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Homilía del Obispo de Jaén en la Misa Crismal de 2024: «Queremos ser fieles a nuestro ministerio, para ser los fieles anunciadores y dispensadores de los bienes de la salvación»

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Cada Martes Santo, como es costumbre en nuestra Diócesis, celebramos la Misa Crismal, que adelantada, es para nosotros la Misa Sacerdotal del Jueves Santo, la Misa de la institución del sacramento de la Eucaristía, de nuestro ministerio sacerdotal y en buena parte de la misma Iglesia como comunidad sacramental.

Siempre resulta emocionante esta celebración que nos introduce entrañablemente en la Última Cena, donde contemplamos a Jesús, con la idea inevitable de su muerte inminente. Aquella cena pascual es también para Él cena de despedida, y más profundamente, cena de aceptación y de cumplimiento de la voluntad del Padre.

Es el momento de la revelación máxima del amor de Jesús, manifestado en su muerte prevista y aceptada serenamente, en el amor y en la obediencia, en la fidelidad y en la entrega. En el amor y la entrega de Jesús se manifiesta y se desborda el amor de Dios como realidad absoluta y definitiva.  El amor de Dios, en Cristo y por Cristo, se nos acerca, se constituye fuente de perdón y de vida, de justificación, de fraternidad y de salvación para todos nosotros.

En aquel Cenáculo nació la Iglesia y nació nuestro ministerio como servicio, a la vez hacia Cristo y hacia los hermanos. “Haced esto en memoria mía”: somos memoria viviente de Jesús, instrumentos y cauces de su amor. Hacer “esto” no es sólo repetir materialmente las palabras de Jesús, sino reunir a sus hermanos; buscar a los comensales; hablarles de Jesús; ganarles para la fe y para el amor; invitarles a sentarse a la mesa con el corazón limpio; ayudarles a tomar de la mano del mismo Señor el Pan de vida y el Cáliz de la salvación.

En la Eucaristía está en germen toda nuestra espiritualidad y toda nuestra pastoral. La espiritualidad de la vida sacerdotal consiste en poner nuestra vida entera al servicio de la misión de Jesús, con humildad, autenticidad y diligencia. Nuestra actividad pastoral se resume en preparar los comensales para la mesa del Señor y hacer que el mundo entero viva la nueva Alianza con Dios y lave sus pecados con la sangre, es decir, con la vida y entregada de Cristo.

Por eso, hermanos, nosotros debemos tener un auténtico empeño en vivir la Eucaristía, porque es lo esencial de nuestro día a día.  

Debemos pedir: “Dios mío, que yo pueda ser ministro de la Eucaristía, para vivir yo de ella y que los demás vivan de ella”. Fundamentalmente, para eso nos ordenamos, para ser ministros de la Eucaristía. Todo lo demás, la predicación, la visita a los enfermos, la catequesis, las clases, la oración litúrgica…, todo ello no se entiende sin la Eucaristía. No estoy diciendo que todo lo demás sea secundario, sino que hay que entenderlo en función de la Eucaristía.

Queridos hermanos, Dios ha puesto un hermoso tesoro en nuestras manos. Y cuantas veces hemos dicho “un tesoro en un recipiente de barro” (2 Cor 4,7). Por un lado, porque contemplamos la fragilidad de nuestra vida, pero también, por otro, porque somos conscientes de que nosotros y nuestra Iglesia ya no es valorada por un gran sector de nuestra sociedad, e incluso, algunos tratan de arrinconarla y de apartarla de los espacios públicos. El mensaje de Jesucristo “parece” no interesar a muchos. Y, por si fuera poco, nos encontramos con el vendaval de las críticas, en ocasiones fundadas y en otras muchas infundadas, que, de vez en cuando, nos llegan de fuera o hasta de dentro de la Iglesia, y que los medios de comunicación airean con mucha efectividad.

La situación actual de la Iglesia se asemeja a esa barca frágil que navega en medio del mar, golpeada por la tormenta. La Iglesia, en muchos lugares, vuelve a ser una minoría en medio de la masa de población, una pequeña comunidad vulnerable que vive en condiciones de provisionalidad.

Esta situación es una dura prueba, pero contiene también una oportunidad, la de descubrir que estamos llamados a ser levadura en medio de la masa. Esta situación debe llevarnos a entregarnos con más ardor a la misión que el Señor nos ha encomendado. Siendo conscientes, de que ya no se trata, en esta nueva situación, de ir solamente a buscar a la oveja perdida, sino que se trata de dar respuesta al hambre de las noventa y nueve ovejas que están sin pastor y que, si no las atendemos, pueden perderse y adentrarse en las tinieblas del mundo. Reflexión que estamos haciendo junto a nuestros religiosos y laicos en el Plan Pastoral que nos hemos marcado para estos años.

Es verdad que la Iglesia de Cristo se parece más a una humilde casa en medio de un vendaval en el que los fallos y pecados no esconden su pobreza ni debilidad, pero que demuestran que es Dios quien la sostiene. Mi fuerza se manifiesta en la debilidad, dirá el Señor a san Pablo (cf. 2 Cor 12,9a).

La oración que Jesús hizo aquella bendita noche nos lleva a no olvidar que la fuerza de todo evangelizador, de todo pastor, se halla en su comunión profunda con Cristo y con los hermanos. Solo se evangeliza desde la comunión, desde nuestro estar unidos: “que sean uno para que el mundo crea que tú me has enviado” (cfr. Jn 17,21). Unidos al Papa, al obispo, al presbiterio, al pueblo de Dios. Y es desde ahí, especialmente desde la fraternidad sacramental, sintiéndonos una única familia, unidos en el único Pastor, es donde encontraremos las fuerzas para lanzarnos con humidad, pero con valentía y fortaleza a renovar los caminos de la evangelización y revitalizar, por tanto, la fuerza de nuestro ministerio sacerdotal, en nuestra tierra jienense.

Queridos hermanos sacerdotes, las dificultades que encontramos hoy en nuestro ministerio nos están pidiendo a gritos que nos centremos cada vez más claramente en lo que es esencial y lo hagamos con toda la autenticidad de que seamos capaces: tener la Eucaristía como el centro de nuestra vida, unidos íntimamente a Cristo, viviendo la fraternidad como el bastón que da firmeza a nuestro andar.  

Y todo ello para anunciar a todos y a cada uno, de manera sincera y convincente, que Dios nos ama como un padre verdadero, y que este amor es la fuente inagotable y la norma universal de nuestra vida.

Este es el anuncio capaz de purificar y consolidar el amor de las familias haciéndolas felices en la fidelidad y en la fecundidad. Este es el anuncio que nuestros jóvenes necesitan escuchar y recibir para descubrir su propia dignidad y no ser esclavos de este mundo. Este es el único anuncio capaz de cimentar sólidamente una convivencia pacífica en nuestro pueblo, en nuestro país, por encima de todas las diferencias, en la verdad y la libertad, en el respeto mutuo y en el amor sincero. Anuncio desde el que han de nacer todos los demás bienes de orden material, cultural o social que la sociedad tiene derecho a esperar de la Iglesia a la que nosotros queremos servir.

En el acierto de este anuncio y en la sinceridad con que lo desarrollemos está el secreto de la eficacia de nuestro ministerio. Por tanto, os pido que, con nuestra verdadera entrega a la voluntad de Dios, viviendo auténticamente nuestro sacerdocio, ayudemos a la gente a creer de verdad en el amor paternal de Dios y a vivir en consecuencia. Sólo así conseguiremos renovar nuestra Iglesia y transformar en profundidad nuestra sociedad. Y, de este anuncio vital, recibiremos también el mejor consuelo y la más firme alegría en nuestro ministerio.

Recordad siempre que esta misión de presidencia y de servicio la tenemos que desempeñar en el nombre del Señor, sin personalismos, sin conflictos ni divisiones, sin desalientos ni cansancios, manteniendo, como Él, la confianza en el corazón humano, que es obra de Dios, y en la permanente actualidad del Sacerdocio único y universal del Señor, al cual hemos sido incorporados.

Por ello, nuestro principal empeño tiene que centrarse en representar lo más exactamente posible la presencia de Cristo, su estilo de vida, su profunda unión espiritual y amorosa con Dios, su servicio generoso y cercano a todos los necesitados, la fuerza iluminadora y vivificante de su palabra, la sinceridad y apertura de su compasión y su misericordia hacia todos los que se nos han confiado. ¡Vivamos en intimidad con Él, compartiendo su mismo proyecto y su mismo pensar y sentir! Fomentándolo en la oración y en la escucha cotidiana de su Palabra.

En esta ocasión solemne quiero agradeceros, en nombre del Señor y de todo el pueblo de Dios, vuestra fidelidad, vuestro trabajo de cada día, vuestra buena voluntad tantas veces manifestada. Pido para que el Señor os conceda fortaleza en la debilidad, contad con mi oración. Yo os pido la vuestra.

Dediquemos un recuerdo a nuestros hermanos recientemente fallecidos, a los ancianos y enfermos que no han podido venir hoy aquí a pesar de sus deseos, a los que padecen cualquier tribulación.

A pesar de la dificultad y de las grandes exigencias de esta tarea, hoy queremos renovar ante el pueblo de Dios nuestros compromisos y deseos de ser los fieles servidores del Señor y de su pueblo en esta vocación que hemos recibido para el bien de nuestros hermanos.

Delante de vosotros, hermanos queridos (diáconos, religiosos, seminaristas y laicos), manifestamos nuestra voluntad sincera de fidelidad y de servicio. Queremos ser fieles a nuestro ministerio, queremos vivir intensamente unidos a Jesucristo para ser los fieles anunciadores y dispensadores de los bienes de la salvación.

¡Rogad por nosotros, ayudadnos con vuestra oración, con vuestra comprensión y afecto! No somos más que nadie. Somos débiles y pecadores como cualquiera de vosotros. Pero, con la gran responsabilidad de ser testigos fehacientes de santidad.

Os pedimos perdón por nuestras deficiencias, por nuestras rutinas y desalientos, por nuestros personalismos y divisiones, por nuestras infidelidades de todas clases.

Unidos todos en torno a la figura de nuestro Salvador, sostenidos y animados por la intercesión de la Virgen María, Madre de Cristo y Madre nuestra, pedimos al Señor que se haga presente poderosamente en nuestras vidas, que nos llene a todos de los bienes del Espíritu y nos haga verdaderos Apóstoles, auténticos servidores de su Evangelio.

+ Sebastián Chico Martínez
Obispo de Jaén

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Vida. Mi historia a través la Historia

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Llega a la Librería Diocesana una de las historias más esperadas sobre la vida del Papa Francisco

El papa Francisco cuenta por primera vez la historia de su vida a través de los acontecimientos que han marcado a la humanidad en los últimos ochenta años. Unas vivencias inéditas en las que comparte los orígenes de las audaces ideas que han sido testigo de su pontificado: Desde sus valientes declaraciones contra la pobreza, su preocupación por la destrucción del medioambiente hasta la exhortación directa a los líderes mundiales en temas como la lucha contra las desigualdades o la carrera armamentística.

Jorge Mario Bergoglio acompaña al lector en un viaje extraordinario que comienza con el estallido de la Segunda Guerra Mundial en 1939 ?cuando el futuro pontífice tenía casi tres años? hasta nuestros días. En sus páginas la voz del papa se alterna con la de un narrador que en cada capítulo reconstruye el escenario histórico en el que se enmarca.

En palabras del pontífice: «Vida ve la luz para que, sobre todo los más jóvenes, puedan escuchar la voz de un anciano y reflexionar sobre lo que ha vivido nuestro planeta, para no repetir los errores del pasado. Pensemos, por ejemplo, en las guerras que azotaron y que azotan el mundo. ¡Pensemos en los genocidios, en las persecuciones, en el odio entre hermanos y hermanas de diferentes religiones! ¡Cuánto dolor! Al llegar a cierta edad es importante, incluso para nosotros mismos, volver a abrir el libro de los recuerdos y hacer memoria, para aprender mirando atrás en el tiempo, para encontrar lo que no es bueno, aquello tóxico que hemos vivido junto a los pecados cometidos, pero también para revivir lo bueno que Dios nos ha enviado. Es un ejercicio de descernimiento que deberíamos hacer todos, ¡antes de que sea demasiado tarde!».

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Actos en Murcia en honor de la Virgen de la Fuensanta

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Con motivo del aniversario de la coronación canónica de su patrona, y coincidiendo con las Fiestas de Primavera, Murcia celebrará a partir de la próxima semana los actos y cultos habituales en honor de su patrona, la Virgen de la Fuensanta.

Ofrenda floral

El próximo lunes, 1 de abril, será cuando se realice la ofrenda floral a la Morenica en la plaza del Cardenal Belluga, a las 17:30 horas. Estará a cargo de cofradías, hermandades, peñas huertanas, grupos festeros y distintas asociaciones, así como de todos aquellos devotos que lo deseen, que saldrán al encuentro de su patrona desde la plaza Camachos.

Misa Huertana

El 2 de abril, día del Bando de la Huerta, se celebrará la tradicional Misa Huertana que el obispo de Cartagena, Mons. José Manuel Lorca Planes, presidirá en la plaza del Cardenal Belluga, a las 10:00 horas. La imagen de la Virgen de la Fuensanta procesionará a continuación por las calles del centro de la ciudad, con dos estaciones en su recorrido para orar por la lluvia: una en la plaza Santo Domingo y otra junto a la Catedral, en la plaza de la Cruz.

Novenario

Desde el viernes 5 de abril se celebrará en la Catedral un novenario en honor de la Virgen de la Fuensanta en el 97 aniversario de su coronación canónica. Comenzará todas las tardes, a las 18:45 horas, con la exposición del Santísimo, rezo del Santo Rosario y de la novena; continuará con la Misa de las 19:30 horas, que presidirá cada tarde el sacerdote Juan Carlos García Domene, director de la BAC y del Instituto Teológico San Fulgencio; y terminará con la Salve y el Himno de la Coronación. También se realizará la novena en horario de mañana, a las 11:45 horas, con la celebración de la Eucaristía a las 12:00 horas.

Paso bajo el manto

El tradicional paso de los niños bajo el manto de la Virgen de la Fuensanta será el lunes 8 de abril, en la solemnidad de la Anunciación, día en que la Iglesia celebra el misterio de la Encarnación. En esta tradición, se invita a que las familias que tengan niños menores de tres años acudan a la Catedral para presentarlos a la patrona «pasándolos bajo su manto maternal». Será a partir de las 17:00 horas.

Misa por el aniversario de su coronación y romería

El domingo 14 de abril, una vez terminado el novenario, el obispo de Cartagena presidirá en la Catedral, a las 11:45 horas, la Misa del 97 aniversario de la coronación canónica de la patrona de Murcia, previo rezo de Sexta.

La Morenica regresará en romería a su santuario el 16 de abril, el martes siguiente a la celebración de su coronación.

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TREINTA MONEDAS DE PLATA, por Jesús Martín Gómez

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Todo tiene un precio. Se trata de un pensamiento muy extendido en nuestra cultura. El intercambio de bienes ha traspasado incluso la barrera de lo moralmente aceptable. Todo es susceptible de convertirse en un negocio. Dónde haya un producto, una tendencia o un deseo humano nos encontramos con alguien que ya ha visto la oportunidad para lucrarse con ello. La cuestión no es lo que nos ofertan, sino que hemos caído en la red que nos lleva a pensar que la plenitud de la vida consiste en consumir. Consumimos experiencias, viajes, ideas, tendencias, imágenes, información, personas… todo es objeto de nuestro deseo y todo podemos cosificarlo a nuestro antojo convirtiéndolo en un producto comercial. La voracidad y el ritmo al que lo hacemos no nos ayuda a detenernos para pensar en la conveniencia que tiene para nosotros. La mentalidad de consumidor es tal vez más peligrosa que la de comerciante pues nos hace ver con mirada de utilidad incluso a los que nos rodean.

Quizá en esto consistió el desengaño de Judas. Él se había sentido defraudado con aquel producto que compró cuando el Maestro lo llamó.  Como quien se cansa del trasto que tiene en casa y publica un anuncio en Wallapop, lo puso a la venta poniéndole un precio, treinta monedas de plata. Este precio era conocido en la tradición del pueblo de Israel. Treinta monedas de plata era una cantidad bastante considerable. Se trata del precio de un esclavo según nos señala el libro del Éxodo. Treinta monedas de plata fue lo que el profeta Zacarías recibió por su salario cuando decidió dejar de apacentar al rebaño que era un símbolo del pueblo de Israel. Aunque el evangelista Mateo señala el cumplimiento de la profecía de Jeremías, la realidad es que este profeta no dice nada a cerca de ese dinero, sin embargo, como Zacarías y Jesús, sufrió el rechazo del pueblo cuando intentaba reconducirlo a Dios. Todos los profetas, de hecho, habían sufrido ese desprecio cuando el pueblo entendía que Dios sobraba, que no lo necesitaban.

Existe una diferencia entre poner precio y valorar, esta semana santa puede ser la ocasión para hacer lo segundo. Valorar es una reflexión que se debe hacer al margen de la utilidad que las acciones o las cosas tienen para nosotros. Hay cosas que, aunque carecen de precio tienen un gran valor, podríamos decir, un valor eterno. ¿Quién puede ponerle precio al esfuerzo que nuestras familias han hecho para sacarnos adelante? Se trata del valor del amor que nos ayuda a contemplar la Pasión de Jesús si estamos dispuestos a comprender algo. El mismo hecho de que existamos, pudiendo no haber existido, es una demostración del amor de Dios. Sin embargo, en ningún sitio como en la Cruz, podemos entender no solo su amor sino también el valor que él nos da, la sangre de su Hijo. No le basta con habernos creado y dado la vida también nos está llamando a que compartamos con él la vida eterna. La Semana Santa nos puede ayudar a detenernos y recapacitar si nuestra mentalidad de consumistas, en el fondo una mentalidad reduccionista que nos hace creer que todo está bajo nuestro control, no estará impidiendo que sepamos valorar este amor que nos sobrepasa.

Jesús Martín Gómez

Párroco de Vera

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Los sacerdotes renovaron sus promesas sacerdotales en la Misa Crismal del Martes Santo, en la Catedral de Guadix

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Los sacerdotes renovaron sus promesas sacerdotales en la Misa Crismal del Martes Santo, en la Catedral de Guadix

El Martes Santo comienza en la ciudad accitana con la celebración de la Misa Crismal, a la que asisten todos los sacerdotes de la diócesis para renovar sus promesas sacerdotales. Se trata de una celebración cuyo lugar litúrgico es en la mañana del Jueves Santo, pero que se adelanta al martes para facilitar la asistencia. Preside la celebración, en la que se bendicen los Óleos y el Crisma, el obispo.

 

Y así fue en el día de ayer. Presidio D. Francisco Jesús Orozco y asistieron los sacerdotes y los seminaristas y, por supuesto, muchos fieles, que no quisieron perderse esta Misa tan especial y tan distinta. Antes, los sacerdotes participaron de una meditación, en la iglesia del sagrario, en la que el deán de la Catedral, Juan Sáez, habló de la liturgia en torno a la Misa Crismal.

Tras la meditación, comenzó la Misa, en la que los sacerdotes pudieron renovar sus promesas sacerdotales y todos pudieron participar de una celebración en la que se bendijeron los Óleos de Catecúmenos y de Enfermos, así como el Santo Crisma, con el que se ungirá a los que se confirmen a partir de ahora y con el que se consagrará al diácono cuando sea ordenado sacerdote, como recordó el obispo en la homilía.

En esa homilía, D. Francisco Jesús recordó también todo lo que se celebra en la Misa Crismal, que toma el nombre de esa bendición del Crisma. Habló de los Óleos que se bendicen y para qué los utiliza la Iglesia, tanto en el Bautismo como en los momentos de dolor y enfermedad, así como para los sacramentos de la Confirmación y el Orden Sacerdotal. También habló del Misterio Pascual que la Iglesia se dispone a celebrar en esta Semana Santa y de la vocación al sacerdocio, que disciernen los seminaristas y que ya viven los sacerdotes en su día a día.

Y haciendo referencia al Orden Sacerdotal, Mons. Orozco se dirigió a los presbíteros asistentes recordando que “somos hombres consagrados a Dios, como sacerdotes y en plenitud y totalidad”. También habló de las dificultades de los sacerdotes en el día a día y de la necesidad de vocaciones: “en este invierno vocacional, rezad para que no nos falten sacerdotes, porque sin ellos no hay Iglesia, no hay Eucaristía, no hay perdón de los pecados”.

Y terminó recordando que “los sacerdotes son necesarios en la Iglesia como colaboradores del ministerio episcopal” y, con palabras del papa Francisco, dando gracias a los sacerdotes “por vuestro testimonio, sois realmente los amigos valientes de Dios”.

A finalizar la Eucaristía, los sacerdotes recogieron los Óleos y Crisma para llevarlos a sus pueblos y poder administrar, así, los sacramentos. Terminó la mañana con una comida en fraternidad en la Residencia Sacerdotal.

Antonio Gómez

Delegado diocesano de MCS. Guadix

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La Hermandad del santísimo de la Catedral organiza turnos de vela para la adoración ante el Monumento

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La Hermandad del santísimo de la Catedral organiza turnos de vela para la adoración ante el Monumento

La Hermandad del Santísimo Sacramento de la Catedral de Guadix organiza la jornada de adoración ante el Santísimo Sacramento del Jueves Santo. Será en la Catedral, y comenzará al terminar la Misa de la Cena del Señor hasta el Viernes Santo.

 

El Monumento, lugar para la adoración donde se reserva la Eucaristía que será distribuida el Viernes Santo, se ha instalado en la iglesia del Sagrario, de Guadix. Se pretende crear turnos de vela, para lo que la Hermandad ha creado un formulario para poder inscribirse y seleccionar la hora en la que se puede asistir: https://forms.gle/UCzcvBE6kPf4RLdV9

Desde la Hermandad del Santísimo se anima a todos a participar, en algún momento de la jornada, de un rato de oración ante el Santísimo. De manera particular, se invita a los miembros de la propia Hermandad y de las demás Hermandades y Cofradías de Semana Santa, así como las sacramentales y las de gloria, a participar en estos turnos de vela y adoración del Santísimo. Y, por supuesto, se anima a todos los creyentes a vivir la noche del Jueves Santo desde la contemplación del misterio y la adoración del Santísimo Sacramento.

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D. Jesús Catalá: «Os pido que recéis por vuestros párrocos»

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NoticiaPodcasts diocesanos

D. Jesús Catalá, Obispo de Málaga

Publicado: 27/03/2024: 84

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Miércoles Santo

El Obispo de Málaga, D. Jesús Catalá, abre la programación especial Semana Santa de COPE Málaga con un comentario sobre la celebración de la Misa Crismal el Miércoles Santo en la Catedral de Málaga, e invita a los fieles a rezar por sus párrocos. Aquí pueden escuchar el podcast.

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«Queridos sacerdotes, seamos signos visibles del buen pastor»

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En la mañana del Miércoles Santo, la Catedral de Málaga acogió la celebración de la Misa Crismal, presidida por el Sr. Obispo, D. Jesús Catalá, y concelebrada por el arzobispo emérito de Pamplona Tudela, Francisco Pérez, y numerosos sacerdotes y religiosos llegados de todos los puntos de la diócesis de Málaga.

También se unió un grupo de sacerdotes filipinos que se encuentra en la diócesis de Málaga para celebrar la Pascua. 

En su homilía, el Sr Obispo recordó al clero malacitano que «el sacramento del orden nos configura con Cristo pastor. Queridos sacerdotes dejémonos configurar y transfigurar por el Espíritu. No somos sacerdotes unas horas, lo somos siempre, en todas las circunstancias de nuestra vida. Hemos de ser signos visibles del buen pastor».

El prelado de la Diócesis de Málaga agradeció a todo el clero su «entrega, y deseo expresaros mi afecto fraternal hacia vosotros, aunque a veces no coincidamos en algunos planteamientos. Sois un gran regalo para mi ministerio episcopal, y pido al Señor que seáis fieles en el desempeño de vuestro ministerio».

D. Jesús recordó que los sacerdotes «mayores e impedidos se unen a esta celebración desde donde quiera que se encuentren, y desde allí renuevan sus promesas sacerdotales».

También tuvo palabras para los cientos de seglares que acompañaban a sus sacerdotes en la celebración a quienes dijo: «Queridos fieles, gracias por vuestro apoyo en el ministerio de los sacerdotes. Ellos os necesitan. Amadles y estad cerca de ellos. También os necesitan».

Tras la homilía, los sacerdotes renovaron sus promesas sacerdotales, y los diáconos también renovaron las diaconales. Después, el Sr. Obispo bendijo los Santos Óleos y consagró el Santo Crisma, cuyas ánforas portaron varios arciprestes.  

El óleo de los catecúmenos se usa para ungir a los que están preparándose para el bautismo; el óleo de los enfermos, en el sacramento de la unción de los enfermos; y el santo crisma, en ordenaciones, confirmaciones, bautizos y consagraciones de altares e iglesias.

Para preparar el Santo Crisma, el Obispo mezcla una porción de perfume con el aceite, con lo que se expresa que el aceite es fecundado por la gracia del Espíritu Santo simbolizado en el perfume; también recuerda el buen olor a Cristo que deben propagar los que son ungidos con él.

Al concluir la celebración, con las palabras de agradecimiento del Sr. Obispo a todo el clero por su labor pastoral, los arciprestes se han acercado al trascoro de la Catedral para recoger los óleos y entregarlos en los próximos días a los sacerdotes de su zona. 

Neopresbíteros

Desde la Misa Crismal de 2023, la Iglesia de Málaga cuenta con dos nuevos sacerdotes: Álvaro López Cardosa y Daniel Gutiérrez, quienes recibieron la ordenación sacerdotal en junio de 2023 y en enero de 2024, respectivamente. Ésta ha sido la primera Misa Crismal que han vivido como sacerdotes y así han vivido el momento de la renovación de las promesas.

Santo Crisma y Santos Óleos no son lo mismo

El Santo Crisma proviene de la palabra latina “chrisma”, que significa “unción”. El Crisma es el aceite con el cual son ungidos los nuevos bautizados, son signados los que reciben la confirmación y son ordenados los obispos y sacerdotes. También se emplea en la dedicación de las nuevas iglesias, la consagración de los nuevos altares o la consagración de campanas.

El Santo Crisma representa la gracia del Espíritu Santo, y está compuesto por una mezcla de aceite de oliva y de perfumes, por lo que, como dice san Pablo en su Segunda Carta a los Corintios, nos ayuda a “desprender el buen olor de Cristo”. El Santo Crisma no se bendice, sino que se consagra, por lo que lleva el sello del don del Espíritu Santo.

Los Santos Óleos son dos: el de los catecúmenos y el de los enfermos. Ambos se bendicen, no se consagran como ocurre con el Santo Crisma. El de los catecúmenos se impone justo antes del bautismo y el de los enfermos, en la Unción.

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Amparo Bentabol: «Esta receta de torrijas es especial, sabe a familia, es la de mi abuela María»

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NoticiaPodcasts diocesanos

Publicado: 27/03/2024: 36

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Receta

El Espejo Málaga abre su micrófono a Amparo Bentabol, creadora, junto a sus hermanas, de la cuenta en Instagram @labentabola, en la que ofrecen recetas sencillas al alcance de cualquiera que se pregunte: «¿qué comemos mañana?». Amparo comparte una receta muy especial para ellas, la de las torrijas que hacía su abuela, que contiene un secreto. Aquí puedes escuchar el podcast.

Esta receta y muchas más en Instagram, @labentabola

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MISA CRISMAL: «Quizás debemos echar la red al otro lado y dejar tantas inercias que arrastramos del polvo de la historia»

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Mi querida Comunidad.

Gracias queridos sacerdotes por manteneros en la misión.  Gracias por construir y alentar a las comunidades que forman la iglesia. Gracias a los que habéis dedicado toda vuestra vida al servicio del Reino. Gracias a los que de una manera u otra habéis sido Buen Pastor en medio de este Pueblo Santo que camina en la diócesis de Almería. Mi reconocimiento y mi gratitud por acompañarme también en esta tarea.

Aún resuenan las palabras de la primera lectura.

“El Señor me ha enviado… (lo sabéis de memoria, pero dejadme que me fije en el resumen final del texto) para dar a los afligidos una diadema en lugar de cenizas, perfume de fiesta en lugar de duelo, un vestido de alabanza en lugar de un espíritu de abatido, vosotros os llamaréis ‘sacerdotes del Señor’, dirán de vosotros ‘ministros de nuestro Dios’.” Is 61, 3. 6a

Esta será la vocación y la misión de Jesús en la sinagoga de Nazaret, allí donde se había criado. Resumió proclamando esta lectura que acabamos de escuchar todo su plan salvador. Y también es nuestra misión. ¿Cómo podemos ser portadores de la Nueva Noticia, es decir evangelizadores? Es un buen programa el del texto de Isaías. En lugar de cenizas una diadema, en lugar de lamentos, perfume de fiesta, en lugar de abatimiento un vestido de alabanza. Diademas, perfumes, ropajes nuevos… pensémoslo bien.

El decreto del Vaticano II sobre el sacerdocio ministerial (Presbyterorum ordinis) nos habla de la ‘caridad pastoral’, aunque la expresión apareció por primera vez en el Concilio, hablando de la santidad a la que estamos llamados los obispos, que por medio de todo tipo de preocupación episcopal y de servicio, podamos cumplir perfectamente el cargo de la caridad pastoral. (LG 5,41b). Esta expresión ‘caridad pastoral’ no vuelve a aparecer hasta el capítulo 14 de la PO, en el año 1965, a petición de 14 padres sinodales franceses, como principio unificador de la vida del sacerdote. Es bien interesante este número 14 que se puede dividir en tres partes:

Primero, nos presenta la fracturación del mundo moderno y por tanto también de nosotros que estamos envueltos y distraídos en muchísimas obligaciones del ministerio, además viviéndolo con ansiedad. Ante tanto trajín de actividades externa ansiamos unificar nuestra vida interior. Esa unidad de vida no la vamos a lograr ordenando exteriormente todas las actividades, ni siquiera lo lograremos con la práctica de los ejercicios de piedad, aunque algo nos ayude. Sin embargo, podríamos construir esa unidad si siguiéramos más de cerca el ejemplo de Cristo, cuya comida era hacer la voluntad de Aquel que lo envió. Así siendo Buen Pastor en el día a día, encontraremos en el ejercicio de la caridad pastoral esa unión tan necesaria de vida y acción y hallaremos el vínculo de la perfección sacerdotal.

Después, el texto nos muestra unas claves unificadoras. Nos pide que nos esforcemos en vivir la Eucaristía, reproduciendo el sacrificio de Cristo en el altar, en la entrega diaria a los demás. Sacrificando nuestra vida por los demás. Pero esto no lo vamos a lograr si no penetramos, por medio de la oración en el misterio de Cristo entregado. No hay entrega si nos encerramos en nosotros mismos.

Finalmente, nos propone un modo de actuar. La fidelidad a Cristo no puede separarse de la fidelidad a la Iglesia. Así, pues, la caridad pastoral nos pide que, para no correr en vano, trabajemos siempre los presbíteros en ‘unión de comunión’ con el Obispo y con los otros hermanos sacerdotes. Actuando de esta manera, es como los presbíteros hallaremos la unidad de nuestra vida en la unidad misma de la misión de la Iglesia, y así estaremos unidos al Señor.

Hermanos, sabéis que esta celebración debía ser la mañana del Jueves Santo, pero los motivos pastorales hacen que la celebremos el Martes Santo. Cada vez que celebramos la Eucaristía, resuena el eco de todos los lazos tejidos con la vida de nuestra comunidad. Cuando celebramos la Santa Misa, nunca estamos solos, aunque seamos muy pocos, porque llevamos el polvo de los pies de todo el mundo.

Pensad que cada vez que comienza esta Sagrada Cena, la mirada de Cristo planea compasiva ante todos los que están como ovejas sin pastor, y fijará su mirada sin duda en la oveja perdida o en el hijo que huyó del calor del hogar del Padre, o en aquel que no puede levantarse de la vera del camino, por donde transitamos todos… por eso los que venimos a participar diariamente del Cuerpo y la Sangre del Señor, no podemos ser iguales que los que nunca celebran la Misa, tenemos que ser más misericordiosos, más compasivos, más entregados, más justos…

Por eso nosotros los sacerdotes, que consagramos y partimos el Cuerpo de Cristo para alimentar al Pueblo Santo de Dios, debemos de volcar nuestra vida en la Comunidad que nos ha sido entregada y que obedientemente nos ha acogido, y también en la Fraternidad entre nosotros. Reunirnos, rezar juntos, buscar espacios de encuentro y de diálogo, formarnos, buscar nuevos caminos de evangelización y acercamiento a los que no están en nuestras comunidades y descansar juntos, no es una estrategia pastoral, es una realidad espiritual que dimana del mismo corazón de Cristo, de la misma Eucaristía. Eligió a los apóstoles para que estuvieran con él. No vale que cada uno esté por su parte y por su cuenta. Si es así haremos un flaco favor a la evangelización de nuestros pueblos.

Cada vez que consagramos el pan y el vino, cada vez que comemos su Cuerpo y bebemos su Sangre proclamamos: ¡Este es el misterio de nuestra fe! ¡Cuántas veces lo hemos repetido sin quizás darnos cuenta de lo que decimos y de lo que esto conlleva en nuestra vida!

Finalmente, sabemos que en la Iglesia –y también en nuestra Diócesis­-  tenemos muchos y nuevos desafíos, porque vivimos nuevos tiempos y necesitamos nuevas respuestas. Pero muchas veces somos fatalistas: “Ya no se puede hacer nada, tenemos que aceptar la situación a la que hemos llegado, la vida es así…” Muchas veces pienso que si hubieran tenido los mismos sentimientos los primeros misioneros: Pedro, Pablo, Santiago, Juan…  habrían vuelto a sus tareas y lo hubieran dejado todo. Y ellos lo tuvieron mucho más difícil que todos nosotros. Cuando pienso que pintaba un pobre pescador de una tierra remota, llamada Galilea, en la capital del mundo, Roma, predicando a un Jesús de Nazaret, que había resucitado… Lo tuvieron mucha más difícil. Sin duda.

Mirad, si no creemos realmente en el poder de la Palabra de Dios y en sus promesas estamos al borde del pozo del ateísmo, y sobre todo perdiendo el tiempo y perdiendo la vida. Pero el Señor, igual que a ellos, nos pide que volvamos a pescar de nuevo. Y nos volveremos a quejar, quizás con mayor despecho: “No hay posibilidades, hemos gastado ya la vida, no vamos a coger nada, no tenemos repuesto, no hay nada que hacer”. Punto. Y el Señor insistirá: “Echad la red al otro lado”. Quizás es esa la cuestión, que debemos cambiar de lado y dejar tantas inercias que arrastramos del polvo de la historia.

No dejemos ni un día de meditar la Palabra de Señor y así podremos ser de verdad apóstoles y testigos en medio del mundo, ¡no con miedo al mundo! No se trata de hablar mucho, sino de irradiar a Cristo, que es el que nos envía, no se nos olvide. Cristo que nos reconcilió con el Padre, entregando su vida, nos ha hecho ministros de la reconciliación, no sólo por las horas que podamos escuchar confesiones y perdonando, sino también porque que allí donde hay una disputa familiar, un enfrentamiento entre padres e hijos, o entre vecinos, o entre clases sociales, o entre seguidores de tal o cual partido político, e incluso entre pueblos, allí, debemos de poner paz y concordia entre los enfrentados.

A raíz de lo que os he comentado, quiero terminar con unas palabras de Benedicto XVI a los sacerdotes:

«Cristo, que es el Camino, la Verdad y la Vida, ha de ser el tema de nuestro pensar, el argumento de nuestro hablar, el motivo de nuestro vivir. No antepongáis nada al amor de Cristo. Dios es la única riqueza que los hombres desean encontrar en nosotros los sacerdotes«.

Que así sea para todos nosotros. ¡Ánimo y adelante!

+ Antonio, vuestro obispo

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