En la jornada de hoy, tras la celebración de la Vigilia Pascual con la que se culmina el Triduo Pascual, la Santa Iglesia Catedral ha acogido esta mañana la Eucaristía del Domingo de Resurrección, presidida por Monseñor José Rico Pavés, Obispo de Asidonia-Jerez. En esta Santa Misa de Pascua han participado distintas autoridades eclesiásticas y civiles de Jerez de la Frontera. Asimismo, también ha estado presente distintas Hermandades y Cofradías de la ciudad sede de la Diócesis, Jerez de la Frontera.
En la homilía, el Sr. Obispo de Asidonia-Jerez ha comenzado dando gracias a Dios por lo vivido durante esta Semana Santa, donde es fundamental el encuentro de corazón a corazón con Cristo y así nuestra vida cambia por completo llenándonos de la luz del amor del Señor. Asimismo, ha mencionado que sin este encuentro interno con Cristo, todo lo que vivimos por fuera no tiene sentido.
Por otro lado, mencionando las lecturas que la liturgia nos trae, ha destacado varias ideas. En primer lugar, de la Primera Lectura ha subrayado la idea de testimoniar, es decir, anunciar con nuestra propia vida que Cristo ha resucitado y así transmitir la alegría de creer a los demás sin ningún miedo. En segundo lugar, ha destacado la idea de que estamos llamados a la vida eterna, poniendo nuestro corazón siempre en el Señor donde encontraremos la plenitud. Y en tercer lugar, ha mencionado la importancia de la Eucaristía, y la oportunidad que tenemos ahora de celebrar la Pascua y así alimentarnos de la Palabra de Dios y del alimento de vida eterna.
Por último, ha destacado que es momento de ser dóciles al Espíritu Santo y así fijarnos en María quien corre para anunciar la alegría de la Resurrección de Cristo.
Monseñor José Rico Pavés: » la confianza de los cristianos está en la resurrección de los muertos: no somos seguidores de un muerto, sino de Quien vive para siempre».
Como el primer Domingo de la historia, la celebración anual de la Pascua pone al descubierto la miseria humana. Pero lo hace para renovar la experiencia que ha cambiado definitivamente la historia: el encuentro con Cristo Resucitado. Miseria humana es la traición que llevó a muerte ignominiosa al Maestro con el beso cobarde del discípulo. Miseria humana es el oprobio y desprecio del mundo que se obstina en vivir como si Dios no existiera. Miseria humana es la burla del Inocente en su debilidad extrema. Miseria humana es el desprecio del llanto de los sencillos y humildes. Miseria humana es el pecado y sus consecuencias: la dignidad de la vida humana despreciada, la verdad del amor humano negada, la maldad y la iniquidad convertidas en derechos. Si la cruz hubiera sido el último acto de Cristo seríamos los más desgraciados, permaneceríamos en nuestros pecados y no habría esperanza. Pero la confianza de los cristianos está en la resurrección de los muertos: no somos seguidores de un muerto, sino de Quien vive para siempre.
El amanecer de su primer día ha disipado para siempre la oscuridad de la noche. El alba trae la noticia que todo lo cambia: Jesucristo resucitado; Satanás derrotado; el pecado redimido; la muerte muerta; el llanto, por fin y para siempre, consolado. La celebración más importante del año, la Vigilia pascual, tiene lugar entrada la noche. La primera luna llena de la primavera anuncia la victoria de la luz sobre la oscuridad, de la vida sobre la muerte, de la gracia sobre el pecado. En esta noche santa los cristianos renuevan las promesas de su bautismo y los que han respondido a la llamada del Señor abrazando la fe renacen a la vida por los sacramentos de la iniciación cristiana. Para rescatar al siervo, envió el Padre al Hijo amado. El pecado y la muerte, definitivamente derrotados. Cristo vive para siempre. La cincuentena pascual será marco privilegiado para el encuentro renovado con el Resucitado.
En la mañana de Pascua las mujeres reciben una misión superior a la de los apóstoles. Serán ellas las que lleven a éstos el anuncio de la resurrección. Las que madrugaron para ofrecer los últimos auxilios al cuerpo sin vida de su Señor, se encontraron llevando las primicias de la esperanza para toda la humanidad. El corazón madrugador de aquellas mujeres despertó del sueño de la desesperanza a los que debían ser los cimientos de la Iglesia. Para confirmar el anuncio, Cristo mismo sale al encuentro de las mujeres. A ellas las hace las primeras portadoras de la alegría de la resurrección, les regala la presencia que vence todos los miedos y les confía la misión de comunicar a otros la única noticia que no se desgasta con el tiempo: El Señor ha resucitado de entre los muertos, como lo había dicho.
El evangelio de este Domingo nos hace partícipes de lo que sucedió en el primer Domingo de la historia. Es mañana de encuentro, de prisas y de anuncios. Bendita mañana de Pascua que, con el anuncio de Cristo resucitado, nos trae la imagen bella de la Iglesia portadora de esperanza. Una pregunta, que no envejece, propone cada año la Iglesia durante el Tiempo santo de Pascua a María Magdalena: “¿Qué has visto de camino, María en la mañana?” y una respuesta, siempre nueva, recibe de sus labios la Iglesia con inmensa alegría: “Resucitó de veras, mi amor y mi esperanza”. “Rey vencedor, apiádate de la miseria humana y da a tus fieles parte en tu victoria santa”. ¡Feliz Pascua!
Mensaje del Obispo Nivariense para la Pascua de Resurrección ‘2024
«Pero Dios, rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó, estando nosotros muertos por los pecados, nos ha hecho revivir con Cristo; nos ha resucitado con Cristo Jesús»(Ef. 2,4-6).
Hermanos y amigos: ¡FELIZ PASCUA!
La palabra “pascua” significa “paso del Señor”. Los israelitas celebraban la Pascua para conmemorar en paso de la esclavitud de Egipto a la libertad de la tierra prometida. Todo ello gracias al poder de Dios. Eso fue lo que celebró Jesús con los apóstoles en la Ultima Cena.
Nosotros celebramos en la pascua el paso de Cristo de la muerte a la vida. Por eso decimos: ¡Feliz Pascua de Resurrección! La certeza que Cristo, resucitado de entre los muertos, vive y camina con nosotros, nos llena de paz y alegría, pues, en su resurrección hemos resucitado todos: «Quien está en Cristo es una criatura nueva. Lo viejo ha pasado, ha comenzado lo nuevo” (2Cor. 5,17).
Por eso, como san Pablo en la carta a los Colosenses, podemos decir: «Damos gracias a Dios Padre, que os ha hecho capaces de compartir la herencia del pueblo santo en la luz. Él nos ha sacado del dominio de las tinieblas, y nos ha trasladado al reino del Hijo de su amor, por cuya sangre hemos recibido la redención, el perdón de los pecados». Aquí está expresado el efecto saludable de la resurrección en cada uno de nosotros.
Pero, para obtener sus beneficios es necesario «estar en Cristo»: «Por el bautismo fuimos sepultados con él en la muerte, para que, lo mismo que Cristo resucitó de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en una vida nueva. Pues si hemos sido incorporados a él en una muerte como la suya, lo seremos también en una resurrección como la suya… Si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con él» (Rom. 6,4-5.8)
La Pascua es el paso de Dios, el paso de Jesús de Nazaret, resucitado de entre los muertos, que sigue vivo y haciendo el bien. La Pascua es el paso del pecado a la vida de gracia, de amistad y de unión con el Señor: “Noche Santa que ahuyenta los pecados, lava las culpas y devuelve la inocencia a los caídos”(cantamos en el Pregón de la Vigilia Pascual).
Paso de la muerte a la vida: «Lo mataron colgándolo de una cruz, pero Dios lo resucitó» (cf. Hch. 2,23-24). San Pablo escribe: «Si confiesas con tu boca que Jesús es el Señor, y crees en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo» (Romanos 10,9). La Pascua de Cristo es el triunfo del amor: «Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos» (Jn. 15,13). Y Cristo la dio por todos.
Celebremos el gozo desbordante de la Pascua. Como decimos en la liturgia: «Por eso, con esta efusión de gozo pascual, el mundo entero se desborda de alegría»… El mejor modo de que, este gozo, no se convierta en algo puramente externo, es ahondar en las motivaciones que la liturgia señala como justificantes del mismo. En los prefacios del tiempo de Pascua, antes a consagración del pan y el vino decimos:
Porque el mundo ha sido liberado del pecado por Cristo; «muriendo destruyó nuestra muerte, y resucitando, restauró la vida» (I).
«Porque en la muerte de Cristo y en su resurrección hemos resucitado todos» (II).
«Porque él no cesa de ofrecerse por nosotros, de interceder por todos ante ti; inmolado, ya no vuelve a morir; sacrificado, vive para siempre» (III).
«Porque en él fue demolida nuestra antigua miseria, reconstruido cuanto estaba derrumbado y renovada en plenitud la salvación» (IV).
«Porque él… ofreciéndose a sí mismo por nuestra salvación, quiso ser al mismo tiempo sacerdote, víctima y altar» (V).
Verdaderamente ha resucitado el Señor; verdaderamente tenía razón cuando dijo “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida”, y “quien me sigue no andará en tinieblas, sino que tendrá la Luz de la Vida”. Y justamente, porque Cristo ha resucitado y vive para siempre, sus palabras tienen permanente actualidad y valen para nosotros como si fueran pronunciadas hoy por primera vez. Él es el mismo ayer, hoy y siempre, por eso es contemporáneo nuestro y podemos tener una relación personal, de tú a tú, con Él.
Y cuando, por la fe, esa relación se da, el milagro de la resurrección acontece en nuestra propia vida. Por su poder nos convertimos en hijos de Dios, a imagen suya, y progresivamente vamos viviendo como Él vivió.
Por el poder de Cristo Resucitado podemos ser mejores y más felices. Al celebrar la Pascua todos estamos invitados a brindar por la vida y la esperanza; porque nada ni nadie está definitivamente perdido para el Señor. Por muy difícil y oscura que sea nuestra realidad, por muy lamentable que sea la situación a la que hemos llegado, todos podemos renacer para dar los frutos de esa vida nueva que Jesús conquistó para Él y para todos nosotros cuando resucitó.
Muchos hombres y mujeres de nuestro tiempo nos dicen “queremos ver a Jesús”. Como nos dijo el Papa San Juan Pablo II al comienzo del nuevo milenio: “Los hombres de nuestro tiempo, quizás no siempre conscientemente, piden a los creyentes de hoy no sólo «hablar» de Cristo, sino en cierto modo hacérselo «ver». ¿Y no es quizá cometido de la Iglesia reflejar la luz de Cristo en cada época de la historia y hacer resplandecer también su rostro ante las generaciones del nuevo milenio?”.
Para que el mundo crea que Jesús ha resucitado, nuestro corazón, nuestros pensamientos y nuestras obras tienen que ser las de Jesucristo. Y eso es posible cuando nos dejamos ganar por su Espíritu, cuando respondemos a su llamada —a veces a un seguimiento especial—, cuando buscamos vivir -como Él vivió- en permanente obediencia a la voluntad de Dios; cuando oramos como él lo hizo, cuando sentimos y vivimos la fraternidad con todos los hombres…
«La paz con vosotros», eran palabras de Jesús resucitado en sus apariciones a los discípulos, y ellos se llenaron de alegría al ver al Señor. Este saludo de paz, también resuena hoy para nosotros. Cristo ha resucitado, está vivo y camina con nosotros. Si lo escuchamos y acogemos con fe, “revivirá nuestro corazón” y nos llenaremos de alegría.
El libro que cierra nuestra Biblia -el Apocalipsis- nos acerca a la experiencia que el Resucitado produjo en aquellas primeras comunidades cristianas, tan perseguidas. Nos presenta a Jesús a la vez grandioso y cercano, terrible y cariñoso, vencedor de sus enemigos y premio maravilloso de sus seguidores. Parecería que este Cristo tan maravilloso debería estar instalado ya muy lejos de la pobre humanidad sufriente, simbolizada en la figura de discípulo Juan caído en el suelo como muerto (Ap. 1,17). Pero esa figura maravillosa sale de sí misma, se empequeñece y toca cariñosamente con la mano al pobre Juan caído en tierra: «No temas nada, soy Yo… Estuve muerto y de nuevo soy el que vive por los siglos de los siglos» (Ap. 1,17s).
Son palabras inspiradas por el mismo Cristo resucitado, presentándose a sí mismo como consolador a aquellas comunidades, tan doloridas que parecen ya como muertas. Les dice que les comprende porque él también estuvo muerto, pero ahora vive para siempre y podrá conseguir que ellos venzan también a la muerte igual que él. El dolor del Crucificado es consuelo para los crucificados de este mundo; pero el consuelo se convierte en esperanza cuando nos damos cuenta de que ése que sufrió junto a nosotros, ahora es todopoderoso, y en su poder no se ha olvidado de nosotros, pues «nos ama» de veras (Ap.1,5).
La Resurrección del Señor es siempre transformadora. La tristeza se torna en gozo. La noche en día. El corazón se llena de amor. Es el gran acontecimiento de salvación que no puede quedar encerrado en el pasado. Él está vivo hoy en todas partes: Enseña, libera, perdona y fortalece. Ejerce una poderosa influencia sobre muchísimos corazones. Sentimos en nuestra vida momentos de resurrección cuando amamos, cuando somos perdonados y a la vez perdonamos, cuando nos vuelve la esperanza, cuando salimos de la tumba y se nos abre un nuevo horizonte. La resurrección de Jesús se completará en el futuro, pero empieza ya a realizarse en el presente. Cualquier adelanto fraterno en una comunidad es ese paso, en pequeño, de la muerte a la vida. Avanzar en ser más personas, más unidos, más libres, es un caminar hacia la resurrección, junto con Cristo resucitado. Hacer ver al ciego, sabernos amados y perdonados, madurar en la fe, crecer en la comunión…
Desde los primeros tiempos los cristianos experimentaron y vibraron enaltecidos con el triunfo y la gloria de Cristo resucitado. Dios Padre había resucitado a Jesús como prueba de que su predicación y su vida eran auténticas. Y la fuerza del Resucitado la sintieron viva dentro de ellos. Ya no eran los mismos de antes. Sentían a Jesús actuando dentro de ellos. Éste era el núcleo de su predicación y de sus himnos de alabanza.
El arzobispo de Sevilla, monseñor José Ángel Saiz Meneses concluyó anoche su trilogía audiovisual en la que medita sobre el Triduo Pascual y que ha ido compartiendo en sus redes sociales durante estos días de Semana Santa.
Tras la celebración de la Vigilia Pascual, el arzobispo subió un vídeo en el que felicitaba la Santa Pascua a todos los sevillanos: “Que en todos los corazones y en todos los hogares resuene el anuncio gozoso de que Cristo ha resucitado; que renazca la esperanza, que renazca la alegría”, instaba el prelado.
En su mensaje hace referencia a María Magdalena, “la primera persona que se encontró con Jesús resucitado y fue a anunciarlo a los apóstoles” y a la Virgen, María Santísima, que “durante la Pasión y Muerte del Señor se mantuvo firme en la fe, conservó encendida la llama de la esperanza. Ella vivió como nadie el gozo del encuentro con su Hijo resucitado”.
“La resurrección del Señor es luz que ilumina la vida de todo ser humano, que da sentido a su existencia, que disipa sus zonas de oscuridad e incertidumbre. Vivamos la alegría pascual de sabernos amados por Dios Padre, redimidos por Cristo, llamados a vivir una vida en el Espíritu. ¡Santa Pascua!”, concluye.
Hemos comido y bebido con él después de su resurrección de entre los muertos
Hechos de los apóstoles 10, 34a. 37‑43
En aquellos días, Pedro tomó la palabra y dijo:
«Vosotros conocéis lo que sucedió en toda Judea, comenzando por Galilea, después del bautismo que predicó Juan. Me refiero a Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él. Nosotros somos testigos de todo lo que hizo en la tierra de los judíos y en Jerusalén. A este lo mataron, colgándolo de un madero. Pero Dios lo resucitó al tercer día y le concedió la gracia de manifestarse, no a todo el pueblo, sino a los testigos designados por Dios: a nosotros, que hemos comido y bebido con él después de su resurrección de entre los muertos. Nos encargó predicar al pueblo, dando solemne testimonio de que Dios lo ha constituido juez de vivos y muertos. De él dan testimonio todos los profetas: que todos los que creen en él reciben, por su nombre, el perdón de los pecados».
Salmo responsorial
Salmo 117, 1‑2. 16ab‑17. 22‑23 (R.: 24)
R. / Éste es el día en que actuó el Señor: sea nuestra alegría y nuestro gozo
Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia. Diga la casa de Israel: eterna es su misericordia.
«La diestra del Señor es poderosa, la diestra del Señor es excelsa». No he de morir, viviré para contar las hazañas del Señor.
La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular. Es el Señor quien lo ha hecho, ha sido un milagro patente.
Segunda lectura
Buscad los bienes de allá arriba, donde está Cristo
Carta del apóstol san Pablo a los Colosenses 3, 1-4
Hermanos: Por tanto, si habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba, donde Cristo está sentado a la derecha de Dios; aspirad a los bienes de arriba, no a los de la tierra. Porque habéis muerto; y vuestra vida está con Cristo escondida en Dios. Cuando aparezca Cristo, vida vuestra, entonces también vosotros apareceréis gloriosos, juntamente con él.
SECUENCIA
Ofrezcan los cristianos ofrendas de alabanza
a gloria de la Víctima propicia de la Pascua.
Cordero sin pecado que a las ovejas salva,
a Dios y a los culpables unió con nueva alianza.
Lucharon vida y muerte en singular batalla,
y, muerto el que es la Vida, triunfante se levanta.
«¿Qué has visto de camino, María, en la mañana?»
«A mi Señor glorioso, la tumba abandonada,
los ángeles testigos, sudarios y mortaja.
¡Resucitó de veras mi amor y mi esperanza!
Venid a Galilea, allí el Señor aguarda;
allí veréis los suyos la gloria de la Pascua.»
Primicia de los muertos,
sabemos por tu gracia que estás resucitado;
la muerte en ti no manda.
Rey vencedor,
apiádate de la miseria humana
y da a tus fieles parte en tu victoria santa.
Evangelio según San Juan (20, 1-9)
Él había de resucitar de entre los muertos
El primer día de la semana, María la Magdalena fue al sepulcro al amanecer, cuando aún estaba oscuro, y vio la losa quitada del sepulcro. Echó a correr y fue donde estaban Simón Pedro y el otro discípulo, a quien Jesús amaba, y les dijo: «Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto». Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro. Los dos corrían juntos, pero el otro discípulo corría más que Pedro; se adelantó y llegó primero al sepulcro; e, inclinándose, vio los lienzos tendidos; pero no entró. Llegó también Simón Pedro detrás de él y entró en el sepulcro: vio los lienzos tendidos y el sudario con que le habían cubierto la cabeza, no con los lienzos, sino enrollado en un sitio aparte. Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó. Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos.
Comentario bíblico de Antonio J. Guerra
Celebramos la fiesta más importante del año litúrgico, la fiesta de la luz: la Resurrección del Señor ilumina el corazón de los que creen en Jesús y los llena de una inmensa esperanza.
El Evangelio nos delata que la Resurrección fue un acontecimiento inesperado para los discípulos que creían que con la muerte había acabado todo: no bastaron las predicciones que el propio Jesús hizo. La explicación más plausible era que habían robado el cuerpo, piensa la Magdalena ante esa losa quitada del sepulcro. Los personajes del Evangelio muestran una gran preocupación por el cuerpo de Jesús, y con esto manifiestan su amor hacia Él. Las acciones que siguen a la noticia del “robo” del cuerpo tienen que ver con el ponerse en camino. Pedro y el discípulo amado, con el fin de comprobar la veracidad de la información, se dirigen al sepulcro. Buscando a su Señor, los discípulos están adentrándose por un camino que ya su Maestro recorrió y que le llevó a entregar la vida. La visión del sepulcro vacío añade más suspense y desconcierto, porque no es razonable que el “ladrón” deje los lienzos del cadáver y los coloque hasta plegados. Pedro constata, pero no comprende todavía el signo. Sin embargo, el discípulo amado ve y cree. Estamos aquí en los albores de un cambio radical, de hecho el episodio ocurre en la madrugada “cuando todavía era oscuro”: La noche se aleja, el horizonte clarea; quien no ha visto nunca el sol, no puede saber lo que viene después. “Este es el día en que actuó el Señor”, “Aleluya, Aleluya”.
Orar con la Palabra
Los discípulos no reconocieron la Resurrección de Jesús a partir de la Escritura, sino que fue la Resurrección la que iluminó lo que decía la Escritura.
¿Qué recorrido deben realizar los discípulos desde el conocimiento de la muerte hasta la fe en la Resurrección?
Nos dice san Pablo que la vida de Cristo resucitado es un germen que nos transforma, ¿vivimos de una manera verdaderamente digna de Cristo, que dio su vida por nosotros?
«Cuando aparezca Cristo, vida vuestra, entonces también vosotros apareceréis gloriosos, juntamente con él» Col 3,4
Queridos fieles diocesanos:
Desde hace veinte siglos la Iglesia viene anunciando esta gran noticia: el mismo que expiró en la cruz, el que fue envuelto en lienzos y sepultado, cumplió su palabra: «Al tercer día resucitaré» (Mt 27,63). La muerte ha sido vencida y ha triunfado la vida. Su nueva vida ya no es vida terrena sino vida en plenitud, propia de Dios. Pero más allá de este hecho histórico, el triunfo de Cristo trasciende las leyes de la historia y es la parte central del mensaje cristiano. Es el triunfo del Nuevo Adán sobre el poder del pecado y de la muerte. Abre las puertas a una nueva humanidad que camina con Él hacia la eternidad. El mensaje cristiano, como escribe san Pablo, carecería de sentido sin este triunfo definitivo del Hijo de Dios (cf. 1Co 15, 14-17).
Para nosotros, los cristianos, la Resurrección de Cristo es un verdadero acontecimiento de gracia, porque en Él hemos resucitado todos sus discípulos: Él es la Cabeza y el primero de los hermanos; Él es la vid en la que nosotros fuimos injertados como sarmientos vivos. «Los que por el Bautismo nos incorporamos a Cristo, fuimos incorporados a su muerte. Por el bautismo fuimos sepultados con Él en su muerte para que, así como Cristo fue sepultado de entre los muertos, por la gloria del Padre, así nosotros andemos en una vida nueva» (Rm 6, 3-5). En el Bautismo, y luego en los demás Sacramentos, somos regenerados y reengendrados en el triunfo de Cristo. La Resurrección de Cristo, por tanto, no solamente es el triunfo personal de Jesús, lo es de toda la humanidad. Solamente desde una fe viva podemos comprender y gozar del alcance trascendental universal y eterno de este gran misterio, base y motor de la vida cristiana.
La Resurrección de Cristo no es solamente un dogma, sino el motivo y supremo principio de una nueva forma de vida. La Pascua es plenitud de vida, alegría perfecta, esperanza segura, purificación profunda, compromiso renovado, amor desbordante. La Pascua de Cristo es el punto culminante de la historia y el principio de una nueva historia; es la clave para interpretar la vida y la razón de ser de todas las cosas.
Pero celebrar la Pascua es poco; la Pascua hay que vivirla, hay que asumir su mensaje y llegar a “ser pascua” para nuestro mundo. Que la Pascua no sea solo una fiesta del calendario, un rito, sino un talante, un espíritu, una manera de ser y de vivir. No basta únicamente con creer que Cristo es la Vida, sino que hemos de esforzarnos para que Cristo sea vida en mí, en cada uno de los que nos llamamos cristianos. Y esto quiere decir, entre otras cosas, que:
Cristo, nuestra vida, nos sonríe y no hay lugar para la tristeza.Déjate llenar por su gozo que es inagotable, y que nada ni nadie nos puede quitar. Sí, todavía habrá pasión y sufrimiento, pero ya están redimidos. «Vosotros estaréis tristes, pero vuestra tristeza se convertirá en alegría» (Jn 16,20). Recordemos cómo iba llenando de alegría a Magdalena, después de la búsqueda y el llanto; a Pedro y Juan, después de las carreras nerviosas o la noche con fatiga inútil; a los de Emaús, después del camino desesperanzado y amistoso; a Tomás, después de sus dudas y su soledad; y a todos los discípulos, después de sus miedos e incredulidades. Era alegría recién estrenada, una fuente que el Resucitado introdujo en sus entrañas, y ya no se secaría nunca. Una alegría que era compatible incluso con las persecuciones y los sufrimientos. Una alegría que nada ni nadie les podría quitar. Eso es la Pascua: sé tú también sonrisa y alegría de Cristo para los demás.
Cristo, nuestra vida, nos sostiene y no hay lugar para la desesperanza.Él es tu sentido, tu ilusión y tu esperanza. No faltarán problemas, fracasos y desengaños, pero todo tiene ya una razón y una orientación; todo se orienta hacia la Pascua, todo se ilumina desde la Resurrección de Jesucristo. La respuesta de Dios es siempre «al tercer día». Hay un día de muerte y un día de espera. Siempre al tercer día resucitamos. La Resurrección de Cristo es un sí a la vida y a todas nuestras más profundas aspiraciones. Eso es la Pascua: sé tú también un signo de esperanza.
Cristo, nuestra vida, nos acompaña e ilumina y no hay lugar para la soledad.Él es la luz en medio de nuestras tinieblas, la compañía en nuestras soledades más profundas. «Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo: tu vara y tu cayado me sosiegan» (Sal 23,4). Aunque todos te abandonen, nunca te sientas solo. Incluso, aunque tú olvidaras a Cristo, Él no te olvida. Eso es la Pascua: sé tú también presencia de Cristo para los demás, mano tendida a todos.
Cristo, nuestra vida, es nuestra justificación y no hay lugar para el pecado.Cristo cargó con todos tus pecados, los clavó en la cruz y te purificó con su sangre. Ahora te repite: yo te perdono, no temas; yo te perdono y te quiero; hoy estarás conmigo en el paraíso. Él es nuestra justificación ante Dios, nuestro puente hacia la salvación. Eso es la Pascua: perdónate también a ti mismo, ten paciencia con tus limitaciones y tus fallos; y después extiende a los demás el perdón y la paz. Sé presencia misericordiosa para todos.
Cristo, nuestra vida, nos ama y no hay lugar para el desamor. Cristo Resucitado es la victoria del amor. Al dar la vida por nosotros, la recuperó renovada, porque el amor no muere. Jesús nos ama con un amor completo, eterno y sin condiciones. No importa quiénes somos, de dónde venimos o qué hemos hecho en el pasado, su amor por nosotros nunca disminuye. Él te ama, aunque tú no lo merezcas; te capacita para amar, derramando todo su amor en ti. Eso es la Pascua: ser capaz de amar hasta el extremo.
Cristo, nuestra vida, resucita en ti y no hay lugar para la muerte.Es verdad que la muerte nos rodea y no para de conseguir victorias: ahí están las violencias de la guerra o el terrorismo, la muerte de inocentes, el hambre y las enfermedades. Pero Cristo ha resucitado y nos ofrece semillas de inmortalidad. Todas las muertes pueden ser redimidas, superadas y resucitadas. Eso es la Pascua: sigue esparciendo tú esas semillas de Cristo, sigue sembrando la vida, sigue luchando contra la muerte, sé testigo de la resurrección.
Jn 20, 1-9. Él había de resucitar de entre los muertos.
Vio y creyó. ¡El amor ha vencido a la muerte! ¡Jesús vive! ¡Aleluya!
Celebremos que Cristo ha vencido el mal, hoy ha resucitado y estará con nosotros para el resto de los días: El pasaje del Evangelio de hoy narra el momento en el que María Magdalena descubre el sepulcro de Jesús vacío, y tras ello corre a informar a los discípulos. ¡Cristo ha resucitado!
Lo extraordinario de este acontecimiento es que al resucitar Cristo, él nos está resucitando también a nosotros. A través de Jesucristo, su gloria se convierte en nuestra gloria. Este fragmento bíblico nos invita a reflexionar sobre lo que sintieron estas personas al ver tan grandioso acontecimiento de salvación:
En primer lugar, María Magdalena nos demuestra un amor desinteresado y un profundo apego a Jesús. Su devoción la lleva a levantarse temprano para servir al Señor, sin esperar nada a cambio. Su amor puro la convierte en la primera testigo de la resurrección. Por otro lado, Juan -quien representa la valentía- demuestra tal amor por Jesús que lo hace permanecer firme junto a él en la Cruz y luego a correr hacia el sepulcro en su búsqueda. Para nosotros, Juan simboliza la fuerza del amor inquebrantable que nos lleva a buscar a Dios incluso en los momentos más difíciles. Por último, Pedro. Más lento en asimilar lo que había ocurrido, también experimenta la Resurrección. A pesar de sus dudas y su pasado de negación, representa la lucha interna entre la fe y las dudas, pero su amor persistente finalmente lo lleva a la verdad.
La evidencia física del sepulcro vacío plantea la pregunta sobre lo que realmente sucedió con el cuerpo de Jesús. Este hecho lleva a una reflexión más profunda sobre la resurrección, que se convierte en el punto central de la fe cristiana. La ausencia de Jesús en el sepulcro no solo sorprende a sus discípulos, sino que también los impulsa a cuestionar y a intentar comprender lo que significa esta ausencia en relación con lo que Jesús les había enseñado. Ahora, comprendemos que la escritura nos habla del amor de Dios y de la alegría que contagiaba en vida, pero también tras su resurrección, que sigue perdurando hasta nuestros días: Cuando él pasaba «toda la gente se alegraba» (Lc 13,17). Después de su resurrección, donde llegaban los discípulos había una gran alegría (cf. Hch 8,8).
En nuestro día a día vemos a muchas personas que hallan en la resurrección de Jesús un motivo para encontrar un rumbo a su vida y la felicidad plena. Esta alegría no es solo un sentimiento efímero, sino un estado del corazón arraigado en la fe. Es una alegría que trasciende las circunstancias externas y las pruebas de la vida, porque está fundamentada en una esperanza que no decepciona. Su resurrección no es algo del pasado; entraña una fuerza de vida que ha penetrado el mundo. Donde parece que todo ha muerto, por todas partes vuelven a aparecer los brotes de la resurrección[1]. El Domingo de Resurrección nos invita a reflexionar sobre la naturaleza transformadora de la fe y a celebrar la victoria definitiva de la luz sobre la oscuridad, el bien sobre el mal.
Hermanos, disfrutemos de la presencia salvadora de Cristo. Él ha resucitado por todos nosotros.
Feliz Pascua de Resurrección.
Freddy Enrique Uzcátegui Rodríguez, Delegado Diocesano para la Evangelización, Catequesis y Catecumenado.
La Vigilia Pascual ha reunido en la noche santa a numerosos fieles en la Catedral de Jaén, para celebrar que la luz ha vencido a las tinieblas; que nuestro Señor Jesucristo pasa de la muerte a la vida.
Debido a las inclemencias meteorológicas, en el interior del templo, junto a la puerta del Perdón, se encontraba el brasero que contenía el fuego nuevo que bendecía el Obispo, Don Sebastián Chico Martínez. Posteriormente, tras la incisión de la cruz, del alfa y el omega y de los otros signos en el Cirio, incrustó los cinco granos de incienso, en recuerdo de las llagas del Señor. Culminaba el rito encendiendo el Cirio Pascual, símbolo de la vida y la resurrección.
Con el Cirio encendido, el Canónigo y Rector del Seminario, D. Juan Francisco Ortiz, encabezó la procesión hasta el presbiterio, con el templo totalmente a oscuras. Lo seguía un seminarista con el báculo, el Obispo, algunos Canónigos de la Catedral, los seminaristas, los ministros y los niños que iba a recibir las aguas del bautismo, junto con sus padres y padrinos. Cerraba la comitiva los fieles reunidos en esta solemne celebración.
De camino hacia el altar mayor se entonaba tres veces «Luz de Cristo», mientras se levantaba el Cirio. En el primer canto, el Obispo encendía su candela. Tras entonar el segundo, uno a uno, todos los congregados encendieron las suyas. Una vez en el presbiterio, se pronuncia el tercer «Luz de Cristo», mientras se encendían algunas luces del templo y el Cirio Pascual se instalaba junto al ambón.
El Canónigo D. Emilio Samaniego fue el encargado de cantar el pregón Pascual. Le siguieron siete lecturas, con sus salmos. A continuación, con el canto del Gloria se encendieron todas las luces del templo y varios miembros de la Cofradía de la Buena Muerte vistieron la mesa del altar. Después, las campanas volteraron, anunciando que Cristo ha resucitado. Tras la lectura de la Epístola, se ha entonado el Aleluya. Y, finalmente, D. Emilio Samaniego proclamaba el Evangelio de San Marcos.
Homilía
El Obispo quiso comenzar su predicación recordando que hemos acompañado a Jesús en la soledad y el dolor de su pasión. “El camino del Calvario es el itinerario de su fidelidad y de su amor. Un camino que cruza los sufrimientos de este mundo hasta alcanzar la gloria de la resurrección”.
Asimismo, Don Sebastián subrayó que el sábado santo es “el símbolo de algo que vivimos intensamente en el mundo de Dios. Tanto en los días de éxito y de alegría, como en medio de las grandes catástrofes, Dios calla y espera. En este silencio de Dios hay muchos que dudan de la verdad de la fe, otros que se alejan resueltamente, otros muchos que sufren y esperan”. Para añadir: “Os invito a que, en este proceso de discernimiento sobre la conversión pastoral que estamos realizando en nuestro Plan Pastoral diocesano, vivamos esta noche especialmente cercanos a los alejados, a los desconcertados, a los incrédulos, a los cristianos decepcionados. Vamos a rezar fraternalmente por los que no conocen la verdad de la Iglesia o por tantos que crecieron en ella y hoy están lejos de nosotros, porque se han afincado en la incredulidad, de los mesianismos efímeros y vacíos que ofrecen los ídolos modernos”.
Del mismo modo, el Pastor diocesano recordó que, también, nosotros necesitamos “que nos ilumine y nos conforte el esplendor de la resurrección. Nuestra fe necesita fortalecerse con la aparición gloriosa de Cristo Resucitado”. “Como ese fuego nuevo que hemos encendido al comienzo de esta Vigilia, tiene que nacer una vida nueva en nosotros, en nuestra Iglesia entera”.
“Que esta noche marque para nosotros, como marcó para los discípulos y para las santas mujeres, el principio de un gran amor, de una vida diferente, libre de los poderes de este mundo, sostenida por la presencia cercana del Resucitado, renovada por la acción profunda de su Espíritu. Cada vez más parecida a la vida de los santos en el cielo, hecha de amor verdadero a Dios y a los hermanos. Esta es la nueva creación. Como la Virgen María, acojamos al resucitado con fe y alegría”, culminaba.
Sacramento del Bautismo
Al término de las palabras del Prelado, D. Juan Francisco Ortiz portó el Cirio Pascual hasta la pila bautismal, donde Don Sebastián bendijo el agua. Allí se bautizó a los dos pequeños: Martín y María de la Vega.
A continuación, los fieles que estaban participando en la Vigilia Pascual renovaron las promesas bautismales. Y, con las candelas encendidas, al igual que el día de su Bautismo, el Obispo fue asperjando a todos los presentes.
Las ofrendas fueron presentadas ante el Obispo por los familiares de los dos niños que acababan de ser bautizados.
Además, Martín y María de la Vega subieron al Presbiterio, junto a sus padres y padrinos que rezaron por ellos el Padre Nuestro. Su primera vez como hijos de Dios.
Tras la bendición final, el Obispo ha querido desear una feliz Pascua de Resurrección a los fieles y felicitar a las familias de Martín y María de la Vega, por el sacramento recibido. Tras una foto de familia, con los niños bautizados y sus familias, todos los fieles pudieron compartir un chocolate en la Sacristía.
“¡Jesús ha resucitado y vive entre nosotros; va por delante a Galilea, y allí lo veremos! ¡Santa y Feliz Pascua!” De esta forma felicitó el arzobispo de Sevilla, monseñor José Ángel Saiz Meneses, la Pascua a todos los fieles que abarrotaron las naves de la Catedral de Sevilla durante la celebración de la vigilia pascual. Junto al prelado hispalense, con celebraron el nuncio apostólico en Marruecos, mons. Alfred Xuereb; el deán del Cabildo, Francisco José Ortiz; el decano de la Facultad de teología San Isidoro de Sevilla, Manuel Palma; o el párroco del Sagrario de la Catedral, Manuel Cotrino, entre otros sacerdotes.
Tras relatar la secuencia de la resurrección, el arzobispo destacó que “esta noticia cambió sus vidas como ha cambiado la historia humana, y desde entonces se sigue transmitiendo de generación en generación. Un anuncio antiguo y siempre nuevo que ha resonado una vez más en esta Vigilia Pasqual, y se difunde por toda la tierra en esta noche gozosa y santa”. La celebración comenzó con la bendición del fuego en la Puerta de San Miguel, del que se ha encendido el cirio pascual. Tras encenderse las velas que portaban los participantes en esta vigilia, se ha procedido al anuncio de la Pascua, con el canto del pregón, “un cántico impregnado de gozo por la resurrección de Cristo”. Seguidamente, se han leído las lecturas de la Palabra de Dios que presentan la historia de la salvación.
En su homilía, el arzobispo ha afirmado que “la Resurrección de Jesús hace nuevas todas las cosas”. “La Resurrección nos revela el sentido de la muerte de Jesús como cumplimiento del designio del Padre, muestra a Cristo como instrumento de redención universal y como el camino que lleva a la vida. La Resurrección ha transformado la situación del hombre y del mundo, la situación de la historia universal y de cada historia personal”, ha añadido. Más adelante ha recordado que con la renovación de las promesas bautismales “tenemos que ser conscientes de nuestra condición de hijos de Dios, de miembros de Cristo y templos del Espíritu Santo”.
En esta celebración han participado miembros de varias comunidades del Camino Neocatecumenal: 6ª Comunidad de Santa María la Blanca de Los Palacios y Villafranca; 1ª Comunidad de Ntra. Sra. de la Victoria de Morón de la Frontera, y 1ª Comunidad de San Juan Bautista de Las Cabezas de San Juan. Monseñor Saiz ha destacado que “durante años han recorrido un camino de redescubrimiento de la fe, de la fe que un día recibieron de pequeños. Han caminado a la luz de la Palabra de Dios y de la Eucaristía y, acompañados por la Iglesia, han seguido el itinerario de fe que nos propone el Ritual de la Iniciación Cristiana de Adultos”.
“Cristo ha resucitado. Él es la respuesta a todos los interrogante”, ha reiterado. En esta línea, ha señalado que Cristo resucitado “nos da la fuerza para madurar y crecer como hijos de Dios, para renovar la Iglesia y para construir un mundo nuevo. A pesar de que somos pobres y débiles, su presencia en medio de nosotros día tras día, hasta el fin del mundo, es nuestra fortaleza y esperanza. Él es salvación y vida nueva, y esta buena noticia la tenemos que comunicar a través de un estilo de vida gozoso, solidario, esperanzado”.