Inicio Blog Página 24

La Misa Crismal centró las celebraciones del Martes Santo en la diócesis de Guadix

0

La Misa Crismal centró las celebraciones del Martes Santo en la diócesis de Guadix

 

La mañana del Martes Santo se viste de fiesta en la diócesis de Guadix con la celebración de la Misa Crismal. Es una Eucaristía muy especial, que congrega a todos los sacerdotes de la diócesis, junto a su obispo, y que cuenta con la participación de consagrados y consagradas y, por supuesto, los fieles que quieran asistir. Se celebra en la Catedral y, en esta Misa, se bendicen los Óleos y se consagra el Crisma, que va a ser utilizado a lo largo del año en la administración de los sacramentos. También los sacerdotes renuevan sus promesas sacerdotales, recordando el compromiso que asumieron cuando recibieron la ordenación.

La Misa Crismal, según la liturgia, se celebra en la mañana del Jueves Santo. Pero, para facilitar la asistencia de los sacerdotes, se traslada todos los años a la mañana del Martes Santo. Y así se ha hecho este año. Han asistido todos los sacerdotes, que han contado, además, con una charla-meditación antes de la Misa.

La meditación tuvo lugar una hora antes de la Misa, en la iglesia del Sagrario. Allí, el sacerdote Gerardo José Rodríguez presentó a los sacerdotes algunas claves para vivir su sacerdocio hoy, con autenticidad y compromiso, a pesar de las dificultades. Y todo esto desde la fraternidad sacerdotal, no desde el individualismo y la soledad, sino desde la fraternidad, como presbiterio de hermanos que comparten una misma vida, un mismo compromiso. Gerardo José es un sacerdote de Nicaragua, expulsado de su país por la represión que se vive allí, que ejerce, mientras le llega la oportunidad de volver a su tierra, como sacerdote en la diócesis de Guadix. Aquí lleva ya dos años y, en la actualidad, es el párroco de Graena, Cortes y Los Baños.

Tras la meditación, se celebró la Eucaristía en la Catedral, presidida por el obispo, monseñor Francisco Jesús Orozco. En la homilía habló de lo que representan los Óleos y el Crisma para la vida de los cristianos a lo largo del año. Con ellos se administran sacramentos como el Bautismo, la Confirmación, el Orden Sacerdotal y la Unción de los Enfermos; sacramentos que son presencia de Dios y vida para los cristianos.

También habló el obispo a los sacerdotes, animándolos a vivir su ministerio con dedicación, alegría y compromiso. Y, recordando las recientes palabras del papa Francisco al presbiterio de la archidiócesis de Madrid, los invitó a que, ante las dificultades del presente y la secularización, haya una renovación espiritual que fomente la unidad y la fraternidad sacerdotal.

Al finalizar la Eucaristía, los sacerdotes recogieron los Óleos y el Crisma para llevarlos a sus pueblos y poder administrar, así, los sacramentos. Terminó la mañana con una comida fraterna en la Residencia Sacerdotal.

Antonio Gómez
Delegado diocesano de Medios de Comunicación Social. Diócesis de Guadix

 

Ver este artículo en la web de la diócesis

MIÉRCOLES SANTO: “¿SOY YO ACASO, MAESTRO?”, Por Antonio Jesús Martín Acuyo

0

En este día, termina la Cuaresma. Cuarenta días de este tiempo de gracia y misericordia que comenzó el miércoles de ceniza. Han sido días en los que mirando la Cruz del Redentor, en comunidad y de modo personal, nos hemos puesto en camino para dejar nuestra vida alejada de Dios y retomar el deseo de seguir a Cristo, con un espíritu renovado como hijos de Dios. Esto nos ha llevado a amar con más intensidad y mayor amor a Cristo, pero quizá te ha parecido que has hecho poco, o más bien nada.

Pues mira a Cristo. Va a comenzar “su hora” (cf. Jn 12,23), va a llegar a plenitud su paso por este mundo, va a llegar a culmen el sentido de su Encarnación, y “ardientemente ha deseado comer esta Pascua” (cf. Lc 22,15). Lo quiere, quiere dar su vida por cada uno de nosotros, por la humanidad. Y lo quiere hacer junto con los doce. Sí, con los doce. A pesar de que, los eligió personalmente para estar con Él (cf. Mc 3,13), entre ellos está quien lo va a entregar, quien lo va a traicionar, quien ha cerrado su corazón antes las palabras que Cristo en estos tres años de predicación. Judas Iscariote, ha sido de testigo de su predicación, de sus curaciones, de sus milagros… pero nada de esto ha transformado su corazón.

Con frecuencia, juzgamos a este apóstol sin misericordia. Nos duele su traición, su cerrazón de corazón… porque eso ha llevado a la muerte, y una muerte de Cruz al Redentor. Pero, de nuevo el Señor nos da una lección, invitando al mismo traidor a la Última Cena, poniéndolo junto a Él, para darle la posibilidad de cambiar lo que había de hacer, pero viendo su negativa, Jesús le ofrece de su cuerpo, le invita a hacer lo que ha de hacer con prontitud.

Nosotros que contemplamos esta escena en el pórtico de la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesucristo, hemos de aprender de ella. Convenía, así estaba establecido que fuera… para nuestra salvación. A ti, como a mí, nos cuesta entender muchas veces la voluntad de Dios en los momentos duros de nuestra vida.

En este día de Miércoles Santo, te invito a acompañar a Jesús junto con los doce en los preparativos de la Pascua. Pídele que prepare tu corazón para afrontar esos duros momentos, que Dios permite para cumplir así su voluntad. Abre tu corazón a sus enseñanzas y déjate transformar por su acción salvadora. No cierres tu corazón al Corazón de Dios en el que encontramos el ejemplo, el modelo y el sentido de nuestra vida.

Antonio Jesús Martín Acuyo

Párroco de la Virgen del Carmen de Aguadulce

Ver este artículo en la web de la diócesis

“Cultivad una espiritualidad de la comunión”, homilía en la Misa Crismal

0

Querido Don Demetrio, queridos sacerdotes, diáconos, seminaristas, queridas personas consagradas, fieles, laicos.

En este día eminentemente sacerdotal, permitidme que me dirija especialmente a los sacerdotes y a los que Dios mediante algún día lo serán. Quiero comenzar mis palabras alabando aquel que movido por el amor con su sangre nos ha liberado de nuestros pecados, nos ha convertido en un reino y nos ha hecho sacerdotes de Dios su Padre. A él, la gloria y el honor por los siglos de los siglos. Cada año, la celebración de la Misa Crismal no sólo nos ofrece la oportunidad de alabar al Señor, sino también de renovar el “sí” que un día más o menos lejano le dimos al que nos llamaba a compartir su misión, evangelizar a los pobres, proclamar a los cautivos la libertad y a los ciegos la vista, poner en libertad a los cautivos.

En el Evangelio que acabamos de proclamar, Jesucristo se nos presenta como el ungido por Dios y lleno del Espíritu Santo. El Espíritu del Señor está sobre mí, dice. Se trata del mismo Espíritu que vino también sobre nosotros el día de la ordenación presbiteral haciéndonos partícipes del carisma de Cristo buen pastor. Él es el protagonista de nuestra vida y de nuestra tarea. Él nos configura con el Señor y nos sostiene en la misión encomendada. Su obra, sin embargo, está condicionada por nuestra disponibilidad y obediencia.

Evidentemente, si estas disposiciones objetivas faltan, no seremos los evangelizadores que el Señor espera que seamos. Nos seremos los evangelizadores con espíritu que la Iglesia necesita hoy.

A Jesús le faltaba tiempo para atender a los innumerables enfermos, impedidos, abandonados, hambrientos que se encontraban en el camino, pero su corazón compasivo nunca le permitió pasar de largo. Sobre todo, le preocupaba la ignorancia religiosa, la esclavitud de una ley y inmisericorde, el pecado destructor. Por eso, su prioridad era proclamar el mensaje de un Dios amoroso y perdonador, misericordioso y fiel. También hoy los pastores nos vemos ungidos por la situación de multitud de personas, carecen de lo necesario para vivir dignamente. Nuestro corazón también se compadece y trata de encontrar y ofrecer las respuestas más adecuadas y posibles a sus situaciones concretas. Identificados con el corazón del Señor, nos hacemos cargo del vacío de Dios que experimentan muchos de nuestros hermanos. Por ello, unidos a la propuesta de los últimos papas, queremos dar un nuevo impulso evangelizador a nuestra tarea pastoral, contando con la participación de todos los miembros de la Iglesia, caminando en sinodalidad al encuentro del mundo de hoy.

La creación y el trabajo de los grupos sinodales en estos últimos años, y particularmente sus aportaciones de cara a la elaboración del próximo Plan Pastoral diocesano, expresan este compromiso. Para que esta renovación sea sólida y evangélica, ha de afectar al estilo, incluso a las estructuras pastorales, pero sobre todo se ha de cimentar en una profunda renovación espiritual de los evangelizadores, puesto que, como decía el Papa Francisco, un cambio en las estructuras sin generar nuevas convicciones y actitudes dará lugar a que estas mismas estructuras, tarde o temprano, se vuelvan corruptas, pesadas e ineficaces. Así pues, la renovación pastoral comenzará por un encuentro personal con Jesucristo cada día, sin obstáculos.

De este encuentro con el Señor y gracias a la acción transformadora del Espíritu Santo recibido en el bautismo, irá tomando forma en nosotros la espiritualidad propia de los hijos de Dios. Enriquecidos también por la presencia del Espíritu que vino a nosotros, merced a la unción con el Santo Cristo del día de la ordenación presbiteral, se desarrollará en nosotros la espiritualidad propia del presbítero.

Ciertamente, la clave de una evangelización renovada dependerá de la acogida dócil del Espíritu de Dios. Así ocurrió con los primeros discípulos, miedosos, desfondados y mudos tras la muerte de su Maestro, fue este mismo Espíritu el que los lanzó a la misión y a una entrega total al servicio del Evangelio. El Padre que me envió es el que me ha ordenado y me lleva a una espiritualidad discipular. Los textos evangélicos dejan constancia de la actitud permanente de escucha que Jesús manifiesta respecto al Padre. Una escucha seguida siempre por una costosa obediencia. Para mantenerse fiel a la misión que el Padre le había encomendado y no convertirse en un adorador de ídolos, hubo de vencer las tentaciones del maligno. Por eso utilizó su poder no en provecho propio, sino en bien de sus hermanos a los que salvó muriendo en la cruz. Es verdad, Jesucristo, como dice San Pablo, aprendió sufriendo a obedecer.

La primera nota de la espiritualidad presbiteral que deseo destacar es la discipular, una espiritualidad de la escucha, el discernimiento y la fidelidad. Antes de enviar a sus discípulos a predicar, el Señor los invitó a ir con él.

Deseaba que de forma progresiva, en la proximidad, hicieran suyas su forma de pensar, de sentir, de decidir. Quería que fueran asimilando la verdad que habrían de anunciar, el amor que habrían de sentir, el bien que deberían hacer. Por lo que sabemos, los tres años se les hicieron cortos.

De hecho, suspendieron el examen final cuando le negaron próximo a la cruz. Aunque, eso sí, gracias a Dios, lo recuperaron en el momento decisivo. También nosotros hemos sido llamados al discipulado, a estar cerca del Señor. Nos ha ayudado a ello la familia, la parroquia, en algún caso la escuela, el seminario. Hoy, una vez más, damos gracias a Dios porque nos ha elegido a pesar de nuestra fragilidad y pobreza, porque ha sido paciente con nosotros, lentos y torpes en el aprendizaje, porque nos ha consagrado para ser sacramentos vivos de su amor y porque nos ha enviado a continuar su misión. Pero necesitamos seguir alimentando, fortaleciendo nuestra espiritualidad. Necesitamos seguir ejerciendo de discípulos, escuchando su voz, discerniendo su voluntad expresada también a través de los signos de los tiempos e incluso de nuestras propias mociones interiores. Viviendo la fidelidad, en pugna constante contra la mundanidad que nos acosa.

El Señor se despojó de sí mismo tomando la condición de esclavo. Una espiritualidad humilde y alegre. Dice el Papa León que el sacerdote debe desaparecer para que permanezca Cristo, hacerse pequeño para que él sea conocido y glorificado. Pero el reto de la autosuficiencia, la tentación de la soberbia nos asaltan también cada día.

Podemos llegar a creer que nos bastamos a nosotros mismos, incluso que no necesitamos a Dios y que por tanto es innecesaria la oración y el cultivo de la espiritualidad para ser sus discípulos y sus apóstoles. Entonces nos invade de lleno la herejía del pelagianismo, cuyas consecuencias son nefastas. En efecto, él deriva en primer lugar la acedia egoísta, es decir, la indiferencia; la falta de gozo en el Señor. Se trata de una frialdad o aspereza que nos quita las ganas de rezar y nos roba la alegría del encuentro con el Señor. Además, la acedia viene acompañada de la desilusión, la tristeza y el pesimismo, males que por desgracia dominan a muchos evangelizadores que hoy repiten con frecuencia, “para estos resultados no merece la pena tantos esfuerzos”.

¿Qué hacer, pues, para contrarrestar estos peligros? En primer lugar, poner en el centro de nuestra vida a Jesucristo. Fue el encuentro con el Señor Resucitado, el que hizo virar la vida de los discípulos de Emaús, pasando de la desilusión, la tristeza y el pesimismo a la alegría y la esperanza, también al anuncio.

En segundo lugar, recuperar el entusiasmo en el anuncio. Esto será posible en la medida en que descubramos que el Evangelio es la respuesta a lo que el mundo espera como solución a los graves problemas que lo aflijan. Efectivamente, la propia experiencia nos dice, y nos lo recuerda el Papa Francisco, que no es lo mismo haber conocido a Jesús que no conocerlo. No es lo mismo caminar con Él que caminar a tientas. No es lo mismo poder escucharlo que ignorar su palabra. No es lo mismo poder contemplarlo, adorarlo, descansar en él que no poder hacerlo. No es lo mismo tratar de construir el mundo con su Evangelio que hacerlo con la propia razón. Y en fin, no olvidemos que Cristo ha resucitado, que el Espíritu Santo sigue activo en la Iglesia y que nada ni nadie podrá separarnos del amor de Dios.

Él me ha enviado a evangelizar a los pobres, una espiritualidad encarnada. Jesucristo centró su misión sobre todo en los pobres, los enfermos, los excluidos. Consciente de que estamos llamados a seguir sus huellas, el Papa Francisco dice que Jesús quiere que toquemos la miseria humana, que toquemos la carne sufriente de los demás. No quiere príncipes que miran despectivamente, sino hombres y mujeres del pueblo.

El mismo Papa nos advierte sobre el peligro del gnosticismo, una herejía de gran actualidad que obstaculiza el caminar humano hacia la santidad y la misma tarea evangelizadora, puesto que en lugar de evangelizar lo que se hace es analizar y clasificar a los demás, y en lugar de facilitar el acceso a la gracia se gastan las energías en controlar. En el gnosticismo, ni Jesucristo ni los demás interesan verdaderamente.

Equivocadamente, esta corriente herética mide la calidad de la vida espiritual por el conocimiento, no por la caridad. Para contrarrestar la fuerza de esta tentación y ser evangelizadores de verdad, también hace falta desarrollar el gusto espiritual de estar cerca de la vida de la gente, hasta el punto de descubrir que eso es fuente de gozo superior.

La misión es una pasión por Jesús, pero al mismo tiempo una pasión por el pueblo. No olvidemos tampoco lo que decía el Papa Benedicto XVI. El amor a la gente nos facilita el encuentro con Dios y cerrar los ojos ante el Prójimo nos convierte en ciegos ante él.

Hemos decidido el Espíritu Santo y nosotros. Una espiritualidad sinodal. Creados a imagen y semejanza de Dios, nuestra plenitud solo se realiza en la comunión. Por ella oró Jesucristo al Padre y con ella se comprometió formando un nuevo pueblo. La comunión es esencial a la vida cristiana y es nota fundamental de la Iglesia.

“Permaneced en mí, dice Jesús, como yo en vosotros. Yo soy la vid y vosotros los sarmientos” (Juan 15:4). Esta comunión no debe quedarse en un don espiritual. Ha de llevarnos a caminar juntos, a evangelizar juntos. Como dice el Papa León XIII, en una iglesia cada vez más sinodal y misionera, el ministerio sacerdotal no pierde nada de su importancia y actualidad, sino que, por el contrario, podrá centrarse más en sus tareas propias y específicas. Por desgracia, también la comunión se encuentra con retos importantes como el individualismo, la división y el enfrentamiento. La mayor autonomía personal hace posible que el individualismo avance y se manifieste incluso en la acción pastoral. Este individualismo a veces es también grupal.

Efectivamente, muchos cristianos se identifican con sus grupos pero no al mismo nivel, al menos con la Iglesia diocesana en este caso. Nos encontramos también con el reto de la división, verdadero escándalo para los no creyentes y con el del enfrentamiento. Dice también el Papa Francisco que a veces consentimos diversas formas de odio, divisiones, calumnias, difamaciones, venganzas, celos, deseos de imponer nuestras propias ideas, ¿a quién vamos a evangelizar con estos comportamientos?

La respuesta a esta situación no puede ser otra que la del cultivo de una espiritualidad de la comunión. A ello nos invitaba con fuerza el Papa San Juan Pablo II a hacer de la Iglesia la casa y la escuela de la comunión.

Pidámosle al Señor la gracia de descubrir en el hermano el rostro de la Trinidad, la gracia de verle como un regalo de Dios y de alegrarnos por sus logros. La Eucaristía, Sacramento del Amor, nos ayudará a ello. Nos ayudará también la intercesión de nuestra Madre, la Virgen María y de San Juan de Ávila, nuestro Patrono. Amén.

UNA FIDELIDAD QUE GENERA FUTURO, por Antonio Gómez Cantero

0

Querida comunidad: laicado y vida consagrada, seminaristas, servidores del altar de distintas parroquias, pero especialmente hoy, queridos hermanos sacerdotes y diáconos, que celebramos como una familia de hermanos la MISA CRISMAL.

Antes de escribir una homilía, doy vueltas, medito, escribo y borro, pienso y contemplo a los que debo dirigirme, pero sobre todo le digo al Señor, ilumina mi corazón y mi pensamiento para que seas tú y no yo quien se comunique. Y creo que este es el camino, muchas veces costoso, de la homilía, para que no sean palabras huecas e intranscendentes. Y esto el Pueblo Santo de Dios lo intuye. Las palabras que os trasmito también van dirigidas a mí, no puede ser de otra manera.

  1. La verdadera sabiduría

Este año hemos vivido, con intensidad espiritual, la beatificación de nuestro Cura Valera, que debe suponer un antes y un después en nuestra vida de clero diocesano. Para ello debemos marcar un camino pautado y revisable que nos lleve a vivir la comunión sacerdotal, entre unos y otros, poniendo al servicio de todos nuestra vida y nuestra misión. Este año celebramos el 11 de mayo en Huércal-Overa el día de nuestro patrón, con los sacerdotes de Cartagena y Guadix, que desean unirse a nosotros. Vendrá a acompañarnos el cardenal François-Xavier Bustillo, de Ajaccio, en Córcega.

Cuando contemplo la vida del beato Salvador Valera Parra, releo lo que nos dice San Pablo, que nadie ande presumiendo, pues no pasamos de ser seres humanos. No nos engañemos, si alguno de vosotros presume de ser un sabio, según los criterios de este mundo, que se convierta en necio para alcanzar la verdadera sabiduría. Dios sabe qué vacíos son los pensamientos de los sabios, -y continúa con fuerza- a nosotros la gente nos ha de considerar como lo que somos: servidores de Cristo y administradores de los misterios de Dios. Y a un administrador lo único que se le pide es que sea fiel.  Cfr. 1Cor 3,18-4,2. Esta es nuestra primera tarea apostólica, buscar e integrar en nuestra vida la verdadera sabiduría de Dios. Y esto nos exige, a todos, una conversión del corazón.

  1. Vivir como ungidos

En lo que llevamos de este curso hemos tenido la gozosa bendición de tres nuevos presbíteros y un diácono, para nuestra Iglesia Diocesana.

Durante la homilía de la ordenación de los presbíteros, recordaba cómo podemos ser otros Cristo: reiterando lo que significa ser ungidos.

¡Cuántas veces hemos reflexionado sobre la caridad pastoral! Nuestra ganancia está sólo en ser otros Cristo. Porque ser ungidos como Cristo, no como los poderosos de este mundo, significa asumir un servicio para los demás y este servicio de donación, nos expropia de nosotros mismos y nos pone de por vida a la disposición del otro, especialmente de aquel que más necesidad tenga: ya sea espiritual, corporal o del tipo que sea. Recordad las obras de misericordia.

Jesús, el Mesías, el Ungido, en los evangelios aparece cómo le ungen los pies, con perfume y con lágrimas Lc 7, 36-50 / Jn 12, 1-8. He dado muchas vueltas a este doble pasaje. ¿Tendrá que ver esta unción con el tipo de mesianismo elegido por el Señor? Como un cordero llevado al matadero, no desde el poder sino desde la humildad y la misericordia. En el salmo 88 vemos como David era ungido con aceite sagrado para darle la fuerza. Pero Jesús es ungido por los pies, Jesús el que lava los pies como un siervo, Jesús y los pies del mensajero que por los montes anuncia la paz.

A nosotros nos han ungido las manos: manos de bautismo, de eucaristía, de perdón, de ayuda, de gestos de ternura. ‘Haced esto en memoria mía’ engloba el lavatorio de los pies, la institución de la eucaristía (cuerpo y sangre entregados) y el mandamiento del amor. Son caminos de misericordia.

Estos caminos de misericordia, en este mundo, no son más convulsos que los de la primera predicación evangélica, son los únicos que nos pueden llevar a Cristo y llevar a Cristo a los demás. Las diatribas en la familia, en la calle, en las redes sociales e incluso en las parroquias y en nuestros grupos y hermandades, entre nosotros mismos, en la Iglesia, nos llevarán al enfrentamiento, pero nunca a la conversión del corazón, pues estos enfrentamientos nacen del orgullo y de posicionamientos ideológicos, no solo políticos sino incluso religiosos, que nos conducirán a la destrucción y al sectarismo más radicalizado. Qué tienes que decir contra los cargos que presentan contra ti, -le preguntaba Pilatos- pero Jesús callaba. Mt 26, 62-63. Como cordero llevado al matadero no abría la boca, profetizó Isaías. Del Cura Valera, no recordamos sus palabras, pero permanece viva su vida entregada.

Y continué diciendo en el día de la ordenación de los nuevos presbíteros. Para empezar, nosotros no somos los puros, y el que diga lo contrario o intente disimularlo, se desliza por sendas farisaicas. Para nosotros es un peligro andar por estas sendas de la autocomplacencia, la falsa sabiduría, o la connivencia con los poderes de este mundo buscando nuestro propio prestigio. Nosotros, somos los humildes amigos del Señor, sus hermanos, con nuestras carencias y nuestros pecados y un mandato, que lavemos los pies, que nos partamos y repartamos, como su Cuerpo, que nos amemos, como él nos ha amado, que seamos uno, para eso hemos sido elegidos. He descubierto que los grandes maestros espirituales fueron misericordiosos con los demás y muy exigentes consigo mismos. Que todos se convenzan por vuestra vida, ahí radica la verdadera autoridad. Una buena conducta –y lo vemos en el Cura Valera- vale más, y permanece en la historia, más que un gran sermón.

  1. Alimentados de la Palabra

El día 28 de febrero, los seminarios de Almería y Cartagena, con otros tantos, pudimos visitar al Papa, convocados por él. Sus palabras dedicadas a los seminaristas, y también a los sacerdotes, nos llegaron al corazón. Lo comentaban los seminaristas cuando salimos. Nos decía: podemos hacer prácticas intrínsecamente buenas, la oración, el estudio, las celebraciones, la vida comunitaria… pero interiormente pueden estar vacías, pues las desnaturalizamos convirtiéndolas en un mero cumplimiento.  Y citando el Papa a Alejandro Casona, añadió: se dice que los árboles mueren de pie, erguidos, conservan la apariencia, pero por dentro ya están secos. Algo semejante puede ocurrir en la vida de un seminarista —y más tarde también en la de un sacerdote— cuando se confunde la fecundidad con la intensidad de muchas actividades, o con el cuidado meramente exterior de las formas. La vida espiritual no da fruto por lo que se ve, sino por lo que está profundamente arraigado en Dios. Cuando esa raíz se descuida, todo acaba secándose por dentro, hasta que, silenciosamente, se termina por morir de pie. Quizás eso nos puede ocurrir a todos a base de repeticiones, como árboles muertos al lado del arroyo de agua viva, conservando, tan solo, la apariencia.

Cuando pensamos en claves mundanas, el ministerio se confunde con un derecho personal, un cargo distribuible, una función burocrática, una justificación para mí mismo, no para el servicio a la comunidad. Y nos olvidamos que el maestro llamó a los que él quiso para que estuvieran con él Mc 3,13-14. No nos creamos que somos importantes si no servimos de corazón.

  1. Padre, que todos sean uno

La Carta Apostólica de nuestro Papa León XIV “Una fidelidad que genera futuro”, un título cargado de esperanza, con motivo el 60 aniversario de los decretos conciliares sobre el sacerdocio: Optatan Totius y Presbyterorum Ordinis, nos puede ayudar a trazar un camino juntos. Os invito a leerla o releerla, si ya lo habéis hecho, y refrescar nuestros compromisos.

Es una pequeña y profunda carta de tan solo 29 párrafos numerados. El párrafo 14, el eje de la carta, es en el que me voy a parar, porque nos invita a custodiar y hacer crecer la vocación. Una tarea que nunca se acaba, custodiar y hacer crecer. El mismo texto nos dice que es un camino y un recorrido ¡os dáis cuenta, otra vez la unción de los pies! Camino y recorrido de conversión y de fidelidad, pero no es una peregrinación individual, pues la misma ordenación nos compromete a trabajar juntos y a cuidarnos unos a otros, si no fuera así nos llevaría al narcisismo y al egocentrismo. Si actuamos solos, individuamente, la comunión, la sinodalidad y la misión, no podrían realizarse, pues el ensimismamiento, que es como un fuego fatuo, nos impediría la escucha y el servicio a los demás.

Todo nuestro servicio está enraizado en Cristo, por Cristo y con Cristo. Por favor, si alguna vez notáis que yo mismo, o alguno de nosotros, nos salimos de este camino, que me busco solo a mi mismo y mi prestigio, que me mundanizo con los poderes de este mundo que tiene tantos rostros, tantos como la pobreza, si veis que no hablo con la unción del servidor fiel y prudente, que me predico a mí mismo, que huyo del servicio callado y humilde, que busco halagos y vanaglorias, que me enredo con mis propios intereses del tipo que sean, que he olvidado mis compromisos de sacerdote de Cristo, por favor avisadme, corrijámonos unos a otros con caridad fraterna, por nuestro bien y por el bien de nuestra Iglesia, que camina peregrina por estas tierras de Almería.

Que Nuestra Señora, en cada una de nuestras queridas advocaciones, Madre de Dios y Madre nuestra, interceda por todos y cada uno de nosotros para que crezcamos todos juntos en el amor de Dios y nos esforcemos por irradiarlo a los demás.  Amén.

+ Antonio Gómez Cantero, vuestro obispo

Ver este artículo en la web de la diócesis

La Misa Crismal reúne al presbiterio diocesano en torno a su Obispo para la renovación de las promesas sacerdotales

0

La Misa Crismal reúne al presbiterio diocesano en torno a su Obispo para la renovación de las promesas sacerdotales

Presidida por el obispo diocesano, Monseñor José Rico Pavés, la Santa Misa Crismal ha tenido lugar hoy, 31 de marzo, a las 11:00 horas en la Santa Iglesia Catedral.

Esta celebración, una de las más significativas del calendario litúrgico, ha reunido al presbiterio diocesano en torno a su Obispo para vivir momentos especialmente relevantes, como la consagración del Santo Crisma y la bendición del Óleo de los enfermos y el Óleo de los catecúmenos. Asimismo, durante la Eucaristía, los sacerdotes han renovado sus promesas sacerdotales, signo de comunión y fidelidad en el ejercicio de su ministerio.

En la homilía, el prelado se dirigió a la familia diocesana —seglares, personas consagradas, seminaristas, diáconos y sacerdotes—, teniendo un recuerdo especial para los presbíteros que atraviesan la enfermedad o el sufrimiento, y por quienes se elevó la oración.

Monseñor Rico Pavés subrayó que «no hay misión sin unción», recordando que Jesucristo, enviado por el Padre y ungido por el Espíritu Santo, inicia su misión para llevar a cabo la obra de la redención. En este sentido, explicó que todos los bautizados participan de esta unción, siendo constituidos en sacerdotes, llamados a ofrecer su vida como culto agradable a Dios; en reyes, viviendo el servicio a los demás; y en profetas, anunciando la Palabra que lleva esperanza al mundo.

Asimismo, señaló que cada vocación en la Iglesia nace del bautismo y se concreta en la misión que cada uno recibe, recordando que no es posible anunciar el Evangelio sin vivir desde esta identidad que el Señor ha regalado.

En el contexto de la celebración de la Semana Santa, invitó a contemplar el misterio de la redención desde la unción del Espíritu Santo, pasando del inicio de la misión de Cristo a su entrega en la cruz y su victoria en la resurrección, reconociendo en ello la presencia de todos los fieles.

A partir de la enseñanza de san Juan de Ávila, propuso meditar la «triple mirada» de Cristo en la cruz. En primer lugar, la mirada al Padre, que permanece incluso en medio del sufrimiento, manifestando su amor y obediencia. En este sentido, animó a vivir con la mirada puesta en Dios para encontrar sentido en las dificultades, recuperar el ánimo y confiar siempre en su amor.

En segundo lugar, destacó la mirada de Cristo sobre sí mismo, cargando con el sufrimiento y la debilidad humana. Invitó así a reconocer la propia fragilidad sin temor, recordando que el Señor cuenta con la debilidad del hombre para llevar adelante su misión y que el cansancio y las dificultades, vividos en fidelidad, forman parte del camino cristiano.

Finalmente, subrayó la mirada de Cristo hacia los demás, una mirada de misericordia que no da a nadie por perdido y que está siempre dispuesta a acoger y socorrer. En este sentido, recordó que el pastor ha de caminar con su pueblo, acompañando, guiando y sosteniendo a todos.

El Sr. Obispo animó especialmente a los sacerdotes a renovar sus promesas con esta misma mirada de Cristo, recordando que han sido llamados a ser instrumentos suyos para llevar el Evangelio al mundo, confiando plenamente en el Señor que se entrega sin reservas.

Concluyó señalando que esta triple mirada conduce a ser verdaderos testigos de la redención, poniendo como ejemplo a la Virgen María, en quien se encuentra la pureza de la mirada que reconoce la bondad en todos.

Tras esta celebración, la Iglesia diocesana se dispone a iniciar el Triduo Santo con la celebración del Jueves Santo, centro del año litúrgico.

La entrada La Misa Crismal reúne al presbiterio diocesano en torno a su Obispo para la renovación de las promesas sacerdotales se publicó primero en Diócesis Asidonia – Jerez.

Ver este artículo en la web de la diócesis

El presbiterio diocesano renueva sus promesas en la Misa Crismal presidida por el obispo de Huelva en la Catedral de la Merced

0

La Santa Iglesia Catedral de la Merced ha acogido en la mañana de este 31 de marzo, Martes Santo, a las 11.00 horas, la solemne celebración de la Misa Crismal, presidida por el obispo de Huelva, Mons. Santiago Gómez Sierra, y concelebrada por numerosos sacerdotes de toda la diócesis.

Se trata de una de las celebraciones más significativas del año litúrgico, en la que el obispo, junto a su presbiterio, bendice los óleos de los catecúmenos y de los enfermos, y consagra el Santo Crisma, que será utilizado a lo largo del año en la administración de los sacramentos del Bautismo, la Confirmación y el Orden Sacerdotal, así como en la dedicación de iglesias y altares.

Durante la celebración, los sacerdotes renovaron también sus promesas sacerdotales, manifestando públicamente su compromiso de servicio al Pueblo de Dios y su fidelidad a la misión recibida. Este gesto expresa la comunión del presbiterio con su obispo y fortalece los vínculos de unidad en la Iglesia diocesana.

En su homilía, Mons. Santiago Gómez Sierra invitó a los presentes a volver al origen de la vocación sacerdotal, a ese “Nazaret” donde cada presbítero fue llamado por el Señor, subrayando la importancia de vivir el ministerio desde la cercanía al Pueblo de Dios, la fraternidad sacerdotal y la fidelidad a la unción recibida. Asimismo, recordó que todo el pueblo cristiano participa del sacerdocio de Cristo, y animó a los fieles a sostener a sus sacerdotes con la oración y el afecto.

La celebración contó con la participación de fieles laicos, miembros de la vida consagrada y representantes de distintas realidades eclesiales, que quisieron unirse a este momento central de la Semana Santa, signo de la vida sacramental y de la unidad de la diócesis.

Al término de la Eucaristía, los óleos bendecidos fueron distribuidos a las parroquias para su uso durante el año, prolongando así en cada comunidad parroquial la gracia de esta celebración.

Homilía íntegra de Mons. Santiago Gómez Sierra

Esta mañana, el Evangelio según san Lucas nos lleva a Nazaret, donde Jesús se había criado (cf. Lc 4,16). Allí lo vemos presentarse por primera vez ante los suyos, reunidos en la sinagoga. Lee el pasaje del profeta Isaías y, después, comienza a hablar mientras todos lo miran con atención.

Esta escena nos invita a mirar también nuestra propia historia. Es bueno volver con el corazón a aquel momento en que Dios nos llamó. Recordar esta Catedral o la iglesia donde fuimos ordenados, cuando el obispo nos impuso las manos, o aquella primera Misa Solemne celebrada con emoción en nuestra parroquia. Ese fue nuestro “Nazaret”: el lugar donde comenzamos a presentarnos ante los demás como sacerdotes, llamados de entre los hombres y enviados a ellos. Hoy, al renovar nuestras promesas sacerdotales en esta Misa Crismal, todos esos recuerdos se hacen presentes y damos gracias por nuestro nacimiento sacerdotal. Y con el salmista podemos decir: Cantaré eternamente las misericordias del Señor (Sal 88, 2ª).

En esta Misa Crismal, resuena con una fuerza especial la Palabra que hemos escuchado: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido» (cf. Is 61,1; Lc 4,18). Jesús se presenta como el Ungido de Dios, el Cristo, que actúa como enviado del Padre y en la unidad del Espíritu Santo y, de esta manera, dona al mundo una nueva realeza, un nuevo sacerdocio, un nuevo modo de ser profeta.

Recordemos, también, que fue en el bautismo cuando todos fuimos ungidos por primera vez con el Santo Crisma, para que entres a formar parte de su pueblo y seas para siempre miembro de Cristo, sacerdote, profeta y rey (Ritual del Bautismo). El libro del Apocalipsis nos lo ha recordado: «Nos ha hecho reino y sacerdotes para Dios, su Padre» (Ap 1,6).

La liturgia de hoy nos sitúa en el corazón del misterio: Cristo es el Ungido, el único Sacerdote, y nosotros participamos de su sacerdocio de dos modos inseparables: el sacerdocio común de todos los fieles y el sacerdocio ministerial. Todo el pueblo es sacerdotal. Y, sin embargo, en medio de ese pueblo, algunos hemos sido ungidos de un modo particular, para servir, para edificar, para hacer presente sacramentalmente a Cristo Cabeza y Pastor. No son dos realidades contrapuestas, sino profundamente unidas, como dos modos de participación en la única vida de Cristo.

En nuestra ordenación sacerdotal las palmas de nuestras manos fueron ungidas con el sagrado crisma para santificar al pueblo cristiano y para ofrecer el sacrificio (Ritual de Ordenación de los presbíteros). El Señor quiere nuestras manos para que, en el mundo, se transformen en las suyas. Quiere que transmitan su toque divino, poniéndose al servicio de su amor. Quiere que sean instrumentos para servir a los hermanos.

Pongamos hoy de nuevo nuestras manos a su disposición y pidámosle que vuelva a tomarlas siempre y nos guíe en nuestra vida ministerial. Para que la rutina diaria no estropee algo tan grande y misterioso, necesitamos volver al momento en que Él nos hizo partícipes de su unción. La unción, queridos hermanos, se reconoce cuando la gente reconoce que el evangelio es predicado por un sacerdote con unción, cuando hemos rezado con las cosas de su vida cotidiana, con sus penas y alegrías, con sus angustias y sus esperanzas. Cuando estamos en esta relación con Dios y con su Pueblo, y la gracia pasa a través de nosotros, somos sacerdotes, mediadores entre Dios y los hombres.

Como recordaba el papa León en la ordenación de presbíteros el pasado 31 de mayo de 2025, nuestra identidad, por tanto, no se entiende fuera de esta relación: somos sacerdotes dentro del pueblo, procedentes del pueblo y enviados al pueblo, y la alegría del ministerio es proporcional a los vínculos que vivimos con el Pueblo de Dios. No hay sacerdocio sin pueblo, ni pueblo plenamente vivo sin el servicio humilde del ministerio sacerdotal.

De esta verdad brota hoy un sentimiento profundo: la gratitud y la humildad.

Gratitud, porque hemos sido llamados a servir a un pueblo totalmente sacerdotal, en el que el Espíritu actúa mucho más allá de lo que vemos o controlamos. ¡Cuántas veces el Señor nos precede en la fe sencilla de los fieles, en los pobres, en los pequeños, en los que sufren!

Y humildad, porque permanecemos dentro de ese pueblo. No estamos por encima, sino en medio. Solo así nuestro testimonio será creíble. No somos perfectos, pero estamos llamados a ser creíbles: cercanos, compasivos, sencillos, como Cristo, decía también el Santo Padre.

Vivir vinculados es también el camino de nuestra fraternidad sacerdotal: sabernos hermanos, no aislados; unidos al obispo, sostenidos por la comunión del presbiterio. Solo unidos a Cristo y entre nosotros podremos dar fruto.

Entre los hermanos sacerdotes, cultivando la fraternidad real, cuidando los vínculos y venciendo el aislamiento. Y con la porción del Pueblo de Dios que se nos ha confiado: escuchar, acoger, discernir juntos, reconocer los carismas, dando espacio a todos los fieles, promoviendo la implicación de todos en la tarea misionera de la Iglesia.

El crisma que hoy consagraremos nos lo recuerda. Con él fueron ungidos los fieles en el Bautismo: todos participan de la dignidad sacerdotal de Cristo. Con él son ungidas nuestras manos: no para apropiarnos de la gracia, sino para servirla, para derramarla, para bendecir. Ungidos para construir la unidad en la caridad.

Queridos fieles, acompañad a vuestros sacerdotes con el afecto y la oración, para que sean siempre Pastores según el corazón de Dios.

Queridos sacerdotes, que Dios Padre renueve en nosotros el Espíritu de Santidad con que hemos sido ungidos, que lo renueve en nuestro corazón de tal manera que la unción llegue a todos y puedan recibir a través de nuestras palabras y obras ese óleo de alegría que les vino a traer Jesús, el Ungido.

Y por esto hoy queremos también renovar las promesas con que nos vinculamos a Cristo el día de nuestra ordenación mediante este sacramento.

Pidamos a la Virgen María, Madre de la Iglesia, que nos enseñe a vivir así nuestro ministerio: dentro del pueblo, al servicio del pueblo, con un corazón configurado con el de Cristo.

Amén.

La diócesis invita a todos los fieles a vivir con intensidad estos días santos, participando en las celebraciones litúrgicas y acompañando al Señor en su Pasión, Muerte y Resurrección.

GALERÍA DE FOTOS

La entrada El presbiterio diocesano renueva sus promesas en la Misa Crismal presidida por el obispo de Huelva en la Catedral de la Merced se publicó primero en Diócesis de Huelva.

Ver este artículo en la web de la diócesis

MISA CRISMAL: “No somos los puros, sino los humildes amigos del Señor”

0

En la mañana del Martes Santo, a las 12:00 horas, la diócesis de Almería celebró la Misa Crismal, adelantada respecto a su ubicación litúrgica habitual en la mañana del Jueves Santo. En torno a nuestro obispo, D. Antonio, se congregó una amplia representación del Pueblo de Dios: sacerdotes, religiosos, laicos y también varios sacerdotes estudiantes que, durante estos días, colaboran en las parroquias ante el aumento de celebraciones propias de la Semana Santa.

Durante la celebración se bendijeron los óleos sagrados —de los enfermos, de los catecúmenos y el santo crisma— que serán distribuidos posteriormente a todas las parroquias de la diócesis para su uso en los sacramentos. La Eucaristía estuvo acompañada musicalmente por el cuarteto Anacrosa, que contribuyó a realzar la solemnidad del momento.

En su homilía, nuestro obispo se dirigió de manera especial a los sacerdotes, recordando la reciente beatificación del Cura Valera como modelo también para los presbíteros del siglo XXI. En sus palabras, destacó: “A nosotros nos han ungido las manos. Manos de bautismo, de perdón, de gestos de ternura… estos caminos de misericordia son los únicos que pueden llevar a Cristo y llevar a Cristo a los demás”.

El obispo subrayó que del Cura Valera no recordamos tanto sus palabras como su entrega generosa al pueblo, invitando a los sacerdotes a vivir desde la humildad: “No somos los puros, sino los humildes amigos del Señor, con nuestras carencias y pecados, llamados a vivir el mandamiento del amor y la unidad”. Asimismo, recordó que “una buena conducta vale más que un buen sermón”.

En otro momento, evocó también unas palabras del papa León dirigidas a seminaristas de Murcia y Almería, en las que advertía sobre el peligro de una vida espiritual vacía: “Podemos realizar prácticas intrínsecamente buenas, como la oración o el estudio, pero interiormente pueden estar vacías. La vida espiritual no da fruto por lo que se ve, sino por lo que está arraigado en Dios. Si se descuida, silenciosamente morirá de pie”.

Tras la homilía, los sacerdotes renovaron sus promesas sacerdotales ante el obispo y la comunidad reunida. Antes del rezo del Padrenuestro se bendijo el óleo de los enfermos; después de la comunión, el de los catecúmenos; y finalmente el santo crisma, al que se añadió perfume antes de su consagración, signo de la plenitud del Espíritu.

Al concluir la celebración, el deán de la catedral, Juan José Martín Campa, dio gracias a Dios por los óleos bendecidos y por el cariño que el Pueblo de Dios muestra a sus pastores. En este contexto, se destacó también un gesto significativo: el compositor Don Luis Craviotto hizo entrega al archivo de la catedral de la partitura de la misa titulada “Vosotros que habéis creído”, interpretada durante la celebración. En nombre del presbiterio se le agradeció este generoso regalo, a lo que el autor respondió con sencillez: “Gracias por vuestra vida de sacerdotes”.

Posteriormente, los óleos fueron llevados para su adecuada conservación, desde donde serán distribuidos a todas las parroquias de la diócesis. La jornada concluyó con una comida fraterna en la casa sacerdotal.

Ver este artículo en la web de la diócesis

Enlaces de interés

ODISUR
Resumen de privacidad

Esta web utiliza cookies para que podamos ofrecerte la mejor experiencia de usuario posible. La información de las cookies se almacena en tu navegador y realiza funciones tales como reconocerte cuando vuelves a nuestra web o ayudar a nuestro equipo a comprender qué secciones de la web encuentras más interesantes y útiles.