Iñigo Prieto y su esposa esperan que su bebé sea trasplantado por una patología a la solo sobrevivieron 7 niños en el mundo
Iñigo y Diana tienen seis hijos. Justo antes de nacer el sexto, el día 30 de abril de 2025, su vida dio un giro de 180º al conocer que su esposa no tenía nada de líquido amniótico en la barriga y que su bebé corría peligro. Iñigo, que es profesor de Secundaria en Córdoba, se encontraba trabajando cuando recibió la llamada de Diana llorando porque, cuando ambos pensaban que todo iba normal y que el embarazo seguía su curso, los médicos le pidieron una nueva cita en medicina fetal para realizar unas pruebas y valorar qué ocurría. El diagnóstico no se hizo esperar: el bebé padecía agenesia renal bilateral, una malformación congénita grave caracterizada por la ausencia de ambos riñones al nacer. Se detecta habitualmente mediante ecografías de rutina durante el embarazo. Lamentablemente, la agenesia renal bilateral no es compatible con la vida extrauterina debido a la grave insuficiencia respiratoria derivada de la hipoplasia pulmonar y la falta de función renal. La mayoría de los fetos fallecen antes de nacer o pocas horas o días después del parto. En el caso de Iñigo, no ha sido así y once meses después, mantiene su lucha por vivir gracias al Hospital de la Paz de Madrid que se puso en contacto con la familia para “apostar por la vida”, como destaca el padre del bebé quien a su vez muestra un profundo agradecimiento a todos los profesionales que durante estos once meses se han volcado “valientemente” con su hijo.
“Cuando nos dijeron el problema que tenía nuestro hijo, nos pusimos a llorar y salimos un rato al pasillo para poder respirar un poco, pero seguidamente entramos para hablar con el médico que nos comentó que teníamos dos opciones, esperar a que el bebé falleciera en el vientre o después de nacer o abortar, algo que como cristianos no contemplamos en ningún momento”, confiesa Iñigo, quien también reconoce que el colapso que sufrieron duró unos días gracias a la fe y a la confianza plena en Dios que la familia tiene.
Justo cuando estaban analizando la situación, Iñigo encontró en internet el caso de una niña de Estados Unidos que estaba vive y que tenía ya siete años. Indagó en esto, se puso en contacto con la familia y con profesionales con los que, tras muchas reuniones, llegó un programa de amnioinfusiones. Se trata de pinchazos periódicos en el vientre de la madre para depositar suero con antibiótico en sustitución del líquido amniótico. Como en Córdoba no tenían esta alternativa, una amiga ginecóloga lo expuso en un grupo que tenía con otros colegas y fue un ginecólogo quien se ofreció a realizar el seguimiento de esta madre en el hospital de La Paz de Madrid. “Decidieron iniciar el procedimiento de amnioinfusiones y seguir adelante con el parto. Cuando Iñigo nació, lo llevaron a la UCI, lo intubaron directamente y le cogieron unas cánulas en el cuello para conectarlo a un hemofiltro, que saca y devuelve la sangre”, recuerda su padre. Al día siguiente vivieron el primer momento crítico. El recién nacido saturaba al 50% y las probabilidades de que falleciera eran muy altas, por lo que sin tiempo para esperar que llegara el capellán, decidieron bautizarlo en la propia UCI, en un momento que, según Iñigo, fue muy íntimo y de gran recogimiento. Su hijo sobrevivió, aunque aún quedaba camino por delante cargado de operaciones e intervenciones muy duras que todavía hoy permanecen, porque el bebe está 14 horas al día conectado a la máquina. Mientras tanto, sus padres han permanecido todo el año a caballo entre Córdoba y Madrid, cada semana estaba uno de los dos con el resto de niños para mantenerle su rutina y alterarles su vida lo menos posible ante la situación. Una situación que a pesar de la dureza, a ellos les ha servido para afianzar más aún su matrimonio y saber que la fe y el abrazo a la Cruz todo lo puede. “Hemos llorado juntos, nos hemos abrazado, nos hemos apoyado y esta situación nos ha unido mucho tanto como matrimonio como en la oración. Hemos vivido y estamos viviendo algo muy duro, pero hemos recibido una paz del Señor muy grande de la mano del Espíritu Santo, que nos ha hecho comprender que hemos nacido para el cielo y solo Dios sabe cuándo y cómo iremos al cielo. Por lo tanto, estamos enormemente agradecidos a toda la Iglesia porque sabemos que hay conventos, misioneros, comunidades, vecinos, compañeros de trabajo y gente altruista que reza cada día por nosotros y por nuestros hijos, a los que esto les ha servido para conocer el cielo y las circunstancias. Estamos muy agradecidos y queremos contarlo para ayudar a otros padres que pasen por esto”, explica Iñigo. Su hijo es uno de los ocho bebés en todo el mundo que sobrevive a su patología. Ahora aguarda un trasplante de riñón que le otorgue condiciones normales, pero tendrá que esperar hasta alcanzar un mínimo de diez kilos y aproximadamente dos años. Mientras tanto, su familia lo describe como un niño risueño, al que le rodea una gran comunidad rezando día tras día por él y por toda su familia.

