El 19 de septiembre, organizado por la Delegación diocesana de Catequesis.
Con el lema “Celebración que transforma, Comunión que envía”, siguiendo la tercera fase del Plan Pastoral diocesana que comienza este curso y dedicado a la Celebración, se celebrará el 19 de septiembre el encuentro de inicio de curso para los catequesis de la Archidiócesis.
Organizada por la Delegación diocesana de Catequesis, el encuentro contará con la intervención de D. José María Calderón, director de Obras Misionales Pontificias, que abordará la misión pastoral de los catequistas como formadores y acompañantes en el itinerario catequético de niños, jóvenes, adolescentes y también adultos.
Continúan abiertas las inscripciones, dirigidas especialmente a los catequistas de la Archidiócesis, que puede formalizarse en el correo electrónico dcatequesis@archidiocesisgranada.es La inscripción puede realizarse en grupos de parroquias, indicando número de participantes y parroquia de procedencia.
La jornada se celebrará en el Centro de Estudios Superiores La Inmaculada y comenzará con la acogida a las 9 horas. Tras la oración de la mañana, a las 9:30 horas, intervendrá el director de OMP y, posteriormente, un concierto-oración a cargo del cantautor católico Jesús Cabello, a las 11:30 horas.
La jornada, que se ofrece también como espacio “para compartir, formar y celebrar nuestra misión catequética”, concluirá con la Santa Misa en la parroquia San Juan Pablo II, ubicada en el propio Centro de Estudios Superiores “La Inmaculada”, y después la comida en sus instalaciones, para seguir compartiendo lo vivido durante este encuentro diocesano.
La Parroquia de San José Obrero, en San Juan de Aznalfarache, acoge hoy la primera misa de su nuevo párroco, el sacerdote Juan Jesús García.
La Eucaristía será presidida por el vicario de zona, Antonio Vergara, y tendrá lugar a las ocho y media de la tarde. Además, se prevé que una decena de sacerdotes concelebren durante la ceremonia.
Esta celebración es también la primera oportunidad para que el nuevo párroco se acerque personalmente a sus fieles y conozca en mayor profundidad la comunidad a la que servirá en esta nueva etapa de su ministerio.
Juan Jesús García es natural de Morón de la Frontera y fue ordenado sacerdote hace 32 años. A sus 65 ha servido en las parroquias de Lora del Río, Nuestra Señora de Lourdes en Sevilla, Santa María de la Cabeza de Sevilla (como vicario parroquial) y, en las parroquias de Badolatosa y Corcoya. Durante los últimos diez años ha sido párroco de San Leandro, en Sevilla.
Además, durante casi todo su ministerio ha acompañado a los enfermos de distintos hospitales de Sevilla como capellán. A día de hoy, desarrolla su ministerio pastoral en la capellanía del Hospital Virgen Macarena.
El agradecimiento de Joaquín Castellón
Por su parte, Joaquín Castellón, el que fuera párroco de San José Obrero durante más de una década, se ha despedido de su feligresía y de su comunidad parroquial con una misa multitudinaria.
Durante la ceremonia ofreció una acción de gracias en la que destacó el cariño y la acogida de las personas de San Juan de Aznalfarache, así como el trabajo de quienes hacen de la parroquia “un lugar abierto, fraterno y cercano para ancianos, enfermos, migrantes y personas que atraviesan dificultades”.
Castellón reconoció a todos los grupos y colaboradores de la parroquia, pasando por los catequistas, Cáritas, hermandades, grupos de oración y Evangelio, cantos, Manos Unidas, Vida Ascendente, Marías de los Sagrarios, religiosas, monaguillos, jóvenes y al equipo de economía, valorando la aportación de cada uno.
Especialmente resaltó la participación de los monaguillos y los jóvenes en las celebraciones y en los campamentos parroquiales, y los llamó a ser “sal, luz y alegría” para la parroquia.
Finalmente, Joaquín Castellón exhortó a la comunidad a “continuar siendo luz para el barrio”, “viviendo y anunciando el Evangelio con humildad, sencillez, alegría y cercanía a los más pobres”.
A la de Juan Jesús García se suman otras tomas de posesión que vienen celebrándose en la Archidiócesis de Sevilla desde el pasado 29 de agosto, cuando tuvo lugar la de Rubén Blasco en Gilena. El día 2 le siguió José Alberto Torres en San Pablo de Aznalcázar; el 3, Antonio Bueno en los Sagrados Corazones y San Juan Bautista de San Juan de Aznalfarache; y el 5, Pablo Noguera tomaba posesión como párroco en Santa María de las Nieves de Benacazón. También este día el fray padre Desiré Mbarga (OM) hizo lo propio como párroco de San José Obrero y San Francisco de Paula. Finalmente, el pasado domingo, 6 de septiembre, los jóvenes sacerdotes Federico Jiménez de Cisneros y Juan Guzmán Ivanovich, tomaron posesión de sus cargos en la Parroquia de Ntra. Sra. de la O y Ntra. Sra. de la Victoria y Espíritu Santo, de Morón de la Frontera, respectivamente.
El prelado ha encomendado a la patrona de la ciudad el nuevo Plan Pastoral 2026-2030 y ha pedido a los fieles “acercar a Jesús” especialmente a quienes no lo conocen
Tiento partido de dos tiples 2º tono por G sol re ut (E-Bbc, M. 386/9)
3º TONO. Severo
Tiento de 3º tono (E-Bbc, M. 386/12)
4ºTONO. Suplicante
Tiento 4º tono lleno (E-Bbc, M. 387)
5º TONO. Alegre y templado
Tocata de mano izquierda de 5º tono (E-Bbc, M. 386/83)
6º TONO. Devoto
Tiento lleno de 6º tono (E-Bbc, M. 386/57)
Tiento al buelo de 6º tono (E-Bbc, M. 386/50)
7º TONO. Majestuoso y heroico
Tiento lleno 7º tono por Alamire (E-Bbc, M. 386/4)
8º TONO. Contemplativo y espiritual
Tiento de 8º tono de Contras (E-Bbc, M. 386/36)
Tiento de batalla de 8º tono (E-Bbc, M. 386/3)
PABLO MÁRQUEZ CARABALLO
Organista titular de la Catedral de Valencia y catedrático de clavecín del Conservatorio Superior de Música de Castellón, Pablo Márquez Caraballo desarrolla una intensa y polifacética actividad como concertista internacional, investigador, docente y compositor.
Formado en órgano, clavecín y composición en los conservatorios de Valencia, Toulouse, Ámsterdam y La Haya, ha sido discípulo de reconocidos maestros como Michel Bouvard, Pieter van Dijk, Fabio Bonizzoni, Patrick Ayrton y Ton Koopman. Durante su etapa formativa fue distinguido con becas del Instituto Valenciano de la Música y con la Huygens Scholarship Programme del Ministerio de Educación de los Países Bajos.
Ha sido premiado en diversos concursos internacionales de órgano y composición, entre los que destaca el Concurso Internacional de Órgano “Buxtehude” de Lübeck. Colabora regularmente como solista con la Orquesta de Valencia, con quien acaba de grabar la Sinfonía n.º 3 con órgano de Camille Saint-Saëns, bajo la dirección de Alexander Liebreich, para el sello Accentus Music.
Doctor en Historia por la Universitat de València, obtuvo la calificación de sobresaliente cum laude con la tesis “Los órganos de la Catedral de Valencia durante los siglos XVI–XXI. Historia y evolución”. Su labor investigadora se centra especialmente en la figura y la obra para tecla de Juan Cabanilles y en los criterios históricos de interpretación.
El 8 de septiembre Extremadura celebra la fiesta de su patrona, la Virgen de Guadalupe, imagen con una rica historia muy vinculada a nuestra ciudad, que aún guarda memoria de esta hermosa advocación que se venera en su monasterio de La Puebla del mismo nombre en la provincia de Cáceres.
La leyenda de la Virgen de Guadalupe afirma que esta bendita imagen es obra del evangelista San Lucas, y que San Gregorio Magno cuando en el año 590 fue elegido Papa la veneraba en su oratorio en Roma. Allí, la Virgen presidirá una procesión para pedir la intercesión de María ante la epidemia que asolaba la ciudad. Fue San Gregorio Magno el que envía a Sevilla la imagen a San Leandro por medio de su hermano San Isidoro, que se encontraba entonces en Roma. A su llegada al puerto de Sevilla, fue recibida por San Leandro y entronizada en la Iglesia Mayor, en la que fue venerada hasta el comienzo de la invasión árabe en el año 711. Es entonces cuando, hacia el año 714, unos clérigos que huían de Sevilla portaron la Virgen y la escondieron en los márgenes del río Guadalupe, no muy lejos de las Villuercas. Permanecerá así escondida hasta que a finales del siglo XIII o principios del XIV un vaquero vecino de Cáceres encontró la imagen tras una aparición milagrosa de la Madre de Dios. Desde entonces la Virgen se venera en la puebla de Guadalupe, actualmente en el Monasterio regentado por los franciscanos. Su devoción se extenderá por todo el mundo, llegando al Nuevo Mundo, teniendo una presencia destacada en nuestra ciudad de Sevilla.
En el Convento franciscano de San Buenaventura se venera una copia fiel del original, que fue tallada en 1960 por el escultor e imaginero sevillano Juan Abascal (1922-2003), titular de una Hermandad que fue fundada un año antes por un grupo de extremeños que residían en Sevilla. Aunque se muestra vestida con ricos ropajes a semejanza de la imagen original extremeña, al igual que ésta, está tallada totalmente reproduciendo con gran fidelidad este venerado icono extremeño que fue realizado en el siglo XII, tratándose de una escultura románica, sedente, con el Niño Jesús en su regazo.
En el compás de la Iglesia del Convento de Nuestra Señora de Consolación, las Mínimas de Triana, encontramos una capilla dedicada a la Patrona de Extremadura, origen fundacional de este cenobio cuyo origen se remonta a 1545 en la localidad pacense de Fuentes de León, que preside una imagen realizada en pasta de papel y barro policromado, pudiéndose fechar en el siglo XIX.
Igualmente, la Hermandad del Cristo de las Aguas, que venera a la Dolorosa de Guadalupe, obra de Álvarez Duarte de 1965, conserva algunas imágenes de la Virgen extremeña, como la que figura en el llamador del paso de palio.
Antonio Rodríguez Babío, delegado diocesano de Patrimonio Cultural
La imagen de la patrona de la diócesis ha protagonizado los cultos centrales de la solemnidad de la Natividad de la Virgen. El Obispo de Málaga ha presidido la Misa estacional por el día de Santa María de la Victoria, que ha estado precedida por la ofrenda floral de las instituciones a la imagen mariana. Esta tarde, será la procesión de regreso a su santuario.
En la Misa estacional, presidida por D. José Antonio Satué y concelebrada por el obispo emérito D. Jesús Catalá y el arzobispo emérito de Pamplona, D. Francisco Pérez, así como por una numerosa representación del presbiterio diocesano, han participado muchos fieles, acompañados por las autoridades locales, convocados todos por el amor a la patrona de Málaga.
En su homilía, el Obispo de Málaga, ha destacado tres actitudes que imitar de María: la humildad, la gratitud y la fidelidad. En referencia a la primera, el Obispo ha citado a María Zambrano, ya que, como ha afirmado, «la humildad no es una virtud exclusivamente religiosa; es un valor profundamente humano. Leyendo a María Zambrano encontré una cita que ilumina su importancia, incluso en el ámbito intelectual: «Nunca creí en la razón como poder, sino como claridad que se alcanza con humildad. Y esa humildad no era sumisión, sino respeto profundo por lo real, por lo que no se deja poseer»». De esta virtud ha dicho: «insisto en la urgencia de cultivar la humildad, porque, si la hiciéramos vida, mejorarían notablemente tanto nuestra convivencia social como nuestra propia experiencia de fe». De la gratitud, el prelado ha expresado que es el mejor antídoto contra la negrura de la negatividad, tan extendida hoy en nuestro mundo. «También nosotros estamos invitados a prolongar la alabanza de María y a recitar con ella el Magnificat, componiendo nuestro propio canto de agradecimiento. La fiesta que hoy celebramos nos convoca a «alzar la mirada» hacia Dios para darle gracias por el don de la vida y por todo el bien que nos concede; pero también a extender esa gratitud hacia nuestros hermanos, de quienes siempre recibimos más bienes que males». Como ejemplos de ella, ha destacado a la beata antequerana Madre Carmen del Niño Jesús y a la beata Madre Petra de San José, de Valle de Abdalajís. Y, por último, de la fidelidad el Obispo ha afirmado: «Hoy es necesario exaltar el valor de la fidelidad, una virtud con la que Dios ha querido definirse ante nosotros». De ella ha resaltado ejemplos cotidianos como el de los matrimonios que cumplen bodas de plata y oro, los padres dedicados al cuidado de los hijos especialmente débiles, la de tantas instituciones dedicadas a atender a los más pobres o la de tantos sacerdotes, religiosos, misioneros y laicos al servicio del Evangelio. Esta virtud le ha llevado a mencionar como ejemplo al beato Tiburcio Arnaiz, de quien se celebra un Jubileo por el centenario de su fallecimiento.
La eucaristía, acompañada por la Coral Santa María de la Victoria, en la que miembros de la hermandad han realizado las lecturas, las ofrendas y las preces, ha finalizado con la bendición solemne. Tras ella, la Asociación Pro-Tradiciones Malagueñas “La Coracha” ha celebrado su tradicional ofrenda floral, en el atrio del templo mayor malacitano, a la que se unen, tradicionalmente, el Obispo, el deán de la Catedral, el predicador de la novena y la hermandad. En ella se ofrecen bailes a la patrona de Málaga. Este año han participado la Banda Musical MIraflores-Gibraljaire, Jacaranda de Afibroma, la profesora Celia Alarcón, Aire Flamenco, la Asociación de Vecinos Parque Mediterráneo, la profesora María Pérez, la Academia de baile Juan Reina, José Lucena y los Coros Son de Málaga y Almendrales.
PROCESIÓN
Por la tarde, a partir de las 19.30 horas, los malagueños acompañarán a su Madre en la procesión desde la Catedral hasta su santuario.
En esta ocasión, el trono que porta la imagen mariana, sale en la procesión ya terminado, con los remates de los arbotantes, unos faroles que son réplica del templete de la Catedral, diseño de Juan Antonio Sánchez López, y las jarras para el ornamento floral.
La novena, predicada por el sacerdote Gonzalo Martín Fernández, puede escucharse íntegra en este enlace.
Homilia de Mons. Satue en la solemnidad de Santa Maria de la Victoria
Queridos sacerdotes y diáconos, autoridades, hermandad de nuestra Patrona, hermanas y hermanos en el Señor:
Hoy celebramos una fiesta entrañable. Muchos de nuestros pueblos detienen sus afanes de cada día, sus trabajos y preocupaciones, para congregarse en torno a la Virgen, con esa multitud de nombres que la piedad popular ha dado a la Madre del Señor y Madre nuestra. Los malagueños invocamos a María con el título de Santa María de la Victoria: es la Patrona de nuestra Diócesis, de nuestra ciudad y de Melilla.
La fiesta de hoy conmemora el nacimiento de María, una mujer destinada desde siempre a concebir y dar a luz al Hijo de Dios. El nacimiento de María recibe su grandeza del Hijo de sus entrañas. La natividad de María alza nuestra mirada hasta el Nacimiento del Hijo de Dios.
En esta solemnidad, las lecturas que hemos proclamado nos regalan mensajes muy sugerentes.
En la primera, hemos escuchado un oráculo del profeta Miqueas. Miqueas nació en el Reino del Sur en el siglo VIII a.C. Le tocó vivir la dolorosa caída de Samaria, capital del Reino del Norte, en poder asirio y la terrible deportación de sus habitantes en masa.
¿Por qué aquella nación cayó en desgracia? Los profetas no entran a explicar lo sucedido recurriendo a análisis socio-políticos del momento, que seguramente les ofrecerían datos relevantes. Los profetas buscan, más bien, el origen de los males que afligen a los pueblos en el comportamiento de sus habitantes. De hecho, el profeta denuncia al pueblo, porque va tras los ídolos, y a los poderosos de la sociedad, porque no piensan más que en su propia ganancia, provocando desigualdades sociales abismales.
A pesar de la distancia cultural y temporal que nos separa de aquella sociedad, ¿no os parece que algunos de los males que actualmente padecemos como sociedad tienen su origen en el culto a nuevos ídolos, que debilita la vivencia de los verdaderos valores espirituales y morales, y también en la voracidad de unos pocos que resquebraja la fraternidad humana? Sin caer en un profetismo de calamidades, el mensaje profético nos hace caer en la cuenta de la necesidad de armarnos espiritual y moralmente, para que la bondad natural que Dios ha sembrado en el corazón de las personas –de todas las personas– produzca buenos frutos y abra caminos de esperanza al futuro. Este rearme del corazón me parece prioritario.
Amparándome en las lecturas que hemos proclamado y en la devoción de nuestro pueblo a la Virgen de la Victoria quisiera subrayar –volver a subrayar en algunos casos– tres valores tan archiconocidos como arrinconados en la práctica. Son valores profundamente humanos y, a la vez, de hondas raíces cristianas.
Primer valor: la humildad.
Las lecturas proclamadas subrayan con fuerza esta virtud. El profeta Miqueas anuncia que Dios se ha fijado en Belén de Efratá; no en la ciudad más grande del reino, sino en una pequeña y humilde aldea de Judá, profetizando que de ella saldrá el Mesías esperado por Israel. Asimismo, el pasaje evangélico nos muestra cómo Dios elige a una mujer sencilla, desconocida, sin fama ni poder alguno, para ser la Madre del Hijo de Dios, el «Dios-con-nosotros».
Dios no solo elige a los sencillos, como María, sino que Él mismo recorre el camino del abajamiento, desde el pesebre de Belén hasta la cruz del Calvario. Por eso, el Papa León, comentando la constitución Gaudium et spes, ha afirmado: «en la Iglesia, en todos los niveles y en todas las épocas, debe realizarse la kenosis misericordiosa [el abajamiento] de Cristo, que no consideró un privilegio ser como Dios, sino que se despojó de sí mismo asumiendo la condición de siervo».
La humildad no es una virtud exclusivamente religiosa; es un valor profundamente humano. Leyendo a María Zambrano encontré una cita que ilumina su importancia, incluso en el ámbito intelectual: «Nunca creí en la razón como poder, sino como claridad que se alcanza con humildad. Y esa humildad no era sumisión, sino respeto profundo por lo real, por lo que no se deja poseer».
Siento la necesidad de insistir en esta virtud —de la que suelo hablar con frecuencia— porque estoy convencido de que la soberbia está en la raíz de nuestros enfrentamientos y de la idolatría. Nos lleva a creer que siempre tenemos la razón absoluta y, por tanto, a juzgar y condenar a quien no se alinea con nosotros, viviendo como si no necesitáramos de nadie, ni siquiera de Dios. La soberbia rompe los dos lazos que nos sostienen y nos dan vida: la filiación con Dios y la fraternidad con las personas. Además, la falta de humildad en los creyentes es, a mi modo de ver, una de las razones de peso que explican ciertos fracasos en la transmisión del Evangelio.
Insisto, en definitiva, en la urgencia de cultivar la humildad, porque, si la hiciéramos vida, mejorarían notablemente tanto nuestra convivencia social como nuestra propia experiencia de fe.
Segundo valor: la gratitud.
El Salmo responsorial nos invita a vivir la gratitud. Se introduce con un versículo de Isaías (61,10): Desbordo de gozo con el Señor… Y continúa con el salmo 13: Cantaré al Señor por el bien que me ha hecho.
Podemos imaginar a María, como judía piadosa, recitando este salmo con frecuencia. La meditación constante de la Palabra en su corazón la llevó a regalarnos su propia alabanza en una de las páginas más hermosas del Evangelio, el Magnificat: «Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador…». La Virgen Santa, nuestra patrona, alabó a Dios porque el Poderoso hizo grandes maravillas en ella y en la historia, de generación en generación. Sin embargo, su canto está impregnado de esa elegante humildad que siempre reviste su rostro: María hace derivar toda su grandeza de la generosidad del Padre, que la eligió y la colmó de dones, brotando de ella una honda gratitud.
También nosotros estamos invitados a prolongar la alabanza de María y a recitar con ella el Magnificat, componiendo nuestro propio canto de agradecimiento. La fiesta que hoy celebramos nos convoca a «alzar la mirada» hacia Dios para darle gracias por el don de la vida y por todo el bien que nos concede; pero también a extender esa gratitud hacia nuestros hermanos, de quienes siempre recibimos más bienes que males.
La gratitud es el mejor antídoto contra la negrura de la negatividad, tan extendida hoy en nuestro mundo, incluso entre los niños y los jóvenes. Ser agradecidos nos permite sentirnos afortunados a pesar de las dificultades, afianzándonos en la esperanza y en la alegría de vivir.
El verdadero creyente es constitutivamente agradecido, pues el don de la fe reclama una gozosa gratitud. No en vano nuestra celebración más sublime es la Eucaristía y, como bien sabéis, la palabra Eucaristía significa precisamente Acción de Gracias.
Así lo proclamó María, Madre de los creyentes, y así lo vivieron todos los testigos de la fe a lo largo de la historia. La beata antequerana Madre Carmen del Niño Jesús solía repetir a menudo: «¡Bendito sea Dios que tanto nos quiere!». Y la beata Madre Petra de San José, de Valle de Abdalajís, rezaba agradecida: «Dios mío, bastante me contento con lo que me dais».
Siguiendo estos ejemplos, me permito sugerir que incorporemos, en nuestras rutinas saludables, la costumbre de acabar cada jornada con una oración sentida de acción de gracias, reconociendo los dones recibidos de Dios o el bien que, gracias a Él, nosotros hemos hecho a otras personas.
Tercer valor: la fidelidad.
«Dios es fiel». La Historia de nuestra salvación esta hilvanada con el hilo de la fidelidad de Dios, a pesar de los desaires del pueblo. San Pablo escribe a su discípulo Timoteo: «Si fuéramos infieles, él permanece fiel: Él no puede negarse a sí mismo» (2Tim 2,13). Miqueas testimonió la fidelidad de Dios, anunciando la salvación que Él está preparando para su pueblo, a pesar de su infidelidad. Así, lo canta también el Salmo, reafirmando la fidelidad de Dios a su misericordia. Y el Evangelio nos recuerda que la fidelidad amorosa de Dios con la humanidad ha llegado a su culmen al hacerse humano en el seno de una mujer: María de Nazaret, para compartir nuestra historia y darnos la salvación.
Vivimos tiempos de compromisos líquidos, contrapunto quizá de aquellos otros en los que había que mantener la fidelidad aunque se quebraran las personas. Hoy se pretende reducir todo a contratos temporales que pueden romperse a voluntad; se disuelven los vínculos con cierta frivolidad, dejando a la intemperie heridas dolorosas. La fidelidad de Dios es un reclamo para cultivar nuestra fidelidad en todos los compromisos serios de la vida, más allá de la moda de lo efímero. Una sociedad que no cultiva sus vínculos, una persona que no cuida su fidelidad, se hace vulnerable.
Nuestros mayores nos han dado ejemplo de fidelidad, cultivando este valor en el ámbito familiar, y en el entorno social, cuando los contratos se sellaban con un apretón de manos.
Hoy es necesario exaltar el valor de la fidelidad, una virtud con la que Dios ha querido definirse ante nosotros. Y resaltar los hermosos ejemplos de fidelidad que nos rodean: matrimonios que cumplen bodas de plata y oro; madres y padres delicadamente fieles en el cuidado de hijos especialmente débiles; fidelidad al Evangelio de tantas instituciones y personas dedicadas a la atención y promoción de los más pobres; fidelidad a su carisma de tantos sacerdotes, religiosos, misioneros y laicos, mujeres y hombres dedicados al servicio del Evangelio en las situaciones y realidades más diversas.
Permitidme que señale el ejemplo de un sacerdote humilde y agradecido, que se entregó con fidelidad a su misión, evangelizando muchos de nuestros pueblos: el P. Tiburcio Arnaiz, del que celebramos un Año Jubilar, que se clausurará en octubre.
Concluyo ya, queridos hermanos y hermanas. Seamos humildes, agradecidos y fieles. A pesar de las dificultades de hoy, la fe nos afianza en la esperanza y hace expandir el amor. Porque, como dice el apóstol: Sabemos que «a los que aman a Dios todo les sirve para el bien» (Rom 8,28).
Invocamos a Santa María de la Victoria y ponemos bajo su protección a nuestra diócesis, a nuestra ciudad, a la ciudad hermana de Melilla y a la de Ceuta, que está pasando momentos complicados. Que su manto protector cubra a toda la humanidad:
«Oh Virgen de la Victoria, Madre y Abogada nuestra, rogad por nos, rogad por nos, rogad por nos».
Homilía de D. José María Gil Tamayo, arzobispo de Granada, en el XXIII Domingo del Tiempo Ordinario, en la S.A.I Catedral, en el primer día de celebraciones litúrgicas tras el cierre temporal a causa de los terremotos.
Queridos hermanos, sacerdotes concelebrantes; queridos hermanos y hermanas en el Señor:
Estamos de nuevo en nuestra Catedral. Y estamos reunidos, como nos dice Jesús, “donde dos o tres están reunidos en mi Nombre, allí estoy Yo en medio de ellos”. Con lo cual cobra realidad esas palabras que hemos escuchado en el Evangelio, donde el Señor nos invita, precisamente, a ese sentido de fraternidad; a ese sentido y qué mejor reunión que la reunión eucarística, la Eucaristía, donde celebramos el memorial del Señor muerto y Resucitado.
Él está en medio de nosotros. Ese saludo litúrgico del Señor –“esté con nosotros”-, claro que está con nosotros. Está en la Eucaristía, que es Su cuerpo y Su sangre, está en la Palabra de Dios que hemos escuchado y está en el encuentro con los hermanos.
Y precisamente, ese encuentro con los hermanos, expresión del amor fraterno, es inseparable del amor de Dios y es esencial en el Evangelio. Por eso nos ha dicho San Pablo en la Carta a los Romanos, que ahí se resume precisamente la ley entera, el amor a Dios y en el amor al prójimo. Y esto lo deja muy claro Jesús en el Evangelio, a propósito de preguntas puestas precisamente para manifestar esta enseñanza por parte de nuestro Divino Maestro. ¿Cuál es el mandamiento principal de la Ley? Y Jesús responde que es el amor a Dios y el amor al prójimo. Y cuando aquel doctor de la Ley le pregunte ‘¿quién es mi prójimo?’, Jesús sale con la parábola del buen samaritano; y le pregunta ‘¿quién te parece a ti que fue prójimo?’. Y dice ‘el que practicó misericordia’.
Luego, queridos hermanos, con el asunto del amor no podemos jugar en la vida cristiana. Es fundamental, es la ley suprema. Lo decíamos en el Catecismo: estos diez Mandamientos se encierran en dos: “Amarás a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo”. No se trata de un amor desencarnado que excluya a los demás. Nos dice el evangelista San Juan en su primera carta “quien dice que ama a Dios y no ama a su hermano, es un mentiroso. ¿Cómo va a amar a Dios a quien no ve, si no ama a su hermano a quien ve?”. Luego, son inseparables. Tampoco podemos tener un amor de pura ONG, sino que lo hacemos porque vemos a Jesús en los demás. Con el amor de Dios que, como nos dice también San Pablo en la Carta a los Romanos, se nos ha dado el Espíritu Santo. “El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado”.
Luego, amamos con el amor de Cristo. Por eso, el mandamiento nuevo de Jesús es que “os améis los unos a los otros como Yo os he amado”. Es ahí, precisamente, donde está el secreto. Y ese amor de Jesús no tiene exclusiones. Ese amor de Jesús abraza a todos. Ese amor de Jesús nos hace verla y un día nos examinará Dios precisamente de ese amor. Y es lo que en definitiva vale en la vida. Ese es nuestro activo. Es nuestro ahorro para la eternidad. Aparte de hacernos felices, solo quien ama es feliz y quien se siente amado. Pero, sobre todo, quien ama es feliz, porque el ser humano está hecho para amar. Es más, está hecho para Dios. Y Dios -nos dice también san Juan Evangelista en su Primera Carta- es Amor. Y el credo fundamental cristiano es precisamente ese. “Nosotros hemos conocido -dice Juan- el amor de Dios y hemos creído en él”. Luego, ahí está el credo fundamental cristiano.
Queridos hermanos, esto es lo que hoy nos trae la Palabra de Dios que, por otra parte, es archiconocido. No os digo nada nuevo. Luego tenemos que ir desgranando ese amor de Dios en obras concretas. San Pablo en la Primera Carta a los Corintios, en el llamado himno de la caridad, que suelen escoger los novios para las bodas, pero no es una lectura para las bodas, es una lectura para todo cristiano, cuando dice San Pablo que “os voy a mostrar un camino mejor, ya pudiera yo hablar las lenguas de los hombres y de los ángeles, si no tengo amor de nada me sirve. Ya podía entregar mi cuerpo al fuego. Ya podía dar todo lo que tengo en limosna, si no tengo amor, no soy nada”, no sirve. Y San Pablo, después, desgrana lo que es el amor cristiano; “en obras, son amores y no buenas razones”, decimos en el refranero. El amor es comprensivo, el amor es servicial, el amor no es envidioso, no tiene envidia, no lleva cuentas del mal, no se alegra de la injusticia, disculpa sin límites, crees sin límites, esperas sin límites, es el amor hasta el extremo. Y ahí puedes hacer el tonto. Pues, humanamente visto, muchas veces sí. Pero el Señor a los cristianos nos pide más. Nos pide más. Nos pide que incluso cuando vamos a presentar nuestra ofrenda ante el altar nuestro hermano tiene algo contra nosotros vayamos a reconciliarnos con nuestro hermano.
Luego, no vale la simple lógica humana en nuestras relaciones con Dios y con los demás. “Sabéis que se dijo, pero yo os digo”, “no así entre vosotros”. El Señor nos pide mucho más a los cristianos. Pero, claro, con nuestras fuerzas, queridos amigos, no podemos.
Necesitamos la ayuda del Señor, sus sacramentos. Necesitamos la fuerza de la Eucaristía. Necesitamos el perdón de Dios, porque muchas veces no estamos a la altura de lo que Dios nos pide. Necesitamos la ayuda de los demás y aquí es donde quiero llegar también, en el comentario de la Palabra de Dios este domingo. Porque nos habla de algo que forma parte de las obras de misericordia, esas que aprendimos en el Catecismo, si las recordáis o ya se pierden en la noche de los tiempos; las obras que son corporales y espirituales: enseñar al que hierra, decíamos de pequeños en el Catecismo. Y entonces, son la corrección fraterna, ayudar a los demás, corregir, ver si uno ha caído en aquello que está viendo que fallan los demás, examinarse e ir con cariño y corregir, no para humillar, sino para ayudar, porque tenemos una responsabilidad de la santidad de los demás, que, lógicamente, va en función de nuestro estado de vida, va en función de nuestras responsabilidades sociales, familiares, no es lo mismo la obligación que tiene un padre y una madre de corregir a sus hijos, que la que tiene un amigo. Pero, cuando no corregimos, queridos amigos, sale al paso la crítica malévola, el chisme, el enredo, la trapisonda, el bulo, y eso no puede ser, ¿me entendéis?
Y entonces, decía el apóstol Santiago en su carta, que a los caballos se les gobierna por la boca. Y dice: “Pero a nosotros también nos hace falta que nos gobernemos por la boca”, porque hay que ver los trajes que hacemos para los demás muchas veces. Y si no podemos hablar bien de una persona, más vale callarse. De nuestras palabras, no las controlamos. En cambio, de nuestro silencio, sí somos señores, sin caer en el silencio cómplice, sino corregir, ayudar, decir las cosas, y no esperar a que las cosas exploten. Cuántas veces en la vida matrimonial, en la vida familiar, se llega al límite. Y cuando antes no se ha sido sincero, no se han dicho las cosas, no se ha hablado a la cara, no se ha buscado el momento oportuno, y hay que hacerlo con cariño, con amor a la verdad, pero con cariño, sin humillar, no con frescura, no para para quedar encima, no para mostrar lo santo y lo bueno que somos nosotros.
Queridos amigos, como veis la caridad no se queda en una cosa abstracta, sino que se declina en obras concretas, y en esta vez el Señor nos habla de la caridad fraterna. Pero quiero terminar, ahora que hemos pasado todos estos momentos, y todavía queda ahí, eso que estamos percibiendo, o apenas percibiendo, de los terremotos; cuando hay gente que ha sufrido y sigue sufriendo; cuando hay tantos daños materiales, necesitamos pedirle ayuda al Señor, porque esto no está en nuestras manos. Necesitamos pedir ayuda, porque somos necesitados, dependientes, como cuando nos viene una enfermedad incurable. Ponemos los medios, pero hay un momento, y esto nos cuesta, ‘mire usted, ya no se puede hacer nada’. Y entonces, nos damos cuenta que, como lo vimos en la pandemia, no somos dioses: necesitamos pedir ayuda al Señor, necesitamos confiar en Él. Y por eso, el Señor nos dice ‘cuando dos o más de vosotros se ponen de acuerdo en pedir algo, mi Padre se lo concederá’.
Ese es el sentido de las rogativas. Por eso, vamos a sacar para darle gracias al Cristo de san Agustín. No porque hagamos cosas de magia, ni mucho menos, no porque tengamos una fe infantil, no porque no creamos en el poder de la ciencia. Claro que lleguemos al conocimiento. Gracias que tenemos que darle a Dios, porque la construcción se ha ido avanzando con normativas que impiden que nuestros edificios se caigan, aunque, por desgracia, siempre resulta que le toca a los más pobres.
Y tenemos que lograr que todos lleguemos a un bienestar en que esto vayamos evitando, como se evita ante las dificultades médicas la aparición de vacunas o los avances de la ciencia.
Luego, queridos hermanos, con esa confianza en el Señor, “cuando dos o más de vosotros se ponen de acuerdo en pedir algo a mi Padre, mi Padre se lo concederá”. Con esa confianza acudimos a la intercesión de la Virgen.
A Ella le decimos, “ruega por nosotros pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén”.