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MISA CRISMAL: «Quizás debemos echar la red al otro lado y dejar tantas inercias que arrastramos del polvo de la historia»

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Mi querida Comunidad.

Gracias queridos sacerdotes por manteneros en la misión.  Gracias por construir y alentar a las comunidades que forman la iglesia. Gracias a los que habéis dedicado toda vuestra vida al servicio del Reino. Gracias a los que de una manera u otra habéis sido Buen Pastor en medio de este Pueblo Santo que camina en la diócesis de Almería. Mi reconocimiento y mi gratitud por acompañarme también en esta tarea.

Aún resuenan las palabras de la primera lectura.

“El Señor me ha enviado… (lo sabéis de memoria, pero dejadme que me fije en el resumen final del texto) para dar a los afligidos una diadema en lugar de cenizas, perfume de fiesta en lugar de duelo, un vestido de alabanza en lugar de un espíritu de abatido, vosotros os llamaréis ‘sacerdotes del Señor’, dirán de vosotros ‘ministros de nuestro Dios’.” Is 61, 3. 6a

Esta será la vocación y la misión de Jesús en la sinagoga de Nazaret, allí donde se había criado. Resumió proclamando esta lectura que acabamos de escuchar todo su plan salvador. Y también es nuestra misión. ¿Cómo podemos ser portadores de la Nueva Noticia, es decir evangelizadores? Es un buen programa el del texto de Isaías. En lugar de cenizas una diadema, en lugar de lamentos, perfume de fiesta, en lugar de abatimiento un vestido de alabanza. Diademas, perfumes, ropajes nuevos… pensémoslo bien.

El decreto del Vaticano II sobre el sacerdocio ministerial (Presbyterorum ordinis) nos habla de la ‘caridad pastoral’, aunque la expresión apareció por primera vez en el Concilio, hablando de la santidad a la que estamos llamados los obispos, que por medio de todo tipo de preocupación episcopal y de servicio, podamos cumplir perfectamente el cargo de la caridad pastoral. (LG 5,41b). Esta expresión ‘caridad pastoral’ no vuelve a aparecer hasta el capítulo 14 de la PO, en el año 1965, a petición de 14 padres sinodales franceses, como principio unificador de la vida del sacerdote. Es bien interesante este número 14 que se puede dividir en tres partes:

Primero, nos presenta la fracturación del mundo moderno y por tanto también de nosotros que estamos envueltos y distraídos en muchísimas obligaciones del ministerio, además viviéndolo con ansiedad. Ante tanto trajín de actividades externa ansiamos unificar nuestra vida interior. Esa unidad de vida no la vamos a lograr ordenando exteriormente todas las actividades, ni siquiera lo lograremos con la práctica de los ejercicios de piedad, aunque algo nos ayude. Sin embargo, podríamos construir esa unidad si siguiéramos más de cerca el ejemplo de Cristo, cuya comida era hacer la voluntad de Aquel que lo envió. Así siendo Buen Pastor en el día a día, encontraremos en el ejercicio de la caridad pastoral esa unión tan necesaria de vida y acción y hallaremos el vínculo de la perfección sacerdotal.

Después, el texto nos muestra unas claves unificadoras. Nos pide que nos esforcemos en vivir la Eucaristía, reproduciendo el sacrificio de Cristo en el altar, en la entrega diaria a los demás. Sacrificando nuestra vida por los demás. Pero esto no lo vamos a lograr si no penetramos, por medio de la oración en el misterio de Cristo entregado. No hay entrega si nos encerramos en nosotros mismos.

Finalmente, nos propone un modo de actuar. La fidelidad a Cristo no puede separarse de la fidelidad a la Iglesia. Así, pues, la caridad pastoral nos pide que, para no correr en vano, trabajemos siempre los presbíteros en ‘unión de comunión’ con el Obispo y con los otros hermanos sacerdotes. Actuando de esta manera, es como los presbíteros hallaremos la unidad de nuestra vida en la unidad misma de la misión de la Iglesia, y así estaremos unidos al Señor.

Hermanos, sabéis que esta celebración debía ser la mañana del Jueves Santo, pero los motivos pastorales hacen que la celebremos el Martes Santo. Cada vez que celebramos la Eucaristía, resuena el eco de todos los lazos tejidos con la vida de nuestra comunidad. Cuando celebramos la Santa Misa, nunca estamos solos, aunque seamos muy pocos, porque llevamos el polvo de los pies de todo el mundo.

Pensad que cada vez que comienza esta Sagrada Cena, la mirada de Cristo planea compasiva ante todos los que están como ovejas sin pastor, y fijará su mirada sin duda en la oveja perdida o en el hijo que huyó del calor del hogar del Padre, o en aquel que no puede levantarse de la vera del camino, por donde transitamos todos… por eso los que venimos a participar diariamente del Cuerpo y la Sangre del Señor, no podemos ser iguales que los que nunca celebran la Misa, tenemos que ser más misericordiosos, más compasivos, más entregados, más justos…

Por eso nosotros los sacerdotes, que consagramos y partimos el Cuerpo de Cristo para alimentar al Pueblo Santo de Dios, debemos de volcar nuestra vida en la Comunidad que nos ha sido entregada y que obedientemente nos ha acogido, y también en la Fraternidad entre nosotros. Reunirnos, rezar juntos, buscar espacios de encuentro y de diálogo, formarnos, buscar nuevos caminos de evangelización y acercamiento a los que no están en nuestras comunidades y descansar juntos, no es una estrategia pastoral, es una realidad espiritual que dimana del mismo corazón de Cristo, de la misma Eucaristía. Eligió a los apóstoles para que estuvieran con él. No vale que cada uno esté por su parte y por su cuenta. Si es así haremos un flaco favor a la evangelización de nuestros pueblos.

Cada vez que consagramos el pan y el vino, cada vez que comemos su Cuerpo y bebemos su Sangre proclamamos: ¡Este es el misterio de nuestra fe! ¡Cuántas veces lo hemos repetido sin quizás darnos cuenta de lo que decimos y de lo que esto conlleva en nuestra vida!

Finalmente, sabemos que en la Iglesia –y también en nuestra Diócesis­-  tenemos muchos y nuevos desafíos, porque vivimos nuevos tiempos y necesitamos nuevas respuestas. Pero muchas veces somos fatalistas: “Ya no se puede hacer nada, tenemos que aceptar la situación a la que hemos llegado, la vida es así…” Muchas veces pienso que si hubieran tenido los mismos sentimientos los primeros misioneros: Pedro, Pablo, Santiago, Juan…  habrían vuelto a sus tareas y lo hubieran dejado todo. Y ellos lo tuvieron mucho más difícil que todos nosotros. Cuando pienso que pintaba un pobre pescador de una tierra remota, llamada Galilea, en la capital del mundo, Roma, predicando a un Jesús de Nazaret, que había resucitado… Lo tuvieron mucha más difícil. Sin duda.

Mirad, si no creemos realmente en el poder de la Palabra de Dios y en sus promesas estamos al borde del pozo del ateísmo, y sobre todo perdiendo el tiempo y perdiendo la vida. Pero el Señor, igual que a ellos, nos pide que volvamos a pescar de nuevo. Y nos volveremos a quejar, quizás con mayor despecho: “No hay posibilidades, hemos gastado ya la vida, no vamos a coger nada, no tenemos repuesto, no hay nada que hacer”. Punto. Y el Señor insistirá: “Echad la red al otro lado”. Quizás es esa la cuestión, que debemos cambiar de lado y dejar tantas inercias que arrastramos del polvo de la historia.

No dejemos ni un día de meditar la Palabra de Señor y así podremos ser de verdad apóstoles y testigos en medio del mundo, ¡no con miedo al mundo! No se trata de hablar mucho, sino de irradiar a Cristo, que es el que nos envía, no se nos olvide. Cristo que nos reconcilió con el Padre, entregando su vida, nos ha hecho ministros de la reconciliación, no sólo por las horas que podamos escuchar confesiones y perdonando, sino también porque que allí donde hay una disputa familiar, un enfrentamiento entre padres e hijos, o entre vecinos, o entre clases sociales, o entre seguidores de tal o cual partido político, e incluso entre pueblos, allí, debemos de poner paz y concordia entre los enfrentados.

A raíz de lo que os he comentado, quiero terminar con unas palabras de Benedicto XVI a los sacerdotes:

«Cristo, que es el Camino, la Verdad y la Vida, ha de ser el tema de nuestro pensar, el argumento de nuestro hablar, el motivo de nuestro vivir. No antepongáis nada al amor de Cristo. Dios es la única riqueza que los hombres desean encontrar en nosotros los sacerdotes«.

Que así sea para todos nosotros. ¡Ánimo y adelante!

+ Antonio, vuestro obispo

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“Tened los sentimientos de Cristo” (Flp 2,5). Mensaje para la Semana Santa

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Amigos miembros de hermandades y cofradías y todos aquellos que en los días de la Semana Santa os acercáis a contemplar y vivir más de cerca los misterios de la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo, permitidme que desde esta tribuna os haga llegar algunas reflexiones para esta semana tan importante.

Es indudable la contribución de las cofradías y hermandades de nuestra archidiócesis de Granada, así como de la Real Federación, que las agrupa en nuestra capital, a poner en valor la Semana Santa y su contenido religioso, así como procurar su realce. De todo ello soy testigo a lo largo de este año y medio que llevo entre vosotros. Por eso, quiero mostraros como Arzobispo mi gratitud y reconocimiento, y hacerlo extensivo a todos los que participan en los actos de culto, procesiones y demás manifestaciones de la religiosidad popular que se llevan a cabo. Pero a la vez, permitidme recordar que la esencia de estos días solo se puede descubrir plenamente desde la fe, es decir, únicamente podremos valorar adecuadamente lo que celebramos en la Semana Grande si caemos en la cuenta de que Jesús es el Hijo de Dios y de que dio la vida por salvar a la humanidad.

Nadie pone en duda el cada vez más reconocido valor cultural y artístico de nuestra Semana Santa granadina, que, a medida que lo voy conociendo, su belleza me cautiva y admira más; y hemos de seguir cuidándolo como parte de nuestro patrimonio y, sobre todo, como aspecto propio de nuestra Tradición cristiana, inseparable de nuestras señas de identidad granadina. Pongo Tradición con mayúscula deliberadamente, porque no me refiero a una tradición menor, sino que nuestra Semana Santa forma parte de la Tradición de la Iglesia: el mensaje que queremos trasmitir con nuestros pasos y nuestras procesiones lo hemos recibido de nuestros padres y abuelos, y ellos de los suyos, y así hasta llegar a la primitiva Iglesia cristiana, que fue testigo ocular de estos hechos que nos narran los Evangelios y que, presente en nuestra tierra desde los inicios de la Iglesia por la predicación de san Cecilio, ahora mostramos en nuestras calles con los bellos pasos procesionales.

No caigamos en la tentación de ver la Semana Santa como algo del pasado, o simplemente costumbrista o estético y no digamos como un “paquete turístico” que vender como un atractivo más. La Tradición que hemos recibido y que vivimos de manera especial en las celebraciones litúrgicas del Triduo Pascual, nos recuerda que Jesús resucitó, que está vivo, y que quiere seguir pisando nuestras calles a través de cada uno de nosotros. Por eso invito, especialmente a los cofrades, a que no solo salgáis estos días con vuestros pasos procesionales a representar unas escenas del pasado, sino que deis vida a ese Misterio imitando las actitudes de Cristo y haciendo así que siga vivo en medio de nosotros.

Os animo también a recibir el Sacramento de la Penitencia como signo de verdadera conversión y a participar, de manera consciente y activa, en la bella liturgia de las celebraciones de la Semana Santa en el interior de nuestros magníficos templos, acercándoos bien dispuestos a recibir en la Sagrada Comunión al mismo Cristo, pues “el amor y el cuidado de las manifestaciones de piedad tradicionalmente estimadas por el pueblo debe llevar necesariamente a valorar las acciones litúrgicas, sostenidas ciertamente por los actos de piedad popular” (Directorio sobre Piedad popular y Liturgia, 138).

Nuestros mayores nos han legado la Tradición más bella jamás contada en la historia de la humanidad: que un hombre inocente dio la vida por la humanidad. La historia de amor más grande del mundo. La del Hijo de Dios hecho hombre que se entregó por nosotros en la Cruz y resucitó victorioso de la muerte. ¡Salid a la calle a seguir anunciando el mensaje de amor que Cristo nos legó! Pero, no como una historia del pasado, sino para contar que ese mismo Jesús, acompañado de su Madre Santísima, sigue ofreciendo su mano al hombre y la mujer de hoy para que descubran el verdadero amor, ese amor gratuito y entregado del que la pasión de Cristo da testimonio, y que nosotros hemos de testimoniar con coherencia para con los enfermos y los más pobres y necesitados de nuestro tiempo que prolongan con su sufrimiento la pasión de Cristo.

San Pablo nos invita a ello y resume mejor que nadie cuáles han de ser nuestros sentimientos en la Semana Santa y en general en nuestra vida de cristianos cuando nos señala: “Tened entre vosotros los sentimientos propios de Cristo Jesús. El cual, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios; al contrario, se despojó de sí mismo tomando la condición de esclavo, hecho semejante a los hombres. Y así, reconocido como hombre por su presencia, se humilló a sí mismo, hecho obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz. Por eso, Dios lo exaltó sobre todo… y toda lengua proclame: Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre” (Flp 2, 1-11).

Vivamos, por tanto, estos días hondamente y no nos quedemos en el exterior del misterio cristiano o solo en lo emocional, sino que revivamos los sentimientos que Cristo experimentó a lo largo de su pasión, muerte y resurrección, para que podamos llegar a experimentar que El sigue muriendo por mí y por ti, y así podamos afirmar, no por lo que dicen otros, sino por nosotros mismos, que Jesús ha resucitado y nos invita a la esperanza que trasciende la muerte y da sentido a la vida.

+ José María Gil Tamayo
Arzobispo de Granada
Marzo de 2024

Martes Crismal. «Damos gracias a Jesús por el don del sacerdocio que ha dejado a su Iglesia»

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La Catedral de La Laguna volvió a congregar a un numeroso grupo de presbíteros provenientes de diferentes puntos de la diócesis, para celebrar la Misa Crismal. Durante la celebración, presidida por el obispo, los sacerdotes renovaron las promesas que realizaron en el día de su ordenación.

Esta Misa Crismal es una de las principales manifestaciones de la plenitud sacerdotal del Obispo y signo de la unión estrecha de los presbíteros con él. Tradicionalmente, en nuestra diócesis, se celebra el martes y no en la mañana del Jueves Santo, para facilitar la presencia del clero.

En la celebración el prelado nivariense consagró el Santo Crisma que se emplea para el bautismo, la confirmación y la ordenación sacerdotal, y bendijo los óleos de los catecúmenos y de los enfermos.

En la Eucaristía, además, se pidió por los curas fallecidos desde la última Misa Crismal y se dio gracias por aquellos sacerdotes que cumplen este año sus bodas de plata y oro en el ministerio presbiteral. En este sentido, están celebrando 25 años de ordenados Silvestre Gorrín, Javier José Jiménez, Eduardo Rodríguez, Francisco Javier de la Rosa, Sigfredo Antonio Pérez y Juan Antonio Guedes. Por su parte, cumplen bodas de oro Juan Manuel Pérez Piñero y Alfredo Castilla.

Asimismo, se dio gracias a Dios por la ordenación sacerdotal de David Barreto.

Monseñor Álvarez, en su homilía recordó que el sacerdocio es un don al servicio de Dios y de la Iglesia. “El Espíritu desciende sobre nosotros, como descendió sobre Cristo, para hacer de la Iglesia el instrumento de la evangelización y santificación de los hombres. La Iglesia diocesana, aparece así, como una comunidad creyente bendecida por el Señor para que todos los hombres, pueblos y naciones, reciban la salvación”.

El prelado Nivariense invitó a los presbíteros a tener la mirada muy atenta en el Señor. “El evangelio de San Lucas que proclamamos hoy dice que toda la sinagoga tenía los ojos calvados en él, en Jesús. Os invito a clavar también nosotros los ojos en Jesús para, en él y por él, mirar al don del sacerdocio que ha dejado a su Iglesia”.

Por último, el obispo hizo hincapié en que una buena pastoral debe tener siempre en cuenta tres verbos. “Corregir” lo que va mal, “impulsar” lo que está bien para que siga desarrollándose más y mejor, e “instaurar” lo que nos falta.

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Monseñor Saiz a los sacerdotes: “Se trata de entregar la propia vida”

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Monseñor Saiz a los sacerdotes: “Se trata de entregar la propia vida”

La Catedral de Sevilla ha acogido esta mañana la celebración de la Misa Crismal, presidida por el arzobispo hispalense, monseñor José Ángel Saiz Meneses, y concelebrada por monseñor Francisco Javier Lozano, nuncio apostólico, y por los obispos auxiliares de Sevilla, monseñor Teodoro León y monseñor Ramón Valdivia.

En la ceremonia -que ha sido retransmitida por el canal de Youtube de la Catedral- ha participado una amplia representación del presbiterio de Sevilla, así como la comunidad del Seminario Metropolitano y el Redemptoris Mater, y algunos fieles que han querido acompañar al clero en este día.

Monseñor Saiz ha comenzado su homilía explicando que hoy “recordamos especialmente aquel momento en el que por la imposición de las manos del Obispo y la oración consecratoria, fuimos introducidos en el sacerdocio de Jesucristo”.

También hoy “bendecimos los óleos y consagramos el crisma, que servirán para ungir a los catecúmenos, para confortar a los enfermos y para conferir el Bautismo, la Confirmación y el Orden sagrado. En esta celebración también renovaremos las promesas sacerdotales, nuestra consagración y servicio a Cristo y a la Iglesia”.

En su mensaje, el arzobispo pide a los sacerdotes “elevar nuestra mirada a Cristo, que ha conferido el sacerdocio real a todo su pueblo santo, y ha elegido a unos hombres de este pueblo para que participen de su sagrada misión. Estos elegidos y consagrados somos nosotros, sus sacerdotes. En esta celebración recordamos el gran don del sacerdocio, el don del Señor a su Iglesia y, en particular, a cada uno de nosotros”.

Más adelante, ha reflexionado sobre la caridad pastoral, “el principio interior y dinámico que unifica las diferentes actividades pastorales de la vida del presbítero”. Al respecto, ha asegurado que su esencia “es la donación total de sí mismo viviendo las actitudes del Señor, imitando su servicio hasta el extremo, la entrega de la propia vida. Nuestro trabajo pastoral es una manifestación de la caridad de Cristo. No se trata sólo de vivir el desprendimiento de los bienes materiales o del propio tiempo; se trata sobre todo de entregar la propia vida. Este debe ser el criterio, la clave determinante de nuestra existencia, de nuestras relaciones con los demás”

Asimismo, monseñor Saiz ha apuntado que esta caridad pastoral “encuentra su alimento principal y su expresión en la Eucaristía. La celebración de la Eucaristía será el fundamento, la raíz, la cima de nuestra vida sacerdotal. En la Eucaristía -continúa- encontramos la fuerza que nos llevará a anunciar la Buena Nueva sin desfallecimiento, así como a entregarnos a todos, especialmente a los más pobres y necesitados”.

Para don José Ángel otra prioridad fundamental del sacerdote es la oración: “En el contexto actual es urgente para sacerdotes, miembros de la vida consagrada, así como para el laicado, encontrar el equilibrio y las justas proporciones entre la oración, la formación permanente, el trabajo pastoral, el esparcimiento necesario y el descanso; y también es fundamental para responder a la llamada a la santidad, en cada uno de los estados de vida”.

El arzobispo hispalense ha concluido su homilía dando gracias a Dios “por nuestra familia diocesana y por la familia de nuestro presbiterio. Gracias, hermanos sacerdotes, por vuestro trabajo pastoral en este tiempo tan difícil como apasionante, gracias por vuestra entrega generosa”.

La ceremonia ha continuado con la renovación de las promesas sacerdotales de los presbíteros presentes.

A continuación, se ha procedido a la bendición de los santos óleos que se utilizarán para la unción: el santo crisma, el óleo de los catecúmenos y el óleo de los enfermos, es decir, el óleo que servirá para ungir a los catecúmenos en el bautismo, los bautizados que reciban la confirmación, los enfermos en su dolor, y finalmente, los candidatos al sacerdocio.

Fotografías de Miguel Ángel Osuna

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Homilía de la Misa Crismal (26-03-2024)

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Homilía de la Misa Crismal (26-03-2024)

Catedral de Sevilla

Lecturas: Is 61,1-3a.8b-9; Sal 88,21-22.25.27; Ap 1,5-8; Lc 4,16-21

Un año más celebramos la Misa Crismal, en la que se reúnen los presbíteros con su Obispo en torno al altar. Hoy recordamos especialmente aquel momento en el que por la imposición de las manos del Obispo y la oración consecratoria, fuimos introducidos en el sacerdocio de Jesucristo. Queridos obispos auxiliares, vicario judicial, vicarios episcopales, secretario general, arciprestes, delegados, presbíteros y diáconos, miembros de la vida consagrada, miembros del laicado. Hoy bendecimos los óleos y consagramos el crisma, que servirán para ungir a los catecúmenos, para confortar a los enfermos y para conferir el Bautismo, la Confirmación y el Orden sagrado. En esta celebración también renovaremos las promesas sacerdotales, nuestra consagración y servicio a Cristo y a la Iglesia.

“El Espíritu del Señor, Dios, está sobre mí, porque el Señor me ha ungido. Me ha enviado para dar la buena noticia a los pobres, para curar los corazones desgarrados” (Is 61, 1). Hoy elevamos nuestra mirada al Padre, que constituyó a su Hijo único Pontífice de la Alianza nueva y eterna por la unción del Espíritu Santo; elevamos nuestra mirada a Cristo, que ha conferido el sacerdocio real a todo su pueblo santo, y ha elegido a unos hombres de este pueblo para que participen de su sagrada misión. Estos elegidos y consagrados somos nosotros, sus sacerdotes. En esta celebración recordamos el gran don del sacerdocio, el don del Señor a su Iglesia y, en particular, a cada uno de nosotros.

Dar la buena noticia a los pobres y curar los corazones desgarrados. No son las tareas propias de una correcta gestión administrativa, o de una organización meticulosa y eficaz; no son tareas circunscritas al ámbito externo. Se trata de labores más complejas y delicadas, que requieren una disposición concreta del corazón, que implican salir al encuentro de los demás y compadecerse, conmoverse ante el hermano necesitado, ante el hermano caído al borde del camino. En nuestro día a día pastoral compartimos la alegría de las familias en los Bautizos, en las Primeras Comuniones, en las Confirmaciones, en los Matrimonios; nos llena de gozo acompañar a las personas que maduran en su vida de fe; ayudamos a los necesitados en todos los sentidos; escuchamos y compadecemos los corazones desgarrados por la dureza de la vida, ofreciéndoles bálsamo para sus heridas. Ojalá podamos llegar a decir como san Pablo: “me he hecho todo para todos, para ganar, sea como sea, a algunos. Y todo lo hago por causa del Evangelio” (I Cor 9, 22-23).

El ejercicio de nuestro ministerio no está exento de dificultades, y también se hacen presentes el cansancio y el desánimo. Sobre ello nos alertaba el Papa Francisco en la exhortación apostólica Evangelii gaudium: el exceso de actividades, o las actividades mal planteadas, sin las motivaciones convenientes, sin una espiritualidad que impregne toda la acción. De ahí que, en ocasiones, las tareas cansen más de lo razonable o pueda llegar el desánimo. El desánimo llega por querer realizar proyectos imposibles, o por no conformarnos con las propias limitaciones, o por no medir bien nuestras fuerzas ante las dificultades del momento presente; o por apegarnos a proyectos que no son realistas, o buscan el interés personal. También corremos el riesgo de perder el contacto real con el pueblo fiel, prestando más atención a la organización que a las personas concretas, o dejándonos llevar por la impaciencia en lugar de saber esperar y acompañar el ritmo de cada uno (cf. EG 82).

Queridos hermanos: Por la imposición de las manos del Obispo y la oración consecratoria participamos del único sacerdocio de Jesucristo. A través de la consagración sacramental hemos sido configurados a él, y nuestra vida ha quedado especificada por aquellas actitudes de Cristo Buen Pastor, que se resumen en la caridad pastoral. La caridad pastoral es el principio interior y dinámico que unifica las diferentes actividades pastorales de la vida del presbítero. La esencia de la caridad pastoral es la donación total de sí mismo viviendo las actitudes del Señor, imitando su servicio hasta el extremo, la entrega de la propia vida. Nuestro trabajo pastoral es una manifestación de la caridad de Cristo. No se trata sólo de vivir el desprendimiento de los bienes materiales o del propio tiempo; se trata sobre todo de entregar la propia vida. Este debe ser el criterio, la clave determinante de nuestra existencia, de nuestras relaciones con los demás. Por eso el sacerdote más allá de ser una persona correcta, bien educada y agradable en las relaciones humanas, ofrece una palabra siempre profética, y su compromiso comporta una entrega de la vida por Dios y por los hermanos.

La caridad pastoral encuentra su alimento principal y su expresión en la Eucaristía. La celebración de la Eucaristía será el fundamento, la raíz, la cima de nuestra vida sacerdotal, el misterio que llena nuestra existencia porque configurados a Cristo también ofrecemos nuestra vida, que se va transformando. En la Eucaristía encontramos la fuerza que nos llevará a anunciar la Buena Nueva sin desfallecimiento, así como a entregarnos a todos, especialmente a los más pobres y necesitados.

¿Y cómo desarrollar esta labor pastoral? Desde la vivencia de una sintonía profunda con Cristo, el Buen Pastor. En el escenario que nos toca vivir, son numerosas las tareas que hemos de desempeñar, y no son menores los problemas y dificultades, las urgencias, que nos pueden llevar al agobio y la dispersión. Por eso es importante mantener clara la conciencia de que la fuente de la unidad de nuestra vida es Cristo. Sólo desde la unión con él podemos perseverar en la búsqueda de la voluntad del Padre y en la entrega fecunda por el rebaño que se nos ha confiado.

Son tantas las urgencias pastorales del momento presente, que fácilmente caemos en el activismo. Pero no podemos olvidar que Jesús llama a los Apóstoles, en primer lugar, para que estén con Él (cf. Mc 3, 14); y que él mismo quiso dejarnos el testimonio de su oración. Los Evangelios nos presentan con mucha frecuencia a Cristo en oración. Toda su actividad cotidiana procedía de la oración. Hasta el final de su vida, en la última Cena, durante la agonía, en la Cruz, el Señor muestra que la oración animaba su ministerio. Por eso, la prioridad fundamental del sacerdote es su relación personal con Cristo a través de la oración. En el contexto actual es urgente para sacerdotes, miembros de la vida consagrada, así como para el laicado, encontrar el equilibrio y las justas proporciones entre la oración, la formación permanente, el trabajo pastoral, el esparcimiento necesario y el descanso; y también es fundamental para responder a la llamada a la santidad, en cada uno de los estados de vida.

La vivencia de nuestro sacerdocio llena las 24 horas del día, toda la existencia, como un don total a Dios y a los hermanos, como una ofrenda agradable al Padre; siguiendo el ejemplo de Jesús, que entrega su vida en la cruz para la salvación del mundo, que «no ha venido a ser servido, sino a servir y dar su vida en rescate por muchos» (Mc 10, 45). Doy gracias a Dios por nuestra familia diocesana y por la familia de nuestro presbiterio. Gracias, hermanos sacerdotes, por vuestro trabajo pastoral en este tiempo tan difícil como apasionante, gracias por vuestra entrega generosa. Pedimos a María santísima, Nuestra Señora de los Reyes, que nos proteja y que interceda por nuestra familia diocesana. Ella se mantuvo fiel hasta el final, y nos ayuda a renovar cada día nuestro ministerio sacerdotal. Así sea.

 

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Asidonia-Jerez vive la Misa Crismal

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El primer templo de la Diócesis ha acogido esta mañana la celebración de la Misa Crismal presidida por Monseñor José Rico Pavés, Obispo de Asidonia-Jerez.

PINCHA AQUÍ PARA VER LA CELEBRACIÓN COMPLETA

En la jornada de hoy, la Santa Iglesia Catedral ha acogido la celebración de la Misa Crismal, presidida por Monseñor José Rico Pavés, Obispo de Asidonia-Jerez. En esta Eucaristía se han vivido diversos momentos especiales, como la consagración del Santo Crisma y la bendición del Óleo de los enfermos y el Óleo de los catecúmenos, además de la renovación de las promesas sacerdotales de los miembros del presbiterio de nuestra Diócesis. Cabe mencionar, como curiosidad, que la consagración del Santo Crisma y bendición del Óleo de los enfermos y de los catecúmenos solamente la puede realizar un Obispo.

En la homilía, el Sr. Obispo de Asidonia-Jerez ha recordado la importancia de darnos cuenta de que la liturgia es capaz de hacernos saborear lo que viviremos en la vida eterna. Igualmente, ha destacado la idea de que «por el don de la fe, por la participación en los Sagrados Misterios, por el ejercicio de la caridad que hemos recibido de Cristo, vivimos ya en el hoy de Dios». Asimismo, ha mencionado la característica especial de la celebración de la Misa Crismal, donde se destaca el Santo Crisma que nos recuerda que «por la Confirmación que lleva a plenitud el don del Espíritu Santo recibido en el bautismo, hemos sido constituidos reino».

Por otro lado, siguiendo con la misma idea, en esta celebración hay que dar gracias a Dios por darnos su luz a través del encuentro con Él, y de esta forma y configurar nuestro corazón para así llevar a plenitud la misión a la que nos llama. Asimismo, ha destacado la comunión, como Pueblo de Dios que se nos pide la unión como Iglesia, custodiando así este cuerpo que tiene como alimento el amor de Cristo. Sabiendo que en el momento que vivimos, el Papa nos pide a través del Sínodo caminar para así llevar a cabo nuestra misión.

En otro orden de ideas, ha destacado la renovación sacerdotal que se realiza en la Misa Crismal. Deteniéndonos en cada una de las preguntas a la que contestarán los distintos presbíteros, para así profundizar en ellas. En primer lugar, ha subrayado la idea de acordarnos del primer amor, ya que el Señor nos llama a vivir el sacerdocio como novedad, y así ser familia de sacerdotes que se alimenta de la oración y cercanía del Padre. En segundo lugar, es fundamental la unión con Cristo, siendo servidores para así poder trasladar ese amor de Él a los demás. Y en tercer lugar, saber la importancia de dispensar lo que el Señor nos ha regalado, ya que cada gesto será una señal de amor de Cristo.

Por último, siguiendo con la misma idea, ha realizado un llamamiento a los fieles que también tienen el deber de acompañar a los sacerdotes, ya que siendo comunión, seremos capaces de proclamar la fuerza de la misión que tenemos como Iglesia. Asimismo, como es tradicional, ha finalizado la predicación mencionado a María, de la que aprendemos la docilidad al Espíritu Santo.

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El presbiterio diocesano renueva las promesas en una Misa Crismal ante la presencia de tres obispos

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Como cada Martes Santo, las campanas de la Catedral repicaban desde las 10 y media de la mañana para anunciar la celebración de la Misa Crismal. La que reúne a todo el presbiterio diocesano para renovar sus promesas sacerdotales y en la que son bendecidos los santos óleos y el crisma que se usarán para los sacramentos para todo el año.

Más de un centenar de presbíteros, junto a los diáconos y seminaristas llegaban a la Catedral para celebrar junto al Obispo de Jaén esta solemne celebración eucarística que expresa de manera la comunión afectiva y efectiva de cara a un mejor servicio ministerial, desde la unidad eclesial, que encarna el Obispo Don Sebastián.

Del mismo modo, los dos obispos eméritos, Don Ramón del Hoyo y Don Amadeo Rodríguez Magro, han querido unirse a la Misa Crismal. Así también, junto al Vicario y Provicario General, se han hecho presentes los miembros del Consejo de Gobierno, el Deán y los canónigos, así como el Prelado de honor de Su Santidad, el sacerdote diocesano, D. Fernando Chica Arellano, que en la actualidad es observador permanente de la Santa Sede de FAO, PMA y FIDA.

Como en años anteriores, ha sido la cooperativa Santa Ana-San Isidro de Torredelcampo, quien ha donado sesenta litros de aceite de oliva virgen extra a la Diócesis de Jaén para su bendición y consagración en esta celebración. Una donación de la que hacía entrega, Lola Ramírez Albín al Provicario General, D. José Antonio Sánchez Ortiz, el pasado 18 de marzo.

Homilía

El Obispo de Jaén ha comenzado su predicación saludando a sus predecesores, Don Ramón y Don Amadeo y recordando la Última Cena: “Siempre resulta emocionante esta celebración que nos introduce entrañablemente en la Última Cena, donde contemplamos a Jesús, con la idea inevitable de su muerte inminente. Es el momento de la revelación máxima del amor de Jesús, manifestado en su muerte prevista y aceptada serenamente, en el amor y en la obediencia, en la fidelidad y en la entrega. En el amor y la entrega de Jesús se manifiesta y se desborda el amor de Dios como realidad absoluta y definitiva.  El amor de Dios, en Cristo y por Cristo, se nos acerca, se constituye fuente de perdón y de vida, de justificación, de fraternidad y de salvación para todos nosotros”. A la vez que señalaba la vocación sacerdotal en la Eucarística: “En la Eucaristía está en germen toda nuestra espiritualidad y toda nuestra pastoral. La espiritualidad de la vida sacerdotal consiste en poner nuestra vida entera al servicio de la misión de Jesús, con humildad, autenticidad y diligencia”. En este sentido, y dirigiéndose de manera particular a sus sacerdotes los ha exhortado: “Por eso, hermanos, nosotros debemos tener un auténtico empeño en vivir la Eucaristía, porque es lo esencia de nuestro día a día.  Fundamentalmente para eso nos ordenamos, para ser ministros de la Eucaristía. Todo lo demás, la predicación, la visita a los enfermos, la catequesis, las clases, la oración litúrgica…, todo ello no se entiende sin la Eucaristía. No estoy diciendo que todo lo demás sea secundario, sino que hay que entenderlo en función de la Eucaristía.

Monseñor Chico Martínez ha animado a su presbiterio en avivar su vocación como don para la Iglesia a pesar de las dificultades en el camino diario: “Queridos hermanos sacerdotes, las dificultades que encontramos hoy en nuestro ministerio nos están pidiendo a gritos que nos centremos cada vez más claramente en lo que es esencial y lo hagamos con toda la autenticidad de que seamos capaces: tener la Eucaristía como el centro de nuestra vida, unidos íntimamente a Cristo, viviendo la fraternidad como el bastón que da firmeza a nuestro andar”. 

Para concluir su homilía ha interpelado al pueblo fiel para rezar por los sacerdotes: “¡Rogad por nosotros, ayudadnos con vuestra oración, con vuestra comprensión y afecto! No somos más que nadie. Somos débiles y pecadores como cualquiera de vosotros. Pero, con la gran responsabilidad de ser testigos fehacientes de santidad. Os pedimos perdón por nuestras deficiencias, por nuestras rutinas y desalientos, por nuestros personalismos y divisiones, por nuestras infidelidades de todas clases”.

Al finalizar las palabras de Don Sebastián, el presbiterio diocesano en comunión con el Obispo, ha renovado sus promesas sacerdotales. Después, los seminaristas junto a dos de los diáconos permanentes, han presentado ante el Pastor diocesano las tinajas con el aceite para ser consagrado: el de los enfermos, el de los catecúmenos y el santo crisma. El Prelado ha vertido en el aceite esencias y perfumes para, después, insuflar su aliento sobre ellos y de este modo consagrarlos ante todo el pueblo fiel congregado como testigo de este rito. Los dos obispos eméritos han hecho lo propio con el santo crisma.

Durante la plegaria eucarística se ha recordado a los sacerdotes difuntos desde la última Misa Crismal. D. Eduardo Navío Sánchez; D. Antonio Ruiz; D. Manuel Jiménez Cobo; D. Manuel Ruiz Carrero; D. Pedro Quero Juárez; D. Luis María Juárez Montilla; D. Juan José Juárez Casado; D. Francisco de la Torre Tirado y D. Manuel Bueno Ortega.

La Eucaristía, en la que han participado también un numeroso grupo de fieles, así como religiosas y consagradas, ha concluido con la bendición, impartidas por los tres obispos y el anuncio de los destinos de las siguientes visitas pastorales, Cazorla y Úbeda, quienes recibirán al Obispo en Adviento de 2024 y en Cuaresma de 2025, respectivamente.

Los santos óleos bendecidos en esta Eucaristía serán repartidos, como cada año, por todas las parroquias de la Diócesis de Jaén.

Al concluir la Santa Misa, los sacerdotes han tenido un encuentro de convivencia fraternal en dependencias del Obispado.

Galería fotográfica: «Misa Crismal 2024»

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Los presbíteros renuevan sus promesas sacerdotales en la Misa Crismal

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El obispo ha consagrado el Santo Crisma y bendecido los óleos de catecúmenos y enfermos.

La Diócesis de Cartagena celebra cada Martes Santo la Misa Crismal, la magna celebración diocesana en la que el obispo consagra el Santo Crisma y bendice los óleos de catecúmenos y enfermos, y en la que el presbiterio diocesano renueva sus promesas sacerdotales. Este año, por las obras de restauración de la fachada principal de la Catedral, la procesión de entrada no se ha realizado desde el Palacio Episcopal, como es tradición, sino desde la sacristía del templo catedralicio.

Mons. Lorca ha iniciado la homilía recordando a los sacerdotes fallecidos desde el pasado año y dando gracias a Dios por la ordenación de los nuevos presbíteros. Sus palabras han estado dirigidas principalmente al presbiterio diocesano: «Toda la ceremonia nos está hablando de la presencia de Dios en medio de nosotros y en nuestra vida, a la vez que pone en el centro de nuestra atención la figura del sacerdote».

El obispo ha pedido a los presentes en la celebración, y a quienes la seguían a través de TRECE TV y Popular Televisión, que rezaran por las vocaciones al sacerdocio: «Rezad mucho para que los jóvenes puedan oír la voz de Dios, porque el Señor sigue llamando a muchos a seguir los pasos de Jesús y esto es apasionante».

Mons. Lorca ha manifestado que el sacerdote ha de estar íntimamente configurado con Cristo para ser «un dispensador de la Palabra de Dios y de sus sacramentos». Además, ha exhortado a los sacerdotes a luchar contra el egoísmo y la soberbia: «Son males que aparecen en el interior y te destruyen por dentro. El egoísmo y la soberbia te llevan a pensar que tú eres Dios y borran de tu memoria algo importante, que todo es un don y un regalo de Dios».

Asimismo, ha recordado que estamos celebrando el Año Jubilar de Caravaca de la Cruz, invitando a los sacerdotes a agarrarse «muy fuerte a la Cruz de Cristo». A ellos ha agradecido su «generosa entrega al Señor todos los días»: «Sois mi familia y nunca os habéis apartado a la hora de aceptar las responsabilidades pastorales; os doy las gracias porque soy consciente de que muchos vais sobrecargados y no os habéis echado atrás»,

Al finalizar la homilía, los presbíteros han renovado junto al obispo sus promesas sacerdotales. Durante la plegaria eucarística, Mons. Lorca ha bendecido el óleo con el que se ungirá a los enfermos, y al finalizar la oración de después de la comunión ha bendecido el óleo de los catecúmenos y ha consagrado el Santo Crisma, derramando aromas sobre el aceite. Con este Crisma serán ungidos los bautizados, confirmados y los ordenados para el ministerio sacerdotal; también se consagrarán con él los altares y las iglesias.

Homilía del obispo de Cartagena

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“Un sacerdote santo transforma el mundo en el que vive”

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El Obispo ha presidido la Misa Crismal en la Santa Iglesia Catedral en la que lo sacerdotes han renovado sus promesas sacerdotales

 

Monseñor Demetrio Fernández ha presidido la solemne Misa Crismal en la Santa Iglesia Catedral la mañana de este Martes Santo, 26 de marzo, en la que los sacerdotes diocesanos han renovado sus promesas sacerdotales. El Obispo durante la celebración ha consagrado el santo crisma y ha bendecido los santos óleos que serán administrados durante el año en los principales sacramentos: Bautismo, Confirmación y Unción de Enfermos.

Ha comenzado su homilía destacando que hoy se cumple la escritura tomada del profeta Isaías: el Mesías, el Ungido, lo será porque viene sobre Él el Espíritu Santo, “la persona amor que envuelve a Jesucristo y a su humanidad en el amor del Padre y del Hijo”. La unción llegó Jesucristo a plenitud en el bautismo del Jordán. La unción va unida a la misión, es el fundamento de la misión, que es “anunciar la buena nueva a los pobres” ha asegurado el prelado. Por el bautismo hemos sido rescatados e incorporados a la Iglesia y hemos sido ungidos. Hoy celebramos el “protagonismo del Espíritu Santo”, que es el alma de la Iglesia, que viene continuamente sobre Jesucristo y de su costado sale abundante este espíritu a toda la iglesia, ha continuado.

La unción que Jesucristo ha recibido y que ha derramado en la Iglesia le ha convertido en ofrenda y ha ofrecido su cuerpo en la cruz, al mismo tiempo se ha convertido en fuente de esa unción para todo su pueblo santo, ha resaltado el pastor de la Diócesis. Aquí está la diferencia entre el sacerdocio común, que todos recibimos por el bautismo, y el sacerdocio ministerial que algunos reciben por el sacramento del orden, ha explicado.

Monseñor Demetrio Fernández ha aclarado que el santo crisma es el “vehículo del espíritu santo” que después se empleará en los sacramentos y en esta Misa Crismal celebramos la unción de toda la Iglesia y el don del corazón de Cristo a su Iglesia en el sacerdocio ministerial. Los presbíteros han renovado sus promesas sacerdotales y el Obispo les ha recordado que “no hemos sido llamados simplemente para ejercer una función, hemos sido llamados para ser ungidos y por tanto nuestra vocación principal es la configuración con Jesucristo”. Renovar las promesas sacerdotales es decirle a Jesucristo “gracias Jesús por haberme llamado a esta vocación, haberme ungido con tu espíritu santo”. Somos configurados con Jesucristo para vivir como Él y ser presencia viva de Cristo ante el mundo.

Es día de “humildad”, ha enfatizado, porque Él nos abraza y renueva su confianza en cada uno de nosotros. Año tras año uno debe darse cuenta de que la tarea es inmensa, pero que más grande es la confianza y la gracia que ha sido derramada en nuestros corazones. La Misa Crismal debe ser un momento de “renovación profunda”, hay que revisar nuestra vida cada año, ha aconsejado el Obispo. “Estoy convencido de que donde hay un sacerdote bueno, más todavía si es santo, cambia el ambiente donde está. Un sacerdote santo transforma el mundo en el que vive”, ha manifestado.

El prelado ha dado gracias a Dios porque en la diócesis de Córdoba brotan las vocaciones sacerdotales y religiosas y ha resaltado que es importante, independientemente del número de sacerdotes al servicio de la Diócesis, “ser sacerdotes santos, porque sin sacerdotes no hay Iglesia”.

Para monseñor Demetrio Fernández ordenar sacerdotes es lo mejor que le puede pasar en su vida de Obispo. Pero que en la Diócesis haya vocaciones es fruto de la tarea llevada a cabo por los sacerdotes, no obstante, “no podemos dar por cumplida nuestra obligación”. Hay que vencer los miedos y ayudar a los adolescentes a discernir su vocación, ha pedido.



















































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El Obispo insta a los sacerdotes en la Misa Crismal a “recuperar el radicalismo evangélico”

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El Obispo insta a los sacerdotes en la Misa Crismal a “recuperar el radicalismo evangélico”

Aunque la liturgia contempla la celebración de la Misa Crismal el Jueves Santo, en nuestra diócesis, al igual que sucede en muchas otras, esta celebración se traslada de día para facilitar la asistencia de todos los sacerdotes. Así lo ha explicado el Obispo al inicio de su homilía: “La Misa Crismal que estamos celebrando anticipa el Jueves Santo, día en el que el Señor instituyó el sacerdocio, encomendando a los Doce la tarea de celebrar, con el pan y el vino, el sacramento de su Cuerpo y de su Sangre hasta su vuelta gloriosa. Así esta Eucaristía celebra el sacerdocio ministerial. El obispo –junto con los presbíteros- renovamos las promesas sacerdotales y agradecemos al Señor el ministerio al que nos ha llamado, que nos pone al servicio del pueblo santo de Dios”.

En esta línea, y ante los presbíteros allí presentes, ha resaltado que “Jesucristo es quien nos ha hecho el don de sí mismo, diciendo “Esto es mi Cuerpo. Esta es mi Sangre”. El misterio del sacerdocio de la Iglesia radica en el hecho de que Jesucristo quiere perpetuar su entrega por medio de nosotros, de tal manera que en virtud de la ordenación recibida podemos hablar con su “yo”: in persona Christi“.

Mons. Santiago Gómez ha señalado también que “este misterio lo recordamos de modo particular en esta Misa Crismal. Volvamos esta mañana al momento en el cual recibimos la imposición de las manos por parte del obispo, pues fue el mismo Señor quien nos impuso las manos y nos hizo partícipes de su sacerdocio”. Y ha continuado diciendo: “recordemos que nuestras manos fueron ungidas con el óleo, que es el signo de la fuerza del Espíritu Santo” y que “en el Antiguo Testamento la unción es signo de asumir un servicio”. El Pastor de la diócesis ha hecho referencia a que “en el evangelio de hoy Jesús se presenta como el Ungido de Dios, el Cristo, que actúa como enviado del Padre y en la unidad del Espíritu Santo, y que, de esta manera, dona al mundo la vida eterna”. Así, ha subrayado también que “por el sacramento del orden que recibimos el Señor nos hace sus amigos”, y ha indicado más adelante que “para vivir de verdad la amistad con Jesucristo necesitamos afrontar con realismo la Ascesis y la Penitencia, entendida como el esfuerzo humano que responde a la gracia de Dios”.

El Obispo ha indicado que “el hombre de hoy tiene muy poca estima del valor de la cruz, de la ascesis y de la penitencia. La vida cómoda y materialista que vivimos, también nosotros, nos hace despreciar con facilidad estos valores que son fundamentales para alcanzar la santidad, incluso para poder vivir de manera razonable y sensata. La cruz, que implica ascesis y penitencia, son exigidas de modo terminante por el Señor: el que no carga con su cruz y me sigue, no es digno de mí (Mt 10, 38)”. En este punto ha recordado el testimonio de los amigos de Dios, de los santos.

El Obispo también ha aludido a la advertencia de D. Alfonso Crespo, en la formación permanente del pasado mes de noviembre, cuando hablaba del “desmayo de los presbiterios en nuestros días” y “denunciaba el debilitamiento del radicalismo evangélico”. En este sentido, Mons. Gómez Sierra ha recordado que decía: vivimos tan confabulados con los poderes de este mundo que ya los consejos evangélicos: la pobreza, la castidad y la obediencia no son signo, no reclaman la atención. No somos bienaventurados porque no somos pobres; no protegemos la castidad porque vivimos osadamente a la intemperie; se negocia la obediencia porque no se vive la humildad y entonces la autoridad se recrea de autoritarismo y la desobediencia de amor propio.

Por ello, el Obispo ha llamado a los sacerdotes a reaccionar “con determinación a esta mentalidad que no es propia de los amigos de Dios” y a “recuperar el radicalismo evangélico”.

D. Santiago Gómez ha concluido su homilía de la Misa Crismal resaltando que “el núcleo del sacerdocio es ser amigos de Jesucristo. Sólo así podemos hablar verdaderamente in persona Christi, aunque nuestra lejanía interior de Cristo no puede poner en peligro la validez del Sacramento. Ser amigos de Jesús significa comunión de sentimientos, pensamientos, voluntad y obras, no es algo meramente intelectual. Ser amigo de Jesús, ser sacerdote significa aprender a vivir, a sufrir y a obrar con Él y por Él”.

Tal y como explica la Delegación Diocesana para la Liturgia, el Martes Santo en la Misa Crismal concelebra el Obispo y su presbiterio. Es una de las celebraciones en las que se pone de relieve la plenitud sacerdotal del Obispo, que es tenido como gran sacerdote de su grey y como signo y garante de la unión de sus presbíteros con él. Los sacerdotes renuevan ante el Obispo las promesas que hicieron el día de su ordenación, se lleva a cabo la bendición de los óleos y se consagra el crisma. El óleo es aceite de oliva. En cambio, el crisma es una mezcla de aceite de oliva y perfume. La consagración es competencia exclusiva del Obispo. Dentro del rito de consagración destaca el momento en el que el Obispo sopla en el interior del recipiente que contiene el Crisma (crismera) como signo de la efusión del Espíritu Santo. 

El santo crisma y los óleos serán llevados a todas las parroquias donde, de un modo solemne y expreso, son presentados, como expresión de unidad, en la Misa Vespertina del Jueves Santo en la que se conmemora la Cena del Señor.

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