ANTE EL NOMBRAMIENTO DE D. BERNARDO ÁLVAREZ COMO OBISPO DE TENERIFE

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El miércoles 29 de junio, Solemnidad de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo, la Nunciatura Apostólic aen España comunicó a la CEE que la Santa Sede había hecho público que le Papa Benedicto XVI había aceptado la renuncia al gobierno pastoral de la Diócesis de Tenerife que D. Felipe Fernández le presentó en su momento.Al mismo tiempo comunicaba que había nombrado Obispo de la citad Sede Episcopal a D. Bernardo Álvarez Afonso, hasta ese momento (y desde 1999) Vicario General de la Diócesis.

 D. Felipe Fernández continuará en la Diócesis de Tenerife como Administrador Apostólico hasta la toma de posesión de D. Bernardo.

Tanto D. Felipe como D. Bernardo, nada más conocer la noticia escribieron sendos telegramas al Papa. Los pueden leer en el apartado de Noticias Especial. También allí se puede leer la carta que D. Felipe ha escrito a todos los diocesanos.

A continuación reproducimos íntegra, una carta que, sobre D. Bernardo, ha escrito D Carmelo J. Pérez Hernández (sacerdote diocesano y Delegado Episcopal de Medios de Comunicación Social):

 

BERNARDO, OBISPO ELECTO

 

 

Han elegido Obispo a uno de los nuestros, de los de casa. No será necesario abrir las manos para acogerle, como hicimos con sincera alegría cuando llegó don Felipe, porque estas manos nuestras ya han estrechado las suyas en multitud de ocasiones. Manos grandes las de Bernardo, curtidas por la experiencia, acostumbradas al esfuerzo y a la esperanza.

 

Todo nos ha ido bien, muy bien, diría yo, en estos momentos de transición. Y para estar a la altura, las manos de dentro, las que tocan las cosas importantes, ésas cosas que producen temor y temblor, son las que ahora hay que disponer para fundirse con las de nuestro nuevo Pastor. Sin reservas, sin memoria, sin prejuicios. Manos blancas para acoger la conmoción del que aún está sobrecogido por este especial cariño que Dios le ha demostrado. Mano izquierda para abrazar sus debilidades, que son las nuestras. Manos firmes, para proclamar sin fisuras que éste es el que viene en el nombre del Señor a prolongar su ternura entre los hombres y mujeres de nuestras islas.

 

De una mañana intensa de noticias sorprendentes sólo tengo imágenes inconexas, de las que tienen vida propia en nuestro interior y le invitan a uno a “rezar la vida”. Una por encima de todas me habla de lo importante: a Bernardo, de quien todos conocemos la fuerza y la pasión que pone en las cosas, me ha impresionado verle rendido. Que se me entienda: rendido ante el misterio, sobrepasado por la largueza que Dios le ha demostrado, impresionado por la forma en que Dios escribe en la Historia, ausente en medio de comentarios y felicitaciones, con la mirada puesta en la hondura del momento que estaba viviendo. “No me extraña que se sientan raros en este momento”, les decía con rostro grave a los sacerdotes del arciprestazgo de Tacoronte, “yo mismo me siento rarísimo”. No puede ser menos cuando el interior estalla de perplejidad y agradecimiento. “Te has fiado de mí, Señor”, imagino que pensaría, “enséñame a no defraudarte”. Eso ví y eso intuí, por eso lo cuento.

 

Por encima de sensibilidades diversas, más allá de afinidades varias, estoy seguro de que será un buen Obispo, lo mismo que ha sido un buen cura. Y lo confieso sin reservas porque me fío de los que son creyentes sinceros, y este hermano nuestro lo es. Será buen Obispo porque tiene una capacidad de trabajo incuestionable, porque su formación teológica es sólida, porque le gusta el contacto con la gente, porque sabe percibir los signos de los tiempos y afrontar las dificultades sin reservas. Pero, sobre todo, será un buen Obispo porque ama apasionadamente a Dios y a su Iglesia. De esto último es de lo que me fío, es lo que me pone de su lado por sana efectividad y con afectividad.

 

“Hay que transmitir vivencias, no apariencias”, le oí decir a uno de los incontables periodistas a los que atendió sin perder la sonrisa ni la ausencia aquella de la que yo hablaba antes. Bajo estas apariencias frágiles, un hombre cualquiera en cualquier rincón del mundo, se gesta, estoy convencido, una capítulo más de esa definitiva historia de amor que Dios inauguró la noche en que se dejó nacer, una más de esas vivencias que nos confirman que Él ha apostado por nosotros, sigue sentado a nuestra mesa. Dios ha revelado una vez más sus entrañas, se ha dejado ver por dentro, al mandarnos a este hombre, apariencia y vivencia de su amor por nosotros.

 

Ahora ya lo último: que me ha impresionado ver a nuestro Obispo, ahora Vicario Apostólico, a don Felipe, sabiendo estar, entregando el testigo con ilusión y esperanza. Sabiendo retirarse. Con el rostro hecho una sonrisa, con el corazón consolado. En paz con Dios y con los hombres. Pero esa es otra historia de la que hablaré el domingo.

 

 

Carmelo J. Pérez Hdez.

 

 

 

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