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León XIV en el Congreso: «la grandeza moral de una nación se manifiesta en su capacidad de acompañar, proteger y amar a los más frágiles»

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Discurso del Papa en el Encuentro con los miembros del Parlamento español en el Congreso de los Diputados

Presidente del Gobierno,
Presidenta del Congreso de los Diputados,
Presidente del Senado,
Presidente del Tribunal Constitucional,
Presidenta del Tribunal Supremo y del Consejo General del Poder Judicial,
Miembros del Congreso de los Diputados y del Senado,

Señoras y señores:

Agradezco a la Señora Presidenta sus amables palabras, así como la invitación que la Sede Apostólica ha recibido con ocasión de mi viaje a este país, así como la deferencia de acogerme en este histórico Palacio del Congreso de los Diputados, ámbito eminente de la vida institucional, jurídica y democrática del Reino de España. Vengo ante todos ustedes como Obispo de Roma y Pastor de la Iglesia católica, consciente de que la misión confiada al Sucesor del apóstol Pedro como principio y fundamento de unidad de los Obispos y de los fieles (cf. Lumen gentium, 23) coloca a la Santa Sede, de modo peculiar, en diálogo con los pueblos y con los Estados.

Mi presencia entre ustedes quiere ser un gesto de cercanía hacia España, en el marco de la mutua cooperación, y una palabra ofrecida desde el servicio a la persona humana. La Iglesia “camina con la humanidad”, comparte sus esperanzas y sus heridas, escucha los interrogantes de cada época y se deja interpelar “por todo lo que concierne a la existencia de los hombres y las mujeres de hoy”. Por eso, cuando se dirige a la vida pública, lo hace respetando la misión propia de las instituciones y la legítima responsabilidad de quienes han recibido el mandato de legislar. Reconoce “la autonomía de las realidades terrenas” y “la distinción entre comunidad eclesial y comunidad política”; y, precisamente desde esa conciencia, aporta una reflexión nacida del deseo de servir al bien común y de recordar aquello que hace verdaderamente humana la convivencia (cf. Magnifica humanitas, 18-19).

En este hemiciclo se da forma jurídica a la convivencia social. Aquí las diferencias se escuchan, se ordenan y, cuando es posible, se convierten en decisión compartida. Por eso, más allá de la legítima diversidad de posiciones, toda tarea legislativa acaba encontrándose con una pregunta decisiva: qué concepción de la persona humana inspira las leyes y qué tipo de sociedad construye esas leyes.

Ante esta cuestión, España posee una memoria particularmente rica. Su identidad geográfica y política se ha ido entretejiendo con una historia en la que la fe y la razón, el arte y el derecho, la tradición y el pensamiento han sabido encontrarse fecundamente. En sus catedrales y universidades, en su literatura inmortal, en sus instituciones jurídicas y en el ánimo mismo de su pueblo, permanece viva una herencia que ha dado forma a un modo de vivir la libertad, practicar la justicia y ordenar la vida común.

Desde las páginas universales del Quijote, donde Cervantes proclamó que «la libertad […] es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos» (Don Quijote de la Mancha, II, 58), hasta la hondura espiritual de santa Teresa de Ávila, y desde la gran tradición jurídica española hasta la inquietud metafísica de Unamuno, que recordaba que el hombre «no se resigna a morir del todo» (Del sentimiento trágico de la vida, I), España ha sabido mirar al ser humano como algo más que una pieza del orden social, económico o político: lo ha reconocido como criatura abierta a la verdad, dotada de libertad y movida por una sed de eternidad que ninguna realidad temporal logra extinguir; en una palabra, como alguien cuya dignidad precede a toda utilidad y a cuyo servicio está sujeta la acción legislativa.

Por eso, al hablar hoy de la persona humana, esta memoria conduce naturalmente a Salamanca y al pensamiento que allí maduró. La presencia simbólica en esta sala de los Reyes Isabel y Fernando, remite a aquel momento en que España quedó situada ante responsabilidades históricas de alcance universal; pocos años después, Salamanca habría de asumir, con singular lucidez, la reflexión moral y jurídica que ese escenario reclamaba. En aquella sede universitaria, hace quinientos años, cuando se abrían mundos nuevos y posibilidades inmensas en las relaciones entre los pueblos, algunos maestros comprendieron que la razón no podía ser invocada para revestir de legitimidad cuanto la fuerza o el interés presentaban como conveniente. Introdujeron así en el discernimiento histórico la pregunta por el valor irreductible de todo ser humano y los límites morales del poder. Hay que reconocer que la sociedad y la misma Iglesia no siempre estuvieron a la altura de las intuiciones que encontraban eco en su propia tradición cristiana.

Sin embargo, aquel interrogante abrió un horizonte intelectual y moral que desbordó su propio momento histórico. La intuición del totus orbis, de una comunidad humana más amplia que cualquier poder particular, permitía afirmar la existencia de vínculos jurídicos y morales entre los pueblos. Desde España, la reflexión de la Escuela de Salamanca —y de manera particular fray Francisco de Vitoria, junto con otros dominicos y jesuitas— contribuyó a formar una conciencia jurídica y moral capaz de recordar que la autoridad lleva siempre consigo una responsabilidad y que todo ser humano debe ser reconocido como sujeto de derechos y deberes. Ese anhelo sigue hablando también hoy: que la dignidad, la justicia y el bien común sean la medida de las relaciones sociales, tanto a nivel nacional como a nivel internacional.

Ésta es una de las grandes herencias de España: haber unido la acción histórica con la lucidez de la razón moral. Aquella contribución, nacida a orillas del Tormes, trascendió las aulas y las bibliotecas, y llegó a formar parte de una conciencia más amplia, compartida por la comunidad internacional que sigue preguntándose cómo construir la paz sobre el reconocimiento de la persona y no sobre la imposición de la fuerza. Ese legado vive también en estas Cortes, cada vez que el legislador se pregunta cómo hacer que lo posible sea justo, que lo legal sea verdaderamente humano y que la voluntad de la mayoría custodie aquellos bienes que pertenecen a todos y respete aquello que ninguna mayoría puede legítimamente vulnerar.

La pregunta salmantina sigue acompañando la tarea de quienes sirven a la vida pública. Hoy, los nuevos mundos que se abren ante nosotros ya no se dibujan en los mapas: se despliegan en la técnica, en la economía, en la biomedicina y en el universo digital, donde el poder humano alcanza ámbitos cada vez más delicados de la vida personal y social.

El progreso ofrece posibilidades admirables, y hoy lo vemos de modo singular en el desarrollo de la inteligencia artificial y las nuevas tecnologías. Como he recordado en mi reciente Encíclica, la tecnología en sí misma no es neutral porque toma el rostro de quien la concibe, la financia, la regula y la utiliza (cf. Magnifica humanitas, 9); por eso, ante las transformaciones de nuestro tiempo, nuestro discernimiento debe centrarse en qué lugar ocupa la persona humana en nuestras decisiones, y cómo se plantean hoy, de manera nueva, la dignidad del trabajo, la solidaridad, la política social y el bien común.

Este discernimiento comienza por una afirmación primera: toda sociedad auténticamente justa se edifica sobre el reconocimiento de la dignidad inviolable de la persona humana. Tal dignidad precede a toda concesión del Estado y no puede quedar subordinada a consensos sociales mudables o al vaivén de las mayorías de cada momento (cf. Benedicto XVI, Discurso ante el Parlamento Federal alemán, 22 septiembre 2011). Pertenece a todo ser humano por el hecho mismo de existir, y por eso debe orientar todo ordenamiento jurídico positivo. La fe cristiana la proclama a partir de la Revelación; la razón humana puede reconocerla como exigencia inscrita en la verdad del hombre (cf. ibíd.). Cuando esta convicción permanece viva, el derecho se convierte en amparo de todos y en garantía frente a la imposición de intereses y agendas particulares.

Sobre este fundamento, me corresponde pronunciar hoy una palabra serena y firme ante quienes tienen la grave responsabilidad de ordenar jurídicamente la convivencia social. Esta convivencia puede verse amenazada por la cultura del descarte, como tantas veces advirtió el Papa Francisco (cf. Discurso a la Asamblea Plenaria de la Pontificia Academia para la Vida, 27 septiembre 2021). En este sentido, si la vida deja de ser reconocida como un valor fundamental, ¿qué futuro pueden tener nuestras sociedades? ¿Puede llamarse plenamente justa una comunidad que deja en la sombra al niño aún no nacido, al anciano, al enfermo, a quien sufre en silencio o a quien depende enteramente del cuidado de los demás? La defensa de la vida humana no es una cuestión parcial ni un interés confesional: es una meta de civilización. Toda vida humana debe ser reconocida y custodiada desde su concepción hasta su ocaso natural, en cada circunstancia de su existencia. Cuando esta certeza se oscurece, los más vulnerables son las primeras víctimas y la ley pierde su significado más profundo: servir y proteger a cada persona. Por eso, la grandeza moral de una nación se manifiesta, sobre todo, en su capacidad de acompañar, proteger y amar aquellas vidas que atraviesan mayor fragilidad.

El bien común es, en cierto modo, “la forma social de la dignidad humana” (cf. Magnifica humanitas, 59). No consiste en la mera suma de intereses particulares, sino en «el conjunto de condiciones de la vida social que hacen posible a las asociaciones y a cada uno de sus miembros el logro más pleno y más fácil de la propia perfección» (Gaudium et spes, 26). Cuando el bien común deja de ser horizonte compartido, la acción pública corre el riesgo de fragmentarse en intereses parciales, incapaces de custodiar aquello que pertenece a todos.

En este contexto, reviste particular importancia la familia, realidad humana primera y fundamento natural de la comunidad. En el hogar se entrelazan las generaciones y se transmite una memoria viva que da continuidad interior a la sociedad. Allí donde la familia es sostenida, se fortalece también la estabilidad espiritual y social de las naciones. La familia será siempre la primera escuela de humanidad en la que se aprende, antes que en cualquier otro lugar, la gramática elemental de la convivencia: recibir la vida, cuidar al otro, perdonar, servir y pertenecer.

También las instituciones educativas ocupan un lugar decisivo en esta tarea. En ellas, las nuevas generaciones pueden aprender a buscar y amar la verdad, a cuestionarse sobre el sentido de la vida y la dignidad de cada persona. Por eso, muchos padres deseosos de que sus hijos aprendan a relacionarse, a pensar con espíritu crítico y a adquirir valores sólidos, depositan en ellas grandes esperanzas, como valiosas aliadas en su educación. Esta colaboración ha de respetar siempre el «derecho primario e inalienable» de los padres a «elegir el tipo de educación y de formación que reciben sus hijos, en coherencia con sus propias convicciones morales, culturales y religiosas» (cf. Magnifica humanitas, 143; cf. Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos, art. 18.4).

La afirmación de la dignidad humana no puede permanecer abstracta cuando tantas personas se ven obligadas a dejarlo todo para buscar paz, seguridad y futuro. También el trágico drama migratorio interpela hoy la conciencia de las naciones y el fundamento ético del orden internacional. Numerosos hombres, mujeres y niños se ven obligados, por circunstancias muchas veces dramáticas, a partir de sus comunidades y dejar atrás seres queridos, historias y vínculos. Esta realidad rebasa cualquier lectura puramente demográfica o económica: constituye una cuestión eminentemente moral y jurídica. Allí donde una persona es discriminada por su origen nacional, étnico, religioso o lingüístico, o por su condición económica o social, se vulnera gravemente el principio universal de la igual dignidad de todos los seres humanos.

La situación de los migrantes y refugiados exige una respuesta que mire a las personas, afronte las causas que las obligan a partir y vaya más allá de la mera gestión de flujos. De ahí nace una doble exigencia de justicia social: ofrecer vías seguras y legales, una acogida respetuosa y posibilidades reales de integración; y promover, al mismo tiempo, el derecho a permanecer en la propia tierra, trabajando para que nadie tenga que abandonar su hogar por falta de paz, seguridad o condiciones dignas de vida, por las desigualdades económicas y los efectos de la crisis climática (cf. Magnifica humanitas, 81).

En los últimos años, las rutas cada vez más peligrosas han evidenciado el altísimo coste de esta realidad, tantas veces escondida o ignorada. Muchas personas siguen siendo presas de traficantes y contrabandistas que se aprovechan de su desesperación. Es necesario fortalecer la prevención, el rescate y la asistencia a las víctimas, especialmente en el marco de una cooperación regional y multilateral.

Ninguna nación puede afrontar por sí sola un desafío de esta magnitud. Por ello, es indispensable una respuesta coordinada, solidaria y eficaz, capaz de garantizar protección, acogida y oportunidades reales de integración a quienes emigran. Cuando la respuesta institucional se hace cercana, justa y coordinada, las fronteras dejan de ser lugares de abandono y pueden convertirse en espacios de protección responsable de la dignidad humana.

Señorías:

El mundo atraviesa una profunda crisis espiritual y cultural, que se manifiesta en múltiples formas de violencia, polarización y desconfianza recíproca. En este contexto, la paz se presenta como una aspiración política y, más aún, como una verdadera exigencia moral. Reclama una palabra pública que respete a quien piensa distinto, instituciones puestas al servicio del encuentro, una memoria histórica que busque la verdad y la reconciliación y una vida social capaz de sostener la amistad cívica y el respeto mutuo en medio de la discrepancia.

En el plano internacional, la paz exige valentía diplomática, responsabilidad ética y una visión de futuro fundada en el respeto a la identidad de cada pueblo y en la obligación de los Estados de resolver sus controversias por los caminos pacíficos que ofrece el derecho internacional. Toda guerra constituye, en última instancia, una dolorosa derrota de la capacidad de negociar y también de aquella conciencia común de la humanidad que reconoce vínculos de justicia entre las naciones. Las armas pueden imponer un silencio temporal; pero nunca podrán edificar una paz auténtica y duradera.

Por eso, preocupa que, en diversos lugares del mundo, y también en Europa, vuelva a presentarse el rearme como respuesta casi inevitable ante la fragilidad del escenario internacional. La verdadera seguridad, en cambio, nace de la justicia, del diálogo paciente, del respeto al derecho internacional y de una política capaz de poner la vida de los pueblos por encima de los intereses que se benefician de la guerra. También el desarrollo de las nuevas tecnologías y de la inteligencia artificial en el ámbito militar exige una vigilancia ética rigurosa, para que las decisiones sobre la vida y la muerte nunca sean descargadas sobre automatismos ni sustraídas a la responsabilidad moral de la persona humana (cf. Discurso en la Universidad “La Sapienza”, 14 mayo 2026).

La comunidad internacional está llamada a redescubrir el valor indispensable del diálogo como camino paciente hacia acuerdos justos y duraderos, fundados en el respeto a los tratados, en la transparencia de la acción diplomática y en la voluntad sincera de anteponer la paz al recurso a la fuerza. De ahí nacen la confianza y la esperanza.

Como recuerda el lema de la Unión Europea, In varietate concordia, la unidad verdadera no uniforma, sino que cohesiona en la diversidad, haciendo de las culturas, sensibilidades y tradiciones una ocasión de enriquecimiento mutuo.

Asimismo, dentro de las propias sociedades es urgente construir una cultura de la reciprocidad. La pluralidad política no debería degenerar en descalificación permanente del adversario. En una convivencia madura, incluso el conflicto puede convertirse en camino hacia la paz, cuando las diferencias se dejan mitigar por la escucha y se ordenan al reconocimiento de las necesidades, los anhelos y las capacidades de todos.

Pero la paz no es solamente una realidad política o institucional. Nace también en la conciencia, allí donde el rencor, la indiferencia y el odio ceden espacio a la reconciliación. Por eso, se instaura y se protege también a través del lenguaje. Las palabras pueden abrir caminos o cerrarlos; pueden iluminar la realidad o deformarla hasta hacer imposible el encuentro. Quienes ejercen una responsabilidad pública tienen, por eso, una especial obligación de custodiar la palabra para «desarmar el lenguaje» (Mensaje para la Cuaresma de 2026, 13 febrero 2026). La firmeza no exige desprecio; la discrepancia no conlleva humillación.

De este respeto al otro nace también el deber de custodiar el espacio donde maduran sus convicciones, su conciencia y su relación con Dios. La atención a ese ámbito interior permite comprender mejor una cuestión decisiva para toda sociedad verdaderamente democrática: la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión, derecho fundamental que tutela el ámbito más íntimo de las personas. La libertad sobre la que se edifica el Estado contemporáneo, si es auténtica, reconoce la dimensión religiosa del ser humano, la respeta y la tutela jurídicamente; y evita que alguien tenga que renunciar a contribuir a la sociedad en la que vive por causa de su fe.

Sin confundir el plano jurídico con el moral, conviene recordar también que la libertad necesita una comprensión plena de sí misma. Ser libre no significa únicamente estar libre de coacciones o disponer de muchas posibilidades de elección; significa poder reconocer el bien y adherirse a él responsablemente. Por eso, toda sociedad efectivamente libre requiere también una justa delimitación del poder público, de modo que la libertad de las personas, de las comunidades y de las asociaciones no sea indebidamente restringida (cf. Dignitatis humanae, 1). Desde esta perspectiva, la legítima autonomía del orden temporal jamás debe interpretarse como hostilidad hacia el fenómeno religioso. La fe no pretende imponerse mediante privilegios ni coerciones; sin embargo, tampoco puede ser relegada al silencio como si fuese irrelevante para la vida pública.

En este contexto, el sigilo sacramental de la confesión reviste una importancia especial para la Iglesia católica. Se inserta en el ámbito más amplio de la libertad religiosa, que garantiza a las comunidades creyentes un espacio propio de vida, organización y disciplina interna (cf. Conferencia sobre la Seguridad y la Cooperación en Europa, Acta Final de Helsinki, 1 agosto 1975, Principio VII). Tutelarlo jurídicamente, como sucede de modo análogo en algunas profesiones, significa preservar un espacio sagrado de libertad interior, donde el creyente puede abrir su alma ante Dios sin temor a presiones externas, como reconocen también las normas internacionales (cf. Corte Penal Internacional, Reglas de Procedimiento y Prueba, Regla 73.3).

Señoras y Señores:

Permitan que me detenga un instante en algunas imágenes que adornan esta Cámara. En este Salón de Sesiones, la luz natural entra por el lucernario que corona la sala. Esa luz que viene de lo alto puede recordar que también la política necesita reconocer una medida que la precede y la supera.

También las pinturas que evocan, en la parte superior del muro principal, la recepción del Evangelio y del Decálogo recuerdan algo esencial. Sin confundir el orden político con el religioso, esos signos invitan a reconocer que la libertad moderna ha sido preparada también por una larga educación de la conciencia, profundamente marcada por la tradición cristiana. En esa escuela interior, los pueblos aprendieron que el derecho debe servir al bien, que la justicia pone límites a la fuerza, que el poder necesita legitimidad, que los pobres pertenecen plenamente a la comunidad, que el extranjero debe ser acogido conforme a su dignidad y que la vida humana jamás puede ser tratada como mercancía.

Una ley no alcanza su verdadera grandeza por el mero hecho de haber sido formalmente aprobada; la alcanza cuando, además de ser válida en su forma, puede comparecer ante la dignidad de la persona y salir de ese examen sin avergonzarse.

Les invito a alzar, pues, la mirada: no para alejarse de la realidad, sino para recordar que toda decisión de las autoridades públicas toca personas de carne y hueso, especialmente a quienes tienen menos fuerza para hacerse oír. Porque la altura de miras consiste precisamente en mirar con más hondura aquello que está en juego en cada decisión pública. Por eso, junto a las respuestas técnicas y las reformas legales, hace falta también una renovación moral.

España puede ofrecer mucho en este camino. Cuenta con una lengua que une continentes; una tradición cultural, jurídica y espiritual que ha sabido poner en diálogo fe y razón, derecho y conciencia, unidad y pluralidad. Esta experiencia histórica recuerda también el valor de la concordia y del esfuerzo paciente por construir una convivencia pacífica y justa.

Que esta noble nación jamás pierda la memoria de sus raíces ni la audacia de mirar al futuro. Que España continúe siendo tierra de encuentro, de cultura, de solidaridad y de esperanza. Y que su vida pública sepa unir siempre la firmeza de las convicciones con la nobleza del diálogo y la grandeza del servicio.

Que Dios conceda paz a todas las naciones de la tierra, concordia a las familias y serenidad a las conciencias. Y que, sobre el Reino de España, marcado por la huella apostólica de Santiago y por la presencia maternal de la Virgen del Pilar, desciendan días de prosperidad, justicia y paz duradera. Muchas gracias.

León XIV

La Iglesia diocesana convoca a una vigilia de oración por los cinco diáconos que serán ordenados sacerdotes el próximo sábado

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La Iglesia diocesana convoca a una vigilia de oración por los cinco diáconos que serán ordenados sacerdotes el próximo sábado

El Seminario Metropolitano de Sevilla acoge el próximo viernes, 12 de junio, una vigilia de oración por los cinco candidatos al orden presbiteral que se ordenarán el sábado en la Catedral hispalense.

La vigilia será a las ocho de la tarde y contará con representantes no solo del Seminario y de la Pastoral Vocacional, sino de otras pastorales diocesanas como Pastoral con Jóvenes, Universitaria, Familia y Vida, Apostolado Seglar y Vida Consagrada, entre otras. Igualmente, se trata de una convocatoria abierta a todos aquellos fieles que quieran participar y rezar por el ministerio sacerdotal de los candidatos al orden.

Este encuentro se enmarca en la Campaña puesta en marcha este curso por el Servicio Diocesano de Pastoral Vocacional, un ente que nació con motivo del Congreso de Vocaciones ‘¿Para quién soy?’, que tuvo lugar en Madrid el año pasado.

Esta campaña incluye la celebración mensual de vigilias de oración con carácter vocacional. Así, se han celebrado encuentros por las vocaciones a la vida consagrada, al matrimonio o a la vida sacerdotal, coincidiendo con jornadas tradicionalmente asociadas a estas pastorales.

Además, en el mes de abril se celebró la Jornada del Buen Pastor, un día dedicado a hablar sobre la vocación universal a la santidad, concretada en los distintos estados de vida. En esta jornada no solo destacaron los testimonios de un matrimonio, una pareja de novios, un sacerdote y un seminarista, sino también la conferencia impartida por los jóvenes influencers Carla Restoy y Álvaro Quesada sobre el cuerpo o la actuación musical-testimonio de las Hermanas Pobres de Santa Clara.

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La Semana Internacional de los Archivos en el Arzobispado

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La Semana Internacional de los Archivos en el Arzobispado

Los Archivos Históricos de la Catedral y del Arzobispado de Sevilla se suman un año más a la celebración del Día Internacional de Archivos, que viene conmemorándose desde el año 2007, en recuerdo de la fecha en la que se creó el Consejo Internacional de Archivos (ICA), el 9 de junio de 1948. Para esta ocasión se han preparado unas actividades conjuntas desde los archivos de los edificios sevillanos declarados por la Unesco Patrimonio de la Humanidad, desde 1987, con la intención de ofrecer unos circuitos de visitas de forma cohesionada, que acerquen al visitante a los documentos en sus propios centros de investigación. La muestra que se puede visitar del 8 al 14 de junio en el Arzobispado de Sevilla lleva por título ‘Entre la esclavitud y la libertad’.

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La Diócesis de Huelva obtiene el Sello Infoparticipa 2025 con una puntuación del 100%

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La Diócesis de Huelva obtiene el Sello Infoparticipa 2025 con una puntuación del 100%

La Comisión Coordinadora del Sello Infoparticipa, integrada por representantes de la Facultad de Ciencias de la Comunicación de la Universidad Autónoma de Barcelona, aprobó el pasado 4 de junio la concesión de los galardones correspondientes a la edición de 2025 para las entidades eclesiales.

Entre las instituciones reconocidas se encuentra la Diócesis de Huelva, que ha obtenido una puntuación del 100%, alcanzando así el máximo nivel de cumplimiento de los criterios evaluados por este sello de referencia en materia de transparencia, acceso a la información y calidad comunicativa.

Este resultado adquiere una especial relevancia al situar a la Iglesia de Huelva entre las trece únicas diócesis y archidiócesis españolas que han conseguido la máxima puntuación en la presente edición, un reconocimiento que avala el esfuerzo realizado para ofrecer una información clara, accesible y permanentemente actualizada a la comunidad diocesana y a la sociedad en general.

El Sello Infoparticipa evalúa distintos indicadores relacionados con la transparencia institucional, la publicación de información relevante y la calidad de la comunicación pública de las entidades participantes, promoviendo buenas prácticas en materia de rendición de cuentas y acceso a la información.

El acto de entrega de los galardones tendrá lugar el próximo 16 de junio, a las 12:30 horas, en la sede de la Conferencia Episcopal Española, en Madrid, donde se darán cita representantes de las distintas entidades eclesiales reconocidas en esta edición.

La obtención de este sello anima a la Diócesis de Huelva a continuar fortaleciendo su compromiso con una comunicación transparente y cercana, al servicio de la misión evangelizadora de la Iglesia y de la participación de todos los miembros de la comunidad diocesana.

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El Santo Padre ante 70.000 peregrinos en el Bernabeu: “La Verdad es sinfónica, y siempre nos supera”

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El Santo Padre ante 70.000 peregrinos en el Bernabeu: “La Verdad es sinfónica, y siempre nos supera”

La tarde de este lunes, 8 de junio, el Papa León XIV encontró a la Comunidad diocesana de Madrid, en el Estadio Santiago Bernabéu. A los representantes de esta Iglesia particular, el Pontífice les recordó que, “hay que volver a aprender el arte espiritual de ser cordiales, sin el cual incluso el anuncio del Evangelio corre el riesgo de convertirse en una repetición impersonal y, al perder eficacia, deja espacio a la frustración y la desconfianza”.

“La bondad, aunque sea de unos pocos, puede vencer el miedo de muchos. Sed, para todos, como una Biblia abierta: que en vuestros rostros y en vuestra vida se pueda encontrar la Palabra de Dios. El amor, efectivamente, es el lenguaje que hace que todos se sientan como en casa”, este fue el aliento del Papa León XIV a los participantes en el Encuentro con la Comunidad diocesana de la capital española, a quienes encontró este lunes, 8 de junio, en el Estadio Santiago Bernabéu, de Madrid, España.

El arte de la polifonía, la unidad en la diversidad

Tras haber escuchado los testimonios de los representantes de las diferentes realidades de la Iglesia madrileña, el Santo Padre manifestó su alegría de poder unir su voz a este gran himno de fe, a la de una familia eclesial que está aprendiendo el arte de la polifonía, es decir, de la unidad en la diversidad. Y comentando las palabras que le dirigió el Arzobispo de Madrid, el Papa dijo que, “los números, los datos y los hechos no son suficientes para generar comunidad”.

“Nuestro corazón necesita cantar, es decir, interpretar los acontecimientos y las situaciones celebrando con los demás el sentido que irradian. Para la Iglesia, esto ocurre de manera singular en la liturgia, el gran Memorial de la historia que nos ha salvado”.

También hoy el amor de Cristo nos apremia

En este sentido, el Papa León señaló que, el canto es una expresión esencial de la vida y la cultura cristiana, capaz de transmitir tanto alegría como esperanza en medio de las dificultades. Por ello, la Iglesia diocesana está llamada a ser testigo del Evangelio en diversos ámbitos de la sociedad, acompañando a las personas en su búsqueda de nuevas oportunidades. De ahí que el Pontífice indicó que, la alegría cristiana no es una emoción pasajera, sino una actitud profunda y permanente que fortalece a la comunidad y refleja el mensaje de los apóstoles, quienes invitan constantemente a vivir con alegría.

“Es la Evangelii gaudium, una respuesta coral a la obra de Dios en Jesucristo: su vida, muerte y resurrección han cambiado para siempre la percepción de la historia de quienes lo han encontrado y seguido, aunque sea de formas y por caminos diferentes. También hoy el amor de Cristo nos apremia (cf. 2 Co 5,14) —el verbo que utiliza san Pablo, synèchei, significa además ‘nos cautiva’, ‘nos mantiene unidos’, ‘nos posee’— y así nos llama a la responsabilidad de la acción”.

El Bautismo cambia verdaderamente la vida

Y al referirse a uno de los testimonios, el Santo Padre indicó que, el Bautismo transforma profundamente la vida de las personas al centrar sus valores, prioridades y acciones en Cristo. Gracias a este sacramento, los dones y capacidades individuales dejan de orientarse únicamente al beneficio personal y pasan a ponerse al servicio de los demás y del bien común. No hay que temer el hecho de que nunca produzca uniformidad.

“Al respecto, el Nuevo Testamento da testimonio, en la variedad de sus voces, de la comunión en la diversidad, es decir, de la comprensión que desapareció en Babel, donde todos, según el relato bíblico, obligados a un proyecto totalitario y meramente humano, terminaron por no entender a su prójimo”.

En la pluralidad de voces existe la posibilidad de edificar juntos

Y al citar el numeral 10 de la Encíclica Magnifica humanitas, el Papa León propone como alternativa a la homologación y confusión, la figura de Nehemías, que involucra a toda la comunidad para reconstruir los muros de Jerusalén.

«Hoy, reconstruir significa reconocer que, en la pluralidad de voces y visiones que a veces recuerda la dispersión de las lenguas, existe, sin embargo, una posibilidad luminosa: la de edificar juntos, transformando la diversidad en un recurso y haciendo de la escucha y del diálogo el terreno común en el cual hacer crecer la justicia y la fraternidad. Y, en esta obra compartida, los cristianos encuentran su propia forma de construir: orientar la acción hacia Dios, para que, bajo su luz, el pluralismo no se disperse en el desorden, sino que, en la práctica de la sinodalidad, se convierta en el espacio en el que la humanidad recupere sus cimientos sólidos y su fin último».

Una relación especial entre la Iglesia y la ciudad

Por ello, el Santo Padre subrayó que, existe una relación especial entre la Iglesia y la ciudad, que se vuelve más importante en los tiempos de cambio. Esta relación se manifiesta tanto en los vínculos personales y comunitarios como en la presencia de asociaciones e instituciones. En las grandes ciudades, la misión cristiana adquiere características propias al desarrollarse en medio de una cultura urbana nueva y en constante evolución.

“La claridad sobre este punto ha madurado mucho a lo largo del camino sinodal, lo que nos ha permitido conocernos y escucharnos con mayor profundidad en los contextos en los que la comunidad diocesana vive y se configura. La pregunta que se vuelve más importante es: lo que somos y hacemos como cristianos, ¿llega «allí donde se gestan los nuevos relatos y paradigmas», o sea, a los «núcleos más profundos del alma de las ciudades» (ibíd. 74). Es cierto que dar una respuesta puede ser difícil, pero es posible si buscamos juntos la verdad”.

Hay que cultivar la conciencia de que la verdad es sinfónica

De ahí que el Pontífice recuerda que, para llegar al corazón de la ciudad hay que cultivar la conciencia de que la verdad es sinfónica y siempre nos supera, cultivar el deseo de encontrar al Resucitado, que siempre va por delante de nosotros, nos precede y tal vez ya esté presente donde aún no lo hemos buscado. Por eso, buscarlo y seguirlo es la condición para indicarlo: de lo contrario, no hay evangelización, y hoy podemos entender esto mejor que en el pasado.

“En las grandes ciudades, más que en otros lugares, a veces nos parece que ya no tenemos los mapas para movernos con seguridad. Entonces hay que volver a aprender el arte espiritual de ser cordiales, sin el cual incluso el anuncio del Evangelio corre el riesgo de convertirse en una repetición impersonal y, al perder eficacia, deja espacio a la frustración y la desconfianza”.

Dios conoce uno a uno los corazones de sus habitantes

Asimismo, el Papa León XIV señaló que, Madrid es una gran ciudad donde conviven tradiciones y “almas” diferentes. Dios conoce uno a uno los corazones de sus habitantes. Los conoce como sólo Él sabe y puede hacerlo, es decir, en el amor y, por tanto, en la libertad. Él es misericordia infinita y quiere que todos se salven. Lo desea hasta el punto de hacerse carne y cargar sobre sí todo el pecado, el mal y lo negativo del mundo. ¡He aquí a Jesucristo! ¡He aquí la Buena Nueva, la gracia que hemos recibido y que estamos llamados a compartir con todos! Porque todos, sin excepción, están hechos para la vida y para la vida en plenitud.

“La presencia de la Iglesia en una gran ciudad es una parábola de este misterio de salvación. Me viene a la mente el libro de Jonás, una joya de la Biblia que os invito a leer o a releer, personalmente y en comunidad. No es fortuito que fuera precisamente en las ciudades donde los apóstoles implantaron la Iglesia naciente, encontrándose no sólo con el rechazo, sino también con la acogida allí donde, de forma más natural, las personas se enfrentan a la diversidad y al cambio”.

¡Nada os turbe, nada os espante!

Juntos, como Iglesia diocesana, afirmó el Pontífice, podemos ofrecer el testimonio evangélico que desata las mejores fuerzas de una humanidad bombardeada de imágenes y palabras, pero hambrienta de justicia y sedienta de verdad. Disponeos a acoger los nuevos comienzos no como una excepción, sino como la regla de la misión.

“La inversión en los consejos parroquiales y diocesanos no tiene un objetivo menor que este: modificar la sensibilidad de cada uno gracias a una escucha más profunda de lo que el Espíritu dice a la Iglesia. Sería una lástima reducirlos a meros trámites burocráticos. Son espacios de escucha recíproca para el ejercicio del discernimiento, sin el cual no sólo cada uno va por su camino, sino que corremos el riesgo de no comprender dónde nos quiere el Señor, qué espera de nosotros, a qué conversiones nos llama. Cuando atendemos estos espacios, entonces el culto se convierte en vida y entre las personas surgen lazos de fraternidad y proyectos de solidaridad”.

Reconocer la práctica del discernimiento comunitario

De ahí, que el Santo Padre invitó a los presbíteros a reconocer la práctica del discernimiento comunitario como una de las mayores oportunidades que la sinodalidad ofrece a su ministerio. Y sin apartarse de lo esencial, el hecho de deteneros regularmente con vuestro pueblo para interpretar la vida de los barrios, los cambios culturales, las tensiones sociales y las prácticas eclesiales a la luz del Evangelio enriquecerá y consolará vuestro ministerio. También ayudará a salir del aislamiento y a experimentar la alegría del Espíritu Santo.

“En efecto, cuando reducimos la vida eclesial a una rutina en la que cada uno permanece encerrado en sus hábitos y en su papel, lo que nos falta es el Espíritu. Éste suscita vocaciones y las une, provocando a veces agitación, discusión, búsqueda de nuevos equilibrios. No os espantéis de todo esto, disfrutadlo”.

El ritmo contagio del Evangelio

Las anécdotas que hemos escuchado esta noche, dijo el Papa León XIV, nos cuentan, o mejor dicho “nos cantan”, cuánta vida hay en esta Iglesia. Y recordando algunos de los testimonios de la comunidad diocesana, el Pontífice indico que esta es la Iglesia, con su ritmo contagioso del Evangelio.

“¡He aquí la Iglesia, queridos hermanos y hermanas! He aquí la música del Evangelio, con su ritmo contagioso. Cuando llega al corazón, hace que uno diga haberse sentido acogido con los brazos abiertos, como la hermana que vino desde Perú a Madrid. Muchos, como ella y su familia, al comienzo sienten temor a acercarse, pues han oído hablar de prejuicios y decepciones”.

Renato Martinez – Ciudad del Vaticano

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León XIV: “También hoy el amor de Cristo nos apremia”

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Acto en el estadio Santiago Bernabéu del Papa con la comunidad diocesana madrileña.

Cerca de 70.000 personas participaron el lunes en el acto con el Papa León XIV en el estadio Santiago Bernabéu, presidido por las imágenes de la Virgen de la Almudena y del Cristo de Medinaceli. Fue en el encuentro con la comunidad diocesana, el último de los encuentros en su tercera jornada en Madrid de la Visita que le llevará hoy a Barcelona, tras agradecer esta mañana a los voluntarios su esfuerzo y dedicación para el buen funcionamiento de los actos organizados.

La última vez que estuvo un pontífice en este escenario fue en noviembre de 1982, durante la visita de San Juan Pablo II. El lunes de nuevo fue copado más allá de una convocatoria deportiva, para encontrarse con el Papa toda la comunidad diocesana madrileña, con grupos, parroquias, movimientos, órdenes religiosas, carismas, asociaciones y cuantos fieles se sumaron procedentes de las tres diócesis con las que cuenta la Comunidad de Madrid: la propia Madrid, Alcalá de Henares y Getafe. También asistieron autoridades de la Comunidad autónoma y del ayuntamiento, así como el presidente del Real Madrid.

“Para un jugador de fútbol hacer un gol en este estadio es algo que marca toda la vida, pero hoy la Iglesia de Madrid ha hecho un golazo para siempre”, dijo el Papa al inicio de su intervención.

León XIV ha tomado la imagen de la polifonía para situar todo su discurso en el marco de la unidad en la pluralidad. “Esta velada es un gran himno de fe y me complace unir mi voz a la vuestra para alabar a Dios y fortalecer los lazos de una familia eclesial tan hermosa que está aprendiendo el arte de la polifonía, es decir, de la unidad en la diversidad”, subrayó. “Los números, los datos y los hechos no son suficientes para generar comunidad: nuestro corazón necesita cantar, es decir, interpretar los acontecimientos y las situaciones celebrando con los demás el sentido que irradian”, señaló el pontífice.

“También hoy el amor de Cristo nos apremia”, afirmó León XIV. Un apremio que ubicó en el horizonte de la exhortación del Papa Francisco “Evangelii gaudium”: “Una respuesta coral a la obra de Dios en Jesucristo: su vida, muerte y resurrección han cambiado para siempre la percepción de la historia de quienes lo han encontrado y seguido”.

“La bondad, aunque sea de unos pocos, puede vencer el miedo de muchos. Sed, para todos, como una Biblia abierta”; “el amor, efectivamente, es el lenguaje que hace que todos se sientan como en casa”, son otros de los mensaje dirigidos a los fieles madrileños por el Papa León XIV.

Previo a sus palabras, el cardenal arzobispo de Madrid, D. José Cobo, dio la bienvenida al Santo Padre señalando que “somos comunidad, Pueblo de Dios que, cuando vive unido, se convierte en un canto que lo hace presente: tanto más bello, cuanto más sabe armonizar la diversidad de sus voces”.

El encuentro, en el que ha habido testimonios, ha contado con el Coro Familiar Iglesia de Madrid, con cerca de mil cantantes, de los cuales 300 eran niños, con 70 músicos y 100 bailarines, dirigidos por el sacerdote Toño Casado, y el canto del himno de esta Visita –“Alzad la mirada”- interpretado al inicio del acto por Daniel Ciges, Diana Navarro y David Bustamante.

FOTO PORTADA: Gabriel González-Andrío

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Isabel Lepiani Díaz renueva su mandato como presidenta de Salus Infirmorum de Cádiz y Ceuta hasta 2030

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La Asociación Privada de Fieles Nuestra Señora Salus Infirmorum de Cádiz y Ceuta ha renovado su Junta Diocesana para el periodo 2026-2030, manteniendo al frente de la entidad a Isabel Lepiani Díaz, quien renueva su cargo como presidenta tras las elecciones celebradas el pasado 22 de abril.

La toma de posesión de los nuevos miembros de la Junta tuvo lugar el sábado 6 de junio en la capilla del Centro Universitario de Enfermería (CUE) Salus Infirmorum, adscrito a la Universidad de Cádiz. El acto estuvo presidido por el administrador apostólico de la Diócesis de Cádiz y Ceuta, Mons. Ramón Valdivia, quien celebró la Eucaristía acompañado por el padre Óscar González Esparragosa, vicario general de la diócesis y consiliario de la asociación.

Con esta renovación, Lepiani inicia su segundo mandato consecutivo al frente de la institución, después de haber presidido la asociación entre 2022 y 2026. Anteriormente desempeñó el cargo de vicepresidenta durante nueve años, desde 2013 hasta 2022, consolidando una amplia trayectoria de servicio dentro de la entidad.

Nacida en Cádiz el 12 de febrero de 1973, Isabel Lepiani está casada y es madre de tres hijos. Formada inicialmente con las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl, cursó sus estudios de Enfermería en la Escuela de Salus Infirmorum de Cádiz. Su carrera profesional ha estado estrechamente vinculada a esta institución, donde ha desarrollado diversas responsabilidades académicas y de gestión.

Entre los cargos desempeñados destacan los de secretaria académica de la Escuela Universitaria Salus Infirmorum y directora del Centro Universitario de Enfermería Salus Infirmorum. Enfermera de vocación, es además Máster en Innovación y Cuidados en Salud y doctora por la Universidad de Cádiz, contando con una extensa experiencia docente e investigadora y una activa participación en congresos y encuentros científicos nacionales e internacionales.

Su compromiso con la acción social ha quedado reflejado en numerosas iniciativas solidarias. Entre ellas sobresale la organización de las rondas de atención a personas sin hogar en las calles de Cádiz, así como su labor de apoyo y asistencia durante los momentos más difíciles de la pandemia de la Covid-19.

Lepiani también forma parte de la Real y Benemérita Institución de Caballeros Hospitalarios Españoles de San Juan Bautista como Dama de la corporación y posee la Insignia de Plata de Salus Infirmorum. Recientemente recibió la Distinción de Honor de la Asociación de Antiguas Alumnas y Antiguos Alumnos del Colegio de San Vicente de Paúl y la Torre Tavira, que reconoció su papel como fundadora y su dedicación a la obra educativa vinculada a las Hijas de la Caridad.

De cara al nuevo mandato, la presidenta ha señalado entre sus principales objetivos continuar fortaleciendo la formación integral de los futuros profesionales sanitarios, promoviendo una atención basada en los valores del Humanismo Cristiano y contribuyendo a la humanización de la sanidad. Asimismo, la asociación se prepara para conmemorar en 2027 el 75 aniversario de la implantación de Salus Infirmorum en Cádiz, efeméride que marcará una de las principales líneas de trabajo institucional durante los próximos años.

La Junta Diocesana de Nuestra Señora Salus Infirmorum de Cádiz y Ceuta para el periodo 2026-2030 queda integrada por Isabel Lepiani Díaz como presidenta; Francisco Glicerio Conde Mora, vicepresidente; Juan Carlos Paramio Cuevas, secretario; María del Carmen Ruiz Vidal, tesorera; y como vocales María Jesús Medialdea Wandossell, María José Carranza Naval, José de la Fuente Rodríguez y María José López Raya.

Fundada con el propósito de promover la formación humana, ética y profesional de los sanitarios, Salus Infirmorum continúa siendo una institución de referencia en la enseñanza de Enfermería en la provincia de Cádiz, manteniendo vivo un legado educativo y asistencial que se acerca ya a sus tres cuartos de siglo de historia.

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La Juventud Idente organiza su tradicional campamento de verano en Constantina

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La Juventud Idente organiza su tradicional campamento de verano en Constantina

La fundación Juventud Idente de Sevilla organiza una convivencia campamental en el monasterio La victoria de san José en Constantina (Sierra Norte de Sevilla) del 2 al 9 de agosto.

Dirigido a niñas y niños de 8 a 13 años, en el campamento se realizarán principalmente tres tipos de actividades: formativas (visitas de interés cultural, dinámicas de conocimiento mutuo), humanístico-artísticas y físicas (juegos, piscina, excursiones…).

Tanto las actividades como la organización del campamento están atendidos y dirigidos por expertos profesionales en diversos campos educativos: profesores de enseñanzas Primaria y Secundaria, titulados deportivos, monitores y directores de tiempo libre.

La reserva de plaza (con un coste de 180 euros por niño, con descuento para hermanos) permanecerá abierta hasta el 21 de junio y puede formalizarse a través del teléfono 699680850 o el correo sevilla@juventudidente.es.

 

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