
LECTURAS: Isaías 61, 1-3; 1 Pedro 5, 1-4; Lucas 12, 35-44
Querida comunidad, hermanos sacerdotes y diáconos, Sr. Rector, Sr. Párroco de Vera, vida consagrada. Saludo a todos los que habéis venido de las distintas parroquias, en donde José Gregorio ha realizado su tarea, para acompañarlo y participar en esta celebración.
Cuando hace seis meses, el día de san José, te ordené de Diácono, tuvimos un recuerdo especial a tu familia que estaba en Venezuela. Hoy saludo agradecido a tus padres: Ditza y José, a tu hermano pequeño Víctor y a tu prima Mitzi, que están hoy entre nosotros. Así como a tus otros dos hermanos, que no han podido venir, y a toda tu familia.
Saludo también a tus amigos de Venezuela, los sacerdotes: Cleyver y Jesús, a los seminaristas que están estudiando en el Seminario Internacional Bidasoa y a su formador. Sed todos bienvenidos a esta Casa Madre de nuestra fe, nuestra Santa y Apostólica Catedral de la Encarnación.
Siempre, cuando ordeno un sacerdote, y eres el séptimo en estos últimos cuatro años, os pido que elijáis vosotros las lecturas de vuestra ordenación, como así lo hicieron conmigo, hace 45 años. Esta Palabra, con mayúsculas, que elegiste y hemos escuchado, nos ilumina con claridad sobre el sentido de tu llamada al sacerdocio ministerial.
Querido José Gregorio. La profecía de Isaías, que el mismo Cristo elije para hablar de su vocación en Nazaret, donde se había criado, marca un vínculo inseparable entre elección, unción y envío, por este orden. Tu has sido elegido, has escuchado la llamada, la has seguido en un largo recorrido y hoy el Señor te unge para enviarte en medio de su pueblo. Y no de cualquier manera.
Serás enviado para anunciar la buena noticia, para sanar los corazones, para proclamar la libertad y un año de gracia, para consolar, para dar dignidad: con una corona, con un perfume, con un vestido (recordad al hijo prodigo). Y frente a todo esto: están los pobres, los corazones desgarrados, los esclavos, los afligidos, los espíritus abatidos. Si trazamos una raya que parta de arriba abajo el texto, descubriréis en dos columnas paralelas la gracia por un lado y la desgracia por otro. Y justamente hay una frase en el medio del texto de Isaías que acabamos de escuchar, el versículo 2, que Jesús ese día se saltó y no fue por un olvido o un despiste. La frase dice “el día de la venganza de nuestro Dios”. En Cristo ya no hay venganza, su reino no es de este mundo, hay misericordia. Ya sabemos el camino: Jesús anuncia la salvación y nosotros también.
El texto de Isaías 61, es programático para Jesús, como así lo dijo ante los suyos: “hoy se cumple esta palabra ante vosotros”, pues también lo debe ser para ti y para cada uno de nosotros los sacerdotes que te acompañamos.
En el capítulo 5 de su primera carta, San Pedro, se dedica a dar distintos consejos. Primero a los presbíteros y luego a los fieles jóvenes. A nosotros los presbíteros y a ti, a partir de hoy, nos dice Pedro, presbítero como nosotros: “pastoread el rebaño”. Pero no nos dice en qué consiste el pastoreo, aunque si nos habla de las actitudes que debemos de tener para llevarlo a cabo: primero, mirad, (velad, cuidad), entregaros generosamente y finalmente, sed sus modelos, como Dios quiere. Pero al igual que en el texto de Isaías, de la primera lectura, descubrimos las contraposiciones (tres, en este caso): no hagas nada a la fuerza, no busques ningún tipo de ganancias, no seas un déspota. … ¿No te parece un buen examen de conciencia diario para cada uno de nosotros los presbíteros? Pues claro, ¡es Palabra de Dios!
Si en la carta de Pedro, aparece la palabra “velad” referida a cuidar el rebaño que se nos ha entregado, en el Evangelio de San Lucas que hemos proclamado, este verbo se refiere más a estar vigilantes en la espera de la venida del Señor. No se refiere tanto a la vigilancia hacia los demás, sino hacia nosotros mismos, estando siempre preparados y siendo fieles. Muchas veces, enredados por nuestras cosas, se nos olvida que peregrinamos con Cristo hasta el final de los tiempos. Y como dice el texto, aunque el Señor tarde, se nos pide no actuar irresponsablemente. Pensemos, cómo estar preparados para no ser dignos de castigo: no descuidando a los demás ni aprovecharnos de ellos, permaneciendo fieles a la tarea y actuando con prudencia. ¡Fidelidad y prudencia!
Querido José Gregorio, la elección de tus textos nos han dado un buen repaso. Dios sigue hablándonos, la cuestión es que lo escuchemos. Si cuando comencé a hablar dije que estas lecturas nos iluminan con claridad, ahora debo decir, ante su exigencia, que nos iluminen con caridad: que el Señor nos mire con misericordia, y con esa misma mirada divina puedas contemplar tú a tus fieles, a tus parroquias y a toda persona que se te acerque necesitada, herida, abatida… Todas las lecturas nos llevan al proceso vocacional que hemos vivido, nos acercan al entusiasmo del amor primero. Ahora todos los que contemplaremos tu unción, nos recordará la nuestra, y avivará nuestro envío: cada latido de nuestro corazón escuchará el grito del pueblo esclavizado, como Moisés y los profetas, que le conduce a la libertad, que les cura las heridas envenenadas, que le consuela y alimenta, y que le da la dignidad, porque como nos dice san pedro, también en la primera carta: “sois un linaje elegido, un sacerdocio real, una nación santa, un pueblo adquirido por Dios para que anunciéis que todos sois amados por Dios” 1Pe 2,9. Esa es tu misión y nuestra misión: Anunciar con amor y misericordia que Dios nos ama.
Que el Señor te bendiga y te cuide siempre. ¡Ánimo y adelante!
CATEDRAL de ALMERÍA, 12 de SEPTIEMBRE de 2026
+ Antonio, vuestro obispo

