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Todos los mensajes del Papa en Madrid

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Todos los discursos del Papa en Madrid, primera parada de su viaje apostólico a España.

Sábado 6 de junio de 2026

«¡Que Dios bendiga a España!». Primer discurso en el Palacio Real.

«Aquí, la alegría y el dolor de cada uno son la alegría y el dolor de todos», el Papa en el «Cedia 24 horas» de Cáritas

León XIV a los jóvenes: «¡Vosotros podéis cambiar la historia! ¡Hacedlo con el amor!»

Domingo 7 de junio de 2026

León XIV pone de ejemplo a San Manuel González: «la Eucaristía no puede ser honrada solo en las grandes celebraciones, sino en la amistad que se alimenta día a día»

«La Iglesia anhela permanecer en diálogo con el mundo contemporáneo». León XIV en el encuentro «Tejer redes»

Lunes 8 de junio de 2026

León XIV en el Congreso: «la grandeza moral de una nación se manifiesta en su capacidad de acompañar, proteger y amar a los más frágiles»

El papa a los Obispos de la CEE: «Una Iglesia reconciliada por dentro puede hablar con mayor libertad»

León XIV en la Catedral de Madrid: «La Almudena nos dice que para edificar algo nuevo, hermoso y duradero hay que estar dispuestos a destruir los muros»

El Papa en el Bernabéu: «¡Hoy la Iglesia de Madrid ha hecho un golazo para siempre!»

Antonio Moreno Ruiz
Antonio Moreno

León XIV en el Congreso: «la grandeza moral de una nación se manifiesta en su capacidad de acompañar, proteger y amar a los más frágiles»

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Discurso del Papa en el Encuentro con los miembros del Parlamento español en el Congreso de los Diputados

Presidente del Gobierno,
Presidenta del Congreso de los Diputados,
Presidente del Senado,
Presidente del Tribunal Constitucional,
Presidenta del Tribunal Supremo y del Consejo General del Poder Judicial,
Miembros del Congreso de los Diputados y del Senado,

Señoras y señores:

Agradezco a la Señora Presidenta sus amables palabras, así como la invitación que la Sede Apostólica ha recibido con ocasión de mi viaje a este país, así como la deferencia de acogerme en este histórico Palacio del Congreso de los Diputados, ámbito eminente de la vida institucional, jurídica y democrática del Reino de España. Vengo ante todos ustedes como Obispo de Roma y Pastor de la Iglesia católica, consciente de que la misión confiada al Sucesor del apóstol Pedro como principio y fundamento de unidad de los Obispos y de los fieles (cf. Lumen gentium, 23) coloca a la Santa Sede, de modo peculiar, en diálogo con los pueblos y con los Estados.

Mi presencia entre ustedes quiere ser un gesto de cercanía hacia España, en el marco de la mutua cooperación, y una palabra ofrecida desde el servicio a la persona humana. La Iglesia “camina con la humanidad”, comparte sus esperanzas y sus heridas, escucha los interrogantes de cada época y se deja interpelar “por todo lo que concierne a la existencia de los hombres y las mujeres de hoy”. Por eso, cuando se dirige a la vida pública, lo hace respetando la misión propia de las instituciones y la legítima responsabilidad de quienes han recibido el mandato de legislar. Reconoce “la autonomía de las realidades terrenas” y “la distinción entre comunidad eclesial y comunidad política”; y, precisamente desde esa conciencia, aporta una reflexión nacida del deseo de servir al bien común y de recordar aquello que hace verdaderamente humana la convivencia (cf. Magnifica humanitas, 18-19).

En este hemiciclo se da forma jurídica a la convivencia social. Aquí las diferencias se escuchan, se ordenan y, cuando es posible, se convierten en decisión compartida. Por eso, más allá de la legítima diversidad de posiciones, toda tarea legislativa acaba encontrándose con una pregunta decisiva: qué concepción de la persona humana inspira las leyes y qué tipo de sociedad construye esas leyes.

Ante esta cuestión, España posee una memoria particularmente rica. Su identidad geográfica y política se ha ido entretejiendo con una historia en la que la fe y la razón, el arte y el derecho, la tradición y el pensamiento han sabido encontrarse fecundamente. En sus catedrales y universidades, en su literatura inmortal, en sus instituciones jurídicas y en el ánimo mismo de su pueblo, permanece viva una herencia que ha dado forma a un modo de vivir la libertad, practicar la justicia y ordenar la vida común.

Desde las páginas universales del Quijote, donde Cervantes proclamó que «la libertad […] es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos» (Don Quijote de la Mancha, II, 58), hasta la hondura espiritual de santa Teresa de Ávila, y desde la gran tradición jurídica española hasta la inquietud metafísica de Unamuno, que recordaba que el hombre «no se resigna a morir del todo» (Del sentimiento trágico de la vida, I), España ha sabido mirar al ser humano como algo más que una pieza del orden social, económico o político: lo ha reconocido como criatura abierta a la verdad, dotada de libertad y movida por una sed de eternidad que ninguna realidad temporal logra extinguir; en una palabra, como alguien cuya dignidad precede a toda utilidad y a cuyo servicio está sujeta la acción legislativa.

Por eso, al hablar hoy de la persona humana, esta memoria conduce naturalmente a Salamanca y al pensamiento que allí maduró. La presencia simbólica en esta sala de los Reyes Isabel y Fernando, remite a aquel momento en que España quedó situada ante responsabilidades históricas de alcance universal; pocos años después, Salamanca habría de asumir, con singular lucidez, la reflexión moral y jurídica que ese escenario reclamaba. En aquella sede universitaria, hace quinientos años, cuando se abrían mundos nuevos y posibilidades inmensas en las relaciones entre los pueblos, algunos maestros comprendieron que la razón no podía ser invocada para revestir de legitimidad cuanto la fuerza o el interés presentaban como conveniente. Introdujeron así en el discernimiento histórico la pregunta por el valor irreductible de todo ser humano y los límites morales del poder. Hay que reconocer que la sociedad y la misma Iglesia no siempre estuvieron a la altura de las intuiciones que encontraban eco en su propia tradición cristiana.

Sin embargo, aquel interrogante abrió un horizonte intelectual y moral que desbordó su propio momento histórico. La intuición del totus orbis, de una comunidad humana más amplia que cualquier poder particular, permitía afirmar la existencia de vínculos jurídicos y morales entre los pueblos. Desde España, la reflexión de la Escuela de Salamanca —y de manera particular fray Francisco de Vitoria, junto con otros dominicos y jesuitas— contribuyó a formar una conciencia jurídica y moral capaz de recordar que la autoridad lleva siempre consigo una responsabilidad y que todo ser humano debe ser reconocido como sujeto de derechos y deberes. Ese anhelo sigue hablando también hoy: que la dignidad, la justicia y el bien común sean la medida de las relaciones sociales, tanto a nivel nacional como a nivel internacional.

Ésta es una de las grandes herencias de España: haber unido la acción histórica con la lucidez de la razón moral. Aquella contribución, nacida a orillas del Tormes, trascendió las aulas y las bibliotecas, y llegó a formar parte de una conciencia más amplia, compartida por la comunidad internacional que sigue preguntándose cómo construir la paz sobre el reconocimiento de la persona y no sobre la imposición de la fuerza. Ese legado vive también en estas Cortes, cada vez que el legislador se pregunta cómo hacer que lo posible sea justo, que lo legal sea verdaderamente humano y que la voluntad de la mayoría custodie aquellos bienes que pertenecen a todos y respete aquello que ninguna mayoría puede legítimamente vulnerar.

La pregunta salmantina sigue acompañando la tarea de quienes sirven a la vida pública. Hoy, los nuevos mundos que se abren ante nosotros ya no se dibujan en los mapas: se despliegan en la técnica, en la economía, en la biomedicina y en el universo digital, donde el poder humano alcanza ámbitos cada vez más delicados de la vida personal y social.

El progreso ofrece posibilidades admirables, y hoy lo vemos de modo singular en el desarrollo de la inteligencia artificial y las nuevas tecnologías. Como he recordado en mi reciente Encíclica, la tecnología en sí misma no es neutral porque toma el rostro de quien la concibe, la financia, la regula y la utiliza (cf. Magnifica humanitas, 9); por eso, ante las transformaciones de nuestro tiempo, nuestro discernimiento debe centrarse en qué lugar ocupa la persona humana en nuestras decisiones, y cómo se plantean hoy, de manera nueva, la dignidad del trabajo, la solidaridad, la política social y el bien común.

Este discernimiento comienza por una afirmación primera: toda sociedad auténticamente justa se edifica sobre el reconocimiento de la dignidad inviolable de la persona humana. Tal dignidad precede a toda concesión del Estado y no puede quedar subordinada a consensos sociales mudables o al vaivén de las mayorías de cada momento (cf. Benedicto XVI, Discurso ante el Parlamento Federal alemán, 22 septiembre 2011). Pertenece a todo ser humano por el hecho mismo de existir, y por eso debe orientar todo ordenamiento jurídico positivo. La fe cristiana la proclama a partir de la Revelación; la razón humana puede reconocerla como exigencia inscrita en la verdad del hombre (cf. ibíd.). Cuando esta convicción permanece viva, el derecho se convierte en amparo de todos y en garantía frente a la imposición de intereses y agendas particulares.

Sobre este fundamento, me corresponde pronunciar hoy una palabra serena y firme ante quienes tienen la grave responsabilidad de ordenar jurídicamente la convivencia social. Esta convivencia puede verse amenazada por la cultura del descarte, como tantas veces advirtió el Papa Francisco (cf. Discurso a la Asamblea Plenaria de la Pontificia Academia para la Vida, 27 septiembre 2021). En este sentido, si la vida deja de ser reconocida como un valor fundamental, ¿qué futuro pueden tener nuestras sociedades? ¿Puede llamarse plenamente justa una comunidad que deja en la sombra al niño aún no nacido, al anciano, al enfermo, a quien sufre en silencio o a quien depende enteramente del cuidado de los demás? La defensa de la vida humana no es una cuestión parcial ni un interés confesional: es una meta de civilización. Toda vida humana debe ser reconocida y custodiada desde su concepción hasta su ocaso natural, en cada circunstancia de su existencia. Cuando esta certeza se oscurece, los más vulnerables son las primeras víctimas y la ley pierde su significado más profundo: servir y proteger a cada persona. Por eso, la grandeza moral de una nación se manifiesta, sobre todo, en su capacidad de acompañar, proteger y amar aquellas vidas que atraviesan mayor fragilidad.

El bien común es, en cierto modo, “la forma social de la dignidad humana” (cf. Magnifica humanitas, 59). No consiste en la mera suma de intereses particulares, sino en «el conjunto de condiciones de la vida social que hacen posible a las asociaciones y a cada uno de sus miembros el logro más pleno y más fácil de la propia perfección» (Gaudium et spes, 26). Cuando el bien común deja de ser horizonte compartido, la acción pública corre el riesgo de fragmentarse en intereses parciales, incapaces de custodiar aquello que pertenece a todos.

En este contexto, reviste particular importancia la familia, realidad humana primera y fundamento natural de la comunidad. En el hogar se entrelazan las generaciones y se transmite una memoria viva que da continuidad interior a la sociedad. Allí donde la familia es sostenida, se fortalece también la estabilidad espiritual y social de las naciones. La familia será siempre la primera escuela de humanidad en la que se aprende, antes que en cualquier otro lugar, la gramática elemental de la convivencia: recibir la vida, cuidar al otro, perdonar, servir y pertenecer.

También las instituciones educativas ocupan un lugar decisivo en esta tarea. En ellas, las nuevas generaciones pueden aprender a buscar y amar la verdad, a cuestionarse sobre el sentido de la vida y la dignidad de cada persona. Por eso, muchos padres deseosos de que sus hijos aprendan a relacionarse, a pensar con espíritu crítico y a adquirir valores sólidos, depositan en ellas grandes esperanzas, como valiosas aliadas en su educación. Esta colaboración ha de respetar siempre el «derecho primario e inalienable» de los padres a «elegir el tipo de educación y de formación que reciben sus hijos, en coherencia con sus propias convicciones morales, culturales y religiosas» (cf. Magnifica humanitas, 143; cf. Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos, art. 18.4).

La afirmación de la dignidad humana no puede permanecer abstracta cuando tantas personas se ven obligadas a dejarlo todo para buscar paz, seguridad y futuro. También el trágico drama migratorio interpela hoy la conciencia de las naciones y el fundamento ético del orden internacional. Numerosos hombres, mujeres y niños se ven obligados, por circunstancias muchas veces dramáticas, a partir de sus comunidades y dejar atrás seres queridos, historias y vínculos. Esta realidad rebasa cualquier lectura puramente demográfica o económica: constituye una cuestión eminentemente moral y jurídica. Allí donde una persona es discriminada por su origen nacional, étnico, religioso o lingüístico, o por su condición económica o social, se vulnera gravemente el principio universal de la igual dignidad de todos los seres humanos.

La situación de los migrantes y refugiados exige una respuesta que mire a las personas, afronte las causas que las obligan a partir y vaya más allá de la mera gestión de flujos. De ahí nace una doble exigencia de justicia social: ofrecer vías seguras y legales, una acogida respetuosa y posibilidades reales de integración; y promover, al mismo tiempo, el derecho a permanecer en la propia tierra, trabajando para que nadie tenga que abandonar su hogar por falta de paz, seguridad o condiciones dignas de vida, por las desigualdades económicas y los efectos de la crisis climática (cf. Magnifica humanitas, 81).

En los últimos años, las rutas cada vez más peligrosas han evidenciado el altísimo coste de esta realidad, tantas veces escondida o ignorada. Muchas personas siguen siendo presas de traficantes y contrabandistas que se aprovechan de su desesperación. Es necesario fortalecer la prevención, el rescate y la asistencia a las víctimas, especialmente en el marco de una cooperación regional y multilateral.

Ninguna nación puede afrontar por sí sola un desafío de esta magnitud. Por ello, es indispensable una respuesta coordinada, solidaria y eficaz, capaz de garantizar protección, acogida y oportunidades reales de integración a quienes emigran. Cuando la respuesta institucional se hace cercana, justa y coordinada, las fronteras dejan de ser lugares de abandono y pueden convertirse en espacios de protección responsable de la dignidad humana.

Señorías:

El mundo atraviesa una profunda crisis espiritual y cultural, que se manifiesta en múltiples formas de violencia, polarización y desconfianza recíproca. En este contexto, la paz se presenta como una aspiración política y, más aún, como una verdadera exigencia moral. Reclama una palabra pública que respete a quien piensa distinto, instituciones puestas al servicio del encuentro, una memoria histórica que busque la verdad y la reconciliación y una vida social capaz de sostener la amistad cívica y el respeto mutuo en medio de la discrepancia.

En el plano internacional, la paz exige valentía diplomática, responsabilidad ética y una visión de futuro fundada en el respeto a la identidad de cada pueblo y en la obligación de los Estados de resolver sus controversias por los caminos pacíficos que ofrece el derecho internacional. Toda guerra constituye, en última instancia, una dolorosa derrota de la capacidad de negociar y también de aquella conciencia común de la humanidad que reconoce vínculos de justicia entre las naciones. Las armas pueden imponer un silencio temporal; pero nunca podrán edificar una paz auténtica y duradera.

Por eso, preocupa que, en diversos lugares del mundo, y también en Europa, vuelva a presentarse el rearme como respuesta casi inevitable ante la fragilidad del escenario internacional. La verdadera seguridad, en cambio, nace de la justicia, del diálogo paciente, del respeto al derecho internacional y de una política capaz de poner la vida de los pueblos por encima de los intereses que se benefician de la guerra. También el desarrollo de las nuevas tecnologías y de la inteligencia artificial en el ámbito militar exige una vigilancia ética rigurosa, para que las decisiones sobre la vida y la muerte nunca sean descargadas sobre automatismos ni sustraídas a la responsabilidad moral de la persona humana (cf. Discurso en la Universidad “La Sapienza”, 14 mayo 2026).

La comunidad internacional está llamada a redescubrir el valor indispensable del diálogo como camino paciente hacia acuerdos justos y duraderos, fundados en el respeto a los tratados, en la transparencia de la acción diplomática y en la voluntad sincera de anteponer la paz al recurso a la fuerza. De ahí nacen la confianza y la esperanza.

Como recuerda el lema de la Unión Europea, In varietate concordia, la unidad verdadera no uniforma, sino que cohesiona en la diversidad, haciendo de las culturas, sensibilidades y tradiciones una ocasión de enriquecimiento mutuo.

Asimismo, dentro de las propias sociedades es urgente construir una cultura de la reciprocidad. La pluralidad política no debería degenerar en descalificación permanente del adversario. En una convivencia madura, incluso el conflicto puede convertirse en camino hacia la paz, cuando las diferencias se dejan mitigar por la escucha y se ordenan al reconocimiento de las necesidades, los anhelos y las capacidades de todos.

Pero la paz no es solamente una realidad política o institucional. Nace también en la conciencia, allí donde el rencor, la indiferencia y el odio ceden espacio a la reconciliación. Por eso, se instaura y se protege también a través del lenguaje. Las palabras pueden abrir caminos o cerrarlos; pueden iluminar la realidad o deformarla hasta hacer imposible el encuentro. Quienes ejercen una responsabilidad pública tienen, por eso, una especial obligación de custodiar la palabra para «desarmar el lenguaje» (Mensaje para la Cuaresma de 2026, 13 febrero 2026). La firmeza no exige desprecio; la discrepancia no conlleva humillación.

De este respeto al otro nace también el deber de custodiar el espacio donde maduran sus convicciones, su conciencia y su relación con Dios. La atención a ese ámbito interior permite comprender mejor una cuestión decisiva para toda sociedad verdaderamente democrática: la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión, derecho fundamental que tutela el ámbito más íntimo de las personas. La libertad sobre la que se edifica el Estado contemporáneo, si es auténtica, reconoce la dimensión religiosa del ser humano, la respeta y la tutela jurídicamente; y evita que alguien tenga que renunciar a contribuir a la sociedad en la que vive por causa de su fe.

Sin confundir el plano jurídico con el moral, conviene recordar también que la libertad necesita una comprensión plena de sí misma. Ser libre no significa únicamente estar libre de coacciones o disponer de muchas posibilidades de elección; significa poder reconocer el bien y adherirse a él responsablemente. Por eso, toda sociedad efectivamente libre requiere también una justa delimitación del poder público, de modo que la libertad de las personas, de las comunidades y de las asociaciones no sea indebidamente restringida (cf. Dignitatis humanae, 1). Desde esta perspectiva, la legítima autonomía del orden temporal jamás debe interpretarse como hostilidad hacia el fenómeno religioso. La fe no pretende imponerse mediante privilegios ni coerciones; sin embargo, tampoco puede ser relegada al silencio como si fuese irrelevante para la vida pública.

En este contexto, el sigilo sacramental de la confesión reviste una importancia especial para la Iglesia católica. Se inserta en el ámbito más amplio de la libertad religiosa, que garantiza a las comunidades creyentes un espacio propio de vida, organización y disciplina interna (cf. Conferencia sobre la Seguridad y la Cooperación en Europa, Acta Final de Helsinki, 1 agosto 1975, Principio VII). Tutelarlo jurídicamente, como sucede de modo análogo en algunas profesiones, significa preservar un espacio sagrado de libertad interior, donde el creyente puede abrir su alma ante Dios sin temor a presiones externas, como reconocen también las normas internacionales (cf. Corte Penal Internacional, Reglas de Procedimiento y Prueba, Regla 73.3).

Señoras y Señores:

Permitan que me detenga un instante en algunas imágenes que adornan esta Cámara. En este Salón de Sesiones, la luz natural entra por el lucernario que corona la sala. Esa luz que viene de lo alto puede recordar que también la política necesita reconocer una medida que la precede y la supera.

También las pinturas que evocan, en la parte superior del muro principal, la recepción del Evangelio y del Decálogo recuerdan algo esencial. Sin confundir el orden político con el religioso, esos signos invitan a reconocer que la libertad moderna ha sido preparada también por una larga educación de la conciencia, profundamente marcada por la tradición cristiana. En esa escuela interior, los pueblos aprendieron que el derecho debe servir al bien, que la justicia pone límites a la fuerza, que el poder necesita legitimidad, que los pobres pertenecen plenamente a la comunidad, que el extranjero debe ser acogido conforme a su dignidad y que la vida humana jamás puede ser tratada como mercancía.

Una ley no alcanza su verdadera grandeza por el mero hecho de haber sido formalmente aprobada; la alcanza cuando, además de ser válida en su forma, puede comparecer ante la dignidad de la persona y salir de ese examen sin avergonzarse.

Les invito a alzar, pues, la mirada: no para alejarse de la realidad, sino para recordar que toda decisión de las autoridades públicas toca personas de carne y hueso, especialmente a quienes tienen menos fuerza para hacerse oír. Porque la altura de miras consiste precisamente en mirar con más hondura aquello que está en juego en cada decisión pública. Por eso, junto a las respuestas técnicas y las reformas legales, hace falta también una renovación moral.

España puede ofrecer mucho en este camino. Cuenta con una lengua que une continentes; una tradición cultural, jurídica y espiritual que ha sabido poner en diálogo fe y razón, derecho y conciencia, unidad y pluralidad. Esta experiencia histórica recuerda también el valor de la concordia y del esfuerzo paciente por construir una convivencia pacífica y justa.

Que esta noble nación jamás pierda la memoria de sus raíces ni la audacia de mirar al futuro. Que España continúe siendo tierra de encuentro, de cultura, de solidaridad y de esperanza. Y que su vida pública sepa unir siempre la firmeza de las convicciones con la nobleza del diálogo y la grandeza del servicio.

Que Dios conceda paz a todas las naciones de la tierra, concordia a las familias y serenidad a las conciencias. Y que, sobre el Reino de España, marcado por la huella apostólica de Santiago y por la presencia maternal de la Virgen del Pilar, desciendan días de prosperidad, justicia y paz duradera. Muchas gracias.

León XIV

La Pastoral Juvenil impulsa una misión evangelizadora en Grazalema

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La Pastoral Juvenil impulsa una misión evangelizadora en Grazalema

La Pastoral Juvenil de Asidonia-Jerez celebrará durante el próximo fin de semana una Misión Popular en Grazalema, una iniciativa evangelizadora que busca acercar el mensaje del Evangelio a los vecinos de la localidad mediante distintos momentos de encuentro, formación, oración y convivencia.

Bajo el lema evangélico «Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré» (Mt 11,28), esta misión tiene como principal objetivo fortalecer la fe, estrechar los lazos de la comunidad cristiana y hacer presente el amor de Dios en las calles y hogares de Grazalema.

Los jóvenes misioneros recorrerán el municipio para encontrarse con las familias, escuchar sus inquietudes y compartir con ellas un mensaje de esperanza. Además, se han programado diversas actividades formativas centradas en los sacramentos de la iniciación cristiana y los sacramentos de curación, ofreciendo espacios de reflexión y profundización en la fe.

La jornada del sábado contará también con el rezo del Santo Rosario desde la parroquia hasta la Ermita de los Ángeles, seguido de la celebración de la Santa Misa y una Hora Santa ante el Santísimo Sacramento.

Por su parte, el domingo comenzará con el rezo de Laudes, continuará con una celebración penitencial y la oportunidad de recibir el Sacramento de la Reconciliación, y culminará con la Santa Misa de clausura de la misión. Posteriormente, los participantes acompañarán al Santísimo Sacramento y a la imagen de Nuestra Señora de la Encarnación en una procesión eucarística por las calles de la localidad.

La programación concluirá con un almuerzo fraterno abierto a todos los participantes y vecinos que deseen compartir este momento de convivencia.

Desde la Pastoral Juvenil destacan que esta misión es una oportunidad para vivir la fe de manera cercana y sencilla, favoreciendo el encuentro personal con Cristo y fortaleciendo la vida cristiana de la comunidad parroquial. Asimismo, animan a todos los vecinos de Grazalema a participar en las distintas actividades programadas y a sumarse a esta experiencia de evangelización y fraternidad.

Si tienes 18 años o más, no te lo pienses y participa, rellenando el siguiente formulario:

https://forms.gle/wwiF6qJ2rYYBfLar9

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Papa León, en nuestro corazón

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Papa León, en nuestro corazón

El balance de esta primera etapa de la Visita no puede ser más positivo. La sensación que nos queda es que los españoles necesitábamos escuchar un mensaje creíble pronunciado por una persona auténtica y libre, enamorada de Dios y de su Iglesia. Necesitábamos también vivir un encuentro intenso con el Señor y una experiencia eclesial fuerte y los hemos vivido. La historia continúa.

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ALMERIENSES CON EL PAPA: Nuestro Obispo y el Vicario General viven junto a León XIV unos días de gracia para la Iglesia

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Nuestro obispo, D. Antonio Gómez Cantero, y el vicario general, D. Ignacio López Román, continúan acompañando al Papa León XIV en su visita a España. Tras participar en la vigilia de oración con los jóvenes en la plaza de Lima, la celebración del Corpus Christi y el encuentro del Santo Padre con los obispos españoles en la sede de la Conferencia Episcopal, ambos han llegado ya a Barcelona para seguir viviendo una visita que está dejando una profunda huella en la Iglesia española.

Para nuestro obispo, lo vivido hasta ahora solo puede describirse con una palabra: «espectacular». La presencia de miles de personas en las calles, la respuesta de los jóvenes y el ambiente de fe compartida han convertido estos días en una auténtica experiencia de comunión eclesial.

Entre los momentos más significativos, D. Antonio destaca el encuentro mantenido por León XIV con los obispos españoles. «Todos estábamos serenamente expectantes, esperando al sucesor de Pedro». Después de escucharle en el Congreso de los Diputados, el Papa llegó con la sencillez que le caracteriza y dejó una frase que, según nuestro obispo, resume el sentido de toda la visita: «Vengo para reavivar la comunión».

A partir de esa afirmación, el Santo Padre fue desarrollando temas fundamentales para la vida de la Iglesia: el diálogo en el Espíritu, la acogida del hermano, el camino sinodal y la escucha comunitaria de la voz de Dios. «Como si se tratara de un manantial de agua viva, fueron brotando y empapando nuestro corazón», relata nuestro obispo.

Pero entre los grandes acontecimientos también hubo espacio para los pequeños gestos que revelan la cercanía del Santo Padre. Nuestro obispo comparte una anécdota vivida en primera persona. «Voy a contar una cosa que nadie sabe». Su habitación del hotel daba directamente a la Nunciatura Apostólica y, ya avanzada la noche, fue testigo de una escena inesperada. «A las 23:15 me levanté porque oía voces en la calle. Descubrí que un grupo de una treintena de jóvenes y adolescentes le pedían a gritos al Papa que se asomase».

La espera tuvo premio. «Al final se encendió una luz en una ventana y abrió el Papa. Estuvo un rato mientras le jaleaban». Lo que más sorprendió a D. Antonio fue que aquello sucediera después de una jornada agotadora de actos y encuentros. «Increíble, después del tute que se había pegado».

Nuestro obispo destaca también la claridad con la que León XIV habló de los pequeños, de los ancianos, de los migrantes y de la necesidad de «abajarse para comprender y compartir», siguiendo el ejemplo de Cristo. Asimismo, valora la firmeza con la que abordó el drama de los abusos, insistiendo en la escucha, la verdad, la justicia, la reparación y la cultura del cuidado. Y resume muchas de sus enseñanzas en tres palabras: «valentía, verdad y libertad».

Junto a él, el vicario general, D. Ignacio López Román, describe estos días como «unos días de gracia». «Emociona muchísimo la respuesta de la gente de Madrid y de España entera a la presencia del Papa entre nosotros».

D. Ignacio subraya además «el testimonio de grandeza en medio de una gran humildad» que León XIV está ofreciendo durante esta visita y recuerda especialmente la adoración eucarística de la vigilia juvenil y la celebración del Corpus Christi como signos visibles de la comunión de toda la Iglesia en torno a Jesucristo.

La visita apostólica continuará en los próximos días. Nuestro obispo, D. Antonio Gómez Cantero, seguirá acompañando al Santo Padre en su siguiente etapa, que tendrá como destino las Islas Canarias, donde León XIV continuará desarrollando su programa pastoral. Por su parte, el vicario general, D. Ignacio López Román, regresará a Almería para retomar su servicio en la diócesis, llevando consigo la experiencia vivida durante estos días de encuentro, comunión y esperanza junto al Sucesor de Pedro.

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La Iglesia diocesana convoca a una vigilia de oración por los cinco diáconos que serán ordenados sacerdotes el próximo sábado

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La Iglesia diocesana convoca a una vigilia de oración por los cinco diáconos que serán ordenados sacerdotes el próximo sábado

El Seminario Metropolitano de Sevilla acoge el próximo viernes, 12 de junio, una vigilia de oración por los cinco candidatos al orden presbiteral que se ordenarán el sábado en la Catedral hispalense.

La vigilia será a las ocho de la tarde y contará con representantes no solo del Seminario y de la Pastoral Vocacional, sino de otras pastorales diocesanas como Pastoral con Jóvenes, Universitaria, Familia y Vida, Apostolado Seglar y Vida Consagrada, entre otras. Igualmente, se trata de una convocatoria abierta a todos aquellos fieles que quieran participar y rezar por el ministerio sacerdotal de los candidatos al orden.

Este encuentro se enmarca en la Campaña puesta en marcha este curso por el Servicio Diocesano de Pastoral Vocacional, un ente que nació con motivo del Congreso de Vocaciones ‘¿Para quién soy?’, que tuvo lugar en Madrid el año pasado.

Esta campaña incluye la celebración mensual de vigilias de oración con carácter vocacional. Así, se han celebrado encuentros por las vocaciones a la vida consagrada, al matrimonio o a la vida sacerdotal, coincidiendo con jornadas tradicionalmente asociadas a estas pastorales.

Además, en el mes de abril se celebró la Jornada del Buen Pastor, un día dedicado a hablar sobre la vocación universal a la santidad, concretada en los distintos estados de vida. En esta jornada no solo destacaron los testimonios de un matrimonio, una pareja de novios, un sacerdote y un seminarista, sino también la conferencia impartida por los jóvenes influencers Carla Restoy y Álvaro Quesada sobre el cuerpo o la actuación musical-testimonio de las Hermanas Pobres de Santa Clara.

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La Semana Internacional de los Archivos en el Arzobispado

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La Semana Internacional de los Archivos en el Arzobispado

Los Archivos Históricos de la Catedral y del Arzobispado de Sevilla se suman un año más a la celebración del Día Internacional de Archivos, que viene conmemorándose desde el año 2007, en recuerdo de la fecha en la que se creó el Consejo Internacional de Archivos (ICA), el 9 de junio de 1948. Para esta ocasión se han preparado unas actividades conjuntas desde los archivos de los edificios sevillanos declarados por la Unesco Patrimonio de la Humanidad, desde 1987, con la intención de ofrecer unos circuitos de visitas de forma cohesionada, que acerquen al visitante a los documentos en sus propios centros de investigación. La muestra que se puede visitar del 8 al 14 de junio en el Arzobispado de Sevilla lleva por título ‘Entre la esclavitud y la libertad’.

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El ISCR de Almería clausura el curso con una jornada de formación, convivencia y acción de gracias

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El Instituto Superior de Ciencias Religiosas de Almería (ISCR) celebró el pasado 5 de junio la clausura del curso académico 2025-2026 con una jornada que combinó la oración, la formación y la convivencia fraterna, tres pilares que caracterizan la vida de este centro de estudios.

La jornada comenzó con la celebración de la Eucaristía, presidida por D. Alberto Pelegrina Morales, profesor del ISCR, acompañado por los diáconos D. Rafael Pastor Cruz y D. Jesús Ginés García Aiz, director del Instituto. La celebración contó con la participación musical de Indalecio y Laura, profesores del centro.

Durante la homilía, D. Alberto invitó a los asistentes a no reducir la enseñanza religiosa a una mera transmisión de contenidos, sino a ayudar a los alumnos a afrontar las grandes preguntas de la existencia. Recordó que el estudio de la teología debe traducirse en vida y testimonio, y subrayó la importancia de mantener una actitud permanente de búsqueda, oración y servicio.

Tras la celebración, profesores y estudiantes se trasladaron al Seminario Diocesano para participar en una sesión informativa impartida por representantes de APPRECE (Asociación de Profesores de Religión en Centros Estatales). En el encuentro se abordaron cuestiones relacionadas con la situación actual del profesorado de Religión, las novedades normativas y diversos aspectos laborales de interés para los docentes.

La clausura académica corrió a cargo del director del ISCR, D. Jesús Ginés García Aiz, quien presentó las principales novedades del próximo curso 2026-2027 y animó especialmente a los alumnos que han concluido el Bachillerato en Ciencias Religiosas a continuar su formación en el segundo ciclo. Asimismo, destacó la importancia de una sólida preparación académica y pastoral para quienes desempeñan la misión de enseñar Religión Católica.

La jornada concluyó con un ágape fraterno en un ambiente de cercanía y alegría, poniendo el broche final a un curso marcado por el crecimiento académico, humano y espiritual de la comunidad educativa del Instituto.

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