptaciones para conservar con fidelidad el carácter musical y expresivo del tonus passionis. En plena Semana Santa, el canto de la Pasión continúa recordando que, más allá de la ceremonia, la música litúrgica nació para servir a la palabra y para hacer resonar con mayor profundidad el relato central del cristianismo: la Pasión de Cristo.

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“Eucaristía, sacrificio de Cristo, el alimento”

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Homilía del arzobispo Mons. José María Gil Tamayo, en los Oficios de la Cena del Señor, el Jueves Santo, el 2 de abril de 2026, celebrada en la Catedral.

Queridos sacerdotes concelebrantes, diácono, seminaristas;
queridos miembros de la vida consagrada;
queridos hermanos y hermanas;
y también quienes nos seguís a través de La 2, de Televisión Española:

Estamos celebrando la Misa de la Cena del Señor. Acabamos de escuchar la Palabra de Dios, que ilumina esta celebración y que nos pone en situación. Esa Palabra de Dios, que es lámpara para nuestros pasos y luz en nuestro sendero nos dice la propia Sagrada Escritura. Esa Palabra de Dios, que hemos escuchado en el primer texto, tomado del Libro del Éxodo, nos recuerda la celebración de la cena pascual judía. La celebración de esa cena que supone la salida de Egipto, la liberación. El sentirse como pueblo liberado, como nación posesión de Dios. Es entrar en el mundo del pueblo judío. Pero, para nosotros, los cristianos, la verdadera Pascua es la Pascua Redentora de Jesucristo. Estamos ya comenzando el ritmo pascual. La Pascua, el paso del Señor, el paso liberador.

San Pablo, en la primera Carta a los Corintios, que ha sido el texto que ha sido proclamado en la segunda lectura, nos habla de la institución de la Eucaristía. De esa cena celebrada por Cristo en la que ya no solo recuerda la salida de Egipto del pueblo de Israel, sino la verdadera liberación que Él trae con su entrega en la cruz y su Resurrección.

Es Cristo quien se entrega. Es Cristo quien se sacrifica por la humanidad. Es Cristo el verdadero Cordero que quita el pecado del mundo. Y es Cristo quien se queda con nosotros en la Eucaristía. El Jueves Santo es el día de la institución de la Eucaristía. Jesucristo es el pan de vida. Jesucristo se nos da como alimento.

Hemos escuchado la proclamación del Evangelio de San Juan, el texto precisamente de la Última Cena, en que no nos habla de la Eucaristía porque ya lo había hecho en su capítulo sexto de su Evangelio, al hablarnos del pan de vida. Nos habla de otra institución por parte de Cristo en este día de Jueves Santo. La institución del mandamiento nuevo del amor y lo hace con el gesto, con el signo, de ponerse a lavar los pies a sus discípulos. Ese gesto propio del criado. Y Jesús, el maestro, les hace ver a sus discípulos que Él no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida en rescate por muchos, como dirá. Es un gesto, pero expresa toda la profundidad de ese mensaje del mandamiento nuevo de Jesús, que nos dice “un mandamiento nuevo os doy: que os améis los unos a los otros, como Yo os he amado. En esto reconocerán que sois mis discípulos”.

Es el mandamiento del amor cristiano. Es el amor de Cristo mismo, con ese amor amar a los demás, sin fisuras, sin distinción. Ese amor que nos lleve a entregarnos por nosotros como Cristo. “Habiendo amado a los suyos -nos dice el Evangelio- los amó hasta el extremo”. Luego, tenemos otra institución. La institución de la Eucaristía, la institución del mandamiento nuevo del amor fraterno.

Y hay otra institución, el sacerdocio. Cuando Jesús, al celebrar la Eucaristía con sus discípulos, en la Última Cena, les dice “haced esto en memoria mía”. Y ahí, aquellos apóstoles, con sus defectos también, como vemos en el propio Pedro, que ya Jesús le había anunciado que lo entregaría en esa negación, o esa otra entrega, vendido, que es la que hace Judas, el traidor.

Los defectos de los apóstoles son innegables en el Evangelio. Nosotros también los tenemos. Pero, a pesar de eso, el Señor ha elegido hombres de su pueblo, para que les representen, para que sean representación sacramental suya nuestros sacerdotes.

Luego, en este día, es también el día del sacerdocio, de pedir por nuestros hermanos sacerdotes. El Papa nos invita este mes, precisamente, a que pidamos por los que están cansados, agobiados, por los que están en dificultad.

Luego, estas tres realidades, que son esenciales en la vida de un cristiano, en la vida de la Iglesia, nos las pone el Señor en el día del Jueves Santo.

Amor fraterno. Ay, si los cristianos nos decidiésemos a vivir de una manera más profunda ese amor que San Pablo desgrana en su primera Carta a los Corintios: “El amor es comprensivo, es servicial, no lleva cuentas del mal, no se alegra de la injusticia, disculpa sin límites, cree sin límite. El amor no tiene envidia, no se engríe, no es maleducado, ni egoísta”. El amor está hecho de obras (“obras son amores y no buenas razones, dice el refranero castellano”. El amor está hecho de cariño, el amor está hecho de concreción a las personas que nos rodean.

El amor. Es fácil hablar de él. Incluso hemos devaluado su palabra. Pero, es de lo que nos va a examinar el Señor. Jesús nos ha dicho en el Evangelio que al final Dios nos va a preguntar si hemos amado y nos dirá “venid benditos de mi padre, heredad el Reino preparado para vosotros desde la creación del mundo, porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber. Fui peregrino y me acogisteis, estuve enfermo en la cárcel y me visitaste”. “¿Cuándo lo hicimos Señor? Cuando lo hicisteis con uno de estos mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis”. Y condenar a otros. “¿Cuándo no lo hicimos? Cuando no lo hicisteis con uno de estos”.

Queridos hermanos, el juicio final de Dios sobre nuestra vida es un juicio de amor y nuestra vida vale lo que el amor…, el amor que ponemos en ella; no va a valernos nuestro poder, ni el dinero, ni las cosas materiales. Luego, tenemos que cambiar esta mentalidad y ponernos a estrenar el mandamiento nuevo, para que deje de ser nuevo también en su cumplimiento.

Y vamos a empezar por los más próximos. Y vamos a hacer un mundo mejor, cuando hagamos ese empeño en medio de esta cultura de la muerte en que vivimos, en medio de esta civilización, que parece que la única solución es la guerra, es el distanciamiento, es la polarización, son las divisiones. Recuperemos, pongamos en práctica el amor; el amor que nos pide Jesucristo, el amor que lleva consigo la justicia, el amor que lleva consigo la comprensión del otro, el amor que lleva consigo en ponernos en su lugar. Por tanto, en este día del amor fraterno, hagamos ese esfuerzo y examinémonos si estamos viviendo como Jesús nos pide, porque, al fin y al cabo, ese es el temario final del éxito de nuestra vida.

Jesús instituye la Eucaristía, que es la mayor prueba del amor de Dios en su entrega, que se queda con nosotros y se queda como alimento: “El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna y Yo lo resucitaré en el último día. Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida”.

Apreciamos los cristianos realmente la Eucaristía, que es el alimento. ¿No estará debilitada nuestra vida cristiana precisamente porque hemos dejado de valorar la presencia real de Cristo en la Eucaristía, porque no acudimos, como lo vamos a hacer a partir de esta tarde, a nuestros agrarios, a los monumentos, a estar un rato con el Señor, a hablarle de nuestras cosas, a pedirle ayuda, a vivir esa costumbre cristiana de la adoración a Cristo en la Eucaristía, que vive tantos y tantos hermanos y hermanas nuestras con la adoración eucarística? Vivamos la misa dominical, donde cada domingo vamos a estar con el Señor, escuchamos su Palabra, que es ese alimento espiritual, pero también es el alimento de la Eucaristía, que nos fortalece para la semana, viviendo la Resurrección de Cristo, anunciando su muerte y esperando su Venida.

Adelante con la celebración de la Eucaristía los domingos. No la dejemos. Y a quienes estáis en vuestras casas y la seguís a través de La 2 de Televisión Española, a la que agradezco especialmente este servicio público en favor de la comunidad cristiana, gracias, y no dejéis de hacerlo.

La Eucaristía es también presencia y sacrificio: es el sacrificio de Cristo, es el alimento. Y hoy también vuelvo a repetiros, pidiéndoos, como un necesitado, que pidáis por los sacerdotes, que ayudéis a los sacerdotes, que no dejéis solos a los sacerdotes, que recéis por las vocaciones sacerdotales, para que el Señor continúe llamando a hombres de nuestro pueblo, para que puedan serviros con la proclamación de la Palabra, con la celebración de los Sacramentos, con la guía del Pueblo de Dios.

Vamos a pedírselo a la Virgen, cada uno en la advocación que la tenga; cada uno en su casa o donde esté.

Queridos hermanos, vivamos ahora el gesto del lavatorio de los pies, con el recordatorio para nosotros, de que hemos de ponernos al servicio de los demás.

Así sea.

+ José María Gil Tamayo
Arzobispo de Granada

2 de abril de 2026
Jueves Santo, Catedral de Granada

VIERNES SANTO «Hoy estarás conmigo en el paraíso», por Andrés Rodríguez Quesada

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En la mañana serena del Viernes Santo en nuestra tierra de Almería, donde el silencio de las calles se mezcla con el rumor de los pasos y el latido de los tambores, la Iglesia nos invita a mirar la Cruz no solo como signo de dolor, sino como cumbre de la misericordia.

Una antigua tradición cuenta que, en su huida hacia Egipto, la Virgen María y San José hicieron un alto en una humilde posada. Allí, el agua con la que fue bañado el Niño Jesucristo sirvió también para sanar a un niño enfermo de lepra. Aquel niño, según la leyenda, crecería con un destino torcido hasta convertirse en ladrón. Su nombre era Dimas.

Hoy lo contemplamos de nuevo, no ya como niño sanado, sino como el hombre clavado en una cruz, a la derecha del Señor. Su vida había tomado caminos oscuros, pero en el instante final, cuando todo parecía perdido, algo en su interior se encendió. Tal vez un recuerdo lejano de una historia contada por su madre, tal vez un susurro de la gracia, tal vez el simple hecho de mirar a Cristo en su sufrimiento. Y entonces pronunció una de las oraciones más breves y más profundas del Evangelio: «Señor, acuérdate de mí cuando estés en tu Reino».

En aquel Calvario, entre gritos, burlas y abandono, nadie más alzó una confesión tan clara: ni los poderosos, ni los sabios, ni siquiera muchos de los cercanos. Solo un condenado reconoció al Rey en un hombre derrotado. Solo un pecador supo ver un trono en una cruz.

Y la respuesta de Cristo no se hizo esperar: «Hoy estarás conmigo en el Paraíso». En ese «hoy» se encierra toda la esperanza del cristiano: no mañana, no cuando todo esté resuelto, no cuando seamos mejores…, sino hoy. Porque la misericordia de Dios no conoce plazos ni condiciones humanas. Basta un corazón que se abre, aunque sea en el último instante.

Dimas, el ladrón arrepentido, nos enseña que nunca es tarde; que ninguna vida está definitivamente perdida; que incluso con las manos clavadas, sin posibilidad de reparar el pasado, todavía se puede confiar, todavía se puede amar, todavía se puede creer.

¡Qué consuelo tan grande para nuestro mundo herido! En una sociedad que a veces señala, juzga y descarta, la Cruz nos revela a un Dios que acoge, perdona y salva. Un Dios que no se cansa de esperar.

Por eso, en este Viernes Santo, cuando en Almería contemplamos a Cristo crucificado recorrer nuestras calles, quizá podamos mirarlo como lo hizo Dimas: sin máscaras, sin excusas, con la verdad desnuda del corazón. Y atrevernos a decirle, en silencio o en voz baja: «Señor, acuérdate de mí». Porque esa súplica sencilla puede cambiarlo todo.

Al final, el Evangelio nos deja una certeza luminosa: el primero en entrar en el Paraíso tras Cristo no fue un justo reconocido ni un sabio admirado, sino un ladrón que confió. Un hombre que, en el último suspiro, lo arriesgó todo… y lo encontró todo.

Y quizá esa sea la gran enseñanza que hoy resuena entre los pasos y las procesiones: que Dios no espera perfección, sino entrega. No busca méritos, sino corazones.

Como dijo también el Señor a san Jerónimo, según otra tradición, no le bastan nuestras obras ni nuestros sacrificios… lo que quiere que le entreguemos, con confianza, es incluso aquello que más nos pesa: nuestros pecados.

Ahí, precisamente ahí, comienza la verdadera salvación.

Andrés Rodríguez Quesada
Delegado episcopal de Hermandades y Cofradías

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Viernes Santo de cruz redentora, con ayuno y abstinencia

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Viernes Santo de cruz redentora, con ayuno y abstinencia

 

Para quienes no puedan observar el ayuno y la abstinencia, hay dispensa y se invita a sustituirlas por otras prácticas

El Viernes Santo llama a las puertas, como uno de los días grandes del Triduo Pascual. Tras el Jueves Santo, y en espera de la resurrección del Señor, el Viernes Santo nos habla de entrega, de sacrificio, de salvación. Cristo murió en la cruz por nosotros, para nuestra redención, para salvarnos.

Sabemos que es una muerte para resucitar, pero, a pesar de todo, el sufrimiento de Cristo en la cruz la Iglesia lo vive con recogimiento, con mucha fe y un sentimiento de dolor profundo por todas las muertes injustas que ocurren aún en nuestro mundo y por el sufrimiento de tantos inocentes. Por eso, el Viernes Santo viene acompañado por una llamada a vivirlo con ayuno y abstinencia. Son prácticas que la Iglesia ha mantenido durante siglos porque nos ayudan a recordar y celebrar la Pasión y Muerte de nuestro Señor Jesucristo; y, además, sirven como penitencia por nuestros pecados, pues nos disponen mejor para una auténtica conversión,

La abstinencia, es decir, no comer carne, es lo que se ha hecho en otros viernes de Cuaresma. El ayuno, – que solo se exige dos veces en el año, el Miércoles de Ceniza y el Viernes Santo- , consiste en no tomar alimento en el inicio de día, para acompañar a Cristo en su sufrimiento, para expresar el dolor que siente la Iglesia y toda la humanidad, y para recordar que a Jesús se le sigue si somos capaces de esforzarnos y de ayunar a todo lo que nos pueda alejar de Él y de los hermanos. También nos recuerda que el Viernes Santo es día de penitencia y de oración.

A pesar de todo, no siempre es posible o fácil vivir este ayuno y la abstinencia, en estos días que son de fiesta o de procesiones para muchos. Así, para quienes no puedan cumplir con esta norma, el obispo ha publicado un decreto por el que se “dispensa del ayuno y abstinencia del Viernes Santo a todos los fieles a los que no sea posible observar esta ley sin grave incomodo”.

Sin embargo, se recomienda que, si no pueden guardar el ayuno y abstinencia, sustituyan esta penitencia por otras prácticas, como la “lectura de la Sagrada Escritura, limosna (en la cuantía que cada uno estime en conciencia), otras obras de caridad (visita de enfermos o atribulados), obras de piedad (participación en la Misa, rezo del Rosario, etc.) y mortificaciones corporales”, recuerda el obispo en el decreto publicado y que se puede consultar aquí:

Mons. Francisco Jesús Orozco Mengíbar,
Por la gracia de Dios y de la Sede Apostólica Obispo de Guadix

DECRETO

A lo largo de los siglos, al Santa Madre Iglesia ha conservado el precepto del ayuno y la abstinencia el Viernes Santo en recuerdo de la Pasión y Muerte de nuestro Señor Jesucristo y como penitencia por nuestros pecados, que nos dispone mejor para una auténtica conversión del corazón.

Sin embargo, las particulares características de la celebración de la Semana Santa en nuestra Diócesis, especialmente por la participación o asistencia a las múltiples procesiones que organizan nuestras Hermandades y Cofradías, hacen difícil a muchos fieles la observancia del ayuno y la abstinencia

Por ello, teniendo en cuenta estas circunstancias, por el presente, y a tenor del canon 87 del Código de Derecho Canónico, DISPENSO del cumplimiento de dicha ley a todos los fieles a los que no les sea posible observarla sin grave incomodo.

No obstante, teniendo en cuenta la importancia de estas prácticas penitenciales, especialmente en ese día, exhorto a todos los fieles que no puedan abstenerse de la carne y ayunar, a sustituirlas por alguna de las otras prácticas recomendadas por la Conferencia Episcopal Española: «lectura de la Sagrada Escritura, limosna (en la cuantía que cada uno estime en conciencia), otras obras de caridad (visita de enfermos o atribulados), obras de piedad (participación en la Misa, rezo del Rosario, etc.) y mortificaciones corporales» (CEE, DA 13, 2).

Dado en Guadix a veinticinco de marzo de dos mil veintiséis.

+Francisco Jesús Orozco Mengíbar, obispo de Guadix

Ante mí:
Manuel Millán Arjona, secretario Canciller

 

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Decreto de Dispensa del ayuno y abstinencia para el Viernes Santo para los fieles que participen en la Celebración Litúrgica de la Pasión del Señor y realicen devotamente Estación de Penitencia en las Procesiones de Semana Santa

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Prot. 03/12/26

Este es el ayuno que yo quiero: soltar las cadenas injustas, desatar las correas del yugo, liberar a los oprimidos, quebrar todos los yugos, partir tu pan con el hambriento, hospedar a los pobres sin techo, cubrir a quien ves desnudo y no desentenderte de los tuyos (Is 58, 6-7)

En uso de mi Jurisdicción Ordinaria y de las Facultades de las que dispongo, por el presente Decreto,

DISPENSO

de la práctica del ayuno y abstinencia prescritos para el Viernes Santo de esta Semana Santa de 2026, a aquellos fieles de la Diócesis de Asidonia-Jerez que participen en la Celebración Litúrgica de la Pasión del Señor y realicen devotamente Estación de Penitencia en las Procesiones de Semana Santa.

Para poder disfrutar de dicha dispensa los fieles guardarán la debida austeridad y moderación, y deberán realizar una obra de caridad en favor de los más pobres y necesitados.

Para que así conste, lo firmo y sello en Jerez de la Frontera, a 2 de abril de 2026.

+José Rico Pavés

Obispo de Asidonia-Jerez

Luis Salado de la Riva, pbro.

Secretario General-Canciller

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El amor fraterno y la institución de la Eucaristía marcan en la Catedral el inicio del Triduo Pascual

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El Jueves Santo, día del amor fraterno, abre solemnemente el Triduo Pascual, el corazón del año litúrgico para los cristianos. Durante estos días, el Obispo preside en la Catedral las celebraciones en las que, junto a los fieles, se hace memoria viva del misterio de la redención.

El Obispo de Jaén, Mons. Chico Martínez, tras celebrar por la mañana el lavatorio de los pies en la Prisión Provincial, presidía por la tarde la Misa de la Cena del Señor en el primer Templo de la Diócesis.

La celebración daba comienzo a las siete de la tarde con la llegada del Prelado a la Puerta del Perdón. Allí, los seminaristas, que comparten como comunidad estos días santos, le presentaban el Lignum Crucis para su veneración antes de acceder al interior de la Catedral.

Las lecturas fueron proclamadas por miembros de la Cofradía de la Buena Muerte, mientras que el salmo responsorial fue interpretado por el seminarista Antonio Pradas. El Evangelio lo proclamó el diácono permanente Francisco Esteban Hernández El acompañamiento musical estuvo a cargo del coro que dirige el organista, D. Alfonso Medina.

La homilía

En su intervención, el Obispo profundizó en las lecturas proclamadas, deteniéndose especialmente en el don de la Eucaristía y del sacerdocio, nacidos en la Última Cena como expresión máxima del amor de Cristo hacia los suyos.

Don Sebastián ha querido abrir su homilía con el recordatorio del misterio que se celebraba: “No comenzamos solo unas celebraciones intensas; entramos en “la hora de Jesús”. La hora del amor llevado hasta el extremo, en que el Señor se entrega por nosotros y nos deja para siempre el memorial vivo de su Pascua”.

En este sentido ha animado al asombro ante la Eucaristía: “No acostumbrarnos nunca a este misterio. Esta tarde la Iglesia nos invita a contemplar, agradecer y adorar. En cada altar se hace presente el amor de Cristo que sostiene al mundo. En cada sagrario permanece Aquel que no quiso dejarnos solos”.  Para añadir, “La esperanza cristiana no nace del optimismo humano, sino de Cristo entregado y presente. Nace de una mesa donde el Señor sigue partiéndose y repartiéndose por nosotros”.

De igual manera, el Prelado ha querido insistir en el servicio como forma de vida, y de manera particular lo ha subrayado para los sacerdotes presentes y para los futuros, los seminaristas: “Y en esta misma noche santa, en la que Jesús se abaja para servir a los suyos, contemplamos también la institución del sacerdocio ministerial. No es algo separado de cuanto acabamos de escuchar, sino profundamente unido a ello. El Señor, al mandar a los Apóstoles: “Haced esto en memoria mía”, quiso que el don de la Eucaristía permaneciera vivo en su Iglesia por medio del ministerio sacerdotal. Pero, ese sacerdocio queda marcado para siempre por el gesto del lavatorio de los pies: no nace para el honor ni para la distancia, sino para “el servicio humilde, cercano y entregado”.

Monseñor Chico Martínez ha querido concluir su predicación del Jueves Santo recordando el día del amor fraterno como columna vertebral del cristiano: “Hoy es también el día del amor fraterno. Amar al prójimo quiere decir vivir con verdad y justicia, compartir con los necesitados, acompañar al enfermo, consolar al afligido, abrir espacio al que está solo, acercarse a quien sufre. En una sociedad que tantas veces vive pendiente del bienestar, sigue habiendo mucho dolor escondido, mucha soledad callada y mucha necesidad que reclama cercanía. El Jueves Santo nos invita a no pasar de largo. La Eucaristía nos enseña precisamente ese estilo de amor: humilde, silencioso, perseverante, concreto. No un amor de palabras, sino un amor que se vuelve servicio”.

También ha querido tener presente en sus palabras a D. Juan García Carrillo, que concelebraba la Eucaristía y que en este Jueves Santo cumplía 60 años de ministerio sacerdotal, una vida de entrega total, servicio y amor a Dios y a su Iglesia.

El lavatorio de los pies

Uno de los momentos centrales de la celebración ha sido el lavatorio de los pies, signo visible del servicio y la entrega. Rememorando el gesto de Jesús narrado en el Evangelio de san Juan, el Obispo, despojado de sus símbolos episcopales: mitra, pectoral, casulla y anillo, se ha ceñido una toalla y procedido a lavar, besar y secar los pies de doce personas, como representación de los doce apóstoles, entre ellas seminaristas, sacerdotes y fieles.

La reserva eucarística

Tras la comunión, se desarrolló la procesión para la reserva del Santísimo Sacramento. Los seminaristas abrían el cortejo con la cruz y los ciriales, seguidos por los concelebrantes con velas encendidas. El Obispo, bajo palio, portaba la Eucaristía.

Desde el Altar Mayor, la procesión se dirigió hasta el Sagrario, donde se encontraba preparado el monumento. Allí se realizó la reserva y, posteriormente, el Obispo permaneció en adoración junto a los fieles en un clima de silencio orante que culminó con el canto del Tantum Ergo.

Finalizada la adoración, regresaron en procesión al templo, concluyendo así la celebración de la Cena del Señor.

El Sagrario permanecerá abierto para todos aquellos que deseen acompañar al Señor en la oración hasta la medianoche.

Viernes Santo 

Los oficios del Viernes Santo, dedicados a la Pasión y Muerte del Señor, se celebrarán a las cinco de la tarde en la Catedral. Al término, tendrá lugar la tradicional bendición con el Santo Rostro desde los balcones, extendiéndose sobre la ciudad, sus habitantes y sus campos.

Galería fotográfica: “Jueves Santo 2026- Cena del Señor”

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Oficios de la Cena del Señor, desde la Catedral de Granada

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Presididos por el arzobispo Mons. José María Gil Tamayo y concelebrada por distintos sacerdotes, entre ellos miembros del Cabildo.

La Catedral de Granada, junto a la Iglesia universal, ha acogido hoy Jueves Santo la celebración de los Oficios de la Cena del Señor, día en el que se conmemora la institución por Jesucristo de la Eucaristía y jornada en que celebramos el amor fraterno, presididos por nuestro arzobispo Mons. José María Gil Tamayo.

Es también el día en el que la liturgia reproduce el momento del lavatorio de los pies a un grupo de fieles, en representación del pueblo de Dios, conmemorando el mandato del Señor de no venir a ser servido, sino a servir.

En sus palabras durante la homilía, nuestro arzobispo ha recordado la institución de la Eucaristía por parte de Jesús, “que es la mayor prueba del amor de Dios en su entrega, que se queda con nosotros y se queda como alimento: ‘El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna y yo lo resucitaré en el último día. Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida’”, señaló D. José María, aludiendo a las palabras del Señor en la Última Cena.

Una institución eucarística a la que Mons. Gil Tamayo invitaba a los fieles a vivir durante la misa dominical: “Vivamos la misa dominical, donde cada domingo vamos a estar con el Señor, escuchamos su Palabra, que es ese alimento espiritual, pero también es el alimento de la Eucaristía, que nos fortalece para la semana, viviendo la Resurrección de Cristo, anunciando su muerte y esperando Su venida”.

En la Santa Misa también se ha orado por la paz en el mundo, especialmente en Oriente Medio y Ucrania, “y en tantas partes del mundo, donde aún existen”, señaló D. José María. Asimismo, Mons. José María ha animado a la comunidad cristiana a cuidar la participación en la Eucaristía, especialmente los domingos, lugar de la presencia real de Cristo en nuestras vidas, y ha invitado a los fieles a orar a Dios por los sacerdotes en este día del sacerdocio y por las vocaciones sacerdotales.

La colecta de hoy en los Oficios en todos los templos y parroquias va destinada a Cáritas Diocesana, que celebra hoy con la Iglesia el día del amor fraterno, para continuar con su acción social y caritativa.

Al término de la Eucaristía, que ha retransmitido la 2 de TVE y el Canal Internacional, se ha procedido a la reserva del Santísimo Sacramento en la capilla del Cristo de la Misericordia, ubicada en una nave central del templo catedralicio.

Allí permanecerá toda esta noche, todo el Viernes Santo y el Sábado Santo, hasta la vigilia pascual, cuando celebremos el gozo de la resurrección del Señor.

Los Oficios del Viernes Santo a las 18 horas y la vigilia pascual a las 23 horas, desde la Catedral de Granada, también serán retransmitidos por RTVE, en La 2 de TVE y en su Canal Internacional.

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