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El clamor del agua: don divino, derecho universal y frontera de la justicia humana

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El agua es, simultáneamente, la materia prima de la existencia y el espejo donde se refleja la calidad moral de nuestra civilización. Científicamente, la vida en la Tierra es inexplicable sin su presencia; teológica y espiritualmente, constituye uno de los símbolos más potentes de renovación, pureza y gracia. Sin embargo, en pleno siglo XXI, este precioso recurso se ha transformado en uno de los mayores factores de desigualdad global. Mientras una parte del planeta abre el grifo con la certeza de la abundancia, millones de personas se enfrentan diariamente a la realidad asfixiante de la escasez, la insalubridad y la exclusión.

En este complejo escenario este mes de septiembre el Sumo Pontífice ha dedicado su intención de oración a una urgencia que no admite dilaciones: «el cuidado del agua». A través de la Red Mundial de Oración del Papa, León XIV convoca a los fieles y a todas las personas de buena voluntad a reconocer el agua no como un mero recurso económico o un bien de consumo, sino como un don de Dios, un regalo universal y un derecho inalienable sin fronteras. Esta convocatoria no es casual ni aislada. Coincide de manera precisa con el arranque del Tiempo de la Creación, una iniciativa ecuménica que comenzó el pasado 1 de septiembre con la Jornada Mundial de Oración para el Cuidado de la Creación y culminará el próximo 4 de octubre, memoria litúrgica de san Francisco de Asís. En este 2026 el período adquiere una densidad extraordinaria al conmemorarse el octavo centenario del tránsito de Francisco de Asís, el santo que cantó a la «hermana agua, la cual es muy útil y humilde, y preciosa y casta». El llamamiento del Sucesor de Pedro es, por tanto, una invitación a custodiar el oro azul desde tres coordenadas fundamentales: la gratitud, la justicia y la responsabilidad.

Para comprender la hondura del mensaje pontificio, es necesario acudir a la raíz espiritual que sostiene la Doctrina Social de la Iglesia respecto a los bienes naturales. En la oración que acompaña la intención mensual, el Obispo de Roma se dirige al «Señor de la Vida» para elevar una vibrante acción de gracias por el agua, definiéndola como «fuente de fecundidad, frescura y esperanza» y, de manera central, como símbolo de la gracia y el amor que nos renueva por medio del Bautismo.

En la tradición judeocristiana el agua posee un carácter primordial. Está presente desde los primeros versículos del Génesis, donde el Espíritu de Dios aleteaba sobre la faz de las aguas, configurando el caos original en un cosmos rebosante de vida. El agua fecunda la tierra, hace germinar la semilla y sacia la sed del pueblo en el desierto como signo de la providencia divina. En el Nuevo Testamento este elemento vital adquiere su máxima dignidad sacramental: es el vehículo visible del Bautismo, el signo del nuevo nacimiento y de la incorporación a la vida divina. Cuando Jesús se encuentra con la mujer samaritana junto al pozo de Jacob, el agua física se convierte en el trampolín pedagógico para anunciar el agua viva que salta hasta la vida eterna. Por lo tanto, degradar el agua o restringir su acceso no es solo un fracaso político o de ingeniería distributiva; es una profanación de un signo sagrado. Al concebir este recurso esencial como un reflejo del amor divino que sostiene la creación, Su Santidad nos recuerda que nuestra relación con este elemento mide la autenticidad de nuestra fe. No se puede amar al Creador mientras se desprecia o se destruye el don que sostiene a sus criaturas. La frescura y la esperanza que el agua evoca espiritualmente deben traducirse en realidades tangibles para los cuerpos y los campos de nuestro planeta.

Frente a la belleza del diseño divino, la realidad geopolítica actual presenta una dolorosa paradoja. El Santo Padre introduce en su plegaria un valiente acto de contrición colectiva al pedir perdón por haber convertido el agua «en mercancía», un error antropológico y económico que olvida sistemáticamente que nos encontramos ante «un regalo universal, un derecho sin profesar fronteras». La conversión del agua en un producto sujeto a las leyes de la oferta y la demanda, a la especulación financiera y a la privatización desmedida es una de las grandes desdichas de la modernidad tardía. Cuando el acceso al agua potable depende de la capacidad adquisitiva de un individuo o de una comunidad, la lógica del mercado sustituye a la lógica de la dignidad humana. En muchas metrópolis del Sur Global, sus habitantes pagan tarifas desproporcionadamente más altas a camiones cisterna privados por agua de dudosa calidad que las clases acomodadas por agua canalizada y purificada en sus hogares. La mirada del Pontífice se dirige con sincera empatía y agudeza social hacia quienes padecen de forma directa las consecuencias de esta asimetría: «tantos hermanos y hermanas que no tienen agua limpia, que caminan kilómetros para encontrarla, que enferman por su escasez». Las estadísticas de los organismos internacionales respaldan este grito de alarma: muchedumbres enteras carecen de servicios de agua potable gestionados de forma segura. Las mujeres y las niñas en entornos rurales de África y Asia recorren un promedio de seis kilómetros diarios cargando pesados contenedores, sacrificando su acceso a la educación y exponiéndose a graves riesgos de seguridad. La insalubridad del agua y la falta de saneamiento básico siguen siendo las principales causas de enfermedades diarreicas y mortalidad infantil prevenible en el mundo. Esta funesta realidad fractura el principio del destino universal de los bienes, pilar de la enseñanza social católica. El agua no pertenece a quien puede pagarla, ni al Estado que geográficamente la alberga en sus acuíferos, ni a las corporaciones que la embotellan. El agua es un derecho humano fundamental porque de ella depende la supervivencia misma. Negar el agua es negar el derecho a la vida.

El marco temporal de esta intención de oración confiere al texto una relevancia histórica particular. El año 2026 marca el octavo centenario del tránsito de san Francisco de Asís (1226-2026). Este preclaro hijo de la Iglesia no fue un mero ecologista romántico ante las fuerzas de la naturaleza; fue un místico que experimentó la fraternidad cósmica a partir de su profunda comunión con el Padre de todos. Al llamar a los elementos hermanos y hermanas, el Pobrecillo de Asís derribó la muralla de la dominación despótica que el ser humano ha pretendido ejercer sobre el entorno. El Papa recoge este testigo franciscano para articular su llamamiento a través de la Red Mundial de Oración. La conmemoración de esta efeméride no puede limitarse a celebraciones litúrgicas o académicas aisladas; debe traducirse en un cambio radical de mentalidad, en una genuina conversión ecológica. San Francisco nos enseña que el cuidado del agua nace de la gratuidad, no de la utilidad. La hermana agua nos sirve porque es humilde y preciosa, y precisamente por su vulnerabilidad exige de nosotros una custodia atenta y reverente. En la encíclica Laudato si’ el Papa Francisco no dejaba de remarcar que todo está conectado. En este sentido, la crisis del agua es un síntoma de una crisis ética y cultural más amplia: la cultura del descarte. Al festejar los ochocientos años de la pascua del santo de Asís, todos estamos llamados a redescubrir que la ecología integral une inseparablemente el clamor de la tierra con el de los pobres. Cuidar el agua, pues, es una forma concreta de vivir el Evangelio de la fraternidad universal.

La oración de León XIV no se circunscribe al diagnóstico del problema o a la lamentación de las injusticias; culmina con una hoja de ruta espiritual y práctica para la acción. La plegaria concluye invocando la fuerza del Espíritu Santo para que transforme a los creyentes y a todas las personas de buena voluntad en «peregrinos de lo esencial». ¿Qué significa ser un peregrino de lo esencial en la era del hiperconsumo y el cambio climático? Se trata de adoptar un estilo de vida caracterizado por tres virtudes operativas que Su Santidad desgrana con claridad. En primer lugar, vivir con sobriedad. Esto es un acto de liberación frente a la tiranía del desecho. Implica reconocer que nuestros recursos son finitos y que el consumo desmedido de agua en actividades secundarias priva a otros de lo necesario para subsistir. Es una apelación a la templanza doméstica y comunitaria. Es imprescindible asimismo evitar el derroche y la contaminación. El cristiano y el ciudadano consciente no pueden ser cómplices pasivos de las dinámicas destructivas. La dilapidación del agua en sistemas agrícolas ineficientes, el descuido industrial que vierte tóxicos en los ríos y la inacción ante las fugas en las redes de distribución urbana deben ser señalados con valentía y rigor técnico. Del mismo modo es fundamental la denuncia profética, que es una forma de caridad social. En efecto, nadie ignora la importancia de defender el derecho de cada persona «a beber sin miedo, sin desigualdad». Esto conlleva un compromiso político y ciudadano directo que consiste en apoyar legislaciones que protejan los ecosistemas hídricos, promover tecnologías de desalinización y purificación accesibles para los países en desarrollo, y garantizar que la gestión del agua priorice siempre el consumo humano y ecológico sobre los intereses comerciales. Beber sin miedo significa igualmente garantizar la seguridad sanitaria del agua, eliminando las fuentes de contaminación que siembran la enfermedad y la muerte en las periferias del mundo.

En definitiva, el Tiempo de la Creación de 2026 nos sitúa ante un umbral decisivo. El agua, que es signo de esperanza, no puede seguir siendo motivo de conflicto, enfermedad o exclusión. Al unir la herencia milenaria del Bautismo, el testimonio profético de san Francisco de Asís en su octavo centenario y el drama contemporáneo de multitud de seres humanos sin acceso al agua potable, el Papa León XIV nos propone un riguroso examen de conciencia que se transforme en acicate para que el agua sea un derecho sin fronteras. Este es, sin duda alguna, el gran desafío técnico, político y ético de nuestra generación. No se trata simplemente de un problema de escasez física, sino de una flagrante distribución injusta del poder y de los recursos. Que este mes de septiembre de 2026, impulsados por la oración y la acción comunitaria, dejemos de mirar al agua como una mercancía para volver a contemplarla y protegerla como lo que verdaderamente es: el abrazo de Dios que sostiene la vida de la humanidad entera. Solo así seremos capaces de construir un futuro donde la sed sea saciada por la justicia y donde cada ser humano pueda beber, con dignidad y en paz, de la fuente de la vida.

Fernando Chica Arellano
Observador Permanente de la Santa Sede ante la FAO, el FIDA y el PMA

El Obispo de Jaén recibe la cruz pectoral con las reliquias de mártires de la Diócesis

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La Delegación para la Causa de los Santos han hecho entrega hoy al Obispo, Don Sebastián Chico Martínez, de la cruz pectoral que la Diócesis de Jaén le ha regalado con motivo de sus bodas de plata sacerdotales.

El pasado 5 de julio, la S.I. Catedral de Jaén acogió la Eucaristía de acción de gracias por los veinticinco años de ministerio sacerdotal de Don Sebastián. En aquella celebración, la Iglesia diocesana quiso acompañar a su Obispo y hacerle entrega de un recuerdo de esta efeméride: una imagen de san Sebastián. Durante aquella celebración, además, se anunció que recibiría próximamente una cruz pectoral con reliquias de san Eufrasio y de varios mártires de la Iglesia de Jaén, entre ellos el Obispo Manuel Basulto. Ese anuncio se ha hecho realidad hoy con la entrega de este pectoral.

Por su parte, el Obispo ha recibido este regalo con especial gratitud y ha destacado el significado que tiene para él llevar consigo las reliquias de quienes dieron testimonio de su fe en esta tierra. “Recibo este regalo con mucha gratitud a toda la Diócesis, en un año tan importante para mi ministerio sacerdotal. Para mí es muy significativo poder llevar conmigo las reliquias de los mártires de esta tierra y de san Eufrasio, primer obispo de la Iglesia jiennense, y también las de mi antecesor, el beato Manuel Basulto. Qué mejor compañía para un Obispo que la de quienes dieron su vida por Cristo y permanecieron fieles hasta el final”.

Cruz pectoral

La cruz pectoral de plata alberga reliquias ex ossibus, es decir, fragmentos de huesos, de siete santos y beatos mártires de nuestra tierra: san Eufrasio; el beato Manuel Basulto, Obispo; el beato Juan Morillo Torres, sacerdote; el beato Juan de Dios Marín Masdemont, sacerdote; el beato Antonio del Peral Bustos, sacerdote; la beata sor Isabel Aranda OSC, religiosa; y el beato Pedro Sandoica Granados, laico.

Esta cruz pectoral de plata está inspirada en la que habitualmente porta el Santo Padre León XIV.

La idea de realizar esta cruz relicario para nuestro Obispo parte de la Delegación Episcopal para la Causa de los Santos. Para ello, hace unos meses se decidió recurrir a los servicios del prestigioso reliquiarista siciliano Antonino Cottone, quien ya había elaborado reliquias utilizando las técnicas tradicionales medievales para otras cruces pectorales.

La cruz ha sido realizada por el taller de joyería napolitano Ascione-Torre del Greco 1855, con camafeo del Santo Rostro, realizado en concha de madreperla.

Desde este año 2026, san Eufrasio guiará los pasos de monseñor Sebastián Chico, primer Obispo de Jaén y patrón de la Diócesis, junto a los beatos mártires que ofrecieron su vida en fidelidad al Evangelio.

«Tu fe, tu legado»: día del Testamento solidario

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Tu testamento también puede ser un acto de fe. Esta es la idea que articula la campaña ‘Tu fe, tu legado’ que presenta el secretariado para el Sostenimiento de la Iglesia durante este mes de septiembre, en torno al Día Internacional del Legado Solidario —13 de septiembre—. La campaña anima a incluir a la parroquia o diócesis en el testamento para dejar una herencia solidaria.

WEB OFICIAL

En la actividad de la Iglesia en España se dedican más de 26 millones de horas por los sacerdotes en su labor en las parroquias, se atiende a casi 4 millones de personas en sus centros sanitarios, existen 6.200 centros para mitigar la pobreza y mucho más. Xtantos invita a dejar «tu testimonio solidario» para que «tu huella sea eterna», ya que esta ayuda permite que la Iglesia pueda seguir prestando su labor social y espiritual al servicio de toda la sociedad.

Para apoyar a la Iglesia en su misión y dejar este testamento solidario existen varias formas: destinar un porcentaje de la herencia, legar un bien específico o nombrar a la Iglesia heredera universal o coheredera de los bienes. Otra manera es ponerse en contacto con la diócesis o parroquia para obtener más información.

La Diócesis de Jaén instituye la Medalla Diocesana «Pro Ecclesia Giennensi»

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El Obispo de Jaén, Monseñor Chico Martínez, ha firmado el decreto que establece esta distinción honorífica para reconocer servicios de especial relevancia a la Iglesia diocesana

La Diócesis de Jaén cuenta desde hoy con una regulación formal para una distinción que quiere reconocer, de manera excepcional, el servicio fiel y generoso prestado a la Iglesia diocesana. Don Sebastián Chico Martínez ha firmado este 11 de septiembre de 2026 el decreto por el que queda instituida oficialmente la Medalla Diocesana «Pro Ecclesia Giennensi», distinción honorífica propia de la Diócesis de Jaén.

La nueva regulación nace con el propósito de reconocer públicamente a personas cuya trayectoria o servicio hayan supuesto una aportación especialmente significativa a la misión de la Iglesia en Jaén. La Medalla pretende ser, en palabras del propio decreto, una expresión de gratitud hacia quienes entregan sus capacidades y buena parte de su vida a la evangelización, la celebración de la fe, la caridad, la formación cristiana, el sostenimiento de las comunidades y las distintas tareas que hacen posible la misión diocesana.

La distinción conservará un carácter exclusivamente honorífico y testimonial. Su concesión no implicará derechos canónicos, precedencia, privilegios litúrgicos, remuneración ni ninguna otra ventaja jurídica o económica.

Un reconocimiento al servicio excepcional

Las normas aprobadas subrayan, expresamente, el carácter excepcional de la Medalla. No habrá obligación de concederla cada año ni existirá un número mínimo de personas galardonadas.

Entre los criterios que deberán valorarse se encuentran una trayectoria prolongada y acreditada de servicio a la Iglesia o la realización de un servicio singular de extraordinaria relevancia; la dedicación a ámbitos como la evangelización, la pastoral, la liturgia, la catequesis, la formación, la caridad, la educación, la acción social, el patrimonio o el sostenimiento de la misión; así como la disponibilidad, la generosidad, la gratuidad y el espíritu de servicio. También, se tendrán en cuenta la comunión eclesial, el testimonio cristiano, la ejemplaridad y los frutos pastorales, comunitarios o institucionales que puedan acreditarse.

La normativa establece, además, una distinción importante: la antigüedad, la jubilación o el mero desempeño de un cargo no serán suficientes por sí solos para recibir la Medalla, como tampoco la notoriedad pública o profesional, las donaciones o aportaciones económicas, o el simple cumplimiento de las obligaciones laborales, ministeriales o estatutarias.

En el caso de los sacerdotes, deberá acreditarse que el mérito supera el cumplimiento ordinario y fiel del ministerio encomendado. Para quienes desarrollen servicios profesionales remunerados en instituciones eclesiales, será necesaria una aportación extraordinaria que trascienda claramente el cumplimiento contractual. En cofradías, hermandades, asociaciones y movimientos, tampoco serán suficientes la antigüedad o la ocupación de cargos directivos: deberá acreditarse un servicio eclesial especialmente significativo, realizado en comunión con los pastores y con fruto para la comunidad.

Una medalla con símbolos de la tradición cristiana de Jaén

La Medalla Diocesana «Pro Ecclesia Giennensi» adopta como modelo oficial la pieza que ya había sido diseñada para la Diócesis de Jaén. Se trata de una medalla de 70 milímetros de diámetro, realizada en metal con baño de plata.

En su anverso aparece el crismón visigodo de La Guardia, como evocación de las antiguas raíces cristianas de Jaén, acompañado por la leyenda evangélica: «Al que me sirva mi Padre lo honrará». En el reverso figuran el Santo Rostro, el alfa y la omega y el triple arco de inspiración vandelviriana, vinculado a la Santa Iglesia Catedral de Jaén. El diseño original es obra del presbítero D. Pedro José Martínez Robles. La medalla estará acompañada además de una pequeña insignia. Junto a la medalla, la persona distinguida recibirá un diploma acreditativo, de carácter institucional y protocolario.

Un procedimiento reservado y con decisión exclusiva del Obispo

La concesión corresponderá exclusivamente al Obispo diocesano. Las candidaturas podrán ser promovidas por el propio obispo o presentadas por responsables pastorales o institucionales, consejos diocesanos, arciprestales o parroquiales y, en determinados supuestos, por asociaciones, movimientos, cofradías y hermandades. Las normas descartan expresamente las autopropuestas, las campañas públicas y las recogidas de firmas.

Las propuestas deberán presentarse en la Secretaría General-Cancillería durante el mes de junio e incluir una exposición razonada de los méritos, una reseña o currículo eclesial, documentación que permita comprobar los hechos alegados y una propuesta breve de motivación. A partir de ahí se abrirá un expediente reservado y se recabarán los informes necesarios antes de elevarlo al Obispo.

El procedimiento incorpora, también, medidas destinadas a preservar la buena fama y la intimidad de las personas candidatas. Los expedientes tendrán acceso restringido y la existencia de una candidatura no se hará pública antes de la decisión episcopal. El Consejo Episcopal será oído ordinariamente por el Obispo, aunque su valoración no tendrá carácter vinculante.

Cada concesión se formalizará mediante un decreto episcopal en el que constarán el nombre de la persona distinguida y, al menos de forma resumida, los méritos que fundamentan el reconocimiento. La concesión quedará además inscrita en un registro permanente gestionado por la Secretaría General-Cancillería.

La entrega de la Medalla será ordinariamente realizada por el Obispo y tendrá carácter público, preferentemente en un acto diocesano o en el lugar con el que la persona distinguida haya mantenido una vinculación especialmente significativa.

Continuidad con las medallas concedidas anteriormente

El decreto firmado por Mons. Sebastián Chico Martínez contempla también la continuidad histórica con las medallas concedidas por la Diócesis de Jaén con anterioridad a la entrada en vigor de esta regulación, siempre que puedan acreditarse documentalmente. Estas concesiones quedarán integradas en la nueva Medalla Diocesana «Pro Ecclesia Giennensi» y serán inscritas de oficio en el Registro, conservando su fecha originaria de concesión.

Con la entrada en vigor de este decreto, la Diócesis dota así de un marco estable a una distinción destinada a reconocer trayectorias y servicios que, por su especial relevancia, hayan contribuido de manera singular a la vida y misión de la Iglesia de Jaén.

Decreto Medalla Diocesana «Pro Ecclesia Giennensi»

“El perdón no es una señal de debilidad, es una señal de amar con el amor de Cristo”

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Homilía de D. José María Gil Tamayo, arzobispo de Granada, en el XXIV Domingo del Tiempo Ordinario, en la S.A.I Catedral, el 13 de septiembre de 2026.

Queridos sacerdotes celebrantes,

Queridos hermanos y hermanas, también quienes nos seguís a través de la televisión.

Acabamos de escuchar la Palabra de Dios, que nos habla de amor, del amor al prójimo, del amor a Dios. Llevamos varios domingos insistiendo en este mandamiento que es el principal de los cristianos, el mandamiento principal. Las preguntas en el Evangelio son esenciales. Los evangelistas se sirven del género de las preguntas para mostrar los mensajes esenciales de Jesús.

¿Acordaros, ya hace unos domingos que la pregunta era “Maestro, cuál es el mandamiento principal de la ley”? Incluso insiste ¿Quién es mi prójimo? Ahora, el Señor se sirve de esa pregunta de Pedro: ¿Cuántas veces tengo que perdonar a mi hermano? ¿Siete veces? Siete veces, en el mundo judío es el número de la plenitud. Siete son los sacramentos. Y esta pregunta arranca de Cristo una respuesta esencial para el cristiano, que es consecuencia del amor a Dios y del amor al prójimo.

Dios es compasivo y misericordioso, hemos repetido. El Señor es compasivo y misericordioso. Nuestro Señor Jesucristo en la Cruz, aquí, también representado por el Cristo de San Agustín. En la Cruz, precisamente en la cátedra de la Cruz, donde nos da la muestra mayor de amor. “Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos”.

Jesús, una de sus últimas palabras son “Padre, perdónales porque no saben lo que hacen”. Y el Señor nos dice en el Evangelio que cuando oremos, digamos esa oración del Padre Nuestro, donde están contenidos todos los deseos, todos los anhelos que podamos, toda la alabanza, todas las peticiones al Señor, toda la acción de gracias. Que, amando a Dios y decimos que nos atrevemos, Padre, perdona nuestras ofensas y ponemos a continuación, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden.

Y el Señor nos muestra esto claramente en el Evangelio. No es un añadido, no es algo opcional. El amor cristiano que hemos ido desgranando estos domingos… Cordaros el domingo pasado nos hablaba el Señor de la corrección fraterna que lleva consigo esa obra de misericordia de corregir al que yerra, de que hemos de buscar la santidad de los demás, ayudándoles a ser mejores.

Que no podemos dejarnos llevar de la crítica, de la murmuración, del chisme. Hoy el Señor es todavía más exigente. Perdonemos a los demás. Claro que el perdón es algo que nos cuesta, que nos la hacen, nos la paga. Ojo por ojo, diente por diente. Y vivimos en un mundo también, queridos hermanos, donde el perdón está como infravalorado, como muestras de debilidad.

Ciertamente hay clases de perdón, hay un perdón ante circunstancias. Una vez que estuve en Colombia y estuve en un curso para obispos que había sobre comunicación y una de las conferencias la daba un sacerdote que hablaba de la reconciliación, del perdón en un país que todavía está sumido en el terrorismo. Donde hay muertes, donde una parte importante de la población ha sufrido esa lacra inhumana del terrorismo.

Y hay procesos para que esas personas, que han sido heridas, que han visto morir a sus seres inocentes, pues vayan también rehabilitándose y curando esa herida. Y eso no se hace de la noche a la mañana, eso no se hace. Bueno, voy a perdonar sin más. Eso es un proceso que cuesta, es un proceso que pasa por la memoria. Es un proceso que va en la hondura de la herida, poniendo el bálsamo del amor y de la misericordia.

Pero eso solo podemos hacerlo con el tiempo. Pero hay muchas clases de perdones. Hay el perdón ante una falta de educación ayer, perdón ante un desaire. Pero, queridos amigos, no estamos hechos para albergar en el corazón el rencor, el desamor. No podemos estar permanentemente con las heridas abiertas, no podemos estar esperando una revancha. Quien me la hace, me la paga.

No podemos estar con esa precaución que nos impide amar plenamente porque hemos sufrido un desaire, porque hemos sufrido un desamor. Tenemos que perdonar. El perdón, a quien primero beneficia es a quien lo ejerce. El perdón no es una señal de debilidad, es una señal de amar con el amor de Cristo, que nos ha amado hasta el extremo. El amor nos ha de llevar al perdón.

Claro que el Señor pone cosas en el Evangelio difíciles para los cristianos, cosas que superan la pura justicia humana. El Señor nos exige a los cristianos más. Sabéis que se dijo a los antiguos: Ojo por ojo, diente por diente. Pero yo os digo. No así entre vosotros, y eso no es para unos pocos. Esa es la condición, queridos amigos, en una sociedad herida como la nuestra, para que tanto en la familia a la primera de cambio se rompe. ¿Pero qué clase de amor se rompe? O en un matrimonio se van acumulando desaires, reproches, se van guardando hasta que un día explosiona y salen todos en fila ante una cosa que colma el vaso.

No podemos ser, gente, que llevemos el corazón cargado de resentimiento. Estamos hechos para amar. Lo cual no quiere decir que vayamos por la vida de bobos. Tenemos que ir con la verdad, tenemos que ir con la sinceridad, tenemos que ir con la corrección, tenemos que saber decir las cosas sin humillar. Tenemos que hacer ejercicio del respeto a nuestros derechos para exigir y vivir también el respeto a los derechos de los demás, mutuamente.

Pero el amor cristiano, que es el amor de Dios que ha sido derramado en nuestros corazones, nos lleva a otra medida. La medida de Cristo. Que os améis los unos a los otros como yo os he amado. Y, ¿cómo nos ha amado Cristo? ¿Cómo nos ama Dios? Como un Padre. La parábola del hijo pródigo que sale el padre a buscar al hijo que le ha traicionado, que ha vendido toda su herencia y que viene buscando su perdón.

Nos dice el Evangelio que lo cubre de besos. Se lo come a besos. Así es Dios. Y estamos hechos para vivir conforme al amor de Dios. Instaurar en nuestro mundo el amor de Cristo, que no significa ser bobos, vuelvo a repetir. A veces hay que hacer el tonto, hay que hacer el tonto, pero el tonto en Cristo. No porque lo seamos.

Y entonces nuestro mundo cambia, ha hecho más para nuestro mundo san Juan de Dios, la Madre Teresa de Calcuta, san Vicente de Paúl y tantos y tantos santos gigantes de la caridad, que otros. Y vuelvo a repetir, vivimos en un mundo crispado. Crispado a nivel internacional, por mucho que nos divirtamos… Los noticieros y empezando por nuestro país, ahí tenemos Ceuta.

Empezando por tantos y tantos escenarios abiertos con guerra. Pensemos en Ucrania, con una guerra de cuatro años. Entre eslavos. Cristianos, pensemos en tantos escenarios donde se pisotean los derechos humanos, pensemos en tantos escenarios donde la libertad está ausente. Pensemos en Nicaragua, pensemos en Cuba, pensemos en tantos escenarios donde la trata de blancas está a la orden del día, o donde las mafias trafican con seres humanos ofreciéndoles unas mejores condiciones de vida.

Pero pensemos también en el escenario social y político. ¿Cómo son las sesiones de nuestro Parlamento? No van a jugar al parchís, ciertamente. ¿Cómo son? ¿Y si son el reflejo de una sociedad como la nuestra que se contagia? ¿Qué pasa, que el otro no es el adversario en su derecho a discrepar, sino que es el enemigo a abatir? Queridos hermanos, esta es nuestra sociedad. Pero eso produce un acumular de resentimiento, del que tenemos triste recuerdo en nuestra historia.

Recuperemos la paz, la serenidad, la concordia. Es lo que nos ha dicho el Papa León en su visita a España reciente. Y lo ha dicho a nuestros políticos en el Parlamento, que aplaudían más que en tiempos de Franco.

Pero, ¿en qué ha quedado? Nos lo dice a todos los católicos. Sembremos paz, concordia, busquemos el bien de los otros, unámonos para hacer cosas juntas, no solo cuando ocurran las catástrofes. Pongamos el perdón y empecemos por nuestras propias familias. ¿Cuántas familias divididas? ¿En qué se convierte un proceso de divorcio, de acusaciones mutuas, cuando antes ha habido declaraciones de amor?

Es lo más duro leer unas testificación de los procesos matrimoniales o de los procesos de los divorcios, como enemigos. Y entonces, ante esto, queridos amigos, necesitamos recuperar, no solo las siete veces, las 70 veces siete, como dice el Señor. Como Dios nos perdona a nosotros en el sacramento de la penitencia. Cada vez que acudimos, el Señor nos perdona, abrimos nuestro corazón y nos devuelve la paz y la alegría con su perdón.

Y el sacerdote no nos dice: te quedan tres perdones, como los puntos del carnet. Sino que el Señor está siempre dispuesto a perdonarnos. Ten paciencia conmigo. Pues esa es la paciencia de Dios. Fijaros que había una distancia infinita entre lo que debía al primer amo, aquel siervo y lo que le debía un compañero a él.

Lo que le debía a su Señor era infinito, lo que le debía su compañero era poco. Luego, perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden, Señor, aunque nos cueste. Pero vamos a intentarlo. Y yo os digo, hay clases de perdón. Pero no vayamos a la tumba cargados de perdón, cuando el examen va a ser de amor.

Acudamos a la Virgen. Ella nos acoge como hijos, sabiendo lo que hemos hecho. Ella, como Madre intercede por nosotros. Por eso les decimos “Ruega por nosotros” y ¿quiénes somos? Pecadores. Ahora y en la hora de nuestra muerte.

Amén.

+ José María Gil Tamayo
Arzobispo de Granada

S.A.I Catedral de Granada
13 de septiembre de 2026

«SE ACERCÓ Y SE PUSO A CAMINAR CON ELLOS». Encuentro en el camino (Lc 24, 15)

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Identificados con el Señor, y cargando en la mochila la Palabra de Dios que es luz y guía, nos echaremos al camino para caminar cerca de los que no conocen a Jesucristo o lo tienen olvidado, para acompañarlos y abrirlos a la verdad del Evangelio, para tratar de insertarlos en procesos de formación y, finalmente, para dotarlos de las herramientas suficientes para ser luz en medio del mundo

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Dos seminaristas acompañan a los sacerdotes mayores durante el verano: “Esta experiencia me ha aportado grandes deseos de ser fiel al Señor en la vocación, hasta el final”

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Dos seminaristas acompañan a los sacerdotes mayores durante el verano: “Esta experiencia me ha aportado grandes deseos de ser fiel al Señor en la vocación, hasta el final”

Dos seminaristas acompañan a los sacerdotes mayores durante el verano: “Esta experiencia me ha aportado grandes deseos de ser fiel al Señor en la vocación, hasta el final”

Javier Garrido, a punto de ordenarse diácono, y Juan Nazario Balón, seminarista de segundo curso, han vivido este verano una experiencia que -confiesan- jamás olvidarán.

Durante unas semanas han acompañado a los sacerdotes mayores de nuestra Archidiócesis en la Casa Sacerdotal ‘Santa Clara’, colaborando con los auxiliares en la preparación y el servicio de sus comidas y acompañando a los presbíteros. Juan Nazario describe su quehacer diario en esta casa diocesana como “esencialmente estar, acompañar, asistir y escuchar”. Sin embargo, pese a la sencillez de sus tareas, este seminarista asegura que la experiencia le ha impactado muy positivamente. Recuerda cómo al ingresar en el Seminario entregan una cruz grabada con la inscripción ‘Sé fiel’. “Esta inscripción -explica- está grabada en el corazón de cada sacerdote de la Casa Santa Clara, pero quizás ligeramente modificada: ‘He sido fiel’, y completada con aquello de San Pablo: “He combatido el noble combate, he completado mi carrera, he conservado la fe”. Por eso, lo que me ha aportado esta experiencia es, sobre todo, grandes deseos de ser fiel al Señor en la vocación sacerdotal, hasta el final”.

Por su parte, Javier Garrido asegura que “han sido días muy buenos. Me faltan adjetivos para poder expresar lo que llevo en el corazón”. Si bien, de entre todo lo vivido, destaca la celebración diaria de la misa. “A las doce estaban la mayoría en la capilla. Los sacerdotes con sus estolas, hasta los más mayores. Juntos rezábamos el Ángelus y comenzaba la Eucaristía. Todos concelebran y uno presidía. Una de las mujeres leía las lecturas, otro sacerdote proclamaba el Evangelio y otro las peticiones. Nosotros amenizábamos la celebración con cantos”.

El valor del cuidado

Este servicio ha ayudado también a los seminaristas a acercarse a la realidad del cuidado, especialmente del enfermo y de las personas que están al final de su vida.

Al respecto, Javier Garrido opina que su apostolado en la Casa Sacerdotal le ha reafirmado en la enseñanza de la Iglesia: “La vida tiene un valor incalculable desde la concepción hasta la muerte natural, porque algunos de los sacerdotes están apagándose lentamente, a veces hasta con dolor o molestia, pero su vida sigue teniendo sentido. Ver un sacerdote que prácticamente no habla mucho ni come solo, pero reza contigo, vive la comunión espiritual y te da la bendición… No es solo lo que hace y da, sino lo que es”.

En esta línea se expresa Juan Nazario quien señala que “el sacerdote está crucificado con Cristo, y el ministerio sacerdotal es inseparable al misterio de la Cruz. En estos sacerdotes, esta unión se significa de una manera muy concreta y profunda. A ojos utilitaristas y materialistas, podría parecer que estos sacerdotes ya no ejercen su ministerio, son inservibles y no dan frutos. Sin embargo, a ojos de la fe, ¿cuánto vale la oración de un sacerdote que sufre? ¿Cuánto fruto pastoral hay tras el dolor de un sacerdote? ¿Cuánto bien para la Iglesia”, se pregunta.

Humildad y fidelidad

Son dos valores que ambos seminaristas han encontrado en los sacerdotes mayores que residen en la Casa Sacerdotal. Al respecto, el seminarista de segundo curso argumenta que le ha edificado el testimonio de humildad de estos sacerdotes. “Entre ellos había profesores de teología, doctores, antiguos rectores del seminario… Sin embargo, eso ahora no parece importarles, parecería haber quedado atrás, quedando ahora, sin embargo, la alegría humilde del sólo hecho de ser sacerdotes de Cristo”. A lo que el futuro diácono añade que conocer sus testimonios le ha hecho profundizar en la certeza de que Dios está con nosotros hasta el final y en la fidelidad de su promesa. “Poder conocer, ayudar y servir a sacerdotes que han dado su vida por el Señor en esta tierra, y ver cómo acaban sus días siendo fieles -muchos de ellos muy desgastados pero fieles-, me ha dado fortaleza y esperanza en que es posible y gratificante dar la vida por Cristo y en su Iglesia”.

Finalmente, ambos agradecen al Seminario la oportunidad de vivir esta experiencia durante el verano y reconocen que cada pastoral a la que son enviados “nos enriquece y nos ayuda en nuestro discernimiento vocacional”, en palabras de Javier Garrido.

“Nuestro mundo actual desconfía del compromiso. No cree en la posibilidad de comprometerse para siempre, de entregarse de manera definitiva, de apostar por decisiones que comporten toda la vida, y los seminaristas y sacerdotes podemos ser tentados en estas convicciones. La Casa Sacerdotal muestra con fuerza lo contrario: Es posible ser fiel hasta el final, es posible la fidelidad al Señor y a la vocación, es posible entregar la vida, y no solo es posible, sino que vale la pena y, además, es hermoso”, concluye Juan Nazario.

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