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Celebración del «Corpus Chiquito» en Cádiz

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La Venerable e Inmemorial Esclavitud del Santísimo Sacramento celebrará en la Parroquia de San Antonio de Padua (Cádiz) el Solemne Triduo Eucarístico, los días 14, 15 y 16 de junio. A las 18.45 horas tendrá lugar la  Exposición de S. D. M., Rezo del Santo Rosario, Bendición y Reserva,  y a las 19.30 horas la Eucaristía, siendo presidida y predicada por el Director Espiritual, Rvdo. P. Óscar González Esparragosa.

El día 16 de junio, al término de la Eucaristía, sobre las 20.00 h., tendrá lugar la procesión, trasladando la imagen de Ntra. Srª. de la Esperanza (Divina Enfermera) hasta la Iglesia Conventual de San Francisco, con el siguiente recorrido: Plaza de San Antonio (centro), Calle Ancha (derecha), Calle Sagasta (izquierda), Calle Tinte (derecha) y Plaza San Francisco.

El 17 de junio, a las 18.00 horas, la Venerable e Inmemorial Esclavitud del Santísimo Sacramento celebrará la Solemne Eucaristía y Función Principal de Instituto, que estará presidida y predicada también por el padre Óscar González Esparragosa, en la Iglesia Conventual de San Francisco. Finalizada la Eucaristía, sobre las 19.00 h., se celebrará la procesión del «Corpus Chiquito», siguiendo un recorrido extraordinario por diversas calles, para concluir recibiendo la Bendición con el Santísimo en la Plaza de San Antonio, en torno a las 21.00 h.

Como en años anteriores, participarán en la procesión las comunidades de San Antonio de Padua, y de Ntrª. Srª. del Rosario, con todas las asociaciones que radican en ellas, con el siguiente reccorrido: salida desde el Convento de San Francisco, Calle San Francisco, Calle Beato Diego (derecha), Calle Rosario (izquierda), Calle Columela (derecha), Calle José del Toro (derecha), Calle Ancha, Plaza de San Antonio (por el centro hacia la izquierda). A la llegada, se impartirá la Bendición, reservándose el Santísimo Sacramento en la Parroquia. Las imágenes participantes regresarán a sus templos a criterio de cada Cofradía.

Durante la procesión, se realizarán tres breves Estaciones Sacramentales en la Parroquia Nuestra Señora del Rosario (Calle Rosario), Iglesia de la Conversión de San Pablo (Calle Ancha), y la Sede de Salus Infirmorum (Calle Ancha).

A continuación, se detalla una lista con todos los participantes:

–          Parroquia de San Antonio de Padua:

·         Comunidad parroquial de San Antonio de Padua.

·         Venerable e Inmemorial Esclavitud del Santísimo Sacramento.

·         Archicofradía de la Santísima Resurrección y Nuestro Padre Jesús atado a la Columna.

·         Archicofradía de Nuestro Padre Jesús del Ecce-Homo.

·         Asociación Diocesana de Nuestra Señora de Salus Infirmorum.

·         Comunidad de devotos de Santa Ángela de la Cruz.

–          Parroquia de Nuestra Señora del Rosario:

·         Comunidad parroquial de Nuestra Señora del Rosario

·         Comunidad de Padres Misioneros Identes.

·         Orden Seglar Franciscana.

·         Venerable Cofradía de Penitencia del Santísimo Cristo de la Vera-Cruz

·         Venerable y Seráfica Cofradía de Nuestro Padre Jesús Nazareno del Amor.

·         Hermandad Sacramental de Nuestro Padre Jesús Caído.

·         Hermandad de Nuestra Señora de las Angustias.

·         Asociación Parroquial de Santa Marta.

·         Comunidad Educativa de las Carmelitas Vedrunas.

–          Hermandad de Ntra. Sra. de los Desamparados.

El objetivo de esta procesión eucarística es la exaltación del Santísimo Sacramento y el fomento de la comunión eclesial. Acompañarán a los fieles diversas imágenes y reliquias sagradas. De este modo, el Santísimo Sacramento queda arropado por sendas representaciones de la Iglesia triunfante del cielo y de la Iglesia militante en esta tierra.

Capataz de la Carroza de S.D.M.:

D. Francisco Javier Álvarez Márquez.

Exorno Floral de la Carroza:

D. Juan Carlo Rincón Vega, D. Francisco Javier Agudo Domínguez, D. Luis Benítez Orellana y D. Jaime Escalante Lima

Exorno Floral de la Parihuela de Ntra. Sra. de la Esperanza (Divina Enfermera):

D. Miguel Ángel García Saucedo y D. Jaime Escalante Lima.

Acompañamiento musical:

Asociación Filarmónica “Ciudad de Conil”.

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Filosofía y mística IX. ¿Qué decimos cuando decimos Dios?

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En un texto lleno de fuerza expresiva, profundidad filosófica y experiencia religiosa dice Martin Buber: «Dios es la más abrumadora de todas las palabras humanas. Ninguna ha sido tan ensuciada, tan desgarrada… Generaciones de hombres han descargado sobre esa palabra el peso de sus vidas angustiadas y la han abatido hasta dar con ella en el suelo… Las razas humanas, con sus escisiones religiosas, han desgarrado esa palabra; han matado por ella y han muerto por ella… Pero cuando todo desvarío y todo engaño se desvanece, cuando se enfrentan a él en la aislada oscuridad y ya no dicen «él, él», sino que suspiran «tú, tú», cuando gritan «tú», cuando todos ellos dicen esa misma palabra y añaden luego «Dios», ¿no es el verdadero Dios aquél a quien invocan, el único Viviente, el Dios de los hijos de los hombres?»[1].

Tiene razón Buber cuando desvela la ambivalencia respecto al uso de una palabra con la cual se  ha defendido lo más execrable como  se ha expresado lo más elevado del ser humano. Por eso algunos pretenden una especie de moratoria en su uso. Sin embargo, renunciar a ella, a lo que representa supondría una enorme pérdida. El mismo Buber afirma:” No podemos limpiar la palabra Dios y devolverle su integridad. Pero sí podemos, manchada y desgarrada como está, alzar esa palabra del suelo y enarbolarla sobre una hora de máxima zozobra”[2]. Tan solo sabiendo qué es lo que decimos cuando hablamos de Dios experimentaremos lo que se pierde cuando se deja de hablar de Él.

 Meditemos  sobre  la palabra “Dios”.  Es lugar común hablar del Dios del creyente y del dios del filósofo. Recordemos  las tan citadas frases del Memorial de Blas Pascal tras su experiencia mística el 23 de noviembre de 1624: “Desde aproximadamente las diez y media de la noche, hasta aproximadamente las doce y media. Fuego. “Dios de Abraham, Dios de Isaac, Dios de Jacob” (Ex 3, 6) y no de filósofos y sabios. Certeza. Certeza. Sentimiento. Alegría. Paz.”  Ciertamente un  dios puro concepto filosófico no deja de ser el dios muerto que preconizará Nietzsche. Si tenemos que meditar  sobre  Dios como nos enseña la fenomenología de la religión tenemos que acudir al Dios ante el que podemos arrodillarnos, al Dios que se le puede rezar, al Dios presente en la vida del hombre. Si la filosofía quiere pensar sobre Dios tiene que pensar en  el Dios que se ha hecho vida en la historia del hombre y no el dios constructo humano que no deja de ser un ídolo que, como todo ídolo, finalmente se  derribará.

Pero ¿qué decimos cuando decimos Dios?

Dios es la palabra teísta para designar ese más allá al que se refieren  las religiones. Éstas   nos enseñan que con la palabra Dios se refieren a una realidad que les antecede y les provoca la necesidad de responder. Es la realidad de la que procede todo lo existente. La realidad en la que vivimos, nos movemos y existimos, como dice Pablo.  Dios no es un concepto, cuando lo consideramos un concepto lo transformamos en un ídolo. Pensar que la experiencia de Dios es como la experiencia que tenemos de un objeto es imposible. Dios no es un nombre común como con el que designamos a un ente, a una cosa. Se dice que Dios es un ser infinitamente bueno, justo y poderoso, pero ni siquiera esto es cierto pues Dios no es un ser.  Dios es el nombre propio con el que designamos la realidad  de la que estamos permanentemente surgiendo. Al hablar de Dios no hablamos del ser que ya está a este lado de la cortina, sino de la fuente del ser. El Misterio puro y simple al que llamamos Dios no es una parte objetiva  particular de realidad que podemos abarcar. De Él no podemos decir que es esto o aquello. Él es la base y la condición previa  que abarca sin ser abarcada nuestra experiencia y sus objetos. Es en esta extraña experiencia de trascendencia donde podemos aproximarnos a conocerle.  

La experiencia de la humanidad, expresada a través de innumerables tradiciones, nombra a Dios como símbolo. El discurso sobre Dios es incompatible con cualquier otro discurso. La palabra Dios es un símbolo que se revela y vela en el mismo símbolo. Al igual que el concepto busca la univocidad (solo tiene un significado) el símbolo es polisémico. Hablar de Dios es poner palabras a una experiencia que nos hace conscientes de que hay algo más, de un sin fondo. Se trata de la raíz de toda experiencia que nos hace descubrir una dimensión de in-finito, in-acabado, es la experiencia de la contingencia. Se trata de una experiencia de profundidad  y de humildad. En palabras de Eckhart, todos debiéramos rezar diciendo: Dios mío líbrame de mi Dios. Líbrame del dios  que he creado y hazme capaz de acoger tu presencia[3].

El hombre religioso, el hombre de fe, no dice Dios, él dice Dios mío. El Dios del sujeto religioso siempre es el Dios de alguien, de Abraham, de Isaac o de Jacob, en palabras de Pascal. Todas las religiones se refieren con esa palabra a una realidad que se puede caracterizar con estos términos: “presencia de la más absoluta trascendencia en el fondo de lo real y en el corazón de la persona”[4]. Con la palabra presencia aplicada a Dios significamos que más que un ser nos referimos a un Tú que consiste en un acto de permanente comunicación, de darse a conocer y de darse a amar provocando así la existencia de esos sujetos que pueden reconocerle y amarle.

Dios no es la contestación a ninguna pregunta. Conocer a Dios no es convertirlo en objeto de conocimiento sino reconocerlo ya previamente presente acogiéndolo en el amor original que  Él mismo provoca. De hecho, habría que invertir la epistemología:  a Dios no lo conozco porque intencionalmente me dirijo a un objeto, sino que lo conozco porque soy conocido, al igual que lo amo porque soy amado. En el nivel del hombre natural que todo lo convierte en objeto de interés Dios no puede aparecer. Si partimos del   presupuesto de Protágoras  que considera al hombre como la medida de todas las cosas, Dios no tiene cabida. Solo reconociendo nuestra contingencia (nuestra limitación, nuestra finitud), sabiendo que estamos  en una vida en la que no se nos ha pedido permiso para embarcarnos, solo así podremos entrever a Dios.  

Nadie como poeta, que aúna en metafísico lo místico y lo paradójico, expresa la experiencia del Misterio al que apuntamos cuando decimos Dios;  dejemos aquí estos versos  de San Juan de la Cruz y de Antonio Machado.

Este saber no sabiendo/ es de tan alto poder,/ que los sabios arguyendo/ jamás le pueden vencer;/ que no llega su saber/ a no entender entendiendo,/ toda ciencia trascendiendo. (San Juan de La Cruz, Entreme donde no supe).

Señor, me cansa la vida,/ tengo la garganta ronca / de gritar sobre los mares, / la voz de la mar me asorda./ Señor, me cansa la vida/ y el universo me ahoga./ Señor, me dejaste solo,/ solo, con el mar a solas.

O tú y yo jugando estamos/ al escondite, Señor,/ o la voz con que te llamo / es tu voz.

Por todas partes te busco/ sin encontrarte jamás,/ y en todas partes te encuentro/ sólo por irte a buscar. (A.  Machado, Tres cantares enviados a Unamuno en 1913).

 Juan Jesús Cañete Olmedo
Sacerdote diocesano y Profesor de Filosofía


[1] Martin Buber, Eclipse de Dios. Sígueme, Salamanca, 2003, págs. 42-43.

[2] Ib.

[3] Bernabé, Carmen (ed.). Los rostros de Dios: imágenes y experiencias de lo divino en la Biblia. Verbo Divino-Estella (Navarra), 2013, p 35.

[4]  Juan de Dios , una espiritualidad para tiempos difíciles en https://web.unican.es/campuscultural/Documents/Aula%20de%20estudios%20sobre%20religi%C3%B3n/2011-2012/CursoTeologiaUnaEspiritualidadParaTiemposDificiles2011-2012.pdf

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Inicio del año jubilar de la Orden de las Comendadoras del Espíritu Santo

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Inicio del año jubilar de la Orden de las Comendadoras del Espíritu Santo

El obispo auxiliar de Sevilla, monseñor Ramón Valdivia, presidió la ceremonia de apertura de la puerta santa con motivo del año jubilar concedido al Monasterio del Espíritu Santo, de Sevilla, por el 825 aniversario de la aprobación de las constituciones de la orden del Sancti Espíritu.

A las siete de la tarde de este jueves, los asistentes salieron en procesión desde la calle San Juan de la Palma hasta la puerta de la iglesia, desde donde se proclamó el santo Evangelio que prescribe el ritual romano, seguido de la lectura del decreto pontificio que concede el año jubilar al Monasterio del Espíritu Santo que finalizará el 24 de abril de 2024. Como parte de la ceremonia, mons. Valdivia golpeó tres veces con su báculo la puerta de la iglesia que se abrió dando paso al interior del templo.

La eucaristía contó con la participación de la madre federal, su consejera, las ocho hermanas de la comunidad, el vicario episcopal para la Vida Consagrada, José Ángel Martín y demás sacerdotes concelebrantes. Durante su homilía, don Ramón estableció un paralelismo entre la apertura de la puerta santa y la disposición de acogida al Espíritu Santo.

Indulgencia plenaria

Durante la misa, el obispo auxiliar explicó que podrán ganar la gracia jubilar de la indulgencia plenaria las hermanas de la Orden del Espíritu Santo y todos los fieles que, rechazando todo afecto al pecado incluso venial, visiten como peregrinos cualquiera de los Monasterios de la Orden del Espíritu Santo, desde ahora hasta el 23 de abril de 2024, reciban la confesión sacramental, participen y comulguen en la Santa Misa, recen por las intenciones del Romano Pontífice y permanezcan por un tiempo en oración concluyendo con el rezo del Padrenuestro y el Credo, además de acudir a la intercesión de la Santísima Virgen María y del Beato Guido de Montpellier.

La Orden del Espíritu Santo fue fundada por el beato Guido de Montpellier el 22 de abril de 1198 durante el pontificado de Inocencio III.

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Solemnidad del Cuerpo y Sangre de Cristo

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Solemnidad del Cuerpo y Sangre de Cristo

Celebramos la Solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo. Celebramos este misterio de fe y de amor que hemos recibido: El don de la Eucaristía y el mandato de repetir sus gestos y sus palabras de la última Cena: «Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros. Haced esto en memoria mía» (1 Cor 11, 24).

Repetiremos el gesto de “partir el pan”, ese momento inefable en el que Dios se hace tan cercano al ser humano, que se convierte en alimento espiritual expresando un amor sin límites. «Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros». En esta entrega Cristo se refería también a cada uno de nosotros, y entregaba su vida por la salvación de cada hombre y de cada mujer de todo tiempo y lugar. Por nuestra parte, debemos sentirnos conmovidos interiormente, porque esta manifestación de amor no es un algo lejano, sino un acontecimiento que se actualiza en la celebración de la Eucaristía.

La Eucaristía es el centro de la vida de la Iglesia. A través de ella Cristo hace presente a lo largo de los siglos su misterio de muerte y resurrección. En ella lo recibimos como “pan vivo que ha bajado del cielo” (Jn 6, 51), y con Él se nos da la prenda de la vida eterna.

Los cristianos, a lo largo de la historia, hemos sentido la necesidad de manifestar también exteriormente la alegría y la gratitud por la realidad de un don tan grande. Por eso fuimos madurando en la conciencia de que la celebración no podía quedar limitada dentro de los muros del templo, sino que era necesario llevarla por las calles de los pueblos y ciudades. Así nació la procesión del Corpus Christi que la Iglesia celebra, desde hace muchos siglos, con solemnidad y alegría. También nosotros lo hacemos por las calles de nuestra ciudad -probablemente desde finales del siglo XIV- saliendo al encuentro de nuestros hermanos y mostrando a todos el sacramento de la presencia de Cristo.

Toda la vida y actividad de Jesús está llena de amor compasivo. Se acerca a los que sufren, alivia su dolor, toca a los leprosos, libera a los poseídos por el mal, los rescata de la marginación y los reintegra en la sociedad. Nosotros debemos vivir esta misma actitud del Maestro y fomentar una cultura de la caridad, de la solidaridad. Esta semana hemos conocido el informe anual de Cáritas Diocesana, con datos que reflejan una realidad que nos llevan a fijar la mirada en el otro, a estar atentos unos a otros. El mandamiento del amor a Dios y al prójimo nos lleva a tomar conciencia de los demás, porque estamos llamados a vivir en fraternidad, en familia, y esto se traduce en justicia y solidaridad.

La experiencia personal del sufrimiento nos ayuda a ponernos en el lugar del otro, del pobre, del que sufre. La vivencia del dolor puede ser el camino para superar el egocentrismo, el narcisismo, y fijar la mirada en los demás. Es necesario que, en una sociedad tan impregnada de individualismo y egoísmo, se viva la responsabilidad de unos sobre otros.

Somos guardianes de nuestros hermanos, es decir, hemos de cuidar de nuestros hermanos; todos estamos llamados a cuidar los unos de otros; y no sólo de una forma genérica y difusa, sino de un modo concreto y eficaz, porque en realidad somos interdependientes, personas que viven en relación, que han de estar unidas, como granos de trigo llamados a formar un mismo pan, como hijos de Dios llamados a vivir en familia.

Que esta celebración de la Eucaristía, y las procesiones que hacemos por nuestras calles, reavive las raíces cristianas y eucarísticas de esta ciudad, afiance nuestra comunión con el Señor y nos ayude a hacer de nuestra vida un camino solidario de la mano de María, Nuestra Señora de los Reyes, Madre de la Misericordia. Que así sea.

+ José Ángel Saiz Meneses
Arzobispo de Sevilla

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Evangelio de la Solemnidad del Corpus Christi (ciclo A) en Lengua de Signos Española

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Evangelio de la Solemnidad del Corpus Christi (ciclo A) en Lengua de Signos Española

Evangelio de Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo en Lengua de Signos Española (Jn 6, 51-58)

Signado por el director del Departamento de Pastoral del Sordo de la Archidiócesis de Sevilla, el sacerdote Gumersindo Melo.

Produce la Archidiócesis de Sevilla.

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CUERPO Y SANGRE DE CRISTO, por Ramón Carlos Rodríguez García

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Lecturas: Dt 8, 2-3. 14b-16a. Te alimentó con el maná, que tú no conocías ni conocieron tus padres. Sal 147. Glorifica al Señor, Jerusalén. 1 Cor 10, 16-17. El pan es uno; nosotros, siendo muchos, formamos un solo cuerpo. Secuencia (opcional): Lauda, Sion, Salvatorem. Jn 6, 51-58. Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida.

Un mundo que se construye sin Dios es un mundo que se volverá contra el hombre. La reducción de todo lo que acontece al ser humano al plano meramente económico, trae como consecuencia la concepción de favorecer una vida sin Dios. Israel debe recordar el camino del desierto, camino de liberación, de prueba y abandono en un Dios que le auxilia. El pueblo debe estar atento para no caer en ninguna idolatría y para ello nada mejor que la Palabra del Dios vivo. Sólo Él da el alimento verdadero y el pleno sentido a la historia, la salvación. Todo ello emergerá como carne, cruz y verdadera vida en Jesucristo.

Así lo expresa el evangelista que incluso se atreve a enmendar la plana a todo el Antiguo Testamento, cuando presenta al Señor como el verdadero pan bajado del cielo, dejando obsoletas todas las referencias a aquel “pan sin cuerpo que tanto asqueó al pueblo de Israel”. Las referencias eucarísticas se nos presentan ineludibles. El apóstol exhibe las consecuencias inmediatas de la participación en la mesa de Cristo. Quienes comen juntos no pueden vivir aislados. Asumen la tarea de construir la unidad, superando toda división y discriminación entre sus miembros. Este vínculo sería insuficiente si descuidamos nuestra unión con Cristo que se nos da como alimento. De esta forma entramos en su intimidad y disfrutamos de su proyecto de VIDA (eterna y mundana). Dios es vida, siempre está a favor de la vida. Creer en el Hijo de Dios es creer en la vida que arranca desde aquí y no conoce limitación.

Los ídolos también pueden “alimentar” pero sus calorías son huecas, su aporte nutritivo más que deficiente, sólo traen hambrunas a quienes les sirven y sus consecuencias son angustiosas e impregnan de oscuridad hasta donde descansa su sombra. Nos hacen pasar “hambre” de alegría e ilusión. Recordamos esa otra hambre, cuyas estremecedoras cifras hieren a dos tercios de la humanidad. Este domingo aprendamos a tener verdadera hambre de Dios y de justicia para con sus hijos. Su Cuerpo no nos permite olvidarnos de todos los cuerpos maltratados por los abusos y miserias que afloran crucificados cuando ignoramos el mandato del amor.

Ramón Carlos Rodríguez García

Rector del Seminario

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📖 Reseña literaria: ‘Saber escuchar: Desde un silencio profundo’ de Alejandro Fernández Barrajón

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📖 Reseña literaria: ‘Saber escuchar: Desde un silencio profundo’ de Alejandro Fernández Barrajón

En el mundo en que vivimos oímos muchas cosas, pero normalmente escuchamos poco, porque no cultivamos las mejores disposiciones para una buena escucha, que favorecería el aprendizaje personal y el diálogo fructífero con el otro. En este libro se nos muestra cuáles son las actitudes más idóneas para saber escuchar.

Reseña literaria de la Hna. Pilar González, de la Librería Welba en El Espejo de COPE Huelva (09/06/2023)

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El Trono de Octavas de la Catedral de Sevilla (II)

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El Trono de Octavas de la Catedral de Sevilla (II)

Ante el conocido popularmente como altar de plata de la catedral de Sevilla tienen lugar los acontecimientos más importantes de nuestra Archidiócesis, como la ordenación de los nuevos obispos auxiliares, desde que a partir del Jubileo del año 2000 fuera instalado de modo permanente ante la puerta de la Concepción.

El trono de Octavas tal como actualmente se conserva, se levanta sobre una mesa cubierta por un frontal textil, sobre la que se dispone un banco de plata apaisado, coronado por una cornisa ondulante, que presenta el sagrario en el centro y en cuyos extremos laterales aparecen las esculturas de san Isidoro y san Leandro, ambas fechadas en 1740 y atribuidas a Pedro Duque Cornejo y Manuel Guerrero y reformadas en 1772 por Cayetano de Acosta y Fernando de Cázeres. En el centro, encima del sagrario, se dispone la hermosa imagen de la Virgen de la Granada, proveniente de la capilla catedralicia del mismo nombre, obra anónima fechable en torno a 1721. Tras la Virgen, emerge la gran peana, denominada ciprés, escalonada y con placas y cornisas superpuestas de perfiles sinuosos, cuya parte superior parece dividirse en tres, presentando a los lados unos ángeles sosteniendo unas velas, los cuales al separarse del eje central dan la impresión de que parecen volar, mientras que en el centro, el último cuerpo lo conforma la peana con dos ángeles orantes sobre la que se colocaba el Santísimo, y que da paso a la gran custodia de doble ráfaga de rayos ondulantes y lisos, que salen de sendas aureolas de nubes y querubines a modo de rompimiento de gloria, con detalles sobredorados. El profesor Antonio Joaquín Santos relaciona esta monumental ráfaga con otras obras de Laureano de Pina, como la custodia de la parroquia de San Miguel de Jerez de la Frontera, de 1689.

Todo el gran conjunto se remata por la corona imperial de crestería calada, que presenta una decoración vegetal y floral, así como ángeles y que culmina en el orbe con la cruz.

Finalmente, hay que señalar que también se conserva el frontal del lado izquierdo del trono de octavas, actualmente cubriendo la mesa de altar de la capilla mayor de la Catedral. Presenta en su centro una cartela con el tema de los frutos de la tierra de promisión, del Libro de los Números (10, 24), mientras que en los laterales aparecen dos cartelas con las representaciones de san Hermenegildo y san Fernando. Se terminó en 1739, siendo obra del maestro platero de la Catedral Manuel Guerrero de Alcántara.

Este colosal trono de octavas es exponente de la importancia que la Eucaristía adquirirá tras el Concilio de Trento, mostrando a los fieles el Santísimo Sacramento en una especie de aparición gloriosa entre nubes, ángeles, santos y rayos, reforzada esta idea por el fulgor de la plata y el oro.

Antonio Rodríguez Babío, delegado diocesano de Patrimonio Cultural 

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El Santísimo Sacramento irradia fe por las calles de la capital diocesana

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El Santísimo Sacramento irradia fe por las calles de la capital diocesana

El dicho popular asegura que “hay tres jueves en el año que relucen más que el sol: Jueves Santo, Corpus Christi y el Día de la Ascensión” y lo vivido este jueves puede dar buena fe de ello. Ante las dudas climatológicas que hicieron que el Ayuntamiento de Huelva suspendiese el concurso de altares y balcones del Corpus Christi, la tarde de este jueves 8 de junio volvió a ser un ejemplo más de la devoción onubense a las tradiciones que, poco a poco, se van recuperando.

La Santa Misa congregó en la parroquia de la Purísima Concepción a cientos de fieles que se ubicaron a lo largo y ancho para escuchar las palabras y rezos del obispo emérito, José Vilaplana, que presidió el culto concelebrado por el obispo de la Diócesis, Santiago Gómez.

Vilaplana, en su homilía, recalcaba que “el Señor nos quiere cuerpo suyo. El Señor nos quiere Iglesia. El Señor no quiere que caminemos solos, quiere que caminemos uno solo y de nosotros, el Señor, ha hecho su comunidad, su Iglesia.”

Continuaba el obispo emérito afirmando que al celebrar “la fiesta del Cuerpo y la Sangre del Señor recordamos que el pan de la vida nos hace hermanos, nos hace compañeros que significa ‘el que comparte el mismo pan’” a lo que añadía que sin la Eucaristía del domingo “no podemos vivir. Ese sentido de que la Eucaristía nos hace uno es una tarea muy importante que debemos descubrir en estos momentos. Seamos hermanos, que vivamos como hermanos.”

Por último, el obispo emérito recordó que descubrimos que “la Eucaristía es ‘pan de eternidad’. Preferimos el plato de lentejas a las promesas de Dios y lo que se alarga demasiado nos parece difícil. El Señor nos recuerda hoy que el que come de su carne y bebe de su sangre tiene la vida eterna, que no termina nunca. Nuestro pequeño río está llamado a desembocar en el río de la misericordia de Dios. Caminemos con Cristo, caminemos con nuestros hermanos”, finalizaba José Vilaplana.

A continuación, el Santísimo Sacramento, portado en la custodia argéntea, obra de Fernando Marmolejo Camargo de 1952, comenzaba su procesión con un cortejo que le rezaba en silencio. Un recorrido en el que estaba presente el obispo de Huelva, el obispo emérito, el Cabildo Catedral, el clero de la ciudad y las hermandades y asociaciones apostólicas, así como los niños que acaban de recibir su primera comunión, además de autoridades civiles y militares y miembros de la corporación municipal. Durante el recorrido sonaban las marchas de la agrupación musical el Santísimo Cristo del Amor y la Banda Municipal de Música de Huelva.

A lo largo de la procesión hubo dos momentos especiales. Uno fue en la Plaza de la Constitución, frente al Ayuntamiento de la ciudad donde en un altar se encontraba el paso de la Sagrada Cena que, con motivo del LXXV aniversario fundacional de la Hermandad, fue la encargada de presidir dicho altar cuyo titular recibirá la medalla de oro de la ciudad este sábado.

Por otra parte, a la altura de la Plaza de Isabel La Católica, más conocida como la Plaza Niña, el paso de San Juan Pablo II esperaba al cortejo frente a las Hermanitas de la Cruz que le rezaron a la custodia y se postraron ante ella. La expectación fue notable hasta el culmen de la procesión en la puerta de la parroquia de la Purísima Concepción tras la bendición del obispo de Huelva, Santiago Gómez.

Este viernes 9, y el sábado 10 seguirá la celebración del triduo eucarístico, esta vez en la Santa Iglesia Catedral, donde se expondrá el Santísimo Sacramento a las 19.00 horas, terminando con la Santa Misa a las 20.00 horas.

El domingo día 11, solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo, a las 12.00 horas será la Santa Misa Estacional en la Catedral, presidida por Monseñor Santiago Gómez Sierra, Obispo de Huelva, que concluirá con la procesión claustral del Santísimo Sacramento bajo palio por las naves catedralicias.

Más información

· Cultos eucarísticos con motivo del Corpus Christi 2023 en la capital diocesana

· Presentado el cartel del Corpus Christi 2023

· Suspendido el concurso de altares y balcones para el Corpus Christi debido a la previsión de lluvia

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LECTURAS DE LA SOLEMNIDAD DEL SANTÍSIMO CUERPO Y SANGRE DE CRISTO (CICLO A)

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Lecturas del domingo 11 de junio

Deuteronomio 8, 2-3. 14b-16ª

Te alimentó con el maná, que tú no conocías ni conocieron tus padres.

Moisés habló al pueblo, diciendo:

«Recuerda todo el camino que el Señor, tu Dios, te ha hecho recorrer estos cuarenta años por el desierto; para afligirte, para probarte y conocer lo que hay en tu corazón: si guardas sus preceptos o no.

Él te afligió, haciéndote pasar hambre, y después te alimentó con el maná, que tú no conocías ni

conocieron tus padres, para hacerte reconocer que no solo de pan vive el hombre, sino que vive de todo

cuanto sale de la boca de Dios. No olvides al Señor, tu Dios, que te sacó de la tierra de Egipto, de la casa de esclavitud, que te hizo recorrer aquel desierto inmenso y terrible, con serpientes abrasadoras y alacranes, un sequedal sin una gota de agua, que sacó agua para ti de una roca de pedernal; que te alimentó en el desierto con un maná que no conocían tus padres».

Salmo 147, 12-13. 14-15. 19-20.

R: Glorifica al Señor, Jerusalén

  • Glorifica al Señor, Jerusalén; alaba a tu Dios, Sión. Que ha reforzado los cerrojos de tus puertas, y ha bendecido a tus hijos dentro de ti. R.
  • Ha puesto paz en tus fronteras, te sacia con flor de harina. Él envía su mensaje a la tierra, y su palabra corre veloz. R.
  • Anuncia su palabra a Jacob, sus decretos y mandatos a Israel; con ninguna nación obró así, ni les dio a conocer sus mandatos. R.

Primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios 10, 16-17

 El pan es uno; nosotros, siendo muchos, formamos un solo cuerpo.

Hermanos: El cáliz de la bendición que bendecimos, ¿no es comunión con la sangre de Cristo? Y el pan que partimos, ¿no es comunión del cuerpo de Cristo? Porque el pan es uno, nosotros, siendo muchos, formamos un solo cuerpo, pues todos comemos del mismo pan.

Secuencia (opcional): Lauda, Sion, Salvatorem

He aquí el pan de los ángeles, hecho viático nuestro; verdadero pan de los hijos, no lo echemos a los perros.

Figuras lo representaron: Isaac fue sacrificado; el cordero pascual, inmolado; el maná nutrió a nuestros padres.

Buen Pastor, Pan verdadero, ¡oh, Jesús!, ten piedad. Apaciéntanos y protégenos; haz que veamos los bienes en la tierra de los vivientes.

Tú, que todo lo sabes y puedes, que nos apacientas aquí siendo aún mortales, haznos allí tus comensales, coherederos y compañeros de los santos ciudadanos.

Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo -dice el Señor-; el que coma de este pan vivirá para siempre. R.

Juan 6, 51-58

Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida.

En aquel tiempo, dijo Jesús a los judíos:

«Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo». Disputaban los judíos entre sí: «¿Cómo puede este darnos a comer su carne?». Entonces Jesús les dijo: «En verdad, en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día. Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él. Como el Padre que vive me ha enviado, y yo vivo por el Padre, así, del mismo modo, el que me come vivirá por mí. Este es el pan que ha bajado del cielo: no como el de vuestros padres, que lo comieron y murieron; el que come este pan vivirá para siempre».

Comentario bíblico de Pablo Díez 

El pan de la vida es el hilo conductor de las lecturas en esta fiesta del Corpus. En el Antiguo Testamento aparece bajo la tipología del maná. El libro del Éxodo lo presenta como un sustento material, un alimento otorgado por la providencia divina para que el pueblo no perezca de hambre (Ex 16). Pero en Deuteronomio aparece ya espiritualizado. Se recalca que es un nutriente desconocido hasta ahora, basándose probablemente en la etimología del término maná (¿Qué es esto?) que nos ofrece Ex 16,15. Su función no es ya solo la subsistencia, sino el aprendizaje de la verdadera fuente de la vida: “lo que sale de la boca de Yahvé” (Dt 8,3). Jesús precisará que esto no es otra cosa que la palabra divina (Mt 4,4). Tal como muestra el capítulo primero del Génesis, esta no es solo el origen de la vida, sino también de todo lo creado.

Esta palabra ha cristalizado en los mandamientos de la Torá que Yahvé ha anunciado a Israel (Sal 147,19) para que tenga vida cumpliéndolos (Dt 4,40; Prov 7,2; Mt 19,17). Pero, si en el Antiguo Testamento la vida se obtenía por la escucha de la palabra (Dt 6,4), en Jesús la Palabra se ha encarnado constituyendo el auténtico pan vivo que baja del cielo y permite alimentarse de él, dando vida imperecedera al que lo come (Jn 6,54) por la inhabitación del Verbo en él (Jn 6,56), y vertebrando la comunidad de creyente como cuerpo místico de Cristo (1Cor 10,17).

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