1 septiembre de 2026
Durante estos años de servicio diplomático he aprendido que los muros más altos no se construyen con piedra, sino con la fría aleación del miedo y la soberbia. Vi de cerca cómo el odio estrangula los campos, cómo el rencor marchita el agua pura y cómo la ceguera humana es capaz de convertir un vergel de libertad en un páramo desolado. Hoy es una fecha propicia para que nuestros ojos queden fijos en el horizonte del mañana. La oportunidad nos la brinda la Jornada Mundial de Oración por el Cuidado de la Creación. Se celebra cada 1 de septiembre por voluntad del Papa Francisco desde 2015. Esta iniciativa da inicio cada año al Tiempo de la Creación, un mes ecuménico de oración y gestos concretos, que concluye el 4 de octubre (fiesta de San Francisco de Asís).
León XIV nos convoca en esta edición con una urgencia inapelable. Un mandato que brota de la entraña misma de la historia y de la profecía: «Con sus espadas forjarán arados y podaderas con sus lanzas» (Isaías 2,4). Se trata de una llamada a transformar las herramientas de guerra en instrumentos de vida y a situar la paz como condición indispensable para cuidar la casa común.
Lamentablemente al mirar el mundo actual percibimos una herida abierta donde el estruendo de los conflictos bélicos y el gemido de la naturaleza se fusionan en un solo grito de dolor. Existe un vínculo trágico e innegable entre la guerra y el deterioro de nuestra casa común. Cada bomba que estalla no solo desgarra vidas humanas —lo cual ya es una atrocidad suprema—, sino que envenena la savia de los árboles, calcina los pastos y corrompe los ríos que sostienen la existencia. No podemos seguir fingiendo que la paz de las naciones y la salud de la Tierra son caminos separados. Son la misma senda. Destruir el hogar que nos cobija es la forma más radical y suicida de declararnos la guerra a nosotros mismos.
La metáfora del hierro: de la destrucción a la vida
Hay un clamor aciago en el metal. Marinero en tierra, el hombre contempla a veces un mar que ya no es de agua limpia, sino un lienzo de azufre y sombras donde las olas rompen vestidas de luto negro. El hierro, que debió nacer para herir las entrañas de la roca en busca de sustento, se ha transformado en el brazo armado de la soberbia. La espada y la lanza representan esa voluntad indomable de dominio, la agresividad ciega que busca someter tanto al semejante como a la geografía.
Es hora de cambiar el destino del yunque. Forjar arados de las espadas significa un vuelco absoluto en la conciencia del ser humano. El arado abre el surco con humildad, acaricia la tierra húmeda, se hunde en ella no para matar, sino para depositar la promesa de la semilla. La podadera corta las ramas secas para que brote la luz del sol en el racimo, mientras que la lanza solo busca truncar el vuelo del ave o el latido del enemigo. Necesitamos una alquimia del espíritu que transforme los arsenales en herramientas de labranza. Cuando el dinero y la tecnología se consagran a la fabricación de la muerte, la naturaleza entera retrocede, los bosques se retraen y los pájaros enmudecen en las alamedas vacías.
La intrahistoria y el paisaje herido
A menudo caminamos por los campos y las ciudades con una prisa absurda, ignorando la vida silenciosa que late bajo nuestros pasos. Es esa vida cotidiana —esa intrahistoria de los labriegos, de las madres que acarrean agua, de los árboles centenarios que apuntan al cielo—, la que verdaderamente teje el destino del mundo. Los grandes mapas de los generales ignoran la santidad del musgo, el milagro del manantial y la callada labor del viento sobre los trigales.
Cuando la violencia se desata, el paisaje pierde su alma y se convierte en una escenografía descarnada. Los ríos, que antes eran venas de plata y cantos de libertad, se transforman en cloacas de pólvora y fango. La niebla que baja de las montañas ya no trae el misterio de la alborada, sino el humo denso de los incendios provocados por el odio. Una nación bombardeada es una tierra sin memoria, un cuerpo desnudo expuesto a la intemperie del abandono. Cuidar la creación no es un romanticismo ingenuo; es un acto de resistencia civil, el mayor ejercicio de reconciliación colectiva que podemos ofrecerle a la historia.
Un llamamiento a los centinelas del mañana: los jóvenes
A vosotros, jóvenes, que lleváis en las venas la fuerza del viento norte y el inconformismo de las olas que rompen contra el acantilado, os corresponde la tarea más noble de este siglo. No os contentéis con la herencia de un mundo gris, cuarteado por el egoísmo de quienes os precedieron. La juventud no es solo una etapa cronológica; es un estado del alma capaz de rebelarse contra lo que parece inevitable. El pesimismo es una jaula cómoda para los cobardes. Las nuevas generaciones están llamadas a derribar los muros de la indiferencia. Cuando os digan que las guerras son necesarias o que la destrucción del medioambiente es el precio inevitable del progreso, responded con la rebeldía de la esperanza. Sed los nuevos herreros que funden el metal del odio. Cambiad el fusil por el árbol; cambiad el consumo voraz por la contemplación respetuosa; cambiad la frontera que divide por el puente que une. La Tierra no pertenece a los poderosos que la compran y la venden; la Tierra es de quienes la aman, la siembran y la defienden con la ternura de sus manos.
La misión sagrada de los maestros: los educadores
Esta Jornada Mundial puede ser también un acicate para los educadores. Vosotros sois los arquitectos de las mentes y los custodios del porvenir: vuestra labor es hoy más crucial que nunca. No limitéis la enseñanza a transmitir fórmulas frías o datos abstractos. Encended en las almas de los alumnos el fuego de la compasión y del asombro. Enseñadles a leer el libro sagrado de la naturaleza con el mismo respeto con el que se lee la historia de los derechos humanos. Educar hoy es enseñar a escuchar el llanto de la Tierra y el clamor de los desposeídos. Mostrad a vuestros estudiantes cómo el egoísmo de unos pocos enciende la hoguera de los conflictos que terminan por desertificar continentes enteros. Cultivad en ellos una ética de la sobriedad y la solidaridad, una conciencia de que somos criaturas entrelazadas en una red inmensa y frágil de vida. Si lográis que un niño ame el susurro de las hojas y respete el curso de un riachuelo, habréis plantado la semilla de un pacificador. Un ser humano que aprende a amar la creación será siempre un enemigo natural de la guerra y la opresión.
Hacia un nuevo amanecer
Nadie nace odiando al prójimo ni odiando la tierra que lo sustenta. Esas son artes oscuras que se aprenden en el confinamiento del egoísmo. Y si se pueden aprender, también podemos desaprenderlas para abrazar el arte supremo de la convivencia y el cuidado mutuo. La paz no es la mera ausencia de fusiles; es la presencia viva de la justicia, el florecimiento del campo, la pureza del aire que respiramos y la dignidad de cada criatura bajo el sol.
Que esta jornada del 1 de septiembre no sea un recordatorio pasajero en el calendario, sino el punto de inflexión donde decidamos, de una vez por todas, deponer las armas del orgullo. Oremos fervientemente a Dios para que el metal regrese a su vocación primera de fecundidad y vida. Caminemos juntos, ancianos llenos de memoria y jóvenes cargados de futuro, para forjar ese mañana donde los campos vuelvan a cantar, las aguas corran libres de veneno y la humanidad aprenda, por fin, a ser la fiel guardiana de esta hermosa y sagrada creación, que salió de las manos de Dios como jardín hermoso, espacio de convivencia fraterna, vergel de goce sano y vida sin cicatrices. La tarea es inmensa, pero nuestra voluntad de libertad y vida debe serlo aún más, con la ayuda divina.
Mons. Fernando Chica Arellano
Observador Permanente de la Santa Sede ante la FAO, el FIDA y el PMA

