Homilía de Mons. Satué en la solemnidad de Santa María de la Victoria

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Homilía de Mons. Satué en la solemnidad de Santa María de la Victoria

A. MEDINA


Homilia de Mons. Satue en la solemnidad de Santa Maria de la Victoria

Queridos sacerdotes y diáconos, autoridades, hermandad de nuestra Patrona, hermanas y hermanos en el Señor:

Hoy celebramos una fiesta entrañable. Muchos de nuestros pueblos detienen sus afanes de cada día, sus trabajos y preocupaciones, para congregarse en torno a la Virgen, con esa multitud de nombres que la piedad popular ha dado a la Madre del Señor y Madre nuestra. Los malagueños invocamos a María con el título de Santa María de la Victoria: es la Patrona de nuestra Diócesis, de nuestra ciudad y de Melilla.

La fiesta de hoy conmemora el nacimiento de María, una mujer destinada desde siempre a concebir y dar a luz al Hijo de Dios. El nacimiento de María recibe su grandeza del Hijo de sus entrañas. La natividad de María alza nuestra mirada hasta el Nacimiento del Hijo de Dios.

En esta solemnidad, las lecturas que hemos proclamado nos regalan mensajes muy sugerentes.

En la primera, hemos escuchado un oráculo del profeta Miqueas. Miqueas nació en el Reino del Sur en el siglo VIII a.C. Le tocó vivir la dolorosa caída de Samaria, capital del Reino del Norte, en poder asirio y la terrible deportación de sus habitantes en masa.

¿Por qué aquella nación cayó en desgracia? Los profetas no entran a explicar lo sucedido recurriendo a análisis socio-políticos del momento, que seguramente les ofrecerían datos relevantes. Los profetas buscan, más bien, el origen de los males que afligen a los pueblos en el comportamiento de sus habitantes. De hecho, el profeta denuncia al pueblo, porque va tras los ídolos, y a los poderosos de la sociedad, porque no piensan más que en su propia ganancia, provocando desigualdades sociales abismales.

A pesar de la distancia cultural y temporal que nos separa de aquella sociedad, ¿no os parece que algunos de los males que actualmente padecemos como sociedad tienen su origen en el culto a nuevos ídolos, que debilita la vivencia de los verdaderos valores espirituales y morales, y también en la voracidad de unos pocos que resquebraja la fraternidad humana? Sin caer en un profetismo de calamidades, el mensaje profético nos hace caer en la cuenta de la necesidad de armarnos espiritual y moralmente, para que la bondad natural que Dios ha sembrado en el corazón de las personas –de todas las personas– produzca buenos frutos y abra caminos de esperanza al futuro. Este rearme del corazón me parece prioritario.

Amparándome en las lecturas que hemos proclamado y en la devoción de nuestro pueblo a la Virgen de la Victoria quisiera subrayar –volver a subrayar en algunos casos– tres valores tan archiconocidos como arrinconados en la práctica. Son valores profundamente humanos y, a la vez, de hondas raíces cristianas.

Primer valor: la humildad.

Las lecturas proclamadas subrayan con fuerza esta virtud. El profeta Miqueas anuncia que Dios se ha fijado en Belén de Efratá; no en la ciudad más grande del reino, sino en una pequeña y humilde aldea de Judá, profetizando que de ella saldrá el Mesías esperado por Israel. Asimismo, el pasaje evangélico nos muestra cómo Dios elige a una mujer sencilla, desconocida, sin fama ni poder alguno, para ser la Madre del Hijo de Dios, el «Dios-con-nosotros».

Dios no solo elige a los sencillos, como María, sino que Él mismo recorre el camino del abajamiento, desde el pesebre de Belén hasta la cruz del Calvario. Por eso, el Papa León, comentando la constitución Gaudium et spes, ha afirmado: «en la Iglesia, en todos los niveles y en todas las épocas, debe realizarse la kenosis misericordiosa [el abajamiento] de Cristo, que no consideró un privilegio ser como Dios, sino que se despojó de sí mismo asumiendo la condición de siervo».

La humildad no es una virtud exclusivamente religiosa; es un valor profundamente humano. Leyendo a María Zambrano encontré una cita que ilumina su importancia, incluso en el ámbito intelectual: «Nunca creí en la razón como poder, sino como claridad que se alcanza con humildad. Y esa humildad no era sumisión, sino respeto profundo por lo real, por lo que no se deja poseer».

Siento la necesidad de insistir en esta virtud —de la que suelo hablar con frecuencia— porque estoy convencido de que la soberbia está en la raíz de nuestros enfrentamientos y de la idolatría. Nos lleva a creer que siempre tenemos la razón absoluta y, por tanto, a juzgar y condenar a quien no se alinea con nosotros, viviendo como si no necesitáramos de nadie, ni siquiera de Dios. La soberbia rompe los dos lazos que nos sostienen y nos dan vida: la filiación con Dios y la fraternidad con las personas. Además, la falta de humildad en los creyentes es, a mi modo de ver, una de las razones de peso que explican ciertos fracasos en la transmisión del Evangelio.

Insisto, en definitiva, en la urgencia de cultivar la humildad, porque, si la hiciéramos vida, mejorarían notablemente tanto nuestra convivencia social como nuestra propia experiencia de fe.

Segundo valor: la gratitud.

El Salmo responsorial nos invita a vivir la gratitud. Se introduce con un versículo de Isaías (61,10): Desbordo de gozo con el Señor… Y continúa con el salmo 13: Cantaré al Señor por el bien que me ha hecho.

Podemos imaginar a María, como judía piadosa, recitando este salmo con frecuencia. La meditación constante de la Palabra en su corazón la llevó a regalarnos su propia alabanza en una de las páginas más hermosas del Evangelio, el Magnificat: «Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador…». La Virgen Santa, nuestra patrona, alabó a Dios porque el Poderoso hizo grandes maravillas en ella y en la historia, de generación en generación. Sin embargo, su canto está impregnado de esa elegante humildad que siempre reviste su rostro: María hace derivar toda su grandeza de la generosidad del Padre, que la eligió y la colmó de dones, brotando de ella una honda gratitud.

También nosotros estamos invitados a prolongar la alabanza de María y a recitar con ella el Magnificat, componiendo nuestro propio canto de agradecimiento. La fiesta que hoy celebramos nos convoca a «alzar la mirada» hacia Dios para darle gracias por el don de la vida y por todo el bien que nos concede; pero también a extender esa gratitud hacia nuestros hermanos, de quienes siempre recibimos más bienes que males.

La gratitud es el mejor antídoto contra la negrura de la negatividad, tan extendida hoy en nuestro mundo, incluso entre los niños y los jóvenes. Ser agradecidos nos permite sentirnos afortunados a pesar de las dificultades, afianzándonos en la esperanza y en la alegría de vivir.

El verdadero creyente es constitutivamente agradecido, pues el don de la fe reclama una gozosa gratitud. No en vano nuestra celebración más sublime es la Eucaristía y, como bien sabéis, la palabra Eucaristía significa precisamente Acción de Gracias.

Así lo proclamó María, Madre de los creyentes, y así lo vivieron todos los testigos de la fe a lo largo de la historia. La beata antequerana Madre Carmen del Niño Jesús solía repetir a menudo: «¡Bendito sea Dios que tanto nos quiere!». Y la beata Madre Petra de San José, de Valle de Abdalajís, rezaba agradecida: «Dios mío, bastante me contento con lo que me dais».

Siguiendo estos ejemplos, me permito sugerir que incorporemos, en nuestras rutinas saludables, la costumbre de acabar cada jornada con una oración sentida de acción de gracias, reconociendo los dones recibidos de Dios o el bien que, gracias a Él, nosotros hemos hecho a otras personas.

Tercer valor: la fidelidad.

«Dios es fiel». La Historia de nuestra salvación esta hilvanada con el hilo de la fidelidad de Dios, a pesar de los desaires del pueblo.  San Pablo escribe a su discípulo Timoteo: «Si fuéramos infieles, él permanece fiel: Él no puede negarse a sí mismo» (2Tim 2,13). Miqueas testimonió la fidelidad de Dios, anunciando la salvación que Él está preparando para su pueblo, a pesar de su infidelidad. Así, lo canta también el Salmo, reafirmando la fidelidad de Dios a su misericordia. Y el Evangelio nos recuerda que la fidelidad amorosa de Dios con la humanidad ha llegado a su culmen al hacerse humano en el seno de una mujer: María de Nazaret, para compartir nuestra historia y darnos la salvación.

Vivimos tiempos de compromisos líquidos, contrapunto quizá de aquellos otros en los que había que mantener la fidelidad aunque se quebraran las personas. Hoy se pretende reducir todo a contratos temporales que pueden romperse a voluntad; se disuelven los vínculos con cierta frivolidad, dejando a la intemperie heridas dolorosas. La fidelidad de Dios es un reclamo para cultivar nuestra fidelidad en todos los compromisos serios de la vida, más allá de la moda de lo efímero. Una sociedad que no cultiva sus vínculos, una persona que no cuida su fidelidad, se hace vulnerable.

Nuestros mayores nos han dado ejemplo de fidelidad, cultivando este valor en el ámbito familiar, y en el entorno social, cuando los contratos se sellaban con un apretón de manos.

Hoy es necesario exaltar el valor de la fidelidad, una virtud con la que Dios ha querido definirse ante nosotros. Y resaltar los hermosos ejemplos de fidelidad que nos rodean: matrimonios que cumplen bodas de plata y oro; madres y padres delicadamente fieles en el cuidado de hijos especialmente débiles; fidelidad al Evangelio de tantas instituciones y personas dedicadas a la atención y promoción de los más pobres; fidelidad a su carisma de tantos sacerdotes, religiosos, misioneros y laicos, mujeres y hombres dedicados al servicio del Evangelio en las situaciones y realidades más diversas.

Permitidme que señale el ejemplo de un sacerdote humilde y agradecido, que se entregó con fidelidad a su misión, evangelizando muchos de nuestros pueblos: el P. Tiburcio Arnaiz, del que celebramos un Año Jubilar, que se clausurará en octubre.

Concluyo ya, queridos hermanos y hermanas. Seamos humildes, agradecidos y fieles. A pesar de las dificultades de hoy, la fe nos afianza en la esperanza y hace expandir el amor. Porque, como dice el apóstol: Sabemos que «a los que aman a Dios todo les sirve para el bien» (Rom 8,28).

Invocamos a Santa María de la Victoria y ponemos bajo su protección a nuestra diócesis, a nuestra ciudad, a la ciudad hermana de Melilla y a la de Ceuta, que está pasando momentos complicados. Que su manto protector cubra a toda la humanidad:

«Oh Virgen de la Victoria,
 Madre y Abogada nuestra, rogad por nos, rogad por nos, rogad por nos».

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