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El papa a los Obispos de la CEE: «Una Iglesia reconciliada por dentro puede hablar con mayor libertad»

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Palabras del Papa León XIV en el Encuentro con los obispos de España en la sede de la Conferencia Episcopal

Queridos hermanos en el Episcopado:

Es con gran gozo que me presento ante vosotros en este tercer día de mi viaje apostólico en España. Después de saludar a los representantes políticos que me han recibido en el Parlamento, me gustaría ahora aprovechar estos momentos juntos para reavivar la comunión tal y como Jesús aconsejaba a sus apóstoles (cf. Mc 6,31). Agradezco a Mons. Luis Javier Argüello García las amables palabras que como Presidente de la Conferencia y en nombre de todos me ha dirigido, espero que las mías puedan confluir en ese diálogo en el Espíritu que supone acoger todo lo bueno que el Señor nos dice a través del hermano. El camino sinodal emprendido por la Iglesia, es un proceso de escucha en profundidad. Ser capaces de reconocer la voz de Dios que habla a través de la comunidad eclesial, es uno de sus valores fundamentales.

Es un diálogo fecundo que como Iglesia vais definiendo en distintos modos. Uno concreto, que podemos evocar, es el de los congresos que estáis realizando. Me detengo en los celebrados en 2020 y 2025, que han tenido una especial repercusión: Pueblo de Dios en salida y ¿Para quién soy? Asamblea de llamados para la misión. Sus temas inciden en las cuestiones esenciales: ¿cómo se pueden afrontar los retos actuales? y ¿quiénes están llamados a acoger este desafío?

En mi contribución a esta reflexión, se me ha ocurrido proponeros la imagen de un viaje en el que el destino es Dios, hacia quien alzamos nuestra mirada. Es un viaje sui generis ya que realmente no nos movemos materialmente, pero en el que queremos dejar volar nuestro corazón.

Una tentación en los viajes es la de obsesionarnos con lo que dejamos, los lugares, las cosas, las formas, sin abrirnos, en docilidad al Espíritu, a la novedad de lo que encontramos. A esta tentación se añade la del equipaje, que, por parecidas razones, llenamos de cosas inútiles que terminan siendo un lastre. Por otro lado, no conviene tampoco olvidar algo que aprendemos de las vicisitudes de tantos emigrantes: una persona sola, sin raíces y sin recursos, es alguien que sufre terriblemente y que con gran dificultad puede establecer vínculos sólidos en el lugar adonde llega.

De ese modo, en esta primera fase de nuestro periplo, nuestra respuesta a la pregunta de cómo podemos afrontar este reto que nos hemos propuesto debe conjugar prudentemente la libertad y la valentía, para dejar estructuras que no nos ayudan, no responden o incluso nos alejan de nuestro fin, con la fortaleza de conservar como un tesoro aquello que lo facilita. Cómo no recordar aquí el inmenso patrimonio cristiano de vuestra tierra, la enorme capacidad de convocatoria que esa riqueza nos proporciona: con su belleza, que llega hasta el no creyente, o con los vínculos de pertenencia que ha sido capaz de tejer en la identidad espiritual de cada rincón de este amado pueblo, y que permanece presente incluso en los momentos en que su fe vacila. Un enorme desafío, ciertamente, al que estamos llamados a responder con valentía, para que este patrimonio produzca los frutos de los que es capaz.

Otro tesoro que no podemos olvidar en nuestra alforja es el Viático del peregrino. El Pan de la Palabra y de la Eucaristía nos son aún más necesarios que el alimento material, porque nos abren el camino de la salvación. No es un problema de cómo hacer más o menos atractiva la celebración, es sentir que, si somos parte de Él, su ausencia nos produce un desasosiego que podemos comparar con el hambre material. La vida sacramental va acompasando nuestra existencia como la de un niño que recibe el alimento de su madre, como la de un deportista que va midiendo las fuerzas necesarias para llegar a la meta.

Por otra parte, algo que suele costarnos mucho al viajar es comunicarnos con el otro. Sea debido a la lengua y la cultura distintas, sea por la desconfianza hacia lo desconocido, sea por las rencillas e incomprensiones que pueden darse incluso entre personas cercanas, nos sentimos limitados a la hora de expresarnos o de comprender a nuestro interlocutor. Es una experiencia que podemos llevar al anuncio del Evangelio, a la acogida del otro, a la capacidad de responder a los cuestionamientos del mundo que nos rodea o a la necesidad de activar la corresponsabilidad de los miembros de la comunidad en nuestras acciones pastorales. Si antes hemos dicho que debemos abandonar todo lo que nos frena y aleja, ahora la consigna debe ser que nuestro patrimonio sea siempre instrumento y oportunidad de diálogo con aquellos que encontramos en nuestro camino.

Como sucede a los peregrinos del Camino de Santiago, en nuestro viaje podemos encontrarnos con esas inmensas planicies castellanas, vacías a nuestros ojos. Los pocos encuentros de estos peregrinos con algunas personas mayores o con trabajadores extranjeros, pueden ser una metáfora de muchas situaciones sociales que por desgracia se perciben en algunas de vuestras realidades eclesiales. No es la primera vez que España enfrenta una situación análoga: en el pasado, por ejemplo, cuando la Iglesia tuvo que reconstruir su presencia en las franjas de tierra quemada, surgieron modelos de evangelización que después se exportaron a América y que pueden ayudarnos aquí en nuestra misión.

Como entonces, estamos llamados a construir una nueva realidad, a través del diálogo respetuoso y el uso de nuevos lenguajes, tal como hiciera el famoso santo alfaquí de Granada, fray Hernando de Talavera, y más adelante repitiera en América santo Toribio de Mogrovejo, del que estamos celebrando el tercer centenario de la canonización, presentándolo precisamente como modelo de obispo en salida en un tiempo de misión y reorganización eclesial. Aunque los lenguajes en esta era digital son distintos y las culturas que ahora componen el mosaico de nuestras realidades, con migrantes de todas las partes del mundo, también han cambiado, pero el espíritu debe permanecer.

¿Cuáles son los puntos esenciales de ese espíritu? El primero tiene que ver con la capacidad de comunicar, de hablar con cada realidad presente en nuestro territorio, de abajarse no sólo para comprender, sino para compartir. Sólo sobre la base de poner en común todo lo bueno que hay en el propio patrimonio, aportando cada uno su granito de arena, podremos edificar una realidad nueva en la que la fe pueda hundir raíces profundas. Para ello, lógicamente, hay que comenzar por aprender el lenguaje del otro, iniciar procesos e ir tejiendo vínculos donde poder sembrar la semilla del Reino. El segundo es la llamada a crear realidades capaces ellas mismas de comunicar la propia experiencia de fe. Capaces de llevar —como hizo Toribio— la experiencia de Granada a América, es decir, de atesorar en nuestro equipaje los recursos que nos permitan afrontar con franqueza los retos siempre nuevos de la evangelización en cada circunstancia.

Después de las llanuras desiertas, encontraremos también grandes ciudades, en ellas, el silencio y la lejanía no son espaciales sino íntimos. Las respuestas serán distintas, pero los procesos para llegar hasta ellas, análogos: escucha, comprensión, respeto, generosidad y franqueza.

Los peregrinos suelen salir de noche y muchas veces esa oscuridad inicial del camino puede asustarlos. Podríamos evocar el himno de vísperas, La noche es tiempo de salvación, para decir que, si vamos en buena compañía, las dificultades del caminar y el peligro de extraviarse se reducen. Es el Señor quien nos conduce, Él es el dueño de la historia y de cada una de nuestras historias, Él determina los tiempos. Nosotros caminamos tras de Él, más aún, caminamos con Él como miembros de un sólo cuerpo. Ese vínculo profundo exige a la Iglesia, en este tiempo de polarizaciones y contraposiciones cada vez más duras, un testimonio de unidad en la pluralidad: una comunión capaz de acoger la riqueza de los dones, de los carismas, de las sensibilidades que el Espíritu Santo suscita en el Pueblo de Dios. La imagen de Cristo se deja reconocer en el mosaico vivo de la Iglesia, donde muchas teselas, sin confundirse, convergen para manifestar la belleza del único Señor.

En esta tarea, el ministerio del obispo asume una responsabilidad peculiar. Estamos llamados a ser principio visible de comunión, en primer lugar, de la comunión con Cristo, custodiando con amor la fe recibida, en docilidad a la Palabra de Dios y a la Tradición viva de la Iglesia; después, en la comunión con el Sucesor de Pedro y con la Iglesia universal, con el presbiterio y con la propia comunidad diocesana, con la vida consagrada, con los movimientos, con las asociaciones y con cada carisma auténtico que el Espíritu dona para la edificación común. Vuestra misión os reclama custodiar la unidad, favorecer el diálogo, sanar las fracturas y acompañar el camino del pueblo encomendado a vuestro cuidado.

La comunión vivida de ese modo posee también una fuerza misionera. Una Iglesia reconciliada por dentro puede hablar con mayor libertad a los hermanos de otras confesiones cristianas y de otras religiones, a los que no creen, a las autoridades civiles y a todos los hombres de buena voluntad que trabajan por el bien común.

Esta llamada a ser signo de comunión en Cristo, caminando en unidad y tendiendo nuestra mano al hermano que encontramos, nos pone delante de otro desafío que toca hoy el corazón de muchos: la dificultad de asumir compromisos definitivos y de tomar decisiones vitales profundas. En tantos jóvenes, y no sólo en ellos, la pregunta: “¿Para quién soy?” resuena como una búsqueda sincera de sentido, de pertenencia y de don. El corazón humano no se colma acumulando experiencias, posibilidades o seguridades provisorias, se colma cuando descubre una llamada, cuando comprende que la vida llega a plenitud sólo si es donada.

Por eso, la pastoral vocacional no puede reducirse a una simple búsqueda de números. Esta nace de comunidades vivas, de sacerdotes felices, de familias capaces de testimoniar la belleza de la fidelidad, de una Iglesia que sabe mostrar con sencillez que seguir a Cristo no empobrece la existencia, sino que la expande. Donde el Evangelio es vivido con alegría, servicio y comunión, también la llamada del Señor puede ser nuevamente escuchada como promesa de vida.

Antes hemos hablado de equipajes cargados y los peregrinos del Camino de Santiago saben bien que en la mochila debe cargarse sólo lo esencial. Como en reiteradas ocasiones propuso el Papa Francisco, en el actual contexto vocacional, es necesario decir que la conservación de estructuras no puede prevalecer sobre el bien de la vocación. Los seminaristas tienen derecho a la mejor formación posible y la Iglesia, por su parte, tiene derecho a sacerdotes bien formados. El criterio para que los seminarios sean auténticas casas de formación es que aseguren una adecuada experiencia de vida comunitaria; que tengan formadores totalmente dedicados al estudio y la enseñanza, con experiencia en el acompañamiento espiritual; y que cuenten con Centros Superiores de Teología dotados con los medios necesarios para desarrollar su función. Para ello es imprescindible, además de aunar fuerzas, aprender a trabajar juntos en la gestión de estos desafíos.

En este terreno, las dificultades pueden ser vividas como oportunidades. A veces nos resulta difícil presentar la vocación de los laicos y su integración en este viaje de vida que como Iglesia estamos realizando. Por otro lado, vemos como en muchas obras, tradicionalmente gestionadas por religiosos, se recurre a colaboradores laicos para poder seguir realizando la tarea. Es una dificultad que podemos convertir en oportunidad de encuentro, de diálogo y de comunicación. De nosotros depende que estos laicos lleguen a percibir su participación en este servicio eclesial como una llamada que Dios les hace a asumir su responsabilidad como cristianos, interiorizando el espíritu, sintiéndose parte de la misión que el Señor encomendó a los religiosos que la pusieron en pie.

Como veis, nuestro viaje está hecho de encuentros, en ellos no faltarán los que viven momentos de oscuridad, y nos reclaman que nos hagamos para ellos samaritanos. Uno de los más dolorosos es con aquellos que han sido heridos precisamente por quienes debían cuidarlos, incluso por miembros del clero. Ante esta plaga, la comunidad eclesial está llamada a responder con la escucha, la verdad, la justicia, la reparación y un compromiso cada vez más decidido en la prevención y la cultura del cuidado. Cada persona herida debe poder encontrar escucha sincera, acogida, protección y caminos reales de sanación.

Esta misma lógica vale también para los desafíos de un mundo secularizado. Muchos hombres y mujeres de nuestro tiempo no rechazan simplemente a Dios, muchas veces llevan en el corazón una sed profunda de sentido, de verdad, de pertenencia y de esperanza, incluso cuando no saben darle un nombre. La Iglesia está llamada a reconocer estos anhelos, a escucharlos con respeto y a ofrecer, como Pedro y Juan al paralítico junto a la puerta del templo, el tesoro que les ha sido confiado: Jesucristo, en cuyo nombre el hombre puede levantarse y caminar (cf. Hch 3,1-10). También cuando colabora con otras instituciones, religiosas o civiles, incluso cuando ofrece ayuda material, educación, asistencia o promoción humana, la Iglesia no deja nunca de ofrecer lo que le es propio: el amor de Dios revelado en Cristo. Ese mensaje cala en la sociedad, que no duda de manifestar su aprecio por muchas de estas obras. Así cada gesto de caridad cristiana que nace del Evangelio lleva en sí una promesa más grande: restituir a la persona el convencimiento de ser amada.

En nuestro viaje recorremos aquella que san Juan Pablo II quiso llamar «Tierra de María». [1] En la Santísima Virgen tenéis a vuestra primera compañera de camino y vuestro principal tesoro, pues ella nos muestra con su vida cómo acoger la Palabra y custodiarla en el corazón, cómo acompañar en este itinerario a los discípulos y permanecer presente en el camino de la Iglesia como madre de comunión y de esperanza. A ella encomiendo vuestro ministerio, para que os ayude a ser, en medio del pueblo que tenéis confiado, esa levadura escondida de la que habla el Evangelio. Pequeña a los ojos del mundo, pero capaz, cuando permanece unida a Cristo, de hacer fermentar la masa (cf. Mt 13,33). La fuerza de la Iglesia no nace de la grandeza de los medios, sino de la santidad de sus hijos, de la comunión de sus pastores, de la fidelidad humilde y perseverante de quien se deja guiar por el Espíritu.

En este camino os acompaña también san Juan de Ávila, patrono del clero español, en este año en el que recordamos el quinto centenario de la ordenación presbiteral. San Pablo VI lo definió «un maestro de vida espiritual benévolo y sabio, un renovador ejemplar de la vida eclesiástica y de las costumbres cristianas» y, al mismo tiempo, «un simple sacerdote». [2] En este santo doctor, la Iglesia reconoce la vida sacerdotal que cada obispo está llamado a custodiar y a hacer crecer en el propio presbiterio.

Mirándole a él, pienso en aquellos que son los más cercanos compañeros de los obispos en este viaje, en esos “simples sacerdotes”, en el sentido más alto y más exigente del término. Nuestro caminar con ellos debería trasmitir el valor de esa esencia: ser presbíteros enamorados de Cristo, radicados en la oración, fieles a la Iglesia, cercanos al pueblo y capaces de unir doctrina sólida, celo apostólico y caridad pastoral. Presbíteros que encuentren en el obispo no sólo una autoridad reconocida, sino un padre que les acompaña; y en los otros sacerdotes hermanos con los que compartir las fatigas y las alegrías de esta peregrinación llena de encuentros, en la que todos buscamos a Cristo.

Concluyamos este periplo espiritual con una oración del santo doctor que nos recuerda que cada renovación eclesial nace de un corazón configurado con Cristo: «Si me mandáis, Señor, hacer lo que vos hicisteis, dadme vuestro corazón» (Sermón 57,20). Sea esta también nuestra súplica: Señor, danos tu corazón, un corazón capaz de alzar la mirada hacia ti, de ponerse en camino, de escuchar, de discernir, de servir, de corregir con caridad, de atender con paciencia y de anunciar con alegría. Porque la Iglesia que recibe el corazón de Cristo lleva consigo la columna de fuego que la guía, la sostiene, la defiende y la conforta, el equipaje necesario para afrontar cualquier reto.

Que Dios os bendiga. Muchas gracias.

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[1] Homilía en la celebración de la Palabra y Acto Mariano nacional, Zaragoza, 6 noviembre 1982, 1.

[2] Homilía en la canonización del beato Juan de Ávila, 31 mayo 1970.

León XIV

«La Iglesia anhela permanecer en diálogo con el mundo contemporáneo». León XIV en el encuentro «Tejer redes»

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Palabras del Papa en el Encuentro «Tejer redes con el mundo de la cultura, del arte, de la economía y del deporte» en el Movistar Arena

Eminencia,
queridos amigos y amigas:

Es un placer encontrarme con vosotros en este lugar, un espacio que no sólo acoge actividades deportivas, artísticas y culturales, sino emociones profundas del ser humano: la alegría, la admiración, el entusiasmo y la esperanza, así como la tristeza y la frustración.

En este hermoso país es imposible no admirar la huella de creatividad que atraviesa su historia y da forma a su identidad. Una hermosura visible en sus ciudades, en sus calles, sus monumentos, en las plazas y jardines, en sus universidades e iglesias, en la música, la pintura, la danza, en su gastronomía. Aquí se percibe también el alma de las generaciones que transformaron el paisaje y le dieron un rostro propio, y eso nos revela en cada trazo la inteligencia y la voluntad que residen en el alma humana.

Tras contemplar con detenimiento estas maravillas creadas por las generaciones anteriores, surge inevitablemente una pregunta que nos interpela a todos: ¿qué herencia estamos dejando al futuro y por ende, qué tipo de comunidad estamos construyendo?

He escuchado con sumo interés cada una de las intervenciones de los panelistas; coincido con vosotros. Nuestra sociedad, en efecto, posee una extraordinaria capacidad para producir, innovar y comunicar, sin embargo, parece que todavía necesitamos aprender a custodiar el alma de aquello que esta genera. De lo contrario, corremos el riesgo de ser expertos en los medios y eficaces para producir, pero inciertos acerca del porqué, para qué, con quién y para quién se produce. En este contexto, la Iglesia, consciente tanto de sus aciertos como de sus errores a lo largo de la historia, anhela permanecer en diálogo con el mundo contemporáneo.

En el ADN de la humanidad está radicado el deseo de bien, de belleza, de verdad; y es a partir de esa aspiración profundamente humana y de nuestra experiencia plurisecular, que la Iglesia propone caminos para una vida digna y el bien común. A este propósito, san Pablo VI afirmó ante las Naciones Unidas que independientemente de la opinión que se tenga del Pontífice de Roma, es bien conocida su misión. En cuanto “experta en humanidad” la Iglesia no se desentiende de nada verdaderamente humano (cf. Gaudium et spes, 1). Por esta razón la «actitud de diálogo es parte integrante de su vocación» (Magnifica humanitas, 2). Hoy constatamos cómo la cuestión decisiva sigue siendo la misma: ¿qué significa ser verdaderamente humano?

La Iglesia comparte con humildad, pero también con firmeza aquello que ha descubierto en la experiencia de la fe: que Jesucristo responde a las grandes preguntas sobre la vida humana y su plenitud, ya en este mundo y hasta su culmen en la eternidad. «Por eso, la persona humana permanece siempre como “el camino primero y fundamental de la Iglesia” y el corazón de toda auténtica vía de desarrollo humano integral» (ibíd., 50). Y entonces, ella no puede desentenderse de la cultura, porque a través de ella, el hombre en cuanto hombre “es” más (cf. Compendio de la doctrina social de la Iglesia, 554).

Y justamente porque “cultura” evoca “cultivo”, como sugiere la raíz etimológica que ambos términos comparten, estamos llamados a preguntarnos qué es lo que hoy sembramos, qué es lo que florece y qué se marchita silenciosamente en nuestra sociedad; qué valores estamos preservando y cuáles estamos dejando morir. Son preguntas profundas, necesarias y que no pueden ser ignoradas.

Para atender a estos interrogantes, es menester un diálogo social que podemos comparar con el arte de tejer redes, que implica encuentro, escucha, diálogo y respeto.

En los varios sectores de la actividad humana debemos cuidar el lenguaje que se utiliza: escrito, oral y, en el entorno digital, también el de las imágenes; porque la comunicación nunca es neutral. Toda expresión habla, transmite; puede herir o sanar, destruir expectativas o abrir horizontes, sembrar división o despertar la esperanza en la posibilidad de construir juntos algo genuinamente humano.

Así pues, tejer redes es un diálogo entre instituciones centrado en la dignidad humana. Ello comporta, por ejemplo, que la universidad no viva de espaldas al mundo del trabajo ni renuncie a la verdad; que la actividad empresarial no vea al empleado como un factor más en la ecuación de sus intereses; que el arte no tenga como fin sólo a las élites; que el deporte no sea reducido a espectáculo o convertido en mero negocio; que el progreso tecnológico tome en cuenta a los ancianos, a los pobres y a quienes no tienen voz.

Nuestra aportación al diálogo, desde una visión cristiana de la vida, sabe que el Creador ha entramado al ser humano con hilos de amor; ya que ha sido creado a imagen y semejanza de Dios, Dios que es amor (1 Jn 4,8). Aquí reside el fundamento de la inalienable dignidad humana, cuyo absoluto respeto es la base del diálogo.

En segundo lugar, tejer redes significa crear juntos. «La fe ―afirmó el Papa Benedicto XVI― es amor y por ello crea poesía y crea música. La fe es alegría y por ello crea belleza» (Catequesis, 21 mayo 2008). Todos hemos experimentado algo hermoso, tanto que nos cambió interiormente: una canción, un poema, una iglesia silenciosa, una voz, una mirada, incluso un partido de baloncesto vivido con amigos.

No es extraño entonces que la proclamación de la Buena Nueva y la conciencia de sabernos hermanos se exprese con forma de saeta en una Semana Santa, de poesía mística, de maestría literaria en autores como Lope de Vega, santa Teresa de Jesús o san Juan de la Cruz, Calderón de la Barca, o en la prosa serena de santo Tomás de Aquino, de quien hemos heredado los hermosos himnos del Corpus Christi, que celebramos hoy. Todo ello muestra el vínculo entre lo material y lo espiritual que constituye nuestra existencia.

Tejer redes significa, en tercer lugar, servir de modo desinteresado. Una mirada objetiva revela que hombres y mujeres movidos por la fe han edificado hospitales y escuelas, dieron pie a iniciativas solidarias y hablaron con un lenguaje que dignifica a las personas. Por eso cabe preguntarse con honestidad si el mundo —y en particular Europa— habría forjado su identidad sin la huella espiritual que ha impregnado su historia. No se trata de una provocación, sino de una invitación a pensar si la eternidad, que irrumpió en el tiempo y el espacio mediante la encarnación de Jesucristo, pueda volver a reconciliarse con lo cotidiano.

¿En serio es posible creer que la Europa —a la que tanto amamos—, sería ella misma sin la huella de la fe? ¿Por qué temer que la eternidad impregne la cotidianidad? Sigue vivo el grito de mis Predecesores: ¡No temáis! ¡Abrid de par en par las puertas a Cristo! Jesucristo no nos quita nada y nos da todo.

Quiero preguntarme en voz alta: ¿Quiénes están siendo excluidos a pesar de sus virtudes y capacidades? No podemos ignorar que la condición de los pobres representa un grito que, en la historia de la humanidad, interpela constantemente nuestra vida, nuestras sociedades, los sistemas políticos y económicos, y a la Iglesia (cf. Dilexi te, 9).

En efecto, Cristo le devuelve al bien común el lugar que le corresponde en cuanto árbitro sapiente que apacigua la codicia de unos y nutre la esperanza de otros, mientras anhela salvarlos a todos.

Esta Iglesia, “experta en humanidad”, aunque a veces camina contracorriente, insiste en que «las estructuras económicas e institucionales son justas sólo en la medida en que sirven al desarrollo integral de la persona y favorecen la participación responsable de todos» (Magnifica humanitas, 34).

Permitidme dirigir finalmente vuestra atención a un mundo que, —como sabéis—, no me es ajeno: el del deporte. Pensemos cuántos de nosotros aprendimos el respeto por el adversario en un campo de juego más que escuchando un discurso. Cuántos deportistas nos enseñan a perder sin odiar, a ganar sin humillar o a levantarse después de caer.

Sobre esto, san Juan Pablo II, como deportista y pastor, declaró: «En estos tiempos en que por desgracia diversas formas de violencia, y por lo tanto de odio, tienden a desgarrar nefastamente el tejido de la solidaridad social, vosotros [los deportistas] contribuís, por vuestra parte, a dar un testimonio luminoso de cohesión, de paz, de unión, en una palabra de “saber estar juntos”». [1] Estas palabras son más actuales y oportunas que cuando resonaron por primera vez.

Queridos amigos: os invito entonces a ser hilos nuevos para tejer redes nuevas que armonicen todos los ámbitos de la vida, para entramar una sociedad renovada en donde el tiempo se impregne de eternidad, la cultura custodie la memoria y favorezca el diálogo, la educación promueva la búsqueda de la verdad con espíritu crítico, el arte despierte asombro y genere emociones nobles, la empresa reconozca la dignidad de la persona y el trabajo siga siendo motor de esperanza.

Seamos hilos nuevos acogiendo el consejo de san Pablo: «Alegraos con los que están alegres; llorad con los que lloran. Tened la misma consideración y trato unos con otros, sin pretensiones de grandeza, sino poniéndoos al nivel de la gente humilde. No os tengáis por sabios. A nadie devolváis mal por mal. Procurad lo bueno ante toda la gente. En la medida de lo posible y en lo que dependa de vosotros, manteneos en paz con todo el mundo» (Rm 12,15-18). Porque en todo ello se juega que, en el porvenir, siga resplandeciendo nuestra “magnífica humanidad”. Muchas gracias.

Seamos todos entonces constructores de esta nueva comunidad.

Bendición

Muchas gracias, felicidades a todos.

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[1] S. Juan Pablo II, Discurso a los participantes en el 33° Campeonato de Esquí Acuático Europa, África y Mediterráneo, 31 agosto 1979.

León XIV

Pablo Noguera: «Querría ser un sacerdote según el corazón de Cristo»

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Pablo Noguera: «Querría ser un sacerdote según el corazón de Cristo»

Pablo Noguera Aledo forma parte del grupo de cinco diáconos que serán ordenados sacerdotes este sábado en el curso de la misa que presidirá el arzobispo de Sevilla, monseñor José Ángel Saiz Meneses, en el altar del Jubileo de la Catedral. Hombre largamente vinculado a la Iglesia en Sevilla, ha sido religioso franciscano de Cruz Blanca y secretario personal del que fuera cardenal arzobispo de Sevilla, fray Carlos Amigo Vallejo.

¿Podría marcar una fecha, un contexto o situación para saber cuándo sintió que Dios le quería como sacerdote?

Es difícil establecer un momento concreto, como si de un flechazo se tratara. En alguna ocasión, ante ésta misma pregunta he dicho que creo que fuera desde el vientre de mi madre, pues he sentido desde muy pequeño ese aguijón, favorecido por haber estado en contacto con los sacerdotes de mi pueblo, donde participaba en la parroquia de su realidad pastoral según iba avanzando en edad( monaguillos, scouts, catequesis (como catequista), grupos de oración, adoración nocturna, comunidad de fe y vida….Después el Señor me hizo una llamada a la vida consagrada, y fue llevándome como religioso a un escenario que nunca sospeche,  en el que pude vivir aún más de cerca la vida de la Iglesia diocesana de pastores (sacerdotes) y de manera especial en la persona del obispo de una diócesis concreta como es Sevilla…, donde intenté servir durante muchos años,  y después de una conversación prolongada en el tiempo y ante la puntualidad de la llamada de Dios fuera de los cómputos humanos, inicie formalmente el proceso formativo que ha desembocado a las puertas de la ordenación.

La ordenación supone el final de una etapa, la preparación, el discernimiento y el comienzo del resto de su vida. Empecemos por lo primero. ¿Qué saca del Seminario? ¿Qué ha aportado de cara a confirmar su vocación?

Yo no diría tanto, que la ordenación suponga el final de una etapa, Ciertamente que, a partir de ella, estaré revestido de una “Gracia” especial con la que daré continuidad a aquello que comenzó cuando apenas tenía 24 días de vida, con mi bautismo, en la participación del sacerdocio común, al que todo cristiano está abocado. Ahora el Señor ha querido que siga participando al servicio del mismo sacerdocio, pero ahora ministerialmente, y en la persona de Cristo. Nunca hay suficiente preparación para Don tan grande. El misterio de Dios es insondable y si se trata de que configurarse con Cristo, tarea permanente en este ejercicio de ministerio, mucho más. No se trata de que este don sea merecido o inmerecido, no entra en juego nuestros méritos ante algo tan inconmensurable. Si es Don, quiere decir que es regalo, y éste, venido de lo alto, es decir, por pura generosidad del Autor de todas las “gracias”. Creo que no hemos venido al seminario a sacar nada (réditos o aportes a nuestro haber), sino a dar, y en esa medida generosa de dar, descubrir que Dios se multiplica en generosidad. Somos administradores de la bondad y de la misericordia de Dios. Cuando te vienes a dar cuenta llevas en tu haber vital un patrimonio regalado de “fraternidad”, que es como ese ensayo de lo que tenemos que ser los futuros sacerdotes: Hermanos de un mismo presbiterio y unidos a nuestro obispo (como Hermano-Padre Mayor que nos preside en la Caridad). Cuando se descubre esto, se confirma con más fuerza la vocación.

Todos los que se ordenan, recuerdan estos días a un sacerdote o persona clave en su vocación. ¿Cuál es su caso?

Efectivamente, recuerdo (o sea, paso por mi corazón) ante todo, a Dios, Dador de todo bien, y en Él a mis padres (Francisco y Josefa), que me dieron la vida (con el consentimiento de Dios) y me iniciaron en la senda del Evangelio; a tantas personas que me ayudaron de pequeño a estar cerca de la Madre Iglesia (personas sencillas pero de gran fe, que me ayudaron a creer en la Divina Providencia), a los sacerdotes de mi pueblo (cada uno a su estilo y manera), a tantos y tantos sacerdotes abnegados y sacrificados que durante tantos años me enseñaron a esperar sólo en Dios y a trabajar en su nombre y por su Reino. Pero hay una persona especialísima: Fray Carlos Amigo Vallejo que fue un Padre, Pastor y hermano…

¿Qué tipo de sacerdote querría ser?

Querría ser un sacerdote según el corazón de Cristo, que no tuvieran que hacer demasiado ejercicio, no tanto en reconocerme a mí, sino reconocer a Cristo en mis gestos. Pues aquí se trata de menguar para que solo crezca Cristo. Que hablen de Cristo y poco o nada de uno de quien actúa en su nombre.

¿Hay un sector pastoral en el que encaje mejor?

Nunca me ha gustado clasificarme ni encasillarme en un ámbito pastoral determinado, aún considerándome más apto para una cosa más que para otra. Estoy igualmente convencido de que no somos nosotros quienes debemos elegir, ni siquiera sugerir ámbitos de pastoral a nuestros superiores. Puede ser que no consideremos ciertos espacios para nosotros, y precisamente sea aquello lo que más y mejor convenga a nuestras vidas. Tener siempre claro nuestro ministerio: personas a las que servir (catequesis, espiritualidad, pobres, enfermos) Sacramentos que celebrar (mesa de la Palabra y mesa de la Eucaristía); Sacramento de reconciliación en donde repartir misericordia de parte de Dios; pobres a los que ayudar urgidos por la caridad de Cristo.

¿Qué frase de la Sagrada Escritura va a tomar para esta ocasión tan especial?

“Por la Gracia de Dios, soy lo que soy, y su gracia no ha sido en vano para conmigo…”

¿Qué respondería a un joven que pueda estar pensándose la vocación y le pregunte si merece la pena?

Bajo mi modesta opinión, a cualquier joven y máxime, si éste se está planteando la vocación, no le tendría muchos discursos, sino más bien le haría alguna pregunta: ¿Quién es Dios para ti? ¿Qué entiendes por fe, esperanza y caridad? ¿Qué piensas de quienes se han dedicado en cuerpo y alma a la causa de la Iglesia?  Y después ante la pregunta de si merece la pena seis años de formación, le haría otra pregunta: ¿Para tu desarrollo humano, habrías quitado tu periodo de lactancia, alimentación, uso, costumbres, hábitos de conducta, etc? Y a partir de ahí, le presentaría figuras modelos en la Iglesia, sacerdotes beneméritos, santos de Dios empleados en el ejercicio de este ministerio.

¿Cómo resumiría este sentimiento de gratitud, alegría, incertidumbre, temor, esperanza…?

Señor, mi sentimiento de gratitud me provoca serenidad, porque sé que nunca estaré suficientemente preparado, y no quiero buscar realización humana alguna, sino configurarme con el Dios de Jesucristo, eso que es amar hasta que duela, con una fidelidad profunda, discreta, y capaz. “Alma de Cristo, santifícame, dadme vuestro amor y gracia, que esta me basta”.

¿Dónde y cuándo será su primera misa?

La primera misa será en la Parroquia del Sagrario de la Santa Iglesia Catedral, el 18 de junio (jueves) a las ocho y media de la tarde. Parroquia a la que estoy vinculado durante tantísimos años y la que es en Sevilla mi parroquia, ya que la de origen está muy lejos de aquí. De igual manera, el 20 de junio a las ocho y media de la tarde presidiré la misa de Acción de Gracias en la Parroquia de San José Obrero de San Juan de Aznalfarache, donde he ejercido este año de diácono.

 

 

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Discurso del Papa en el Encuentro con los miembros del Parlamento español en el Congreso de los Diputados

Presidente del Gobierno,
Presidenta del Congreso de los Diputados,
Presidente del Senado,
Presidente del Tribunal Constitucional,
Presidenta del Tribunal Supremo y del Consejo General del Poder Judicial,
Miembros del Congreso de los Diputados y del Senado,

Señoras y señores:

Agradezco a la Señora Presidenta sus amables palabras, así como la invitación que la Sede Apostólica ha recibido con ocasión de mi viaje a este país, así como la deferencia de acogerme en este histórico Palacio del Congreso de los Diputados, ámbito eminente de la vida institucional, jurídica y democrática del Reino de España. Vengo ante todos ustedes como Obispo de Roma y Pastor de la Iglesia católica, consciente de que la misión confiada al Sucesor del apóstol Pedro como principio y fundamento de unidad de los Obispos y de los fieles (cf. Lumen gentium, 23) coloca a la Santa Sede, de modo peculiar, en diálogo con los pueblos y con los Estados.

Mi presencia entre ustedes quiere ser un gesto de cercanía hacia España, en el marco de la mutua cooperación, y una palabra ofrecida desde el servicio a la persona humana. La Iglesia “camina con la humanidad”, comparte sus esperanzas y sus heridas, escucha los interrogantes de cada época y se deja interpelar “por todo lo que concierne a la existencia de los hombres y las mujeres de hoy”. Por eso, cuando se dirige a la vida pública, lo hace respetando la misión propia de las instituciones y la legítima responsabilidad de quienes han recibido el mandato de legislar. Reconoce “la autonomía de las realidades terrenas” y “la distinción entre comunidad eclesial y comunidad política”; y, precisamente desde esa conciencia, aporta una reflexión nacida del deseo de servir al bien común y de recordar aquello que hace verdaderamente humana la convivencia (cf. Magnifica humanitas, 18-19).

En este hemiciclo se da forma jurídica a la convivencia social. Aquí las diferencias se escuchan, se ordenan y, cuando es posible, se convierten en decisión compartida. Por eso, más allá de la legítima diversidad de posiciones, toda tarea legislativa acaba encontrándose con una pregunta decisiva: qué concepción de la persona humana inspira las leyes y qué tipo de sociedad construye esas leyes.

Ante esta cuestión, España posee una memoria particularmente rica. Su identidad geográfica y política se ha ido entretejiendo con una historia en la que la fe y la razón, el arte y el derecho, la tradición y el pensamiento han sabido encontrarse fecundamente. En sus catedrales y universidades, en su literatura inmortal, en sus instituciones jurídicas y en el ánimo mismo de su pueblo, permanece viva una herencia que ha dado forma a un modo de vivir la libertad, practicar la justicia y ordenar la vida común.

Desde las páginas universales del Quijote, donde Cervantes proclamó que «la libertad […] es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos» (Don Quijote de la Mancha, II, 58), hasta la hondura espiritual de santa Teresa de Ávila, y desde la gran tradición jurídica española hasta la inquietud metafísica de Unamuno, que recordaba que el hombre «no se resigna a morir del todo» (Del sentimiento trágico de la vida, I), España ha sabido mirar al ser humano como algo más que una pieza del orden social, económico o político: lo ha reconocido como criatura abierta a la verdad, dotada de libertad y movida por una sed de eternidad que ninguna realidad temporal logra extinguir; en una palabra, como alguien cuya dignidad precede a toda utilidad y a cuyo servicio está sujeta la acción legislativa.

Por eso, al hablar hoy de la persona humana, esta memoria conduce naturalmente a Salamanca y al pensamiento que allí maduró. La presencia simbólica en esta sala de los Reyes Isabel y Fernando, remite a aquel momento en que España quedó situada ante responsabilidades históricas de alcance universal; pocos años después, Salamanca habría de asumir, con singular lucidez, la reflexión moral y jurídica que ese escenario reclamaba. En aquella sede universitaria, hace quinientos años, cuando se abrían mundos nuevos y posibilidades inmensas en las relaciones entre los pueblos, algunos maestros comprendieron que la razón no podía ser invocada para revestir de legitimidad cuanto la fuerza o el interés presentaban como conveniente. Introdujeron así en el discernimiento histórico la pregunta por el valor irreductible de todo ser humano y los límites morales del poder. Hay que reconocer que la sociedad y la misma Iglesia no siempre estuvieron a la altura de las intuiciones que encontraban eco en su propia tradición cristiana.

Sin embargo, aquel interrogante abrió un horizonte intelectual y moral que desbordó su propio momento histórico. La intuición del totus orbis, de una comunidad humana más amplia que cualquier poder particular, permitía afirmar la existencia de vínculos jurídicos y morales entre los pueblos. Desde España, la reflexión de la Escuela de Salamanca —y de manera particular fray Francisco de Vitoria, junto con otros dominicos y jesuitas— contribuyó a formar una conciencia jurídica y moral capaz de recordar que la autoridad lleva siempre consigo una responsabilidad y que todo ser humano debe ser reconocido como sujeto de derechos y deberes. Ese anhelo sigue hablando también hoy: que la dignidad, la justicia y el bien común sean la medida de las relaciones sociales, tanto a nivel nacional como a nivel internacional.

Ésta es una de las grandes herencias de España: haber unido la acción histórica con la lucidez de la razón moral. Aquella contribución, nacida a orillas del Tormes, trascendió las aulas y las bibliotecas, y llegó a formar parte de una conciencia más amplia, compartida por la comunidad internacional que sigue preguntándose cómo construir la paz sobre el reconocimiento de la persona y no sobre la imposición de la fuerza. Ese legado vive también en estas Cortes, cada vez que el legislador se pregunta cómo hacer que lo posible sea justo, que lo legal sea verdaderamente humano y que la voluntad de la mayoría custodie aquellos bienes que pertenecen a todos y respete aquello que ninguna mayoría puede legítimamente vulnerar.

La pregunta salmantina sigue acompañando la tarea de quienes sirven a la vida pública. Hoy, los nuevos mundos que se abren ante nosotros ya no se dibujan en los mapas: se despliegan en la técnica, en la economía, en la biomedicina y en el universo digital, donde el poder humano alcanza ámbitos cada vez más delicados de la vida personal y social.

El progreso ofrece posibilidades admirables, y hoy lo vemos de modo singular en el desarrollo de la inteligencia artificial y las nuevas tecnologías. Como he recordado en mi reciente Encíclica, la tecnología en sí misma no es neutral porque toma el rostro de quien la concibe, la financia, la regula y la utiliza (cf. Magnifica humanitas, 9); por eso, ante las transformaciones de nuestro tiempo, nuestro discernimiento debe centrarse en qué lugar ocupa la persona humana en nuestras decisiones, y cómo se plantean hoy, de manera nueva, la dignidad del trabajo, la solidaridad, la política social y el bien común.

Este discernimiento comienza por una afirmación primera: toda sociedad auténticamente justa se edifica sobre el reconocimiento de la dignidad inviolable de la persona humana. Tal dignidad precede a toda concesión del Estado y no puede quedar subordinada a consensos sociales mudables o al vaivén de las mayorías de cada momento (cf. Benedicto XVI, Discurso ante el Parlamento Federal alemán, 22 septiembre 2011). Pertenece a todo ser humano por el hecho mismo de existir, y por eso debe orientar todo ordenamiento jurídico positivo. La fe cristiana la proclama a partir de la Revelación; la razón humana puede reconocerla como exigencia inscrita en la verdad del hombre (cf. ibíd.). Cuando esta convicción permanece viva, el derecho se convierte en amparo de todos y en garantía frente a la imposición de intereses y agendas particulares.

Sobre este fundamento, me corresponde pronunciar hoy una palabra serena y firme ante quienes tienen la grave responsabilidad de ordenar jurídicamente la convivencia social. Esta convivencia puede verse amenazada por la cultura del descarte, como tantas veces advirtió el Papa Francisco (cf. Discurso a la Asamblea Plenaria de la Pontificia Academia para la Vida, 27 septiembre 2021). En este sentido, si la vida deja de ser reconocida como un valor fundamental, ¿qué futuro pueden tener nuestras sociedades? ¿Puede llamarse plenamente justa una comunidad que deja en la sombra al niño aún no nacido, al anciano, al enfermo, a quien sufre en silencio o a quien depende enteramente del cuidado de los demás? La defensa de la vida humana no es una cuestión parcial ni un interés confesional: es una meta de civilización. Toda vida humana debe ser reconocida y custodiada desde su concepción hasta su ocaso natural, en cada circunstancia de su existencia. Cuando esta certeza se oscurece, los más vulnerables son las primeras víctimas y la ley pierde su significado más profundo: servir y proteger a cada persona. Por eso, la grandeza moral de una nación se manifiesta, sobre todo, en su capacidad de acompañar, proteger y amar aquellas vidas que atraviesan mayor fragilidad.

El bien común es, en cierto modo, “la forma social de la dignidad humana” (cf. Magnifica humanitas, 59). No consiste en la mera suma de intereses particulares, sino en «el conjunto de condiciones de la vida social que hacen posible a las asociaciones y a cada uno de sus miembros el logro más pleno y más fácil de la propia perfección» (Gaudium et spes, 26). Cuando el bien común deja de ser horizonte compartido, la acción pública corre el riesgo de fragmentarse en intereses parciales, incapaces de custodiar aquello que pertenece a todos.

En este contexto, reviste particular importancia la familia, realidad humana primera y fundamento natural de la comunidad. En el hogar se entrelazan las generaciones y se transmite una memoria viva que da continuidad interior a la sociedad. Allí donde la familia es sostenida, se fortalece también la estabilidad espiritual y social de las naciones. La familia será siempre la primera escuela de humanidad en la que se aprende, antes que en cualquier otro lugar, la gramática elemental de la convivencia: recibir la vida, cuidar al otro, perdonar, servir y pertenecer.

También las instituciones educativas ocupan un lugar decisivo en esta tarea. En ellas, las nuevas generaciones pueden aprender a buscar y amar la verdad, a cuestionarse sobre el sentido de la vida y la dignidad de cada persona. Por eso, muchos padres deseosos de que sus hijos aprendan a relacionarse, a pensar con espíritu crítico y a adquirir valores sólidos, depositan en ellas grandes esperanzas, como valiosas aliadas en su educación. Esta colaboración ha de respetar siempre el «derecho primario e inalienable» de los padres a «elegir el tipo de educación y de formación que reciben sus hijos, en coherencia con sus propias convicciones morales, culturales y religiosas» (cf. Magnifica humanitas, 143; cf. Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos, art. 18.4).

La afirmación de la dignidad humana no puede permanecer abstracta cuando tantas personas se ven obligadas a dejarlo todo para buscar paz, seguridad y futuro. También el trágico drama migratorio interpela hoy la conciencia de las naciones y el fundamento ético del orden internacional. Numerosos hombres, mujeres y niños se ven obligados, por circunstancias muchas veces dramáticas, a partir de sus comunidades y dejar atrás seres queridos, historias y vínculos. Esta realidad rebasa cualquier lectura puramente demográfica o económica: constituye una cuestión eminentemente moral y jurídica. Allí donde una persona es discriminada por su origen nacional, étnico, religioso o lingüístico, o por su condición económica o social, se vulnera gravemente el principio universal de la igual dignidad de todos los seres humanos.

La situación de los migrantes y refugiados exige una respuesta que mire a las personas, afronte las causas que las obligan a partir y vaya más allá de la mera gestión de flujos. De ahí nace una doble exigencia de justicia social: ofrecer vías seguras y legales, una acogida respetuosa y posibilidades reales de integración; y promover, al mismo tiempo, el derecho a permanecer en la propia tierra, trabajando para que nadie tenga que abandonar su hogar por falta de paz, seguridad o condiciones dignas de vida, por las desigualdades económicas y los efectos de la crisis climática (cf. Magnifica humanitas, 81).

En los últimos años, las rutas cada vez más peligrosas han evidenciado el altísimo coste de esta realidad, tantas veces escondida o ignorada. Muchas personas siguen siendo presas de traficantes y contrabandistas que se aprovechan de su desesperación. Es necesario fortalecer la prevención, el rescate y la asistencia a las víctimas, especialmente en el marco de una cooperación regional y multilateral.

Ninguna nación puede afrontar por sí sola un desafío de esta magnitud. Por ello, es indispensable una respuesta coordinada, solidaria y eficaz, capaz de garantizar protección, acogida y oportunidades reales de integración a quienes emigran. Cuando la respuesta institucional se hace cercana, justa y coordinada, las fronteras dejan de ser lugares de abandono y pueden convertirse en espacios de protección responsable de la dignidad humana.

Señorías:

El mundo atraviesa una profunda crisis espiritual y cultural, que se manifiesta en múltiples formas de violencia, polarización y desconfianza recíproca. En este contexto, la paz se presenta como una aspiración política y, más aún, como una verdadera exigencia moral. Reclama una palabra pública que respete a quien piensa distinto, instituciones puestas al servicio del encuentro, una memoria histórica que busque la verdad y la reconciliación y una vida social capaz de sostener la amistad cívica y el respeto mutuo en medio de la discrepancia.

En el plano internacional, la paz exige valentía diplomática, responsabilidad ética y una visión de futuro fundada en el respeto a la identidad de cada pueblo y en la obligación de los Estados de resolver sus controversias por los caminos pacíficos que ofrece el derecho internacional. Toda guerra constituye, en última instancia, una dolorosa derrota de la capacidad de negociar y también de aquella conciencia común de la humanidad que reconoce vínculos de justicia entre las naciones. Las armas pueden imponer un silencio temporal; pero nunca podrán edificar una paz auténtica y duradera.

Por eso, preocupa que, en diversos lugares del mundo, y también en Europa, vuelva a presentarse el rearme como respuesta casi inevitable ante la fragilidad del escenario internacional. La verdadera seguridad, en cambio, nace de la justicia, del diálogo paciente, del respeto al derecho internacional y de una política capaz de poner la vida de los pueblos por encima de los intereses que se benefician de la guerra. También el desarrollo de las nuevas tecnologías y de la inteligencia artificial en el ámbito militar exige una vigilancia ética rigurosa, para que las decisiones sobre la vida y la muerte nunca sean descargadas sobre automatismos ni sustraídas a la responsabilidad moral de la persona humana (cf. Discurso en la Universidad “La Sapienza”, 14 mayo 2026).

La comunidad internacional está llamada a redescubrir el valor indispensable del diálogo como camino paciente hacia acuerdos justos y duraderos, fundados en el respeto a los tratados, en la transparencia de la acción diplomática y en la voluntad sincera de anteponer la paz al recurso a la fuerza. De ahí nacen la confianza y la esperanza.

Como recuerda el lema de la Unión Europea, In varietate concordia, la unidad verdadera no uniforma, sino que cohesiona en la diversidad, haciendo de las culturas, sensibilidades y tradiciones una ocasión de enriquecimiento mutuo.

Asimismo, dentro de las propias sociedades es urgente construir una cultura de la reciprocidad. La pluralidad política no debería degenerar en descalificación permanente del adversario. En una convivencia madura, incluso el conflicto puede convertirse en camino hacia la paz, cuando las diferencias se dejan mitigar por la escucha y se ordenan al reconocimiento de las necesidades, los anhelos y las capacidades de todos.

Pero la paz no es solamente una realidad política o institucional. Nace también en la conciencia, allí donde el rencor, la indiferencia y el odio ceden espacio a la reconciliación. Por eso, se instaura y se protege también a través del lenguaje. Las palabras pueden abrir caminos o cerrarlos; pueden iluminar la realidad o deformarla hasta hacer imposible el encuentro. Quienes ejercen una responsabilidad pública tienen, por eso, una especial obligación de custodiar la palabra para «desarmar el lenguaje» (Mensaje para la Cuaresma de 2026, 13 febrero 2026). La firmeza no exige desprecio; la discrepancia no conlleva humillación.

De este respeto al otro nace también el deber de custodiar el espacio donde maduran sus convicciones, su conciencia y su relación con Dios. La atención a ese ámbito interior permite comprender mejor una cuestión decisiva para toda sociedad verdaderamente democrática: la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión, derecho fundamental que tutela el ámbito más íntimo de las personas. La libertad sobre la que se edifica el Estado contemporáneo, si es auténtica, reconoce la dimensión religiosa del ser humano, la respeta y la tutela jurídicamente; y evita que alguien tenga que renunciar a contribuir a la sociedad en la que vive por causa de su fe.

Sin confundir el plano jurídico con el moral, conviene recordar también que la libertad necesita una comprensión plena de sí misma. Ser libre no significa únicamente estar libre de coacciones o disponer de muchas posibilidades de elección; significa poder reconocer el bien y adherirse a él responsablemente. Por eso, toda sociedad efectivamente libre requiere también una justa delimitación del poder público, de modo que la libertad de las personas, de las comunidades y de las asociaciones no sea indebidamente restringida (cf. Dignitatis humanae, 1). Desde esta perspectiva, la legítima autonomía del orden temporal jamás debe interpretarse como hostilidad hacia el fenómeno religioso. La fe no pretende imponerse mediante privilegios ni coerciones; sin embargo, tampoco puede ser relegada al silencio como si fuese irrelevante para la vida pública.

En este contexto, el sigilo sacramental de la confesión reviste una importancia especial para la Iglesia católica. Se inserta en el ámbito más amplio de la libertad religiosa, que garantiza a las comunidades creyentes un espacio propio de vida, organización y disciplina interna (cf. Conferencia sobre la Seguridad y la Cooperación en Europa, Acta Final de Helsinki, 1 agosto 1975, Principio VII). Tutelarlo jurídicamente, como sucede de modo análogo en algunas profesiones, significa preservar un espacio sagrado de libertad interior, donde el creyente puede abrir su alma ante Dios sin temor a presiones externas, como reconocen también las normas internacionales (cf. Corte Penal Internacional, Reglas de Procedimiento y Prueba, Regla 73.3).

Señoras y Señores:

Permitan que me detenga un instante en algunas imágenes que adornan esta Cámara. En este Salón de Sesiones, la luz natural entra por el lucernario que corona la sala. Esa luz que viene de lo alto puede recordar que también la política necesita reconocer una medida que la precede y la supera.

También las pinturas que evocan, en la parte superior del muro principal, la recepción del Evangelio y del Decálogo recuerdan algo esencial. Sin confundir el orden político con el religioso, esos signos invitan a reconocer que la libertad moderna ha sido preparada también por una larga educación de la conciencia, profundamente marcada por la tradición cristiana. En esa escuela interior, los pueblos aprendieron que el derecho debe servir al bien, que la justicia pone límites a la fuerza, que el poder necesita legitimidad, que los pobres pertenecen plenamente a la comunidad, que el extranjero debe ser acogido conforme a su dignidad y que la vida humana jamás puede ser tratada como mercancía.

Una ley no alcanza su verdadera grandeza por el mero hecho de haber sido formalmente aprobada; la alcanza cuando, además de ser válida en su forma, puede comparecer ante la dignidad de la persona y salir de ese examen sin avergonzarse.

Les invito a alzar, pues, la mirada: no para alejarse de la realidad, sino para recordar que toda decisión de las autoridades públicas toca personas de carne y hueso, especialmente a quienes tienen menos fuerza para hacerse oír. Porque la altura de miras consiste precisamente en mirar con más hondura aquello que está en juego en cada decisión pública. Por eso, junto a las respuestas técnicas y las reformas legales, hace falta también una renovación moral.

España puede ofrecer mucho en este camino. Cuenta con una lengua que une continentes; una tradición cultural, jurídica y espiritual que ha sabido poner en diálogo fe y razón, derecho y conciencia, unidad y pluralidad. Esta experiencia histórica recuerda también el valor de la concordia y del esfuerzo paciente por construir una convivencia pacífica y justa.

Que esta noble nación jamás pierda la memoria de sus raíces ni la audacia de mirar al futuro. Que España continúe siendo tierra de encuentro, de cultura, de solidaridad y de esperanza. Y que su vida pública sepa unir siempre la firmeza de las convicciones con la nobleza del diálogo y la grandeza del servicio.

Que Dios conceda paz a todas las naciones de la tierra, concordia a las familias y serenidad a las conciencias. Y que, sobre el Reino de España, marcado por la huella apostólica de Santiago y por la presencia maternal de la Virgen del Pilar, desciendan días de prosperidad, justicia y paz duradera. Muchas gracias.

León XIV

Gratitud “de todo corazón” del Papa a los voluntarios en Madrid

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Despedida de León XIV en su primera etapa del viaje apostólico que ahora le conduce a Barcelona, donde, entre otros actos, bendecirá la torre de Jesucristo de la Sagrada Familia.

León XIV se ha despedido esta mañana de Madrid, con un encuentro con los voluntarios que han participado en los distintos actos organizados en el marco de su Viaje apostólico a España.

El acto, que se ha celebrado en el recinto ferial IFEMA de Madrid, ha reunido a decenas de miles de voluntarios de los más de 25.00 implicado en tareas de acogida, logística, comunicación, atención a peregrinos, coordinación de actividades y apoyo organizativo.

“Os merecéis un ‘gracias’ muy especial, porque habéis ofrecido vuestra presencia y vuestro servicio, y lo habéis hecho por amor al Señor, a la Iglesia y al Papa. ¡Gracias de todo corazón!”, señaló el Papa a las decenas de miles de voluntarios.

“Vuestra experiencia de estos días es un signo del Reino que viene, y lo es por un aspecto esencial: la gratuidad”, señaló el pontífice, que destacaba del voluntariado cómo, tomándose días libres de trabajo, “cada uno ha dado lo que podido, entregando de corazón, manos, ideas, talentos, sonrisas”.  

Tras Madrid, León XVI continúa ahora su viaje apostólico, ahora en Barcelona, donde presidirá una vigilia de oración esta tarde y mañana visitará el centro penitenciario Brians 1, además de la Santa Misa en la Sagrada Familia para inaugurar la torre de Jesucristo, entre otras actividades.

Foto portada: Luis Magan

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La Pastoral Juvenil impulsa una misión evangelizadora en Grazalema

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La Pastoral Juvenil impulsa una misión evangelizadora en Grazalema

La Pastoral Juvenil de Asidonia-Jerez celebrará durante el próximo fin de semana una Misión Popular en Grazalema, una iniciativa evangelizadora que busca acercar el mensaje del Evangelio a los vecinos de la localidad mediante distintos momentos de encuentro, formación, oración y convivencia.

Bajo el lema evangélico «Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré» (Mt 11,28), esta misión tiene como principal objetivo fortalecer la fe, estrechar los lazos de la comunidad cristiana y hacer presente el amor de Dios en las calles y hogares de Grazalema.

Los jóvenes misioneros recorrerán el municipio para encontrarse con las familias, escuchar sus inquietudes y compartir con ellas un mensaje de esperanza. Además, se han programado diversas actividades formativas centradas en los sacramentos de la iniciación cristiana y los sacramentos de curación, ofreciendo espacios de reflexión y profundización en la fe.

La jornada del sábado contará también con el rezo del Santo Rosario desde la parroquia hasta la Ermita de los Ángeles, seguido de la celebración de la Santa Misa y una Hora Santa ante el Santísimo Sacramento.

Por su parte, el domingo comenzará con el rezo de Laudes, continuará con una celebración penitencial y la oportunidad de recibir el Sacramento de la Reconciliación, y culminará con la Santa Misa de clausura de la misión. Posteriormente, los participantes acompañarán al Santísimo Sacramento y a la imagen de Nuestra Señora de la Encarnación en una procesión eucarística por las calles de la localidad.

La programación concluirá con un almuerzo fraterno abierto a todos los participantes y vecinos que deseen compartir este momento de convivencia.

Desde la Pastoral Juvenil destacan que esta misión es una oportunidad para vivir la fe de manera cercana y sencilla, favoreciendo el encuentro personal con Cristo y fortaleciendo la vida cristiana de la comunidad parroquial. Asimismo, animan a todos los vecinos de Grazalema a participar en las distintas actividades programadas y a sumarse a esta experiencia de evangelización y fraternidad.

Si tienes 18 años o más, no te lo pienses y participa, rellenando el siguiente formulario:

https://forms.gle/wwiF6qJ2rYYBfLar9

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Papa León, en nuestro corazón

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Papa León, en nuestro corazón

El balance de esta primera etapa de la Visita no puede ser más positivo. La sensación que nos queda es que los españoles necesitábamos escuchar un mensaje creíble pronunciado por una persona auténtica y libre, enamorada de Dios y de su Iglesia. Necesitábamos también vivir un encuentro intenso con el Señor y una experiencia eclesial fuerte y los hemos vivido. La historia continúa.

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ALMERIENSES CON EL PAPA: Nuestro Obispo y el Vicario General viven junto a León XIV unos días de gracia para la Iglesia

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Nuestro obispo, D. Antonio Gómez Cantero, y el vicario general, D. Ignacio López Román, continúan acompañando al Papa León XIV en su visita a España. Tras participar en la vigilia de oración con los jóvenes en la plaza de Lima, la celebración del Corpus Christi y el encuentro del Santo Padre con los obispos españoles en la sede de la Conferencia Episcopal, ambos han llegado ya a Barcelona para seguir viviendo una visita que está dejando una profunda huella en la Iglesia española.

Para nuestro obispo, lo vivido hasta ahora solo puede describirse con una palabra: «espectacular». La presencia de miles de personas en las calles, la respuesta de los jóvenes y el ambiente de fe compartida han convertido estos días en una auténtica experiencia de comunión eclesial.

Entre los momentos más significativos, D. Antonio destaca el encuentro mantenido por León XIV con los obispos españoles. «Todos estábamos serenamente expectantes, esperando al sucesor de Pedro». Después de escucharle en el Congreso de los Diputados, el Papa llegó con la sencillez que le caracteriza y dejó una frase que, según nuestro obispo, resume el sentido de toda la visita: «Vengo para reavivar la comunión».

A partir de esa afirmación, el Santo Padre fue desarrollando temas fundamentales para la vida de la Iglesia: el diálogo en el Espíritu, la acogida del hermano, el camino sinodal y la escucha comunitaria de la voz de Dios. «Como si se tratara de un manantial de agua viva, fueron brotando y empapando nuestro corazón», relata nuestro obispo.

Pero entre los grandes acontecimientos también hubo espacio para los pequeños gestos que revelan la cercanía del Santo Padre. Nuestro obispo comparte una anécdota vivida en primera persona. «Voy a contar una cosa que nadie sabe». Su habitación del hotel daba directamente a la Nunciatura Apostólica y, ya avanzada la noche, fue testigo de una escena inesperada. «A las 23:15 me levanté porque oía voces en la calle. Descubrí que un grupo de una treintena de jóvenes y adolescentes le pedían a gritos al Papa que se asomase».

La espera tuvo premio. «Al final se encendió una luz en una ventana y abrió el Papa. Estuvo un rato mientras le jaleaban». Lo que más sorprendió a D. Antonio fue que aquello sucediera después de una jornada agotadora de actos y encuentros. «Increíble, después del tute que se había pegado».

Nuestro obispo destaca también la claridad con la que León XIV habló de los pequeños, de los ancianos, de los migrantes y de la necesidad de «abajarse para comprender y compartir», siguiendo el ejemplo de Cristo. Asimismo, valora la firmeza con la que abordó el drama de los abusos, insistiendo en la escucha, la verdad, la justicia, la reparación y la cultura del cuidado. Y resume muchas de sus enseñanzas en tres palabras: «valentía, verdad y libertad».

Junto a él, el vicario general, D. Ignacio López Román, describe estos días como «unos días de gracia». «Emociona muchísimo la respuesta de la gente de Madrid y de España entera a la presencia del Papa entre nosotros».

D. Ignacio subraya además «el testimonio de grandeza en medio de una gran humildad» que León XIV está ofreciendo durante esta visita y recuerda especialmente la adoración eucarística de la vigilia juvenil y la celebración del Corpus Christi como signos visibles de la comunión de toda la Iglesia en torno a Jesucristo.

La visita apostólica continuará en los próximos días. Nuestro obispo, D. Antonio Gómez Cantero, seguirá acompañando al Santo Padre en su siguiente etapa, que tendrá como destino las Islas Canarias, donde León XIV continuará desarrollando su programa pastoral. Por su parte, el vicario general, D. Ignacio López Román, regresará a Almería para retomar su servicio en la diócesis, llevando consigo la experiencia vivida durante estos días de encuentro, comunión y esperanza junto al Sucesor de Pedro.

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